Acabo estos días las Tanner Lectures de Axel Honneth, Reification, "una nueva mirada a una vieja idea", reza el subtítulo; un libro en debate con otras voces como Judith Butler, a quien he leído también este año con respeto y pasión. Bueno, tiene interés, muy en su línea de teoría crítica, reivindicando la idea de cómo nos convertimos unos a otros en objetos cuando perdemos los lazos con la experiencia y la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Me sorprendió sin embargo que al final llegase, y dejase como colgado, a un tema que me subyugó, que me da vueltas últimamente: cómo es posible que uno llegue a tratarse a sí mismo como un objeto, que llegue a convertirse a sí mismo en un medio para sí mismo. Y, ciertamente, explica muy bien qué ocurre con tantas vidas fracasadas. No en lo social, pues suele coincidir con gente que alcanza altos lugares de poder o reconocimiento. Pero cuando te encuentras con ellos descubres cuan poco amor sienten por sí mismos: la cosa más difícil del mundo. Llegar, primero, a aceptarse; luego, a amarse, no a compadecerse sino a convivir con la propia trayectoria de una manera que no es la del orgullo del insolente ni la culpa del resentido sino la tranquilidad del amante. Mirarse al espejo sin culpa ni compasión, tampoco sin engaño: como nos ocurre con quienes amamos. Hay que ser muy valiente para amarse a sí mismo.
Hace un par de años, después de una conferencia, un colega famoso por su lengua viperina me dijo con toda la maldad que era capaz, y era capaz de mucha: "se nota que te quieres mucho a ti mismo". No, la verdad, ya me gustaría. Como el cuadro de Dorian Gray, guardo mis retratos en en las oscuras sombras de mi mente y no siempre soy capaz de mirarlos con tranquilidad, ni mucho menos con amor. Me gustaría aprender a hacerlo.
Me decían algunos familiares autoritarios que me educaron: "¡hay que tener amor propio!", lo decían para que te esforzases en competir, triunfar, ganarle a otros la partida. ¡Qué falsa es esa forma de ver el amor propio!: verás la derrota de los triunfadores en su incapacidad para conservar la mirada: no miran a los ojos porque ya no son capaces siquiera de mirar al espejo; miran su imagen, pero no se miran a los ojos. Se odian a sí mismos y transmutan ese odio en desprecio a todo el mundo.
Gustarse a sí mismo es lo contrario de amarse. Pasa lo mismo con los otros: puedes decirle "me gustas", ... pero si dices " te amo" el horizonte cambia.
Reflexiones en las fronteras de la cultura y la ciencia, la filosofía y la literatura, la melancolía y la esperanza
domingo, 26 de abril de 2009
martes, 21 de abril de 2009
El arte de la distancia
He dedicado largas horas a leer y pensar sobre las emociones desde hace muchos años porque en realidad aborrezco mi temperamento emocional. Es un castigo como otros tantos estigmas que uno tiene que soportar con el paquete de genes que le han tocado en suerte. Un temperamento emocional no tiene nada de romántico ni atractivo, es simplemente un defecto de la amígdala que dispara demasiado rápidamente las descargas de neurotransmisores que constituyen la base de las emociones. Muchos necesitan tirarse de un puente para descargar adrenalina: a mí me basta con leer la palabra "precipicio". Es como vivir a cámara rápida. Tu mente se desgasta en batallas navales en una tacita de té inglesa. Todo está demasiado lleno de color y querrías que en algún momento una nube de distancia oscureciese los brillos y te permitiese respirar, como cuando en un día de verano entras en una zona umbría. Uno desearía ser distante, impávido y aún indolente. Pero no: demasiadas norepirefrinas y dopaminas, escasas serotoninas y endorfinas. Me quejo, pero lo soporto con cierta dignidad: ya Aristóteles sabía de estas cosas y negaba que la cobardía consistiera en tener miedo y sostenía que la valentía consiste en superarlo y hacer lo que hay que hacer. Cierto, pero qué difícil es. Vivir con un exceso de emociones es como tener azúcar o hipertensión. Cosas que hay que controlar y que te hacen la vida menos agradable, pero no menos digna. Le das vueltas al papel positivo que cumplen las emociones en la vida pero sabes que no, que son como el colesterol: fue bueno mientras los humanos carecían de grasas, pero nada recomendable en un mundo sobrealimentado (en la pequeña parte del mundo que lo está).
Pensándolo bien, creo que mi gusto por la filosofía nació de que en cierta forma es parte de un viejo arte de la distancia: "filosofar es aprender a morir", decía Montaigne. Retirarte aunque sea virtualmente de tu propio cerebro para hacer que sea la conciencia de las cosas, y no las emociones que despiertan aquéllas, la que tenga el cargo de las decisiones: el auriga de Platón. No sé por qué sospecho que el pobre tenía un problema parecido; no se entiende de otra forma tanta inquina a poetas y artistas: amores no confesados de un emotivo incontinente.
Los que tienen el cerebro inundado de serotonina necesitan estímulos constantes y se convierten en personas de acción: se los encuentra en todos los líos. Necesitan el conflicto para que su cerebro funcione con normalidad. Sólo el peligro les hace sentirse vivos. Una delicia.
Leo estos días una sutil historia de ciencia ficción de las que inventamos los filósofos y me hace recordar mi temperamento: supongamos que encuentras una máquina capaz de transformar tu temperamento e incluso tu carácter (en fin, no sé si es bueno dar ideas para que Dermoestética amplíe el negocio). Supongamos que puedes elegir la combinación perfecta de acuerdo a tus cánones ideales. Supongamos que te ofrecen gratis una sesión que te transformará en ese ser que siempre deseaste ser: ¿la usarías?
El viejo Platón soñaba con un anillo que le convertiría en invisible (¿era también algo voyeur?) y se dio cuenta de que en el simple hecho de pensar en ello ya estaba implicado un problema moral. En esta máquina de cirugía mental se esconden no menos misteriosos problemas de sueños de identidad. ¿Se atrevería alguien a usarla?, ¿se atrevería alguien a no usarla?
Pensándolo bien, creo que mi gusto por la filosofía nació de que en cierta forma es parte de un viejo arte de la distancia: "filosofar es aprender a morir", decía Montaigne. Retirarte aunque sea virtualmente de tu propio cerebro para hacer que sea la conciencia de las cosas, y no las emociones que despiertan aquéllas, la que tenga el cargo de las decisiones: el auriga de Platón. No sé por qué sospecho que el pobre tenía un problema parecido; no se entiende de otra forma tanta inquina a poetas y artistas: amores no confesados de un emotivo incontinente.
Los que tienen el cerebro inundado de serotonina necesitan estímulos constantes y se convierten en personas de acción: se los encuentra en todos los líos. Necesitan el conflicto para que su cerebro funcione con normalidad. Sólo el peligro les hace sentirse vivos. Una delicia.
Leo estos días una sutil historia de ciencia ficción de las que inventamos los filósofos y me hace recordar mi temperamento: supongamos que encuentras una máquina capaz de transformar tu temperamento e incluso tu carácter (en fin, no sé si es bueno dar ideas para que Dermoestética amplíe el negocio). Supongamos que puedes elegir la combinación perfecta de acuerdo a tus cánones ideales. Supongamos que te ofrecen gratis una sesión que te transformará en ese ser que siempre deseaste ser: ¿la usarías?
El viejo Platón soñaba con un anillo que le convertiría en invisible (¿era también algo voyeur?) y se dio cuenta de que en el simple hecho de pensar en ello ya estaba implicado un problema moral. En esta máquina de cirugía mental se esconden no menos misteriosos problemas de sueños de identidad. ¿Se atrevería alguien a usarla?, ¿se atrevería alguien a no usarla?
sábado, 18 de abril de 2009
La geometría del olvido
Nuestro cerebro es muy complejo porque en realidad es muy simple: lo han configurado fuerzas elementales, muy elementales. Un equipo de neuroanatomistas (Claus C. Hilgetag y Helen Barbas, "Morfología del Cerebro", Investigación y ciencia, abril 2009) ha mostrado que los rugosos paisajes de las circunvoluciones de la corteza cerebral se forman por fuerzas de tensión que son las responsables de los plegamientos: ¿cómo encerrar en un cráneo la superficie de aproximadamente una paella para una docena de personas que ocuparía la sustancia gris? El crecimiento lo resuelve: las neuronas emiten axones que tiran de los bordes y van plegando la corteza, como si hinchásemos un globo que interiormente tiene hilos que sujetan múltiples puntos de la superficie. Lo interesante es que esas sujeciones son las responsables de lo que hacemos y podemos hacer: conectan áreas alejadas y son las que a la vez que dan creatividad limitan lo que se puede o no se puede pensar, lo que se puede o no se puede sentir. La topogénesis es elemental aunque el resultado sea tan ilimitadamente complejo. Es hermoso y fascinante que nuestra complejidad sea tan simple.
Me encontré con esta paradoja viendo la película Vals con Bashir, escrita y dirigida por un israelí, Ari Folman, en animación, en la que un antiguo soldado de la Guerra del Líbano de 1982 intenta llenar el hueco de su memoria que corresponde a las matanzas de los campos de Sabra y Chatila en las que cree que estuvo presente pero no recuerda. La película es fascinante por su meditación sobre la memoria y el olvido: un amigo médico le cuenta unos experimentos en los que se presentaron imágenes verdaderas y falsas a un grupo de pacientes. Las falsas contenían sus fotografías montadas en lugares donde no habían estado. Todos terminaron creando un relato que encajaba con las fotografías. El cerebro, dice el psiquiatra, cuando no tiene datos, cuando hay un agujero informativo, lo rellena. Lo inventa, vaya. Es así: geometría elemental. Es un sistema dinámico que no sobrevive sin información.
El jueves asistí al curso que organiza Carlos Thiebaut sobre políticas de la memoria. Estaba conmocionado después de ver dos documentales de Carmen Castillo, la mujer de Miguel Enríquez, dirigente del MIR asesinado por la DINA de Pinochet. Carmen vuelve a Chile en dos ocasiones: en una habla con una antigua militante que no soportó la tortura y se convirtió en delatora, la Flaca Alejandra. Más tarde se arrepiente, cuenta su historia a comienzos de los noventa y Carmen Castillo, que fue torturada embarazada, después de ver asesinar a su marido y que pudo escapar, la escucha impasible, escucha impasible a un torturador detenido y semiprotegido, que le pregunta cínico: ¿no me preguntas por tu marido?... en fin. El público estábamos atenazados y en silencio. Una alumna muy joven, con mucha delicadeza, preguntó --simplifico su pregunta--: ¿por qué tenemos que recordar estas cosas? No supimos, no supe, qué se puede responder. Decir que es un derecho de las víctimas es demasiado simple. A la Flaca Alejandra le había hecho la misma pregunta una hija de unos padres asesinados, y ella respondió: porque esta sociedad está llena de miedo. Pensé que podía responder así a la alumna: porque mientras no recordemos no nos curamos. Después de ver Vals con Bashir le respondería más sofisticadamente: porque la geometría del olvido es muy elemental. Basta con que le hurtemos los datos elementales para que la memoria cree su propio relato y se generen cuentos que terminaremos creyendo verdaderos. Los posmodernos sostienen que eso es lo que ocurre y que todos los relatos valen lo mismo, que la política de la memoria de la democracia es y debe ser una concurrencia de cuentos. Sí, claro. Lo que pasa que a veces no se nos curan las pesadillas.
Veo estos días la prensa y las librerías llenas de relatos heroicos del 23-F (por no decir nada de una serie de TV sobre la transición) y me viene a la memoria el experimento del psiquiatra israelí.
Me encontré con esta paradoja viendo la película Vals con Bashir, escrita y dirigida por un israelí, Ari Folman, en animación, en la que un antiguo soldado de la Guerra del Líbano de 1982 intenta llenar el hueco de su memoria que corresponde a las matanzas de los campos de Sabra y Chatila en las que cree que estuvo presente pero no recuerda. La película es fascinante por su meditación sobre la memoria y el olvido: un amigo médico le cuenta unos experimentos en los que se presentaron imágenes verdaderas y falsas a un grupo de pacientes. Las falsas contenían sus fotografías montadas en lugares donde no habían estado. Todos terminaron creando un relato que encajaba con las fotografías. El cerebro, dice el psiquiatra, cuando no tiene datos, cuando hay un agujero informativo, lo rellena. Lo inventa, vaya. Es así: geometría elemental. Es un sistema dinámico que no sobrevive sin información.
El jueves asistí al curso que organiza Carlos Thiebaut sobre políticas de la memoria. Estaba conmocionado después de ver dos documentales de Carmen Castillo, la mujer de Miguel Enríquez, dirigente del MIR asesinado por la DINA de Pinochet. Carmen vuelve a Chile en dos ocasiones: en una habla con una antigua militante que no soportó la tortura y se convirtió en delatora, la Flaca Alejandra. Más tarde se arrepiente, cuenta su historia a comienzos de los noventa y Carmen Castillo, que fue torturada embarazada, después de ver asesinar a su marido y que pudo escapar, la escucha impasible, escucha impasible a un torturador detenido y semiprotegido, que le pregunta cínico: ¿no me preguntas por tu marido?... en fin. El público estábamos atenazados y en silencio. Una alumna muy joven, con mucha delicadeza, preguntó --simplifico su pregunta--: ¿por qué tenemos que recordar estas cosas? No supimos, no supe, qué se puede responder. Decir que es un derecho de las víctimas es demasiado simple. A la Flaca Alejandra le había hecho la misma pregunta una hija de unos padres asesinados, y ella respondió: porque esta sociedad está llena de miedo. Pensé que podía responder así a la alumna: porque mientras no recordemos no nos curamos. Después de ver Vals con Bashir le respondería más sofisticadamente: porque la geometría del olvido es muy elemental. Basta con que le hurtemos los datos elementales para que la memoria cree su propio relato y se generen cuentos que terminaremos creyendo verdaderos. Los posmodernos sostienen que eso es lo que ocurre y que todos los relatos valen lo mismo, que la política de la memoria de la democracia es y debe ser una concurrencia de cuentos. Sí, claro. Lo que pasa que a veces no se nos curan las pesadillas.
Veo estos días la prensa y las librerías llenas de relatos heroicos del 23-F (por no decir nada de una serie de TV sobre la transición) y me viene a la memoria el experimento del psiquiatra israelí.
jueves, 16 de abril de 2009
Lo que importa
Estuvimos dándole vueltas este curso, en uno de los seminarios, a preguntas como ¿por qué ser veraz? y otras de este tipo; sigo ahora dándole vueltas a otras parecidas: ¿qué es lo que hace valioso el conocimiento? Cuando te dedicas a la filosofía te das cuenta de que las preguntas más elementales, las que te haría cualquier persona no experta son las más difíciles de responder. De hecho es la prueba del algodón para cualquier filósof@, levantar la mano y preguntar: ¿por qué me tiene que importar... (introdúzcase aquí el término que esté usando esa persona)?
Lo que vale, lo que importa: al final responder a esta pregunta es lo que importa. En los malos momentos de la vida es la pregunta que te cierra la garganta. En las épocas de crisis, es la pregunta que los dirigentes deberían hacerse, pero que sólo los pobres ciudadanos se hacen. Y te das cuenta de que la dificultad de responder no está afuera, como si la pregunta fuese intrínsecamente complicada, de hecho es la más sencilla de responder del mundo. El problema está dentro, está en la dificultad de saber qué responder.
Algunos aprovecharían para decirnos que necesitamos "educación en valores", pero ¿qué es educación en valores?, ¿ha de educarse el valorar o ha de educarse el saber valorar? y ¿cómo se puede educar este saber?
Foucault dio una especie de receta a la que le llevo dándole vueltas desde hace tiempo: sustituir el "conócete a tí mismo", la regla jesuítica del examen de conciencia, por el "cuida de tí mismo": la idea es que saber lo que importa no es iluminar con una luz algo que estaba en el sobrado oscurecido por el tiempo y que en las malas épocas se descubre perdido, como tantas películas de Hollywood nos han mostrado. Lo que importa es algo que debe ser cuidado como se cuida todo aquello que perece sin ejercicio. Sé que me importa la gente que quiero, querría desaparecer yo antes que ella para no experimentar el insoportable dolor de la pérdida, pero más que la gente que quiero me importa más el no perder la capacidad de amar: al final es lo más difícil de cuidar. Lo mismo podría decir de otras cosas que (me) importan: la confianza, la lucidez, etc. Cuidar de uno, cuidarnos unos a otros para preservar lo que importa. Preguntas tan elementales son desgarradoras. ¿Por qué importan esas cosas tan bellas de las que se habla: "solidaridad", "bienestar",...?, ¿de verdad importan? Quizá llegue un día en que, al saludarnos, en vez de preguntar por la salud comencemos a preguntarnos: ¿cómo anda tu confianza?, ¿cómo anda tu esperanza?, ¿cómo anda tu lucidez?, ¿cómo anda tu amor?, ... Vaya, y uno responde, bueno... estos días,....
Lo que vale, lo que importa: al final responder a esta pregunta es lo que importa. En los malos momentos de la vida es la pregunta que te cierra la garganta. En las épocas de crisis, es la pregunta que los dirigentes deberían hacerse, pero que sólo los pobres ciudadanos se hacen. Y te das cuenta de que la dificultad de responder no está afuera, como si la pregunta fuese intrínsecamente complicada, de hecho es la más sencilla de responder del mundo. El problema está dentro, está en la dificultad de saber qué responder.
Algunos aprovecharían para decirnos que necesitamos "educación en valores", pero ¿qué es educación en valores?, ¿ha de educarse el valorar o ha de educarse el saber valorar? y ¿cómo se puede educar este saber?
Foucault dio una especie de receta a la que le llevo dándole vueltas desde hace tiempo: sustituir el "conócete a tí mismo", la regla jesuítica del examen de conciencia, por el "cuida de tí mismo": la idea es que saber lo que importa no es iluminar con una luz algo que estaba en el sobrado oscurecido por el tiempo y que en las malas épocas se descubre perdido, como tantas películas de Hollywood nos han mostrado. Lo que importa es algo que debe ser cuidado como se cuida todo aquello que perece sin ejercicio. Sé que me importa la gente que quiero, querría desaparecer yo antes que ella para no experimentar el insoportable dolor de la pérdida, pero más que la gente que quiero me importa más el no perder la capacidad de amar: al final es lo más difícil de cuidar. Lo mismo podría decir de otras cosas que (me) importan: la confianza, la lucidez, etc. Cuidar de uno, cuidarnos unos a otros para preservar lo que importa. Preguntas tan elementales son desgarradoras. ¿Por qué importan esas cosas tan bellas de las que se habla: "solidaridad", "bienestar",...?, ¿de verdad importan? Quizá llegue un día en que, al saludarnos, en vez de preguntar por la salud comencemos a preguntarnos: ¿cómo anda tu confianza?, ¿cómo anda tu esperanza?, ¿cómo anda tu lucidez?, ¿cómo anda tu amor?, ... Vaya, y uno responde, bueno... estos días,....
jueves, 9 de abril de 2009
La encina herida
Estas vacaciones, un poco dubitante acerca de mis deberes y ocios, acabo haciendo lo que casi siempre acabo haciendo: releer a Rudyard Kipling. Había mirado con deseo varias veces la reciente y hermosísima traducción de sus últimos cuentos por Catalina Martínez en Acantilado (los dioses cuiden a esos editores y a sus sucesores: somos legión los que desearíamos poseer su colección completa, y aún leerla). Me daba a veces apuro confesar que era un lector impenitente de su obra hasta que leí la primera frase del Prólogo a El informe de Brodie de Borges, que transcribo orgulloso: "Los últimos relatos de Kipling fueron no menos laberínticos y angustiosos que los de Kafka o los de James, a los que sin duda supera; ... No pocos (...) son lacónicas obras maestras; alguna vez pensé que lo que ha concebido y ejecutado un muchacho genial puede ser imitado sin inmodestia por un hombre en los lindes de la vejez, que conoce el oficio". Leí de adolescente compulsivamente Stalky & Cía identificándome con el joven Beetle sorteando la miseria del internado. Conjeturé años después que el personaje (autobiográfico) pudo inspirar al Julio Samsa de La Metamorfosis (al menos el nombre). Nunca leí a Kipling como un autor para jóvenes e imperialista: el juicio de Borges es exacto. Al leer Bee, bee, ovejita negra me dejó pensativo la última frase del relato: "pues cuando unos labios jóvenes han bebido de las profundas y amargas aguas del odio, la sospecha y la desesperación, todo el amor del mundo no basta para borrar ese descubrimiento; aunque por un instante el amor pueda volver hacia la luz los ojos oscurecidos, y enseñar fe donde antes no la había". Terribles palabras sobre la vulnerabilidad de los niños y jóvenes sometidos a la arbitrariedad y autoritarismo. Casi todos los personajes de Kipling, incluso los más entrañables que aparecen en Kim, El libro de las tierras vírgenes, o Historias de Puck tratan de jóvenes que tienen que sobrevivir a sus educadores.
Pensaba en ellas paseando por los encinares (otra de las inevitables re-ocupaciones cuando nada importa más) y observando lo que el tiempo hace con las rocas graníticas del berrocal:

Hermosa piedra rota. Parecería que nada hay más invulnerable que la piedra, pero lleva la fragilidad en el corazón. El tiempo y lo hielos la manifiestan. Los encinares que rodeaban la piedra parecían refutar esta melancólica observación. Cientos de años de vida esplendorosa:

Parecían las encinas sobrevivir a sus peores enemigos. La Raya de Portugal, la inmensa dehesa desde Zamora a Huelva: un ejemplo inabarcable de voluntad de vida (lo que más me hirió de Aznar, en su reinado, fue la respuesta que dió una vez a un periodista que le había preguntado en una cumbre hispano-portuguesa por si habían hablado de los problemas de la Raya de Portugal: "¿La Raya? ¿Qué es la Raya?,¡ je, je!). Sobreviven las encinas en su majestuosa belleza a todos los aznares. Están ahí desde los vetones, comedores de bellotas, sacrificadores de enemigos y constructores de castros.
Me preguntaba si quienes creen, como Kant, en la metáfora del "fuste torcido de la Humanidad", habrán llegado a saber alguna vez que sólo hieren pero no educan. Me consolaba pensar que, como los personajes de Kipling, las encinas se las arrreglan para sortear con astucia a los enderezadores.
Entonces la encontré. También ella había sido herida:
Pensaba en ellas paseando por los encinares (otra de las inevitables re-ocupaciones cuando nada importa más) y observando lo que el tiempo hace con las rocas graníticas del berrocal:

Hermosa piedra rota. Parecería que nada hay más invulnerable que la piedra, pero lleva la fragilidad en el corazón. El tiempo y lo hielos la manifiestan. Los encinares que rodeaban la piedra parecían refutar esta melancólica observación. Cientos de años de vida esplendorosa:

Parecían las encinas sobrevivir a sus peores enemigos. La Raya de Portugal, la inmensa dehesa desde Zamora a Huelva: un ejemplo inabarcable de voluntad de vida (lo que más me hirió de Aznar, en su reinado, fue la respuesta que dió una vez a un periodista que le había preguntado en una cumbre hispano-portuguesa por si habían hablado de los problemas de la Raya de Portugal: "¿La Raya? ¿Qué es la Raya?,¡ je, je!). Sobreviven las encinas en su majestuosa belleza a todos los aznares. Están ahí desde los vetones, comedores de bellotas, sacrificadores de enemigos y constructores de castros.
Me preguntaba si quienes creen, como Kant, en la metáfora del "fuste torcido de la Humanidad", habrán llegado a saber alguna vez que sólo hieren pero no educan. Me consolaba pensar que, como los personajes de Kipling, las encinas se las arrreglan para sortear con astucia a los enderezadores.
Entonces la encontré. También ella había sido herida:
lunes, 6 de abril de 2009
De (-) generaciones y distancia.
La distancia psicológica entre generaciones es inversamente proporcional a su a cercanía temporal: es mi discutible experiencia. La idea de generaciones es, desde Ortega, tan ilustrativa como problemática, por eso no doy demasiada importancia a mis apreciaciones: con mi propia generación me reconcilio y me revuelvo contra ella, así que no me parece muy generalizable lo que afirmo. Por otro lado, la distancia vital no tiene que ver con la distancia afectiva y personal: algunos de mis mejores amig@s pertenecen a la generación de la que voy a hablar, así que todo lo que siento es contradictorio, como casi todo en lo que tiene que ver con estereotipos. Cierto, pero algo queda. Como los signos del Zodiaco, la idea de generación sirve como apoyo a cualquier cosa que no sea seguridad cognitiva. Es más una ocasión para un buen par de cervezas y una buena conversación que el argumento de un debate serio. Pero estoy de vacaciones y uno relaja sus estándares. Como Mae West. Lo digo porque me ocurre que siento hace tiempo que me encuentro más cómodo entre mi generación y entre la generación que salta sobre la siguiente a la mía que entre la que me sigue. Pongo un ejemplo personal, que no debería ser considerado más que como ejemplo circunstancial: con el pensamiento de Savater, me entiendo. Admiro intensamente su prosa como la mejor de la segunda mitad del XX (excluyendo a Sánchez Ferlosio); discrepo en muchas cosas filosóficamente, entre ellas en su concepción de la filosofía; coincido y discrepo en sus actitudes políticas; coincido y discrepo en sus formas personales, pero todo lo que hace y escribe me pertenece como me pertenecen las contradicciones de una generación a la que pertenezco en una de sus fronteras (inferiores). Me entiendo con lo que hace y escribe Amador Fernández Savater, dos generaciones más recientes, especialmente cuando leo sus alegatos en Archipiélago o Espai en Blanc, siento simpatía por su forma de estar en el mundo y si discrepo es desde una cercanía experiencial que me asombra por la distancia generacional. Y sin embargo (es sólo un ejemplo, insisto) cuando leo a un discípulo de Savater, exitoso e interesante, Juan Antonio Rivera (Menos Utopía y más libertad), me parece como si yo fuera de Marte y quien escribe ese texto de Alfa-Centauri. Ese libro es un manifiesto contra los "progres" en un tono muy de hace unos años (en mi anterior post hablé ya de mis prevenciones contra ese término y concepto), pero eso es lo de menos. Lo que importa es la distancia entre el sentido entre líneas del texto, el discurso de una generación que ahora cumple la edad de tener la capacidad de determinar nuestro destino, y mi forma de caminar por las calles. Es la generación que ordena el país desde hace una década. No me importa su tendencia política ni su pertenencia social. Son como son no sé por qué: no hay culpas ni culpables, no hay nada de lo que acusarse más que constatar la distancia hermenéutica: que la idea de Utopía les produzca alergia, es una constante generacional; que miren a los de la década anterior con tanta ira como impaciencia, es una apreciación estadística; que crean que el futuro es lo que les espera como su huerta privada, es comprensible. Yo no acabo de encontrarme en el terreno simbólico con esa generación: ni en la filosofía ni en el arte ni en la literatura. Sólo me encuentro en lo personal: ahí no creo saber hacer distinciones generacionales. No sé por qué, cuando leo, escucho, experimento, la cultura que están produciendo me siento interpelado pero no acogido. Sospecho (sospecho de mí sobre todo) que es porque es la generación que te presiona, la que te exige y pregunta con poca complacencia, y a la que no sabes responder adecuadamente. Pero es lo que hay. Y sin embargo, cuando paseo por MediaLab, por La Casa Encendida, por los laboratorios de Robótica, por las zonas raras de las librerías a las que acceden los que están llegando, cuando hablo con y escucho a la generación de los becarios y de los precarios, me siento como en casa. Entiendo su pavor, entiendo su lenguaje, entiendo su imaginario. No hay explicación racional, es cosa de física y química. Se ve que mi horizonte se aproxima más a la jubilación que al júbilo. Vaya por dios.
sábado, 4 de abril de 2009
La nostalgia en la balanza
Hoy me reúno con viej@s compañer@s de los años grises: militantes de un mismo grupo que deciden verse al cabo de décadas y comprobar que siguen vivos. No todos ya, algunos hemos permanecido en contacto, otros no. No sé si es un ejercicio de nostalgia. Nuestro presidente afirmaba hace unos días en el congreso de la UGT, en ese tono enfático, esdrújulo, espasmódico, con el que suele estucar sus carencias léxicas, retóricas e ideológicas, y que ha infectado a todo el Gobierno y a la mitad de su partido: "Entre la nostalgia y la esperanza, me quedo con la esperanza". Vaya, sí, política y mediáticamente correcto. Escucho una y otra vez a los tertulianos sarcasmos contra los progres de los años de la dictadura, les oigo definirlos con estereotipos como las barbas, las panas, los posters, las carreras y los vinos en el bar de la facultad. Cuánto está por escribir de aquellos años. Nada en mi experiencia tiene que ver con esos brochazos. O muy poco, no me reconozco ni a ningun@ de l@s compañer@s. El trabajo militante de aquellos años, el que de verdad se hacía, llevaba mucho tiempo y era de otro jaez: organizar en las asociaciones de los barrios cursos para quienes no podían acceder a la universidad, lecturas de poesía, teatro, excursiones, campamentos (!cuántas vacaciones se fueron en trabajos que ahora llaman de ong!), encuestas que te permitían hablar con las familias y conocer sus problemas, reuniones de vecinos para pensar en cómo llevar el barrio, el pueblo,..., montar asociaciones profesionales, buscar unas pesetas para organizar actividades, en fin, un rollo pesado y complicado.
Los militantes de los grupos hacían de asistentes sociales, de maestros, de consejeros sentimentales. Sólo ocasionalmente conseguías una protesta, una manifestación, una carta,... La mayoría del tiempo se parecía mucho más a un largo, tedioso, esforzado trabajo de educación. Comprobabas a veces como una trabajadora de una fábrica de zapatillas, con problemas de autoestima y soledad, en dos años cambiaba psíquica y físicamente. De ponerse colorada cuando alguien le preguntaba algo, era capaz de asistir a una asamblea de varios cientos en una facultad o un barrio, levantarse y desarrollar un discurso ante los sofisticados estudiantes con complejos razonamientos en los que aparecían citas de los libros que había leído, sí, pero también el orgullo de quien se ha hecho cargo de su vida y empuja la de los otros. Dos años de fines de semana trabajando libros, encuestas, hablando con lenta y cuidadosa aproximación a la experiencia personal de gente diversísima, producían a veces lo que los románticos llamaban bildung, formación, capacidad para relatar la vida propia. Eso era la militancia contra la dictadura. Lo otro, las noches en blanco con la vietnamita, las buzonadas, los saltos ante la social, las carreras del uno de mayo eran puro deporte y dosis de adrenalina. Y también las interminables reuniones discutiendo el sexo de los ángeles (exactamente como ahora en los claustros y departamentos: confusiones de la lucha de Clases con la lucha de clase). Eso era lo adjetivo.
No había progres. Yo no me acuerdo de ellos. En la clase conocías a los tres o cuatro que estaban organizados y cuya vida era igualmente complicada que la tuya, entre el estudio y lo otro, el resto, varios cientos, no, el resto llevaba su vida y su trabajo, no perdían el tiempo como uno, avanzaban en la vida y te la perdonaban con distancia.
No sé si perdí la juventud en oscuros locales de barrios. En la transición, luego, me cansé de discusiones tontas y además necesitaba ya centrarme en el estudio. Veo ahora a la gente de entonces con un cariño infinito. No sé si es nostalgia. En cualquier caso no renuncio a ella. Además, aunque nuestro presidente crea lo contrario, ni siquiera veo nostalgia en los ojos amigos, la nostalgia es aún una emoción de optimistas: los que creen que aquél pasado fue mejor. Ni siquiera llamaría nostalgia lo que siento: lo que queda tras la nostalgia es melancolía, ese sentimiento que suscita el saber que las cosas podrían haber ido de otra forma y no lo fueron. En el 77 teníamos democracia, es cierto, pero no lo es menos que todos los partidos se esforzaron cuidadosamente por destejer las redes sociales de asociaciones, grupos, etc. Se distribuyó droga abundantemente, se organizaron movidas, se instauró un país de nuevos ricos. Tuvimos democracia, pero una generación se perdió por senderos del bosque.
Entre la nostalgia y la esperanza: no quiero elegir, señor presidente. Tengo una razón para no hacerlo.
Los militantes de los grupos hacían de asistentes sociales, de maestros, de consejeros sentimentales. Sólo ocasionalmente conseguías una protesta, una manifestación, una carta,... La mayoría del tiempo se parecía mucho más a un largo, tedioso, esforzado trabajo de educación. Comprobabas a veces como una trabajadora de una fábrica de zapatillas, con problemas de autoestima y soledad, en dos años cambiaba psíquica y físicamente. De ponerse colorada cuando alguien le preguntaba algo, era capaz de asistir a una asamblea de varios cientos en una facultad o un barrio, levantarse y desarrollar un discurso ante los sofisticados estudiantes con complejos razonamientos en los que aparecían citas de los libros que había leído, sí, pero también el orgullo de quien se ha hecho cargo de su vida y empuja la de los otros. Dos años de fines de semana trabajando libros, encuestas, hablando con lenta y cuidadosa aproximación a la experiencia personal de gente diversísima, producían a veces lo que los románticos llamaban bildung, formación, capacidad para relatar la vida propia. Eso era la militancia contra la dictadura. Lo otro, las noches en blanco con la vietnamita, las buzonadas, los saltos ante la social, las carreras del uno de mayo eran puro deporte y dosis de adrenalina. Y también las interminables reuniones discutiendo el sexo de los ángeles (exactamente como ahora en los claustros y departamentos: confusiones de la lucha de Clases con la lucha de clase). Eso era lo adjetivo.
No había progres. Yo no me acuerdo de ellos. En la clase conocías a los tres o cuatro que estaban organizados y cuya vida era igualmente complicada que la tuya, entre el estudio y lo otro, el resto, varios cientos, no, el resto llevaba su vida y su trabajo, no perdían el tiempo como uno, avanzaban en la vida y te la perdonaban con distancia.
No sé si perdí la juventud en oscuros locales de barrios. En la transición, luego, me cansé de discusiones tontas y además necesitaba ya centrarme en el estudio. Veo ahora a la gente de entonces con un cariño infinito. No sé si es nostalgia. En cualquier caso no renuncio a ella. Además, aunque nuestro presidente crea lo contrario, ni siquiera veo nostalgia en los ojos amigos, la nostalgia es aún una emoción de optimistas: los que creen que aquél pasado fue mejor. Ni siquiera llamaría nostalgia lo que siento: lo que queda tras la nostalgia es melancolía, ese sentimiento que suscita el saber que las cosas podrían haber ido de otra forma y no lo fueron. En el 77 teníamos democracia, es cierto, pero no lo es menos que todos los partidos se esforzaron cuidadosamente por destejer las redes sociales de asociaciones, grupos, etc. Se distribuyó droga abundantemente, se organizaron movidas, se instauró un país de nuevos ricos. Tuvimos democracia, pero una generación se perdió por senderos del bosque.
Entre la nostalgia y la esperanza: no quiero elegir, señor presidente. Tengo una razón para no hacerlo.
viernes, 3 de abril de 2009
Yo lo vi
Yo lo vi, dice el testigo, como en el grabado de Los desastres de la guerra de Goya. Se me ocurre después de una conversación con un entrañable amigo de la Universidad del Valle de Cali, que está por aquí de visita, sobre cosas de la memoria de los tiempos y me cuenta que de pequeño, en una aldea cerca de Cali donde tenían una propiedad, entró un día el ejército y mató a trescientos aldeanos. El capitán había prometido matar a cien por cada uno de sus tres hombres que habían matado los guerrilleros. Mi amigo era niño y lo vio. Los montones de cadáveres eran mayores que su altura. Él lo vio. Con razón nunca ha podido olvidarlo. Conversé hace dos años en Medellín con otro profesor que provenía de una zona en la que los paras habían expulsado de sus tierras a los campesinos por un método expeditivo: los habían desmembrado vivos con motosierras. Antes de matarlos les dijeron que los desmembraban para que nadie encontrase después sus huesos, que desperdigaron cuidadosamente por la zona. Eran ya tiempos más recientes y no tenían intención de someterse a juicios. A mi amigo le había sucedido una curiosa experiencia. Era (es) profesor de filosofía política y le habían encargado de dar un seminario de introducción a la democracia a unos jefes de los paras, en la nueva política de reinserción que se ha llevado a cabo recientemente. Se preguntaba si entre aquellos asistentes estarían algunos de los responsables de la matanza. Le asombraba que no sintieran culpa, y que razonasen con tranquilidad sobre el derecho a la violencia cuando el estado no alcanza para protegerlos. Comenté este caso con mi amigo de Cali y añadió el dato de que otra forma de desmembramiento habitual era atar al campesino a cuatro Toyotas. Me pregunto si esos paras sabían que era un castigo acostumbrado en las tribus bárbaras que invadieron el imperio romano y que fue heredado en la Edad Media. Quizá no: ellos pensaban estar defendiendo la civilización occidental.
Quienes se dedican a temas de procesos de transición, y tengo a mi alrededor a varias personas que lo hacen, insisten en que no se debe detener el intelecto en las barbaridades para no perder el hilo de lo esencial. Pero yo no puedo: la memoria de los testigos directos tiene para mí algo de sagrado. Paseando un día por la Sierra de Salamanca tuve ocasión de conversar con un viejo, ya medio ciego, que cuidaba una huertita con su viña. A las pocas frases me dijo: le voy a contar un sucedido que me ocurrió aquí mismo. Lo que le había ocurrido es que una noche en la inmediata posguerra había ido a esa misma viña a llevar alimentos a su padre que estaba escondido para escapar a un más que probable paseo de los falangistas. A la vuelta, en la carretera, a altas horas de la madrugada, se escondió porque vio llegar un par de camiones. Bajaron a una familia entera, padre, madre, varios niños, y algunos más: once personas. Los fusilaron allí tras los muros de una casa de camineros. Él tenía nueve años y estaba contento porque ahora ya mayor era capaz por fin de poder contar aquello. Entendí las razones de su silencio.
La ira, dice Aristóteles en la Retórica, es el sentimiento que se despierta cuando nos hacen un daño que no merecemos. A veces, cuando desaparece la ira queda otra emoción, de largo plazo, el resentimiento. Junto a la culpa, es una emoción o actitud afectiva esencialmente moral: la moral está hecha al final de culpa y resentimiento. Hay personas y pueblos que quedan encastrados en el resentimiento y no pueden ser curados por el tiempo. El duelo no hace su labor. Se ha dicho del pueblo hebreo. Ahora ya ha hay varios más que tardarán en ser curados. Las políticas de la memoria, de nuevo, deben soslayar esos relatos de crueldad para hacer un trabajo frío de dar nombres, recobrar huesos, enterrar muertos. Pero a veces un testigo viene y te lo cuenta. Y no puedes sino volverlo a contar y no te importa que con ello el resentimiento no se cure.
Quienes se dedican a temas de procesos de transición, y tengo a mi alrededor a varias personas que lo hacen, insisten en que no se debe detener el intelecto en las barbaridades para no perder el hilo de lo esencial. Pero yo no puedo: la memoria de los testigos directos tiene para mí algo de sagrado. Paseando un día por la Sierra de Salamanca tuve ocasión de conversar con un viejo, ya medio ciego, que cuidaba una huertita con su viña. A las pocas frases me dijo: le voy a contar un sucedido que me ocurrió aquí mismo. Lo que le había ocurrido es que una noche en la inmediata posguerra había ido a esa misma viña a llevar alimentos a su padre que estaba escondido para escapar a un más que probable paseo de los falangistas. A la vuelta, en la carretera, a altas horas de la madrugada, se escondió porque vio llegar un par de camiones. Bajaron a una familia entera, padre, madre, varios niños, y algunos más: once personas. Los fusilaron allí tras los muros de una casa de camineros. Él tenía nueve años y estaba contento porque ahora ya mayor era capaz por fin de poder contar aquello. Entendí las razones de su silencio.
La ira, dice Aristóteles en la Retórica, es el sentimiento que se despierta cuando nos hacen un daño que no merecemos. A veces, cuando desaparece la ira queda otra emoción, de largo plazo, el resentimiento. Junto a la culpa, es una emoción o actitud afectiva esencialmente moral: la moral está hecha al final de culpa y resentimiento. Hay personas y pueblos que quedan encastrados en el resentimiento y no pueden ser curados por el tiempo. El duelo no hace su labor. Se ha dicho del pueblo hebreo. Ahora ya ha hay varios más que tardarán en ser curados. Las políticas de la memoria, de nuevo, deben soslayar esos relatos de crueldad para hacer un trabajo frío de dar nombres, recobrar huesos, enterrar muertos. Pero a veces un testigo viene y te lo cuenta. Y no puedes sino volverlo a contar y no te importa que con ello el resentimiento no se cure.
domingo, 29 de marzo de 2009
El cálamo de las gamonitas
Las gamonitas han comenzado a florecer en Monfragüe. Nacen entre la jara y su tallo se eleva para desenvolver unas flores arracimadas, blanquísimas, perfectas en sus perfiles.
La caña de la gamonita se empleó en el Renacimiento y Barroco español para un sorprendente oficio: seca ya, se le sacaba punta y se usaba como grafio o buril para el esgrafiado en los paneles pintados al temple de los cuadros y retablos. Con el cálamo de la gamonita se dibujaron los ornamentos de los trajes que vestían los santos de las tablas renacentistas. El cálamo tenía la fragilidad precisa para romperse en el punto en que pudiera afectar al pan de oro al que cubría el temple (una mezcla de yema de huevo como emulsionante y de pigmento puro; una pintura de secado rápido que antecedió al óleo hasta el Renacimiento). El cálamo incidía sin hacer daño. En el momento preciso se rompía.
Aprendí esto y una infinidad de cosas con un anónimo explicante que me enseñó a ver el retablo de Arroyo de la Luz. Un increíble documento de simbología religiosa en los primeros momentos de la contrreforma.

Había ido por recomendación de Raquel Rodríguez y su compañero a ver los cuadros de Luis de Morales en el retablo, una luminosa colección de aquél sutil, místico manierista que en ciertos aspectos estiliza a Rafael, pero en otros muchos deberíamos considerar el primer prerrafaelita.
El caso es que aprendí casi todo de Morales, el manierismo y la técnica de retablos de mi increíblemente bien informado cooperante que explicaba el templo y con quien he contraído una deuda que espero que la suerte me permita pagar.
La metáfora del cálamo de la gamonita me estuvo rondando todo el día. Por la tarde, paseando por el sacro lugar de los Berruecos de Malpartida de Cáceres, una acumulación de eflorescencias graníticas, batolitos, en los que Vostell encontró el mejor contraste para sus reflexiones sobre la sociedad industrial, un espacio en el que el mensaje de Fluxus adquiere completo sentido. Picad un momento en esta foto para sentir por un instante el milagro que sólo el arte consigue:
Es la más perfecta fusión de arte y naturaleza que jamás haya visto. El aprovechamiento y la transfomación de un paisaje que por la forma de la mirada se hace doblemente sublime. El museo Vostell es, y he visto innumerables, el primero en mi corazón:

Tuve ocasión de conocer a su viuda. Le pregunté inmediatamente lo que llevaba preguntándome desde hace años: ¿cómo rayos pudo conseguir Vostell un cazabombardero para convertirlo en un nido de cigüeñas? La historia no tiene desperdicio: fue poco antes de la caída del muro. Los rusos mandaron al desgüace su parafernalia militar y empezaron a vender a trozos, literalmente a trozos, su arsenal. Baratísimo: Vostell quería traerse a Cáceres media guerra fría.
Al rato tuve que escuchar una conferencia de un tal sobre el arte contemporáneo. Mis ojos estaban llenos de Morales, pero aquello se convirtió en un confuso álbum de diapositivas y comentarios que reiteraban el cansino recitativo de los dandis: "dios ha muerto, el arte ha muerto y yo mismo estoy que me duermo". Empleaba como explicación el concepto de "narcolepsia". A mi alrededor los oyentes se despertaban, reían las gracias de doce o trece comentarios de sus ciento veinte diapositivas y volvían al sopor. Justicia poética. Me preguntaba por qué los estetas no nos explican, no ayudan a encontrar sentido a un trabajo que sólo a veces es banal, y casi siempre penetrante. Comparaba a mi anónimo maestro del retablo y a este famoso intelectual que deslumbraba sin alumbrar. Ya me daba igual: en mis ojos se habían metido las flores de las arvejas (el guisante silvestre), la candela (se denomina así en ciertos sitios a la flor de la encina), el espino albar y el cantueso o tomillo de corpus, nuestra humilde lavanda, y lo demás era contingente. Gracias a la fotografía conservaré algunas imágenes del paseo por Monfragüe:



Me pregunto por qué quienes tenemos la palabra en la escritura no volvemos al cálamo de la gamonita: desvelar lo que está debajo sin romperlo, por qué no volvemos a la obra bien hecha y a emplear el tiempo en darle sentido a las cosas. Hay demasiados comisarios en el arte contemporáneo y demasiados pocos "curatores", cuidadores. Volverá a florecer la gamonita.
La caña de la gamonita se empleó en el Renacimiento y Barroco español para un sorprendente oficio: seca ya, se le sacaba punta y se usaba como grafio o buril para el esgrafiado en los paneles pintados al temple de los cuadros y retablos. Con el cálamo de la gamonita se dibujaron los ornamentos de los trajes que vestían los santos de las tablas renacentistas. El cálamo tenía la fragilidad precisa para romperse en el punto en que pudiera afectar al pan de oro al que cubría el temple (una mezcla de yema de huevo como emulsionante y de pigmento puro; una pintura de secado rápido que antecedió al óleo hasta el Renacimiento). El cálamo incidía sin hacer daño. En el momento preciso se rompía.Aprendí esto y una infinidad de cosas con un anónimo explicante que me enseñó a ver el retablo de Arroyo de la Luz. Un increíble documento de simbología religiosa en los primeros momentos de la contrreforma.

Había ido por recomendación de Raquel Rodríguez y su compañero a ver los cuadros de Luis de Morales en el retablo, una luminosa colección de aquél sutil, místico manierista que en ciertos aspectos estiliza a Rafael, pero en otros muchos deberíamos considerar el primer prerrafaelita.
El caso es que aprendí casi todo de Morales, el manierismo y la técnica de retablos de mi increíblemente bien informado cooperante que explicaba el templo y con quien he contraído una deuda que espero que la suerte me permita pagar.La metáfora del cálamo de la gamonita me estuvo rondando todo el día. Por la tarde, paseando por el sacro lugar de los Berruecos de Malpartida de Cáceres, una acumulación de eflorescencias graníticas, batolitos, en los que Vostell encontró el mejor contraste para sus reflexiones sobre la sociedad industrial, un espacio en el que el mensaje de Fluxus adquiere completo sentido. Picad un momento en esta foto para sentir por un instante el milagro que sólo el arte consigue:
Es la más perfecta fusión de arte y naturaleza que jamás haya visto. El aprovechamiento y la transfomación de un paisaje que por la forma de la mirada se hace doblemente sublime. El museo Vostell es, y he visto innumerables, el primero en mi corazón:
Tuve ocasión de conocer a su viuda. Le pregunté inmediatamente lo que llevaba preguntándome desde hace años: ¿cómo rayos pudo conseguir Vostell un cazabombardero para convertirlo en un nido de cigüeñas? La historia no tiene desperdicio: fue poco antes de la caída del muro. Los rusos mandaron al desgüace su parafernalia militar y empezaron a vender a trozos, literalmente a trozos, su arsenal. Baratísimo: Vostell quería traerse a Cáceres media guerra fría.
Al rato tuve que escuchar una conferencia de un tal sobre el arte contemporáneo. Mis ojos estaban llenos de Morales, pero aquello se convirtió en un confuso álbum de diapositivas y comentarios que reiteraban el cansino recitativo de los dandis: "dios ha muerto, el arte ha muerto y yo mismo estoy que me duermo". Empleaba como explicación el concepto de "narcolepsia". A mi alrededor los oyentes se despertaban, reían las gracias de doce o trece comentarios de sus ciento veinte diapositivas y volvían al sopor. Justicia poética. Me preguntaba por qué los estetas no nos explican, no ayudan a encontrar sentido a un trabajo que sólo a veces es banal, y casi siempre penetrante. Comparaba a mi anónimo maestro del retablo y a este famoso intelectual que deslumbraba sin alumbrar. Ya me daba igual: en mis ojos se habían metido las flores de las arvejas (el guisante silvestre), la candela (se denomina así en ciertos sitios a la flor de la encina), el espino albar y el cantueso o tomillo de corpus, nuestra humilde lavanda, y lo demás era contingente. Gracias a la fotografía conservaré algunas imágenes del paseo por Monfragüe:



Me pregunto por qué quienes tenemos la palabra en la escritura no volvemos al cálamo de la gamonita: desvelar lo que está debajo sin romperlo, por qué no volvemos a la obra bien hecha y a emplear el tiempo en darle sentido a las cosas. Hay demasiados comisarios en el arte contemporáneo y demasiados pocos "curatores", cuidadores. Volverá a florecer la gamonita.
jueves, 26 de marzo de 2009
¿Educación o cultura?
El Ateneo de Cáceres (una increíblemente activa, dinámica y envidiable institución, que, como casi todo, funciona sólo por y con el entusiasmo de la buena gente) organiza estos días un curso/congreso con el intrigante título de "¿Cultura o Educación?". Me he distraído combinando la pareja de términos y construyendo posibles situaciones y sociedades en las que se promocionen las dos, una o ninguna. La concepción romántica de la formación de la persona y del pueblo, la Bildung, consideraba que ambas no pueden ir sino juntas (Me acaba de llegar el último libro de José Luis Molinuevo: Magnífica miseria. Dialéctica del romanticismo. CENDEAC, 2009 en el que elabora el romanticismo siempre presente en nuestra época visual, y fue la primera ojeada el comienzo de esta extraña elucubración). Pues eso: el romanticismo, una forma de ilustración, sostiene que la cultura sólo existe si forma y desarrolla al sujeto, lo educa y lo transforma. Tiene una visión muy normativa de la cultura. Pero hay otras maneras de entender la cultura mucho más etnográficas en las que se trata solamente de prácticas, ritos, artefactos, universos simbólicos, maneras de comer, de matar y de amar, en los que la educación puede estar o no. La educación, por su parte, es un proyecto social de transformación de la mente (y las habilidades. Los intelectualistas (Jose Luis Pardo, Esto no es música) consideran que la educación no debe tener que ver con destrezas y habilidades), en particular de las mentes más plásticas: niños y jóvenes, con el objeto de convertirlos en ciudadanos, pues se considera que un ciudadano debe tener un grado de cultura normalizado para ser considerado como tal. Hay pues, también, posibilidades de educación como normalización sin cultura: adoctrinamiento, adiestramiento, etc. Me gustaría una cultura como cultivo más que como culto, una educación que no fuese e-ducere, llevar a la gente, sino educarnos y enseñarnos unos a otros (hace años que aprendo más de los alumnos que lo que enseño), me gustaría una sociedad, en realidad, sin cultura ni educación en los sentidos oficiales y burocráticos, sin cultos ni maestros. Mientras tanto...
Otra cosa: como todas las primaveras me sorprenden los lirios de Getafe: nacen milagrosamente en un cruce inmenso de carreteras, en un terraplén que nadie cuida ni plantó, nacen a docenas, llenan de violetas la mirada, afirman la vida contra el cemento. Celebran la esperanza. Cuando en la A42 nacen los lirios es que la primavera está cerca (me parece que uno de los evangelios dice algo parecido)
Otra cosa: como todas las primaveras me sorprenden los lirios de Getafe: nacen milagrosamente en un cruce inmenso de carreteras, en un terraplén que nadie cuida ni plantó, nacen a docenas, llenan de violetas la mirada, afirman la vida contra el cemento. Celebran la esperanza. Cuando en la A42 nacen los lirios es que la primavera está cerca (me parece que uno de los evangelios dice algo parecido)
martes, 24 de marzo de 2009
De un niño de provincias que se vino a vivir a un Tintoretto
Lo confieso: había evitado prejuiciosamente toda visita a Venecia. El pastel de Visconti, La muerte en Venecia, había influido mucho en mis prejuicios: ese paseo por la laguna con el Adagio de la quinta de Mahler que arrebataba a Alfonso Guerra hace muchos años, hace muchos años que había obrado en mí de forma maligna. El deseo de no unirme al turismo masivo no era una razón menor. Pero siempre se termina cayendo en todas las tentaciones. Para disculparme a mí mismo me llevé un excelente libro de Vicente Molina Foix, Tintoretto y los escritores, como guía de campo. La verdad que Venecia en sí confirmó muchos prejuicios y disipó muchos otros. No sentí la morbidezza de John Ruskin (es difícil entre un millón de turistas como uno), pero sí la presencia de una cultura que amó el oro, la guerra y la belleza a partes iguales. Pero, en fin, Tintoretto fue el descubrimiento. Descubrir un escritor, un pintor, un director es una de las sorpresas que guarda la vida (las otras, las mejores, son descubrir gente, pero ésa es otra historia). Para mí, que siempre amé los interiores barrocos holandeses de Vermeer o Rembrandt, los pintores venecianos me resultaban demasiado retóricos. Pero no: descubrir a Jacopo Robusti, Tintoretto, ha sido descubrir el origen de la luz, el movimiento y la imaginación.
La crucifixión de la Scuola de San Rocco: una inmensa tela como una escena en cinemascope, un prodigio de narración, una historia de la muerte y el dolor. Uno puede estar horas contemplando lo que más que una composición pictórica es una composición narrativa. Una luz tenebrosa de ocres, un cristo en semiescorzo que abraza la escena, una mujer que se desmaya de dolor en manos de otras mujeres, todo es tiniebla y fin del mundo.

La matanza de los inocentes, orgía de la violencia y el horror sin que la escena muestre la violencia en sí. Basta el rostro y el gesto de sus víctimas: una mano de madre que agarra la espada del asesino, un cuerpo que cae al vacío representado en el angustioso instante de soltar al hijo. El final de la humanidad.

Es Tintoretto el inventor del cine ( o viceversa). Un universo de carnes y cuerpos sumidos en el horror.
El Juicio final de Santa Maria dell'Orto, otra tela infinita que representa el río de la vida, en el momento en que el suelo desborda de cadáveres semidescompuestos, miembros que surgen de la tierra y cuerpos que abrazan a la vida, un mar que se vuelca sobre el mundo, un baile de brazos y torsos en volatines increíbles. No he conseguido una imagen aceptable, es demasiado grande la tela y de una extraña forma ojival para adaptarse al lateral del altar. Pero es sublime: justifica que cualquier prejuicio se deje a la puerta.
El origen de la Vía Láctea, cuerpos ingrávidos que se coordinan en una danza de color y lujuria.
Como casi todos los buenos pintores, a Tintoretto no le preocupa el mecenas ni el tema: si es religioso, su piedad roza lo blasfemo, si es profano, su mirada limita con lo escandaloso. Pintó infinitos cuadros, innumerables cuerpos volantes, enseñó a los surrealistas todo lo que podían aprender de la imaginación, asombró al mundo. Sartre viajaba casi cada año a Venecia a visitarle. Su ensayo épico sobre Tintoretto no es creíble pero es lo más parecido a la pasión humana dentro de lo que podía sentir un ser como Sartre. Fueron innumerables sus admiradores y también sus detractores. Le acusan de haber inventado el cinemascope. Es la mejor alabanza.
No he acabado de curar mis prejuicios sobre Venecia, pero me he quedado a vivir en un Tintoretto.
La crucifixión de la Scuola de San Rocco: una inmensa tela como una escena en cinemascope, un prodigio de narración, una historia de la muerte y el dolor. Uno puede estar horas contemplando lo que más que una composición pictórica es una composición narrativa. Una luz tenebrosa de ocres, un cristo en semiescorzo que abraza la escena, una mujer que se desmaya de dolor en manos de otras mujeres, todo es tiniebla y fin del mundo.

La matanza de los inocentes, orgía de la violencia y el horror sin que la escena muestre la violencia en sí. Basta el rostro y el gesto de sus víctimas: una mano de madre que agarra la espada del asesino, un cuerpo que cae al vacío representado en el angustioso instante de soltar al hijo. El final de la humanidad.

Es Tintoretto el inventor del cine ( o viceversa). Un universo de carnes y cuerpos sumidos en el horror.
El Juicio final de Santa Maria dell'Orto, otra tela infinita que representa el río de la vida, en el momento en que el suelo desborda de cadáveres semidescompuestos, miembros que surgen de la tierra y cuerpos que abrazan a la vida, un mar que se vuelca sobre el mundo, un baile de brazos y torsos en volatines increíbles. No he conseguido una imagen aceptable, es demasiado grande la tela y de una extraña forma ojival para adaptarse al lateral del altar. Pero es sublime: justifica que cualquier prejuicio se deje a la puerta.
El origen de la Vía Láctea, cuerpos ingrávidos que se coordinan en una danza de color y lujuria.
Como casi todos los buenos pintores, a Tintoretto no le preocupa el mecenas ni el tema: si es religioso, su piedad roza lo blasfemo, si es profano, su mirada limita con lo escandaloso. Pintó infinitos cuadros, innumerables cuerpos volantes, enseñó a los surrealistas todo lo que podían aprender de la imaginación, asombró al mundo. Sartre viajaba casi cada año a Venecia a visitarle. Su ensayo épico sobre Tintoretto no es creíble pero es lo más parecido a la pasión humana dentro de lo que podía sentir un ser como Sartre. Fueron innumerables sus admiradores y también sus detractores. Le acusan de haber inventado el cinemascope. Es la mejor alabanza.No he acabado de curar mis prejuicios sobre Venecia, pero me he quedado a vivir en un Tintoretto.
lunes, 16 de marzo de 2009
Las barbas de Moisés
Cuán demostrativo y cuán engañoso es a la vez el gesto: nos abre y nos oculta la intención. Nada hay escrito en el ademán, y sin embargo todo está escrito en él. Freud escribió en 1914 un ensayito sobre el Moisés de Miguel Ángel. Fue publicado de forma anónima en la revista Imago, aunque luego en 1924 ya apareció con su nombre. A Freud quizá le daba apuro ser pillado en un momento de debilidad y aprecio del arte. En su escrito discute la versión más extendida en su época según la cual Miguel Ángel habría representado a Moisés en el momento en que gira la cabeza, ve a su pueblo adorando el becerro de oro y entra en cólera. Todo su cuerpo está dispuesto a la acción que va a realizar, la de romper las tablas:

Freud no está de acuerdo. Observa el lenguaje corporal. Le resulta significativo que sus dedos se hayan enredado en la barba:
La interpretación de Freud es que Moisés ha sido representado en un momento de contención. Se ha sentado, cuando la Biblia dice que furioso arrojó a sus pies las tablas, pereciendo implicar que en aquel momento estaba de pie en la montaña. La infidelidad que Freud achaca a Miguel Ángel es por su intención de ejemplificar el conflicto interno de quien está furioso y lucha por sujetar su rabia. Los dedos, sin embargo, aclara Freud, hablan de su conflicto interno, como si al enredar la barba sujetasen su pasión. La mirada no sería la de alguien a punto de explotar cuanto la de un héroe en su conflicto:

Curioso Freud: que no firmase el artículo, que interpretase así el Moisés. Curioso, entre otras cosas porque lo que describe la Biblia es el momento de mayor conflicto de la historia entre las religiones de la imagen y las religiones de la palabra: la palabra triunfó, sabemos. También para Freud, pues el psicoanálisis es una terapia de la palabra, no del gesto. Freud necesita el gesto para hacerse cargo del conflicto de Moisés.
Más curiosa es la discrepancia tan radical de dos interpretaciones sobre la misma figura. No es sorprendente que Ricoeur, en su De la interpretación, un ensayo sobre Freud, eligiese este ejemplo como paradigma de cómo el psicoanálisis es más una teoría de la cultura que una teoría científica de la mente.
Me ha fascinado siempre nuestra doble procedencia de Moisés y de Odiseo: uno huye, el otro regresa; uno actúa a través de la furia, el otro con el engaño y el ingenio; uno tiene el poder de la palabra, el otro el de la imagen y la máscara.
Que Miguel Ángel tenga que acudir a la ambigüedad del gesto para explicarnos lo que la Biblia dice en palabras muestra la tensión de la cultura. Quizá Miguel Ángel soñó que Moisés dudaba en un último instante entre destruir la bella imagen de un dios e imponer la seca abstracción de una ley, y es este el origen de su lucha interna. Sus dedos le traicionan, su barba le traiciona.
¿Qué quiso representar Miguel Ángel?, ¿importa algo?

Freud no está de acuerdo. Observa el lenguaje corporal. Le resulta significativo que sus dedos se hayan enredado en la barba:
La interpretación de Freud es que Moisés ha sido representado en un momento de contención. Se ha sentado, cuando la Biblia dice que furioso arrojó a sus pies las tablas, pereciendo implicar que en aquel momento estaba de pie en la montaña. La infidelidad que Freud achaca a Miguel Ángel es por su intención de ejemplificar el conflicto interno de quien está furioso y lucha por sujetar su rabia. Los dedos, sin embargo, aclara Freud, hablan de su conflicto interno, como si al enredar la barba sujetasen su pasión. La mirada no sería la de alguien a punto de explotar cuanto la de un héroe en su conflicto:
Curioso Freud: que no firmase el artículo, que interpretase así el Moisés. Curioso, entre otras cosas porque lo que describe la Biblia es el momento de mayor conflicto de la historia entre las religiones de la imagen y las religiones de la palabra: la palabra triunfó, sabemos. También para Freud, pues el psicoanálisis es una terapia de la palabra, no del gesto. Freud necesita el gesto para hacerse cargo del conflicto de Moisés.
Más curiosa es la discrepancia tan radical de dos interpretaciones sobre la misma figura. No es sorprendente que Ricoeur, en su De la interpretación, un ensayo sobre Freud, eligiese este ejemplo como paradigma de cómo el psicoanálisis es más una teoría de la cultura que una teoría científica de la mente.
Me ha fascinado siempre nuestra doble procedencia de Moisés y de Odiseo: uno huye, el otro regresa; uno actúa a través de la furia, el otro con el engaño y el ingenio; uno tiene el poder de la palabra, el otro el de la imagen y la máscara.
Que Miguel Ángel tenga que acudir a la ambigüedad del gesto para explicarnos lo que la Biblia dice en palabras muestra la tensión de la cultura. Quizá Miguel Ángel soñó que Moisés dudaba en un último instante entre destruir la bella imagen de un dios e imponer la seca abstracción de una ley, y es este el origen de su lucha interna. Sus dedos le traicionan, su barba le traiciona.
¿Qué quiso representar Miguel Ángel?, ¿importa algo?
viernes, 13 de marzo de 2009
El cuerpo expuesto
Verbum caro factum est: la palabra hecha carne, reza el credo de los cristianos, anunciando sin ser conscientes de ello el final de una era logocéntrica y el comienzo del reconocimiento de ser ante todo un cuerpo que tiene conciencia de sus afectos y de su propia corporeidad, que está entre otros cuerpos de modo distinto a como está entre las cosas.
Un siglo de psicoanálisis nos ha hecho extraños a nosotros mismos, Nos sabemos ya una mente hecha de estratos emocionales que nos constituyen sin autoconstituirnos, como si fuésemos la resultante de fuerzas en tensión de las que la conciencia es sólo un subproducto. Nos reconocemos y nos extrañamos a la vez: extranjeros a nosotros mismos. La mente se ha descompuesto como una sala de espejos rotos. El fin del egocentrismo y el fin del logocentrismo van unidos: la carne que somos nos convierte en seres expuestos. Nadie como Bacon para hacer esta idea imagen y cuerpo, para hacer visible la visceralidad de lo humano, la visceralidad de la pasión:

Y, sin embargo.... no es tampoco el cuerpo un centro transparente. No es el lugar de reconciliación de los opuestos. Leo a Jean-Luc Nancy quejarse en El extraño de su corazón implantado y se me ocurre que todas las vísceras terminan siendo extrañas. Un cuerpo expuesto al placer y al dolor, a la vista y a la sombra, que toma sus propios rumbos y te hace sufrir cuando no deberías, y te hace consciente de que está ahí, lleno de órganos a los que miras como un extraño echado en un lecho que tiene más de mesa de carnicero que de lugar de descanso.
No hay como una mala noche para hacerte consciente de que ni siquiera el cuerpo es el centro del universo.
Un siglo de psicoanálisis nos ha hecho extraños a nosotros mismos, Nos sabemos ya una mente hecha de estratos emocionales que nos constituyen sin autoconstituirnos, como si fuésemos la resultante de fuerzas en tensión de las que la conciencia es sólo un subproducto. Nos reconocemos y nos extrañamos a la vez: extranjeros a nosotros mismos. La mente se ha descompuesto como una sala de espejos rotos. El fin del egocentrismo y el fin del logocentrismo van unidos: la carne que somos nos convierte en seres expuestos. Nadie como Bacon para hacer esta idea imagen y cuerpo, para hacer visible la visceralidad de lo humano, la visceralidad de la pasión:

Y, sin embargo.... no es tampoco el cuerpo un centro transparente. No es el lugar de reconciliación de los opuestos. Leo a Jean-Luc Nancy quejarse en El extraño de su corazón implantado y se me ocurre que todas las vísceras terminan siendo extrañas. Un cuerpo expuesto al placer y al dolor, a la vista y a la sombra, que toma sus propios rumbos y te hace sufrir cuando no deberías, y te hace consciente de que está ahí, lleno de órganos a los que miras como un extraño echado en un lecho que tiene más de mesa de carnicero que de lugar de descanso.
No hay como una mala noche para hacerte consciente de que ni siquiera el cuerpo es el centro del universo.
sábado, 7 de marzo de 2009
La competencia del débil
Pregunta: ¿por qué el discurso político de Clint Eastwood es tan efectivo? Respuesta: porque no hay discurso político en sus películas. Clint Eastwood no se sitúa en el discurso político sino en un espacio anterior que es el que hace posible este discurso. Gran Torino, su última película, aborda cuestiones mortales: preguntas sobre la vida y la muerte. Comienza la película con un funeral y una homilía en la que un cura habla de la vida y de la muerte. Walt Kowalski, el viejo protagonista, le acusa de no tener idea de la vida y de la muerte, de hablar de ellas de oídas. La película se extiende sobre la preguntas más esenciales de la humanidad: ¿por quién merece la pena morir? ¿merece la pena matar? Esas cuestiones se entrecruzan con otras como el poder, la insolencia y la debilidad: ¿cuál debe ser la respuesta del débil ante la violencia? La respuesta de Eastwood: una respuesta competente que no sea la violencia del poder.
Este año nos llenan de fastos por el bicentenario del nacimiento de Darwin. Nadie ha sido tan revolucionario desde Copérnico. Nadie ha sido tan manipulado. Se me cruzaron Eastwood y Darwin a propósito de una reunión en la que tuve que oir y soportar a un economista lleno de insolencia e ignorancia argumentar (es un decir) contra la irrelevancia de las humanidades porque los humanistas no publican en las revistas de impacto. Un discurso tan repetido como ignorante por lo poco matizado. El modelo de ciencia que compite por el reconocimiento en las citas ha sido adoptado del modelo de mercado. Hacer que la cita sea como la demanda, un índice del valor. Vaya, no me importa mucho. Respondí que sí, de acuerdo, que los de humanidades somos unos inútiles (e inutilizables) y que no merecíamos ningún "incentivo" (lo llaman así, claro). No me sentí tan dolido como avergonzado de que aún proliferen estos discursos neodarwinistas que han conducido a la crisis en la que estamos. Me di cuenta de que hay discursos que tienen dentro ya la violencia, a los que hay que escuchar como se siente el aullido del poder.
Y esa tarde fui a ver la peli de Clint Eastwood. Y resolví que había una confusión esencial en cierto neodarwinismo en el término competencia: entendían competencia como competencia contra cuando deberían haber entendido competencia para.
El débil es competente pero no compite. Cuando Proudhon escribió su Filosofía de la miseria. Sistema de las contradicciones económicas, estaba respondiendo por adelantado a la hubris del economista estólido que sostiene que toda política no es sino un espacio de lucha por la supervivencia. Ahora que se celebra a Darwin deberíamos recordar junto a Proudhon al príncipe Kropotkin, un verdadero príncipe de las ideas, que escribió respondiendo a Darwin, El apoyo mutuo. Es la respuesta del débil, una respuesta competente que no compite. La tesis de Kropotkin es que la historia de la vida es la historia del apoyo mutuo, que ha sido el apoyo mutuo la explicación de la supervivencia, y no la lucha de todos contra todos.
A veces creo que las especies no desaparecen sino que se transforman. Oigo algunos discursos y pienso que los neandhertales siguen por ahí. Veo algunas películas y me reconcilio con mi especie. Se me dirá que lo ignoro todo de la economía. Responderé que sí, vale, pero que conozco algo de la vida y de la muerte, que por eso me dedico a las humanidades y no a las neanderthalidades.
Este año nos llenan de fastos por el bicentenario del nacimiento de Darwin. Nadie ha sido tan revolucionario desde Copérnico. Nadie ha sido tan manipulado. Se me cruzaron Eastwood y Darwin a propósito de una reunión en la que tuve que oir y soportar a un economista lleno de insolencia e ignorancia argumentar (es un decir) contra la irrelevancia de las humanidades porque los humanistas no publican en las revistas de impacto. Un discurso tan repetido como ignorante por lo poco matizado. El modelo de ciencia que compite por el reconocimiento en las citas ha sido adoptado del modelo de mercado. Hacer que la cita sea como la demanda, un índice del valor. Vaya, no me importa mucho. Respondí que sí, de acuerdo, que los de humanidades somos unos inútiles (e inutilizables) y que no merecíamos ningún "incentivo" (lo llaman así, claro). No me sentí tan dolido como avergonzado de que aún proliferen estos discursos neodarwinistas que han conducido a la crisis en la que estamos. Me di cuenta de que hay discursos que tienen dentro ya la violencia, a los que hay que escuchar como se siente el aullido del poder.
Y esa tarde fui a ver la peli de Clint Eastwood. Y resolví que había una confusión esencial en cierto neodarwinismo en el término competencia: entendían competencia como competencia contra cuando deberían haber entendido competencia para.
El débil es competente pero no compite. Cuando Proudhon escribió su Filosofía de la miseria. Sistema de las contradicciones económicas, estaba respondiendo por adelantado a la hubris del economista estólido que sostiene que toda política no es sino un espacio de lucha por la supervivencia. Ahora que se celebra a Darwin deberíamos recordar junto a Proudhon al príncipe Kropotkin, un verdadero príncipe de las ideas, que escribió respondiendo a Darwin, El apoyo mutuo. Es la respuesta del débil, una respuesta competente que no compite. La tesis de Kropotkin es que la historia de la vida es la historia del apoyo mutuo, que ha sido el apoyo mutuo la explicación de la supervivencia, y no la lucha de todos contra todos.
A veces creo que las especies no desaparecen sino que se transforman. Oigo algunos discursos y pienso que los neandhertales siguen por ahí. Veo algunas películas y me reconcilio con mi especie. Se me dirá que lo ignoro todo de la economía. Responderé que sí, vale, pero que conozco algo de la vida y de la muerte, que por eso me dedico a las humanidades y no a las neanderthalidades.
jueves, 5 de marzo de 2009
La violencia y lo sagrado
Creemos haber secularizado nuestro pensamiento pero seguimos en las manos de una metafísica de lo sagrado y lo profano que está prendida en una violencia originaria: la violencia contra el hijo.
"Tomó Abraham la leña del holocausto, la cargó sobre su hijo Isaac, tomó en su mano el fuego y el cuchillo, y se fueron los dos juntos. Dijo Isaac a su padre Abraham: "¡Padre! Respondió: "¿Qué hay, hijo?" --Aquí está el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?" Dijo Abraham: "Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío" Y siguieron andando los dos juntos." Gn 22, 6-8.
Desde niño me horrorizó este relato. Si leemos un poco antes, donde se cuenta la historia del primer hijo de Abraham con la esclava egipcia Agar, Ismael, el horror no disminuye. Ha nacido Isaac de la esposa primera, Sara, y ésta pide a Abraham que expulse a la querida y a su hijo:
"Sintiólo mucho Abraham por tratarse de su hijo, pero Dios dijo a Abraham: "No lo sientas ni por el chico ni por tu criada. En todo lo que te dice Sara hazle caso..."(...)
Ella se fue y anduvo por el desierto de Bersëba. Como llegase a faltar el agua del odre, echó al niño bajo una mata y ella misma fue a sentarse enfrente, a distancia como de un tiro de arco, pues decía: "No quiero ver morir al niño" Gn 21, 12-16
Imaginemos ahora la continuación de la historia de otro modo. Abraham tiene noventa y nueve años, se nos ha dicho. Ya no oye muy bien, tampoco ve mucho. Cuando llega el ángel enviado para detener su mano no entiende muy bien lo que dice, ni siquiera se da cuenta de que es un ángel, y... corta el cuello de su hijo. Vuelve a casa y dedica sus últimos años a lamentar haber dado muerte a sus dos hijos.
De hecho la historia continúa mal. Nos cuenta el Evangelio según San Mateo que Jesús se retiró al huerto y
"comenzó a sentir tristeza y angustia. (..) Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero sino como tu quieras tú" Mt 26, 38-40,
San Marcos cuenta el final:
A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: "Eloi, Eloi, ¿lamá sabactaní? --que quiere decir.. "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34)
La metafísica occidental no es sino la secularización de un relato de muerte y abandono.
Kafka dedicó toda su vida a pensar sobre sus orígenes abrahámicos: no pueden entenderse la Carta al Padre, ni La Condena ni La metamorfosis sino como fruto de su reflexión sobre su propia identidad: "me has llamado toda tu vida parásito, parece estar diciéndole a su padre, mira ahora en qué me has convertido", y así Julio Samsa se descubre una mañana como lo que verdaderamente es a los ojos de su padre.
Cuando Hegel, el gran metafísico de la modernidad, pensó sobre la identidad lo hizo bajo categorías abrahámicas: la lucha del amo y el esclavo por el reconocimiento. La Fenomenología del Espíritu es la lucha por el reconocimiento a los ojos del padre. Para Hegel, como para el Génesis, el relato acaba bien: ambos se reconcilian y reconocen en el Estado, pero las cosas podrían haber discurrido de otra forma. Y podrían haberlo hecho porque hay una violencia originaria en el relato. Toda nuestra cultura está creada sobre la muerte que un padre da a un hijo. Es el paradigma de toda violencia. ¿Qué otra cosa puede ser la violencia sino matar al hijo?
No es el final feliz, sino los términos del relato los que importan: hemos pensado lo sagrado siempre en términos de violencia (sacer recuerda Agambem es lo que no se toca, sobre lo que no se ejerce violencia) y ahora tenemos que recordarnos continuamente que la persona es sagrada, que no hay que sacrificarla. No somos capaces de pensar sino en términos de violencia y sacrificio.
Imaginemos a Abraham caminando con su hijo Isaac por el monte: pasean, disfrutan, Abraham se queja de lo mal que oye y ve, recogen hierbas, vuelven alegres al poblado. No sacrifican ni profanan nada: viven en mutua dependencia.
Matar al hijo, matar al padre: sólo encuentro sangre en la metafísica.
"Tomó Abraham la leña del holocausto, la cargó sobre su hijo Isaac, tomó en su mano el fuego y el cuchillo, y se fueron los dos juntos. Dijo Isaac a su padre Abraham: "¡Padre! Respondió: "¿Qué hay, hijo?" --Aquí está el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?" Dijo Abraham: "Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío" Y siguieron andando los dos juntos." Gn 22, 6-8.
Desde niño me horrorizó este relato. Si leemos un poco antes, donde se cuenta la historia del primer hijo de Abraham con la esclava egipcia Agar, Ismael, el horror no disminuye. Ha nacido Isaac de la esposa primera, Sara, y ésta pide a Abraham que expulse a la querida y a su hijo:
"Sintiólo mucho Abraham por tratarse de su hijo, pero Dios dijo a Abraham: "No lo sientas ni por el chico ni por tu criada. En todo lo que te dice Sara hazle caso..."(...)
Ella se fue y anduvo por el desierto de Bersëba. Como llegase a faltar el agua del odre, echó al niño bajo una mata y ella misma fue a sentarse enfrente, a distancia como de un tiro de arco, pues decía: "No quiero ver morir al niño" Gn 21, 12-16
Imaginemos ahora la continuación de la historia de otro modo. Abraham tiene noventa y nueve años, se nos ha dicho. Ya no oye muy bien, tampoco ve mucho. Cuando llega el ángel enviado para detener su mano no entiende muy bien lo que dice, ni siquiera se da cuenta de que es un ángel, y... corta el cuello de su hijo. Vuelve a casa y dedica sus últimos años a lamentar haber dado muerte a sus dos hijos.
De hecho la historia continúa mal. Nos cuenta el Evangelio según San Mateo que Jesús se retiró al huerto y
"comenzó a sentir tristeza y angustia. (..) Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero sino como tu quieras tú" Mt 26, 38-40,
San Marcos cuenta el final:
A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: "Eloi, Eloi, ¿lamá sabactaní? --que quiere decir.. "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34)
La metafísica occidental no es sino la secularización de un relato de muerte y abandono.
Kafka dedicó toda su vida a pensar sobre sus orígenes abrahámicos: no pueden entenderse la Carta al Padre, ni La Condena ni La metamorfosis sino como fruto de su reflexión sobre su propia identidad: "me has llamado toda tu vida parásito, parece estar diciéndole a su padre, mira ahora en qué me has convertido", y así Julio Samsa se descubre una mañana como lo que verdaderamente es a los ojos de su padre.
Cuando Hegel, el gran metafísico de la modernidad, pensó sobre la identidad lo hizo bajo categorías abrahámicas: la lucha del amo y el esclavo por el reconocimiento. La Fenomenología del Espíritu es la lucha por el reconocimiento a los ojos del padre. Para Hegel, como para el Génesis, el relato acaba bien: ambos se reconcilian y reconocen en el Estado, pero las cosas podrían haber discurrido de otra forma. Y podrían haberlo hecho porque hay una violencia originaria en el relato. Toda nuestra cultura está creada sobre la muerte que un padre da a un hijo. Es el paradigma de toda violencia. ¿Qué otra cosa puede ser la violencia sino matar al hijo?
No es el final feliz, sino los términos del relato los que importan: hemos pensado lo sagrado siempre en términos de violencia (sacer recuerda Agambem es lo que no se toca, sobre lo que no se ejerce violencia) y ahora tenemos que recordarnos continuamente que la persona es sagrada, que no hay que sacrificarla. No somos capaces de pensar sino en términos de violencia y sacrificio.
Imaginemos a Abraham caminando con su hijo Isaac por el monte: pasean, disfrutan, Abraham se queja de lo mal que oye y ve, recogen hierbas, vuelven alegres al poblado. No sacrifican ni profanan nada: viven en mutua dependencia.
Matar al hijo, matar al padre: sólo encuentro sangre en la metafísica.
sábado, 28 de febrero de 2009
El paseo de los melancólicos
Me voy encontrando con tantos ojos en los que me reflejo que me parece estar en la sala de los espejos de La Dama de Shangai: la anciana con su perrito, arrastrando con la correa al único ser afectuoso que no la ha abandonado; el cincuentón al que el cardiólogo ha dado un aviso; la pareja de verdes en su bici; el empleado de banca con traje impecable de deportes; el emigrante en su chándal barato integrándose en la vida ciudadana,... El Paseo de los Melancólicos discurre desde la vieja fábrica de Mahou a Ronda de Segovia por las antiguas vías de ferrocarril que anudaban el vientre de Madrid: de Príncipe Pío a Atocha, pasando por las ya olvidadas estaciones de Delicias, Peñuelas e Imperial, hoy un pasillo verde que apenas conserva rastros de su pasado industrial. El carril bici, por el que vamos los viandantes o correteantes une ahora trozos de historia que son como pedazos del alma. Cruzo bajo el Viaducto hasta las raíces rocosas que sustentan la Almudena en el Parque de Atenas, a la sombra de Rouco: su recuerdo y su sombra me alcanzan desde hace muchos años, cuando era un oscuro vicerrector que recordaba a Richelieu. Salta en el ipod "Correcaminos, al loro" de Extremodouro: me parece adecuado al recuerdo que me había invadido, me reconcilio con todos los correcaminos que nos cruzamos con ojos entre nostálgicos y ensimismados. Llego hasta Campo del Moro, a la sombra de la sombra del poder del palacio, casi vacío como la trastienda del poder; Virgen del Puerto, tumba de Durruti, con su iglesita reconstruida por Franco ladrillito a ladrillito (políticas de la memoria del que triunfó que ahora miro con indiferencia); Ronda de Segovia, comedor de sopa boba bajo el Seminario y las Vistillas (todavía no es la hora y aún no está la cotidiana cola de seres ocultos que se agrupan ahí para sobrevivir como correcaminos que son); de nuevo Paseo de los Melancólicos, más perros, más ancianos, más empleados de banca, más ensimismados. Más Pasillo Verde; Paseo de la Esperanza, salen de misa niños y ancianos de una de las iglesias garaje que han crecido por la zona; estación de Delicias, restos del madrid industrial que fue sustituido por el madrid de los servicios, lleno ahora de correcaminos que nos encontramos sin ir a ningún lugar. "Se me acercan las paredes, se me alejan las salidas", canta Fito y los Fitipaldis; Santa María de la Cabeza: "una carrera con salidas/para las miserias de la vida", La Polla en uno de sus ácidos cantos; "todos sometidos/todos sometidos", repite el estribillo. Exacto.
jueves, 26 de febrero de 2009
Las gaviotas del Manzanares
Hace años que vivimos con la misma metáfora, pero ayer me ocurrió como si fuera la primera vez, en uno de los momentos colgados en el inevitable atasco cotidiano en el Puente de Praga. Miré a mi izquierda y allí estaban, y con ellas vino la rumbita del Gato Pérez, "¿Qué haces tú aquí/una gaviota en Madrid?". Fueron a la vez las gaviotas y la pregunta. No la gaviota en Madrid, universal extraño que no reconozco, sino aquellas gaviotas. Unas poquitas, nada de masas enormes. El Manzanares no daba más que para unas cuantas que se movían entre las aguas escasas, los desmontes de la M30, y los esbozos de un río urbanizado. Me vino entonces el pensamiento de que esa era la pregunta esencial de la vida: la que le dirigimos al otro de referencia (¿qué género tiene el otro? me cuesta entender por qué el lenguaje tiene que obligarnos a determinar los géneros, por qué el otro tiene que ser masculino, femenino, neutro o epiceno. Dejemos que el otro siga siempre ambiguo), un otro que nos plantea una pregunta sin respuesta, como la pregunta por esa gaviota en Madrid. Un ser que no está en su sitio, que trae tras él la historia de un mar que no conocemos (que quizá tampoco conozca esa persona, pero que está ahí presente, irremisiblemente nacida de su presencia en una zona errónea del mundo, del misterio de su existencia extrañada). Y nos dirigimos al otro haciendo una pregunta incontestable, deseando un relato que no nos va a contar porque no sabe hacerlo, porque su historia no responde a esa pregunta. Y nos damos cuenta que la pregunta nos la estamos dirigiendo a nosotros mismos: "¿qué haces tú aquí/una gaviota en Madrid?", que el otro que somos ante nosotros mismos tampoco sabe qué responder, que apenas le alcanza para iniciar un relato que ni siquiera tiene un "erase una vez...", porque ese "erase.." ya se ha perdido como se pierde el mar en la niebla. Y descubrimos que hasta ahora habíamos pensado la identidad como oposición (qué palabra, "oposición": palabra de vida funcionarial, una oposición como destino, que convierte a un ser en funcionario, que cree que ya es porque hizo una oposición y no repara en que toda su vida se ha convertido en oposición). Y mirando las gaviotas querríamos que nuestra vida fuese, como ellas, pura exposición. "Exposición" como contar algo que no sabemos muy bien ni donde empieza ni donde termina, ni siquiera cuál es el significado de lo que estamos contando, porque simplemente nos estamos exponiendo, exponiendo mucho al contarlo, enseñando vergüenzas que estaban ocultas, mostrando precariedades e ignorancias, dejando entrever las costuras de la vida, abandonando las oposiciones para exponerse como uno se expone al viento, como se expone a las miradas. Y en ese instante el relato se convierte en una pregunta sin respuesta: "¿qué haces tú aquí/una gaviota en Madrid?".
sábado, 21 de febrero de 2009
Las migas en la barba
Después de la voluntad de poder y de la voluntad de saber, áridas zonas de nuestra errónea naturaleza donde se han cebado las fieras culturales de la posmodernidad (Foucault et alii), me atrevo a ofrecer la tercera mejilla: nuestra voluntad de representación, "querer aparentar", que dirían nuestras madres a sus respectivas peluqueras. Voluntad de representación como voluntad de distinción. Vaya, recordemos rápidamente a Bordieu: todos nos movemos en un espacio de dos coordenadas, el capital económico y el capital simbólico (cultural, si se quiere). La estrategia de la distinción: crear barreras dentro-fuera para aislar a los que aparecen como "ricos" o "cultos" cuando no son más que pardillos o snobs (cada poco se cambian de signos de estatus: ropa, lugares, autores, etc..., hay que correr mucho para estar en el mismo sitio y estar al día). La estrategia del snob: dejar que los signos de distinción hablen de él para hacer creer (hacerse creer a sí mismo) que ya está en los mejores círculos. Vana pretensión. Los círculos de privilegio tienen siempre expertos en detectar al parvenu, generalmente un snob admitido ad hoc (recordad My Fair Lady). Situarse en un escalón siguiente es la voluntad de representación. Cuando llegué a Madrid, buscando piso, me asombraba en los anuncios del segundamano la frase "portal de representación" para caracterizar el estatus de distinción del anunciado apartamento. Ahora ya no me extraña casi nada: Madrid entero se ha convertido en un portal de representación.
Cada conversación, cada gesto, cada acción parece llevarnos al ejercicio de esa voluntad de representación: transmutamos la ignorancia en desprecio, la flaqueza de atributos en plumas de avestruz, la penuria de ambos capitales en puro teatro. El hidalgo que esparce migas en la barba para hacer creer que hoy se ha saciado.
Me espanta que perdamos el sentido de la proporción, que perdamos el derecho a la ignorancia, a mostrar la fragilidad y la penuria, que nuestra voluntad de representación desborde a nuestro deseo de presentación.
En fin, la ignorancia, la pobreza, son estadios superiores difíciles de conquistar: la miseria es no saber que no se sabe, creerse que se es rico.
Una nota de finde: la película de Claudia Llosa, La teta asustada. Me interesó mucho su anterior película, Madeinusa, sobre el Perú profundo en un tono que recordaba al mejor García Márquez del realismo mágico (ella es sobrina de Vargas LLosa). En esta película alcanza un tono más serio y merece la pena una vista y una discusión. El título hace referencia a un síndrome peruano: las hijas de las violadas en la guerra de Sendero Luminoso han mamado la angustia y el miedo de sus madres. Necesitan cura. La película, en un tono más oblicuo que la similar de Isabel Coixet, trata de la posibilidad de esa curación: una hija que en unos días de aprendizaje trata de enterrar a su madre, de quien ha heredado el miedo. Pura inteligencia. ¿Por qué son las directoras jóvenes las que están abordando temas que otros no quieren tratar?
Cada conversación, cada gesto, cada acción parece llevarnos al ejercicio de esa voluntad de representación: transmutamos la ignorancia en desprecio, la flaqueza de atributos en plumas de avestruz, la penuria de ambos capitales en puro teatro. El hidalgo que esparce migas en la barba para hacer creer que hoy se ha saciado.
Me espanta que perdamos el sentido de la proporción, que perdamos el derecho a la ignorancia, a mostrar la fragilidad y la penuria, que nuestra voluntad de representación desborde a nuestro deseo de presentación.
En fin, la ignorancia, la pobreza, son estadios superiores difíciles de conquistar: la miseria es no saber que no se sabe, creerse que se es rico.
Una nota de finde: la película de Claudia Llosa, La teta asustada. Me interesó mucho su anterior película, Madeinusa, sobre el Perú profundo en un tono que recordaba al mejor García Márquez del realismo mágico (ella es sobrina de Vargas LLosa). En esta película alcanza un tono más serio y merece la pena una vista y una discusión. El título hace referencia a un síndrome peruano: las hijas de las violadas en la guerra de Sendero Luminoso han mamado la angustia y el miedo de sus madres. Necesitan cura. La película, en un tono más oblicuo que la similar de Isabel Coixet, trata de la posibilidad de esa curación: una hija que en unos días de aprendizaje trata de enterrar a su madre, de quien ha heredado el miedo. Pura inteligencia. ¿Por qué son las directoras jóvenes las que están abordando temas que otros no quieren tratar?
martes, 17 de febrero de 2009
Decimatio
Querría haber titulado esta entrada Hijos de los hijos de la ira, como el título del libro de Ben Clark, premio Hiperión de poesía, y manifiesto declarado de una generación que ya está en otro lugar, desde el que mira atrás con ojos que a la vez que preguntan en sus preguntas acusan. Lo he sentido como se siente el frío del tiempo cuando me ha llegado el libro de Germán Labrador Méndez, Letras arrebatadas. Poesía y química en la transición española (Devenir, 2009). Germán es joven, muy joven. Ha acabado de acabar la tesis y ya estaba en el paro después de la beca, como toda una generación que estamos machacando. Una generación que no nos merecemos. Otros sí: Germán, no por suerte sino por méritos, ha logrado una plaza estable de profesor titular en Princeton, la primera universidad de Estados Unidos, en el departamento de estudios hispánicos, algo a lo que no podrán aspirar ni en sueños, no podremos, ni en sueños, los ya bien asentados en la cultura.
El libro de Germán fue su tesina (cielos!, cómo será su tesis), lo estoy devorando: me ha llevado a los más oscuros rincones de una memoria que no querría tener. Como toda mi generación. La memoria de la parte olvidada de la transición. Germán ha relatado la parte de una generación que cayó en manos de la Condesa Morfina, la Señora del Sueño, el Caballo, la Blanca Uría, ... una parte de la transición que no hemos relatado. Una de las historias de la transición que no han sido contadas. Una de las zonas del tiempo que no queremos revisitar. Dejaremos otras para otra entrada. Quiero unirme ahora con Germán en el recuerdo de los poetas que se quedaron en el margen.
Soy un confeso lector de wikipedia. Y cito sin escrúpulos esta entrada del término decimatio que expresa mejor que yo lo que quiero decir:
"La palabra proviene del diezmado de tropas. Se trataba de una medida excepcional que se solía aplicar en casos de extrema cobardía o amotinamiento. El castigo consistía en aislar a la cohorte o cohortes seleccionadas de la legión amotinada y dividirla en grupos de diez soldados. Dentro de cada grupo se echaba a suertes quién debía ser castigado (independientemente de su rango dentro de la cohorte) y era elegido uno, el cual debía ser castigado por los nueve restantes, generalmente por lapidación o por golpes de garrote. Los sobrevivientes eran obligados a dormir fuera del campamento de su legión, hecho de gran peligro en época de guerra. Supuestamente el castigo debía aleccionar a los soldados supervivientes y a las demás cohortes, pues la muerte podía llegar aleatoriamente, a manos de los propios compañeros, sin tener en cuenta rangos ni méritos anteriores. Sin embargo, más habitualmente, la decimatio rompía el espíritu de cuerpo y la unión entre compañeros de armas (ejecutores por sorteo de sus propios hermanos de armas), minando la confianza hacia los comandantes de las legiones que ordenaban tal castigo”
A medida que leía las páginas de Letras arrrebatadas esta palabra, decimatio, me daba vueltas en la cabeza. La explicación de wikipedia me explicó también por qué: una generación que dejó en el suelo a sus compañeros de tienda. Los más sensibles, los más perceptivos, los más débiles, los que no sabían subir por la escalera.
Recorre Germán las poéticas y los carteles y los poemas de esos quince o dieciséis años de movida, entre 1970 y 1986, los años de los que tanto se habla y tan poco se cuenta.
Querría recordar sólo algunas voces, como la de esa niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, y no encontró el jardín prometido, Blanca Andreu:
Así, en pretérito pluscuamperfecto y futuro absoluto
voy hablando del trozo de universo que yo era,
de subcutáneas estrellas de sangre
cazadas por el ángel de la anemia
en el cielo arterial,
diciendo leucocitos del alba y rio de linfa,
o bien de lo que quise:
el ligero Mediterráneo,
la prohibición de envejecer,
la gavilla del sueño barbitúrico,
y sobre todo, sobre todas las cosas,
Mozart anfetamínico preámbulo de pájaros,
Mozart en ala y aeropuerto,
arco de violín principe o piloto: Mozart el Músico.
Nombres como Eduardo Haro, Leopoldo María Panero, y todos los nombres olvidados que si escribieron un poema fue tal vez sólo en la puerta del baño del garito nocturno, un grito inaudito de ayuda. Querría recordar con este poema que también recuerda Germán, de Aníbal Núñez, nuestro Rilke, las infinitas noches de una generación que quería escapar de la cárcel de la ciudad (Salamanca en el caso de Aníbal, metáfora de todas las salamancas de la época):
Cayó la tarde y, a su fin, el ágape,
las pócimas, los filtros,
el necesario azar de impares tazas
y de la lejanía a colación: los barcos,
mares y valles comparados,
relatos ilustrando escuetos métodos
de cómo vadear ríos: (...)
No, aquí nada es disperso: aquí callamos
todos alrededor de un mármol nada mítico
pensando en los viajes que no haremos,
mostrando gestos desapasionados
(...) la soterrada
genealogía de cada uno,
que cada uno representa
en la ciudad en la que sin remedio
caemos atrapados por su mera mención.
Un día de estos una prestigiosa revista de Brown se hará eco de la inquietante historia de la transición española contada por un joven profesor de Princeton, y tal vez alguien de la prensa bienpensante, siempre atento a lo que pasa, nos ofrecerá un babélico reportaje, y quizá recordemos algo más de lo que fuimos.
Y ellos estarán allí, de nuevo cito a mi muy leído Aníbal Núñez, soñando que murieron soñando escapar una tarde de aquellas, aunque fuera en brazos de la señora fría:
Morir soñando, sí, mas si se sueña
Ilusión es la muerte, fe la vida,
Guerra la paz; y si la paz se olvida
El tiempo al fin de eternidad se adueña.
La desgana de ayer ¿qué nos enseña
Deshaciéndose en hoy? Abierta herida
El empeño de hacer que la aprendida
Ventana dé al vacío que se sueña.
No se matan los sueños con la muerte.
¿A qué representarla con tal ceño?
Morir es aprender lo ya sabido,
Vivir la vida no es negar la suerte.
No sabemos, Miguel, si es que te has ido
O sigues con nosotros en el sueño
¿Responderemos alguna vez a las preguntas de los hijos de los hijos de la ira?
El libro de Germán fue su tesina (cielos!, cómo será su tesis), lo estoy devorando: me ha llevado a los más oscuros rincones de una memoria que no querría tener. Como toda mi generación. La memoria de la parte olvidada de la transición. Germán ha relatado la parte de una generación que cayó en manos de la Condesa Morfina, la Señora del Sueño, el Caballo, la Blanca Uría, ... una parte de la transición que no hemos relatado. Una de las historias de la transición que no han sido contadas. Una de las zonas del tiempo que no queremos revisitar. Dejaremos otras para otra entrada. Quiero unirme ahora con Germán en el recuerdo de los poetas que se quedaron en el margen.
Soy un confeso lector de wikipedia. Y cito sin escrúpulos esta entrada del término decimatio que expresa mejor que yo lo que quiero decir:
"La palabra proviene del diezmado de tropas. Se trataba de una medida excepcional que se solía aplicar en casos de extrema cobardía o amotinamiento. El castigo consistía en aislar a la cohorte o cohortes seleccionadas de la legión amotinada y dividirla en grupos de diez soldados. Dentro de cada grupo se echaba a suertes quién debía ser castigado (independientemente de su rango dentro de la cohorte) y era elegido uno, el cual debía ser castigado por los nueve restantes, generalmente por lapidación o por golpes de garrote. Los sobrevivientes eran obligados a dormir fuera del campamento de su legión, hecho de gran peligro en época de guerra. Supuestamente el castigo debía aleccionar a los soldados supervivientes y a las demás cohortes, pues la muerte podía llegar aleatoriamente, a manos de los propios compañeros, sin tener en cuenta rangos ni méritos anteriores. Sin embargo, más habitualmente, la decimatio rompía el espíritu de cuerpo y la unión entre compañeros de armas (ejecutores por sorteo de sus propios hermanos de armas), minando la confianza hacia los comandantes de las legiones que ordenaban tal castigo”
A medida que leía las páginas de Letras arrrebatadas esta palabra, decimatio, me daba vueltas en la cabeza. La explicación de wikipedia me explicó también por qué: una generación que dejó en el suelo a sus compañeros de tienda. Los más sensibles, los más perceptivos, los más débiles, los que no sabían subir por la escalera.
Recorre Germán las poéticas y los carteles y los poemas de esos quince o dieciséis años de movida, entre 1970 y 1986, los años de los que tanto se habla y tan poco se cuenta.
Querría recordar sólo algunas voces, como la de esa niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, y no encontró el jardín prometido, Blanca Andreu:
Así, en pretérito pluscuamperfecto y futuro absoluto
voy hablando del trozo de universo que yo era,
de subcutáneas estrellas de sangre
cazadas por el ángel de la anemia
en el cielo arterial,
diciendo leucocitos del alba y rio de linfa,
o bien de lo que quise:
el ligero Mediterráneo,
la prohibición de envejecer,
la gavilla del sueño barbitúrico,
y sobre todo, sobre todas las cosas,
Mozart anfetamínico preámbulo de pájaros,
Mozart en ala y aeropuerto,
arco de violín principe o piloto: Mozart el Músico.
Nombres como Eduardo Haro, Leopoldo María Panero, y todos los nombres olvidados que si escribieron un poema fue tal vez sólo en la puerta del baño del garito nocturno, un grito inaudito de ayuda. Querría recordar con este poema que también recuerda Germán, de Aníbal Núñez, nuestro Rilke, las infinitas noches de una generación que quería escapar de la cárcel de la ciudad (Salamanca en el caso de Aníbal, metáfora de todas las salamancas de la época):
Cayó la tarde y, a su fin, el ágape,
las pócimas, los filtros,
el necesario azar de impares tazas
y de la lejanía a colación: los barcos,
mares y valles comparados,
relatos ilustrando escuetos métodos
de cómo vadear ríos: (...)
No, aquí nada es disperso: aquí callamos
todos alrededor de un mármol nada mítico
pensando en los viajes que no haremos,
mostrando gestos desapasionados
(...) la soterrada
genealogía de cada uno,
que cada uno representa
en la ciudad en la que sin remedio
caemos atrapados por su mera mención.
Un día de estos una prestigiosa revista de Brown se hará eco de la inquietante historia de la transición española contada por un joven profesor de Princeton, y tal vez alguien de la prensa bienpensante, siempre atento a lo que pasa, nos ofrecerá un babélico reportaje, y quizá recordemos algo más de lo que fuimos.
Y ellos estarán allí, de nuevo cito a mi muy leído Aníbal Núñez, soñando que murieron soñando escapar una tarde de aquellas, aunque fuera en brazos de la señora fría:
Morir soñando, sí, mas si se sueña
Ilusión es la muerte, fe la vida,
Guerra la paz; y si la paz se olvida
El tiempo al fin de eternidad se adueña.
La desgana de ayer ¿qué nos enseña
Deshaciéndose en hoy? Abierta herida
El empeño de hacer que la aprendida
Ventana dé al vacío que se sueña.
No se matan los sueños con la muerte.
¿A qué representarla con tal ceño?
Morir es aprender lo ya sabido,
Vivir la vida no es negar la suerte.
No sabemos, Miguel, si es que te has ido
O sigues con nosotros en el sueño
¿Responderemos alguna vez a las preguntas de los hijos de los hijos de la ira?
domingo, 15 de febrero de 2009
Son las sombras
Es curioso que asociara a Bacon con la sombra cuando aún no había visitado la doble exposición sobre la sombra del Thyssen/CajaMadrid. El comisario es Victor I Stoichita, a quien mucho leo, autor de la Breve Historia de la Sombra (Alfaguara) que está en el origen de esta exposición. La primera parte me interesó menos, por lo conocido: la sombra como mito del origen de la pintura ( la doncella corintia de Plinio el Viejo perfilando la sombra de su amante); la sombra como constructora del volumen del barroco; la sombra ocasional de la figura en el romanticismo, salvo el divertido cuadro sobre el origen del realismo socialista, lo demás es interesante por los cuadros en sí mismos y el rescate de algunos autores. Sube el interés y se desciende a más profundidad en la segunda parte en CajaMadrid, donde se muestra la sombra en la pintura, fotografía y cine del siglo XX, o al menos de la primera mitad. Es aquí donde aparece la otra dimensión de la sombra: la sombra como presencia de la no presencia; como amenaza; como reflejo de lo no consciente; como metáfora de la opacidad de la mente:
Discutía el otro día con Guillermo de Eugenio sobre los vampiros como figura contemporánea, sobre cómo el nosferatu ha conseguido perder su temible reflejo de lo amenazador y se ha convertido en figura de la otredad, incluso de la otredad del adolescente que descubre la complejidad de lo social. Murnau había conseguido poner en imágenes a Freud: el vampiro lo llevamos dentro, por eso viaja done vayamos y amenaza a todos los que nos rodean. Dreyer lo dejó aún más claro en su inquietante Vampiro, una película que consigue levantar la aprehensión incluso o sobre todo por su mismo lamentable estado de conservación, como si fuera el vestigio de un sueño que apenas recordamos: hay sombras que se desprenden y viajan solas, presencias de lo que no está, indicios de lo que acecha en el lago oscuro de la mente

En la selección de secuencia de películas (lo que más me impresionó de la exposición) aparecen algunas de las sombras más negras de la historia del cine: el Iván de Eisenstein, la sombra de Stalin que se cierne sobre las paredes de un palacio tan cercano al Castillo Kafkiano

o las sombras por las alcantarillas de la Viena de la posguerra donde habitan los fantasmas que construyeron Europa: la especulación, el militarismo, el desprecio y el cinismo, "el tercer hombre" que siempre reflejará el uso comercial de la inteligencia. El Tercer hombre de Carol Reed es la sombra de la memoria, la pesadilla de la amistad que recordamos con afecto y que no querríamos volver a encontrar:

Si Freud es el Señor de las Sombras, su profeta es, para mí, sin duda, a pesar de otros arcángeles de lo oscuro, Dreyer. Es quien asocia la luz y la sombra en los cimientos del imaginario. Gertrud en la sombra. Paredes de una habitación que miramos los espectadores del deseo que somos.

Decía Pasolini en uno de su poemas tardíos: "adoro la luz sólo si no ofrece esperanza". Cierto: es la madre de la sombra, la proyección de la presencia de la ausencia. Si la sombra hizo la pintura, la fotografía ha convertido la sombra en la proyección de los fantasmas de la mente.
Discutía el otro día con Guillermo de Eugenio sobre los vampiros como figura contemporánea, sobre cómo el nosferatu ha conseguido perder su temible reflejo de lo amenazador y se ha convertido en figura de la otredad, incluso de la otredad del adolescente que descubre la complejidad de lo social. Murnau había conseguido poner en imágenes a Freud: el vampiro lo llevamos dentro, por eso viaja done vayamos y amenaza a todos los que nos rodean. Dreyer lo dejó aún más claro en su inquietante Vampiro, una película que consigue levantar la aprehensión incluso o sobre todo por su mismo lamentable estado de conservación, como si fuera el vestigio de un sueño que apenas recordamos: hay sombras que se desprenden y viajan solas, presencias de lo que no está, indicios de lo que acecha en el lago oscuro de la mente
En la selección de secuencia de películas (lo que más me impresionó de la exposición) aparecen algunas de las sombras más negras de la historia del cine: el Iván de Eisenstein, la sombra de Stalin que se cierne sobre las paredes de un palacio tan cercano al Castillo Kafkiano

o las sombras por las alcantarillas de la Viena de la posguerra donde habitan los fantasmas que construyeron Europa: la especulación, el militarismo, el desprecio y el cinismo, "el tercer hombre" que siempre reflejará el uso comercial de la inteligencia. El Tercer hombre de Carol Reed es la sombra de la memoria, la pesadilla de la amistad que recordamos con afecto y que no querríamos volver a encontrar:

Si Freud es el Señor de las Sombras, su profeta es, para mí, sin duda, a pesar de otros arcángeles de lo oscuro, Dreyer. Es quien asocia la luz y la sombra en los cimientos del imaginario. Gertrud en la sombra. Paredes de una habitación que miramos los espectadores del deseo que somos.

Decía Pasolini en uno de su poemas tardíos: "adoro la luz sólo si no ofrece esperanza". Cierto: es la madre de la sombra, la proyección de la presencia de la ausencia. Si la sombra hizo la pintura, la fotografía ha convertido la sombra en la proyección de los fantasmas de la mente.
martes, 10 de febrero de 2009
El misterio del zelote
Toda la reacción visceral que me producen las personalidades fanáticas no consigue extirpar una pregunta por ciertas formas de estar en la vida que adoptan medios y formas radicales. Me surge esta pregunta más bien tonta por dos referencias con las que me he topado por casualidad en estos días de tedio invernal. La primera fue hace un par de semanas cuando, huyendo de la programación televisiva a la hora de cenar, y acudiendo al reservorio ya casi exhausto de la magra biblioteca de Puerta de Toledo, tuve ocasión de ver, que no revisitar, la película de Michael Curtiz de 1940 Santa Fe Trail. La otra, también hace unos días, con ocasión de La conversación de Descartes y Pascal en el Teatro Español con Josep Maria Flotats. Ambas representaciones tan distantes y distintas coinciden en presentar como insoportables fanáticos a dos personajes a los que el juicio de la historia debería pensar con cierto cuidado: el abolicionista John Brown, colgado en 1959 tras una fallida insurrección armada, y el torturado y frágil filósofo Pascal. Ambos fueron fundamentalistas: puritano y jansenista, respectivamente. Le he dado muchas vueltas en estos días a ambas imágenes.
La película de Michael Curtiz es clara y abiertamente ideológica. La historia es muy compleja y tiene que ver con algunos de los fantasmas contemporáneos de los Estados Unidos: en los territorios abiertos de Kansas, las tensiones entre abolicionistas y proesclavistas convirtieron las praderas en un territorio abierto de luchas para conseguir o evitar que Kansas fuera un estado esclavista. John Brown se convirtió en guerrero de la causa antiesclavista, quiso armar a los negros y asaltó el arsenal de Harper Ferry en Virginia donde fue apresado por una compañía de marines madada por Robert E. Lee. Se le juzgó y condenó a muerte. Emerson, Thoreau y Victor Hugo se adhirieron a su causa y Thoreau escribió en el periódico de Concord un sentido homenaje que puede leerse en la red. Ha sido siempre un personaje de controversia. Se le ha descrito como un zelote fanático que quiso resolver el problema de la esclavitud con las armas. Victor Hugo anunció proféticamente que su muerte era el presagio de una horrible guerra civil que ¿ha terminado ahora?

Pero la película de Michael Curtiz, protagonizada por Olivia de Havilland, Errol Flynn y Ronald Reagan (como marines) toma un partido muy claro contra John Brown, a favor de la "unidad" del estado y de la comprensión del esclavismo, y dibuja a Brown como un loco sediento de sangre (curioso, Curtiz, autor de Casablanca, húngaro emigrado a Austria, luego a Alemania, luego a Estados Unidos, que nunca llegó a hablar bien inglés, meditando sobre el más complicado y pantanoso de los hilos históricos de ese país). El retrato de Thoreau, que le conoció y admiró, es sumamente sensato y va en la dirección contraria. Admiraba a Brow y a su causa sin reparos.

El diálogo de Descartes y Pascal, por su parte, hace lo propio con Pascal: una caricatura de ser frágil, loco, fanático y anticientífico (él, que está en la base de la transformación probabilística que sucedería poco a poco en la ciencia). Frente a Pascal, Descartes, todo sentido común, bonhomía y sabiduría de la vida.
¿Por qué?
La estrategia de convertir en fanático al otro es extremadamente efectiva, es la mejor de las armas de la retórica. ¡Estás loc@!, es una de las respuestas en la disputa que ahorran cualquier ulterior aportación de datos.
No sé ponerme del lado de John Brown ni de Pascal, no sé de qué lado estoy, me faltan datos: pero sé que fueron seres complejos que no solamente estuvieron en la historia sino que la hicieron, y que la hicieron, como sostiene Thoreau de Brown, no limitándose a mirar o predicar.
¿Cuál es el paso resbaladizo que hace que alguien se convierta en zelote insufrible? Tengo que reconocer que mi lugar, si lo tengo, debe estar entre los fariseos, pero no dejo de preguntarme por los zelotes.
¿Qué mira Blaise Pascal?







La película de Michael Curtiz es clara y abiertamente ideológica. La historia es muy compleja y tiene que ver con algunos de los fantasmas contemporáneos de los Estados Unidos: en los territorios abiertos de Kansas, las tensiones entre abolicionistas y proesclavistas convirtieron las praderas en un territorio abierto de luchas para conseguir o evitar que Kansas fuera un estado esclavista. John Brown se convirtió en guerrero de la causa antiesclavista, quiso armar a los negros y asaltó el arsenal de Harper Ferry en Virginia donde fue apresado por una compañía de marines madada por Robert E. Lee. Se le juzgó y condenó a muerte. Emerson, Thoreau y Victor Hugo se adhirieron a su causa y Thoreau escribió en el periódico de Concord un sentido homenaje que puede leerse en la red. Ha sido siempre un personaje de controversia. Se le ha descrito como un zelote fanático que quiso resolver el problema de la esclavitud con las armas. Victor Hugo anunció proféticamente que su muerte era el presagio de una horrible guerra civil que ¿ha terminado ahora?

Pero la película de Michael Curtiz, protagonizada por Olivia de Havilland, Errol Flynn y Ronald Reagan (como marines) toma un partido muy claro contra John Brown, a favor de la "unidad" del estado y de la comprensión del esclavismo, y dibuja a Brown como un loco sediento de sangre (curioso, Curtiz, autor de Casablanca, húngaro emigrado a Austria, luego a Alemania, luego a Estados Unidos, que nunca llegó a hablar bien inglés, meditando sobre el más complicado y pantanoso de los hilos históricos de ese país). El retrato de Thoreau, que le conoció y admiró, es sumamente sensato y va en la dirección contraria. Admiraba a Brow y a su causa sin reparos.
El diálogo de Descartes y Pascal, por su parte, hace lo propio con Pascal: una caricatura de ser frágil, loco, fanático y anticientífico (él, que está en la base de la transformación probabilística que sucedería poco a poco en la ciencia). Frente a Pascal, Descartes, todo sentido común, bonhomía y sabiduría de la vida.
¿Por qué?
La estrategia de convertir en fanático al otro es extremadamente efectiva, es la mejor de las armas de la retórica. ¡Estás loc@!, es una de las respuestas en la disputa que ahorran cualquier ulterior aportación de datos.
No sé ponerme del lado de John Brown ni de Pascal, no sé de qué lado estoy, me faltan datos: pero sé que fueron seres complejos que no solamente estuvieron en la historia sino que la hicieron, y que la hicieron, como sostiene Thoreau de Brown, no limitándose a mirar o predicar.
¿Cuál es el paso resbaladizo que hace que alguien se convierta en zelote insufrible? Tengo que reconocer que mi lugar, si lo tengo, debe estar entre los fariseos, pero no dejo de preguntarme por los zelotes.
¿Qué mira Blaise Pascal?







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