El otro Schiller, Ferdinand Cunning Scott Schiller, un pragmatista de la transición del XIX al XX, afirmaba que el humanismo es la actitud filosófica que produce más rechazo. Un desagrado, decía, que es “psicológico en origen. Nace de la naturaleza de ciertas mentes humanas que están demasiado enamoradas de las simplificaciones artificiales, o demasiado acostumbradas a las mutilaciones autoinfligidas, a los tormentos autoimpuestos por los que esperan merecer la absorción en la verdad absoluta.” Reconocía que “el humanismo de corazón es una actitud singularmente difícil de sostener en la atmósfera académica […] Si Protágoras hubiese sido un profesor de universidad difícilmente habría descubierto el humanismo”. Schiller escribía estas palabras a comienzos del siglo XX asfixiado entre el positivismo y varias formas de pensamiento metafísico. No sabía cuán proféticas habrían de resultar a lo largo del siglo venidero. Salvo un breve periodo en que los horrores de la barbarie fascista en la postguerra permitieron que nacieran conceptos como los de “crímenes contra la humanidad”, el resto del siglo fue una sucesión de formas de antihumanismo: especies de naturalismo sociologista, como la althusseriana, o diversas variedades de posestructuralismo, pasando por las tribus del posmodernismo neoheideggeriano.
Todas las modalidades de antihumanismo modernas coinciden en
la crítica al supuesto esencialismo del humanismo. La postulación de una esencia humana sería un pecado original de
universalismo que no tiene en cuenta la historia ni las transformaciones
culturales y sociales que esta conlleva. De esta fuente beben antropocentrismo,
patriarcalismo e imperialismo cultural que estarían asociados a una imagen de
lo humano demasiado próxima a la autoimagen de la cultura y la sociedad
dominante.
Esta es la razón por la que Althusser interpreta que Marx se dio cuenta a tiempo de y a partir de la Ideología Alemana abandonó el humanismo que había contaminado sus anteriores escritos, los Manuscritos de 1944 especialmente. Allí encontramos la tesis de que la alienación del trabajador le despoja de su ser genérico, lo que puede traducirse como que le deshumaniza, pues lo que caracterizaría al ser humano es precisamente el ser genérico
"Por eso es precisamente en la elaboración del mundo objetivo en donde el hombre se afirma realmente como un ser genérico. Esta producción es su vida genérica activa. Mediante ella aparece la naturaleza como su obra y su realidad. El objeto del trabajo es por eso la objetivación de la vida genérica del hombre, pues éste se desdobla no sólo intelectualmente, como en la conciencia, sino activa y realmente, y se contempla a sí mismo en un mundo creado por él. Por esto el trabajo enajenado, al arrancar al hombre el objeto de su producción, le arranca su vida genérica, su real objetividad genérica, y transforma su ventaja respecto del animal en desventaja, pues se ve privado de su cuerpo inorgánico: de la naturaleza. Del mismo modo, el degradar la actividad propia, la actividad libre a la condición de medio, hace el trabajo enajenado de la vida genérica del hombre un medio para su existencia física. Mediante la enajenación, la conciencia del hombre que el hombre tiene de su género se transforma, pues, de tal manera que la vida genérica se convierte para él en simple medio."
Lenturas recientes de Marx, como la de César Ruiz Sanjuan en Historia y sistema en Marx –por otro lado muy inteligente⎼, consideran que los Manuscritos de Marx son todavía un débito de Marx al antropologismo de Feuerbach. Algo que abandonaría (Ruiz Sanjuan sigue aquí a Althusser) a partir de La Ideología Alemana y que desarrollaría en El Capital, donde ya no aparece el término alienación, un término antropocéntrico, idealista y acientífico.
El humanismo de Marx no tenía en ningún momento ningún
compromiso con alguna forma de esencialismo. Bueno sí, con una: la especie
humana, sostiene Marx, se caracteriza por la producción de transformaciones en
el mundo que, a su vez, la transforman. Su esencialismo lo es de una forma irónica
que niega la mayor: su esencia es la historificación continua de su esencia. El humanismo marxiano se manifiesta en su afirmación de que el ser humano es un
ser genérico, un ser en cuya agencia está representada toda la humanidad. De hecho,
también toda la naturaleza. Tanto en el trabajo como en el consumo, sostiene
Marx, el ser humano se encuentra en una dialéctica entre su cuerpo orgánico (corporeidad
que entraña la vida mental) y su cuerpo inorgánico (funcional, metabólico,
energético). En esta dialéctica se hace presente la profunda e ineludible
relacionalidad de la agencia humana con la historia natural y social.
La agencia y la experiencia humanas tienen siempre tres
dimensiones que están presentes en cada experiencia y acción, por más que estas
sean únicas, situadas, particulares: en primer lugar, son significativas, en
tanto que tienen contenido. Y los contenidos no existen sino en una ilimitada
red de significados que están asociados a las prácticas. Es el holismo que nos
enseñaron Wittgenstein y Quine. En segundo lugar, toda la historia social
humana se hace presente en cada acto: cada acción remite a toda una historia de
conocimiento, emociones y relaciones sociales sin la que no habría sentido de
libertad, necesidad, logro, fracaso y, siempre, reconocimiento. En tercer
lugar, la agencia y la experiencia tienen una dimensión material, energética e
informacional que solo existe en tanto que el cuerpo y en entorno están en una
continua interacción. Como un motor diésel en la luna, la acción humana no es
tal sin el adecuado intercambio material.
El humanismo nace de la inevitabilidad de estas tres formas
de holismo en la agencia y la experiencia. Los supuestos antiesencialismos terminan
siendo, como sostenía Schiller, alguna forma de mutilación autoinfligida de
alguna de las dimensiones.
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