sábado, 9 de mayo de 2009

Horario de apertura

He aquí una triste advertencia de José Emilio Pacheco, poeta en México D.F., la ciudad que es mayor que el mundo y que ahora maltratan los miedos de estos nuevos tiempos de asepsia. Pacheco es el nuevo premio Reina Sofía de Poesía, un premio que suele acertar en su llamada a recordarnos la gente que no debemos olvidar:


MEMORIA

No tomes muy en serio
lo que te dice la memoria.

A lo mejor no hubo esa tarde.
Quizá todo fue autoengaño.
La gran pasión
sólo existió en tu deseo.

Quién te dice que no te está contando ficciones
para alargar la prórroga del fin
y sugerir que todo esto
tuvo al menos algún sentido.



Desde que ví Vals con Bashir llevo dándole vueltas precisamente a lo que dice el poema: al temor a que la memoria esté tan abierta al autoengaño como lo esté el presente. En Vals con Bashir un médico recuerda los experimentos que muestran cómo la memoria inventa sus historias cuando no tiene hechos registrados.

La tradición utópica nos pensaba como seres de futuro, seres de imaginación que se asientan en lo que aún no es para encontrar sentido a la existencia. La tradición melancólica nos dibuja como seres que aman lo perdido, que se instalan en lo que pudo haber sido como un lugar del que extraer la fuerza del tiempo. ¿Y si nos estamos contando ficciones en ambas direcciones?

Esta semana he estado asistiendo a un seminario sobre pragmatismo que organizaba Ramón del Castillo. Carlos Thiebaut habló de La filosofía del presente de G.H. Mead, un injustamente olvidado filósofo de comienzos del siglo pasado. Sitúa Mead la existencia en el presente, un lugar de tensiones en las que actúa siempre el pasado, un pasado-presente que siempre está activo. Estamos vivos en el corto horario de apertura que son las horas en las que los hechos aún están vivos, como si el Alzheimer leve fuese la condición de nuestra existencia. Sí: estamos condenados al presente, como barcos en la niebla impulsados por recuerdos que llevan el veneno de la sospecha y deseos y miedos que nacen de un mar donde habitan monstruos del autoengaño.

El viejo escepticismo desconfiaba del mundo externo. El nuestro, el más grave, desconfía de nuestro mundo interior, sobre todo en esas horas en las que todo parece estar tan seguro que abrimos la tienda de los planes y proyectos.


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