viernes, 21 de octubre de 2016

Controversias digitales



Los espacios de enseñanza forman parte esencial de los espacios intermedios donde se reproducen nuestras identidades y donde los antagonismos pugnan por la hegemonía. ¿Que ocurre con estos espacios en el mundo globalizado en el que vivimos? Como otra gente que se dedica a la enseñanza profesionalmente, o habitan estos espacios como estudiantes o personas en formación, me encuentro perplejo ante los procesos de transformación en los que nos sumen los nuevos paisajes tecnológicos. ¿Cómo pensar las posibilidades y amenazas de estos entornos? ¿cómo ser conscientes de las direcciones hacia las que nos conducen estos cambios?  Son muchos los hilos de discusión que generan estas preguntas y me centraré solo en uno de ellos, motivado por una charla que escuché ayer a Paco Álvarez en un seminario en el que participamos en la UNAM, en México. No estoy seguro de si mi resumen hace justicia a sus palabras, pero me importa más, ahora, pensar sobre las ideas que creí escuchar por más que bordee el peligro de la simplificación.  Así que me disculpo por adelantado y, en cualquier caso, espero iniciar un diálogo constructivo:

La primera es una propuesta práctica: los entornos digitales habrían abierto una posibilidad de ruptura del espacio del aula y generación de un nuevo espacio educativo. Deberíamos construir, se aduce e implica en esta tesis, otros espacios de producción y distribución del conocimiento que no sean una mera reproducción del aula bajo la forma de "aulas digitales", "campos digitales", etc. Para ello habría que desarrollar nuevos instrumentos y programas educativos que generen una enseñanza distinta a la tradicional, en una nueva esfera pública digital de accesos y deliberación creada por las posibilididades tecnológicas actuales.

La segunda es una propuesta más teórica que justificaría  la iniciativa anterior. La idea es que la distribución abierta de conocimientos y enseñanzas, sin autoridades académicas jerarquizadas, generaría una especie de democracia epistémica. No importaría que las opiniones e hipótesis distribuidas por la red estuviesen equivocadas en muchos casos. El Teorema de Condorcet, al que muchos acuden como sustrato de democracia epistémica, sostiene que cuando el número de participantes aumenta, en el límite, los errores y aciertos convergen hacia una posición correcta. Dicho con palabras poco técnicas: a medida que la esfera pública se hace mayor disminuye la probabilidad de que las "masas" se equivoquen.

Las dos ideas son audaces y abren áreas de controversia separadas. Lo que hace interesante la propuesta es la unión de ambas: que la revolución de los espacios académicos se justifique porque la democracia generalizada produciría mayor inteligencia que los espacios jerarquizados por relaciones de autoridad epistémica en los que se basa la producción y distribución de conocimiento actual, basado en el aula, la escuela y la universidad que, a su vez, nacieron de las disciplinas (como instituciones de autoridad científica).

No puedo elaborar en tan pocas líneas una respuesta cabal a esta hipótesis. Además, mi corazón está partío al juzgar los pros y contras de todo lo que está implicado en ella. He dado muchas vueltas teóricas y he dedicado mucho esfuerzo práctico a la necesidad de repensar la educación, las humanidades y las instituciones de investigación y enseñanza en el nuevo entorno tecnológico. Y he pensado también mucho sobre las tensiones que crea el conocimiento experto en la democracia y la importancia del reconocimiento mutuo de voz en el ámbito del conocimiento a quienes una organización autoritaria consideraría puros legos. Por otra parte, mi natural suspicacia me hace sospechar del creciente interés que tienen los grandes poderes geoestratégicos en la creación de espacios digitales de enseñanza. Que el Banco Santander, por ejemplo, dedique sustanciales recursos a esta promoción, por loable que sea su contribución a la causa humana, me hace pensar con cuidado sobre las esquinas y callejones oscuros que pudiera esconder el optimismo digital ingenuo.

Me parece que habría que discutir por separado, por un lado,  la cuestión de si la migración a entornos reticulares sostenidos por las nuevas tecnologías trae por sí misma una posibilidad de transformación y reforma pedagógica y una distribución más justa de conocimiento y de capacidades, y por otro, si la ampliación del número de voces en una nueva esfera de producción de conocimientos sin los controles de calidad que suponían las viejas disciplinas, trae por sí misma una nueva era ilustrada basada en la democracia epistémica, que sería más lúcida que la organización piramidal que ordena la sociedad en legos y expertos. Me limitaré aquí a la primera cuestión de transformar los espacios de la escuela hacia una esfera digital.

Si y no. Lo que llamamos el capitalismo cognitivo, la sociedad del conocimiento o la sociedad de la información se fundamenta en dos procesos que aunque parezcan contradictorios, son la base de la nueva economía. El primero es la difusión generalizada del conocimiento como condición de una nueva forma de reproducción social: productores y consumidores necesitan un alto grado de conocimientos y experiencia para producir y consumir. Las viejas generaciones que no distinguen entre un android y el sistema Apple no son buenos consumidores; son poco elegibles para la obsolescencia programada en la que se apoya la nueva economía. Además,  la nueva forma de producción basada en el "hágase empresario de sí mismo", es decir, en la sustitución de los espacios productivos por la externalización de la producción en una  inmensa muchedumbre de trabajadores autónomos precarios, solo se puede realizar mediante una distribución amplia de las capacidades técnicas más primarias. Con este fin, es necesario romper no solo con las viejas estructuras sindicales sino también y sobre todo con los "monopolios" profesionales que se asentaban del poder de las viejas "profesiones". Ya no habrá obreros y profesionales. Sólo trabajadores autónomos que se han formado en instituciones "flexibles" o directamente en la red a través de la múltiple oferta digital.

El otro proceso, contrario, es la monopolización creciente de las capacidades técnicas y del conocimiento más avanzado. Es en lo que se basan los programas de la llamada "universidad de la excelencia" (ahora ya demasiado extendida, por lo que la nueva aristocracia académica comienza a distinguir entre universidad de la excelencia y universidad de la eminencia). Este proyecto socio-económico consiste en la creación de núcleos de productividad científica y tecnológica muy definidos y muy distanciados de la mediocridad generalizada con el objeto de garantizar el control de la Gran Ciencia y Tecnología, es decir, de la investigación avanzada que solamente puede desarrollarse con enormes recursos económicos y con la concentración de talento investigador. Es algo similar a lo que ocurre con las grandes empresas armamentísticas: cada vez venden más armas y crean más conflictos globales. Cada vez se guardan más de que los pobres no accedan al armamento avanzado.

Los dos procesos no solo no son contradictorios sino que avanzan paralelos y ambos exigen un entorno tecnológico en red. Lo que ocurre es que se están construyendo muros invisibles que hacen que lo que llamábamos bienes públicos, entre los que cabría considerar el conocimiento, ahora se estén transformando en "bienes de club" basados en permisos de acceso. Es sorprendente la ingenuidad de muchos que creen que porque se hayan apuntado a un curso digital en el MIT ya han accedido de algún modo al MIT (o a Stanford, o a Harvard). Quienes conocen un poco cómo funcionan los campus de estas universidades pueden dar fe de la distancia real en poder y capacidades entre el campus físico y el campus virtual.

Bajo estas condiciones, aunque es cierto que necesitamos repensar y reordenar nuestras formas de producción y distribución de conocimiento, y aunque es cierto todavía la vieja idea marxista de que el capitalismo crea las condiciones de su propia superación, me parece que el optimismo digital debe moderarse. No es posible jugar en los campos y con las reglas de quienes no quieren jugar a sino jugar contigo. Necesitamos repensar y reordenar los espacios educativos y de investigación. Pero debemos hacerlo en la dirección de transformar nuestras prácticas pedagógicas y de investigación creando un sistema epistémicamente más justo y no mas desigual, tal como es el que se está diseñando bajo una apariencia de aparente libre acceso universal y restricción oculta real.

Rompamos las jerarquías del aula pero no nos desarmemos de autoridad epistémica. Las disciplinas inventaron la esfera pública: la autoridad epistémica nacía de la crítica generalizada en el espacio, ya virtual entonces, del medio escrito: revistas, congresos, etc. Nacían así estructuras de autoridad que no estaban basadas en el puro poder del dominio, sino en la fuerza de las razones. Las mejores tradiciones académicas convirtieron las aulas en seminarios de discusión. Es lo que hizo la universidad humboldtiana, que ahora ya solo practican algunas universidades de élite. Necesitamos nuevas formas y espacios para crear y distribuir capacidades epistémcias sin las que sería ya imposible transformar la sociedad. Como siempre, los instrumentos pedagógicos son solo instrumentos que por sí mismos son inútiles sin una voluntad transformadora. Viejas formas de enseñanza autoritaria, confusa, incapaz, puede que se reproduzca y multiplique con los nuevos altavoces digitales. No es, o no es solo, la forma física del aula, es lo que ocurre dentro lo que transforma el espacio educativo. Construyamos sistemas educativos más justos por todos los medios posibles, pero pensemos en que la vieja propiedad de los medios de producción es ahora propiedad de los medios de creación e investigación avanzada. Y que la socialización de la propiedad no equivale a la redistribución de la miseria educativa sino a la real apropiación colectiva de la mejor educación.

Dejaremos para otro día la cuestión de la democracia epistémica.

1 comentario:

  1. Personalmente pienso que en términos generales la digitalización es bastante demencial. Lo positivo es abrir fuentes y referencias y comunicación desde lejos, el resto ...

    Cuanto más sabes, más fácil es aprender.

    Porque el cerebro no almacena datos, sino que los procesa. Es un conjunto de redes neuronales que, al conectarse, utilizan la información que está en ellas. Por eso, cuanto más cosas sepa usted, más puntos de conexión tiene la red de su cerebro y más fácil es establecer nuevos.

    Y, al contrario: cuanto más vacío está un cerebro, más cuesta llenarlo.

    Porque el cerebro funciona al revés que la memoria de un ordenador. Si usted sabe matemáticas, le será más fácil aprender física.

    ¿Usar Google en el cole dificulta a los niños establecer esa base de aprendizaje?

    Si usted graba la clase del profesor directamente en un archivo de ordenador, su mente, se lo aseguro, no aprende nada, porque no establece conexiones. Si los chicos usan Google y lo que encuentran no establece relación con lo que ya sabían, tampoco aprenden nada. Necesitan que alguien vaya estructurando lo que aprenden.

    Pues invertimos fortunas en ordenado- res escolares, iPads y tecnología digital.

    No sólo es tirar el dinero, sino que además es contraproducente. Los niños y adolescentes necesitan un buen educador sobre todo; toda esa tecnología sólo les distrae y les retrasa. Es triste ver niños smombies (zombies con smartphone) aislados de todo mirando su pantallita.

    Pero veo que usted lleva un ordenador.

    Porque soy un adulto y ya tengo una base que me dio una escuela en la que no tenía ordenadores, pero sí cuadernos, bolígrafos, pizarras y, sobre todo, un buen profesor que fue dándome estructuras sobre las que he ido construyendo lo que sé. Ahora sí que un ordenador y un smartphone me ayudan en tareas rutinarias siempre que no abuse de ellos.

    ¿Veía usted la tele en casa de niño?

    No, y con mis hijos tampoco. Y me lo agradecen: mientras crecían leíamos juntos y comentábamos libros; hablábamos de mil cosas; compartíamos experiencias, y nos hemos ahorrado muchas horas de telebasura. La tele causa obesidad, depresión, insomnio...

    Hasta ahora sólo decían que estupidez.

    También. Mis hijos han crecido más sanos y listos sin televisión y yo, también.

    http://www.lavanguardia.com/lacontra/20161022/411206688578/moviles-y-ordenadores-en-las-aulas-dificultan-el-aprendizaje.html

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