El cuadro de Rembrandt Betsabé en el baño con la carta del rey David es un ejemplo de los dilemas insolubles en los que a veces se encuentra la existencia humana. El pintor ha elegido el momento en que Betsabé recibe una carta del rey David invitándola a ir a su palacio. Su cuero y ojos expresan las dudas y temores que le aquejan. La historia bíblica de David, Betsabé y Urías se encuentra en el segundo libro de Samuel 11 y narra un episodio de poder, adulterio y conspiración. Mientras su ejército estaba en el frente de batalla comandado por el general Joab, el rey David se quedó en Jerusalén. Una tarde, desde la azotea de su palacio, David vio a una mujer muy hermosa que se estaba bañando. Preguntó quién era y le informaron que se llamaba Betsabé, hija de Eliam y esposa de Urías el hitita, uno de los soldados más leales y valientes del ejército de David. A pesar de conocer su matrimonio, David mandó a traerla al palacio y se acostó con ella. Poco después, Betsabé le mandó un mensaje avisándole que estaba embarazada. Para ocultar el embarazo, David llamó a Urías del frente de batalla y le sugirió que fuera a su casa a descansar con su esposa. Urías se negó a ir a su hogar por respeto a sus compañeros que dormían en el campo de batalla, durmiendo en la entrada del palacio del rey. Ni siquiera embriagándolo en un banquete David logró que rompiera su código de honor. Al fracasar su plan, David le envió una carta secreta a Joab ordenándole que pusiera a Urías al frente de la batalla más dura y que lo abandonaran solo para que muriera a manos del enemigo. El plan funcionó y Urías murió asesinado.
Rembrandt ha elegido el primer momento, antes de que el rey perpetrara su abuso y crimen, sabiendo que los espectadores conocen bien la historia. Betsabé está melancólica, resignada, no puede decir que no al rey. El rey David reconoció más tarde su crimen y escribió el Salmo 51 de aparente arrepentimiento, un lamento que expresa la culpa pero no nombra el crimen ni a las dos víctimas. Es un arrepentimiento a medias, sucio como a veces son las confesiones religiosas. Héroe fundador del pueblo de Israel y traidor en rendido a su deseo, queda elidido del cuadro del pintor. Betsabé, por su parte, en el cuadro de Rembrandt, está ensimismada en una situación que ella no ha querido y entiende bien los dilemas a los que se enfrenta. La sabiduría de Rembrandt al dejar que el espectador imagine todo con una carta que no puede leer ha logrado distinguir muy bien lo que está en juego. Este ejemplo de representación pictórica de un mito me lleva a una controversia en la historia de la filosofía que merece la pena recordar:
¿De cuánto nos arrepentimos en nuestra vida?, y, ¿cuánto estamos agradecidos por los errores que nos han mostrado los otros?. Unas citas de Sartre del libro Conversations with Jean-Paul Sartre (entrevistas jugosísimas con Perry Anderson, Simone de Beauvoir y algunos otros) en las que hace un repaso de sus metamorfosis y sus fantasmas a lo largo de su obra reconociendo que han sido otros quienes le educaron e hicieron perder el racionalismo cartesiano con el que había comenzado su vocación de filósofo-escritor y son un eejmplo de los complejos dilemas de la acción. Los cambios se materializaron en sus obras literarias más que en sus escritos filosóficos, salvo quizás en la Crítica de la Razón Dialéctica, publicada ya en un momento en que había cambiado el ambiente intelectual en Francia y los nuevos mandarines hacían gala de desprecio a su obra. Ninguno de los nuevos intelectuales pareció haber leído esta obra, ni mucho menos la otra en la cual él pensó depositar una aplicación práctica: El idiota en familia, una descomunal biografía de Flaubert en la que intentó desvelar una literatura de la que él se sentía muy lejano pero reconocía su enorme influencia.
Leamos primero estas confesiones sobre la naturaleza de sus
cambios de rumbo en filosofía:
La cuestión fundamental aquí, por supuesto, es mi relación con el marxismo. Intentaré explicar, desde un punto de vista autobiográfico, algunos aspectos de mi obra temprana, lo que quizá ayude a aclarar las razones por las que mi perspectiva cambió tan radicalmente tras la Segunda Guerra Mundial. Una fórmula sencilla sería decir que la vida me enseñó La force des choses (Simone de Beaouvoir) el poder de las circunstancias. En cierto modo, Être et Le Néant debería haber sido en sí mismo el comienzo de un descubrimiento de este poder de las circunstancias, ya que me habían convertido en soldado, cuando yo no quería serlo. Así pues, ya me había topado con algo que no era mi libertad y que me dirigía desde fuera. Luego fui hecho prisionero, un destino del que había intentado escapar. De ahí que empezara a aprender lo que he llamado realidad humana entre las cosas: el estar-en-el-mundo.
No fue tan solo la vida la que enseñó a Sartre las
limitaciones de su pensamiento. Fue también Simone de Beauvoir con su magnífico
libro Pirro y Cineas (1944) en donde examina las limitaciones de la
acción humana y su libertad en el barro de las situaciones concretas. Sartre era
lo suficientemente inteligente como para entender que El Ser y la Nada
había sido un ejercicio de individualismo filosófico producto de su
ensimismamiento en su deseo de llegar a ser un intelectual reconocido. Había
estado en un campo de concentración al comienzo de la Guerra, como soldado
francés, pero pronto recobró la libertad y se dedicó a escribir. Su amigo y
admirado Paul Nizan ⎼muerto en
la batalla de Dunkerque, 1940, en la que tantos franceses perecieron para que
el ejército inglés sobreviviera⎼ fue un
primer baño de realidad, luego vendría la Resistencia, en la que Sartre no
participó activamente, pero admiró a sus héroes y las torturas y muertes
sufridas sin delatar a sus enemigos. Acabada la Guerra, convirtió estos
ejemplos en paradigmas del ejercicio de la libertad. También se arrepintió de
esa concepción épica de la libertad. Su concepción de la agencia, tal como la
define en El existencialismo es un humanismo y en dramas como Hui
clos se sostiene sobre la idea de que siempre se puede elegir y el ser
humano está obligado a elegir. Ese es el fondo de su drama el origen de la
agencia deteriorada que se expresa en la mauvaise foi, un concepto
complejo que no es solo autoengaño ni debilidad de la voluntad. Sartre confiesa
en este párrafo cuándo se dio cuenta de su profundo error:
Para entender cómo pude haberlo hecho, hay que recordar que durante la Resistencia se planteaba un problema muy sencillo: en definitiva, solo era una cuestión de valentía. Había que aceptar los riesgos que conllevaba lo que uno hacía, es decir, el de ser encarcelado o deportado. ¿Pero más allá de eso? Un francés estaba o bien a favor de los alemanes o bien en contra de ellos; no había otra opción. Los verdaderos problemas políticos, los de estar «a favor, pero» o «en contra, pero», no se planteaban en esta experiencia. El resultado fue que llegué a la conclusión de que, en cualquier circunstancia, siempre hay una opción posible. Lo cual es falso. De hecho, es tan falso que más tarde quise precisamente refutarme a mí mismo creando un personaje en *Le Diable et Le Bon Dieu, Heinrich, que no puede elegir. Quiere elegir, por supuesto, pero no puede elegir ni la Iglesia, que ha abandonado a los pobres, ni a los pobres que han abandonado a la Iglesia. Es, por tanto, una contradicción viviente, que nunca elegirá. Está totalmente condicionado por su situación. Sin embargo, no comprendí todo esto hasta mucho más tarde. Lo que me aportó el drama de la guerra, al igual que a todos los que participaron en ella, fue la experiencia del heroísmo. No el mío, claro está —yo solo hice unos cuantos recados—. Pero el militante de la Resistencia que fue capturado y torturado se convirtió en un mito para nosotros. Esos militantes existían, por supuesto, pero representaban también una especie de mito personal. ¿Seríamos capaces nosotros también de resistir la tortura? El problema entonces era únicamente el de la resistencia física; no se trataba de las artimañas de la historia ni de los caminos de la alienación. Un hombre es torturado: ¿qué hará? O habla o se niega a hablar. A esto me refiero con la experiencia del heroísmo, que es una experiencia falsa.
Simone de Beauvoir había debatido con Sartre acerca de su
tesis de que siempre se puede elegir. Ella argumentaba que la decisión y la
acción siempre forman parte de una situación compleja y nebulosa en la que no
siempre se puede decidir o en la que hay fuerzas que operan en sentido
contrario y que crean al agente dilemas insolubles. Sartre no lo reconoció
abiertamente en ningún escrito filosófico en aquellos momentos, pero sí, como
sería la regla en su trayectoria, a través del drama, tal como confiesa en esta
conversación citando El diablo y el buen Dios, (1951) en donde el
personaje principal se enfrenta a dilemas insolubles entre moralidad y
revolución. Por supuesto, Beauvoir tenía razón. Sartre, siempre tan
inteligente, incluso o sobre todo en sus errores, tardó en admitirlo. Había
prometido en El Ser y la Nada escribir una segunda parte sobre moral,
pero nunca lo hizo. Podemos entender por qué. Entre 1947 y 1948, escribió en un
estilo febril, que sería una constante en su estilo filosófico posterior, un
conjunto de cuadernos sobre sus propios dilemas morales que nunca publicó, y
que fueron publicados por su hija adoptiva Arlette Elkaïm-Sartre en 1983 con el
título de Cuadernos por una moral. Su lectura es fascinante precisamente por los
vericuetos y vértigos reflexivos de los que están llenos. Simone de Beauvoir
vio mucho más claramente el problema de fondo y en 1947 publicó Para una
moral de la ambigüedad, un texto profundo que ha ganado con los años y que
justifica su lugar de primera fila en la filosofía del siglo pasado, pese a que
sea más conocida por El segundo sexo o por sus novelas.
Mirando la historia desde el lugar privilegiado del siglo XX,
no es difícil ponernos del lado de Merleau-Ponty, Albert Camus o Raymond Aron,
con quienes Sartre rompió a causa de su apoyo del régimen soviético cuando ya
se conocían, al menos en parte, los crímenes del estalinismo. Desde los laberintos
reflexivos de los Cuadernos, se pueden entender sin justificar las
decisiones de Sartre, a quien no le importaba tener las manos sucias en el
espacio intelectual, como hará poco más tarde situándose del lado del FLN en la
Guerra de Argelia.
Estos debates son parte de la historia cultural del siglo
pasado, pero los extraigo del recuerdo porque iluminan la filosofía moral y
política cuando la entendemos en el marco de una teoría de la agencia en la que
el sujeto agente y la situación de la decisión y la acción forman un todo lleno
de los dramas más profundos de la vida cotidiana y de la historia. Lo que
llamaba Bernard Williams el “sistema de la moral”, la filosofía aséptica académica
que proliferaba en su momento, pero también la teoría crítica, tan llena de estereotipos
y clichés, deberían revisar toda esta parte de la historia cultural. No por los
personajes, no por el lugar de los intelectuales, no por los temas que se
debatían en su momento, sino por los dramas que están implicados en estas trayectorias
y que hablan de la agencia humana como un lugar de conflicto y tragedia. De
aquellos momentos, podría haber elegido los dilemas que tenía, por ejemplo Simone
Weil con la violencia, o Hannah Arendt con el sionismo, o,… La historia del
pensamiento no es solo un ejercicio filológico académico. Cuando se atiende a
ella, también las manos se manchan de tinta y el cerebro de emociones
encontradas.
