sábado, 23 de mayo de 2026

¿Qué es lo injusto de la injusticia epistémica?

 


En poco menos de veinte años el concepto de injusticia epistémica se ha incorporado al vocabulario de la filosofía práctica y la crítica cultural, especialmente en los ámbitos del feminismo, la teoría crítica de raza y los estudios decoloniales. Esta irrupción ha ido induciendo cambios tanto en filosofía política como en epistemología y se ha convertido en el centro de gravedad de la epistemología política. No se trata de que ahora se amplie el concepto de injusticia para incluir lo epistémico, del mismo modo que hemos incluido la pobreza energética o la inequidad sanitaria a otras formas ya más extendidas de adjetivaciones de la injusticia sino de reparar en que la producción y distribución del conocimiento constituye una parte fundamental de la arquitectónica de la justicia. El concepto de justicia, como sabemos desde Rawls, es controvertido y controvertible. Su esperanza de que la humanidad llegue a una especie de consenso mínimo político sobre aquel, de modo que inspire políticas y legislaciones a lo largo y ancho del Planeta, no parece estar ahora más cerca de cumplirse que hace cincuenta años, quizás lo contrario. Carlos Thibaut, y en lo que se refiere a lo epistémico, Miranda Fricker, han promovido una acercamiento negativo a través de una sensibilidad o sentido de la injusticia que, si no logra construir un concepto totalizante, al menos va descubriendo territorios y espacios de lo injusto, posibilitando una queja moral y política.

Esta vía negativa parte de la investigación de cuál es el daño que se produce cuando ocurre una injusticia ocasional o estructural. Por daño se entiende un estado de sufrimiento que no tendría que haber ocurrido, donde el contrafáctico “tendría” señala que existían posibilidades reales de que las cosas hubieran ocurrido de otro modo. Una violación es una injusticia ocasional, la violencia derivada del dominio patriarcal es una injusticia estructural. Cada una exige un modo de reacción adecuado. El punto teórico está en analizar dónde se produce el daño. Así, Linda M. Alcoff, a un tiempo superviviente de violencia sexual y una de las grandes epistemólogas contemporáneas, sostiene en Violación y Resistencia. Cómo comprender las complejidades de la violación sexual que el principal daño ocasionado a una víctima de abusos es la distorsión de su identidad sexual, un daño que prolonga desgraciadamente en el tiempo el sufrimiento del hecho mismo.

No es lo mismo reconocer que hay daño que determinar cuál es el daño principal, y con ello acercarse más a dilucidar el carácter injusto de esta agresión. Los daños pueden manifestarse de múltiples formas como quiebres, agravios, pérdidas, estados de sufrimiento, lesiones e incluso muertes, pero si queremos entender el punto central de la injusticia debemos pensar en términos similares a los de Linda Alcoff, cuya reflexión me parece iluminadora. ¿Puede aplicarse una estrategia similar a las diversas manifestaciones de la injusticia epistémica?

Lo que llamamos injusticia epistémica es un complejo de ejercicios de dominación cognitiva de características y manifestaciones bastante heterogéneas que tienen que ver con la exclusión de personas y colectivos del disfrute de los recursos cognitivos comunes conceptuales y no conceptuales, o bien con la distorsión sistemática de sus creencias a través de formas de manipulación sistemática: es la devaluación de la credibilidad de una persona o colectivo debido a su identidad (injusticia testimonial) o, simétricamente la sobre-evaluación de la credibilidad, como ocurre con gente famosa, expertos en todo y otras formas de colonización epistémica. Son las dificultades inducidas para entender el mundo y la ubicación propia en él (injusticia hermenéutica), que tiene muchas expresiones,  como la opresión epistémica (por ejemplo, en la exclusión del acceso a los recursos conceptuales y de la posibilidad de contribuir al conocimiento común). Son las deformaciones del entendimiento que causan los conceptos impostores (el concepto de "histeria" fue uno de ellos. Son los silenciamientos de la voz de la víctima en marcos culturales o lingüísticos ajenos. A todas estas manifestaciones estudiadas por la epistemología crítica debe añadirse el complejo de ignorancias producidas voluntaria o estructuralmente con la intención de reproducir y mantener las asimetrías de poder. Ignorancias que a veces son metaignorancias o cegueras a la propia ignorancia, como las que padecen los grupos dominantes respecto a los grupos subalternos y sus conocimientos y experiencias de vida. Todo esto forma parte de una constelación de formas de dominación en las sociedades contemporáneas en las que el conocimiento se ha convertido en un bien tan estratégico como ciertos minerales.

¿Dónde localizamos, sin embargo, la fuente principal y definitoria del daño epistémico y con ella de lo que llamamos injusticia epistémica?

Miranda Fricker, en el libro que aportó este concepto de injusticia epistémica a los recursos comunes (Injusticia epistémica, 2007), afirmaba que el daño está en la objetificación de la víctima, es decir, de su negación del estatus de agente intencional, de su consideración de mero instrumento que puede ser dejado a un lado y del desprecio a su posición epistémica. Tratar al otro como mera fuente de información y no como un agente capaz de conocer y aportar conocimiento es una degradación del mismo concepto de “conocimiento” que, según una tradición genealógica à la  Nietzsche se origina en la búsqueda de informantes “fiables” y no meros indicadores. Esta idea tan interesante de Fricker, tan kantiana por otra parte, ha sido criticada entre otras autoras por Gaile Pohlhaus, quien objeta que esta forma de daño no tiene suficientemente en cuenta el papel del otro (el perpetrador) y simplemente se fija en el estatus de sujeto cognoscente. Ella propone en vez de “objetificación” una interpretación desde el marco de Simone de Beauvoir en El segundo sexo, donde el daño no es simplemente considerar al otro como un medio, sino más bien colonizar la relación intersubjetiva, transformándola en una suerte de dependencia de la subjetividad del dominante, algo a lo que llama “derivatización”, un neologismo originado en la química, una técnica para transformar una sustancia en otra “derivada”. Otras autoras, como Kristie Doston han sostenido que el daño principal consiste en una exclusión de segundo orden, una exclusión estructural, que impide al agente aportar a lo común recursos conceptuales o cognitivos, en tanto que ser activo epistémicamente, una suerte de silenciamiento sistémico.

Por supuesto que todos estos análisis son iluminadores y deben ser tenidos en cuenta, pero, desde mi punto de vista, no centran completamente lo injusto de la injusticia. Mi hipótesis es que el contenido político-moral de la injusticia epistémica, lo que hace de ella un daño que es a un tiempo político y epistémico tiene que ver con la degradación de la identidad epistémica de grandes colectivos de personas, algo más profundo que la exclusión del acceso o la producción de conocimiento. Tomo para elaborar esta idea dos estrategias conceptuales que se unen en la degradación de la agencia producida por la injusticia epistémica. En primer lugar, presupongo y acepto la idea de justicia/ injusticia que se origina en la teoría de las capacidades de Amartya Sen y Martha Nussbaum. En segundo lugar, acudiré al tratamiento que hace Rahel Jaeggi de la vieja noción de alienación. Desde mi punto de vista, la convergencia de ambos conceptos permite aclarar y entender mejor la injusticia de la injusticia epistémica.

Rahel Jaeggi, en su libro Alienation (2005), considera que la alienación es una "relación de ausencia de relación (relation of relationlessness), a saber, no es simplemente disociación, extrañeza o una falta total de vínculos. Más bien, se trata de una relación defectuosa, indiferente o perturbada frente a algo con lo que seguimos vinculados o atados factualmente, ya sea el entorno, nuestras propias acciones, o nosotros mismos. Su tesis nuclear es que esta relación dañada con el entorno es también y sobre todo una perturbación en la apropiación de la propia vida, en la capacidad de integrarse y manejarse con el mundo y sus demandas cognitivas y normativas. No supone en absoluto que haya alguna naturaleza esencial de lo humano, sino un fallo en la dinámica de la agencia, de la presencia del sujeto en la acción.

En cuanto a la idea de justicia propuesta por Amartya Sen, expuesta principalmente en su libro La idea de justicia (2009), una obra que trató de acercar la idea de justicia a las vidas concretas. Su tesis es que debemos entender la justicia como libertad sustantiva, entendiendo por tal las posibilidades que tienen las personas para llevar el tipo de vida que valoran como vida digna y propia. No tienen libertad efectiva quienes no poseen las capacidades reales para estos proyectos, que incluyen la participación efectiva en la vida común. La libertad y la justicia se expresan en las posibilidades de la gente de alcanzar “logros”  desde los funcionamientos más elementales de salud hasta los más complejos de educación, dignidad y reconocimiento o participación. Las capacidades para estos logros dependen de la variedad humana en todos los sentidos, de ahí que la justicia consista en abrir los espacios de acción de las personas.

Si unimos estas dos líneas de Jaeggi y Sen comienza a vislumbrarse cuál es el daño nuclear de la injusticia epistémica. La alienación epistémica es una distorsión grave o muy grave de la agencia epistémica, que consiste en la capacidad de determinar las creencias y saberes propios sobre sí y sobre el entorno. Es un daño estructural que afecta al carácter y la identidad epistémica personal. Esta identidad es la que se expresa en la atención a lo relevante, en la evaluación de los riesgos de no estar en lo correcto y en la evaluación de las posibilidades que constituyen la situación de conocimiento y acción. La identidad epistémica no es una esencia del carácter o de la naturaleza del sujeto, sino una trayectoria dinámica que integra las propias capacidades en una autoconcepción propia del lugar en el mundo y una conciencia de la propia posición epistémica.

La alienación, en este sentido, puede considerarse una expropiación epistémica, literalmente hablando, en la que se distorsiona la lucidez cognitiva de las personas y su control sobre la experiencia, la información y las expectativas de futuro. En lo que respecta a la justicia, hay que atender a la diversidad humana y a las complejas formas de desigualdad cognitiva que dependen de su posición en el mundo tanto epistémica como social. Desde una perspectiva política, lo que nos interesaría saber es cuáles trayectorias históricas pueden revertir los procesos de alienación y crear espacios de autodeterminación cognitiva de personas y grupos. Una forma muy generalizada de injusticia epistémica es la misma ignorancia que tenemos sobre los grados y extensión de la alienación epistémica en nuestras sociedades. Hasta el momento, la epistemología política ha tratado casos particulares de exclusión, como ocurre en el libro de Miranda Fricker, o tratamientos colectivos de opresión epistémica desde la epistemología feminista o el activismo contra las varias formas de racismo, pero el problema más grave es si disponemos de los recursos para levantar un mapa generalizado de las formas de alienación epistémica que dañan nuestras sociedades.

En una entrada del blog anterior a esta hablaba de cómo la extensión de las métricas y formas cuantitativas de evaluación genera transformaciones en las motivaciones y en la agencia de gentes, colectivos e instituciones. Ahora podemos ver que hay aquí también un componente de injusticia epistémica, por cuanto la expropiación de formas de valorar entraña una suerte de alienación epistémica en la formulación de los propios planes de vida. Hay que sumar estos cambios a otros que nacen de las diversas formas de dominación social, cultural, de género y otras que corroen la justicia. El daño en las identidades epistémicas, sin embargo, no es algo marginal que se añada como una reivindicación más de derechos a las reivindicaciones de justicia. Es una distorsión profunda y estructural de una de las dimensiones esenciales de la agencia humana por cuanto atenta contra las mismas capacidades racionales.

La alienación y la injusticia epistémicas se manifiestan en niveles y escalas diversas. Tienen un componente en primera persona, en tanto que distorsión de la lucidez, pero también y sobre todo de las relaciones interpersonales, en tanto que la construcción de las identidades siempre es dialógica, en segunda persona y en la participación en las instituciones. Es también sistémica e institucional, por cuanto ciertas formas de relación social y de vida generan modalidades de alienación epistémica. No solo se trata de las viejas discusiones sobre las ideologías y las hegemonías culturales sino de barreras de difícil superación que afectan al conjunto de la sociedad y a las diferentes posiciones de personas y colectivos en ellas. La constatación de los daños epistémicos que se producen por la amplificación tecnológica de los discursos es, por ejemplo, una de esas barreras que generan nieblas epistémicas colectivas. Los negacionismos del cambio climático, de los riesgos económicos y militares y tantas otras formas de cegueras colectivas se suman a las múltiples formas de ignorancias estructurales y violencias epistémicas que dañan la misma imaginación de que las cosas pueden ocurrir de otro modo.

La injusticia epistémica, en resumen, produce deshabilitación, discapacitación, falta de entendimiento y voluntad para imaginar planes de vida y elaborar transformaciones del entorno y de las propias identidades. Es conducir a personas y colectivos a los márgenes y las cunetas de la historia. 






sábado, 16 de mayo de 2026

La expropiación de los valores

 



Vivimos un proceso de degradación del modo en que nacen y circulan los valores en las culturas contemporáneas. En las sociedades tradicionales el círculo de prácticas de producción y consumo, de reproducción del grupo y del entorno genera directamente valores que son visibles en el aprecio o desprecio que se tienen unos miembros y otros. El capitalismo inaugura procesos y esferas autónomas de valoración y apreciación: la circulación de mercancías se superpone a la circulación de acciones y, en tanto que la gran mayoría de la población somete su tiempo al salario, “ganarse la vida” y formarse para el mercado de trabajo comienzan a dominar sobre otros campos de la vida que importan. Esta distorsión de los valores fue señalada por Marx en el Manifiesto comunista: “"Todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas". El capital no crea valor, pese a tanta propaganda, sino que lo extrae del tiempo de vida necesario para la reproducción social. Por encima de este proceso, bien conocido y siempre controvertido, han surgido otros procesos que, a la vez que sutiles, son más profundos en lo que se refiere a la extracción y expropiación de valores. Tienen que ver con transformaciones sociales y culturales en el capitalismo avanzado.

Las grandes transformaciones que se dieron en el capitalismo desde la crisis del petróleo del 74 y el impacto de la digitalización masiva fueron fundamentalmente estas dos: la progresiva globalización financiera, comercial, productiva y cultural (educación, entre otras formas) y el ascenso y hegemonía del neoliberalismo en las políticas de estado. La suma e interacción de estos dos procesos estructurales en los diversos planos de las esferas y sistemas mundiales produjo entre otros muchos efectos la flexibilización, la externalización un hambre general de información sobre todos los componentes de las sociedades que progresivamente quedaban imbricadas por los flujos comerciales, financieros y culturales. El gran problema de la información demandada era sin duda, y lo sigue siendo, la heterogeneidad de los contenidos de los datos que podían ser útiles. Los tratamientos estadísticos funcionan mal sin la homogeneización, de modo que, en medio de la revolución digital y el creciente tráfico en el ciberespacio, el capitalismo reinventó el mismo proceso que en la Revolución Industrial, la estandarización universal de todos los componentes de la producción y distribución. En realidad, la estandarización y la automatización son dos fuerzas permanentes de la economía capitalista, pero la conciencia generalizada de su necesidad se remonta a finales del XVIII y sobre todo el XIX, primero, como suele ocurrir, en el ámbito militar con la normalización de los calibres de las armas de fuego, luego extendida a todos los componentes de la industria para que las máquinas herramienta. No solo, por cierto, de los componentes, sino de toda la cadena de producción. La extensión de la normalización y estandarización a los datos se produjo a través de la convergencia de varios procesos que culminan en los que cabe llamar la metrización de la sociedad. La convergencia se dio en varios vectores. El primero fue el desarrollo de sistemas de indicadores cuya función es relacionar varios tipos de datos para generar un resultado numérico. El segundo proceso fue aplicar sistemas de indicadores a todos los aspectos de la realidad social en todos su niveles y producir clasificaciones (ránquines en la jerga popularizada) de todos los dominios, instituciones y personas a los que se aplicaron los indicadores. El tercer proceso fue la automatización de la extracción de datos y la aplicación de indicadores y de clasificaciones. La convergencia de estos procesos se produjo a la vez que la aparición de una galaxia de instituciones públicas y privadas de consultoría y “control de calidad” que ofrecían esta información estandarizada y empaquetada a los agentes institucionales que la demandaban con tanto apetito. La extensión universal de los sistemas de puntuación y las agencias de calidad asociadas ha sido una transformación estructural del capitalismo no menor que la globalización y el neoliberalismo.

Si la globalización ha producido un aumento global de la explotación en el trabajo por sus procesos de externalización y flexibilización y si el neoliberalismo ha incrementado la alienación global, la sociedad métrica ha producido una expropiación de valores generalizada. C. Thi Nguyen ha explicado muy bien cómo se genera el proceso de captura de valor a través de los sistemas de puntuación. Lo hace en su libro The Score (La puntuación). Nguyen ha trabajado en varios campos, especialmente en filosofía de los juegos, un campo apasionante y bastante desconocido pese a lo popular de la práctica del juego reglado, sea en sus formas físicas o virtuales (videojuegos). Wittgenstein, lo recordamos bien, usó los juegos como unidades para analizar las prácticas humanas en todas sus dimensiones. Son sistemas de acciones que tienen reglas constitutivas y normas que definen qué es lo que se quiere lograr. En ese sentido son buenos modelos de las prácticas humanas o de las acciones en un espacio comunal en el que son reconocidos los logros de la acción.

Cuando Nguyen opone juegos/ puntuación tanto desde el disfrute de la acción como desde los valores y objetivos, está pensando en su propia experiencia del cambio que supone la implicación lúdica a la acción que cambia al objetivo, no ya de ganar, que podría ser constitutiva del juego, sino al impulso de jugar para conseguir una puntuación que ubique al jugador en un puesto superior en una clasificación numérica. Pienso en mi propia experiencia en el “juego” de pensar y escribir filosofía. Es un complejo de acciones, emociones y deliberaciones en el que emergen diferentes valores y que se incorporan a la motivación general, siempre en equilibrio entre tensiones: comprensión del problema, desesperación por la dificultad de entender, búsqueda de información, disfrute de lecturas, miedo a la página en blanco, “flujo” de la palabra cuando encuentras un camino, exploración de matices conceptuales y otras muchas cosas que importan y que hacen de la escritura de filosofía una retorcida senda en medio de un bosque de preguntas y ocasionales iluminaciones. Todo eso cambia cuando estás escribiendo un paper para ser admitido en una revista de impacto, que habrá de ser juzgado por “pares” y editores celosos de la puntuación de la revista. Todos los valores y lo que importa colapsan en un índice numérico de impacto. Al principio tu motivación se balancea entre el disfrute de la acción y el “logro” de la publicación que merecerá un número. Al final, si no tienes cuidado, tu motivación se ahorma a la métrica y ya solo importa el número de papers en las revistas Q1. Tu biografía intelectual ha mutado en un curriculum vitae, una carrera de posiciones.

Las métricas tienen ese efecto. Tienen otros efectos en escalas mayores que la de la vida personal. Reestructuran el sistema de valores en tanto que reestructuran el modo en que los valores emergen en las prácticas sociales. Si en el capitalismo la esfera de la mercancía se ha convertido ya en una esfera cuasiautónoma en la que las vidas de la gente se orientan a la posesión de esa cosa extraña, materialmente hablando, que es la riqueza y el capital, la irrupción de la tela de araña de las agencias de calificación genera nuevas dinámicas autónomas sobre la misma naturaleza e interacción de los sistemas sociales, produciendo una suerte de embudo en el que la heterogeneidad de los valores se funde en la cuantificación. Al principio era solamente un deseo y necesidad de información, más tarde, los indicadores se convirtieron en moldes no ya informacionales sino performativos. El extraño juego de la reducción del valor y la reorganización de las motivaciones es no solamente una forma nueva de alienación sino que también es, en un sentido bastante estricto, una expropiación de valor.

¿Cómo esta extracción de valor degenera la calidad de la agencia? Emplea Aristóteles en la Retórica tres conceptos para explicar el éxito de un buen discurso convincente: ethos,  pathos  y logos. Sabía bien Aristóteles que son dimensiones de la agencia que se manifiestan en la articulación de la voz orientada a transformar un material delicado de la realidad, a saber, la mente de los otros. Que se manifiesta en todos los demás dominios componiendo lo que cabe considerar como calidad de la agencia. El ethos apunta a los elementos estables en la superficie y las profundidades del sujeto: las competencias, virtudes, hábitos…, que articulan las reacciones del sujeto ante las demandas de lo real. El pathos compone el universo afectivo sin el que es imposible la motivación y el impulso de acción. El logos es la competencia extraña que llamamos racionalidad deliberativa, producto del lenguaje que transformó al ser humano en un habitante de dos naturalezas, la física y la que construye la palabra. La coordinación de las tres dimensiones, su integración con el conjunto de la personalidad, es lo que define la calidad de la agencia, en tanto que transformación y compromiso con el mundo propio y ajeno. Cada una de las dimensiones contiene valores que dependen a veces de la tarea emprendida (el “juego”, en el sentido de Nguyen), a veces del proceso de generación del plan y proyecto, otras muchas de la dinámica de interacción entre situación y agente, todo ello siempre como una figura caleidoscópica de valores que se van modificando (y reforzando o debilitando) en el desarrollo de la acción. La fuerza de la cuantificación numérica afecta a todas las dimensiones y, en general, a la estructura del conjunto motivacional. Lo hace desfigurando la integración agente, produciendo distorsiones en el proyecto de vida y en el particular plan de acción. Y, como, nos explicó Richard Sennett, al final es una carcoma que produce corrosión del carácter.