viernes, 15 de mayo de 2009

La imaginación visible

He aquí a María Antonieta:



El día antes de la Revolución, Maria Antonieta se prueba una colección completa de zapatos de Manolo Blahnik. Su vida es una colección de vestidos, zapatos, postres y amantes: es la imagen de Sofía Coppola en su María Antonieta, una mirada que siempre me ha parecido inteligente en su mirada irónica sobre sí misma: chica pija que sabe que lo es y cuenta su experiencia desde dentro. María Antonieta es, claro, Sofía Coppola hablando de sí misma:






No fue una película tan celebrada como Lost in translation (otra película sobre la que estoy dando vueltas últimamente), pero tiene un punto de distancia sobre la presentación de la persona en la sociedad que me atrae y me hace pensar.
Alguna gente, los que somos simpatizantes de las tesis de Guy Debord (La sociedad del espectáculo, en general todo el movimiento situacionista de los sesenta) hemos aprendido de él a ver cómo el mundo contemporáneo ha configurado la realidad como espectáculo: se hace política para generar noticias y atraer la atención, se hace terrorismo de imagen, se convierte el poder en poder sobre la atención. Completamente de acuerdo.
Y sin embargo...
Leo con pasión estos días un ensayo no sublime pero sumamente perceptivo e intrigante: Frédéric Tellier, La société et son double. Se trata de un intento de respuesta a las tesis de la sociedad del espectáculo: ¿acaso, cuando todo es espectáculo, no ocurre que perdemos el sentido del espectáculo como representación de lo real? Paradójicamente, en un mundo en el que todo es espectáculo, perecemos de realidad, perdemos la capacidad de distancia, de observar las representaciones como un lugar de sueño, de transformación, de crítica o de espejo. En la sociedad del espectáculo, habríamos perdido la fascinación de las representaciones.
Y esa idea es a la que doy vueltas estos meses y la que me lleva a reflexionar sobre los cuerpos y los imaginarios.
Hemos pensado que el imaginario es algo abstracto, oculto tras los símbolos, ajeno en su ficcionalidad. Pero no: el imaginario es lo que llevamos puesto, o lo que nos quitamos, es la forma de presentarnos.



Cala elección de un gesto, un atuendo, una forma de estar y modo ser o querer ser es una clara manifestación no sólo de lo que somos sino de lo que soñamos que no somos, de lo que nos gustaría ser, de lo que nos gustaría creer que los otros creen que somos.... etc.
Paul Valery tenía razón: nada hay tan profundo como la piel. Nada es tan transparente como la ropa y los artefactos que nos visten y rodean. Todo está a la vista, especialmente aquello que desearíamos ocultar.

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