miércoles, 7 de octubre de 2026

Trabajos de la experiencia

 




Yanis Varoufakis, sostiene en su último libro que el capitalismo se ha metamorfoseado de un capitalismo de los beneficios a un capitalismo de las rentas, en el que las grandes tecnológicas viven de las rentas que producen el resto de las empresas de todo tipo a las que dan soporte comercial, financiero, de contactos y otros servicios. Sostiene Varoufakis que eso es el fin del capitalismo, al menos tal como le hemos conocido. Afirma que aprendió de sus padres (de izquierda ilustrada) que la esencia del capitalismo era la fractura entre trabajo y fuerza de trabajo, y que solo eso permitía la constitución del régimen de la mercancía y el capital. Sostiene Varoufakis que lo único que el capitalismo no puede dominar es lo que llama la experiencia, el entusiasmo, los planes, el sentido, etc. Y que por ello se obliga a pagar por tiempo de alquiler de la fuerza de trabajo, pero no de alquiler de los trabajos de la experiencia. Ya se encargarán los gerentes de agotar y estimular con todos los medios organizativos posibles la productividad de los trabajadores, pero el ámbito de la experiencia parece quedar fuera de su alcance.

¿Es así en la era de la información, el capitalismo cognitivos y los modelos fundacionales generativos?, ¿no se habría producido un asalto a lo más íntimo de los seres humanos en el capitalismo de la atención, de la colonización de la experiencia y lo que llamamos el capitalismo cognitivo? Han sido varias escritoras las que han considerado que en el nuevo entorno económico no solo se producen artefactos, sino también emociones y deseos (sin los que no sería posible la sociedad de consumo).

Eva Illouz acuñó el término “capitalismo emocional”. Otras autoras han desarrollado ideas cercanas: las emociones como mercancía, el deseo producido por el mercado y la gestión de los afectos como trabajo. La socióloga Arlie Russell Hochschild habló por primera vez del “trabajo emocional” observando cómo muchas empresas exigen a los trabajadores gestionar y vender sus emociones, por ejemplo, los auxiliares de vuelo, las enfermeras o las trabajadoras emigrantes dedicadas a cuidados. Remedios Zafra nos explicó la explotación de la pasión en el trabajo creativo y digital.

En otra línea,  se ha desarrollado la llamada “economía de la atención”, que centra su análisis no tanto en el contenido de la energía mental implicada en el trabajo como en la creación de un espacio más mercantilizado gracias a los poderosos medios tecnológicos que nacieron con el cine, la radio, la televisión y, más tarde la tecnoesfera digital. Ya en 1971 Herbert Simon afirmaba que la atención se había convertido en un bien limitado. Jonathan Crary, desde la historia de las técnicas de la visualidad, Bernard Stiegler desde la filosofía de la técnica o Franco Birardi desde la filosofía política, entre otros numerosos autoras y autores, han desarrollado esta mercantilización de la atención.

Hay mucho más que escribir sobre estos temas que desarrollan distintos y convergentes aspectos de las nuevas formas del capitalismo, pero querría volver a la primera cuestión que planteaba Varoufakis acerca de la distinción entre el trabajo productivo y el trabajo de la experiencia.

La tesis de Varoufakis es que el capitalismo solo puede colonizar lo que puede medir y es lo que hace al “comprar” la fuerza de trabajo en la forma de tiempo de trabajo. Aunque el libro de Varoufakis es muy interesante en muchos aspectos, aquí se equivoca y lo hace porque tiene la mirada de un economista. Tiene razón en que los trabajos de la experiencia, en el sentido de cuánto se implican los sujetos en su trabajo no está sujeto a observación medible, lo que no obsta para que sea cada vez más un componente de más importante de la economía contemporánea y de la cultura y las guerras de la cultura. De hecho, el dominio que las plataformas tienen sobre el conjunto de las relaciones de producción, distribución y consumo tiene que ver con cómo el desarrollo de las tecnologías de la información permite soslayar los componentes fenomenológicos para usar los datos como indicadores de cómo la experiencia puede ser convertida en mercancía y entran en el gran circuito del mercado.

Nos encontramos aquí con dos cuestiones muy diferentes: la primera es acerca de si las dimensiones prácticas, experienciales, fenomenológicas, pueden o no ser productivas e incorporarse a la creación de valor, a pesar de que, como sostiene Varoufakis, no establecen ninguna diferencia en el tiempo de trabajo, que es ajeno al contenido del trabajo humano y solo tiene en cuenta la equivalencia que mide el reloj. La respuesta es que sí, que hay un aspecto nuevo en el capitalismo informacional regido por las plataformas, que permite ampliar las equivalencias. Se trata del impacto que tiene la digitalización y el proceso de información en la génesis de la mercancía. La digitalización, en todo su barroquismo de dispositivos ha permitido una equivalencia propia, que no era posible en el capitalismo fordista. Este orden económico solo tenía en cuenta, como explicó Marx (a quien le costó años comprenderlo), la equivalencia física, material del trabajo en cuanto transferencia de energía. Que sea humano o mecánico es indiferente. Por supuesto, la transferencia de energía se mide en vatios, pero al dueño de los medios de producción esta medida solo le interesa en términos ingenieriles. En términos económicos, no son los julios sino el tiempo de trabajo. Después viene la composición de máquinas y obreros, pero eso ya forma parte de la letra pequeña.

Lo que irrumpió en el siglo XX como base para la ampliación de la génesis de la mercancía fue la información. Hay un aspecto en la información de pura transferencia de energía, que es lo que estudiaron los ingenieros como Claude Shannon, pero con el desarrollo de la informática y su capacidad de procesar la información, se generó la universalización de la información en el sentido semántico, es decir, en el sentido en que la información, lo bites, no importa de donde procedan, se pueden convertir en datos y estos datos son equivalentes en el lenguaje máquina, sea en su forma tradicional de lenguajes máquina o en las nuevas de tokens  de la inteligencia artificial. Y Lo que ha ocurrido en la nueva estructura del capitalismo de las plataformas es que estos datos, ilimitadamente heterogéneos, pueden ser convertidos en paquetes y perfiles que tienen relevancia en todos los pasos de los procesos de producción y circulación de la mercancía. Así, por ejemplo, en la formación del precio de algo como las zapatillas de deporte influye tanto la producción de la zapatilla, generalmente mediante trabajo fordista externalizado en países con salarios bajos, y la imagen de marca y el marketing que incorpora muchos datos y trabajo inteligente. La serie Mad Men recoge los primeros momentos de esta incorporación de la publicidad al producto. En un comienzo, los publicistas se caracterizaban por su fina intuición social, pero en las plataformas, la publicidad se ha personalizado mediante perfiles muy discriminativos de los potenciales clientes. Eso ha entrañado movilizar económicamente los datos.

A partir de los años 70 se fueron desarrollando técnicas de recogida de datos con el objetivo de perfilar valores y estilos de vida, no solo fríos datos demográficos. La introducción del código de barras en los 80 fue fundamental para la obtención de datos sin hacer estadísticas de los consumidores. A mediados de los años 90 se inventaros las cookies en internet, un invento fundamental para la obtención de datos de consumo o simplemente de deseo, tomándolos de las visitas a páginas por parte de los usuarios. Entre el 2000 y el 2004, Google mostró a través de las subastas de pago la rentabilidad a gran escala de las cookies. Shoshana Zuboff sitúa aquí el nacimiento del "capitalismo de la vigilancia".  Entre el 2007 y el 2012 se extiende el perfil En el 2017 la inversión publicitaria digital supera a la televisión. El uso en 2018 de Cambridge Analytica de datos obtenidos en Facebook para uso político abrió una etapa en la que estamos. El mundo Mad Men había pasado a la historia para dar paso a la vigilancia y evaluación continua de los gustos y tendencias de cada individuo.

La segunda cuestión no es si la experiencia crea o no valor, sino si hay “trabajos de la experiencia” , es decir, si todo el complejo cognitivo-emocional-práctico de las personas en tanto que interactúan en internet puede ser considerado un tiempo de trabajo no asalariado, del mismo modo que se ha considerado así el trabajo de cuidados de las mujeres.  Parece más claro el tomar como tiempo de trabajo la interacción activa de lo que se ha llamado el prosumidor, figura que representa a un híbrido de consumidor con persona que produce contenidos para internet en sus muchas variedades de imágenes y texto, algo que se hizo masivo con las redes y que ahora son uno de los más importantes medios de entrenamiento de los modelos lingüísticos grandes de la inteligencia artificial.  Los operaístas italianos hablaban de un “intelecto general” que se incorporaría al trabajo socialmente necesario para la reproducción del capital. Las grandes plataformas tecnológicas son las que podrían medir el proceso de valorización que incorpora este trabajo del prosumidor, algo que queda fuera del alcance del escrutinio público.

Un segundo aspecto es si, además de ese trabajo del prosumidor, todo lo que llamamos “economía de la atención”,  es decir, la incorporación del tiempo de atención a la valorización de las diversas mercancías que se exhiben en internet, incluidos los viejos medios de comunicación como la prensa o televisión o los nuevos como YouTube o Tik-Tok, nos llevaría a considerar el tiempo de atención y distracción en la red como un tiempo de trabajo. Me parece una cuestión muy abierta sobre la que no sería capaz de pronunciarme, pero de ser así, nos encontraríamos con una mutación profunda del capitalismo que incluiría la incorporación de la experiencia al proceso de producción. Todo lo que se ha escrito sobre el capitalismo emocional, sobre la base del turismo en la producción y consumo de experiencias y otros factores que aquí no tengo en cuenta llevarían a confirmar la hipótesis del “trabajo de la experiencia” como parte del trabajo social general.

Se abre aquí un abismo de inquietud sobre cuál es el lugar de la fenomenología en este entorno de hibridación de la energía y la información en la cultura contemporánea. Queda para próximas entradas.


P.S.: Las hilanderas de Velázquez es un cuadro que, en su recreación del mito de Aracne, celebra el trabajo artesano contra el poder de los dioses. Los dos o tres planos del cuadro representan espacios de realidad, imaginación e historia y espero que acompañen a las divagaciones de este texto anterior. 
Imagen tomada de Wikipedia. 


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