jueves, 16 de julio de 2009

Leer y escribir

Circunstancias desparejas me han llevado a sendas amables y agradables controversias sobre el futuro del libro en la era digital con mi amigo Antonio León y con Nicole Etxevers (entusiasta de las nuevas tecnologías, que se encarga en la editorial Herder del futuro libro digital y es gestora del Observatorio para la Cibersociedad). En ambos casos me observo a mí mismo defendiendo el libro con una pasión que me sorprende, dado que tantas veces me han calificado de tecno-romántico. Pero sí, discuto sobre el e-book, el libro electrónico y, aunque estoy convencido de que tendrá un éxito enorme cuando se den dos condiciones:
1. Que mejoren los aparatos de lectura y se vuelvan más acogedores (no sé cuál será su tamaño y peso, la evolución dirá)
2. Cuando los libros sean fácilmente accesibles: en librerías on-line, o no on-line (sospecho que una sección futura de las librerías será la de los libros electrónicos, que serán descargados desde un mostrador)

tengo la convicción de que el libro es un artefacto insustituible. Mi argumento es que el libro es un objeto casi perfecto, como el botijo: han sido siglos de coevolución entre editores y lectores los que han ido dando a los libros el tamaño, la textura, el peso y el olor que hacen de él un objeto tan deseable.


Como Borges, las bibliotecas son para mí lugares sagrados: cuando entro en una biblioteca dejo al lado las preocupaciones que tuviera a la entrada. La exploro, la curioseo, la disfruto. No me importa lo grande o especializada que sea. Una biblioteca es el lugar donde se crean los universos paralelos, es un jardín de encantos y un desafío a tu tiempo inteligente.
Soy un usuario habitual del libro y del artículo electrónicos; en este mismo ordenador en el que escribo, almaceno varios miles de artículos y varios cientos de libros, y los leo, con menos pasión que los libros-papel, pero con la misma curiosidad. Pero mi lectura es otra cosa, lo mismo que mi explorar en la biblioteca electrónica de mi universidad es distinto a los viajes que realizo a la física, lo mismo que el almacén virtual es distinto a la(s) biblioteca(s) que llenan los lugares donde habito y trabajo.
Mi argumento, mi crítica, es que el libro no está obsoleto, el libro electrónico no produce la obsolescencia del libro de papel, lo mismo que el metal no sustituyó al barro, sino que lo envió a otro ámbito de la cultura, como tampoco el automóvil hizo desaparecer al caballo (si alguien quiere apostar algo sobre cuándo ha sido la época en la que más caballos han existido, puede hacerlo conmigo)
Ya me ha ocurrido con la escritura y no creo que vaya a ser distinto. Cuando escribí mi tesis doctoral no había aún ordenadores de sobremesa fácilmente accesibles ni los que había tenían procesadores de texto tan eficientes como los actuales. Escribí mi tesis a mano, después la pasé a máquina. Más tarde comencé la larga historia de mis ordenadores personales (me acuerdo de todos ellos, debería haberles dado nombre, tanta fue su compañía). Hoy sigo escribiendo a mano todo lo que me importa, y sobre todo aquello que me resulta particularmente difícil de pensar o de expresar.
Colecciono todo tipo de artilugios de escritura manual (uno de mis pecados consumistas que dudo que pueda evitar ya en esta vida), cada día me gusta más la caligrafía y siempre me fijo en la letra de la gente porque en ella escriben su forma muy particular de ser y de relacionarse con el lenguaje. Mi ordenador no ha sustituido a la pluma: se han repartido el espacio de mi escritorio. En paz. Cuando escribo a ordenador y cuando escribo a mano pienso de forma diferente.
Sospecho, ese es mi argumento, que lo mismo ocurrirá con el libro electrónico. El tanto por ciento de la humanidad que leemos y escribimos repartiremos el tiempo y el espacio. Ya sé que la respuesta es que esto es generacional, que somos la última generación que aprendió caligrafía. Lo dudo mucho.
Los amantes del disco de vinilo seguro que me entienden.

domingo, 12 de julio de 2009

El conocimiento oblicuo

"La realidad es un lugar muy poco recomendable, pero es lo único que hay abierto a estas horas". Éste es el título de una de las canciones del grupo de música experimental Don Simon y Telefunken, un grupo catalán que animó ayer el encuentro de poesía y artes varias PAN que ya celebra su novena edición en el pueblo de Morille, Salamanca, uniendo lo rural y las propuestas más vanguardistas del pais. Su organizador artístico, Fabio Rodríguez de la Flor ha subrayado este año la dimensión humorística, sardónica y escacharrante. La respuesta de la palabra a la crisis.

Y como todos los años en estas fechas me revuelvo pensando en mi relación con la poesía.

Cuando uno se dedica a la filosofía la tentación de confundir poesía y filosofía es insoportable, pero mucho más dañina e insoportable es la tentación de separarlas. Tenía razón Borges al decir que detrás de todo sistema metafísico hay una buena metáfora (y viceversa). Lo mismo que con la metafísica me ocurre con la epistemología: ¿hay conocimiento en la poesía?: es fácil decir que sí y es fácil decir que no. Es más difícil el matiz.
Es "conocimiento fácil", en un sentido, no hay que pasarse días y noches en el duro trabajo de investigar, es, en otro sentido, un conocimiento extraordinariamente difícil de conseguir: explorar creativamente el alma en los estratos en los que el auto-conocimiento resbala y no se atreve a mirar.
Es creación y al tiempo encuentro: paradojas de un modo de hablar que tuvo que ver en sus orígenes con las artes adivinatorias, oraculares, movimientos ciegos en lo ambiguo para encontrar en los límites del sentido nuevos sentidos. Un ejemplo:


Me gustaría pensar que hay algún indicio de amor cuando puedo decir de veras: El deseo, incluso en sus rabietas más violentas, no puede persuadirme de que es amor ni impedirme desear que lo sea.
(I should like to believe that it is some evidence of love when I can truthfully say: Desire, even in its wildest tantrums, can neither persuade me it is love nor stop me wishing it were.)


Este pequeño poema de W.H. Auden en Los señores del límite produce (me produce) un complejo de reacciones que van desde la sorpresa por la profundidad y economía con la que delimita amor y deseo y al tiempo los vincula, pasando por un largo proceso de meditación hasta una inevitable exploración en mis propias experiencias para comprobar, como si fuera una teoría, la validez de la sentencia.
Todo esto sería parte de una dimensión exploratoria y cognitiva: nos enseña lo que somos. Pero me doy cuenta de que no, que hace algo más que la filosofía y el pensamiento no pueden hacer: te transforma, cambia tu experiencia porque establece una distinción y un vínculo en el deseo y el amor que sólo existe ya porque ha existido antes este poema. Es un cambio irreversible en tu mirada. Ya no volverás a confundir el violento deseo con el amor, pero empezarás a explorarlo para encontrar huellas de un deseo de amor en los oscuros senderos del deseo, para intuir el deseo de segundo orden de que una alquimia transmute deseo en amor, y descubrir que el amor no es otra cosa sino este deseo del deseo. Y al tiempo sobrevivirá en tí una voluntad de lucidez, de que el deseo no te confunda, porque algún día el amor sobrevivirá al deseo. Habrás descubierto que el amor es todo paradoja. Y serás distinto.
Las artes del conocimiento son, claro, más duras en sus trabajos de exploración y encuentro. Pero no son tan efectivas en la elaboración de la experiencia humana. Me gustaría vivir entre: pero la vida en la frontera no es fácil. Desiertos de sentido, pantanos de confusión, bosques de silencio.
La novelista Iris Murdoch, una de mis santas, filósofa profunda, narradora sutil, sabía que filosofía y poesía están tan próximas como dos hermanas y tan lejanas como dos hermanas.

martes, 7 de julio de 2009

En el jardín de los mitos

La ternura del monstruo:



Más de una semana sin atender al blog, metido en un jardín (aprendí de Sánchez Ferlosio que era una expresión de teatro: "meterse en un jardín", es lo que hacen los actores que se pierden del texto y comienzan a improvisar). Lo mío fue el curso anual del Círculo de Bellas Artes que organizo con David Hernández de laFuente sobre mito, pensamiento y técnica, en la intersección de los tres temas, y que este año hemos titulado: De Prometeo a Frankenstein. Una semana con especialistas de las tres variantes temáticas, todos profundos, entregados, encantadores y en cierta forma míticos en sus trayectorias.
Se me impone irresistiblemente la idea de que el mito es un modo de pensamiento que nunca acabó de ser ocluido por el logos, que, al contrario, ha conservado o incrementado su fuerza en una era aparentemente desmitificadora. El logos, la lógica, es la explotación de los recursos cognitivos conscientes depositados en nuestro acervo. Ser lógicos es básicamente maximizar la información de la que disponemos sin caer en inconsistencias. La metáfora y el mito trabajan de otra forma. Son también modos de explotar la información, pero trabajan con un tipo de información depositada en los estratos más ocultos de nuestro desván. Trabajan (la metáfora, el mito) explotando las sugerencias, asociaciones, los hilos que forman la urdimbre de nuestras imágenes del mundo, que, al modo del pensamiento asociativo, trabaja con pensamiento no explícito, tampoco subconsciente, pero sí apantallado por los conceptos explícitos. El mito, los mitos, narraciones que se anclan en nuestra identidad cultural, trabajan en el modo de la metáfora explotando los vínculos del imaginario, pero trabajan sobre todo en el estrato de los símbolos que nos constituyen. Son mitos porque en ellos se depositan señas de la identidad cultural. No son evitables las inconsistencias, las ambigüedades: la precisión y la coherencia, más allá de un punto, son virtudes del tonto y del simple. En los modos complejos las incoherencias y ambigüedades no son sino condicionantes con los que hay que manejarse, nada de lo que sentirse orgulloso, pero precios que uno tiene que pagar cuando ahonda en los pozos del pensamiento. Si excluyéramos las metáforas y los mitos, incluso de la ciencia, perderíamos lo sabroso de la creatividad. Cada forma de pensamiento tiene su tiempo y su lugar.
Esta semana he estado en el jardín de Prometeo y Frankenstein, dos mitos que estructuran la forma de pensar las relaciones entre la ciudad y la técnica, entre el deseo y el riesgo.
Al final, al principio, nos fuimos desde Prometeo a Pandora, otra de las figuras míticas que siguen actuando con no menos fuerza que otros dioses, ángeles y santos que no por tener cultos activos tienen necesariamente más potencia mitopoiética. Prometeo el planificador ve como su hermano Epimeteo se casa con Pandora, que ha sido "construida", que mira al cielo y a su constructor en el momento de abrir los ojos, y a quien le será dado el traer con ella todos los males. Las lecturas sexistas son/fueron demasiado claras, pero hay formas de lectura que seguimos haciendo y no todas ellas sexistas. Porque Pandora es la primera mujer construida, ya no producto de la naturaleza sino de la práctica y la convención, y trae con ella formas de ver el mundo no sólo técnicas (Prometeo) o naturales (Epimeteo) o políticas (Zeus), sino modos de ver lo negativo de la realidad, formas de imaginar lo diferente.

Atado al Cáucaso Prometeo paga sus atrevimientos: el haber mentido a los dioses. Al igual que al Sísifo de Camus, imagino a Prometeo consolado en su dañada carne por las águilas imperiales por la visión de un valle en el que las dinámicas entre lo natural, lo técnico, lo político, lo negativo comienzan a crear un mundo humano que se atreve a mentir a los dioses.

Fue Prometeo muchas cosas, dependiendo de los tiempos. Ha pasado por ser el mito del progreso, pero no siempre fue así. Mary Shelley, en su Frankenstein o el moderno Prometeo, desenvolvió otra lectura. Aún nos quedan muchas por hacer, son los trabajos del mito, con los que tejemos nuestra identidad.

domingo, 28 de junio de 2009

Los colores de la mirada

Esta es una de las miradas más perspicuas de la fotografía contemporánea. Dorothea Lange se atrevió a mirar y a fotografiar lo que muchos no querían ver:



PhotoEspaña de esta temporada expone en el ICO una revisión de los grandes temas de Dorothea Lange, la gran testigo de las zonas oscuras de unos tiempos en los que Norteamérica sufría la gran crisis económica el primer tercio del siglo XX: las colas de los parados, la ruina de los jornaleros del Medio Oeste, el encierro en campos de concentración de ciento cincuenta mil americanos de origen japonés.





Lo que más impresiona de sus fotografías, en un tiempo en que ya lo hemos visto todo, en los que no hay desastre ni crueldad que no haya sido registrado, en los que nuestros ojos ya se han acorchado, es que sus fotos disparan una alarma de paradoja que no estaba en el archivo mental, de nuestro imaginario contemporáneo: en sus fotografías, los absolutamente pobres y vencidos son seres que unos años después se habrían de convertir en el prototipo de la salud, la riqueza, la seguridad, el mundo desarrollado. Blancos de origen centroeuropeo que emigran por las estepas desérticas de Nuevo Méjico, intentando llegar a California a ver si son contratados para recoger fruta. Autos averiados en la mitad de una carretera infinita. Niños de ojos y cara hermosa que miran más allá de la cámara a un mundo de caramelos. Sólo ha fotografiado algún trabajador mejicano y unos pocos negros, los demás son blancos arruinados, "white trash" que dicen en los estados del sur




En muchas de sus fotografías la realidad se contrasta con los carteles de propaganda, como esta de una cola de parados bajo una representación del sueño americano, familia, coche, esperanza.
Otras veces, ya no hay ironía, sino asombro y furia_



Cuando hizo la foto icónica, esta mujer, cuenta, llevaba una semana comiendo coles heladas que habían sido abandonadas en el campo y pájaros que cazaban sus hijos. Tomó seis fotografías. Una de ellas se convirtió en icono, pero la media docena de imágenes de esta mujer de 31 años expresan cuál es el rostro de la derrota de una clase que describieron también en palabras John Steinbeck y en imágenes John Ford en Las uvas de la ira. Pero Lange registró los rostros reales de la gente. Sus caras y cuerpos presentaban y no representaban el estado de la crisis.

No puedo menos que comparar a Dorothea Lange con Annie Leibovitz, también expuesta en PhotoEspaña (hay que esperar una larga cola para verla). La mirada de Leibovitz expresa el encanto por los encantadores y poderosos, que aparecen en sus fotos transfigurados en una arcadia de belleza y color:




Formas de mirar.

Curiosamente, Dorothea Lange siempre trabajó para el Gobierno, para varias agencias que le encargaron crear un archivo histórico de lo que estaba pasando, de imágenes que eran una prueba de que las cosas no iban bien. Incluidas las imágenes del encierro de japoneses.
Me hace añorar una sociedad que pese a todo conserva mucha capacidad crítica: ¿por qué no tenemos, especialmente ahora, una Dorothea Lange? ¿Quizá faltan fotógrafas que registren la cara oscura? ¿Quizá faltan agencias que quieran registrarla?

jueves, 25 de junio de 2009

¿Dónde estoy?








Decía Descartes que un filósofo debe leer de todo, principalmente ciencia, durante, digamos, diez o doce horas, y luego,unos minutos al día, algo de metafísica. Metafóricamente hablando, siempre he intentado seguir ese consejo y en particular tiendo bastante a leer psicología y sobre todo neuropsicología. La literatura sobre cómo estamos los humanos cuando no estamos bien nos está ayudando más que nada a saber cómo somos cuando somos "normales". Lo patológico y lo normal se interdefinen, como sabemos desde Foucault.
El caso es que estoy estos días con un muy bien escrito trabajo de un psicólogo irlandés sobre el concepto de "yo" en términos socio-culturales. Está ocurriendo una profunda revolución en el mismo concepto de lo mental y de lo humano. Si la primera mitad del siglo pasado estuvo ordenada por el concepto de "conducta" y la segunda por el de "información", psicólogos y neurólogos están girando hacia el concepto de "significado". La psicología como una disciplina humanística, una vuelta a lo que nunca debió dejar de ser.
Pues bien, la hipótesis fascinante de Ciarán Benson, el psicólogo del que hablo, es que el yo como estructura unificadora ha surgido como un sistema de localización del cuerpo, del sistema, de la persona. Las estructuras más profundas son las que permiten localizarnos: AQUÍ/AHORA, y de forma dominante la localización espacial a partir de la distinción aquí/allí.
El cerebro como sistema de localización en una navegación a través de mundos complejos en parte experienciados en parte imaginados. "La forma de la vida -- sostiene el psicólogo de Harvard, J Brunner-- viene de la imaginación antes que de la experiencia": experienciamos el mundo porque la misma percepción ya está entreverada con la imaginación. Nuestro cerebro está continuamente confabulando (confabulación es un término técnico de neuropsiquiatría) y se orienta en esos extraños paisajes en los que lo real es una parte que condiciona pero no determina lo imaginado.
Así que en los momentos más importantes el yo sirve para hacerse la pregunta más difícil de responder: ¿dónde estoy?
Una pregunta que nos hacemos en lugares geográficos, cuando el espacio se nos ha hecho extraño, y que nos hacemos también y sobre todo cuando nuestro espacio vital se nos ha vuelto extraño y no sabemos responder a dónde estamos, a dónde vamos, qué hacer.
Kant lo tenía muy claro, sólo que rodeó esta intuición de un abstruso aparato estructural: localizarnos en el espacio y en el tiempo es lo que hace nuestro cerebro. Pero a veces falla: falla porque está dañado, falla porque a veces la vida está dañada y falla porque a veces es la realidad la que está dañada. Y entonces dejamos de saber dónde estamos: ¿quién estoy?, ¿dónde soy?

domingo, 21 de junio de 2009

La seducción de la serpiente








Ando estos días enjaretando algunas ideas para un curso que organiza en Oviedo F. Javier Gil sobre dilemas éticos y cine y, aunque no logro hilvanar nada consistente me enredo en una pregunta que me da vueltas desde hace meses: ¿por qué me fascina lo que debería de distanciarme y aún repugnarme? El objeto en cuestión son las imágenes de Leni Riefenstahl, en sus documentales Olimpia, El triunfo de la voluntad, y sus fotografías de los guerreros nuba, lo más conocido de su obra. Fue, dicen, musa de Hitler, quien le dió barra libre para montar la imaginería del partido, para crear, de hecho, el imaginario de lo nazi como propuesta estética. Nunca dejó de ser nazi, sostiene con toda razón Susan Sontag, en su durísimo comentario en el New York Review of Books en los años setenta, que contribuyó a una interesantísima polémica de larga duración, que ha dividido a muchos amantes del cine.

Tenía una ambición ilimitada; era y fue siempre amante de una forma de belleza en la que primaba lo atlético, el cuerpo perfecto sano y juvenil; formó parte del aparato visual nazi. Creó documentales de perturbadora perfección y seducción que han contribuido (tanto o más que los de los adversarios) a mostrarnos la esencia de la estética nazi, una forma de romanticismo entre lo kitch y la aspiración a la pureza, de profunda influencia en nuestros regímenes de mirada.
No puedo dejar de mirar fascinado (como hacía pese a ella misma Susan Sontag) y no puedo sino sentir repulsa de una técnica de atraer la atención que sabes que está tocando las fibras más maleables de la voluntad: la inclinación a sentirse en una multitud triunfante; arropado/a por cuerpos y mentes perfectos; lejos del olor a viejo, a pobreza y a soledad; las líneas definidas; los objetivos claros; el orden acabado.

Leni perdió la guerra pero su estética fue ganando cada vez más adeptos y se ha metamorfoseado en el instrumento mediante el que los medios de masa atraen la mirada de las masas. Quienes no conozcan su obra pueden encontrar en YouTube largos trozos de aquellos documentales, y en su página las fotografías de los nuba. Quienes estén interesados en la polémica, google les facilita un montón de entradas en ambos lados.

Ver ahora las imágenes de Riefenstahl es como encontrarse con la esencia de la imagen contemporánea, como si ella hubiese anticipado la estética que habría de formarnos, como, en otro sentido, Orson Welles. La pregunta me arrastra a un tobogán de conclusiones por el que me resisto a resbalar. No tendría tanta significación sino representase algunos de los dilemas entre ética y estética que más nos perturban. Me gustaría que alguien me ayudase a responder por qué fascina una estética que se rechaza. No valen las respuestas fáciles. Me las he dado todas y no me convencen. Como cantaba Javier Krahe, es mejor andar con una buena duda que con un mal axioma.

jueves, 18 de junio de 2009

El cuerpo extraño

"Mi corazón se volvía extraño: extraño precisamente porque estaba dentro. La extrañeza no venía de fuera más que porque primero había surgido desde dentro. Aquel vacío abierto de pronto en el pecho o en el alma --es lo mismo-- cuando me dijeron: "Hay que hacer un transplante". Así habla el filósofo francés Jean-Luc Nancy en L'Intrus (el intruso) (la mala traducción es mía), repensando su vivencia de un transplante de corazón con el que ha vivido años. Me lleva a Jean-Luc Nancy la recomendación de Ana Palmar, quien lee mañana una tesis sobre la vivencia de los transplantados de corazón, en la Facultad de Medicina de la Autónoma, una tesis que me ha fascinado desde su principio y que lo sigue haciendo en su lectura final; una tesis hecha de trozos de experiencia personal de gente, pacientes y familias, que han pasado por zonas de la existencia por las que no deseamos pasar nadie. Los transplantados de corazón son como Orfeo, han ido y han vuelto del mundo de los muertos, son, dicen ellos de sí, "muertos en vida", han tenido que reconciliarse con su cuerpo en el que hay ahora un cuerpo extraño, la parte simbólicamente más importante del cuerpo, el corazón. Su cuerpo mismo se ha vuelto extraño y deben hacerse cargo de este cuerpo extraño para volver a ser o para llegar a ser ellos mismos. La extrañeza del cuerpo no es menos problemática que la extrañeza y extranjería del alma, cuando nos miramos, no en un espejo, porque no es posible mirar en un espejo más que la parte externa del cuerpo y la parte externa del alma que es gesto, sino en el pozo de dolor en que a veces se convierte nuestra vida después de un suceso traumático: enfermedad, accidente, pérdida, ..., y nuestra vida, lo que somos o lo que tenemos se vuelve ajeno y distante, y nos asombramos de estar ahí, en un espacio vacío del que nos ha expulsado la vida misma que se ha vuelto ajena.
Me apasiona este estudio, como otros en los que poco a poco se está comenzando a cavar en la experiencia de lo corporal, un campo nada o muy poco cultivado en la filosofía, tan adicta al cultivo de la experiencia del alma, como si el cuerpo de los filósofos (l@s filósof@s) fuera como el de los ángeles. Poco a poco vamos construyendo la historia del cuerpo como parte de la historia de la persona, construyendo la trayectoria corporal como parte de la narración de nuestra identidad. Nos ayudan los momentos trascendentales: los momentos más graves de la vida, como contaba el poema de Vallejo, los momentos en los que nuestra vida da una curva y comienza a ser un sendero con sentidos cambiantes.
Ojalá sea este escrito signo de que la atención también está cambiando. Hace unos días comentaba la fascinación que ejerce sobre mí el trabajo manual (no compartida por todos, como veo por algún comentario), ahora quiero expresar mi anhelo de que los cuerpos sean objeto de atención de una mirada no sólo lúbrica y deseante, o compasiva y sufriente, sino también reflexiva e inquisidora.

lunes, 15 de junio de 2009

¿Dónde va el amor cuando el amor se va?

No he podido resistir copiarle la frase del título a José María Pozuelo Yvancos en el texto de una crítica de El Cultural de la semana pasada. Estaba dándole vueltas al tema de la huida de un post anterior y me pregunté por la gente que se encuentra en la situación contraria, quienes se sienten atrapados en un túnel sin salida y esperan la vida entera aquel día en que se irán al sur de un sueño que saben imposible.
El hilo que lleva desde el tema de la huida al fin del amor es enrevesado: la conexión se estableció al comenzar a leer la novela Revolutionary Road publicada en 1961 por Richard Yates, un escritor poco conocido aquí (hasta la película del mismo título que dirigió Sam Mendes, el director de Camino a Perdición, American Beauty y Jarhead, con Kate Winslet y Leonardo di Caprio de protagonistas (en este orden):






La novela y película versan sobre una pareja de jóvenes establecidos en uno de los nuevos extrarradios que se crearon en Estados Unidos en los cincuenta-sesenta -- en España hace dos décadas--, que son listos, encantadores, descontentos con el gris discurrir de su existencia y sueñan con irse a Europa a recomenzar por donde deberían haber comenzado. Las cortas tentaciones del éxito a corto plazo acaban convirtiendo el sueño en un sueño y su vida en una triste pesadilla de la que el amor escapa. Nada nuevo. Lo interesante de estos tristísimos personajes de Yates a los que inmediatamente amamos es la red de autoengaños y trampas que se ponen a sí mismos y en las que han quedado atrapados.
De modo que así llegó el hilo desde el tema de la huida a la huida del amor: son personajes en los que la huida deja de ser un estado mental para convertirse en una coartada para no enfrentarse con su propia condición.
La huida como estado: los conceptos son peligrosos como ácidos: pueden herir o curar dependiendo de cómo se manejen.






El amor se consume en una incapacidad de hacerse cargo de los deseos del otro porque llevaría a cada uno de ellos a tener que hacerse cargo de los propios. La huida aparece entonces como solución y como problema: la huida deja de ser la imaginación de una vida alternativa para convertirse en una adicción a lo otro que uno sabe imposible por las propias condiciones de cómo se piensa. Pura mala fe que diría Sartre. Y el precio es que no saben hacerse cargo de sus vidas. Primero dejan de amarse a sí mismos e inmediatamente y por ello dejan de amar al otro.
¿Dónde va el amor cuando el amor se va?: a la tierra de los sueños que han dejado de ser imaginación para convertirse en fantasía.

viernes, 12 de junio de 2009

Obreros en casa

La fiesta del Corpus me permite ajustar con varios obreros ciertos chaperones para mantener la casa. Por cierto: una interesante fiesta que, comentaba Carlos hace unos días, es una fiesta para y de marranos, la fiesta en que los cristianos nuevos debían mostrar su entusiasmo ante los símbolos de la Contrarreforma para no ser acusados de judíos conversos. Están por escribir muchos capítulos de la historia religiosa. Esperemos.
En fin, a lo que íbamos: la casa con obreros a los que conozco hace años: albañiles, ebanista, pintor, ... Artesanos que restauran tu casa con un cuidado y dedicación que desearía yo en mis ámbitos profesionales. Miro con envidia la capacidad de desenvolver mucho trabajo sin que apenas se note el esfuerzo, la sabiduría creativa para resolver problemas que a mí se me antojan titánicos, la paciencia para soportar el estar en un entorno ajeno y no siempre amable, la constancia en el esfuerzo,... De nuevo recuerdo con cierta ira cómo la filosofía ha tenido sus criterios aristocráticos de distinción: las artes liberales antes que las artes prácticas, el genio por encima del artesano, el intelectual antes que el obrero. Pone el carro antes de los bueyes: como si el lenguaje fuese más excelso que la escayola y el conglomerado. De las tres características que definen a la especie humana, el lenguaje, la socialidad, la creatividad técnica, me quedo con esta última. Me quedo con quien es capaz de entrever una obra terminada y poco a poco conseguir que salga adelante.
Ya se ha olvidado el viejo sueño de la superación de la división entre el trabajo intelectual y manual, quedó como un eslógan de los años salvajes, pero aún queda la división entre las artes del espectáculo y los que montan las tramoyas. Me refugio en la mirada irónica de Amos Oz, que no ha renunciado a vivir en el kibutz, y sostiene la misma tesis que estas líneas: cuando las cosas vienen duras, vale más un buen ebanista que mil filósofos online. Es lo que quiero ser de mayor.

martes, 9 de junio de 2009

El día antes de la huida

De entre los géneros a los que soy tan aficionado uno de mis preferidos es el género del escapismo o de la huida de los más diversos sitios: campos de concentración, cárceles, etc. Steve McQueen, no es por ello extraño, es uno de mis actores preferidos. Tenía esa cara de estar en una huida permanente.

Me viene a la cabeza McQueen por una larga serie de asociaciones que comenzaron en una noche con dolores de espalda en la que me preguntaba: "a ver, chico listo, ¿de qué te sirve ahora la filosofía?". No de analgésico, desde luego. La consolación que ocasionalmente presta la filosofía a la vida no tiene que ver nada con la capacidad para soportar sus miserias. Cada uno baja las escaleras como puede.
Sin embargo, sí es cierto que hay actitudes que previenen posibles desesperaciones y desesperanzas. Una de ellas, que encuentro más en la filosofía que en otras actividades de la vida, es el estado de ensimismamiento que llamo "el día antes de la huida". He hablado, he escrito, en otros foros y papeles, acerca de dos actitudes ante la vida que caracterizo con las figuras de Ulises y Moisés: Ulises tiene una meta que ordena su vida. No importa cuántas penas y valles de lágrimas atraviese, su lugar está siempre en una Ítaca imaginaria situada al final del viaje. Todos los iluminados son Ulises, todos los profetas, todos los visionarios, todos los fundamentalistas. Ulises vive para llegar. Moisés vive para huir. Escapa, se va: su mundo y su tiempo ya ha pasado, no mira atrás. Para él no existe la tierra prometida: le está prohibida la entrada; su vida ha tenido el sentido que tienen las huidas.
¿Qué siente Moisés el día antes de la huida? Su mente ya se ha desprendido de los avatares y servidumbres, de las pequeñas suciedades de la vida. No es que no le importen, es que ya no está, se está yendo. Y sin embargo su mirada tiene una suerte de atención intensa a todo lo que ocurre, a cada detalle, palabra, gesto. Sabe que todo se juega en un instante. Pero está por irse. Ya no está.
Como Steve McQueen en La huida o, mejor aún, en La gran escapada. Estar sin estar. Atender a lo necesario, prescindir de lo prescindible.

viernes, 5 de junio de 2009

Adicción y adición

La adicción tiene mala prensa, ciertamente, pero, ¿por qué es mala? La Real Academia en su siempre curioso diccionario señala estos dos usos del término:

1.
f. Hábito de quien se deja dominar por el uso de alguna o algunas drogas tóxicas, o por la afición desmedida a ciertos juegos.
2.
f. desus. Asignación, entrega, adhesión.

En el primer uso tenemos una pérdida de libertad, en el segundo, probablemente, el más excelso ejercicio de la libertad, que es, justamente, asignación, entrega, adhesión. Claro que la RAE indica que esta segunda acepción está en desuso. Vaya.

Veamos el problema: la adicción produce adición, es decir, suma de algo, de actos como el juego, el consumo de drogas o lo que sea. Diferencia y repetición: la adicción es la causa de la repetición, de la búsqueda de lo mismo, cuando lo que uno
cree es que está buscando lo diferente.
No me interesan ahora las formas socialmente reprochables de adicción: alcoholismo, drogadicción, ludopatía, etc., sino las formas socialmente admisibles, e incluso objetos de admiración al menos en cantidades estadísticamente muy significativas. Son esas otras que no han sido exploradas y que no obstante conforman nuestra experiencia de lo cotidiano más habitualmente que las médicamente poco recomendables.
Una, la más peligrosa en un aspecto, menos peligrosa en otro: la adicción al peligro. Alguna gente necesita dosis de adrenalina crecientes para que su mente funcione normalmente y para ello se pone en situaciones de peligro y juega estratégicamente con los mecanismos internos subpersonales que hacen que el cerebro se cargue de las sustancias adecuadas (hace alguna semana me ocupé de estas desviaciones emocionales). La adición al peligro llena el mundo de héroes y de víctimas.
Otra: la adicción al poder. Me ha sido permitido observar de cerca a alguna gente que ha sufrido durante algún tiempo esta adicción. Necesitan que suene el móvil continuamente, que se negocie con ellos, que otros le pidan cosas que saben imposibles para poder negar con esa sonrisa que parece indicar que las conceden, mirarse en los ojos sumisos y las sonrisas ovejunas de los sometidos. A la semana de quedar excluidos del poder necesitan conspirar para lograrlo.
Otra más: la adicción al reconocimiento. Es el mayor peligro al que están sometidos quienes, como el que suscribe, se encuentran en espacios académicos, artísticos, etc. Necesitan la caricia continua en el ego, el "tú vales mucho" repetido una y otra vez, la palmada en la espalda, el aplauso, ...
Hay algunas comunidades que están formadas por adictos. Son comunidades pasionales en las que el juego y la competencia son manifestaciones de la urgencia que los instintos básicos imprimen en la acción. Está poco desarrollada la sociología de las comunidades emocionales: comencemos a observarlas como comunidades de adictos y entenderemos muchas cosas: la ciencia, la política, el arte, ... el espectáculo como forma de lo social.
¿Hay algo malo en las adicciones?: no necesariamente, salvo para los puritanos adictos a las normas. ¿Por qué la adicción al sexo y al amor tendrían que ser malas salvo para quienes carecen de ellas? Hay algo malo cuando el segundo sentido de la RAE está en peligro por el primero, cuando el entusiasmo de la identificación con los objetivos propios de la vida se ve amenazado por la repetición, por la adición de acciones cuyo único objeto es la mera renovación de lo ya experienciado.
Me sé adicto a muchas cosas, pero esto no es un confesionario sino un espacio de reflexión. No todas malas, no todas buenas.

miércoles, 3 de junio de 2009

El género en disputa

La obra de Judith Butler Gender Troubles la han traducido en español como El género en disputa: discute las diferencias de género en términos de sexo/sexual, o sea, la construcción de la diferencia como diferencia sexual, que una suerte de feminismo piensa como frontera entre géneros, construidos a su vez socialmente a través de los imaginarios dominantes. Butler cree que las sexualidades son también normas que delimitan normalidades y que tal vez haya que ver las cosas con distancia.
Se me ocurre el ejemplo de Butler, muy profundo para esta noche, pensando en otras disputas de género que por el momento me apasionan más: ¿por qué me gustan tanto las películas del oeste que considero y sé cargadas de estereotipos, de ideología, de...? da igual, me gustan. El género en disputa. Me gusta el cine de género, me gusta la novela de género y me gusta la pintura de género. Qué le voy a hacer: me gusta enfrentarme a una obra sabiendo lo que hay, la norma, el estereotipo, con la ilusión de quien sabe que los buenos son muy buenos, o serán buenos al final y los malos muy malos o resultarán malos al final.
Por ejemplo, la que acabo de ver, evitando los anuncios insoportables de las cadenas mediante el recurso a una no bien provista pero al menos soportable biblio-mediateca de la comunidad de madrid en mi barrio:



Para mucha gente la literatura de género es un subgénero de la literatura (o del cine...) Para mí es la manera en la que me reconcilio con mis héroes, villanos, con mis sueños y mis miedos. Western Union de Fritz Lang, una entre muchas buenas pelis del oeste. ¿Por qué me gustan?: las películas del oeste me hablan de algo difícilmente definible, que en inglés tiene nombre: "male bonds", aunque en español sonaría mal; son las amistades masculinas, indefinibles, secas, tiernas, basadas en la fidelidad en la competencia y en la competencia en la fidelidad. El feminismo se ha perdido algo que Hollywood conocía desde el principio, que no todos los estereotipos de género son estereotipos de dominación. En español sonaría como lazos de machos, algo como muy gay, una connotación que no tiene, y que está mejor captado por términos como la cuadrilla, la farra argentina o la panda castellana, lazos que son profundos en lo superficial y superficiales en lo profundo.
Hablaría del género negro, del género bélico, del género de espías, de la ciencia ficción, de los vampiros (que ya lo he hecho), del terror, en fin..., de la vida misma: pues nuestras historias, aunque las pensemos como diarias, tristes, grises y aburridas, quieren ser, desean ser, son a veces, historias de género. En disputa.

domingo, 31 de mayo de 2009

La precariedad de la vida

Cuando niño, vivía en un pueblo muy pobre de la cara sur de Gredos. Cada año (recuerdo al menos tres años) venía al pueblo un pobre limpiabotas. Un homeless, un sintecho; vivía unas semanas en un bajotechado abierto al viento, con la compañía de un perrito. Venía en invierno y habitaba aquella ruina los días de nieve y viento. Yo vivía en un pueblo en el que los hombres aún usaban abarcas hechas de neumáticos y muchas mujeres iban descalzas y los niños desayunaban vino con sopas de pan antes de ir a la escuela. Recuerdo los desmayos y vómitos de niños de mi edad entonces, cinco o seis años, en el parvulario. Yo era hijo de maestros y estaba fuera de esa esfera pero no puedo olvidarla. Eran los cincuenta en un pais que habría de convertirse en un pais de nuevos ricos. Nos preguntábamos mis hermanos y yo cómo subsistía el limpiabotas en un pueblo sin zapatos. Le pedíamos a mi madre comida para el perrito. Es mi primer recuerdo de sentimiento moral.
El último capítulo del penúltimo libro de Judith Butler, Precarious Life: The Powers of Mourning and Violence (Vida precaria: la fuerza del duelo y la violencia) habla de la precariedad del otro, tal como se manifiesta en su rostro, como origen de la moral. El rostro o, en una cita que Levinas hace de Vida y destino de Vasili Grossman, la parte del rostro que es la espalda doblada de una mujer en una cola, el rostro en todo caso, es el origen de toda demanda: para bien o para mal. Un rostro precario pide ayuda, pero también excita la violencia del poderoso. O del débil: los notaréis por cómo son crueles con los más débiles y sumisos con los poderosos. Algunos detectan la precariedad por la violencia que nace de la excitación que sufre su cuerpo de seres sin sentido.
Es más que sorprendente, trágico e ilustrativo sobre la materia de la que estamos hechos, que la compasión y la violencia tengan el mismo origen. El débil, el precario, suscita a la vez la compasión y el deseo de matar.
Durante muchos años me pregunté qué habría sido de aquél limpiabotas. Estos últimos meses Madrid se ha llenado de sintechos que duermen en los más insólitos lugares del centro. Hacia media mañana levantan sus cartones y oscuras mantas, levantan su malolor y se mueven. Hoy cuenta el periódico que un atracador en paro es lapidado por varios furiosos perseguidores. Venía de ver a su madre, había buscado trabajo por todas partes y sólo se le ocurrió, al final, sacar la navaja y entrar en un salón de juegos.
El rostro precario de la vida, el rostro negro de la muerte.

sábado, 30 de mayo de 2009

Del logos al mythos

En el bachillerato nos enseñaban que la filosofía había supuesto en el mundo helénico el paso del mito al logos. Yo no entendí muy bien esa transición de qué a qué, pero sospecho que era un eslógan como cuando se dice que pasamos de la edad oscura a la edad luminosa, o algo parecido. El caso es que no: el mito, como otras maneras de pensar, nos habita simultáneamente con formas deliberativas sofisticadas, complejas, abstractas.
Llego de Zaragoza de un seminario sobre epistemología, con un componente analítico muy notorio, y observo a mi llegada que nos hemos pasado tres días hablando de la Tierra Gemela, de los Cerebros en una cubeta, los mundos Matrix, el Condado de los Graneros Falsificados, ..., en fin, aunque no se crea fuera, una semana de ciencia ficción. O así. Y sospecho que en esa tensión seguimos: necesitamos mitos y logos como necesitamos, así dice Amos Oz, a veces narrar y a veces aclarar.
Se me ocurren estas divagaciones saliendo de Let the Right One In, (Déjame entrar), una hermosa e inquietante película sobre vampiros.






El mito del vampiro es típicamente romántico, como lo es el de Frankenstein. Si el de Frankenstein lo es por el miedo a la técnica, el del vampiro lo es por el miedo al amor. Esta bella película explora el núcleo del mito: el vampiro (aquí una niña-eterna niña) enamorado que necesita el permiso (déjame entrar) de su deseo. La fragilidad del vampiro



Bram Stoker y Coppola siguieron este rastro del vampiro que sigue el olor de la sangre amada. Pues el vampirismo fue el modo en el que los románticos comenzaron a repensar el mito provenzal y cristiano del amor caballeresco y lo encarnaron y llenaron de vida y sangre.



En el mito del@ vampir@ hay una inseparable mezcla de deseo, violencia y misterio. La mezcla de la que nace la vida. Ya separaremos los componentes del reciclado: los mitos narran, no es su función aclarar, para eso está el logos. Así la eterna película de Dreier Vampyr que la suerte rescató del olvido.


En unos días, a finales de mes, iniciaremos otro curso de Mito, Técnica y Pensamiento en el Círculo de Bellas Artes que organizamos David Hernández de la Fuente y yo: De Prometeo a Frankenstein. Empezamos a tenerlo cada vez más claro: no podemos pensar sólo con mitos, no podemos pensar sin mitos. No podemos imaginar un mundo sin esos borrosos deformantes espejos de nosotros mismos que son los mitos. Pensar es aclarar los mitos en los que vivimos.

Vuelta al vampiro: ahora nos inunda, como tantos otros mitos: vampiros adolescentes, lunares, vampiros de discoteca, vampiros para matar a mansalva. No importa. El vampiro es amor, sangre, sexo, misterio, noche, escalofrío. Dejaremos que el logos nos aclare. Mientras tanto, dejemos que nuestras vidas se pierdan en los mitos: dejémosles entrar. Sólo son vampiros enamorados.

lunes, 25 de mayo de 2009

De la inteligencia y los adjetivos

Me es muy difícil discutir con los amigos sobre la "cuestión palestina", una entre las varias que sustituyen con estereotipos y eslóganes lo que antes se llamaba ideología. Nunca he formado bien mis ideas al respecto, pero tiendo a asombrarme de la furia y falta de matices con la que todo lo judío es contemplado en mi país, lo que no he visto fuera tan claramente. Quisiera conocer por qué. Así que cuando comienzan las discusiones, tiendo a pasear por los cerros de Úbeda. Últimamente me pasa cada vez más con discusiones de economía, política, cultura,..., cada vez me reconozco menos en los lugares comunes. Ahora bien, si tuviera que mostrar una opinión inteligente, acudiría a este fragmento de la autobiografía de Amos Oz, Una historia de amor y oscuridad. Amos Oz, a los dieciséis años, vigila con un compañero su kibbutz en una noche en la que se esperan ataques de los fedayines (en los años 50 eran habituales). Se había ido al kibbutz escapando en parte del sionismo de su padre y de su intelectualismo. Su compañero, el avezado Efraim Avneri, le responde a una pregunta por los "asesinos" fedayines:


" - ¿Asesinos? ¿Pero qué esperas de ellos? Desde su punto de vista, nosotros somos extraterrestres que hemos aterrizado aquí y hemos invadido su tierra, poco a poco hemos ido apoderándonos de ella y, mientras les asegurábamos que habíamos venido para ayudarles, para curarles la tiña y el tracoma, para liberarles del atraso y la ignorancia y del yugo de la opresión feudal, con artimañas nos íbamos quedando con su tierra pedazo a pedazo. Así, pues, ¿qué pensabas?, ¿Que nos iban a agradecer nuestra bondad? (...) y ahora que les hemos causado una derrota aplastante y cientos de miles viven en campos de refugiados, ¿qué quieres, ¿esperas tal vez que compartan nuestra alegría y nos deseen lo mejor?
(...)
- Si es así (responde Amos Oz) ¿por qué vas por aquí con un arma? ¿Por qué no te vas del país? ¿O coges el arma y te pasas a luchar a su bando?
En la oscuridad oí su risa triste:
- ¿A su bando? Pero en su bando no me quieren. En ninguna parte del mundo me quieren. Nadie en el mundo me quiere. Ésa es la cuestión. Parece que en todos los países hay demasiados como yo. Sólo por eso llevo un arma, para que no me echen también de aquí. Pero no usaré la palabra "asesinos" para hablar de los árabes que han perdido sus pueblos. De ninguna manera, no usaré a la ligera esa palabra para referirme a ellos. Con respecto a los nazis, sí. Con respecto a Stalin, también. Y con respecto a todos los saqueadores de tierras ajenas.
(...)
¿Y qué pasa porque se las hayamos quitado a ellos?
- Tal vez hayas olvidado que, casualmente, ellos intentaron matarnos a todos en el 48 . En el 48 hubo una guerra terrible y ellos o mismos fueron quienes plantearon la cuestión en términos de o ellos o nosotros, y nosotros vencimos y les quitamos las tierras. ¡No hay que enorgullecerse de ello! Pero si ellos nos hubiesen vencido en el 48 habría que enorgullecerse mucho menos: ellos no habrían dejado con vida a ni un sólo judío. Pero ésta es la cuestión: como les quitamos lo que les quitamos en el 48, ahora ya tenemos. Y como ahora ya tenemos, no debemos quitarles más. Se acabó. Esta es toda la diferencia entre tu señor Begin y yo: si algún día les quitamos más, ahora que ya tenemos, sería un grave pecado.
-¿Y si dentro de un momento aparecen aquí los fedayines?
- Si aparecen --suspiró Efraím-- tendremos que tirarnos aquí mismo al suelo, en el barro, y disparar. Y nos esforzaremos mucho en disparar mejor que ellos y más deprisa que ellos. Pero no les dispararemos porque sean un pueblo de asesinos, sino por la sencilla razón de que también nosotros tenemos derecho a vivir, y por la sencilla razón de que también nosotros tenemos derecho a tener un país"

Vals con Bashir pertenece también a este tipo de discurso que ya estaba en los comienzos y que se ha preservado a pesar de las presiones fundamentalistas. Son discursos minoritarios, pero activos y si no logran hacerse un hueco no siempre es por culpa de los fundamentalismos propios. En el otro lado también existen, también son minoritarios, tampoco hay que culpar sólo a sus fundamentalismos el que no logren mayor fuerza. Son discursos matizados, que no soslayan los problemas, ni los compromisos ni las contradicciones, ni se hacen ilusiones. Se saben condenados a perder en la turbamulta de eslóganes. La cuestión judía no es sino un ejemplo de atajos que se toman para no perder el tiempo en pensar. A veces los eslóganes son lo único que queda de una herencia que se ha dilapidado. Me pregunto si no son una forma de consuelo: un mal axioma es mejor que mil preguntas.


domingo, 24 de mayo de 2009

El arte del explorador

¿Qué hace un triste profesor universitario tocando el yembé en una estación de metro de Manhattan? Un economista de una prestigiosa universidad, para quien el trabajo ha dejado de tener sentido, que ha abandonado la investigación, la lectura, la atención a sus obligaciones y sobrevive medio engañando con un futuro e inexistente libro, llega un día a su viejo piso de Nueva York, para presentar un trabajo que no ha escrito, y...
El resto es la historia que acaba en la estación de Metro






Tom McCarthy propone esta fábula del sinsentido y del sentido de la vida en una película que gracias a la nominación de Richard Jenkins a los óscar ha llegado a algunas, no muchas, de las pantallas. Nos hace explorar los rincones ocultos de la inatención con la que discurre nuestra vida, de la que algo, a veces algo que no es sino una anécdota, nos despierta y hace mirar a los mundos que nos rodean, que están en éste, y hacen despertar a los otros yoes que están en nosotros.
Es el poder de la literatura, del cine, de la pintura y del arte en general. Un poder que no tiene (¡ay!) el pensamiento abstracto filosófico.
Nos hemos convertido en adictos a la realidad: demasiadas novelas, demasiadas series de televisión, demasiadas películas, y perdemos lo más importante de las historias, que son formas de abrir(nos) el futuro. No son meros espejos ni ventanas a la realidad, son creaciones de una realidad alternativa en la que personajes que somos, pero que no sabemos que somos, discurren y resuelven un futuro que el autor les ha planteado como un enigma. Estamos perdiendo la fascinación, el deseo de ser otros, de vivir otras vidas, de estar en otros mundos.
Hace tiempo veía la filosofía y la literatura como dos tiempos, el del trabajo y el del ocio. Observo que mucha gente sigue pensando así (sea cual sea la naturaleza de sus obligaciones). Ya no: la literatura y la filosofía comienzan ambas a ser parte de lo mismo, de un deseo de explorar, de un deseo de ser piel roja y cabalgar por las praderas del futuro en historias que otros me han prestado para descubrir que soy, qué seré, qué fui.

jueves, 21 de mayo de 2009

Los principios de la filosofía

A cada tiempo su filosofía. Para Aristóteles, y para los griegos anteriores a la primera globalización que supuso el helenismo, la filosofía comienza con el asombro y la curiosidad, con la confrontación con un mundo que espera ser ordenado por el logos. Para lo que hemos llamado modernidad, se ha dicho, fue la sospecha de la distancia entre apariencia y realidad lo que hizo de mucha gente filósofos: suspicaces profesionales, y a veces irritados militantes contra tanto escepticismo. Fue el deseo de tolerancia lo que llevó a la sospecha de lo real como mera apariencia y a la reivindicación de la apariencia como pura realidad. En esa modernidad cansada por la angustia epistemológica hemos vivido y vivimos, más aún quienes han convertido en una profesión la crítica de la modernidad y con ello han reforzado, sobre todo en sí mismos, la angustia contra el realismo. Pocas cosas hay más aburridas que leer tanta filosofía contemporánea que termina siempre en la misma cantinela: postular la realidad es caer en los vicios modernos... Otra forma de agobio (como decía la canción: "dejaron de ser hipies sin dejar de ser palizas"). La tercera actitud, la que sentimos como más nuestra, como experiencia contemporánea, o como elaboración filosófica de la experiencia contemporánea es la decepción y el desengaño como principios de todo pensamiento: desde el "demasiado tarde para los dioses, demasiado pronto para el ser" a la marea de depresión profunda contemporánea, a sus formas líquidas, la filosofía se ha asentado en una suerte de distancia infinita del entusiasmo, en una resurrección del destino y abjuración de la historia. No es sorprendente así que el público busque refugio en esos sucedáneos de filosofía que son los escritores que, remedos de los bestsellers, rozan la literatura de autoayuda con términos filosóficos. No es sorprendente tampoco que tanta otra gente haya encontrado en la poesía un nuevo lugar de refugio (queda la novela cada vez más como fuente de adicción a la realidad, reflejo en la escritura de esa adicción a los espejos que son las series de televisión). Del asombro al escepticismo, del escepticismo al desengaño: algo serio nos pasa. Nuestra imaginación sufre de alguna enfermedad que produce sólo o mera fantasía o puro cinismo. El sueño de la razón produce monstruos.

viernes, 15 de mayo de 2009

La imaginación visible

He aquí a María Antonieta:



El día antes de la Revolución, Maria Antonieta se prueba una colección completa de zapatos de Manolo Blahnik. Su vida es una colección de vestidos, zapatos, postres y amantes: es la imagen de Sofía Coppola en su María Antonieta, una mirada que siempre me ha parecido inteligente en su mirada irónica sobre sí misma: chica pija que sabe que lo es y cuenta su experiencia desde dentro. María Antonieta es, claro, Sofía Coppola hablando de sí misma:






No fue una película tan celebrada como Lost in translation (otra película sobre la que estoy dando vueltas últimamente), pero tiene un punto de distancia sobre la presentación de la persona en la sociedad que me atrae y me hace pensar.
Alguna gente, los que somos simpatizantes de las tesis de Guy Debord (La sociedad del espectáculo, en general todo el movimiento situacionista de los sesenta) hemos aprendido de él a ver cómo el mundo contemporáneo ha configurado la realidad como espectáculo: se hace política para generar noticias y atraer la atención, se hace terrorismo de imagen, se convierte el poder en poder sobre la atención. Completamente de acuerdo.
Y sin embargo...
Leo con pasión estos días un ensayo no sublime pero sumamente perceptivo e intrigante: Frédéric Tellier, La société et son double. Se trata de un intento de respuesta a las tesis de la sociedad del espectáculo: ¿acaso, cuando todo es espectáculo, no ocurre que perdemos el sentido del espectáculo como representación de lo real? Paradójicamente, en un mundo en el que todo es espectáculo, perecemos de realidad, perdemos la capacidad de distancia, de observar las representaciones como un lugar de sueño, de transformación, de crítica o de espejo. En la sociedad del espectáculo, habríamos perdido la fascinación de las representaciones.
Y esa idea es a la que doy vueltas estos meses y la que me lleva a reflexionar sobre los cuerpos y los imaginarios.
Hemos pensado que el imaginario es algo abstracto, oculto tras los símbolos, ajeno en su ficcionalidad. Pero no: el imaginario es lo que llevamos puesto, o lo que nos quitamos, es la forma de presentarnos.



Cala elección de un gesto, un atuendo, una forma de estar y modo ser o querer ser es una clara manifestación no sólo de lo que somos sino de lo que soñamos que no somos, de lo que nos gustaría ser, de lo que nos gustaría creer que los otros creen que somos.... etc.
Paul Valery tenía razón: nada hay tan profundo como la piel. Nada es tan transparente como la ropa y los artefactos que nos visten y rodean. Todo está a la vista, especialmente aquello que desearíamos ocultar.

martes, 12 de mayo de 2009

Los chicos de ayer



¿qué se fizieron?
¿Qué fue de tanto galán?
¿Qué fue de tanta invención
como truxieron?



Antonio Vega, Enrique Urquijo: ¿qué decir? No eran pensadores, no eran políticos, no eran sino seres frágiles que compusieron la banda musical de algunas vidas, la mía entre ellas. Cayeron como caen las flores de la jara, que duran un día y son la luz de la sierra.

Algunas veces hay que suspender el pensamiento, por ejemplo cuando alguna guitarra comienza a sonar:



















domingo, 10 de mayo de 2009

No estar

La retrospectiva de Juan Muñoz en el Reina Sofia se convierte en una meta-reflexión sobre lo que es ir a una exposición. Era en parte una de las pretensiones entre el arte y la performance de las medio esculturas-medio instalaciones de Juan Muñoz. El museo es un lugar público en el que de forma masiva o minoritaria la gente se acerca a buscar algo así como una experiencia estética. El consumo masivo de estas experiencias se ha convertido en un signo de nuestra época. Frente a los pesimistas del museo, nostálgicos del elitismo cultural de la Escuela de Frankfurt, no me parece ni mal ni bien: no es el arte ya el lugar donde se dilucida el futuro. Se ha convertido, como cualquier representación, en una parte de nuestra sociedad de la abundancia de representaciones.

Juan Muñoz, sin embargo, hace detener la experiencia estética: no hay tal experiencia, no hay ensimismamiento. Ante las instalaciones de Juan Muñoz solo cabe la interrogación. Y es curioso y muy notorio que las caras de incertidumbre del público conviertan a éste en parte de la instalación. Cuanto más, mejor: el lugar para ver la instalación es a una cierta distancia, viendo a la vez las esculturas y al público observándolas, riéndose con las mismas risas que tienen esos extraños personajes. Uno mismo es parte del momento y del lugar.

Es una experiencia de exclusión: la misma que se siente en lo que desde Augé llamamos no-lugares: lugares de incertidumbre donde las caras son como los carteles de la pared tan conspicuas como inexpresivas. Nos sentimos excluidos porque son ámbitos en los que la experiencia de comunicación ha sido cortocircuitada, como si ese lugar estuviese diseñado específicamente para convertirnos en esculturas. Las esculturas de Juan Muñoz son la inversión del mito de Galatea que ha conformado el arte desde Grecia: en vez de aspirar a convertir en vivas a las imágenes, congela la vida de todo ser que se aproxime a ellas. Es la exclusión como experiencia estética de estar en un no-lugar, de no estar en el espacio público.

El metro siempre me ha parecido una instalación de Juan Muñoz: miradas veladas, cuerpos enajenados, mentes que han quedado en la superficie. Es la experiencia misma de un espacio de indiferencias.




Imágenes ensimismasdas en su propia imagen







Espacios de ilusión óptica que separan, que no alcanzan a ser el marco común de una misma realidad



Risas vacías que nunca entenderemos como si fueran gestos entre seres aliens que nunca serán parte de nuestro mundo

sábado, 9 de mayo de 2009

Horario de apertura

He aquí una triste advertencia de José Emilio Pacheco, poeta en México D.F., la ciudad que es mayor que el mundo y que ahora maltratan los miedos de estos nuevos tiempos de asepsia. Pacheco es el nuevo premio Reina Sofía de Poesía, un premio que suele acertar en su llamada a recordarnos la gente que no debemos olvidar:


MEMORIA

No tomes muy en serio
lo que te dice la memoria.

A lo mejor no hubo esa tarde.
Quizá todo fue autoengaño.
La gran pasión
sólo existió en tu deseo.

Quién te dice que no te está contando ficciones
para alargar la prórroga del fin
y sugerir que todo esto
tuvo al menos algún sentido.



Desde que ví Vals con Bashir llevo dándole vueltas precisamente a lo que dice el poema: al temor a que la memoria esté tan abierta al autoengaño como lo esté el presente. En Vals con Bashir un médico recuerda los experimentos que muestran cómo la memoria inventa sus historias cuando no tiene hechos registrados.

La tradición utópica nos pensaba como seres de futuro, seres de imaginación que se asientan en lo que aún no es para encontrar sentido a la existencia. La tradición melancólica nos dibuja como seres que aman lo perdido, que se instalan en lo que pudo haber sido como un lugar del que extraer la fuerza del tiempo. ¿Y si nos estamos contando ficciones en ambas direcciones?

Esta semana he estado asistiendo a un seminario sobre pragmatismo que organizaba Ramón del Castillo. Carlos Thiebaut habló de La filosofía del presente de G.H. Mead, un injustamente olvidado filósofo de comienzos del siglo pasado. Sitúa Mead la existencia en el presente, un lugar de tensiones en las que actúa siempre el pasado, un pasado-presente que siempre está activo. Estamos vivos en el corto horario de apertura que son las horas en las que los hechos aún están vivos, como si el Alzheimer leve fuese la condición de nuestra existencia. Sí: estamos condenados al presente, como barcos en la niebla impulsados por recuerdos que llevan el veneno de la sospecha y deseos y miedos que nacen de un mar donde habitan monstruos del autoengaño.

El viejo escepticismo desconfiaba del mundo externo. El nuestro, el más grave, desconfía de nuestro mundo interior, sobre todo en esas horas en las que todo parece estar tan seguro que abrimos la tienda de los planes y proyectos.


martes, 5 de mayo de 2009

Una pesadilla metafísica

Si uno no se toma en serio a Freud como médico, y lo acepta como humanista que habla de nuestra experiencia inmediata, todas sus obras adquieren urgencia de relectura. Interpretar los sueños o los mitos como interpretamos relatos y cuadros con los que nos encontramos, no para buscar la esencia de lo que somos en algún hecho pasado de la niñez sino para explorar la selva de nuestra mente donde se esconden muchos yoes con los que convivimos y que acechan en la oscuridad de los sueños y de los lapsos de la lengua y del pensamiento.
Empiezo recordando a Freud porque de lo que realmente querría hablar es de una pesadilla que sufrí hace dos noches (un blog es un diván tan cómodo como cualquier otro, con la ventaja de que el analista se esconde tras la pantalla). Los filósofos sufrimos a veces de pesadillas filosóficas. La mía fue una pesadilla metafísica: me desperté asustado porque soñaba que era un comisario político. Me desvelé un rato pensando, ¿cómo me ha podido ocurrir esto a mí?
Me tranquilicé recordando el origen de la pesadilla: esa noche había comenzado a ver "Enemigo a las puertas", en la tele, y la había dejado al rato, justo después del episodio en el que el general soviético, Kruchov, reúne a los comisarios políticos del ejército que defiende Stalingrado para comunicarles que Stalin ha decidido defender la ciudad a toda costa. Les pide ideas de cómo lograrlo. Uno tras otros van diciendo "fusilemos a los oficiales que se rindan", "disparemos sobre los soldados que se retiren"... hasta que uno de ellos dice: "démosles esperanza" (no seguiré contando la película). El caso es que fue la frase la que me dejó intrigado y supuse que había sido el origen de la pesadilla.
Recordé también otro episodio de hace unos días en que la figura del comisario había tenido su momento. Fue en el curso sobre la memoria histórica organizado por Carlos Thiebaut. Vino uno de los últimos guerrilleros republicanos, un joven de ochenta años alto, hermoso, divertido y lleno de anécdotas sobre los años negros. Contó su vida y la de muchos otros, sus cárceles, sus torturas y sus resistencias. La anécdota es ésta: contaba que en cada grupo de resistentes, de seis personas por necesidades tácticas, había siempre un jefe militar y un comisario político, a pesar de que eran de casi todas las tendencias políticas. Le preguntamos por esa figura tan siniestra y nos contestó: era quien estaba al cargo de recordarnos para qué y por qué estábamos allí, para no dejarnos degenerar en una banda de bandoleros.
Supongo que me había quedado con estas dos ideas: "dar esperanza" y "no dejarnos degenerar", lo demás fue la extraña forma de asociación de los sueños. Porque el caso es que lo que soñé es que era un comisario político de mí mismo (algo más tranquilizador) que proponía guardar la identidad personal a salvo. Estuve dándole vueltas una hora, ya despierto, a si esa pesadilla tenía algún sentido: convertirse uno en vigilante de sí mismo. Como si fuera un jesuita pequeñito escondido en el bosque de los yoes, recordando a todos quién es uno. No sé si la pesadilla durmiente fue más o menos amenazante que la pesadilla que me desveló en aquella hora.
En fin, ... miseria de la filosofía.

jueves, 30 de abril de 2009

El cuerpo extrañado

Sigo dándole vueltas al amor propio, esa difícil forma de comportarse con uno mismo. Una de sus retorcidas sendas es la exploración del cuerpo propio: somos un cuerpo, pero a veces nos extrañamos y nos encontramos en él como en un lugar que no es el nuestro. Uno se mira al espejo, siente el cuerpo desde dentro y piensa que órganos, figura, movimientos, dolores y placeres son como un ser en el que estamos y no somos. Francis Bacon dedicó casi toda su pintura a pensar sobre el cuerpo y a deformarlo como nuestra mente a veces lo deforma en ese extrañamiento. Reconciliarse con el cuerpo es difícil: no quizá en la espléndida juventud, pero sí en los tiempos y horas en que el cuerpo se rebela o se refugia en una cueva de oscura debilidad. Pero, como dice Marguerite Yourcenar en un bello poema, hay que hacerse a la idea de que la sombra que tenemos es la misma, y hay que aprender a amarla. Aceptar el cuerpo como se acepta el regalo de estar vivo, sin mirar las imperfecciones, mirando sólo el desbordante hecho de persistir en la vida.
Marina Ñúñez una de mis artistas preferidas: pintora, video-artista, formada en Salamanca, ha explorado este ir y venir de extrañar y reconciliarse con el propio cuerpo, desde su serie "locas", a toda una iconografía de cuerpos semi-cyborgs que son ya nuestro futuro.
Esta loca araña su cuerpo y mira al infinito buscando la respuesta a por qué tiene que estar encerrada en ese cuerpo que no es ella. ¿No somos acaso como ella?