domingo, 7 de agosto de 2016

Hilos de un sujeto deshilachado




Leo en una de las críticas de Filmaffinity, de la última entrega de la saga "Bourne" (Jason Bourne, Paul Greengrass, 2016): "La mayor parte de películas de acción ofrecen eso, acción pura que gestiona nuestra adrenalina para confundir los problemas cotidianos".  Abunda la crítica arrogante que se pierde en el mundo de la cultura popular, a pesar de que es la que constituye el imaginario colectivo con todas sus contradicciones, y en la que podemos encontrar muchas de las claves de nuestra condición contemporánea. Por suerte no es ya extraño encontrar profundas reflexiones filosóficas basadas en comentarios sobre productos de esta cultura. Así la saga Bourne, tal como la comenta el filósofo oxoniense Stephen Mulhall, un discípulo de Stanley Cavell, en su libro  The Self and Its Shadows: A Book of Essays on Individuality as Negation in Philosophy and the Arts (2013). 

Mulhall se refiere a las tres primeras entregas, pero esta última no traiciona, todo lo contrario, los compromisos que habían asumido las anteriores. Para quienes no hayan visto las películas, tratan de un personaje, Jason Bourne (Matt Damon), que al comienzo de la serie ha perdido la memoria de su pasado y la va recuperando, descubriendo que al parecer era un asesino perteneciente a un subprograma de la CIA. Poco a poco descubre que su identidad originaria era la de David Webb, un capitán de marines que se ofreció voluntario para este programa, que incluía técnicas de transformación emocional para adaptar su personalidad a las letales funciones que le habrían de ser encomendadas. Este descubrimiento de quién ha sido, o es, desencadena en Webb-Bourne un drama interno entre el querer saber y el querer ser, o, para decirlo con palabras de Sartre, un drama que se produce porque Bourne no quiere ser el ser que es y no es lo que quiere ser. En las cuatro películas se irán desvelando los pasados de David Webb, para lo que Jason Bourne tendrá que enfrentarse a los todopoderosos y perversos antiguos jefes y nuevos gestores de la famosa organización de espionaje.

La última entrega insiste en uno de los hilos que ya aparecieron en la tercera (El ultimátum de Bourne, Paul Greeengrass, 2007), en donde su adiestrador psicológico, el doctor Albert Hirch,(Albert Fynney) le informa de que él se presentó voluntario al programa y que por tanto sus ansias de venganza contra quienes le cambiaron no están justificadas. Este aspecto del conflicto es lo más interesante de esta última película, dejando a un lado los adornos sobre el patriotismo y el problema de la obediencia debida que subyace a toda la serie. Bourne está resentido con su pasado, pero en cierto modo él es el principal agente de su pasado. Dirige su venganza contra los responsables, pero está claro que ninguna venganza le dejará tranquilo precisamente porque hay un substrato suyo en el que la sospecha de que él es tan responsable como los otros está actuando como deshilachadora de todos sus proyectos de vida integrada.

Bourne presenta con claridad los problemas de la condición contemporánea de sujeto: un sujeto cuyo pasado actúa como el aire y la flecha aristotélica: impulsa y resiste a la vez. Hay múltiples ejemplos del sujeto-Bourne. Uno de los tipos más frecuentes es el de intelectuales y políticos que un día descubren que sus compromisos de juventud estaban completamente equivocados. Que habían dedicado una parte de su vida a ideales que ahora ven como perversos y deleznables. Muchos de estos descubrimientos tardíos de los errores de identidad les llevan a una especie de furia vengadora contra quienes creen que fueron responsables de sus pasados compromisos y se convierten en zelotes de una causa de conversos. En nuestra historia reciente no es difícil encontrar ardorosos anticlericales cuya biografía nos desvela que tuvieron una larga educación religiosa de seminaristas y teólogos. Una parte de la identidad ideológica del Partido Socialista basada casi en los últimos tiempos en un vano laicismo, se explican bastante bien por las historias pasadas de sus dirigentes y el efecto Bourne. En otro lado, en la derecha más neoliberal no es infrecuente, todo lo contrario, encontrar antiguos militantes comunistas o de organizaciones izquierdistas promaoístas o anticapitalistas. Sus discursos fieros, llenos de resabios y sobreentendidos, denotan también un mismo efecto Bourne de incapacidad de aceptar las propias responsabilidades del pasado. Es incluso notorio que algunos de los más conspicuos delatores de cualquier veleidad que pudiera aproximar una opción política a los "terroristas" fueron en su juventud militantes de estas organizaciones que ahora demonizan. 

Es muy posible que casi todas las personas, al menos las de una cierta trayectoria, suframos de alguna forma el efecto Bourne y que muchas de nuestras acciones se expliquen por estos subyacentes conflictos internos. Yo al menos, cuando observo alguno de los muchos casos que conozco de los dos tipos anteriores y de otros varios, no lo hago con ira sino más bien con piedad. El arrepentido suele ser una persona cuya identidad está deshilachada sin esperanza de recuperar un rumbo claro pues aquello que persigue es precisamente lo que le persigue a él mismo.

No hay que excluir tampoco que los sujetos históricos sufran del mismo mal, que el peso del pasado y la incapacidad de asumir las responsabilidades aparezca como fantasma que habita en las entretelas de los discursos identitarios. Muchos giros generacionales, políticos, nacionalistas, e incluso movimientos sociales pueden estar bajo el síndrome Bourne sin ser conscientes de que la re-acción lo es a la acción pasada. Es lo que solemos decir algunos-muchos: al fin y al cabo el sujeto es un significante vacío, por más que esté lleno de furia y ruido. 




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