La intimidad, lo cotidiano y el sentido común son
respectivamente, las zonas de la existencia que constituyen el suelo sobre el
que caminamos. Los pensamos como algo constitutivo de la humanidad, pero son
fruto de procesos históricos civilizatorios y muy diversos culturalmente. Nacieron
o crecieron en la modernidad con los grandes cambios que trajeron el acaecimiento
de la ciencia, la colonización de gran parte del planeta por las nuevas
potencias europeas y el ascenso de la concepción burguesa a la cultura y las
formas de vida. Paradójicamente, el mundo se vuelve en la modernidad un lugar
extraño y el sentido del orden se descompone. Se ha pensado esta experiencia
como desencanto, como exilio en una existencia aherrojada, como alienación. Las
revoluciones científicas y políticas, crean conflictos profundos de autoridad y
legitimidad, y en los distintos ámbitos se instala un deseo de volver a un
centro de gravedad permanente, un fundamento sólido cultural que ya no ofrecen
las religiones ni los conocimientos heredados de la tradición.
Una forma de entender este deseo de adaptación a lo extraño
es la figura de la pérdida de hogar y la transformación de la vida en una
búsqueda de ese hogar perdido. La Odisea moderna es menos la de héroe que la
del pícaro. El relato autobiográfico de estos personajes es una de las grandes
aportaciones de la literatura renacentista y barroca española a la nueva
cultura del escepticismo y la ansiedad por la vuelta a un orden seguro. La
vida del Lazarillo de Tormes y sus fortunas y adversidades (las primeras
ediciones se remontan a 1554), escrita en un estilo epistolar y en primera
persona, que tanto éxito tendrá en la literatura europea en los siguientes
siglos, es un ejemplo de conversión de la épica en biografía del exilio.
Lázaro, nacido en la Aceña de Tejares,
Salamanca, hijo de un padre que roba la harina que puede para dar de comer a su
familia, condenado por ello a ser reclutado y muerto en la guerra contra el
moro. Su madre, Doña Antona, se muda a Salamanca y para sobrevivir se amanceba
con un negro: sí, había esclavos negros en Salamanca en el siglo XVI, que
también roba para alimentar a la mujer, a Lázaro y a su hermanito negro. Su madre, incapaz de mantenerlo le deja con un
ciego, que le enseñará a desconfiar del mundo, más tarde irá recorriendo varios
amos, cada uno de los cuales retrata una de las zonas oscuras de la España
renacentista, entre la sociedad del honor y las diversas formas de avaricia y
miseria moral. Lázaro acabará su epístola como sirviente de un capellán de
Toledo, que le ha casado con su criada para evitar malas lenguas, que no las
evita porque todo el mundo sabe que los tres forman un trío bien avenido. Y en
esta nueva intimidad, con un sentido común ya instalado y una vida cotidiana
apañada termina la novela el año que el Emperador victorioso instaló su sede en
Toledo y puso en ella Cortes. Así son
las cosas de este nuevo Ulises:
Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban, vinieron en conocimiento. Éste algunas veces se venía a nuestra casa, y se iba a la mañana. Otras veces de día llegaba a la puerta, en achaque de comprar huevos, y entrábase en casa. Yo al principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne, y en el invierno leños, a que nos calentábamos. De manera que, continuando con la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que, estando el negro de mi padre trebejando con el mozuelo, como el niño via a mi madre y a mí blancos, y a el no, huía de él con miedo para mi madre, y señalando con el dedo decía: "!Madre, coco!". Respondio él riendo: "!Hideputa!" Yo, aunque bien muchacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí: "!Cuantos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!
En estos párrafos iniciales Lázaro de Tormes nos hace saber
que en medio de la miseria y la violencia del tiempo, su infancia primera fue
un lugar de afectos y cuidados. De hecho su padre, madre y su nuevo padre
adoptivo sacrifican sus vidas de una forma u otra por alimentarle a él y a su
nuevo hermanito. La miseria y la violencia le expulsan de este paraíso a un
camino de aprendizaje de la mentira, la ira y la codicia, enseñanzas que serán
impartidas por golpes y hambres y que no lograrán romper su nostalgia de una
infancia de cuidados.
Ciento
sesenta años más tarde, en 1719 Daniel Defoe publica The life and strange
surprising adventures of Robinson Crusoe of York (o, simplemente, Robinson
Crusoe). No es una novela picaresca, pero sí sigue el mismo estilo
autobiográfico que El Lazarillo, y es también una novela de aprendizaje. Fue un
éxito inmediato, ha sido considerada la primera novela moderna en inglés y,
mucho más allá es un claro testimonio de la odisea burguesa, que se arriesga
más allá de la vida confortable para colonizar, esclavizar y reconstruir el
mundo a su imagen y semejanza. Si El Lazarillo representa la odisea de
la pérdida de hogar, Robinson, ya establece un nuevo patrón que será la
estructura de la existencia pensada desde la hegemonía burguesa. Se trata del
contraste entre la vida cotidiana y la vida de riesgo en un mundo extraño y
peligroso o, como analizará Niklas Luhmann, el contraste entre el riesgo como
peligro y el riesgo como oportunidad. El proyecto burgués necesita ambos polos
y las aventuras robinsonianas son un manual de instrucciones.
La historia es un relato épico de ambición, castigo, redención
y dominio sobre la naturaleza. El protagonista es el hijo menor de un
comerciante. Su padre le ruega que estudie derecho y lleve una vida tranquila,
modesta y segura en la clase media. Sin embargo, Robinson siente una atracción
irresistible por el mar y la aventura. Ignorando las advertencias familiares,
se escapa y se embarca rumbo a Londres. Sufrirá naufragios y esclavitud, se convertirá
él mismo en hacendado esclavista en Brasil e, intentando viajar a África para
buscar esclavos sorteando las leyes que había impuesto España, volverá a
naufragar en una isla donde recreará la civilización a pequeña escala.
Rescatará de los caribes caníbales a un joven al que llamará “Viernes",
y lo domesticará enseñándole inglés, convirtiéndolo al cristianismo y
haciéndole su sirviente. Dueño de la isla y colonizador, será rescatado y
volverá a Inglaterra redimido de su desobediencia, pero rico por su
atrevimiento.
En estos siglos, la tasa de naufragios era del 5%, a lo que
se unían otros peligros como la piratería o la muerte violenta en las colonias,
pero los nuevos odiseos modernos arrostran estos peligros porque la oportunidad
de ganancias excede a los riesgos. Lo desconocido se llena de mitos y terrores,
entre los que destaca el miedo a los caníbales, popularizado por los colonos
españoles que, con estos relatos, trataron de legitimar la violencia en Nueva
España. Solo Montaigne en sus Ensayos, en “De los caníbales” (1580)
abrirá el debate humanista y escéptico sobre este mito. Montaigne tiene en
mente no solo el espacio imaginario de lo lejano, sino la terrible violencia de
las guerras religiosas que hundieron el mundo cotidiano de Europa en el siglo XVI
y acabaron con el humanismo
Montaigne comienza el ensayo basándose en el relato de un
sirviente sencillo y sin estudios que había vivido durante una década en el
Brasil al que prefiere el frente a los cosmógrafos cultos, argumentando que la
gente sencilla relata los hechos tal y como son, mientras que las personas
inteligentes los adornan e interpretan para parecer más inteligentes. Montaigne describe al pueblo tupinambá de
Brasil en un estado de naturaleza: sanos, pacíficos y sin corromper por las
complejidades artificiales de la civilización europea. No tienen concepto
alguno del comercio, la política, la desigualdad económica ni la mentira. Sin
embargo, sí practican una costumbre que escandalizó a la sensibilidad europea: el
canibalismo ritual. Cuando capturan prisioneros de guerra, los tratan
excepcionalmente bien durante un tiempo. Luego, en una ceremonia pública, matan
al prisionero, asan el cuerpo y se lo comen. Montaigne destaca que los
prisioneros no temen este destino; más bien, se burlan de sus captores,
jactándose de que estos, en realidad, están comiendo la carne de sus propios
antepasados (puesto que la tribu del prisionero se había comido anteriormente a
miembros de la tribu de los captores). Defoe se hace eco de este ensayo pues Viernes sostiene
exactamente el mismo punto de vista.
El espacio moderno ha convertido el pasado en un territorio
extraño y diferente. También el espacio se ha convertido en lo ajeno, lo
peligroso, pero también lo diverso y, como proclama el escepticismo de
Montaigne, quizás en un lugar otro utópico: “Creo que no hay nada bárbaro ni
salvaje en esa nación, por lo que me han contado, salvo que cada hombre llama
barbarie a todo aquello que no es su propia costumbre”. Quizás comer carne
humana sea espantoso, pero pide a sus lectores que sopesen el canibalismo de
los tupinambás frente al comportamiento de los europeos del siglo XVI. En el
núcleo de todos los Ensayos de Montaigne se encuentra la pregunta: Que
sais-je? (¿Qué sé yo?). «De los caníbales» es un ejercicio de humildad
intelectual. Al mostrar la rapidez con la que los europeos juzgan a los demás
sin examinar sus propios y horribles defectos, Montaigne pone en duda la certeza
propia, la superioridad propia y las verdades que se dan por sentadas.
Así pues, podemos muy bien llamarlos bárbaros con respecto a las reglas de la razón, pero no con respecto a nosotros mismos, que los superamos en toda suerte de barbarie. Su guerra es enteramente noble y generosa, y es tan excusable y bella como puede serlo esta enfermedad humana; entre ellos, no tiene otro fundamento que el simple celo por el valor. No está en cuestión la conquista de nuevas tierras, pues gozan aún de la fertilidad natural que les proporciona, sin trabajo y sin esfuerzo, todo lo necesario, con una abundancia tal que no precisan ensanchar sus límites. Viven todavía en el feliz estado de no desear sino aquello que prescriben sus necesidades naturales; todo lo que va más allá les resulta superfluo. Los de la misma edad se llaman todos, entre ellos, hermanos; hijos, los que son menores; y los ancianos son padres para todos los demás. Estos dejan a sus herederos en común la plena posesión de sus bienes indivisos, sin otro título que aquel, enteramente puro, que la naturaleza confiere a sus criaturas cuando las arroja al mundo.
Lo cotidiano y el sentido común nacen en ese contraste entre
peligro y riesgo y entre certeza y duda. Para Montaigne, lo cotidiano no es
solo lo trivial o lo repetitivo de la vida diaria sino que funciona un lugar
privilegiado de reflexión donde el pensamiento se observa a sí mismo y donde la
experiencia humana aparece sin ornamentos. Montaigne se encierra pero no
se desconecta, su retiro no equivale a desprecio del mundo. Más bien sino que
reduce el ruido exterior para escuchar el interior y transformar su vida ordinaria
en campo de investigación
Lo cotidiano es aquello que ocurre sin épica, es que se
vive en los gestos, en los miedos y costumbres, en las conversaciones, lecturas,
enfermedades, dudas, hábitos morales y perezas varias. Lo ordinario es el
escenario donde el ser humano aparece en su inestabilidad. Es la nueva medida
humana, la del cuerpo y sus límites, el placer y lo molesto, la costumbre
moldeada por la educación.
Escritos los Ensayos poco después de El Lazarillo, comparten
la misma mirada distante al entorno, la misma mirada escéptica y al tiempo
compasiva. La pérdida de hogar es la nueva experiencia, pero habrá un contraste
bastante radical entre este primer descubrimiento y la hubris que llena la
arrogancia del modelo de Robinson. Defoe es tan lúcido como estos autores, pero
ya ha tomado un lado en la historia. Francisco de Quevedo, en El Buscón,
a comienzos del XVI y Voltaire en Micromegas. siglo y medio más tarde,
tendrán ya una mirada mucho más ácida sobre el mundo y lo cotidiano. Los dos,
con la diferencia de el Barroco y la Ilustración, ya no tienen la mirada
compasiva del autor de El Lazarillo ni la de Montaigne, el mundo no solo
es extraño sino que es imposible la reconciliación con él. No hay refugio
posible.
Siglos más tarde, Heidegger y Wittgenstein volverán a
recuperar lo cotidiano como el lugar privilegiado para la reflexión filosófica.
Ambos comparten con Montaigne pensar desde sus propias cabañas. Frente a ellos,
Adorno y la tradición crítica después de la violencia del siglo, tendrán una
mirada mucho más cercana a Quevedo y Voltaire.
Seguimos en esa tensión entre dos formas de entender lo
cotidiano. El proceso civilizatorio es a un tiempo descubridor de lo extraño y
del riesgo. Norbert Elias recorre mejor
que nadie la formación de este sujeto que tiene que lidiar con el riesgo. En ¿Qué
es sociología? Describe el proceso de la civilización como una senda de
control en tres niveles: la naturaleza, las sociedad (las relaciones entre
próximos /prójimos) y el propio yo. Anticipa a Foucault en esta idea del triple
control como condición de creación del sujeto y lo cotidiano. Niklas Luhmann,
otro de los grandes olvidados, insiste en que el control siempre es relativo a
un sistema que forma lo ordinario, lo cercano. Más allá está el riesgo
incontrolable, la zona oscura donde la voluntad humana no puede imponerse.

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