domingo, 29 de mayo de 2011

Teoría del cuerpo extendido

En el principio todo era piel, mundo indiferenciado donde la sensación interna y la sensación externa no tenían fronteras, donde la epidermis constituía la densidad de lo real.  En el principio todo era frontera, no había dentro ni fuera porque lo propio y lo ajeno aún no se habían manifestado como desgarro y escisión de la piel, experiencia de niñez y abandono. No había cuerpos: sólo un continuo de sensaciones y reacciones viscerales. El bebé vivía en un paisaje de reacciones epidérmicas, de colinas alzadas sobre momentos de placer y largos valles de oscuridades e irritaciones. Alimentos y defecaciones, caricias, baños, todo eran sensaciones sin percepción. El bebé comenzó a convertirse en niño al tiempo que un entrelazamiento de objetos tejió su piel con nuevas experiencias sensoriales: chupetes, sonajeros, múltiples capas de ropa que le eran impuestas y retiradas con ritual parsimonia, jabones y colonias, alimentos, paseos en un adormecedor carricoche. Su piel se pobló de sabores y olores, de aires refrescantes y cambiantes caleidoscopios de colores y brillos. El cuerpo comenzó a manifestarse como lo invariante en aquella secuencia de objetos que ya no eran piel y sin embargo levantaban un muro, una nueva sensación de frontera en la que la ausencia de la piel materna y la presencia del mundo se imponían como manifestación de una realidad de cuerpo presente, como experiencia de distancia y abandono.
Tal vez fue así: no recordamos la historia de los sentidos y de las impresiones que llevaron desde la piel al mundo, desde lo epidérmico a la conciencia del cuerpo. Pero no es osado pensar que los objetos que contribuyeron a la producción de la realidad fueron objetos que habían sido diseñados para hacerlo, una red de artefactos que habrían de ser el horizonte de un ser que ya comenzaba a ser, a poseer un cuerpo.  En el principio todo fue eros . Tardarían en llegar los tiempos en los que la caricia se convirtiese en cariño, la angustia por el abandono en deseo, y del eros indiferenciado surgieran los afectos, las amistades, el sexo y ocasionalmente los amores y desamores.  El cuerpo que habría de ser adolescente, persona adulta, ser perdido en el bosque de la historia, siguió siendo diseñado por nuevas ecologías de artefactos. Un día descubriría que la alimentación exigía cocina, el sexo sexualidad, el  amor habitación. Que el destino humano eran los cuerpos extendidos. Que la cama y la tumba eran, fueron, los dos objetos que convirtieron aquél organismo en el cuerpo que ahora era. 

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