martes, 6 de enero de 2009

Las nieblas de Avalon

En una historia de las civilizaciones que he tomado estos días como lectura de última hora, en un volumen dedicado a la alta edad media, una época fascinante por lo desconocido y complejo, me asomo a espacios desconocidos como la Armenia de los siglos VII y VIII, o Bulgaria, o los imperios sasánidas, ..., o Inglaterra, la creadora de leyendas que nos han constituido. Creo comprender la fascinación de Borges. Los britano-romanos, desbordados por los irlandeses, por los germanos, por pictos y escotos, por los vikings, una cultura que vuelve de la ciudad al campo, que se funde en la niebla y crea un territorio de relatos que habrán de ser contados por generaciones. Entiendo a quienes aborrecen las metáforas que envuelven héroes guerreros. Entiendo a Simone Weil cuando lee La Iliada como un poema sobre la fuerza. Entiendo una época en la que los héroes son víctimas y en la que la figura poética es la de los ángeles ("Todo ángel es terrible..."). Lo entiendo y sin embargo me pierdo en las nieblas de Avalon: el último guerrero que sabe perdida su batalla, que sabe a su señor huido, que sabe al enemigo a las puertas, que sabe su propia fragilidad y decide quedarse allí. Sin testigos, sin proyectos, sin dramas, sin gestos. Leí con fruición los relatos de El Príncipe Valiente, y seguramente es de esas imágenes de donde me llegan estas figuras. Pero no por eso dejan de estar ahí: el que sabe que el sentido de su acción es que no tiene sentido y, sin embargo, ...

2 comentarios:

  1. Y más honor les es debido a quienes prevén (y muchos prevén) que Efialtes aparecerá, y pasarán los Persas.

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