No es la crisis económica sino las consecuencias que está teniendo sobre nuestra confianza en el mundo. Las crisis prueban a la gente y a las instituciones. Prueban el valor de las palabras. Por eso estamos tan perplejos, o tan indignados si cabe. Porque la crisis muestra la fragilidad de tantas palabras dadas.
Uno recuerda, pongamos por caso, las ácidas disputas sobre la fidelidad a la constitución que (no se nos ha olvidado) caracterizaron las épocas de gobierno del presidente Aznar. Se había aprendido el término "patriotismo constitucional", que Habermas había elaborado para distinguirlo del patriotismo sin adjetivos tan prono a patrioterismos y para reivindicar el orgullo que nace de la auto-nomía ( la capacidad de darnos leyes a nosotros mismos que por eso cumplimos); se había aprendido el término y lo empleaba con dureza contra quienes no creían que la Constitución (española) era perfecta e imperfectible, o contra quienes mostraban alguna opinión desviacionista del verdadero espíritu constitucional que, tantas veces se ha repetido, costó tanto en nuestra ejemplar Transición.
Una carta. Una carta de Trichet a las autoridades cambiando la compra de deuda por un cambio constitucional parece haber puesto a prueba nuestro patriotismo constitucional y nuestro orgullo transicional . Vaya. Y no es que cambiar la Constitución sea malo, al contrario. Somos muchos los que pensamos que ya es tiempo de hacerlo. Incluso diríamos que cambiar también la Constitución europea sería algo más que urgente, precisamente en los tiempos que vivimos. Porque en tiempos de desolación es cuando hay que hacer mudanzas. Las cuestiones son qué y cómo cambiar.
En primer lugar: al prohibir el déficit por principio constitucional no se matiza qué tipo de déficit. Y hay dos clases de déficit. Hay un déficit que nace del derroche y de las políticas de exuberancia, que llena las calles de parques con farolas de diseño, de trenes de alta velocidad y palacios de congresos sin-congresos, de automóviles para políticos, de .... Y hay un déficit que tiene una función estratégica para corregir las crisis cíclicas del capitalismo. Pues la economía es miope y tiende a ciclos complejos que exigen instrumentos de corrección. El déficit puede ser como el timón de un barco que sirve para corregir con cuidado y tiento los azares. El déficit puede ser un instrumento de austeridad. Pero es otra clase de déficit: el que nace de un compromiso colectivo con el futuro para hacer posible el presente. Es el déficit como un recurso estratégico que instaura el principio de soberanía de la política sobre la economía (qué ironía es que quienes están tan en contra del déficit estén pidiendo prestado para apostar por la rebaja de la deuda de estados y así ganar enormes cantidades en esta casa de juegos en la que se están convirtiendo los mercados financieros).
En segundo lugar: si hay que cambiar la Constitución hagámoslo de modo que nos sintamos orgullosos de ello, que sintamos el patriotismo de quienes son capaces de autolegislarse. Estamos de acuerdo con el presidente Aznar: seamos consecuentes ahora que toca decidir.
Porque al prohibir el déficit por principio se ha decidido sin consulta abandonar el principio de soberanía en un campo tan importante como la economía política. No es una simple medida ocasional dictada por las circunstancias, es un cambio de fondo en la estructura de los instrumentos políticos de un Estado. Es una renuncia sustancial al propio Estado.
No negaremos que ha existido derroche: al contrario. Éste es un país de nuevos ricos que se permiten gastos ostentosos y ostentóreos, de patriotas de domingo que son cobardes cuando hay que acometer la imprescindibles reformas institucionales que necesitamos. Es más fácil cambiar la constitución que cambiar las instituciones. Por lo que se ve. Alcohólicos que prohíben el alcohol creyéndose que así han resuelto su problema: tendremos que limpiar las heridas con lejía. Pura mala fe, diría Sartre.
Para ampliar: Editorial Sin Permiso
Reflexiones en las fronteras de la cultura y la ciencia, la filosofía y la literatura, la melancolía y la esperanza
lunes, 29 de agosto de 2011
miércoles, 24 de agosto de 2011
Dos clases de culpa
La culpa es una medida objetiva de la responsabilidad de un agente (personal o colectivo) en la producción por acción u omisión de un daño a una víctima. Un daño es un mal innecesario, que podría haberse evitado. En este primer sentido objetivo, la culpa tiene un reflejo en la mente del agente que es la emoción de culpa. Es una emoción suscitada por el reconocimiento personal de la culpa, es decir, del daño infligido por nuestra responsabilidad. En este primer sentido, también, la culpa como emoción es un componente básico de la moralidad puesto que implica personalmente al agente en la responsabilidad del daño objetivo (el otro sentimiento o emoción básico es el resentimiento, la emoción que siente la víctima por un daño inmerecido). Este primer sentido de culpa (y de su correlato emocional) es un elemento sustancial del cemento de la sociedad. Sin la medida de la responsabilidad y de la capacidad para implicar personalmente a las personas la sociedad se vuelve anómica, incapaz de estatuir sus propias sendas y deja de ser una sociedad para convertirse en masa.
Hay un segundo sentido de culpa que ha sido estudiado desde siempre en la tradición psicoanalítica. En este segundo sentido, la culpa es un componente básico de la angustia. La angustia, a su vez, en la tradición psicoanalítica, es el estado básico emocional de la especie humana. La angustia es la reacción a los impulsos básicos humanos de violencia y deseo (thanatos y eros) que en su complejo desenvolvimiento van conformando lo que llamamos sujeto y subjetividad. Los impulsos básicos son a-morales en el mismo sentido que lo son las funciones biológicas. Son impulsos de supervivencia, explicados por Spinoza como características esenciales de los seres vivos. Su desarrollo e interacción se produce en la especie humana en un contexto social que los modula y convierte en las disposiciones de acción básicas que a veces se llaman carácter, pero que en general son las formas en las que el sujeto reacciona ante lo real. La angustia es una reacción elemental. No es simplemente miedo, que es una emoción episódica que depende de la circunstancia o de una representación, sino una forma básica de subjetividad en la que el sujeto siente la amenaza a su propia estabilidad debido a la complejidad de los lazos que le atan a lo real. Los viejos relatos edípicos de los freudianos son una forma de explicar (u oscurecer) la angustia. La culpa, en este segundo sentido, es una elaboración de la angustia que se produce por el miedo a los oscuros demonios que nos pueblan. Es un sentido de lo que está más allá de donde vemos o nos atrevemos a ver.
La culpa, digamos interior, es cambiante, indeterminada, ilegible, pues borra sus huellas. Pero muy manipulable. En las relaciones afectivas, que como todas las relaciones humanas implican una modelación mutua de las mentes, la creación de culpa es una modalidad habitual de imponer poder sobre el otro. De hecho es la forma básica. Lo es porque la culpa, en este segundo sentido, es una medida de la fragilidad del sujeto. Y por ello una fuente de poder.
No es casual, pues, que muchas formas institucionales como son las religiones hayan hecho uso de esta segunda forma de culpa pues es una de las fuentes más abundantes de heteronomía y autoanulación. A veces se convierte en algunas culturas en una característica de la relación social. Pero también en una debilidad, si no enfermedad, de la agencia. (No puedo sino recordar una frase típica que se repetía en el franquismo, sobre todo en el franquismo interior que poblaba la mente peninsular: "los españoles somos ingobernables y no podemos vivir en libertad". Era una de las modalidades de la culpa inducida. Muy efectiva. Es el miedo a la libertad como esencia de la mente autoritaria (y esclava))
Hay un segundo sentido de culpa que ha sido estudiado desde siempre en la tradición psicoanalítica. En este segundo sentido, la culpa es un componente básico de la angustia. La angustia, a su vez, en la tradición psicoanalítica, es el estado básico emocional de la especie humana. La angustia es la reacción a los impulsos básicos humanos de violencia y deseo (thanatos y eros) que en su complejo desenvolvimiento van conformando lo que llamamos sujeto y subjetividad. Los impulsos básicos son a-morales en el mismo sentido que lo son las funciones biológicas. Son impulsos de supervivencia, explicados por Spinoza como características esenciales de los seres vivos. Su desarrollo e interacción se produce en la especie humana en un contexto social que los modula y convierte en las disposiciones de acción básicas que a veces se llaman carácter, pero que en general son las formas en las que el sujeto reacciona ante lo real. La angustia es una reacción elemental. No es simplemente miedo, que es una emoción episódica que depende de la circunstancia o de una representación, sino una forma básica de subjetividad en la que el sujeto siente la amenaza a su propia estabilidad debido a la complejidad de los lazos que le atan a lo real. Los viejos relatos edípicos de los freudianos son una forma de explicar (u oscurecer) la angustia. La culpa, en este segundo sentido, es una elaboración de la angustia que se produce por el miedo a los oscuros demonios que nos pueblan. Es un sentido de lo que está más allá de donde vemos o nos atrevemos a ver.
La culpa, digamos interior, es cambiante, indeterminada, ilegible, pues borra sus huellas. Pero muy manipulable. En las relaciones afectivas, que como todas las relaciones humanas implican una modelación mutua de las mentes, la creación de culpa es una modalidad habitual de imponer poder sobre el otro. De hecho es la forma básica. Lo es porque la culpa, en este segundo sentido, es una medida de la fragilidad del sujeto. Y por ello una fuente de poder.
No es casual, pues, que muchas formas institucionales como son las religiones hayan hecho uso de esta segunda forma de culpa pues es una de las fuentes más abundantes de heteronomía y autoanulación. A veces se convierte en algunas culturas en una característica de la relación social. Pero también en una debilidad, si no enfermedad, de la agencia. (No puedo sino recordar una frase típica que se repetía en el franquismo, sobre todo en el franquismo interior que poblaba la mente peninsular: "los españoles somos ingobernables y no podemos vivir en libertad". Era una de las modalidades de la culpa inducida. Muy efectiva. Es el miedo a la libertad como esencia de la mente autoritaria (y esclava))
miércoles, 17 de agosto de 2011
Dos clases de perdón
La más que interesante instalación en el Retiro de doscientos confesionarios de un diseño dinámico, con reminiscencias marinas, tal vez para navegar los procelosos mares de la modernidad, me ha llevado a revolver las páginas del reciente libro de mi admirado amigo David Konstan, filólogo e historiador de las emociones en el mundo antiguo y premoderno de la Universidad de Nueva York (NYU): Antes del perdón: orígenes de una idea moral. Sostiene allí David Konstan que la idea de perdón como idea moral no existe en el mundo antiguo. Es una intrigante conclusión de alguien muy bien informado: como filólogo de primera línea conoce perfectamente la literatura griega y romana, por su ascendencia, conoce perfectamente la tradición judía, por interés y estudio, conoce de primera mano los textos de la primera literatura cristiana, por curiosidad insaciable, está muy al día de toda la reflexión filosófica y científica sobre la historia de la subjetividad.
El perdón es una creación moderna. Ésta es la idea.
No creo que tenga mucho futuro la controversia en la que se han embarcado muchos filósofos actuales de orientación científica como Daniel Dennett o Richard Dawkins, como representantes de una suerte de ateísmo científico, sobre el "hechizo" de las ideas religiosas. Lleva esta controversia y otras similares a la muy vieja idea de los dioses como inventos del miedo. Tengo la sospecha poco meditada de que la Ilustración ha sido poco capaz de pensar la experiencia de lo sagrado como una forma radical de relación con el mundo. Y una de sus consecuencias es la visión superficial y la crítica superficial de las religiones. Como si los creyentes fueran un poco más tontos que el resto y estuviesen en estados premodernos.
No tengo nada que decir de cuestiones de existencia y referencia (si existen o cuántos y quienes son los dioses verdaderos), ni de cuestiones de ritos, ni siquiera de las operaciones mediáticas incapaces de ocultar la intención política que ha llenado nuestras calles de kumbayás y harekrisnas ilusionados y sobreactuando en simpatía y "juventud".
El punto del perdón es, me parece, el central en la deriva histórica que suponen algunas religiones que no solamente son modernas, sino que son creadoras originarias de la modernidad.
La antigüedad no contempla la idea de perdón, sólo entiende de aplacamiento del resentimiento. A los viejos dioses, al dios de la Biblia, se le aplaca. Al poder se le aplaca. Al vencedor se le aplaca. Es una gestión de las emociones que pueden producir ante el vencido e inferior las peores consecuencias. En la modernidad, nace una idea diferente: se condonan las deudas, los daños, se suspende el resentimiento. Pero hay un precio: el victimario, el pecador, debe someterse a un extraño proceso que tiene que ver, en primer lugar con la auto-inspección; que, en segundo lugar, debe llevar al reconocimiento de que hay una situación de deuda, que a veces ni siquiera tiene que ver con lo que se ha hecho, sino con lo que se ha deseado hacer; en tercer lugar, debe admitirse públicamente la situación de deuda; en cuarto lugar, debe entrarse en un estado emocional de culpa; en quinto lugar, debe admitirse y someterse de buen grado al castigo.
Sin este cambio no hubiera sido posible la modernidad. La modernidad es menos la idea de un progreso hacia un fin imaginado que la huida de una situación de mancha irremediable. Es algo que compartieron los reformados, los ilustrados y los contrarreformados. Cada uno puso el pecado donde le pareció bien.
Los doscientos confesionarios, obviamente, no están dirigidos a los puros sino a los pecadores que somos el resto.
Ciertamente hubo otra idea de perdón que tenía otras raíces más antiguas, que admitía el derecho a no confesar, que no exigía el arrepentimiento sino solamente la retribución a la víctima y el cumplimiento del castigo que socialmente se consideraba suficiente.
Son dos ideas de modernidad en las que cohabitamos. Yerran quienes consideran la instalación como una performance premoderna. Yo lo interpreto como uno de los signos de los tiempos.
viernes, 12 de agosto de 2011
Miedo humano, pánico bovino (ovino)
Allá por los años 80 del siglo pasado, un filósofo norteamericano, David Lewis, se preguntaba por si acaso pudiéramos establecer algún tipo de categoría que pudiese englobar emociones de una clase, el miedo por ejemplo, pero pertenecientes a especies muy diferentes: humanos, marcianos, pongamos por caso. La discusión es sofisticada y tiene que ver con temas como qué es lo que hace del miedo miedo, al menos desde el punto de vista de los tiempos y contextos en los que escribía Lewis. Me he acordado de aquella discusión pensando en estos avatares que sufren los "mercados" en estos tiempos, algo que viene repitiéndose desde el 2008 como la serpiente de verano que nos aqueja todos los años.
Según algunos analistas inteligentes, si uno observa las aparentes causas del pavor mercantil no encuentra una clara respuesta: primero Grecia, pero no, luego Portugal, tampoco, después España e Italia, no sé, me parece que no, después la deuda americana: va a ser que no, ahora Francia, pues vaya, tampoco. Se despejan las "dudas" mediante las adecuadas medidas de política económica y los mercados reaccionan con una histérica huida hacia otro lugar de temor. ¿Por qué? Estoy esperando volver al curso para que mis inteligentes amigos economistas me expliquen en qué consiste esa inteligencia de los mercados que viene suponiéndose desde Adam Smith. La explicación psicológica más plausible es el miedo. Nada más que miedo. Pero ¿qué miedo?
Muchos recordarán la secuencia de la película de Río Rojo de Howard Hawks, en la que los cowboys están intranquilos porque la tormenta que se acerca ha hecho cundir el pánico en el inmenso rebaño. Uno de ellos, el goloso, se acerca a la carreta e intenta meter el dedo en el azúcar. En el silencio del atardecer caen un montón de cacerolas y la estampida se propaga por todo el rebaño. Tardan horas en controlarla a base de disparos y peligros que cuestan alguna vida y al final John Wayne, muy enfadado, está punto de matar al culpable, salvado a medias por un melancólico Montgomery Clift.
Por más que piense en el miedo que todos tenemos a lo desconocido no puedo entender estos fenómenos de masas sin pensar en los rebaños de vacas de Kentucky. No puede ser que esta gente tenga miedo al futuro como el resto de nosotros: un miedo que controlamos como personas adultas y que no nos lleva a salir gritando y golpeando a los vecinos cada vez que nos asustamos. ¿De qué está hecha esa gente? Estoy seguro que cuando tratan con sus empleados lo hacen con chulería y humos de grandes hombres (me los imagino varones, sí), pero cuando tratan con su dinero les sale el ovino que llevan dentro, y al que sólo johnwaynes pueden controlar a base de gritos y disparos.
Vaya por Darwin y Adam Smith. La inteligencia de los mercados vacunos.
Según algunos analistas inteligentes, si uno observa las aparentes causas del pavor mercantil no encuentra una clara respuesta: primero Grecia, pero no, luego Portugal, tampoco, después España e Italia, no sé, me parece que no, después la deuda americana: va a ser que no, ahora Francia, pues vaya, tampoco. Se despejan las "dudas" mediante las adecuadas medidas de política económica y los mercados reaccionan con una histérica huida hacia otro lugar de temor. ¿Por qué? Estoy esperando volver al curso para que mis inteligentes amigos economistas me expliquen en qué consiste esa inteligencia de los mercados que viene suponiéndose desde Adam Smith. La explicación psicológica más plausible es el miedo. Nada más que miedo. Pero ¿qué miedo?
Muchos recordarán la secuencia de la película de Río Rojo de Howard Hawks, en la que los cowboys están intranquilos porque la tormenta que se acerca ha hecho cundir el pánico en el inmenso rebaño. Uno de ellos, el goloso, se acerca a la carreta e intenta meter el dedo en el azúcar. En el silencio del atardecer caen un montón de cacerolas y la estampida se propaga por todo el rebaño. Tardan horas en controlarla a base de disparos y peligros que cuestan alguna vida y al final John Wayne, muy enfadado, está punto de matar al culpable, salvado a medias por un melancólico Montgomery Clift.
Por más que piense en el miedo que todos tenemos a lo desconocido no puedo entender estos fenómenos de masas sin pensar en los rebaños de vacas de Kentucky. No puede ser que esta gente tenga miedo al futuro como el resto de nosotros: un miedo que controlamos como personas adultas y que no nos lleva a salir gritando y golpeando a los vecinos cada vez que nos asustamos. ¿De qué está hecha esa gente? Estoy seguro que cuando tratan con sus empleados lo hacen con chulería y humos de grandes hombres (me los imagino varones, sí), pero cuando tratan con su dinero les sale el ovino que llevan dentro, y al que sólo johnwaynes pueden controlar a base de gritos y disparos.
Vaya por Darwin y Adam Smith. La inteligencia de los mercados vacunos.
domingo, 7 de agosto de 2011
El juego del ultimátum
La historia del juego (no su definición en forma matemática) consiste en un bien (pongamos, una tortilla) que debe ser dividido entre dos agentes. Uno de ellos, A, tiene el cuchillo para hacer la división (es el agente que hace una oferta que supone equitativa); el otro, B, tiene la capacidad de decidir: puede aceptar el trozo que le toca o no. Los resultados son que si B no acepta la oferta los dos pierden todo, si la acepta, la tortilla se reparte de acuerdo a la oferta. El juego se juega una vez, por lo que los agentes se encuentran ante una decisión que no pueden corregir sobre la marcha aprendiendo del contrario.
Uno abre los periódicos y parece que la economía, los mercados y los gobiernos del mundo, juegan el juego del ultimatum: los gobiernos hacen una oferta y los mercados deciden. El juego real es más complicado pues importa la información que se tenga sobre el otro agente, y a veces ocurre que los agentes reales se entremezclan, pero el juego describe grandes rasgos de la situación, como el llamado dilema del prisionero durante la Guerra Fría. Como se sabe bien en psicología de la Teoría de Juegos, una de las mejores estrategias en estos juegos es ser o fingir ser completamente irracional y loco: se suele contar la historia del ladrón que entra en casa y amenaza a la familia con una pistola a cambio de la bolsa. Si el cabeza de familia es suficientemente frío como para volverse loco y, pongamos por caso, tirar la llave al agua, el ladrón queda sin fuerza en la amenaza. Uno diría que las continuas descripciones de los mercados como histéricos, locos, etc. suenan bastante a esta estrategia. El juego entonces pasa a una nueva fase en la que el bien a repartir se convierte en una apuesta sobre la racionalidad del otro. Si los dos se vuelven locos, el caos, si uno convence al otro de que está loco, gana. Los mercados juegan con la ventaja de que tienen una máscara que impide ver las caras y es más fácil hacer creer que están locos. La verdad, si yo fuese los gobiernos diría que la opción más racional es irme de vacaciones. Es curioso, estos dos días, cuando comenzaba la amenaza, la noticia de primera página de los grandes periódicos de opinión económica (Wall Street Journal, Financial Times y otros generalistas) era quíén estaba de vacaciones y quién no. Me pregunto por qué. ¿Y si todos hubiesen tomado la decisión de Berlusconi e irse a la playa dejando a Doña Ángela y sus mercados pensativos?
(Si alguien se pregunta qué bien se reparte aquí, está claro: es un mal. Es el reparto de la pobreza o las rebajas de las políticas que se han llamado el Estado del Bienestar (¿quién rayos le pondría este nombre?). Los gobiernos deben decidir cuánta desigualdad social son capaces de inyectar en el sistema antes de que salten los plomos, los mercados decidirán si es suficiente). El próximo gobierno conservador seguirá en el juego pese a lo que cree: podrá rebajar todo lo que quiera los bienes públicos, pero se endeudará por las políticas de seguridad (para aguantar la presión de la calle (Sol) y rebajas de impuestos (para aguantar la presión de la calle (Serranos).
miércoles, 3 de agosto de 2011
imágenes prestadas
Tomo de flores en el ático estos ejercicios de poesía visual de Robert Montgomery y de Troche
Como en este admirado blog, tan profundo y perceptivo sobre la cultura visual, me invade la nostalgia por la colonización que sufren nuestros ojos, como si el espacio público de imágenes no fuese un espacio que debiéramos cuidar, como si la invasión de marcas y anuncios fuesen las únicas intervenciones posibles en el horizonte de nuestra mirada. Hace tiempo que he dejado de irritarme por las intervenciones de adolescentes en las vallas y puertas de nuestras ciudades: sus deseos de identidad, al menos, no producen más daños constatables que la limpieza de las paredes ni afectan a los estratos profundos de lo real como ocurre con la publicidad que invade la ciudad y la calle.
Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos poesía por las calles, escrita en los viejos soportes de la publicidad, en los mensajes ocultos del poder, en los puros muros del espacio público. Mientras tanto, mientras tanto, como adolescentes, podríamos ir dejando restos de poesía visual por las calles, como se dejan libros en los parques o sonrisas en el ascensor.
Hoy, que parece hundirse el mundo económico, hoy, ayer, que vaciaron Sol de sueños, hoy, que apenas si encuentro una estrella, quiero ver el mundo con imágenes prestadas.
viernes, 29 de julio de 2011
El dominio de los pronombres. Los pronombres del dominio.
Edita Manuel Cruz una interesantísima compilación de reflexiones sobre los pronombres personales: yo, tú, el/ella, nosotros/nosotras, vosotros/vosotras, ellos/ellas. Ha elegido a algunas de las voces más interesantes y renovadoras de la filosofía contemporánea: Fina Birulés, Laura Llevadot, Alicia García, Marina Garcés, Ángela Lorena, David Gràcia, Santiago López Petit. Cada uno de los trabajos son más que recomendables, pero querría hacer una breve reflexión sobre el argumento contra los pronombres de Santiago López Petit: siempre tan radical, siempre tan profundo. sostiene SLP que el dominio de los pronombres es un dominio en un doble sentido: establece un territorio de tensiones (yo/nosotros; nosotros/ellos, etc.) y al tiempo establece un territorio de poder: el poder del lenguaje que, al crear un código, establece también un sistema de elecciones en el que nos empantanamos. Trasladamos las crisis a elecciones entre pronombres: salvar el yo, salvar el nosotros, salvar.... Cuando es este sistema de elecciones el que hace presente la trampa de los pronombres. Ofrece SLP una alternativa que ha estado/está presente en muchos de los actuales movimientos radicales: crear espacios de anonimato. Crear una renuncia a los pronombres.
Tiene razón SLP en que las crisis de existencia contemporánea han sido vividas como crisis de pronombres: noche del "yo", noche del "nosotros", noche del "ellos". Tiene razón en que las salidas de las crisis no pueden ser salidas que supongan nuevas dicotomías: retirada al aristocratismo del yo, retirada al cálido calor del nosotros, ... Tiene razón en todo ello. Y, sin embargo,... ¿es el espacio anónimo un espacio público? Es ciertamente un espacio de resistencia, un espacio guerrillero de la identidad sin adjetivos. Pero podría ocurrir que estas estéticas de la resistencia, como señaló José Luis Brea en el último número que editó de Estudios Visuales, no sean sino un lugar en donde se esconda también enmascarada la estrategia de la subordinación. La conquista del nombre y la conquista del pronombre sigue siendo una conquista. Es, ciertamente, una conquista de un nuevo estado de fragilidad y vulnerabilidad, el que da la existencia visible. La existencia anónima ha sido la existencia subordinada: la existencia de clase, la existencia de género, la existencia de etnia ("todos se parecen"). Es cierto que reivindicar estas existencias es reivindicar el lugar de lo humano. Pero la cultura de las existencias subordinadas tiene fuerza y mensaje porque, precisamente, entrañan el reclamo del nombre. Carlos Thiebaut lo explicó perfectamente hace años en su libro La historia del nombrar: pasamos la noche oscura de la historia luchando con el ángel para conquistar el nombre. Para conquistar los pronombres. El dominio de los anónimos, me parece, puede que no sea sino otra forma de retirada a un "nosotros" que sigue sosteniendo las dicotomías. Me parece que la única alternativa seguirá siendo construir un dominio de los pronombres en donde no existan pronombres de dominio. No sé si aquél dominio utópico será un dominio de anónimos. Desde luego no será un dominio de antónimos.
miércoles, 20 de julio de 2011
El lazo vulnerable
No recuerdo haber leído ninguna clasificación de los vínculos que nos atan ni de su fuerza o robustez, quizá ya esté escrita en alguno de los libros de la Biblioteca de Babel y tal vez forme parte de alguna teoría sociológica que ignoro. Me gustaría disponer de un catálogo ordenado de los lazos que establecen la comunidad humana en sus versiones positivas y negativas. Me gustaría saber del grado de vulnerabilidad, de cómo nos constituyen. Al igual que en la Enciclopedia China de Borges, debe haber muchos criterios de orden que se enredan en la lista que sigue, que se solapan o eliminan y que oscurecen tanto como iluminan.
Los lazos establecen una relación de dependencia entre personas, una relación que liga las trayectorias (acciones, planes, historias, deseos) de una persona a otras de las que depende. Relación que puede ser simétrica, antisimétrica o asimétrica; que puede ser subordinadora o liberadora; que puede ser estrecha o débil, que puede ser elegida, impuesta o heredada; que puede ser visible o invisible. Los lazos de familia, por ejemplo, paterno-materno-filiales, son visibles, pero las relaciones que establecen son invisibles y cambiantes, multidimensionales, son permanentes y son, sabemos desde Freud, vividas como troncos emocionales estructurantes que constituyen la parte más sustancial del carácter de la persona. He aquí algunos lazos:
Amor: extraño lazo que tiene una historia cultural de invención reciente. En la literatura antigua no aparece con las connotaciones contemporáneas, ni en lo que se refiere a la familia ni en lo que se refiere a la pareja. Es un lazo que se infiere de los comportamientos, que en la mayoría de las situaciones iniciales no es detectado en primera persona si no es con la ayuda de las reacciones de la otra parte, o del resto de los observadores. Es un lazo que vincula la totalidad de la persona y no alguna de sus máscaras o roles; que establece una suerte de incondicionalidad que sólo quizá la amistad sigue de cerca; que está en el hueso de la experiencia humana, y que, por ello, es tan deseable como temible.
Amistad: es el lazo que los filósofos de la antigüedad pensaron con más detalle. Vincula simétricamente a las personas y es tan visible como reconocible internamente. Emite una suerte de promesa: "siempre estaré ahí, para cuando me necesites", "no tienes que darme explicaciones, soy tu amigo", "ya sabéis de mis defectos, pero cuento con vuestra amistad". La amistad es una suerte de simpatía incondicional con la historia del otro. Corrompido por el mal uso de las redes sociales, la amistad es un vínculo que sólo puede establecerse con unas pocas personas. Cuando se presume de "es mi amigo", uno sospecha que no hay ahí más vínculo que el interés. La amistad, más que el amor, es desinteresada. Por eso nos gustaría, y por eso es tan difícil, tener amistad con las personas que amamos.
Lealtad: es el vínculo de la permanencia en la dependencia. La lealtad afecta a alguna de las dimensiones significativas del otro. La lealtad goza también de una suerte de desinterés. La lealtad se muestra precisamente cuando el interés ya no existe, e incluso cuando parecería que el interés llevaría al abandono del otro. La lealtad es una de las medidas más definitivas de la seriedad del carácter de una persona. Es, me parece, una de los vínculos de los que nace el comportamiento moral.
Confianza: es el vínculo más tratado y estropeado por los economistas. Se les supone expertos en el estudio de esta relación (confianza de los mercados, dicen), mas sólo han alcanzado a desarrollar un cálculo de riesgos. La confianza es el vínculo que nos ata cuando no calculamos los riesgos, cuando no nos importa el cálculo. Es el vínculo fundamental que constituye lo que de comunidad tienen nuestros lazos sociales. Es un vínculo poderoso y vulnerable. Que resiste la sospecha y a veces la evidencia. Pero que no puede reconstituirse cuando se rompe.
Respeto: es un lazo asimétrico del que nace la emulación y el aprendizaje. No afecta necesariamente a toda la persona, aunque puede hacerlo, sino a alguna de sus manifestaciones. Respetamos el saber, la generosidad. Establece el lugar de una persona en su comunidad. Las relaciones de respeto son las que articulan eso que llamamos autoridad, que no es poder, y que hacen de las sociedades sistemas educativos. Como la confianza, es difícil de ganar y fácil de perder. Por ello es también un signo que colorea las narraciones de una persona en su trayectoria vital. Compárense estos dos horizontes: "ser un ganador/perdedor"; "ser digno/indigno de respeto" (uso el masculino genéricamente, para no escribir sindicalistamente).
Obediencia: es un lazo que se vincularía a primera vista al poder, y de hecho se obedece al poder por imposición, pero también está la obediencia elegida, la servidumbre voluntaria que instituye eso tan complicado de definir que son las relaciones de autoridad.
El único individualismo que entiendo es el que construye personas en dependencia de estos lazos. Y de otros, para cuya clasificación os pido ayuda.
Los lazos establecen una relación de dependencia entre personas, una relación que liga las trayectorias (acciones, planes, historias, deseos) de una persona a otras de las que depende. Relación que puede ser simétrica, antisimétrica o asimétrica; que puede ser subordinadora o liberadora; que puede ser estrecha o débil, que puede ser elegida, impuesta o heredada; que puede ser visible o invisible. Los lazos de familia, por ejemplo, paterno-materno-filiales, son visibles, pero las relaciones que establecen son invisibles y cambiantes, multidimensionales, son permanentes y son, sabemos desde Freud, vividas como troncos emocionales estructurantes que constituyen la parte más sustancial del carácter de la persona. He aquí algunos lazos:
Amor: extraño lazo que tiene una historia cultural de invención reciente. En la literatura antigua no aparece con las connotaciones contemporáneas, ni en lo que se refiere a la familia ni en lo que se refiere a la pareja. Es un lazo que se infiere de los comportamientos, que en la mayoría de las situaciones iniciales no es detectado en primera persona si no es con la ayuda de las reacciones de la otra parte, o del resto de los observadores. Es un lazo que vincula la totalidad de la persona y no alguna de sus máscaras o roles; que establece una suerte de incondicionalidad que sólo quizá la amistad sigue de cerca; que está en el hueso de la experiencia humana, y que, por ello, es tan deseable como temible.
Amistad: es el lazo que los filósofos de la antigüedad pensaron con más detalle. Vincula simétricamente a las personas y es tan visible como reconocible internamente. Emite una suerte de promesa: "siempre estaré ahí, para cuando me necesites", "no tienes que darme explicaciones, soy tu amigo", "ya sabéis de mis defectos, pero cuento con vuestra amistad". La amistad es una suerte de simpatía incondicional con la historia del otro. Corrompido por el mal uso de las redes sociales, la amistad es un vínculo que sólo puede establecerse con unas pocas personas. Cuando se presume de "es mi amigo", uno sospecha que no hay ahí más vínculo que el interés. La amistad, más que el amor, es desinteresada. Por eso nos gustaría, y por eso es tan difícil, tener amistad con las personas que amamos.
Lealtad: es el vínculo de la permanencia en la dependencia. La lealtad afecta a alguna de las dimensiones significativas del otro. La lealtad goza también de una suerte de desinterés. La lealtad se muestra precisamente cuando el interés ya no existe, e incluso cuando parecería que el interés llevaría al abandono del otro. La lealtad es una de las medidas más definitivas de la seriedad del carácter de una persona. Es, me parece, una de los vínculos de los que nace el comportamiento moral.
Confianza: es el vínculo más tratado y estropeado por los economistas. Se les supone expertos en el estudio de esta relación (confianza de los mercados, dicen), mas sólo han alcanzado a desarrollar un cálculo de riesgos. La confianza es el vínculo que nos ata cuando no calculamos los riesgos, cuando no nos importa el cálculo. Es el vínculo fundamental que constituye lo que de comunidad tienen nuestros lazos sociales. Es un vínculo poderoso y vulnerable. Que resiste la sospecha y a veces la evidencia. Pero que no puede reconstituirse cuando se rompe.
Respeto: es un lazo asimétrico del que nace la emulación y el aprendizaje. No afecta necesariamente a toda la persona, aunque puede hacerlo, sino a alguna de sus manifestaciones. Respetamos el saber, la generosidad. Establece el lugar de una persona en su comunidad. Las relaciones de respeto son las que articulan eso que llamamos autoridad, que no es poder, y que hacen de las sociedades sistemas educativos. Como la confianza, es difícil de ganar y fácil de perder. Por ello es también un signo que colorea las narraciones de una persona en su trayectoria vital. Compárense estos dos horizontes: "ser un ganador/perdedor"; "ser digno/indigno de respeto" (uso el masculino genéricamente, para no escribir sindicalistamente).
Obediencia: es un lazo que se vincularía a primera vista al poder, y de hecho se obedece al poder por imposición, pero también está la obediencia elegida, la servidumbre voluntaria que instituye eso tan complicado de definir que son las relaciones de autoridad.
El único individualismo que entiendo es el que construye personas en dependencia de estos lazos. Y de otros, para cuya clasificación os pido ayuda.
sábado, 9 de julio de 2011
Grandes obras, gestos mínimos
Nuestro ministro del ramo de Fomento (¿qué fomentan?) declara estos días que las grandes obras están en peligro si no se suben los impuestos. Dejemos a un lado los impuestos. Me llama la atención el peligro que acecha a las grandes obras. No es una queja sobre la política, siempre tan constructiva, tan constructora. Es sobre la filosofía de la historia que hace posible estas manifestaciones: poder hacer grandes obras como ideal de acción histórica. Grandes obras.
Cierra el curso Metamorfosis en el CBA, Manu, de Basurama, que nos cuenta otra forma de intervenir: a través de gestos mínimos en los espacios públicos que hacen que la gente se organice y los reocupe y reutilice, los recicle (con material reciclado siempre). Como esta intervención en la antigua piscina de El Mercado de la Cebada, un intento fallido de especulación del Ayuntamiento de Madrid, el día antes del estallido de la burbuja, que ahora no es sino un erial de cemento en el centro de Latina. Los vecinos lo han ocupado, se han organizado y han construido este Taller de Sombras con lonas recicladas de la propaganda del Instituto Cervantes, que ahora sirven para crear un espacio público de sombra en el tórrido julio, donde trabajar, divertirse y jugar.
Basurama es uno de los grandes colectivos de los gestos mínimos. Acabo el curso y me voy corriendo a la inauguración de PAN, encuentro transfronterizo de poesía y arte de vanguardia en Morille. Morille: un espacio rural de gestos mínimos. Las mujeres de este pueblo y de otro portugués que se une a la iniciativa han tejido con retales una bandera blanca. Se hace una bajada de bandera que cubrirá una pared mientras dura el encuentro. Ha sido un gesto mínimo de los pueblos promovido por Antonio Gómez, poeta visual y activista del arte. También la gente del pueblo, las mujeres, han cosido compresas iluminadas en uno de los árboles de la plaza. Es una iniciativa de luzinterruptus activistas del arte en los espacios públicos. Es gente de gestos mínimos, como el magnífico blog flores en el ático de Remedios, como los promotores de La Pieza, galería de arte en la Calle de la Palma en Malasaña, Remedios Zafra, activista de net-arte y ciberfeminismo. Es gente que no hace grandes obras sino gestos mínimos.
Gestos que no transforman otra cosa que la mirada. Gestos que son capaces de transformar la mirada.
Gestos que crean lazos y vínculos. Gestos que crean comunas y comunidades. Gestos que, tal como están las cosas, son gestas.
Dos filosofías de la historia y dos teorías de la acción. Y también dos acciones de la teoría.
No me quejaré de quienes eligen las grandes obras. Tienen sus motivos, sus razones y sus voluntades. Amigos y amigas con los que he viajado por la vida se han sentido tentados por las grandes obras. Yo no soy ni me siento capaz. Mas, cuando me siento impotente, abro estas páginas, voy a estos encuentros, y vuelvo a saber, recuerdo y me recuerdo a mí mismo, la multitud de gente de gestos mínimos. Que también, o quizá simplemente que, están transformando el mundo. Sin estropearlo más de lo que está.
Cierra el curso Metamorfosis en el CBA, Manu, de Basurama, que nos cuenta otra forma de intervenir: a través de gestos mínimos en los espacios públicos que hacen que la gente se organice y los reocupe y reutilice, los recicle (con material reciclado siempre). Como esta intervención en la antigua piscina de El Mercado de la Cebada, un intento fallido de especulación del Ayuntamiento de Madrid, el día antes del estallido de la burbuja, que ahora no es sino un erial de cemento en el centro de Latina. Los vecinos lo han ocupado, se han organizado y han construido este Taller de Sombras con lonas recicladas de la propaganda del Instituto Cervantes, que ahora sirven para crear un espacio público de sombra en el tórrido julio, donde trabajar, divertirse y jugar.
Basurama es uno de los grandes colectivos de los gestos mínimos. Acabo el curso y me voy corriendo a la inauguración de PAN, encuentro transfronterizo de poesía y arte de vanguardia en Morille. Morille: un espacio rural de gestos mínimos. Las mujeres de este pueblo y de otro portugués que se une a la iniciativa han tejido con retales una bandera blanca. Se hace una bajada de bandera que cubrirá una pared mientras dura el encuentro. Ha sido un gesto mínimo de los pueblos promovido por Antonio Gómez, poeta visual y activista del arte. También la gente del pueblo, las mujeres, han cosido compresas iluminadas en uno de los árboles de la plaza. Es una iniciativa de luzinterruptus activistas del arte en los espacios públicos. Es gente de gestos mínimos, como el magnífico blog flores en el ático de Remedios, como los promotores de La Pieza, galería de arte en la Calle de la Palma en Malasaña, Remedios Zafra, activista de net-arte y ciberfeminismo. Es gente que no hace grandes obras sino gestos mínimos.
Gestos que no transforman otra cosa que la mirada. Gestos que son capaces de transformar la mirada.
Gestos que crean lazos y vínculos. Gestos que crean comunas y comunidades. Gestos que, tal como están las cosas, son gestas.
Dos filosofías de la historia y dos teorías de la acción. Y también dos acciones de la teoría.
No me quejaré de quienes eligen las grandes obras. Tienen sus motivos, sus razones y sus voluntades. Amigos y amigas con los que he viajado por la vida se han sentido tentados por las grandes obras. Yo no soy ni me siento capaz. Mas, cuando me siento impotente, abro estas páginas, voy a estos encuentros, y vuelvo a saber, recuerdo y me recuerdo a mí mismo, la multitud de gente de gestos mínimos. Que también, o quizá simplemente que, están transformando el mundo. Sin estropearlo más de lo que está.
lunes, 4 de julio de 2011
Mal de archivo punto cero
.
Por alguna razón que me es desconocida, en estos tiempos de apocalipsis no es el futuro sino el pasado el que me inquieta, y busco las raíces de lo que soy en los archivos de lo que fui: libros, poemas, imágenes, películas. Iré poco a poco rescatando de mi memoria lábil estratos olvidados que algún tiempo fueron lugares de primaveras interminables.
José Luis Hidalgo fue uno de los poetas de mi adolescencia- No es un poeta conocido, es uno de los fracasos de este país. Su cuerpo ejemplifica mejor que su escritura el destino de varias generaciones de las que me siento hijo. Murió a destiempo. Murió como se moría en la posguerra, de algo relacionado con los pulmones, aunque seguramente su mal estaba relacionado con el paisaje (también apocalíptico) del momento. Escribió un libro de poemas rebelde y desolado: Los muertos. Escrito en los momentos últimos, no llegó a verlo editado. Nada refleja mejor el mundo de los padres de mi generación que las quejas desesperadas que allí dirige contra el dios escondido incapaz de responder a la pregunta de por qué.
Sólo alguien tan cercano a la muerte como él es capaz, pudo ser capaz, sin embargo, de escribir uno de los poemas eróticos más intensos de la historia. Georges Bataille podría explicarnos por qué. Fue Bataille quien insistió en la cercanía de Eros y Thanatos, de las dos experiencias esenciales. En ambos casos, sostenía, lo biológico ha quedado desbordado por una nueva economía del ofrecimiento que no puede entenderse en términos de necesidades y cumplimientos. Pero, como a José Luis Hidalgo, pocos lo leen:
Habla hoy Fernando Rodríguez de la Flor en el curso anual del Círculo de Bellas Artes que organizo con David Hernández de la Fuente, este año dedicado a Proteo y otras metamorfosis, de un Barroco mediterráneo que encontró luz en la desolación de un imperio en ruinas, que pudo hacer metáfora de la metamorfosis del cuerpo transmutado en polvo, que supo hacer metamorfosis de la metáfora de la muerte y transfigurarla en deseo infinito. Allí estaba ya Hidalgo, aquí está todavía Quevedo, este Quevedo:
Por alguna razón que me es desconocida, en estos tiempos de apocalipsis no es el futuro sino el pasado el que me inquieta, y busco las raíces de lo que soy en los archivos de lo que fui: libros, poemas, imágenes, películas. Iré poco a poco rescatando de mi memoria lábil estratos olvidados que algún tiempo fueron lugares de primaveras interminables.
José Luis Hidalgo fue uno de los poetas de mi adolescencia- No es un poeta conocido, es uno de los fracasos de este país. Su cuerpo ejemplifica mejor que su escritura el destino de varias generaciones de las que me siento hijo. Murió a destiempo. Murió como se moría en la posguerra, de algo relacionado con los pulmones, aunque seguramente su mal estaba relacionado con el paisaje (también apocalíptico) del momento. Escribió un libro de poemas rebelde y desolado: Los muertos. Escrito en los momentos últimos, no llegó a verlo editado. Nada refleja mejor el mundo de los padres de mi generación que las quejas desesperadas que allí dirige contra el dios escondido incapaz de responder a la pregunta de por qué.
Sólo alguien tan cercano a la muerte como él es capaz, pudo ser capaz, sin embargo, de escribir uno de los poemas eróticos más intensos de la historia. Georges Bataille podría explicarnos por qué. Fue Bataille quien insistió en la cercanía de Eros y Thanatos, de las dos experiencias esenciales. En ambos casos, sostenía, lo biológico ha quedado desbordado por una nueva economía del ofrecimiento que no puede entenderse en términos de necesidades y cumplimientos. Pero, como a José Luis Hidalgo, pocos lo leen:
Amor así
Cuando dos cuerpos se unen para amar,
se quema más despacio la soledad de la tierra.
De corazón a corazón, de hueso a hueso,
saltan pájaros ardiendo como puñales
piel del mundo o deseo donde la carne gime,
un gran río desnudo de inesperados crisantemos.
Cuando dos cuerpos se aprietan como bocas,
se empujan como voraces cataratas al rumor de la vida
perdiendo un posible contacto con la muerte que espera,
que sobre el olvidado planeta a lo lejos refulge
como un fantasma solitario y oculto.
Hombre o mujer, árboles vibrantes,
hirvientes besos estrujados y un ángel.
Amarse es poseer la tierra sin sombras para siempre
Habla hoy Fernando Rodríguez de la Flor en el curso anual del Círculo de Bellas Artes que organizo con David Hernández de la Fuente, este año dedicado a Proteo y otras metamorfosis, de un Barroco mediterráneo que encontró luz en la desolación de un imperio en ruinas, que pudo hacer metáfora de la metamorfosis del cuerpo transmutado en polvo, que supo hacer metamorfosis de la metáfora de la muerte y transfigurarla en deseo infinito. Allí estaba ya Hidalgo, aquí está todavía Quevedo, este Quevedo:
Amor constante más allá de la muerte
Quizá el mal de archivo esté en esta memoria desatada que ha perdido su orilla, que ya no sabe arder, ni nadar en aguas frías, ni perder el respeto a la ley severa. Quizá por eso la memoria ya no sabe cuidar del cuerpo, quizá por eso ya sólo sea ceniza sin sentido.Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;
Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.
Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,
Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.
n, mas polvo enamorado.
viernes, 1 de julio de 2011
La seducción de la utilidad
En los tiempos de crisis que nos circundan nadie está a salvo. Unos más que otros, es cierto, pero todo es revisable. En el interesante magazine cultural The Boston Review, el filósofo Todd Edwin Jones explica su caso: era director del Departamento de Filosofía de la Universidad de Nevada cuando, recientemente, le llamó se decano para comunicarle que, debido a la necesidad de hacer recortes presupuestarios, la universidad había decidido cerrar su departamento y despedir a todos sus profesores: http://www.bostonreview.net/ BR36.2/todd_edwin_jones_ nevada_philosophy.php
T.E. Jones defiende en este artículo el error que comete la universidad prescindiendo de la filosofía. Se remonta a la muerte de Sócrates para recordar una larga tradición de persecución de la filosofía por la autoridad y elabora un argumento para defender que las universidades tengan estudios de filosofía: sostiene que estudiar filosofía mejora las capacidades de cualquier otra de las especialidades de la universidad. Nos informa que su departamento estaba especializado en epistemología, el estudio del conocimiento, y que tal estudio contribuiría a hacer más correctas las capacidades de razonamiento y que, por ello, prescindir de la filosofía es un error que sólo puede redundar en un menor nivel de la educación pública.
No sé que haría si me quedase sin trabajo, pero como en tiempos de crisis todo son recortes que terminan afectándonos sobre todo a quienes nos dedicamos a esta vaporosa "especialidad" de las humanidades, creo que merece la pena considerar el argumento de nuestro filósofo (a quien confieso no conocer por otra obra que por este artículo). Me parece un error. Me parece un error fundamental que, para disculpar al autor, ha sido cometido además por una larga tradición de autores, entre ellos, Descartes (El discurso del método es un largo argumento de este tipo, que incluía en aquel tiempo a la ciencia entera y no sólo a la filosofía). Se trata de la seducción de la utilidad. Como si fuese el argumento definitivo para convencer a la autoridad.
El error es en primer lugar local: casi todas las disciplinas podrían elaborar un argumento similar. Si el mundo fuese diseñado por los zapateros (no hay ironía en el ejemplo), todos estaríamos haciendo zapatos. Y puestos a elegir, la verdad, se me ocurren muchas formas de gastar el dinero más útilmente que financiando la filosofía. Pero, en segundo lugar, es un error global, es un error de bulto. Parte de la premisa incierta y casi seguro que falsa de que la filosofía es útil. No lo es. No lo es relativamente y me atrevería a sostener que no lo es en absoluto. ¿Como va a ser útil aprender el arte de la distancia, de cuestionar las cuestiones, de examinar los argumentos, de continuar la conversación cuando parecía que ya estaba todo dicho? La filosofía no añade nada a otras habilidades. Es como jugar al fútbol pensando en lo que uno hace cuando está a punto de tirar un penal.
Sé de qué hablo, porque algún día tuve que explicar en mi casa por qué iba a estudiar filosofía y no ingeniería. No. La filosofía no es útil. La filosofía es necesaria.
Es difícil explicarle a la sociedad por qué es necesario que sus hijos e hijas aprendan el arte de la distancia. En realidad no les hará más felices, ni más ricos, ni mejores profesionales, y me atrevería a decir que ni siquiera mejores personas. El arte de la distancia está en los fundamentos más profundos de nuestra sociedad, está, por ejemplo, en esa cláusula que nunca se lee de las constituciones (democráticas) y que permite reformarlas y aún transformarlas radicalmente. Está en esas preguntas que nos hacemos dos o tres veces en la vida, por ejemplo, por qué estudiar filosofía antes que ingeniería, o por qué sentimos que debemos ser leales cuando nos sería más útil dejar de serlo. En esos momentos nos convertimos todos en filósofos.
No sólo es un error caer en la seducción de la utilidad: es una mentira y un autoengaño filosófico. La filosofía sirve sobre todo para explicar por qué la utilidad es siempre un argumento débil. Si pensamos en el proyecto humano.
En otra página de un departamento de humanidades, se preguntan por qué estudiar las opciones que ofrecen y su argumento me parece mucho mejor: "no te hará más rico, pero si te gusta y estás convencid@ de que es lo tuyo, ¿por qué no probar y probarte a ti mism@?" Es un argumento mucho más decente.
No sé si cuando escribo esto la universidad de Nevada habrá prescindido ya del departamento de filosofía. Seguro que seguiremos conociendo a Nevada por sus casinos y su turismo de baja estofa.
T.E. Jones defiende en este artículo el error que comete la universidad prescindiendo de la filosofía. Se remonta a la muerte de Sócrates para recordar una larga tradición de persecución de la filosofía por la autoridad y elabora un argumento para defender que las universidades tengan estudios de filosofía: sostiene que estudiar filosofía mejora las capacidades de cualquier otra de las especialidades de la universidad. Nos informa que su departamento estaba especializado en epistemología, el estudio del conocimiento, y que tal estudio contribuiría a hacer más correctas las capacidades de razonamiento y que, por ello, prescindir de la filosofía es un error que sólo puede redundar en un menor nivel de la educación pública.
No sé que haría si me quedase sin trabajo, pero como en tiempos de crisis todo son recortes que terminan afectándonos sobre todo a quienes nos dedicamos a esta vaporosa "especialidad" de las humanidades, creo que merece la pena considerar el argumento de nuestro filósofo (a quien confieso no conocer por otra obra que por este artículo). Me parece un error. Me parece un error fundamental que, para disculpar al autor, ha sido cometido además por una larga tradición de autores, entre ellos, Descartes (El discurso del método es un largo argumento de este tipo, que incluía en aquel tiempo a la ciencia entera y no sólo a la filosofía). Se trata de la seducción de la utilidad. Como si fuese el argumento definitivo para convencer a la autoridad.
El error es en primer lugar local: casi todas las disciplinas podrían elaborar un argumento similar. Si el mundo fuese diseñado por los zapateros (no hay ironía en el ejemplo), todos estaríamos haciendo zapatos. Y puestos a elegir, la verdad, se me ocurren muchas formas de gastar el dinero más útilmente que financiando la filosofía. Pero, en segundo lugar, es un error global, es un error de bulto. Parte de la premisa incierta y casi seguro que falsa de que la filosofía es útil. No lo es. No lo es relativamente y me atrevería a sostener que no lo es en absoluto. ¿Como va a ser útil aprender el arte de la distancia, de cuestionar las cuestiones, de examinar los argumentos, de continuar la conversación cuando parecía que ya estaba todo dicho? La filosofía no añade nada a otras habilidades. Es como jugar al fútbol pensando en lo que uno hace cuando está a punto de tirar un penal.
Sé de qué hablo, porque algún día tuve que explicar en mi casa por qué iba a estudiar filosofía y no ingeniería. No. La filosofía no es útil. La filosofía es necesaria.
Es difícil explicarle a la sociedad por qué es necesario que sus hijos e hijas aprendan el arte de la distancia. En realidad no les hará más felices, ni más ricos, ni mejores profesionales, y me atrevería a decir que ni siquiera mejores personas. El arte de la distancia está en los fundamentos más profundos de nuestra sociedad, está, por ejemplo, en esa cláusula que nunca se lee de las constituciones (democráticas) y que permite reformarlas y aún transformarlas radicalmente. Está en esas preguntas que nos hacemos dos o tres veces en la vida, por ejemplo, por qué estudiar filosofía antes que ingeniería, o por qué sentimos que debemos ser leales cuando nos sería más útil dejar de serlo. En esos momentos nos convertimos todos en filósofos.
No sólo es un error caer en la seducción de la utilidad: es una mentira y un autoengaño filosófico. La filosofía sirve sobre todo para explicar por qué la utilidad es siempre un argumento débil. Si pensamos en el proyecto humano.
En otra página de un departamento de humanidades, se preguntan por qué estudiar las opciones que ofrecen y su argumento me parece mucho mejor: "no te hará más rico, pero si te gusta y estás convencid@ de que es lo tuyo, ¿por qué no probar y probarte a ti mism@?" Es un argumento mucho más decente.
No sé si cuando escribo esto la universidad de Nevada habrá prescindido ya del departamento de filosofía. Seguro que seguiremos conociendo a Nevada por sus casinos y su turismo de baja estofa.
martes, 28 de junio de 2011
López, Hopper
La soledad de las cosas. La soledad. La distancia.
Demasiada realidad. Demasiada verdad.
Antonio López y Edward Hopper dejan que la luz muestre el secreto: no hay nada más profundo que la piel; nada más oculto que la superficie; nada más misterioso que la apariencia.
Es la segunda vez en mi vida que tengo el privilegio de fatigar mis ojos en una colectiva de Antonio López. La primera vez, hace muchos años, apenas el Reina Sofía, era un visitante en Madrid. Ahora lo veo con los mismos ojos asombrados que Antonio López. Paseo por la exposición, que se abre hoy, y veo a la gente con un sentido de la cercanía (reconocen cada perspectiva) y del misterio (todo es cariño ensimismado) que me resulta demasiado propio. Su ciudad es mi soledad, su soledad es mi ciudad.
Madrid en construcción interminable, como cada uno de sus cuadros. Madrid. Un membrillo. Un aparador, una nevera, un cuarto sucio. Un abismo de preguntas.
Deseo de ser dibujante. Deseo de ser piel roja. Deseo de ser López. Deseo de ser Hopper.
domingo, 26 de junio de 2011
La distancia del entomólogo
El entomólogo tiene una perspectiva distante y distinta del insecto: mira desde arriba, se sabe de una especie diferente, no tiene dudas respecto a las reacciones del animal, sólo, acaso, ignora su diseño y costumbres. Pero en general lo sabe ya casi todo de aquel bicho. Se sabe en un lugar aparte en la escala del ser. Su mirada y su perspectiva en el espacio del laboratorio prueban su lugar privilegiado. Y, sin embargo, siente la sensación de generalizar la conducta de la hormiga y extraer lecciones para que tomen nota los colegas del departamento de sociología, o de lo que sea: Sociobiología. La nueva síntesis, Edward Osborne Wilson, 1975. Le atrae lo inferior tanto como le distancia su simplicidad. Se sabe complejo. Sabe que al final de la jornada las luces del laboratorio se apagan, que cerrará la puerta y se encaminará a su seguro lugar el el mundo real, el mundo real de los entomólogos, tan distante de los insectos.
Entomólogos que sustituyen la razón por la piedad, que pierden la perspectiva de la razón creyendo que esto se resuelve con generalizaciones nomológicas sobre el insecto del que todo se conoce adobadas con esa especie de piedad que sienten los entomólogos por sus hormigas. Sabios de los senderos de la historia a fuer de tanto estudiar historia. Distantes de sí, distantes de se.
Intentaría coleccionar juicios y opiniones sobre el 15-M que han ido desgranando los miembros de la inteligencia del país pero no tengo paciencia ni distancia. Me sublevo enseguida. "No tienen sentido de las mediaciones" afirma una columna de la opinión: viven en la pura inmediatez. Son niños mimados que ven en peligro el consumo y exigen su parte en el pastel de la nueva economía, sostiene otro. Alguno, más cercano a la política (que no a lo político), se irrita profundamente por la incapacidad que manifiestan para entender las complejidades del Estado.
Me asombra el explosivo éxito de la entomología entre la inteligentzia del país. De El País. Dejemos a un lado el resto. Me asombra por la rapidez de juicio que muestran, por su penetración en las capas profundas de la tectónica de placas de la historia contemporánea.
Escribía así Pier Paolo Pasolini (me siento más cerca de su poesía que de su cine):
A algunos radicales
El espíritu, la dignidad mundana,
el arribismo inteligente, la elegancia,
el traje a la inglesa y el chiste francés,
el juicio tanto más duro cuanto más liberal,
la sustitución de la razón por la piedad,
la vida como apuesta para perder como señores,
os han impedido saber quiénes sois:
conciencias siervas de la norma y del capital.
Entomólogos que sustituyen la razón por la piedad, que pierden la perspectiva de la razón creyendo que esto se resuelve con generalizaciones nomológicas sobre el insecto del que todo se conoce adobadas con esa especie de piedad que sienten los entomólogos por sus hormigas. Sabios de los senderos de la historia a fuer de tanto estudiar historia. Distantes de sí, distantes de se.
viernes, 24 de junio de 2011
Auto-etnografías
De vuelta del Pratt Institute, en Brooklyn, reparo en que he aprendido, y en un sentido platónico recordado, la importancia filosófica de la auto-observación distante, como si uno fuese la hormiga que es, como si uno fuese el entomólogo que es. Barbara Duarte, una portuguesa-americana, nos muestra fotos de su niñez, poemas de adolescente, cuenta anécdotas de su trabajo actual, nos deja entrever lo íntimo para hacer transparente lo universal de la experiencia humana, tan situada, tan universal, tan cercana, tan distante. Me vuelvo pensando en cuánta razón tiene en dejar que lo personal se evapore en forma de argumentos: todo es personal, todo es político: todo es filosófico. Nos subimos a hombros de los objetos que tenemos a mano para ver si llegamos un poco más lejos con nuestra miope mirada: viejas fotos, viejos textos, olores y tactos del mundo que nos rodea (para mí, este blog es sobre todo un instrumento de auto-etnografía, un modo de hacer colectiva mi perplejidad con el mundo, conmigo mismo). Auto-etnografía como método filosófico, no menos importante que el análisis conceptual, que la hermenéutica de los signos de los tiempos, que la historia de los conceptos, que la perspectiva desde el universo.
Tres momentos:
En el Reina Sofía, en la instalación de Yayoi Kusama, en la cueva infinita de los espejos: Me auto-retrato en una cueva que no es platónica sino borgiana (abomino de los espejos y la cópula porque multiplican el número de los hombres). En el Pratt Institute, en ensimismada discusión sobre el efecto halo en la pintura del Renacimiento: Gregg está hablando de cómo los pintores renacentistas trataban de representar en un cuadro lo que es irrepresentable: la autoridad. Antonio y Carlos toman notas, yo tomo imágenes en la absurda ilusión de que una imagen podría hablar por sí misma. En Washington Square, donde una espontánea indignada nos pide que le ayudemos a manifestar su cercanía al 19-M, contra el pacto del euro.
No hay nada de contradictorio en las imágenes: caleidoscopia de una experiencia inconsistente, retazos que habrán de ser montados en un tiempo por venir, cuando lo que no es sino una acumulación de sucesos y acontecimientos se convierta en experiencia. Hay alguna conexión secreta entre Kusama, Gregg Horowitz, la plaza de Washington, mi contingente haber estado mirando en los tres momentos, mi perplejidad, mi distancia y la convicción de que todo es parte de una trama insondable que constituye lo que somos.
El entomólogo molesta a la hormiga. La hormiga molesta al entomólogo. Hay en ello alguna lección que deberemos aprender.
domingo, 19 de junio de 2011
Deberías haberlo sabido
Paseo esta mañana por Brooklyn con José Medina, amigo filósofo wittgensteiniano y activista de las minorías en Vanderbilt University. Nos acercamos a uno de los centros históricos donde nació el abolicionismo. Jose está a punto de pubicar Epistemologías de la ignorancia, en Oxford University Press, sobre la ceguera que aqueja a tantos que deberían/mos haberlo sabido. El no ver como uno de las causas de la discriminación y sustento de las hegemonías.
Me doy por aludido: debería haberlo sabido. Me he pasado la vida pensando, escribiendo y enseñando epistemología abstracta, contemplando cómo se aburre el personal con ejemplos que le son tan lejanos y con casos de escepticismo que sólo un filósofo puede entender, y debería haber sabido que el no saber es algo mucho más grave y cercano. Hemos dejado ir la filosofía hacia un moralismo vago que impregna todo el discurso y hemos olvidado la inmoralidad de la falta de conocimiento. La culpa la tenemos los filósofos, especialmente gente como el que escribe esto, que ha pensado que los modelos de la ciencia eran los modelos de la excelencia humana (que en cierto sentido y momento lo son) y deberíamos haber sabido que la sabiduría estaba más en aquellos que supieron verlo a tiempo, que no tuvieron miedo de mirar y de preguntar, que no tuvieron miedo de saber. Debería haberlo sabido, y ahora podría reivindicar que el conocimiento es nuestro bien más preciado, que los filósofos ayudamos también a pensar sobre ello.
Nuestra memoria está hecha de desmemoria, de puntos ciegos que no hemos querido o sabido eliminar. Y de escepticismo que no debería haberlo sido, y de ignorancia que no debería haber ocurrido. Los grandes desastres de la historia empiezan por no haberlo sabido cuando se debería. No es la falta de curiosidad lo que nos aqueja, ni la falta de metodología sino el valor para mirar ahí donde tememos hacerlo, porque entonces lo sabríamos.
Mañana estaremos discutiendo de Trauma, memoria y olvido en el Pratt Institute, un centro de creación y discusión artística. Se me ocurre que debería pensar más sobre la ignorancia: sobre todo sobre la ignorancia de la ignorancia, y quizás, tal vez, algún día, se podrá lamentar menos el trauma y el olvido y celebrar la memoria.
Me doy por aludido: debería haberlo sabido. Me he pasado la vida pensando, escribiendo y enseñando epistemología abstracta, contemplando cómo se aburre el personal con ejemplos que le son tan lejanos y con casos de escepticismo que sólo un filósofo puede entender, y debería haber sabido que el no saber es algo mucho más grave y cercano. Hemos dejado ir la filosofía hacia un moralismo vago que impregna todo el discurso y hemos olvidado la inmoralidad de la falta de conocimiento. La culpa la tenemos los filósofos, especialmente gente como el que escribe esto, que ha pensado que los modelos de la ciencia eran los modelos de la excelencia humana (que en cierto sentido y momento lo son) y deberíamos haber sabido que la sabiduría estaba más en aquellos que supieron verlo a tiempo, que no tuvieron miedo de mirar y de preguntar, que no tuvieron miedo de saber. Debería haberlo sabido, y ahora podría reivindicar que el conocimiento es nuestro bien más preciado, que los filósofos ayudamos también a pensar sobre ello.
Nuestra memoria está hecha de desmemoria, de puntos ciegos que no hemos querido o sabido eliminar. Y de escepticismo que no debería haberlo sido, y de ignorancia que no debería haber ocurrido. Los grandes desastres de la historia empiezan por no haberlo sabido cuando se debería. No es la falta de curiosidad lo que nos aqueja, ni la falta de metodología sino el valor para mirar ahí donde tememos hacerlo, porque entonces lo sabríamos.
Mañana estaremos discutiendo de Trauma, memoria y olvido en el Pratt Institute, un centro de creación y discusión artística. Se me ocurre que debería pensar más sobre la ignorancia: sobre todo sobre la ignorancia de la ignorancia, y quizás, tal vez, algún día, se podrá lamentar menos el trauma y el olvido y celebrar la memoria.
jueves, 16 de junio de 2011
Un corazón gramsciano
He ido observando desde hace años, con la distancia que se le supone a un filósofo, cómo ha ido transformándose en España la mayoría que pudiéramos llamar de izquierdas (los nombres y el trabajo cansan) en una mayoría de derechas (o conservadora, o como sea). Es un proceso tan fascinante como simétrico. Las varias fracciones políticas conservadoras de la transición, formadas básicamente por funcionarios del régimen franquista, divididos en varias familias ideológicas, sin mucho contacto con la sociedad, han logrado en unas décadas formar un partido de varios cientos de miles de militantes, entusiastas y organizados. Se entrelaza la parte política con un sinfín de redes sociales y de organizaciones, muchas o la mayoría de origen religioso, que se asientan en la sociedad civil y crean una trama de relaciones y comunidades que permite pensar en un bloque hegemónico, tal como lo pensó con cuidado Gramsci. No es casual porque en buena medida ha sido construido con criterios gramscianos. Está por estudiar el origen ideológico de las nuevas formas conservadoras, pero en el caso español tiene mucho que ver con la aplicación al bloque conservador de sistemas y formas que habían sido creadas por la izquierda social. En los años setenta, ciertos movimientos religiosos de la izquierda quedaron fascinados por cómo en Italia se estaba reconformando una división social entre dos culturas: Comunione e Liberazione, un grupo cercano a los movimientos de Autonomía Operaia, comenzó a teorizar la simetría cultural de la Democracia Cristiana y el Partido Comunista. Ambos, sostenía, eran ya movimientos interclasistas y de similares formas y características, a los que únicamente separaba una cierta atmósfera cultural: un vago clericalismo, en un caso, un vago anticlericalismo en el otro. Sostuvo CL que era más fácil transformar la Democracia Cristiana que el Partido Comunista, que podía introducir allí una profunda renovación cultural, estética, moral y política. Varios otros movimientos vieron algo parecido en otros lugares. Estos movimientos cambiaron radicalmente la Iglesia Católica en los años noventa. Acabaron con la vieja estructura episcopal y teológica y la transformaron en la máquina social que hoy es. En la derecha económica y política ocurrió algo parecido: militantes de izquierda, muchos ex-maoistas o ex-comunistas, llegaron a similares conclusiones y políticas: transformar la cultura conservadora con metodología de izquierdas. Leyeron a Hayek y a Popper con una sabiduría gramsciana y elaboraron un programa de hegemonía cultural y simbólica cuidadoso, efectivo, bien armado. No se preocuparon por las elecciones y sí por los colegios, por la prensa, radio y televisión, por las organizaciones y agrupaciones, por los másteres y las redes sociales que formaban. Lo demás vendría después.
La izquierda, también con mucho cuidado, se encargó de desmontar todos los movimientos sociales que la habían llevado al poder: corrompió a los militantes obreros convirtiéndolos en liberados sindicales, a los militantes de barrio en concejales; abandonó todas las asociaciones, organizaciones de barrio, ongs, (casi todas pasaron a formar parte de la sociedad civil ligada a lo religioso); construyó los partidos como sindicatos de cargos políticos; transformó las casas del pueblo en un pueblo de casas (hipotecadas) con la creencia de que eso era la modernidad; dejó la cultura y los símbolos en manos de periodistas, cantantes, poetas de la experiencia y novelistas costumbristas que degradaron el trabajo cultural a suplementos semanales; llenó de dinero los servicios públicos, pero abandonó todos los movimientos renovadores que habían entendido los servicios públicos como lugares de transformación social. En treinta años logró convertir el pensamiento emancipador en un garabato ideológico de eslóganes vacíos.
Ayer Cayo Lara, el coordinador de Izquierda Unida, no entendía que le despreciase un grupo que había acudido a defender a las víctimas de un desahucio. No podía entenderlo. Lo comprendo. Para hacerlo necesitaría repensar de nuevo toda una trayectoria histórica.
Hoy muchos están aterrorizados por los próximos y predecibles resultados electorales. Pobres optimistas. Si pudiera recomendarles algo les diría: "toma tus trajes de rebajas de El Corte Inglés, toma tus cargos y privilegios y, con mucho cuidado, llévalos al punto de reciclaje; vuelve al curro, si aún lo recuerdas o lo tienes, vuelve a las colas de la Seguridad Social, vuelve al bar del barrio. Verás que hay esperanza donde crees que no había nada. Vuelve a confiar en la gente y, con el tiempo, verás que confían en tí. Vuelve a leer a Gramsci. Vuelve (no, comienza) a leer a Simone Weil. Es bueno para la tensión. Todo lo demás vendrá por añadidura.
La izquierda, también con mucho cuidado, se encargó de desmontar todos los movimientos sociales que la habían llevado al poder: corrompió a los militantes obreros convirtiéndolos en liberados sindicales, a los militantes de barrio en concejales; abandonó todas las asociaciones, organizaciones de barrio, ongs, (casi todas pasaron a formar parte de la sociedad civil ligada a lo religioso); construyó los partidos como sindicatos de cargos políticos; transformó las casas del pueblo en un pueblo de casas (hipotecadas) con la creencia de que eso era la modernidad; dejó la cultura y los símbolos en manos de periodistas, cantantes, poetas de la experiencia y novelistas costumbristas que degradaron el trabajo cultural a suplementos semanales; llenó de dinero los servicios públicos, pero abandonó todos los movimientos renovadores que habían entendido los servicios públicos como lugares de transformación social. En treinta años logró convertir el pensamiento emancipador en un garabato ideológico de eslóganes vacíos.
Ayer Cayo Lara, el coordinador de Izquierda Unida, no entendía que le despreciase un grupo que había acudido a defender a las víctimas de un desahucio. No podía entenderlo. Lo comprendo. Para hacerlo necesitaría repensar de nuevo toda una trayectoria histórica.
Hoy muchos están aterrorizados por los próximos y predecibles resultados electorales. Pobres optimistas. Si pudiera recomendarles algo les diría: "toma tus trajes de rebajas de El Corte Inglés, toma tus cargos y privilegios y, con mucho cuidado, llévalos al punto de reciclaje; vuelve al curro, si aún lo recuerdas o lo tienes, vuelve a las colas de la Seguridad Social, vuelve al bar del barrio. Verás que hay esperanza donde crees que no había nada. Vuelve a confiar en la gente y, con el tiempo, verás que confían en tí. Vuelve a leer a Gramsci. Vuelve (no, comienza) a leer a Simone Weil. Es bueno para la tensión. Todo lo demás vendrá por añadidura.
viernes, 10 de junio de 2011
La seriedad y la atención
Aprendo toda una tarde de Álvaro Marcos, que está escribiendo con entusiasmo una tesina sobre la atención. Me vengo rumiando sus ideas y abro los Cuadernos de Simone Weil buscando esos matices que sólo ella logra darle al pensamiento:
Detecta con precisión cuánta miseria hay en la falta de atención a los detalles. Nos rebelamos contra la corrupción que estructura la sociedad contemporánea, que forma la fábrica de este tiempo, sin reparar cuán ligadas están la falta de esfuerzo en las acciones cotidianas con los grandes fracasos en la estructura social. Pensar que nada nos jugamos en la acción mínima es sentar las bases de la indiferencia a lo que vendrá en forma de corrupción estructural. No me ha indignado nunca la corrupción de los poderosos: es como indignarse por el tiempo frío o por el calor del verano. Me indigna la falta de atención a los detalles que impregna a todos los que quieren/queremos sociedades más justas e igualitarias. Pues nace el fracaso en la pasividad cotidiana, en la actitud de ver el entorno inmediato como un espectáculo ajeno. Escribir y/o actuar igual que pare una mujer: sabiendo que uno no puede hurtarse el esfuerzo, que uno no puede mentirse a sí mismo. Que los fracasos de la historia están siempre en la forma en cómo nos levantamos, movemos, enseñamos, compramos, comemos o hacemos el amor. Que la indolencia y el autoengaño son el hilo que teje las tramas de corrupción. Todo es político: la ideología (en el peor sentido del término) es, al final, falta de atención a lo cotidiano.
Siempre hemos pensado que lo malo de la sociedad del espectáculo es que convierta la realidad en simulacros, pero en realidad eso es lo menos importante. Es el convertirse en espectadores lo que hace corrupta la sociedad del espectáculo, el haber creado un mundo como la ventana de Hitchcock que nos impide interferir con la realidad, el ver el mundo a través del ojo distraído del que siente que nada le concierne, que nada le es propio. No es el espectáculo simulacro sino el espectador: un fantasma que ha perdido el sentido de lo real porque ha perdido la capacidad de atender. "La atención --me enseña Álvaro-- es la apropiación de la percepción". ¡Bravo!: la corrupción empieza por la desposesión del detalle.
"Se escribe de igual manera que se pare; no te puedes impedir hacer el supremo esfuerzo. Pero también se actúa del mismo modo. No tengo por qué temer que no llegue a hacer el esfuerzo supremo. Con la única condición de no mentirme a mí misma y de poner atención. Cuando tengo la sensación de poder elegir entre dos o más acciones, incluso en los asuntos más pequeños (como levantarme o acostarme cuando quiera, escribir una carta cuando me parezca, leer tal libro, o tal periódico, fumar o no un cigarrillo, o comer o no un trozo de pan), dicha sensación se corresponde (y es proporcional) con una miseria interior que acabará estallando más tarde con el fracaso en un asunto mayor. Hay que ver siempre los asuntos pequeños como una prefiguración de los asuntos importantes; de ese modo evitaremos descuidos y perplejidades" (Cuadernos, 288)
Detecta con precisión cuánta miseria hay en la falta de atención a los detalles. Nos rebelamos contra la corrupción que estructura la sociedad contemporánea, que forma la fábrica de este tiempo, sin reparar cuán ligadas están la falta de esfuerzo en las acciones cotidianas con los grandes fracasos en la estructura social. Pensar que nada nos jugamos en la acción mínima es sentar las bases de la indiferencia a lo que vendrá en forma de corrupción estructural. No me ha indignado nunca la corrupción de los poderosos: es como indignarse por el tiempo frío o por el calor del verano. Me indigna la falta de atención a los detalles que impregna a todos los que quieren/queremos sociedades más justas e igualitarias. Pues nace el fracaso en la pasividad cotidiana, en la actitud de ver el entorno inmediato como un espectáculo ajeno. Escribir y/o actuar igual que pare una mujer: sabiendo que uno no puede hurtarse el esfuerzo, que uno no puede mentirse a sí mismo. Que los fracasos de la historia están siempre en la forma en cómo nos levantamos, movemos, enseñamos, compramos, comemos o hacemos el amor. Que la indolencia y el autoengaño son el hilo que teje las tramas de corrupción. Todo es político: la ideología (en el peor sentido del término) es, al final, falta de atención a lo cotidiano.
Siempre hemos pensado que lo malo de la sociedad del espectáculo es que convierta la realidad en simulacros, pero en realidad eso es lo menos importante. Es el convertirse en espectadores lo que hace corrupta la sociedad del espectáculo, el haber creado un mundo como la ventana de Hitchcock que nos impide interferir con la realidad, el ver el mundo a través del ojo distraído del que siente que nada le concierne, que nada le es propio. No es el espectáculo simulacro sino el espectador: un fantasma que ha perdido el sentido de lo real porque ha perdido la capacidad de atender. "La atención --me enseña Álvaro-- es la apropiación de la percepción". ¡Bravo!: la corrupción empieza por la desposesión del detalle.
sábado, 4 de junio de 2011
Desubicación
En su Poética del espacio, Gastón Bachelard comenzó una tradición de pensamiento sobre la distinción entre espacio: conjunto abstracto, indiferenciado, impersonal, y lugar: paisaje, espacio significativo, hogar, habitáculo (hoy son muchos quienes se dedican a Geografía Humana y estudian más los lugares y los paisajes que los espacios que aparecen en las cartografías. Describir y estudiar los lugares es algo muy distinto a levantar planos del espacio). Mucho más tarde, el filósofo canadiense Charles Taylor usó esta distinción como base de su propuesta ética: el animal moral es aquél que se sabe ubicado en un lugar. Sabe de dónde viene y a dónde va, cuáles son las direcciones correctas y cuáles las sendas perdidas. Estos días escucho una inteligente conferencia de una filósofa norteamericana sobre la pérdida de lugar, sobre la desubicación como experiencia humana radical. Cuando se han perdido las referencias y todos los caminos se vuelven oscuros. Empleaba bellas metáforas como el bosque oscuro, debida a Descartes, o una escalera infinita. En la desubicación, el lugar se vuelve espacio ilimitado porque todas las direcciones valen lo mismo. Objeté, objetamos varios, sobre experiencias cercanas, pero de un carácter moral muy diferente, como las del exiliado, el refugiado o desplazado, al que el lugar propio le ha sido arrebatado y más que pérdida ha sufrido expolio, o aquellos sobre los que pende la amenaza del des-plazamiento. Se puede objetar también que en una sociedad compleja la experiencia del lugar debería dar paso a la construcción de espacios comunes, donde las sendas deben ser definidas por la capacidad de entender y situarse en lugares ajenos. Todo esto es cierto. Pero creo, después de pensarlo más, que tenía razón, que hay algo de radical en la experiencia de desubicación como experiencia moral. Casi todas las éticas han tenido una intuición espacial en su trasfondo metafórico: espacios comunes, utopías. Las propuestas menos dogmáticas también han partido siempre de la experiencia de un lugar en el mundo, aunque frágil, aunque provisional. Por eso la experiencia de desubicación se vuelve un inquietante pozo para el pensamiento: una posibilidad donde los horizontes se han perdido y la mirada vaga por el mundo sin encontrar referencias. Robert K. Merton, sociólogo funcionalista, habló en la mitad del siglo pasado de la anomía, una enfermedad moral que algunas sociedades sufren en algunos momentos, cuando las normas han dejado de tener valor o significado. La desubicación puede ser una de las causas de la anomía. Cuando personas, grupos, generaciones, han perdido sus lugares de referencia. La tentación dogmática es siempre la respuesta al miedo a la desubicación. No son casuales las metáforas de la luz como respuesta al terror a la desubicación en tantas filosofías morales. El miedo a la desubicación está en la base de casi todas las territorializaciones y parroquialismos que habitan la literatura moral. Pero la desubicación es también una experiencia moral, es ya una experiencia moral. Quizá deberíamos empezar a pensar desde otro lugar: desde el lugar de los desubicados.
martes, 31 de mayo de 2011
Contra el marco, contra la vitrina, contra el escaparate
Se quejaba en una reciente entrevista en Babelia, Richard Serra de la persistencia del marco, el pedestal, ahora vitrina, en la escultura. El marco separa, distancia: crea un espacio en el que el espectador ya no está o está como observador distante. Velázquez trató en Las Meninas, como muchos otros autores del Barroco, de superar el marco e integrar al espectador al mismo espacio pictórico. Richard Serra ha dedicado toda su obra a ello. La entrevista, dirigida más por el potente discurso de Serra que por la perspicacia del periodista, llevaba una y otra vez a cuestionar cuál es el espacio del arte, el espacio de la obra. Y leyéndola, claro: pensé en Sol, cómo no, en cómo Sol está contribuyendo a subvertir no solamente los espacios políticos, sino también y sobre todo los espacios estéticos.
Sol te obliga a pasear bajo las carpas, a entrar en contacto físico y visual con los manifestantes, a vivir en medio de ese medio que las mentes policíacas sienten como basura, pero en realidad es un medio híbrido en donde resuenan sonidos que nacieron en el comienzo de los tiempos. Por eso, de pronto, me encuentro en que hay una secreta comunión entre Serra, Patricia Piccinini, los simbiontes de Sol y las transformaciones irreversibles de los nuevos espacios públicos que ya no podrán ser dependientes de la actitud pasiva del pedestal (los pedestales de Sol), de las vitrinas, de los escaparates. Redistribución, también, de la experiencia.
Se ha subvertido la palabra (otro día dejaré algunos de los mensajes), pero se ha excavado sobre todo en los estratos más profundos de los espacios públicos, allí donde los objetos y las gentes crean lugares y perspectivas nuevas, trayectorias que son al tiempo emocionales, reflexivas y sensoriales. Entramos en una nueva fase de espacios simbiontes donde seres, ideas, cartones, plásticos y reivindicaciones se mezclan en una nueva forma híbrida de espacio público.
Cuando los comerciantes y sus vitrinas logren expulsar a los acampados sentiremos la nostalgia de las heterotopías y heterocronías de Sol. Sentiremos la nostalgia de los espacios públicos sin pedestales, sin escaparates, sin vitrinas, sin marcos.

Sol te obliga a pasear bajo las carpas, a entrar en contacto físico y visual con los manifestantes, a vivir en medio de ese medio que las mentes policíacas sienten como basura, pero en realidad es un medio híbrido en donde resuenan sonidos que nacieron en el comienzo de los tiempos. Por eso, de pronto, me encuentro en que hay una secreta comunión entre Serra, Patricia Piccinini, los simbiontes de Sol y las transformaciones irreversibles de los nuevos espacios públicos que ya no podrán ser dependientes de la actitud pasiva del pedestal (los pedestales de Sol), de las vitrinas, de los escaparates. Redistribución, también, de la experiencia.
Se ha subvertido la palabra (otro día dejaré algunos de los mensajes), pero se ha excavado sobre todo en los estratos más profundos de los espacios públicos, allí donde los objetos y las gentes crean lugares y perspectivas nuevas, trayectorias que son al tiempo emocionales, reflexivas y sensoriales. Entramos en una nueva fase de espacios simbiontes donde seres, ideas, cartones, plásticos y reivindicaciones se mezclan en una nueva forma híbrida de espacio público.
Cuando los comerciantes y sus vitrinas logren expulsar a los acampados sentiremos la nostalgia de las heterotopías y heterocronías de Sol. Sentiremos la nostalgia de los espacios públicos sin pedestales, sin escaparates, sin vitrinas, sin marcos.

domingo, 29 de mayo de 2011
Teoría del cuerpo extendido
En el principio todo era piel, mundo indiferenciado donde la sensación interna y la sensación externa no tenían fronteras, donde la epidermis constituía la densidad de lo real. En el principio todo era frontera, no había dentro ni fuera porque lo propio y lo ajeno aún no se habían manifestado como desgarro y escisión de la piel, experiencia de niñez y abandono. No había cuerpos: sólo un continuo de sensaciones y reacciones viscerales. El bebé vivía en un paisaje de reacciones epidérmicas, de colinas alzadas sobre momentos de placer y largos valles de oscuridades e irritaciones. Alimentos y defecaciones, caricias, baños, todo eran sensaciones sin percepción. El bebé comenzó a convertirse en niño al tiempo que un entrelazamiento de objetos tejió su piel con nuevas experiencias sensoriales: chupetes, sonajeros, múltiples capas de ropa que le eran impuestas y retiradas con ritual parsimonia, jabones y colonias, alimentos, paseos en un adormecedor carricoche. Su piel se pobló de sabores y olores, de aires refrescantes y cambiantes caleidoscopios de colores y brillos. El cuerpo comenzó a manifestarse como lo invariante en aquella secuencia de objetos que ya no eran piel y sin embargo levantaban un muro, una nueva sensación de frontera en la que la ausencia de la piel materna y la presencia del mundo se imponían como manifestación de una realidad de cuerpo presente, como experiencia de distancia y abandono.
Tal vez fue así: no recordamos la historia de los sentidos y de las impresiones que llevaron desde la piel al mundo, desde lo epidérmico a la conciencia del cuerpo. Pero no es osado pensar que los objetos que contribuyeron a la producción de la realidad fueron objetos que habían sido diseñados para hacerlo, una red de artefactos que habrían de ser el horizonte de un ser que ya comenzaba a ser, a poseer un cuerpo. En el principio todo fue eros . Tardarían en llegar los tiempos en los que la caricia se convirtiese en cariño, la angustia por el abandono en deseo, y del eros indiferenciado surgieran los afectos, las amistades, el sexo y ocasionalmente los amores y desamores. El cuerpo que habría de ser adolescente, persona adulta, ser perdido en el bosque de la historia, siguió siendo diseñado por nuevas ecologías de artefactos. Un día descubriría que la alimentación exigía cocina, el sexo sexualidad, el amor habitación. Que el destino humano eran los cuerpos extendidos. Que la cama y la tumba eran, fueron, los dos objetos que convirtieron aquél organismo en el cuerpo que ahora era.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)












