sábado, 3 de octubre de 2009

La puerta de la cueva

Estas angustias platónico-claustrofóbicas últimas que me acucian estos días, preguntas ya calcificadas en el cerebro, por qué estar en un espacio tan cerrado como es el de las letras y la cultura académica, ayuno de aires "reales", reciben estos días un dulce lenitivo en el recientísimo estreno de Jim Jarmuch, Los límites del control, una película cuyo tema es precisamente el miedo que me araña: que la cultura sea una cueva de engaños. Jarmuch se enfrenta a él y lo resuelve en un cuento-sueño simbólico y ritual que adopta el género del samurai silencioso al que se le encomienda una extraña tarea, un género que ya empleó en la inolvidable Gost Dog, the Way of Samurai en 1999, que es a su vez una meditación sobre Le samourai de Jean-Pierre Melville (1967), que aquí vuelve a ser evocada en el silencio que envolvía a Alain Delon y ahora a Isaak de Bankolé.

Es Los límites del control una película poética, donde es la metáfora y no la acción la que ordena la historia: un viaje por los rincones del madrid que amamos los que aquí vivimos, y que tan distinto es del madrid deprecado por el visitante ocasional; un viaje por los secos campos peninsulares, por cortijos abandonados y por callejones sevillanos, organizado en cuasicapítulos que refieren cada uno a una región de la cultura: música ("los viejos instrumentos guardan la memoria de las notas"); cine ("ya no sé si fue un sueño o fue una película", dice el personaje que lo representa); ciencia ("¿somos como planetas que giramos, como dicen los sufíes, o como moléculas que nos giran?"), ..., cada país cultural está representado por un personaje también de culturas diferentes: emigrantes, viajeros, marginales, bohemios ("¿cuándo los bohemios se convirtieron en bohemios?", se pregunta John Hurt).
La mirada de Jarmuch, como la de Wittgenstein y tantos otros, lleva a los límites que llevamos dentro: somos símbolos que remiten a otros símbolos que fueron hechos de otros símbolos. Y lo que resta es el cementerio, como explica el tiento que se repite como salmodia a lo largo de la película, un canto a la diferencia entre poder y saber: "el que se crea grande, que vaya al cementerio, y vea como es el mundo, un palmo de terreno". Porque esta es la respuesta del film al poderoso de poderosos (¡infinito Bill Murray!): vivís en la cultura, pero ésto es la realidad. Y de eso va el film: de que ir a la realidad es ir al cementerio.

No importa lo que he contado: la historia es anécdota. Todo es un viaje de símbolos a símbolos, de ironía a ironía, de nostalgia a nostalgia. No es una historia de aprendizaje, es puro ritual, mantra que se repite, un paseo por Malasaña y Lavapiés como lugares hermenéuticos que sólo la mirada de un viajero como Jarmuch ha sido capaz de entender.
Aviso: No puede verse sino en versión original: los cambios de idioma son esenciales en el discurso.
Nada es imprescindible en la cultura: pero hay algunas cosas de las que una vez que uno se apropia siente que ya no puede prescindir. En fin, comparto mi asombro porque aún puedan rodarse películas como ésta. Como ocurría con Antonioni, lo difícil no es entender la película, sino entender cómo ha sido posible tal milagro.


En los terrores nocturnos de la caverna, recordaré al samurai y a su reacción ante el ángel de la muerte: "¡despierta!, que esto no es el cine, es el mundo real!", dijo el fantasma.


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