viernes, 18 de septiembre de 2009

La higuera escéptica



Imágenes y palabras de la condición humana:


"Replicó la serpiente a la mujer: "De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal" Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió y dio también a su marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cogiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores" (Gen.3 4-7)

Primero fue Austin en "Otras mentes": "(la idea de que hay una clase epistemológicamente privilegiada de enunciados) es el pecado original por el que el filósofo se expulsó a sí mismo del jardín del mundo en el que vivimos". Más tarde, Stanley Cavell comenta estas palabras en In Quest of the Ordinary (la búsqueda de lo ordinario): le gusta la idea de que la filosofía es una especie de pecado original que al descubrir el escepticismo nos expulsa de ese jardín del mundo ordinario en el que vivimos; aunque objeta, con razón, la pretensión austiniana de "expulsarse a sí mismo" del mundo-paraíso. Recientemente el discípulo de Cavell, S. Mulhall (su libro de introducción a la filosofía usando las cuatro películas de Alien lo he usado profusamente y lo recomiendo entusiastamente: On film, Routledge) escribe un bello libro: Philosophical Myths of the Fall, (mitos filosóficos de la caída), en el que extiende esta observación de Cavell a la historia del escepticismo.
Desde Hegel se sospechaba que la filosofía es teología secularizada; desde Nietzsche la sospecha se convirtió en certeza. Y si hay algún mito central en la historia occidental es el mito de la caída: el hombre vivía feliz hasta que quiso conocer, quiso ser dios y por ello fue expulsado de su hogar, el mundo, y condenado a errar sabiendo de su fragilidad y desnudez. Toda la filosofía no es sino un buscar hojas de higuera para cubrir las vergüenzas de la condición humana.
Yo no estoy libre de este mito, recientemente lo he empleado para pensar(nos) bajo la condición del exiliado que no puede mirar atrás sino con nostalgia, pero que sabe imposible la vuelta: sabe (es parte de lo que descubrió al comer la manzana del conocimiento) que no sólo estaba desnudo, sino que el mundo no era un jardín paradisíaco, sino una selva salvaje de furia y ruido. Y se convirtió en la especie errante.
Me llevan a estas figuras mi autoenfado con mi persistente falta de atención al mundo que me hace cometer imperdonables faltas (en la escuela raramente me castigaron por revoltoso, pero continuamente por faltas de atención, así sigo). Busco una higuera donde tomar un par de hojas y cubrirme. He encontrado estas hojas wittgensteinianas para tapar mi destino de escéptico ensimismado.

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