Nuestro lenguaje, memoria y pensamiento están organizados en las unidades básicas que son las situaciones. En ellas se expresan las experiencias cotidianas y con ellas construimos los relatos primarios que organizan la memoria, las conversaciones, las obras literarias y cinematográficas que disfrutamos, la información que encontramos en la prensa y, al fin y al cabo, la misma idea que tenemos sobre nosotros mismos, lo que llamamos identidad personal así como otras identidades colectivas (clase, género, etnia, nación, etc.)
La noción de situación es central en varias líneas
filosóficas contemporáneas como son el pragmatismo, el existencialismo, el
particularismo moral o el enactivismo en filosofía de la mente. La condición
humana de existencia está siempre situada en una tensión permanente entre el
medio neurofisiológico y el entorno inmediato, entre lo atemporal de las
distintas formas de identidad (narrativa, social, moral, epistémica) y la
espacialidad y temporalidad de la circunstancia.
1. Analítica de las situaciones
En el tratamiento reciente de la idea de situación merece la
pena recoger la analítica que ha llevado a cabo la filosofía del lenguaje que,
a su vez, recoge la tradición del cognitivismo y también en cierto modo de la
teoría literaria, en particular de la semiótica de Greimas, que tanto ha
contribuido a los estudios sobre la narración. Me voy a limitar aquí a recoger
el tratamiento que hicieron el lógico y matemático Jon Barwise y el filósofo
del lenguaje John Perry en su influyente libro de 1985 Situations and
Attitudes. Se proponían ofrecer una semántica que aproximase la lógica al
lenguaje natural.
Antes de Barwise y Perry, la forma dominante de analizar el
significado era a través de la semántica de los «mundos posibles». En esa
visión tradicional, si quisieras saber el significado de la frase “El gato está
sobre la alfombra”, teóricamente examinarías el conjunto infinito de todos
los universos posibles en los que esa afirmación es verdadera. Barwise y Perry consideraban esta estrategia
lejana de lo que pensamos cuando en ejemplos como el anterior. No nos referimos
a infinitos universos hipotéticos, sino que hablamos de la realidad muy
específica, concreta y local que está delante del hablante: una situación.
Una situación es una parte limitada, concreta y delimitada
de la realidad, un fragmento específico del mundo en el que están sucediendo
cosas. La característica más importante de una situación es su parcialidad. A
diferencia de un mundo posible, que tiene que contener un valor de verdad para,
literalmente, cada hecho del universo, una situación es estrictamente local. La
situación en la que estoy escribiendo esto contiene un espacio, mesa, silla,
ordenador, libros, y el momento en que estoy realizando esta acción, que forma
parte de un mundo más complejo, pero que no está presente al menos en la
descripción que podría hacer de este lugar y momento.
Las situaciones se representan con una estructura matemática
muy específica. Según Barwise y Perry, consisten en bloques básicos de
información llamados infones (estados de cosas, tal como proponía el Tractatus
de Wittgenstein). Un infón es un paquete estructurado de información que
contiene cuatro ingredientes principales:
- Una
relación: Lo que está sucediendo o qué propiedad se mantiene
(p. ej., enseñar, ladrar, ser rojo).
- Individuos:
Los objetos o personas involucrados en la relación (p. ej., profesor,
perro, manzana).
- Ubicación
espacio-temporal: El lugar y el momento
específicos en los que esto está sucediendo.
- Polaridad:
Un simple binario de <1> (sí/verdadero) o <0> (no/falso) que nos indica si la relación se cumple
realmente.
No viene a cuento imprimir aquí la forma matemática que se
usa en lógica formal, lo que importa es que al representar así el significado,
Barwise y Perry trataban de resolver un problema relacionado con la percepción
y la cognición humanas: si el significado está ligado a las situaciones,
podemos explicar fácilmente cómo los seres humanos procesan el lenguaje. No
tenemos acceso omnisciente a mundos posibles pues somos seres finitos que
pasamos de una situación física a otra, teniendo experiencias y recogiendo
fragmentos limitados de información por el camino. El lenguaje es, entre otras
cosas, el modo en que clasificamos, compartimos y señalamos estos fragmentos
específicos de la realidad. Me interesa aquí subrayar esta parcialidad que, por
un lado, es una limitación intrínseca de nuestra capacidad cognitiva y
emocional, pues está en nuestra naturaleza estar insertos en la realidad
seleccionando la parte que tiene importancia o puede tenerla y procesarla de un
modo particular, en el sentido, por referirme a la vista, que “vemos cómo” en
tanto que “vemos que”, al modo en que Wittgenstein recordaba el dibujo ambiguo
“pato/conejo” para expresar esta idea. La parcialidad, por otra parte, es
elástica, dependiendo de cuán profunda, densa y extensa sea nuestra
experiencia, a lo que me referiré más adelante al hablar de las tensiones en
nuestra inmersión en la realidad.
Una de las ventajas del modelo de Barwise y Perry es la
manera en que tratan el lenguaje indirecto en donde un sujeto tiene una cierta
actitud ante una situación, lo que en filosofía del lenguaje suele denominarse
actitudes proposicionales porque parecen expresar cómo un agente se sitúa ante
una proposición que contiene una cierta información como, indican los verbos,
por ejemplo: creer, saber, esperar, temer, dudar o ver. Estructuralmente las
oraciones de lenguaje indirecto suelen tener la forma de un sujeto más un verbo
de actitud más “que” a lo que sigue una proposición: “Lois Lane cree que
Superman puede volar”
En filosofía del lenguaje se solía tratar formalmente el
significado de estas oraciones como una relación con un “mundo posible”, lo que
traía complicaciones tanto formales como cognitivas que ahora no vienen a
cuento. Por ejemplo, cómo tratar el hecho de que en el mismo mundo posible Lois
Lane crea que Superman puede volar pero no crea que Clark Kent pueda volar, que
conduciría a una contradicción pues son la misma persona. Aquí es donde la
parcialidad es un recurso útil: en la semántica de situaciones, las actitudes
proposicionales no son relaciones entre una persona y un vasto mundo posible
sino que, en su lugar, son relaciones entre una persona y una situación
específica y parcial (o un tipo de situación). Dado que las situaciones son
parciales, solo contienen los infones específicos relevantes para ese fragmento
concreto y localizado de la realidad.
La mente aparece en esta construcción como una situación.
Barwise y Perry tratan el estado cognitivo de un agente como una situación en
sí misma. Cuando crees algo, hay una situación específica (tu estado mental)
que sustenta ciertos infones pero no necesariamente otros de la realidad. La
situación cognitiva es necesariamente incompleta. Y, por otra parte, lo
subjetivo y lo objetivo forman por igual parte de la situación, que se refleja
precisamente en esa parcialidad de la construcción. Igualmente, en enunciados
de percepción como “veo un perro corriendo” lo que estamos refiriendo es una
situación concreta en la que me relaciono con la situación también concreta de
un perro corriendo. Por ello tenemos que mi ver y yo formamos parte de la
situación compuesta. Esta manera de tratar las situaciones permite, entre otras
cosas, que la forma lógica coincida con cómo entendemos situaciones como las de
Lois Lane, pues la película nos informa que ella conoce a Superman pero no
conoce que Superman es su compañero Clark Kent. Ella tiene acceso a una
información parcial, mientras que nosotros, como espectadores tenemos mucha más
información.
Barwise y Perry crearon un marco que respeta cómo piensan
los seres humanos. Las actitudes proposicionales en la semántica situacional son
parte de la realidad: son relaciones entre agentes limitados y los fragmentos
limitados de información que logran procesar. Su capacidad explicativa se
despliega, además, cuando tratan el modo en que se construyen esquemas más
generales o abstractos a partir de situaciones concretas. Los humanos, como
muchas especies, somos capaces de generalizar y construir patrones y esquemas,
elaborar normas y (quizás solo nosotros) construir conceptos y comunicar ideas.
Es decir, elaboramos significados abstractos sobre realidades y experiencias
concretas.
El modo de abstraer esquemas a partir de una situación
específica es sustituir a individuos, momentos y lugares concretos por
marcadores de posición. Estos marcadores de posición se denominan parámetros
(son como variables en una ecuación algebraica): en lugar de una persona específica (profesor),
usamos un parámetro individual (p); en lugar de una ubicación específica
(Aula), usamos un parámetro espacial (l); en lugar de una hora específica
(10:30 a. m.), usamos un parámetro temporal (t). Al tomar un infón y sustituir
sus elementos concretos por parámetros se crea un tipo de situación o esquema
que no describe un evento específico que esté ocurriendo en este momento sino la
estructura de un evento que podría ocurrir. Por ejemplo: S1 Ⱶ < ladrar, p, l, t,
1>, que significaría que el esquema
S1 soporta la información de que un perro (determinado) ladra en un parque
(indeterminado) en un cierto momento (indeterminado) y que esta información es
correcta (1). Es decir, que en un cierto parque hay un perro ladrando en un
cierto momento. Este esquema es el que se aplicaría para crear o recordar una
información concreta cuando se llena con la información de un perro concreto,
en un parque concreto y en un momento concreto.
El juego de lo
concreto y lo abstracto representa en semántica de situaciones una idea
filosóficamente muy profunda, que podríamos denominar “empirismo situado”, a
saber, la idea de que el significado se crea en las experiencias de situaciones
y las situaciones adquieren significado en tanto que las entendemos como
esquemas de experiencias que aplicamos en situaciones concretas. Ya no importan
los detalles técnicos, pero sí convendría notar que esta construcción de
parámetros que crean esquemas es lo que empleamos para armar relatos complejos,
pues los esquemas pueden dar lugar a guiones, como por ejemplo, qué
encadenamiento de situaciones es lo que normalmente hacemos para reservar una
mesa en un restaurante, acudir a él al lugar, fecha y hora reservados, leer el
menú y pedir una comanda. Este guion lo aplicamos en lugares y momentos
distintos y lo aprendemos unos de otros cuando cambiamos de cultura.
Por cierto, cabe aquí recordar la diferencia entre cómo una
inteligencia artificial crea estos guiones y cómo lo hacen las personas: los
grandes modelos lingüísticos tienen la capacidad de crear esquemas de
situaciones generalizando matemáticamente sobre la recurrencia de palabras en
enormes cantidades de textos. Las personas almacenan en su memoria experiencias
de interacción de su cuerpo en entornos concretos, con toda la riqueza de
información que contienen esas experiencias que solo parcialmente se expresa
luego con las palabras que las representan.
2. Dialéctica de las situaciones: la irrupción de la negatividad
Lo anterior es una manera posible, cómoda de hecho, para
tratar analíticamente el concepto de situación que tan poderoso lugar tiene en
las filosofías que tratan de superar las dicotomías “cartesianas” de lo interno
y lo externo o lo subjetivo y lo objetivo o lo mental y lo corporal. Se podría
recorrer la historia de la filosofía contemporánea y entenderla como una gran
marcha que trata de escapar de estos esquemas muy anclados en la forma
espontánea de interpretar la acción. No es el lugar aquí para recordar las
piedras miliares de este camino y sus nombres (Husserl, Heidegger, Ortega,
Dewey, Sartre, Simone de Beauvoir, Merleau-Ponty, Dan Zahavi) y tantos otros
nombres de la filosofía contemporánea. En esta larga marcha, lo que encontramos
es que estos esfuerzos por escapar de las dicotomías tienen una recompensa
indudable en haber cambiado el modo en que entendemos la ontología, la
semántica y la epistemología. Las dos grandes lecciones que extraemos de la
analítica de las situaciones, que están recogidas de formas diversas en las
obras de los autores citados, son, en primer lugar, que el sentido y el
significado nacen en la experiencia situada, es decir, no nacen en la
conciencia sino en y de la integración del cuerpo en trozos de realidad
limitados, donde se producen los escenarios de la percepción y la acción o la
percepción-acción. En segundo lugar, que estas experiencias son representables
en esquemas que reflejan, por un lado la ilimitada extensión que pueden tener
las situaciones (en número de agentes, en relaciones, en las escalas
espacio-temporales de la ubicación) y, por otro lado, que pueden formar parte
de arquitectónicas narrativas, en las que se represente la realidad no como una
secuencia desconectada de situaciones, al modo de los anales, sino como cadenas
ordenadas donde ocurren razones y causas, deseos y acciones, esperanzas y
fracasos. En tercer lugar, que el sujeto, su cuerpo-mente, forman parte de la
situación, que no puede ser representada como un espacio externo y objetivo que
es observado por una mente interna y subjetiva. Lo objetivo-subjetivo
constituyen la situación, del mismo modo que lo interno-externo. En cuarto
lugar, las situaciones son el modo en que habita el cuerpo en tanto que sujeto.
Por una parte, el sujeto lo es en tanto que cuerpo inmerso e implicado en una
situación, por otra parte, la situación constituye al sujeto en tanto que
agente que actúa en ella.
No son pocas las conclusiones que pueden extraerse de este
marco. Parecería que todo lo que la modernidad ha significado en filosofía
queda superado por este situacionismo, que se expresa en las filosofías
corporizadas de la fenomenología, en la primacía de las prácticas, en el
particularismo moral, en el ejercicio de la libertad del existencialismo o en
la manera en que Wittgenstein entiende el significado como formas de vida. La
realidad es que esta filosofía de la corporeidad y la situación tiene que
lidiar con problemas arduos que nacen en la dinámica de las situaciones y que
ya están implícitos en la forma en que se representan (sea al modo anterior de
semántica formal o en el más común de estrategias narrativas en el lenguaje
cotidiano). Son problemas que nacen de la negatividad entendida no al modo
hegeliano sino en el sentido de tensiones y contradicciones que nacen en los
sistemas complejos y que no conducen necesariamente a una “superación” o
síntesis superior de los polos de contradicción, sino a producciones novedosas
que pueden ser, acaso, vueltas atrás en la historia, ya no concebida como una
marcha en el progreso.
El cuerpo y el yo
El cuerpo, como nos ha enseñado Merleau-Ponty no es el
instrumento de la mente, sino el modo en que existimos y estamos en situación a
través de la percepción y la acción. Pero, al modo que ocurre con las
herramientas, como explicaba Heidegger, una herramienta, una prótesis, que ha
sido “incorporada” a nuestros gestos, se hace visible cuando no funciona. Y eso
es lo que ocurre con el cuerpo cuando lo vivimos como enfermedad o como objeto
de violencia. Como han manifestado tantos testimonios de violencia, en la
tortura, en las violaciones y otros modos de crueldad, es el cuerpo el que
parece volverse contra la víctima (de hecho, en eso consiste la tortura).
También en la violencia que usa elementos simbólicos como la amenaza, usando en
este caso las emociones (el miedo) como un instrumento que hace volver el
cuerpo contra el yo. La enfermedad, sobre todo en sus formas graves, es otro
modo de vivir situaciones en donde la identidad y el cuerpo se escinden, No al
modo en que lo trataba Sartre como “objetivación” del cuerpo por parte de la
conciencia, sino en una forma objetivo-subjetiva en que en la situación
concreta el yo se escinde en cuerpo e identidad por la dinámica negativa del
sufrimiento.
La acción y sus consecuencias
La teoría de la acción se ha centrado tradicionalmente en
caracterizar la intencionalidad y ocasionalmente el logro de la acción, que,
volviendo ahora la mirada a la situación de la acción, se expresa en una
transformación de la acción que coincide con los fines y motivos del agente.
Una acción es, efectivamente, una transformación que ocurre en el entorno del
agente y puede que una parte de ese cambio sea una adecuación del mundo a la
mente del agente, pero es mucho más que eso. La acción desencadena siempre un
conjunto de consecuencias que, en primer lugar, van más allá de lo planificado
por el agente, en tanto que produce una novedad que ya no es controlada por su
acción. En este sentido toda acción supone un riesgo que es precisamente la
distancia entre lo producido y lo deseado. Sartre denominaba a este resto no
deseado lo práctico-inerte para subrayar esa parte de contingencia que estaba
más allá de la libertad y propósitos del agente. En segundo lugar, estas
transformaciones tienen una dirección de ida y vuelta. Marx había señalado que
los humanos transforman el mundo transformándose así. Pero no lo hacen siempre
intencionalmente. Los productos de las acciones crean un entorno que modifica
al mismo agente en el sentido de que le sumerge en una situación que le
interpela y modela sus posibilidades de acción futuras, pero también la
trayectoria de sus proyectos. Es lo que recogen las sabias palabras de Antonio
Machado “caminante, no hay camino/ se hace camino al andar”. Es también lo que
encontramos en las filosofías de la tecnología que toman en serio la
corporalidad y que explican cómo los entornos técnicos modelan la mente, como
también lo hacen los mismos gestos en los que consisten las acciones. La acción
siempre crea un espacio de negatividad respecto al proyecto del agente y con
ello una dinámica de lo contingente e imprevisible.
El yo y los otros
La alteridad es parte de la filosofía contemporánea del
sujeto, pero el cómo ha sido tratada es objeto de una larga controversia que
nace ya enraizada en la concepción cartesiana de la mente en la forma del
llamado “problema de otras mentes”. Es una consecuencia del individualismo de
la concepción cartesiana: que los otros tengan mentes no es algo que sea un
dato incuestionable cuando se percibe un cuerpo, al menos desde esta concepción.
Es una de las consecuencias más nefastas que induce el internismo cartesiano y
en general toda la filosofía de la conciencia. Sartre, quien en su primera obra
no había roto con el marco cartesiano, dio una solución situacionista al
problema de otras mentes bastante ingeniosa. Se trata del ejemplo del voyeur
que mirando por una cerradura de pronto es visto en esa situación por otra
persona y la mirada del otro induce un acceso brutal del vergüenza sobre su
propio yo. Merleau-Ponty, ya fuera del marco cartesiano en su concepción de la
conciencia corporeizada, disuelve el problema de las otras mentes, de forma
similar y contemporánea con Wittgenstein (Investigaciones filosóficas):
en la encarnación del yo en una situación, los otros cuerpos son percibidos
directamente como cuerpos dotados de mentes, inteligencia, percepción,
emociones y memoria. Más allá del problema de otras mentes, la relación yo/
otro se abre necesariamente a una dimensión moral. Sartre, a lo largo de su
obra, y también en la de Simone de Beauvoir, sostiene que esta relación es
siempre ambigua: el Otro opera como un agente que objetiva al Yo, como es el
caso de la mirada, al tiempo que el Yo tiende a objetivar al Otro. En la obra
de teatro A puerta cerrada (Huis clos) la dramaturgia de Sartre
describe la situación de las tensiones yo/otros como una situación de violencia
implícita en donde los otros operan descubriendo las carencias e hipocresías
del yo. En momentos posteriores Sartre
se abrirá a considerar que la libertad de los otros es una condición de
libertad del yo. Simone de Beauvoir influyó sin duda en esa apertura a la
dimensión moral de la situación, pero en ambos autores la situación es ambigua:
puede derivar en violencia o en cooperación por la libertad. Emmanuel Lévinas abordó
la alteridad como una demanda que nace en el reconocimiento del rostro del otro
como una interrogación al propio. La línea levinasiana ha sido fundamental en toda
la filosofía del reconocimiento, pero en lo que respecta a la ontología de la
situación en donde el yo entra en relación con el otro, parecería que la
solución del “rostro” del otro nos devuelve a una ontología dualista en lo que
respecta a las relaciones cuerpo/ mente. Y sigue presente la dialéctica que
introduce la situación de alteridad. Aunque la psicología cognitiva y la psicología
del desarrollo han insistido, con toda razón, que la formación de la conciencia
es siempre dialógica en segunda persona, que son los relatos del otro los que
forman la conciencia del yo, algo que recoge también Judith Butler, la dinámica
de las situaciones sigue siendo moral y políticamente ambiguas: el otro puede
operar como formación cooperativa o como destrucción violenta del yo. La condición
socioeconómica opera en las situaciones concretas creando condiciones tanto
para la cooperación como para la existencia bajo opresión, explotación o falta
de reconocimiento. Cualquier maestra de barrio o trabajadora social puede dar
testimonio de esta ambigüedad.
La situación y el tiempo histórico
La Historia suele quedar elidida en la mayoría de las
situaciones cotidianas donde las personas desarrollan sus planes y proyectos de
fondo. Aparece, si lo hace, en la forma de noticias lejanas que no parecen
afectar directamente a los condicionantes de la situación. Pero esto es una
ilusión de la temporalidad cotidiana, en la que es fácil distinguir la
estructura pasado/ presente/ futuro como constitutiva de lo inmediato y
cercano, mientras que se arrincona la Historia a un tiempo cósmico, ordenado
por el calendario de forma lineal. Sin embargo, como entendieron bien los
griegos, el tiempo histórico es heterogéneo. Ocurre como tiempo a largo plazo,
como aión, tiempo de las civilizaciones y de los procesos de cambio
imperceptibles en lo inmediato, o como kronos, el tiempo del orden
social que organiza y coordina las vidas en las formas sociales de la medición
temporal, pero también ocurre como kairós, como acontecimiento que
irrumpe en las situaciones cotidianas en formas desbordantes que activan la
conciencia de la Historia. Un desahucio puede ser vivido como una situación
personal angustiosa, pero también como un hecho colectivo que atañe a todos
como un caso de un proceso de expropiación del espacio de habitación. A veces,
esos acontecimientos pueden ser vividos como catástrofes, como revoluciones o,
simplemente, como irrupción de la Historia en lo cotidiano. Entonces las
temporalidades se distorsionan y se abren a posibilidades y amenazas, a
presencias de la memoria que de otra forma estarían ocluidas por lo cotidiano. Acudo a un recuerdo un tanto generacional: se refiere a la canción "Al alba" que escribió y compuso Luis Eduardo en 1975, una canción de amor y duelo, pensada para y por algún evento en su vida. Rosa León la cantó en un concierto y la dedicó a los condenados a muerte, las últimas ejecuciones del franquismo haciendo que la Historia irrumpiese en el acto íntimo de escuchar aquella canción de modo irreversible. Como si el acontecimiento transformase la escucha y la significación.
La técnica y la situación
Primero Marx y más tarde Schumpeter describieron el
capitalismo como un proceso de destrucción creativa que transforma todo lo
cotidiano y en donde todo lo sólido se desvanece en el aire. En una primera
fase de la modernización, estos procesos fueron vividos por la transformación
de grandes infraestructuras técnicas que modificaron el paisaje, las ciudades y
la vida cotidiana, introduciendo los modos de trabajo asalariado en fábricas,
talleres y empresas constituidas por entornos técnicos de la máquina. En el
siglo XX, la segunda y tercera revoluciones industriales introdujeron los
artefactos técnicos en los entornos domésticos y corporales. La revolución técnica
de lo digital convirtió el entorno corporal en un entorno técnicamente mediado
de un modo nuevo en la historia. Ya no como un conjunto de herramientas a mano,
al modo en que Heidegger concebía la técnica, ni tampoco como grandes
infraestructuras (la presa, la máquina, de las que se quejaba después de la II
Guerra Mundial) sino como artefactos ordenados a producir efectos inmediatos
sobre la agencia, atractores de atención, creadores de entornos nuevos perceptivos
en la forma de pantallas, sonidos y, en general prótesis con efectos de
mediación activa sobre la agencia. Todas las teorías anteriores de la situación
tal como fueron desarrolladas en los primeros momentos de la fenomenología eran
ajenas al peso gravitatorio de la mediación técnica sobre los cuerpos y mentes.
No solo en la forma de dispositivos externos como las pantallas y sus
aplicaciones, sino en las múltiples formas de la biopolítica en que el yo se desarrolla
en espacios y tiempos ordenados por el trabajo, por los sistemas de salud, por
los tiempos de formación educativa, por la industria del entretenimiento, todos
ellos configurados como situaciones mediadas técnicamente.
La mediación narrativa
Por último, quizás la más importante de las mediaciones que
ocurren en la experiencia de la situación: la mediación del lenguaje en la
formación de la experiencia misma, el modo en que la vivencia se transforma en
un relato que se articula con otros dando sentido narrativo a cada situación
concreta. La mediación del lenguaje en la configuración narrativa crea una
vivencia escindida de la inmersión en la situación. No puede ser ya vivida como
una interacción entre el cuerpo y el entorno, sea este mecánico o social. La
situación es vivida en el doble plano de la presencia y la ausencia en la forma
de un relato que incorpora la memoria y las expectativas de otras situaciones a
la vivencia inmediata. Las reacciones emocionales primarias, las
sensorialidades de la situación se distorsionan en los dos planos de lo físico
y lo descrito narrativamente, generando las conciencias desgarradas entre la presencia
y la ausencia. La situación es vivida a través del lenguaje como guiones e
historias que el agente ha vivido ya en las lecturas, en el cine y la
televisión, que reconoce como casos de una situación imaginaria en la que el
lenguaje le sumerge,
Queda para más adelante el examen de cómo esta densidad de
las situaciones en su modo dinámico, impulsadas por las varias formas de
negatividad, da paso a la extraña temporalidad humana que la fenomenología
describió como apertura, que la filosofía política de Castoriadis calificó como
imaginario creativo y que desde una perspectiva metafísica consideramos como
una existencia entre lo necesario, lo contingente y lo posible.

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