sábado, 25 de mayo de 2013

No hay conspiraciones


Las críticas que recibió el libro de Naomi Klein La doctrina del schock  se basaban en lo poco académico que parecía ser el libro y en que suponía una teoría de la conspiración del capitalismo. La doctrina del schock señala que una agresión de enorme intensidad a una población la deja sin recursos para resistir a la implantación de una forma social como la del mercado sin restricciones. Parecería que alguien o algún grupo es capaz de planificar experimentos a escala planetaria suficientemente complejos como para generar transformaciones sociales de tan gran escala. La era de los Reagan/Thatcher/Wojtila parecería un ejemplo de esta clase, o las nuevas élites Xi Jinping/Merkel/¿Obama?.

En los años 80 se habló del horizonte de la sociedad de los tres tercios, en la que dos tercios de la población alcanzaban niveles estables de vida mientras que un tercio quedaba en los márgenes al albur de las políticas de mantenimiento y seguridad social.  La sociedad de los tres tercios como ideología pronto dio paso a lallamada sociedad del 20:80, una sociedad donde el trabajo del 20% bastaría para "mantener" al resto y donde el 80% tendría que quedar en los bordes de inasimilación social.  En el World Forum de 1995 en San Francisco los líderes del momento (Clinton, Thatcher, Bush, Gates, Turner,...) aceptaron el término "entetanimiento" (tittytainment) propuesto por Zbigniew Brzezinzki  (la idea de sostener  una sociedad tan inestable con el método de "entetar" al 80%).  En aquella época la izquierda propuso la idea de una renta de ciudadanía para evitar la exclusión social y para garantizar la preservación de la democracia. Ahora no parece haber encontrado una respuesta.

Que la llamada "crisis" no es tal, sino una onda de choque para que la Europa del sueño del equilibrio social acepte la sociedad del 20:80, parece cada vez más claro. Se necesita un sistema de terror global, una narrativa del fin del trabajo, de la amenaza de la deslocalización, de la teoría del endeudamiento privado, etc., para que sociedades enteras queden bajo un impacto emocional muy cercano a la depresión. Que este proceso sea parte de algún plan global dirigido por alguna capilla oculta de poderosos y oscuros agentes, me parece más que dudoso. Al menos no en el sentido tradicional de la idea de conspiración. Julian Assange es proclive a una idea menos psicológica. Llama conspiraciones a ciertas formas de red sin cabeza ni agentes imprescindibles que conecta élites mundiales y está dirigida básicamente por intereses, protocolos y planes. Puede ser. Me parece un tanto épico y puede producir efectos contradictorios con lo que pretende esta idea.

Me parece que la cuestión es más sencilla y más complicada. El principio de Pareto como horizonte de equilibrio puede explicar bastantes cosas antes de que necesitemos acudir a las redes conspiratorias. 20:80 es una forma de equilibrio si ninguna parte considera que se puede cambiar sin ir a peor. Los equilibrios sociales no son fuerzas de la naturaleza sino resultados de las tensiones y fuerzas sociales. No hay determinismos tecnológicos ni determinismos sociales. Que el nivel tecnológico permita que el trabajo del 20% sea suficiente es una de esas mentiras que se convierten en verdades aparentes a base de repetirlas.   Que la sociedad del 20:80 sea un horizonte inevitable es otra de esas mentiras inaceptables. Pero funciona.

Parte del problema ha sido el desarme discursivo, organizativo, moral, internacionalista de quienes se pensaron como representantes de la "igualdad". Parte del problema fue que habían aceptado que hay necesidades en la historia: mercado, globalización, tecnología, etc. Parte del problema ha sido creer en la teoría de la conspiración. Pero no hay conspiraciones, hay ordenamientos sociales y alineamientos de intereses que producen equilibrios de Pareto en unas u otras escalas. Los dirigentes no son más listos que el resto. De hecho suelen ser más tontos (son los hijos tontos de la clase dominante, a quienes se les coloca ahí para que hagan lo que hay que hacer). El problema no está arriba sino abajo.

No hay conspiraciones. Solamente miedo y depresión y, en ciertos casos, el sueño de que con suerte se va a ser co-optado para el 20% por el hecho de venir de una (ya casi olvidada) "clase media" (o, como se decía antes,  "pequeño-burguesa").  Un reciente amigo, comentando esta idea, me respondió con una frase que no carece de esperanza: "se puede quedar paralizado por el miedo, pero no se puede vivir siempre en el miedo". Quizá sea el tiempo de considerarla.  Quien vive con miedo muere mil veces.









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domingo, 19 de mayo de 2013

El rito y el desorden




Maestros del Caos es la exposición que estos días trae CaixaForum. Una heterogénea colección de objetos    chamánicos y rituales a los que se añaden algunas réplicas en el arte contemporáneo. El tema de la  presentación es cómo las culturas negocian el caos y desorden que subyace en el fondo del universo y la existencia. La atmósfera es oscura, se recorre con un cierto sobrecogimiento del que no libra el racionalismo que ya hemos incorporado a nuestra forma de vida.

"En el principio era el caos". Toda cultura humana, incluida la actual nace de esta convicción. Los rituales, las religiones y la ciencia han sido las formas en las que se trata de negociar con esta certeza. El caos estaba al comienzo y está en el fondo de la realidad aparentemente ordenada. El caos como amenaza pero también como origen. Así como la vida y la muerte, la polaridad del caos y el orden constituye un eje de referencia en la selva de los símbolos que conforman la cultura.

La muestra se organiza alrededor de la cultura material de los bordes, de la frontera entre el caos y el orden. Allí habitan seres y cosas que conectan las dos formas de existencia y protegen el orden del caos. Chamanes y sabios de lo oculto que adivinan y conjuran las fuerzas que pueden controlar parcialmente al desorden. Tricksters y payasos sagrados que interpelan al poder para desnudar el desorden que lo habita. Criaturas y mensajeros que comunican la luz y la oscuridad o ayudan a los sentidos de quienes se asoman a lo innombrable. Objetos de poder que resguardan. Abalorios, ofrendas, bastones, sillas, alfombras, muñecos de magia, tambores de conjuro, bolsas de adivinación. Poderosos escudos que siembran la esperanza en la comunidad.

Es la cultura material de un mundo liminal donde las prácticas se vuelven rituales: ritos de paso, en los que cada miembro de la aldea se adentra por un tiempo en el territorio de lo misterioso y amenazante, donde no alcanza el brazo protector de los suyos. Ritos de iniciación, por los que han de viajar quienes deseen consagrar su vida a la comunicación de las dos realidades. Aprender el nombre secreto de las cosas, la trama de los espacios y el poder de los aliados.

Lo inquietante de la colección es que ya no la miramos desde arriba ni desde abajo. Hemos acabado un tiempo  superficialmente racionalista y otro tiempo superficialmente irracionalista. Russell y Carlos Castañeda pertenecen a una historia de la que venimos pero no en la que estamos. Porque ahora estamos en una cercanía mucho más profunda de lo que creemos a los hilos que conectan las culturas y los mundos de significados que han creado a lo largo del tiempo y los espacios. Quizá negociamos con el caos con otros lenguajes, con la estadística y los modelos de Montecarlo, con otros maestros de lo oculto: economistas y adivinos de las tasas y probabilidades, con otros rituales de paso e iniciación. Pero nos sabemos iguales en la existencia liminal, en el deseo de controlar el desorden que nos aguarda y del que venimos. El desorden que está en el trasfondo del que huimos para concebirnos como seres culturales.

Sabemos que la vida y la muerte, el orden y el caos son dos maneras de expresar la misma oposición. Hemos creado un escudo tecnológico contra el apocalipsis y sabemos ahora que las fuerzas del caos se han infiltrado en la misma fábrica de este escudo. Como a los nómadas de las praderas, nos asusta la oscuridad que se avecina, pero también nos protegen las fuerzas de la esperanza y las tramas de la solidaridad que convocan nuestros ritos.

jueves, 9 de mayo de 2013

Un ruido secreto







A veces se escribe después de pensar y a veces para pensar. Sigo dando vueltas a un seminario en el que Graciela García y Emiliano Bruno nos han propuesto una intrigante colección de gente que se mueve en los confines del arte expresando una relación estética con el mundo a través de la colección ordenada, inventariante o enciclopedista de objetos. Son superposiciones abigarradas que sin embargo manifiestan un misterio que tiene más relación con el arte que con la compulsión. Muchos son artistas que han desarrollado su obra en condiciones de disfuncionalidad mental (o a causa de): autistas, seres marginales, jubilados, deprimidos y exiliados sociales que intentan salvar el mundo ordenando objetos que para ellos tienen una especial significación. Algunos han logrado un puesto en la historia del arte: Joseph Cornell o Carmen Calvo.

Se mueven en los márgenes de lo artístico, en lo monstruoso que atrae por su otredad. Cristina Peralta  (ella misma, como artista, sutilmente sensible a estos gestos estéticos) ha reunido una maravillosa muestra de seres del margen. Me asombra esta colección de coleccionistas. Su sensibilidad tiene un umbral profundamente más bajo que la media: recogen objetos desvalidos y les confieren una nueva vida que nace en la relación sutil que ellos encuentran con otros objetos, a veces de la misma clase, a veces no. Crean redes deocultas  relaciones que son también redes significantes y diría que constituyentes. Como si encontraran en lo que nosotros creemos acumulación el sentido de la trama que une al universo.

Hay algo que tienen en común estos artistas y los místicos que han existido a lo largo de la historia. Los místicos, nos cuenta Michel de Certeau, saben un lenguaje secreto que en su forma exterior se asemeja a nuestras mismas palabras, pero que esconde un oculto significado al que no se llega por ninguna clave sino por una ascesis o trayectoria de vida. Sólo al final del camino se encuentra el secreto del sentido. Para estos habitantes del limen, la colección y el abigarramiento no es sino una expresión de su cercanía con las cosas, una cercanía que quienes vivimos en los mundos del valor ya hemos olvidado. Coleccionan porque viven en la realidad y su existencia es un camino que no sigue las sendas trilladas que llamamos vidas normales.

Y quizá sea ahora cuando podamos entender su obra con más claridad que en otros tiempos. El arte contemporáneo nace en el gesto estético de descolocar un objeto y conferirle un ruido secreto. Se genera así una reconfiguración práctica de lo real que no tiene que ver simplemente con la disfuncionalidad de las cosas, como el que lleva una batidora a un concierto de cámara. Se trata de algo más que sólo ciertos seres son capaces de captar: que ciertas movilidades o movilizaciones son recreaciones de orden. Son reordenamientos de lo real que algunos dirían que son también redistribuciones de la sensibilidad.

No estoy seguro de qué hablan los filósofos cuando hablan de la vuelta a las cosas mismas. Pero sí entiendo a estos seres ininteligibles que se relacionan con el mundo con un lenguaje secreto de cosas. Diría que resignifican las cosas si no estuviese tan devaluado el acto de significar. Porque recolocar las cosas es recrear lo que ellas son: redes de significados. Pero, además, lo hacen con esa actitud que ya sabemos que es el arte, heredero natural de la religión: es la actitud de quien muestra el sentido sin tener que decirlo. Es la tarea heroica del que señala a un lugar que no habíamos visto o al que no nos atrevíamos a mirar.




sábado, 4 de mayo de 2013

El tiempo de las humanidades

Cada fase económico-política produce su propios sistemas cultural y educativo (pero no en las condiciones que sus dirigentes querrían). También se aplica a estos sistemas el principio general marxiano. La universidad  humboldtiana organizada en facultades, con una misión de enseñanza e investigación, con la tarea de formar a las élites culturales, políticas y administrativas, tuvo su vigencia desde sus comienzos decimonónicos hasta muy avanzado el siglo XX. Correspondió a la fase del capitalismo sostenido en los estados nación. Tal fue su importancia que creó la forma paradigmática de lo que se entiende todavía por un sistema educativo superior, y aún por un sistema científico: las disciplinas, las facultades, el sistema de organización basado en lazos emocionales de reconocimiento a las autoridades internas, etc. La Estructura de las revoluciones científicas de Thomas S. Kuhn no tuvo el éxito que tuvo por casualidad. Todo el mundo se sintió reconocido en un sistema científico y de administración educativa que había sido formado para sostener el estado nación en un proyecto universalista. Y curiosamente fue un libro que se escribió en una universidad ya distinta, la que surgió de la Guerra Fría, planificada para ganar una carrera científica y tecnológica a escala mundial. El propio Kuhn participó en el diseño de esta nueva universidad desde la revista Minerva que se convirtió en el principal motor de esta reforma. Esta universidad se basó en una nueva estructura mucho más ágil: los departamentos, espacios ordenados de selección de profesorado con la obligación de sostener la investigación en esta carrera de fondo por la supremacía epistémica.
Se organizaron nuevos departamentos cuya función fue la de justificar esta nueva universidad. La creación de departamentos de Filosofía de la Ciencia, de Ciencia y Sociedad y departamentos de Estudios Culturales viene de esta época, alrededor de los años sesenta. Fue una universidad intencionalmente masiva, preparada para que una parte sustancial de la población pasara por sus aulas y se formase una clase media preparada técnica, científica y culturalmente. Los viejos sistemas funcionariales estaban dejando de ser útiles y funcionales y estaban dando paso a nuevas formas de poder y reproducción política y económica. La universidad se configuró entonces como una etapa o tiempo en la vida de una parte de la población en la que debían aprender muchas cosas, entre ellas una cierta forma de comportamiento más ágil y libre. A nadie le molestaba que la universidad permitiera la combinación de los estudios con un moderado consumo de droga, sexo y radicalismo político.
La tercera fase, en la que estamos entrando desde hace más de una década tiene que ver con nuevos y observables factores como es el final de la Guerra Fría, la universalización del capitalismo financiero basado en la globalización, la creación de un medio digital superpuesto a los ancestrales medios del lenguaje y la escritura (la era del código), la flexibilización en el trabajo (trabajo precario basado en la creatividad y flexibilidad de una mano de obra muy preparada que presta su tiempo en condiciones de vulnerabilidad laboral similar a la de las cuadrillas de jornaleros de la época precapitalista), la función central de la cultura en la creación de lo que se ha denominado capitalismo cultural (basado en la explotación económica de la atención y de las "experiencias"). En fin, todos sabemos en qué tiempo vivimos.
En esta fase se están produciendo nuevas formas del sistema educativo que aún no han cuajado del todo y que tienen que ver con la creación de redes transnacionales y transculturales, en la flexibilización de las viejas disciplinas y la aparición estudios perecederos (grados y posgrados que cambian con los tiempos), en la extensión de la universidad a los medios (la proliferación de formas a distancia), el abaratamiento rápido de las instituciones educativas por medios nada sutiles.
Uno tiende a pensar que mientras que las humanidades fueron muy funcionales en los dos sistemas anteriores  (por distintas razones que habría que desarrollar), ahora ya no lo son tanto o lo están dejando de ser. Al menos eso es lo que pienso en los momentos más pesimistas. En otros momentos, sin embargo, comienzo a pensar que sí lo son, pero con otras modalidades distintas a las que hemos conocido. Las humanidades dejan de tener lugar y comienzan a tener un tiempo característico. Periférico, extra-académico, como si fuesen actividades de tiempo libre y complementario, parejo al tiempo del deporte y la diversión.
Muchos tienen nostalgia de la universidad humboldtiana donde la discusión académica versaba era si la filosofía debía dirigir la universidad o debería dejarse esa función al derecho (y a la medicina en lo que respecta a la ciencia).  Yo viví el fin de aquella universidad (como también he vivido la universidad departamental).  La universidad humboldtiana me gustaba tan poco como la que siguió y como ésta que me toca comenzar. Como tampoco me gusta la sociedad que la produce.

jueves, 25 de abril de 2013

Los cuentos que somos

Llego con las neuronas excitadas de una discusión sobre identidad y narratividad y con la sensación de no ser capaz de elaborar qué es lo que distingue a la concepción de nuestra identidad como identidad narrativa de otras concepciones más cercanas, y qué es lo que la hace fuerte frente a las múltiples críticas, la mayoría ingenuas y de aparente "sentido común" y las menos de carácter filosófica y metafísicamente muy sofisticado.
La idea general es que cada uno/a somos narraciones en primera persona. Si dijéramos "somos historias" no habría demasiados problemas puesto que cualquier cosa puede ser entendida como una historia. Un río, por ejemplo, sólo puede ser entendido como una historia que no es sustituible por ninguna otra. Un planeta, una galaxia, el universo, son historias que no son sustituibles.
Pero las personas somos algo más: somos narraciones. ¿Qué es lo que diferencia una historia de una narración?: una narración es una historia contada o contable. Sin embargo esta definición nos hace creer que primero estaba la historia y luego la narración. Pero no está nada claro que esto sea lo que somos o creemos ser. No había una historia que después contase un Yo o algo, o alguien. Por el contrario, el ser que somos es el ser una historia contada, donde la separación de los calificativos se parece a  la separación entre ClNa: si separamos el cloro del sodio lo que queda no son partes de sal: no hay sal. La sal no es una suma ni una calificación de una sustancia sin o una constitución mutua de dos elementos que llamamos cloro y sodio.
En la química no hay problema para entender estas cosas puesto que los niveles son homogéneos, sin embargo no es lo que pasa con la vida ni lo que pasa con la existencia intencional. Una función biológica, por ejemplo, implica una mezcla constitutiva de procesos causales (lo que hace un órgano) y de historias (por qué un órgano está ahí, algo que trata de explicar una historia evolutiva).
El ser humano es un ser de sentido. Sólo existe como tal porque su historia es una historia de sentido: el pasado-presente-futuro y el cuerpo-mente-entorno se estructuran de un modo nuevo en el universo, como lo fue la vida. Y este modo nuevo es el sentido, el ordenar lo causal como algo con sentido. Pero dar sentido no es diferente en cierta medida a qué es el poder normativo de la adaptación. Crea una singularidad nueva en ciertas historias. En el caso del sentido, el poder de la adaptación se transmuta en poder de la autoridad en virtud de la agencia o capacidad de autodeterminación.
Disculpas por la jerga filosófica. La idea es compleja y simple a la vez: una historia personal tiene formas de singularidad diferentes a la secuencia de eventos que constituye la historia de un ser vivo. Es una secuencia de eventos que tienen sentido. Y eso es una narración. Y eso es una identidad.

jueves, 18 de abril de 2013

La vida se abre camino

Tendría que haber escrito hace una semana, pero a veces la vida te impide narrar la vida. Porque a veces la muerte irrumpe e interrumpe la historia de la vida. La semana pasada murió después de una vida luminosa Paco Guzmán. Está ahí, a la derecha de la imagen, en su silla,  con sus ojos de un azul intenso luminoso y la mirada apacible que tanta paz producía en quienes estaban a su alrededor:



Conocí a Paco el primer día de clase de mi asignatura de Lógica, hace bastantes años. Se puso con su silla en primera fila. Paqui, su madre, le llevaba y traía y esperaba (y a veces entraba y escuchaba la clase). Enseguida comenzó a preguntar y discutir. Y se inició en ese momento una amistad intensa y una relación de la que tengo la convicción de haber sacado mucho más que lo que pude dar.
Paco había acabado una licenciatura en Físicas y deseaba hacer Humanidades. Pocas inteligencias pueden presumir de ser capaces y de haber tomado esa decisión. Conozco a casi todas las que lo han hecho en nuestro país y ninguna es comparable a la de Paco y ni mucho menos a su humanidad.
Compartimos (nunca mejor dicho) dos asignaturas. Después un posgrado en Humanidades. Paco intervenía en todas las clases y poco a poco fui aprendiendo de él muchas cosas, pero sobre todo fui aprendiendo a amar la vida.
Se fue convirtiendo en un líder del movimiento por la independencia y autonomía de lo que torpemente llamamos discapacitados. Su tesis, absolutamente correcta, es que las capacidades y discapacidades de las personas son una de las cosas de las que deben hacerse cargo las sociedades. Nadie nacemos con capacidades e incapacidades si no es en un medio ya social, ya artificial, ya moral, ya político. Es ahí donde las adquirimos y preservamos.
Se rebelaba Paco contra quienes consideran las capacidades como algo "natural" (qué cosa, él, que tenía dones naturales superiores a casi todos en inteligencia y humanidad, pero que tenía una tetraplejia que le hacía ser hipervisible en sus dificultades e hipovisible en sus dones). Discutía una y otra vez todo intento de naturalización del cuerpo, de la mente. Fue armando un programa teórico y práctico de rebelión contra la discapacidad. Me cansaba ver su fuerza y su voluntad, su capacidad de trabajo. Y me asombraba la rapidez de su pensamiento.
Debo a Paco muchas cosas, pero sobre todo el haber aprendido una actitud ante el mundo y la vida: convertir nuestras dificultades en meros obstáculos que no son sino piedras en el camino. Aprendí de él a convertir las dificultades en simples ocasiones para repensar nuestra existencia. Él nos llamaba los "verticales", porque, por una contingencia de la naturaleza, estábamos de pie y andábamos sobre las piernas. Podríamos haber usado ruedas, ¿y qué? Yo, que estoy medio sordo, lo que entonces me producía algún problema de identidad, comencé a hacerle caso y a distanciarme de los que oían perfectamente pero eran incapaces ( no físicamente) de ver (a veces de mirar) y muchas veces de escuchar.
No nos veíamos todo lo que deseábamos pero , cuando la vida venía realmente mal y las cosas eran difíciles me preguntaba, ¿cómo se enfrentaría a esto Paco?
He visto gente mala y gente buena en el curso de mi vida. He visto valientes y cobardes, pero hasta ahora el número de mis héroes es muy limitado. Paco está en la cuenta de ese mínimo número y, desgraciadamente está en la cuenta, uno más, de los héroes que se me han muerto. Los creyentes llaman santos a esta gente, los otros creemos que Paco es lo que llamamos la fuerza de la vida. Lo que nos hace merecer seguir viviendo.

jueves, 4 de abril de 2013

Sin novedad en el frente cultural



Es bien conocida la frase "cuando oigo hablar de cultura saco la pistola", que unos atribuyen a Hermann Göring y otros a Goebbels. Es bien conocida también la vieja paráfrasis de sacristía de los filósofos de estética "cuando oigo hablar de cultura saco la cartera". Lo cierto es que uno a veces, cada vez más, habla de cultura. Lo hago en muchos contextos, entre ellos algunos contextos filosóficos. Y suelo percibir en las miradas de quienes escuchan una división entre quienes se ponen de parte de Goebbels y quienes se ponen de parte del concejal. La división suele venir por áreas, a veces también por sensibilidades. El resto del auditorio filosófico, quizá el más compasivo, desprende una mirada como de "vaya con este chico, con lo inteligente que parecía y mira a qué se dedica ahora". Lo cierto es que hace mucho que el concepto de "cultura" y todo lo que está relacionado con él ha dejado de habitar en la casa común de los filósofos. Está demasiado contaminado de basura "externa" como para ser recuperable para una filosofía en serio. Al menos eso es lo que se piensa mayoritaria y estereotípicamente.

El por qué ha sido así es algo muy complicado de explicar, y que nos llevaría a recontar buena parte de la historia de la filosofía del siglo pasado. Fue un siglo que comenzó con una derrota: la derrota de la intelligentsia. Muchos intelectuales influyentes (no sólo en el campo de la izquierda) se preguntaron: ¿cómo es posible que el pueblo heredero de los griegos haya votado a Hitler? ¿cómo es posible que la revolución haya ocurrido en un país de bárbaros asiáticos como Rusia y no en las ilustradas plazas alemanas? En algún caso, como el de Heidegger, que también tiene parte en esta historia la pregunta era distinta: ¿cómo es posible que un pueblo de brutos e ingenieros (perdón por la redundancia, pensaría) haya sido capaz de derrotarnos al único pueblo que fue capaz de hacerse la pregunta por el ser?

Todos se hicieron la pregunta, pero hubo dos formas de hacérsela: Walter Benjamin y Antonio Gramsci la hicieron a su modo. Martin Heidegger y Theodor Adorno la hicieron al suyo (todo es mucho más complicado, tendría que citar a Simone Weil y a Hanna Arendt, pero esto es un blog, no una clase). Triunfó en la academia de filosofía una forma de hacerla y una forma de responderla: "podrás hablar de cultura siempre que sea para denostar la industria cultural, siempre que sea para negar todo como si estuvieras en un interrogatorio frente al policía, después de Auschwitz ya no se puede hablar de cultura (depués de Yalta ya no se puede hablar de cultura, pensaría Heidegger)". Y así fue. "Cultura" dejó de ser un concepto para ser convertido en adjetivo ("industria cultural", "capitalismo cultural"...) y todos se dedicaron a lo suyo, es decir a los conceptos legítimos: "sociedad", "arte", "ciencia", "historia", "filosofía"... (un día tenemos que hablar sobre la historia cultural de las áreas académicas).

En el lado oscuro de la fuerza quedaron las respuestas de Benjamin y Gramsci. Porque abrían fracturas entre la teoría y la práctica, entre la palabra y el ser. Entre otras cosas. En los años setenta hubo dos sucesos muy claros al respecto. El primero fue el día que Adorno y Horkheimer permitieron que la polícía (pidieron) entrase en el Instituto para sacar a esos descamisados que se decían seguidores suyos. El segundo fue cuando se cerró el primer instituto de estudios culturales de la Universidad de Birmingham. Habían comenzado las "guerras de la cultura". Nunca hubo una firma de armisticio.

John Rogers Searle (polémica contra Derrida) (1932), Joseph Aloisious Ratzinger (polémica contra el relativismo) (1927) han vivido más que Raymond Williams (1921) (quien quedó en el otro lado oscuro de la fuerza, en el Círculo de Birmingham que creó los estudios culturales) y, en cierto modo, representan esta muralla que se alza contra la catalogación del término "cultura" como animal de compañía académica.

Me pregunto si no cabría volver a donde estábamos cuando se abrió el frente cultural y volver a pensar sobre el concepto de cultura, que se dejó en manos de comerciantes o divulgadores (de la vieja definición de los antropólogos de la era del imperio), y repensar también por qué ciertas palabras son condenadas al exilio en ciertos círculos de distinción.