domingo, 26 de julio de 2026

La sabiduría que perdimos en el conocimiento. El conocimiento que perdimos en la información.

 



Escribió T.S. Eliot estos versos en su poema “El coro de la roca”: “¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir? / ¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? / ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?”. Versos melancólicos que nos hacen mirar al pasado imaginando que hubo tiempos dedicados a la vida y al conocimiento. Pero no es melancolía ni pasado, sino daño y presente de lo que están hablando estos versos. De un presente en que nos ha sido expropiada la vida, la sabiduría, el conocimiento y nos ha dejado como náufragos en un océano de información donde nuestra balsa parece estar al albur de las oleadas de datos que van y vienen. Digo “nos” de una forma muy inclusiva intergeneracional e interseccionalmente hablando. Se trata de un orden que opera en nuestra civilización desde la materialidad económica a la cultural, a la estructura de sentimiento y a las constelaciones conceptuales y que la ha ido invadiendo y transformando desde hace un siglo.

En las entradas del Blog anteriores he desarrollado los cambios en las formas del neoliberalismo desde el fordismo hasta su variedad actual del muskismo, donde se produce una fusión entre el neoliberalismo tradicional y las nuevas formas de supremacismo nacionalista, una suerte de fusión entre dos ideologías y culturas que tradicionalmente estaban separadas, por más que les uniese su desprecio a toda forma de igualitarismo y políticas de solidaridad. Al compás y en interacción con estos cambios se han producido otros en el marco ontológico de las ciencias que han permeado hasta las legitimaciones sociales de estas políticas. Me refiero a la entrada de la noción de información en todos los estratos de la cultura y el conocimiento, de modo que puede hablarse de una tercera revolución científica si consideramos que la primera Revolución renacentista y barroca dio origen a las ciencias físicas, la segunda, en el siglo XIX, dio paso a todas las ciencias basadas en la energía: la termodinámica, bioquímica, biología junto a la formalización de las matemáticas. La información nació en el contexto de la ingeniería de comunicaciones para medir cuánta señal puede enviarse a través de un canal sin perturbaciones de ruido, de modo que podríamos decir que se trata de un proceso de transmisión de un patrón de energía en el que medimos cuánta señal se produce en la fuente, cuánto ruido perturba la transmisión y cuánta señal llega al receptor. Para expresarlo rápida y simbólicamente, siendo F la señal en la fuente, I la información recibida por el receptor y R el ruido o perturbación, I = F- R.

Esta idea de la información como una cosa (un paquete ordenado de energía en diversas formas, electromagnéticas principalmente) pareció al comienzo un término del arte confinado a los técnicos encargados de radio, teléfonos, grabación de sonido e imagen o televisión. Por supuesto, en tanto que estos artefactos comenzaron a formar parte de los nichos técnicos de la vida cotidiana de comienzos del siglo XX, el concepto se convirtió también en algo cada vez más extendido.

Como muchas otras cosas, la guerra, la II Guerra Mundial cambió de forma radical las cosas, en particular cuando comenzaron a emerger los primeros dispositivos basados en el procesamiento de señal. Primero en criptografía, más tarde en los primeros computadores. Turing y von Neumann, dos de los mayores genios de la historia de la ciencia, dieron categoría científica al concepto de información al independizarlo de la teoría de la señal y convertirlo en el centro de la nueva ciencia de la computación y el procesamiento de símbolos. Aparecieron las primeras máquinas capaces de realizar físicamente operaciones formales que se suponían información codificada.

El concepto de información despegó entonces a una velocidad parecida a los nuevos cohetes y misiles estratosféricos y produjo una transformación radican el todas las ciencias, pero en especialmente en las ciencias sociales: la economía, la teoría de organizaciones y, sobre todo, en psicología.

Centremos la atención en una de las líneas paralelas de cambio: el de la imagen de lo humano, del ser humano. Hasta los años cincuenta y sesenta, competían dos, quizás tres, grandes tradiciones en psicología: la primera, la psicología asociacionista que se remontaba desde Aristóteles a Locke, Hume y ahora Piaget, según la cual la mente era un sistema que asociaba experiencias sensoriales y corporales convirtiéndolas en estructuras abstractas, conceptuales. La segunda, la psicología conductista, abandonaba la idea de la mente y el contenido mental para centrarse en patrones de respuesta, más o menos condicionada, a estímulos más o menos estructurados. En medio quedaba la tradición psicoanalítica que reivindicaba la mente como una suerte de reacción estructurada a impulsos energéticos del cuerpo en forma de fuerzas emocionales. La irrupción de la información volvió obsoletas estas dos tradiciones (y media): la mente era, por una parte algo muy físico, un ordenador húmedo, un procesador de información que trataba símbolos sobre una base de centenares de pequeños procesadores muy lentos, las neuronas, y sus múltiples conexiones, las sinapsis, en las que estribaba la sorprendente capacidad de la mente para el tratamiento de palabras, imágenes, esquemas sensoriomotores etcétera. El dualismo mente cuerpo, alma cuerpo en la versión religiosa, que llegaba desde la profundidad de la historia quedaba ahora transformado en el dualismo entre símbolo y códigos simbólicos y base material de procesamiento. Lenguaje, imágenes, cálculo racional, todo era producto de los procesos simbólicos internos al cerebro. Como describía bien la lógica formal y la ciencia computacional, el conocimiento era aquí la parte de la información procesada bien fundada en el contacto con el mundo: creencia verdadera y justificada. Basada en un hecho verdadero al ser procesada y en una lógica interna que conservase la verdad en los procesos de inferencia.

Esta metáfora neocartesiana era reflejada especularmente por los cambios que se estaban produciendo en la economía neoclásica. Si el cerebro era un sistema de sistemas de procesadores de información que producía significados a partir de estímulos, el mercado era así mismo un procesador eficiente de los intereses de vendedores y compradores que produce equilibrios entre oferta y demanda, entre producción, precios y consumo. Cuando se fundó la sociedad Mont Pelerin, que tan influyente sería en las décadas posteriores de los años cincuenta, sesenta y setenta y en los momentos de hegemonía del neoliberalismo, esta correspondencia entre cerebro y mercado, entre cuerpo y sistema de producción y consumo, parecía la solución perfecta a todos los grandes problemas metafísicos tradicionales. Más que la posmodernidad, fue el neoliberalismo en economía, sociedad y psicología cognitiva, la gran puerta a la era postmetafísica.

La información y no el conocimiento y menos aún la sabiduría se habían instalado en la élite de las ciencias sociales, en lo que Thomas S. Kuhn llamaría el vértice de autoridades de la pirámide humana de un paradigma: el representacionalismo computacional. La mente como procesador de información, el mercado como procesador de información.

Las cosas habrían de cambiar, sin embargo, cuando comenzaron a aparecer anomalías o enigmas tanto en el modelo de comportamiento humano como en el modelo neoclásico económico. Se trata de los rompecabezas que surgían de las evidencias que obtenían algunos departamentos de economía y psicología experimental sobre las limitaciones serias de la racionalidad humana. Lo que Daniel Kahneman y Amos Tversky llamaban heurísticas o formas de razonamiento rápido que, si bien podrían ser eficientes en algunos casos, eran a todas luces matemáticamente defectuosas de acuerdo con las reglas de racionalidad que estaban supuestas en el modelo de agente autointeresado de los modelos clásicos. Herbert Simon comenzó a postular una racionalidad limitada en el comportamiento de los agentes. ¿Cómo integrar este razonador defectuoso con los grandes modelos matemáticos?

Hayek tenía la respuesta y, de hecho, estaba ya implícita en sus primeros escritos. Para él lo importante y relevante era que el productor-consumidor tuviese solo un conocimiento parcial del mercado. En otro caso tendería a manipularlo (o planificarlo, que era su temor). Basado en conocimientos deficitarios, el mercado sí se convertía entonces en un procesador eficiente. La mano oculta que arreglaba como virtudes públicas los vicios privados. La economía absorbió muy pronto tanto las interpretaciones de la racionalidad humana deficitarias como la idea de mercado como procesador de los intereses de agentes poco racionales. El precio fue muy alto aunque se mantuvo en la sombra sin dar cuenta de lo que significaba. Se trataba de pensar el mercado, así como todos los procesos sistémicos como procesadores de información o de creencias sin ninguna referencia a si eran verdaderas o si portaban conocimiento. Toda la teoría de juegos y los modelos económicos abandonaron toda pretensión de verdad y conocimiento para referirse solamente a expectativas de agentes bajo incertidumbre. Como el resultado era que ya no se podía garantizar un único equilibrio, los economistas se erigieron en consejeros y expertos en “predecir” las elecciones más eficientes. Había nacido una nueva era, la de los expertos en el cálculo de expectativas sin que eso tuviese que ver con la “economía real”. Había nacido la era de los productos financieros, de las movilidades de capital basadas, como nubes de estorninos, en movilizaciones, casi siempre dirigidas por “expertos”, de expectativas, miedos, ansiedades y deseos. Estos nuevos expertos se postularon y ocuparon de arreglar lo que se habían descubierto como fracasos de mercado, es decir, de la gestión eficiente de bienes públicos y comunes para los que no se podían aplicar los modelos de racionalidad perfecta o, si se hacía, generaban peores equilibrios. Por ejemplo, los mercados de bienes educativos, de salud o de sostenibilidad climática y energética. ¿Cómo ejercer el nuevo poder de los economistas, instalados ahora no solo en los grandes departamentos de econometría sino también en las agencias de consultoría y en las direcciones de las empresas? Nació así una nueva “ingeniería” social que llamaron “diseño de mercados” y “diseño de mecanismos”. La palabra mágica fue incentivos. Consultores y gerentes comenzaron a orientar a los agentes sobre sus deseos y acciones mediante sistemas de premios y castigos. Recuerdo, por ejemplo, cómo las universidades comenzaron a usar sistemas de incentivos económicos para animar la competitividad y la producción de papers, a seleccionar el “capital humano” atrayendo “talento” mediante incentivos que, a su vez atraerían capital real en forma de contratos y proyectos gubernamentales.

Otros muchos teóricos extendieron estos modelos de eficiencia bajo condiciones de incertidumbre y ajenas al conocimiento a todos los aspectos de la vida. Por ejemplo, Gary Becker lo extendió a la vida de familia, incluidas las elecciones de pareja. Se dejó de hablar de trabajadores para hablar de “capital humano”, poseedor de cúmulos parciales de rutinas y habilidades. Otros extendieron este modelo computacional bajo condiciones de incertidumbre al mismo cerebro, al que cabría aplicar también un modelo similar al mercado: fue la picoeconomía, que trataba de las “negociaciones” internas de estados psicológicos, emociones y proyectos de vida.

La información se fue asentando primero en psicología cognitiva, más tarde en la economía teórica y el diseño de mercados y ya recientemente en la vida política. Las políticas populistas, por ejemplo, lejos de ser una vuelta a formas más primitivas de política se convirtieron en producción de emociones colectivas a través de la manipulación técnica de la información, de la distorsión de los hechos y del diseño de mercados electorales. “Inunda el territorio de mierda” promovía Steve Bannon, uno de los más conocidos nuevos gestores del populismo neoconservador. Donald Trump aprendió el arte de la manipulación de la información en su época de comunicador mediático y lo aplicó a sus conocidas reglas y a sus métodos de “negociación” económica y política.

Este nuevo paradigma científico, esta nueva civilización de la información no es sino un producto de las ingenierías de procesamiento de la información enmascaradas como teorías científicas. Por suerte, como suele ocurrir en la ciencia, otros paradigmas o programas de investigación científica entraban en competencia con el hegemónico. Lo que llamamos post-cognitivismo, las recuperaciones de la corporeidad y los conceptos ecológicos de organismo, las otras formas de economía institucionalista y los modelos de gestión de los comunes como casos históricos prácticos ensayados por la humanidad a lo largo de las eras. Queda para otra entrada sobre el conflicto y la disputa por el lugar del conocimiento y por la epistemología en la sociedad contemporánea.


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