Yanis Varoufakis, sostiene en su último libro que el capitalismo se ha metamorfoseado de un capitalismo de los beneficios a un capitalismo de las rentas, en el que las grandes tecnológicas viven de las rentas que producen el resto de las empresas de todo tipo a las que dan soporte comercial, financiero, de contactos y otros servicios. Sostiene Varoufakis que eso es el fin del capitalismo, al menos tal como le hemos conocido. Afirma que aprendió de sus padres (de izquierda ilustrada) que la esencia del capitalismo era la fractura entre trabajo y fuerza de trabajo, y que solo eso permitía la constitución del régimen de la mercancía y el capital. Sostiene Varoufakis que lo único que el capitalismo no puede dominar es lo que llama la experiencia, el entusiasmo, los planes, el sentido, etc. Y que por ello se obliga a pagar por tiempo de alquiler de la fuerza de trabajo, pero no de alquiler de los trabajos de la experiencia. Ya se encargarán los gerentes de agotar y estimular con todos los medios organizativos posibles la productividad de los trabajadores, pero el ámbito de la experiencia parece quedar fuera de su alcance.
¿Es así en la era de la información, el capitalismo
cognitivos y los modelos fundacionales generativos?, ¿no se habría producido un
asalto a lo más íntimo de los seres humanos en el capitalismo de la atención,
de la colonización de la experiencia y lo que llamamos el capitalismo
cognitivo? Han sido varias escritoras las que han considerado que en el nuevo
entorno económico no solo se producen artefactos, sino también emociones y
deseos (sin los que no sería posible la sociedad de consumo).
Eva Illouz acuñó el término “capitalismo emocional”. Otras
autoras han desarrollado ideas cercanas: las emociones como mercancía, el deseo
producido por el mercado y la gestión de los afectos como trabajo. La socióloga
Arlie Russell Hochschild habló por primera vez del “trabajo emocional” observando
cómo muchas empresas exigen a los trabajadores gestionar y vender sus emociones,
por ejemplo, los auxiliares de vuelo, las enfermeras o las trabajadoras
emigrantes dedicadas a cuidados. Remedios Zafra nos explicó la explotación de
la pasión en el trabajo creativo y digital.
En otra línea, se ha
desarrollado la llamada “economía de la atención”, que centra su análisis no
tanto en el contenido de la energía mental implicada en el trabajo como en la
creación de un espacio más mercantilizado gracias a los poderosos medios
tecnológicos que nacieron con el cine, la radio, la televisión y, más tarde la
tecnoesfera digital. Ya en 1971 Herbert Simon afirmaba que la atención se había
convertido en un bien limitado. Jonathan Crary, desde la historia de las
técnicas de la visualidad, Bernard Stiegler desde la filosofía de la técnica o
Franco Birardi desde la filosofía política, entre otros numerosos autoras y
autores, han desarrollado esta mercantilización de la atención.
Hay mucho más que escribir sobre estos temas que desarrollan
distintos y convergentes aspectos de las nuevas formas del capitalismo, pero
querría volver a la primera cuestión que planteaba Varoufakis acerca de la
distinción entre el trabajo productivo y el trabajo de la experiencia.
La tesis de Varoufakis es que el capitalismo solo puede
colonizar lo que puede medir y es lo que hace al “comprar” la fuerza de trabajo
en la forma de tiempo de trabajo. Aunque el libro de Varoufakis es muy
interesante en muchos aspectos, aquí se equivoca y lo hace porque tiene la
mirada de un economista. Tiene razón en que los trabajos de la experiencia, en
el sentido de cuánto se implican los sujetos en su trabajo no está sujeto a
observación medible, lo que no obsta para que sea cada vez más un componente de
más importante de la economía contemporánea y de la cultura y las guerras de la
cultura. De hecho, el dominio que las plataformas tienen sobre el conjunto de
las relaciones de producción, distribución y consumo tiene que ver con cómo el
desarrollo de las tecnologías de la información permite soslayar los
componentes fenomenológicos para usar los datos como indicadores de cómo la
experiencia puede ser convertida en mercancía y entran en el gran circuito del
mercado.
Nos encontramos aquí con dos cuestiones muy diferentes: la
primera es acerca de si las dimensiones prácticas, experienciales,
fenomenológicas, pueden o no ser productivas e incorporarse a la creación de
valor, a pesar de que, como sostiene Varoufakis, no establecen ninguna
diferencia en el tiempo de trabajo, que es ajeno al contenido del trabajo
humano y solo tiene en cuenta la equivalencia que mide el reloj. La respuesta
es que sí, que hay un aspecto nuevo en el capitalismo informacional regido por
las plataformas, que permite ampliar las equivalencias. Se trata del impacto
que tiene la digitalización y el proceso de información en la génesis de la
mercancía. La digitalización, en todo su barroquismo de dispositivos ha
permitido una equivalencia propia, que no era posible en el capitalismo
fordista. Este orden económico solo tenía en cuenta, como explicó Marx (a quien
le costó años comprenderlo), la equivalencia física, material del trabajo en
cuanto transferencia de energía. Que sea humano o mecánico es indiferente. Por
supuesto, la transferencia de energía se mide en vatios, pero al dueño de los
medios de producción esta medida solo le interesa en términos ingenieriles. En
términos económicos, no son los julios sino el tiempo de trabajo. Después viene
la composición de máquinas y obreros, pero eso ya forma parte de la letra
pequeña.
Lo que irrumpió en el siglo XX como base para la ampliación
de la génesis de la mercancía fue la información. Hay un aspecto en la
información de pura transferencia de energía, que es lo que estudiaron los
ingenieros como Claude Shannon, pero con el desarrollo de la informática y su
capacidad de procesar la información, se generó la universalización de la
información en el sentido semántico, es decir, en el sentido en que la
información, lo bites, no importa de donde procedan, se pueden convertir en
datos y estos datos son equivalentes en el lenguaje máquina, sea en su forma
tradicional de lenguajes máquina o en las nuevas de tokens de la inteligencia artificial. Y Lo que ha
ocurrido en la nueva estructura del capitalismo de las plataformas es que estos
datos, ilimitadamente heterogéneos, pueden ser convertidos en paquetes y
perfiles que tienen relevancia en todos los pasos de los procesos de producción
y circulación de la mercancía. Así, por ejemplo, en la formación del precio de
algo como las zapatillas de deporte influye tanto la producción de la
zapatilla, generalmente mediante trabajo fordista externalizado en países con
salarios bajos, y la imagen de marca y el marketing que incorpora muchos
datos y trabajo inteligente. La serie Mad Men recoge los primeros
momentos de esta incorporación de la publicidad al producto. En un comienzo,
los publicistas se caracterizaban por su fina intuición social, pero en las
plataformas, la publicidad se ha personalizado mediante perfiles muy
discriminativos de los potenciales clientes. Eso ha entrañado movilizar
económicamente los datos.
A partir de los años 70 se fueron desarrollando técnicas de
recogida de datos con el objetivo de perfilar valores y estilos de vida, no
solo fríos datos demográficos. La introducción del código de barras en los 80
fue fundamental para la obtención de datos sin hacer estadísticas de los
consumidores. A mediados de los años 90 se inventaros las cookies en
internet, un invento fundamental para la obtención de datos de consumo o
simplemente de deseo, tomándolos de las visitas a páginas por parte de los
usuarios. Entre el 2000 y el 2004, Google mostró a través de las subastas de
pago la rentabilidad a gran escala de las cookies. Shoshana Zuboff sitúa
aquí el nacimiento del "capitalismo de la vigilancia". Entre el 2007 y el 2012 se extiende el perfil
En el 2017 la inversión publicitaria digital supera a la televisión. El uso en
2018 de Cambridge Analytica de datos obtenidos en Facebook para uso político
abrió una etapa en la que estamos. El mundo Mad Men había pasado a la
historia para dar paso a la vigilancia y evaluación continua de los gustos y
tendencias de cada individuo.
La segunda cuestión no es si la experiencia crea o no valor,
sino si hay “trabajos de la experiencia” , es decir, si todo el complejo
cognitivo-emocional-práctico de las personas en tanto que interactúan en
internet puede ser considerado un tiempo de trabajo no asalariado, del mismo
modo que se ha considerado así el trabajo de cuidados de las mujeres. Parece más claro el tomar como tiempo de
trabajo la interacción activa de lo que se ha llamado el prosumidor,
figura que representa a un híbrido de consumidor con persona que produce
contenidos para internet en sus muchas variedades de imágenes y texto, algo que
se hizo masivo con las redes y que ahora son uno de los más importantes medios
de entrenamiento de los modelos lingüísticos grandes de la inteligencia
artificial. Los operaístas italianos
hablaban de un “intelecto general” que se incorporaría al trabajo socialmente
necesario para la reproducción del capital. Las grandes plataformas
tecnológicas son las que podrían medir el proceso de valorización que incorpora
este trabajo del prosumidor, algo que queda fuera del alcance del escrutinio
público.
Un segundo aspecto es si, además de ese trabajo del
prosumidor, todo lo que llamamos “economía de la atención”, es decir, la incorporación del tiempo de
atención a la valorización de las diversas mercancías que se exhiben en
internet, incluidos los viejos medios de comunicación como la prensa o
televisión o los nuevos como YouTube o Tik-Tok, nos llevaría a considerar el
tiempo de atención y distracción en la red como un tiempo de trabajo. Me parece
una cuestión muy abierta sobre la que no sería capaz de pronunciarme, pero de
ser así, nos encontraríamos con una mutación profunda del capitalismo que
incluiría la incorporación de la experiencia al proceso de producción. Todo lo
que se ha escrito sobre el capitalismo emocional, sobre la base del turismo en
la producción y consumo de experiencias y otros factores que aquí no tengo en
cuenta llevarían a confirmar la hipótesis del “trabajo de la experiencia” como
parte del trabajo social general.
Se abre aquí un abismo de inquietud sobre cuál es el lugar
de la fenomenología en este entorno de hibridación de la energía y la
información en la cultura contemporánea. Queda para próximas entradas.
P.S.: Las hilanderas de Velázquez es un cuadro que, en su recreación del mito de Aracne, celebra el trabajo artesano contra el poder de los dioses. Los dos o tres planos del cuadro representan espacios de realidad, imaginación e historia y espero que acompañen a las divagaciones de este texto anterior.
Imagen tomada de Wikipedia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario