viernes, 27 de enero de 2017

Alzados de la ruina





Relatos, dramas, fragmentos de pensamiento. Los buenos tienen en común levantar mapas de la experiencia humana: guías para el camino que  recuerdan lo que ha encontrado el viajero. Un mapa es originariamente una representación en el espacio de trozos de tiempo. Los pilotos de los estados navegantes tenían la obligación de llevar cuenta de un Aviso de navegantes (cuánto se ha pervertido el término) en el que bosquejaban los paisajes que encontraban al aproximarse a litorales desconocidos y recogían las leyendas e informaciones de aquellos territorios. A su vuelta, el cartógrafo elaboraba cartas y portulanos donde el tiempo y el espacio, la historia y la geografía se entreveraban en una representación que acumulaba en un papel ilimitadas experiencias y las transformaba en guía.

Juan Mayorga ha recogido esta tradición para escribir en El Cartógrafo, uno de los dramas filosóficos más profundos que haya conocido desde Esperando a Godot. En una sobrecogedora interpretación, Blanca Portillo y José Luis García-Pérez rehacen en un escenario vacío la historia y las historias de un cartógrafo y su discípula cartógrafa del gueto de Varsovia que recorren la historia de Europa, levantando alzados de la ruina, mapas de la desolación, topografías de un paisaje maldito. Los varios relatos que configuran este plano del desastre son al tiempo una meditación sobre el testimonio, sobre la re-presentación de la historia, sobre la escritura, sobre el teatro y sobre la memoria humana.

Porque la memoria humana ha evolucionado para levantar mapas. Nuestro cerebro es primariamente visual, secundariamente narrativo (una vez que fue rediseñado por el lenguaje) y sólo tardíamente conceptual. Evolucionamos para ordenar la experiencia, para orientarnos en sabanas y montañas, territorios vírgenes de los que había que dar cuenta al grupo y a las siguientes generaciones. Los primeros relatos de la historia son mapas del territorio, historias de la pérdida del paraíso y del viaje de huida. Más tarde, cuando el lenguaje se hizo escritura y los relatos conceptos, los mapas se volvieron más abstractos, productos de la filosofía y las matemáticas, pero nunca perdieron la conexión con la experiencia, incluso cuando fueron cartas de la experiencia desencarnada de la modernidad.

Atender al mundo y representar. Eliminar todo lo que no es relevante e imprescindible, quedarse con la desnuda experiencia para bosquejar un mapa, nos dicen el viejo cartógrafo y la niña cartógrafa que desfallecen en la Varsovia que han convertido en un mapa de Europa. No se debe representar todo, nos dicen. La memoria está hecha de olvido: dramaturgia, novela, pensamiento. Son ejercicios de olvido antes de ser testimonio. Saber qué es lo esencial. Tomar partido por una representación. Saber que ningún cartógrafo es neutral. Que cuando colorea un país con un solo tono está movilizando el poder para unificar en un solo estado las multitudes diversas. Que cada trazo es un compromiso con el mundo.

La angustia de Blanca, la niña cartógrafa que crecerá y envejecerá en la ruina de Europa, al pelear con sus cartogramas, es la ansiedad de quien sabe que las palabras no se escriben impunemente, es el peso de la responsabilidad de quien tiene la habilidad y el poder de re-presentar. El Cartógrafo es también el drama de la escritura y el pensamiento. De quien sabe (o ignora, o quiere ignorar) que en cada párrafo hay una huella reconstruida de la historia humana que puede ser distorsionada y puede servir de velo más que de representación. Wittgenstein escribió el Tractatus atormentado por la misma responsabilidad. Sabía que pensar, cuando se dice algo, cuando la voz no es un mero grito de pura expresión, es levantar un mapa de un trozo del mundo. Cuando asistía a la representación de la obra pensaba en el descubrimiento de Wittgenstein del carácter de mapa que tienen los conceptos y del peso que cae sobre quienes tienen la habilidad de su manejo.

Cartógrafos del rey y cartógrafos de la plebe, del verdugo del gueto y de la víctima que traza sus últimos recuerdos en un plano para que no se pierdan con su vida. Saber que los mapas son instrumentos que matan o que salvan. De la novela y el drama a la filosofía y las matemáticas hay un hilo conductor por el que circula la responsabilidad de quien sabe y puede re-presentar. Saber que un mal mapa, que un mal concepto pone en peligro a los navegantes y quizá hunda para siempre en el olvido a los náufragos de la historia.


El Cartógrafo se representa ahora en Madrid, en las Naves del Español de El Matadero hasta el 26 de febrero.


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada