jueves, 30 de abril de 2009

El cuerpo extrañado

Sigo dándole vueltas al amor propio, esa difícil forma de comportarse con uno mismo. Una de sus retorcidas sendas es la exploración del cuerpo propio: somos un cuerpo, pero a veces nos extrañamos y nos encontramos en él como en un lugar que no es el nuestro. Uno se mira al espejo, siente el cuerpo desde dentro y piensa que órganos, figura, movimientos, dolores y placeres son como un ser en el que estamos y no somos. Francis Bacon dedicó casi toda su pintura a pensar sobre el cuerpo y a deformarlo como nuestra mente a veces lo deforma en ese extrañamiento. Reconciliarse con el cuerpo es difícil: no quizá en la espléndida juventud, pero sí en los tiempos y horas en que el cuerpo se rebela o se refugia en una cueva de oscura debilidad. Pero, como dice Marguerite Yourcenar en un bello poema, hay que hacerse a la idea de que la sombra que tenemos es la misma, y hay que aprender a amarla. Aceptar el cuerpo como se acepta el regalo de estar vivo, sin mirar las imperfecciones, mirando sólo el desbordante hecho de persistir en la vida.
Marina Ñúñez una de mis artistas preferidas: pintora, video-artista, formada en Salamanca, ha explorado este ir y venir de extrañar y reconciliarse con el propio cuerpo, desde su serie "locas", a toda una iconografía de cuerpos semi-cyborgs que son ya nuestro futuro.
Esta loca araña su cuerpo y mira al infinito buscando la respuesta a por qué tiene que estar encerrada en ese cuerpo que no es ella. ¿No somos acaso como ella?






2 comentarios:

  1. Qué estremecedora imagen la de Núñez rasgándose los tobillos,

    y qué extraño se hace, medio ajeno, estas cuestiones del amor propio. Creo que era Fromm quien explicaba el egoísmo como una falta de amor propio, algo que me dejó una fuerte impresión, pues siempre pensé que el egoísmo era un exceso y no una carencia de amor propio. Ahora me parece que nunca se puede tener demasiado amor propio, a menos que se confunda con orgullo, por ejemplo, como tampoco se pueden tener demasiados amigos ni se puede amar demasiado. ¿Pero qué hago yo aquí hablando de amor? Pues... me ha apetecido comentarte estos dos posts sobre el amor (propio -¿acaso se "tiene" algo así?).

    Como Kafka, hay quien dice, adolecía de un amor propio "averiado" -¿quién no en uno que otro momento?-, llevo un tiempo también preguntándome por esto...

    Según mi ensoñación inducida por este fantasma praguense, ando por la siguiente opinión:
    quizá una clave esté en
    sostener la lucha consigo,
    la que hace considerarse
    tan buen amigo como adversario
    de uno mismo, la que nos hace sentir que evolucionamos y (nos) damos lo mejor de nosotros (el amor con otro está quizá en otro nivel, después, o casi).

    Quizá sea eso, o algo parecido,
    lo que dificulta la tarea del amor propio verdadero... algo de fe en el devenir de la lucha y, por tanto, una lucha ininterrumpida entre nuestro odio y nuestro amor propios, aunque suene maniqueo.

    Así diría que lucha el autor con su obra, a veces, como Núñez con esa imagen de la mujer que desgarra sus propias piernas.

    Claro, en realidad, la cuestión particular está intacta: cómo librar esa lucha interna sin vencedores ni vencidos que pueda crear las condiciones de posibilidad para el amor propio y cómo hacerlo efectivo con otro...

    me gusta eso del segundo post, un suerte de respuesta, "mirar(se) sin culpa ni compasión, tampoco sin engaño" y así enfrentar en la medida de las propias fuerzas, y hasta en un exceso de fuerzas, (nuestros) retratos oscuros.

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  2. Es en la lucha interna en donde reside el quid de la cuestión: el amor propio, como todo amor, tiene algo de guerra y paz. Y sí, Kafka tenía un déficit de amor propio: no quiso publicar sus obras, siempre asumió la imagen y la sombra de su padre.

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