martes, 10 de febrero de 2009

El misterio del zelote

Toda la reacción visceral que me producen las personalidades fanáticas no consigue extirpar una pregunta por ciertas formas de estar en la vida que adoptan medios y formas radicales. Me surge esta pregunta más bien tonta por dos referencias con las que me he topado por casualidad en estos días de tedio invernal. La primera fue hace un par de semanas cuando, huyendo de la programación televisiva a la hora de cenar, y acudiendo al reservorio ya casi exhausto de la magra biblioteca de Puerta de Toledo, tuve ocasión de ver, que no revisitar, la película de Michael Curtiz de 1940 Santa Fe Trail. La otra, también hace unos días, con ocasión de La conversación de Descartes y Pascal en el Teatro Español con Josep Maria Flotats. Ambas representaciones tan distantes y distintas coinciden en presentar como insoportables fanáticos a dos personajes a los que el juicio de la historia debería pensar con cierto cuidado: el abolicionista John Brown, colgado en 1959 tras una fallida insurrección armada, y el torturado y frágil filósofo Pascal. Ambos fueron fundamentalistas: puritano y jansenista, respectivamente. Le he dado muchas vueltas en estos días a ambas imágenes.
La película de Michael Curtiz es clara y abiertamente ideológica. La historia es muy compleja y tiene que ver con algunos de los fantasmas contemporáneos de los Estados Unidos: en los territorios abiertos de Kansas, las tensiones entre abolicionistas y proesclavistas convirtieron las praderas en un territorio abierto de luchas para conseguir o evitar que Kansas fuera un estado esclavista. John Brown se convirtió en guerrero de la causa antiesclavista, quiso armar a los negros y asaltó el arsenal de Harper Ferry en Virginia donde fue apresado por una compañía de marines madada por Robert E. Lee. Se le juzgó y condenó a muerte. Emerson, Thoreau y Victor Hugo se adhirieron a su causa y Thoreau escribió en el periódico de Concord un sentido homenaje que puede leerse en la red. Ha sido siempre un personaje de controversia. Se le ha descrito como un zelote fanático que quiso resolver el problema de la esclavitud con las armas. Victor Hugo anunció proféticamente que su muerte era el presagio de una horrible guerra civil que ¿ha terminado ahora?




Pero la película de Michael Curtiz, protagonizada por Olivia de Havilland, Errol Flynn y Ronald Reagan (como marines) toma un partido muy claro contra John Brown, a favor de la "unidad" del estado y de la comprensión del esclavismo, y dibuja a Brown como un loco sediento de sangre (curioso, Curtiz, autor de Casablanca, húngaro emigrado a Austria, luego a Alemania, luego a Estados Unidos, que nunca llegó a hablar bien inglés, meditando sobre el más complicado y pantanoso de los hilos históricos de ese país). El retrato de Thoreau, que le conoció y admiró, es sumamente sensato y va en la dirección contraria. Admiraba a Brow y a su causa sin reparos.



El diálogo de Descartes y Pascal, por su parte, hace lo propio con Pascal: una caricatura de ser frágil, loco, fanático y anticientífico (él, que está en la base de la transformación probabilística que sucedería poco a poco en la ciencia). Frente a Pascal, Descartes, todo sentido común, bonhomía y sabiduría de la vida.
¿Por qué?
La estrategia de convertir en fanático al otro es extremadamente efectiva, es la mejor de las armas de la retórica. ¡Estás loc@!, es una de las respuestas en la disputa que ahorran cualquier ulterior aportación de datos.
No sé ponerme del lado de John Brown ni de Pascal, no sé de qué lado estoy, me faltan datos: pero sé que fueron seres complejos que no solamente estuvieron en la historia sino que la hicieron, y que la hicieron, como sostiene Thoreau de Brown, no limitándose a mirar o predicar.
¿Cuál es el paso resbaladizo que hace que alguien se convierta en zelote insufrible? Tengo que reconocer que mi lugar, si lo tengo, debe estar entre los fariseos, pero no dejo de preguntarme por los zelotes.
¿Qué mira Blaise Pascal?

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