Reflexiones en las fronteras de la cultura y la ciencia, la filosofía y la literatura, la melancolía y la esperanza
sábado, 31 de enero de 2009
Lápices de colores
Pensamos en el "otro" en términos algo románticos: otreidades que en realidad son sólo diferencias cercanas y muy familiares. La otreidad del simbionte, casi invisible, cada vez más invisible, nos pasa desapercibida. Como los lápices alpino que aún quedan en los escaparates de las papelerías de barrio.
¿Como será la ciudad vista con los ojos del simbionte?
sábado, 24 de enero de 2009
Circumdederunt me, gemitus mortis
Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla;
porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?
Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!,
Roma triunfante en ánimo y nobleza.
Apostaré que el ánima del muerto
por gozar este sitio hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente.
Esto oyó un valentón, y dijo: "Es cierto
cuanto dice voacé, señor soldado.
Y el que dijere lo contrario, miente."
Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.
Un soldado derrotado, que llega de Flandes, pobre y melancólico, viendo cómo el imperio se descompone, cómo su vida dedicada a la dura batalla ha quedado en una extrañada vida de quien ya no tiene sentido, y llega a un catafalco que celebra la muerte con unos fastos que aplastan la dimensión humana por una representación de lo divino en la Tierra.
Que los imperios caen no es una idea extraña: es la idea sobre la que ha sido construida la cultura que nos habita. Unos imperios caen y nosotros somos los sucesores: es el pensamiento imperialista presente en nuestra cultura. Los imperios caen y nosotros debemos celebrar la muerte pues es nuestro destino: es la modernidad del sur, lo que aportamos a la esencia de Europa.
El Requiem de Morales es un hermoso y emocionante diálogo entre el coro masculino y femenino sobre la fragilidad humana y lo efímero del poder. El imperio filipino optaba por lo efímero; Obama ha elegido lo épico, pero observo, o al menos siento, que la misma melancolía preside las dos ceremonias. Observo el espectáculo del Mall, entre el Congreso y el monumento a Washington, y voto a dios que me espanta esta grandeza y que diera un doblón por describilla.
miércoles, 21 de enero de 2009
El mundo hostil
Lo he recordado y celebrado volviendo a ver La diligencia, The Stagecoach de John Ford de 1939, recordando también la fecha. La diligencia es una meditación sobre lo interior y exterior en un mundo hostil. Lo hostil está fuera, el peligro de los apaches y de los hermanos Plummer, a los que ha de enfrentarse Ringo. Pero el peligro real lo llevan los personajes dentro: el banquero ladrón, el jugador antiguo aristócrata confederado, que huye de su padre, la esposa del guerrero embarazada, que se siente atraída por el jugador, en el que reconoce a su clase, la casquivana Dallas, que ha sido expulsada por la puritanía y se lleva el sentimiento de culpa, el doctor alcohólico: "yo no soy un filósofo -afirma Doc- soy un fatalista", el vendedor de alcohol que ejemplifica la bondad, Ringo el presidiario escapado perseguido por la necesidad de venganza. El infierno no está fuera, sino dentro de la diligencia: huyen y temen llegar a donde caminan. La hostilidad de fuera solamente es el marco en que discurre su existencia.
Es La diligencia una película esencialmente calvinista: el interior es el verdadero mundo hostil, lo que acecha en el umbral solamente es la suerte, como la bala que espera Doc en cualquier momento, y que no le molesta tanto como su pasado.
No se me ha ocurrido mejor símbolo de Estados Unidos en estos avatares. Su dentro y su fuera, su infierno y su camino.
Miran hacia afuera con temor:

Pero realmente es el dentro el que temen:
lunes, 19 de enero de 2009
Los fantasmas del limen
Permanecen ahí los muros tras siglos de sitios y pestes. Hoy han venido los bárbaros desde su oscura estepa, en largas procesiones con fásculas y luminarias, a rendir homenaje a la persistencia de la piedra y del estuco, a pesar de que saben hace décadas que nada oculta la muralla que defienden espectros aterrados, que las riquezas y mantos de marta cebellina se fueron tras las gentes temerosas de los bárbaros. Ellos, que sólo deseaban una voz hospitalaria, una promesa con sonrisa complaciente (ya sabían que era engañosa). Pero estaban los muros, ahí, para impedirlo.
Un sueño en Madinat al-Zahra, bajo la lluvia de enero, entre multitudes de bárbaros con flashes que soñábamos con estar (ser) tras esos muros:
jueves, 15 de enero de 2009
Un pensamiento en la frente
El caso es que su amigo y admirado Louis-Michel Van Loo le hizo este retrato:

A Diderot le hicieron muchos retratos. Éste no le gustaba. Obsérvense sus razones (habla de sí):
"Se le ve de frente; tiene la cabeza descubierta; los cabellos grises, tan delicados, le dan el aspecto de una vieja coqueta que todavía quiere resultar agradable; la posición es de un secretario de Estado y no de un filósofo. La falsedad del primer momento ha influido en todo lo demás. Fue la loca de la señora Van Loo, que se ponía a charlar con él mientras le pintaban, la que le dio ese aspecto, y la que lo estropeó todo. Si se hubiera sentado al clavicordio y hubiera iniciado o cantado
Non ha ragione, ingrato
Un core abbandonato
o algún otro fragmento del mismo género, el filósofo sensible hubiera cobrado un carácter totalmente distinto y el retrato lo habría reflejado. O mejor todavía, era necesario dejarle solo y abandonarle a su ensoñación. Entonces su boca se habría entreabierto, su mirada distraída se habría ido muy lejos, el trabajo en su cabeza, intensamente ocupada, se habría pintado en su rostro y Michel hubiera hecho algo bello" (citado en Fried 2000, pg 137)
El texto no tiene desperdicio: quién estropea el cuadro y por qué, y cómo debería ser un cuadro bello que captase al "verdadero" Diderot, es la lección que deja asomar el fragmento de la crítica "artística" de nuestro, por otras mil razones, amado y admirado filósofo.
El caso es que hubo un retrato que le complació. No se conserva, aunque sí se ha preservado un dibujo de su mismo autor, Jean-Baptiste Garand. Diderot considera que su mejor retrato lo ha realizado "un pobre diablo llamado Garant", y señala por qué:
"Me ha representado con la cabeza descubierta, vestido con un batín y sentado en un sillón; mi brazo derecho sujeta el izquierdo, y éste, mi cabeza; tengo el cuello de la camisa desabrochado y miro al infinito, como si meditara. En este lienzo, de hecho, estoy meditando. En él estoy vivo, respiro, tengo vitalidad, se puede ver el pensamiento en mi frente"
"Se puede ver el pensamiento en mi frente". Así es cómo quería ser retratado: déshabillé, ensimismado, como si no hubiese ningún espectador y así fuese él mismo, no como cuando conversa con la señora Van Loo. Cielos: Diderot toda su vida quiso ser aceptado como intelectual, cuando lo mejor de él es su crítica mordaz de la pasión de ser de los dandis intelectuales.En este otro retrato, Fragonard ha negociado entre los dos Diderots: el que era y el que quería ser. Nuestro personaje está entre distraído y ensimismado, entre pensativo y sonriente. También se le ve ahora un pensamiento, pero estoy seguro que es una maldad sobre alguien. Diderot auténtico.
Claro que ahora sí hay un espectador.
miércoles, 14 de enero de 2009
Eurídice en la niebla
Canta Rilke en uno de los poemas que aparecen en sus Sonetos a Orfeo,
Sólo quien comió con los muertos
la adormidera, la de ellos,
no volverá a perder
el sonido más leve
Ha descendido a los infiernos pero de ellos no trae a su amada: las imágenes no vuelven, los sueños se desvanecen al ser mirados. Pero ha sido capaz de recordar. A cambio no volverá a perder el sonido más leve.
Hay cualidades de Orfeo que me subyugan: la fragilidad, que le convierte en figura opuesta a todos los demás héroes guerreros, la sensibilidad, la atención. Es frágil pero ha descendido a los infiernos por amor: no cabe esperar mayor valentía de nadie; ha ido a donde los ángeles y héroes no se atreven a mirar. De allí ha traído la capacidad de escuchar: ha comido con los muertos la adormidera, la fuente del sueño y ahora está atento al mundo.
Pienso en una generación, la mía, y en los muchos que descendieron a los infiernos: tiempos de adormidera y paseos por el lado salvaje del que los mejores no volvieron (Lou Reed les dedicó a todos ellos un hermoso disco, Magician). Aprendieron a escuchar cuando todo era ruido y furia. Pienso en ellos, ahora que los aparentemente fuertes sólo saben gritar. Pienso en Orfeo destrozado por la furia, y me veo llevado de su mano al Hades a intentar rescatar una imagen de la memoria. La de Eurídice en la niebla llevando una maleta:
domingo, 11 de enero de 2009
Esto sí es música
Filosofía, poesía, música, ciencia,..., vida. Saberes cómo, sendas de aprendizaje que no son meros ámbitos intelectuales sino zonas de saber hacer, saber vivir, saber amar. La oscuridad y la luz sólo existen para quienes ven: para el ciego no hay oscuridad sino espacios otros.
Sofía Gubaidulina siempre supo que había de ser compositora: tuvo que llegar a ser.
PD. Vuelvo al formato anterior del blog, no me acaba de convencer el experimento.
Dejo aquí esta figura melancólica de nuestro sentido del sonido (para los que oímos mal es también nostálgica):
jueves, 8 de enero de 2009
Allí donde los sueños se forman
¿Por qué, pues, nos importa
que todo se convierta en polvo?
¿Sobre cuántos abismos he cantado,
en cuántos espejos he vivido?
No soy ni sueño ni consuelo,
y menos aún soy la gracia,
pero tal vez recordarás.
más a menudo de lo que debes,
líneas cuyo murmullo se acalla
y una mirada que oculta en su fondo
el polvo de la corona de espinas
en el silencio vivo.
Pocas voces pueden hablar sobre la memoria con mayor autoridad que Anna Ajmátova: si hubiera que pensar en una imagen que representase el siglo pasado, como estatua perdida en algún parque olvidado, en un invierno helado, elegiría sin duda su figura. Hermosa y seductora, mil veces retratada y amada en su juventud por poetas y pintores, el resto de su vida fue el sueño de un dios loco lleno de furia y ruido. Esperó horas y días a las puertas de las cárceles estalinistas para llevar algo de comida a su hijo, que murió allí como su marido y como tantos amigos que antes había visto caer. Vivió una revolución, dos guerras y el cerco de Leningrado. Había sobrevivido de milagro, apenas para contar lo que pasaba a las puertas de la prisión. Perseguida y condenada al silencio, recitaba una sola vez sus poemas en un murmullo y luego los rompía. Una noche de 1944 se encontró con Isaiah Berlin, y ambos se enamoraron para perderse en el tiempo, y volverse a encontrar por unas horas en Oxford, rehabilitada tras la muerte de Stalin en 1965, ya a punto de morir. Escribió entonces "He dormido todo el día y en mi sueño él se me ha acercado. "Te voy a decir algo, pero sólo en la cumbre de la montaña". Subimos allí. En la cumbre de una montaña montaña muy abrupta me abrazó y me besó. Reí diciendo: "Y eso es todo". "No, que vean el quinto divorcio." Y yo de repente sentí que esas extrañas palabras me decían que yo para él significaba lo mismo que él para mí". Moría al poco tiempo de haber escrito estas palabras, como si sólo hubiera vivido los últimos veinte años para llegar a escribirlas.
Si toda vida es sueño, pocas pesadillas pueden haber sido como la suya, y sin embargo con qué nostalgia habla de lo ido, como si sólo hubiera existido para ser memoria, recuerdo, hilos y líneas cuyo murmullo se acalla. Su poesía es puro requiem por un siglo oscuro que sólo fue iluminado de tiempo en tiempo por vidas como la suya.
Leo estas campañas de ateos y católicos en los autobuses persiguiendo la felicidad y se me ocurre que la vida de gente como Anna se justifica menos por la felicidad que no tuvo que por su valor para recordar y lamentar que todo se convierta en polvo, para saber que veinte años de recuerdo de un amor valen por veinte años sin haberlo experimentado, que una tarde en la puerta de una cárcel recordada en un poema valen por miles de tardes de estúpida tranquilidad. Vivir para poder escribir:
No nos adormecieron las amapolas
e ignoramos nuestra culpa.
¿Qué en las estrellas
nos reservó la tristeza?
¿qué venenos malignos
nos sirvió la tiniebla de enero?
¿Qué fulgor invisible
nos encendió hasta la aurora?
Quizá la voluntad de ser memoria.
martes, 6 de enero de 2009
Las nieblas de Avalon
martes, 30 de diciembre de 2008
El héroe tras la máscara
Héroes de todos los tiempos: leo en Mirabeau o el político, de Ortega, esta frase que me confirma la simétrica admiración que los (algunos) intelectuales sienten por los (algunos) políticos:
"Si en algún momento, por descuido trivial, se nos ocurre calificar sus acciones de egoístas, nos corregimos al punto avergonzados, porque caemos en la cuenta de que en estos hombres el ego está ocupado casi totalmente por obras impersonales, mejor dicho, transpersonales. ¿Tiene sentido decir de César que era un egoísta que vivía para sí mismo? Pero ¿en qué consistía el "sí mismo", el "yo" de César? En un afán indomable de crear cosas, de organizar la historia. Por eso toma sobre sí, con la misma naturalidad, los grandes honores y las grandes angustias. Y es inaceptable que el hombre mediocre, incapaz de buscar buscar voluntariamente y soportar estas últimas, discuta al grande hombre el derecho al grande honor y al gran placer"
Visito a menudo los estantes de biografías de las bibliotecas para admirarme de esa extraña tendencia a la adulación de los héroes, los nuevos santos contemporáneos. De vez en cuando leo alguna: compruebo que todas esas biografías son la misma biografía, como la borgiana historia universal de la infamia que no es sino repetición del mismo infame. Una historia de desprecios continuos, sarcasmos y carcajadas: la miseria humana es la cosa peor repartida del mundo. La miseria también.
lunes, 29 de diciembre de 2008
La lengua de la serpiente
Tienen mala prensa las serpientes. Figuras de la doblez, próximas a lo femenino, reminiscencias del pecado original, depositarias de la astucia, eternas adversarias de las palomas, símbolos de la paz y la sencillez. Me quedo con las serpientes, la verdad. Mis gustos ornitológicos se aproximan más a las urracas que a las palomas, y mis repulsiones, si tengo que confesarlas, se acercan más a la aracnofobia que a la herpetofobia. Me gustan las serpientes: sinuosas, bellas, amenazantes y seductoras. Son figuras del doble sentido.
Cuando aprendía filosofía, la univocidad del lenguaje, el sentido único y desambigüado para cada expresión, era el ideal de los ideales, el sueño de la lógica, la esencia de la filosofía frente al señor oscuro de la metáfora y el mito, enemigos de la civilización y el progreso. Mierda: formalizar una frase, como sabemos todos los que damos Lógica para principiantes, es un sufrimiento porque cada frase interesante es siempre malinterpretada para resolverla en unos secos símbolos que no son sino esquemas para reducir la complejidad del sentido (los alumnos que me lean deben borrar cuidadosamente este párrafo si quieren aprobar la asignatura).
Ahora que el lenguaje es un bosque por el que paseo con más tranquilidad, sé que los dobles sentidos no son la excepción sino la regla, y que todo programa que tenga como objetivo acabar con ellos es como intentar que los niños dejen de creer en los Reyes y crean en los padres. Pura ilusión.
Lo más interesante comienza cuando empezamos a sospechar que el lenguaje con el que nos hablamos a nosotros mismos, el lenguaje en el que escribimos los diarios o los blogs no es sino una lengua de serpiente. Sólo que no sabemos interpretar el otro sentido.
sábado, 27 de diciembre de 2008
El horno del herrero
Sigo con mi cruzada para intentar comprender la comprensión. Y me parece que los textos mesopotámicos y los manuales de instrucciones son buenos ejemplares para poner a prueba cualquier teoría de qué es comprender. Desde luego no es explicar, o mejor dicho: no basta con explicar. Cualquier historiador podría explicarme el texto, y quizá algún antropólogo y paleoingeniero explicarme también las reglas. ¿Las entendería?, ¿habría entendido lo que el texto dice aún sabiendo ya por qué están ahí esas normas?, ¿me consolaría el saber que nosotros sabemos mucho más de metalurgia? Quizá la explicación aún no se ha convertido en una voz de la que pueda apropiarme. Y no me interesa la idea de interpretar como jugar a ser un artesano asirio. Me imagino como asirio y como herrero, y sigo sin comprender el texto. Pero estoy seguro que un herrero asirio lo comprendía bien, y no se le ocurriría admitir a un impuro en su herrería. Sabía que el arado que estaba cociéndose en el crisol no serviría para mover los terrones y la tierra no daría fruto por su culpa.
Los encantadores asistentes del servicio informático me dicen cosas parecidas y yo las cumplo escrupulosamente. Ni por asomo se me ocurriría cerrar el sistema operativo sin las abluciones prescritas.
jueves, 25 de diciembre de 2008
Para vencer al tiempo
Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren sus regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.
¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de los pequeños rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.
La imaginación vence al tiempo. Corred más que los momentos que perdemos: cronopios del mundo, ¡ sed felices!
lunes, 22 de diciembre de 2008
Los cuentos que cuentan
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.
Y es cierto, nuestro miedo ha inventado todos los cuentos. El caso es que nuestro miedo ha inventado también el cuento que somos, el cuento de nuestra vida. Y este caso es el caso que presentamos ante el tribunal de la historia. Somos al final un cuento que nuestro miedo nos ha contado a nosotros mismos. Uno querría añadir, también nuestra esperanza. Y lo añado, pero sé que la esperanza no es sino la imagen del miedo en negativo. ¿Un cuento en el sentido de León Felipe, puro cuento, puro teatro como el bolero? Sí, quizás. Y sin embargo..., hay cuentos y cuentos. Cuentos que cuentan y cuentos que no.
Me atemorizan muchas cosas. No las postrimerías: creo que no me atemoriza la muerte, las veces que la he sentido cerca me he sorprendido en una distante curiosidad; creo que tampoco el fracaso, el éxito es un mito hollywoodense que me resulta tan indiferente como la lotería. Pero sí me atemorizan otras: la soledad, el autoengaño, la culpa,... Hay temores que no confesaría en un escrito público, pero no son esos los que no me importan: casi todos estamos hechos de los mismos adobes, y nuestros cuentos se parecen mucho.
Sin embargo hay uno que, como al personaje principal de 1984, me aterroriza en especial, un temor por el que traicionaría todo y a todos, un temor por el que llegado el momento de la verdad gritaría como aquel personaje: "¡a mí,no!, ¡a ella, a ella!". No es otro que el temor a que los cuentos que me han constituido sean falsos. Todas las comunidades se instituyen con un relato y con un sacrificio. El pueblo hebreo se identifica por creer en los relatos que ellos mismos se dieron o que recogieron por ahí y asimilaron como suyos, y por creer en ciertos sacrificios iniciales: las huidas de unos cuantos lugares y tiempos oscuros. Como ellos, todas las comunidades se cuentan a sí mismas estos relatos y sacrificios iniciáticos e iniciales. También las personas. Soy la memoria de unos cuantos relatos con los que a medida que envejezco me aburro a mí mismo (todavía no al resto, espero). Mi temor de los temores es que hayan sido falsos, fruto de un miedo ciego que me hizo ver las cosas de una forma que no fueron. Sería confesarme a mí mismo que he estado construido por cuentos, que he vivido sin vivir en mí. Y sin embargo sospecho o sé que no soy más que esos cuentos que mi miedo me ha contado. Esta paradoja me hace vivir en el borde del barranco del sinsentido. ¿Como todos?, ¿hay alguno que aún crea en el cuento de su vida? Felicidades: disfrutará de las navidades.
sábado, 20 de diciembre de 2008
La distancia de la piel
De toda la historia de la hermenéutica, me quedo con esas dubitaciones que nos enseñan que la comprensión es un regalo que no siempre obtenemos de la vida.
Me señalaba un lector amable que mis últimos textos habían perdido ciertas oscuridades, quizá porque yo mismo había comprendido lo que quería decir, pero cuando trato de comprender qué es comprender vuelvo sin poder evitarlo a las oscuridades. Entre la cercanía y la distancia, comprender es lo más misterioso que nos ocurre. Quizá es la niebla del ser.
martes, 16 de diciembre de 2008
Nostalgia de Kafka
sábado, 13 de diciembre de 2008
Las higueras de Arganzuela
miércoles, 10 de diciembre de 2008
Aprendiendo a vivir
viernes, 5 de diciembre de 2008
Filosofía del crepúsculo
Todo se ha vuelto ahora más confuso: antiguos cientificistas dedican su tiempo a denostar los peligros de la ciencia; viejos culturetas descubren un arte transformado por las nuevas tecnologías; persistentes moralistas sirven seminarios de ética para empresas y hospitales; exquisitos humanistas se acomodan a una filosofía de prensa matutina; ratones de bibliotecas ahora conspiran, conspiran,... Ciento cincuenta años después de Darwin y Nietzsche, qué difícil resulta asumir la fragilidad, abandonar las historias de la filosofía como filosofías ( y agendas ocultas) de la historia, renunciar a un puesto que la filosofía nunca tuvo (el primer baile en el carnaval de la cultura), ceder el paso en las puertas de la vida.
Ciertamente, en los barrios marginales habitaron siempre filósofos de la humildad. En los márgenes de todos los espacios y lugares: Neurath, Simone Weil, Albert Camus, John Dewey, ... No están en el Olimpo: como Salomón, no pedían la gloria sino la lucidez; tenían muchas cosas que hacer, muchas conversaciones que escuchar; obedecían a la realidad, no al príncipe imaginado; habitaban en castillos interiores donde el deseo de poder no pudre el poder del deseo.
Si uno se sienta en el muelle de la bahía, silbando, a contemplar el crepúsculo, ese momento en el que la luz y la oscuridad se atraviesan, las agrias polémicas se vuelven lejanas conversaciones, las airadas revoluciones y giros conceptuales devienen vórtices que giran sobre sí mismos, la atención se centra en el día que acaba y en las sendas que los emigrantes de la historia han ido trazando en la frontera.
martes, 2 de diciembre de 2008
Palabras a otro
Quienes nos dedicamos a esto sabemos de ambas cosas: damos trabajo y damos distinción. Y no siempre son equilibrados ambos objetivos. Los preceptores del romanticismo lo tenían claro: sólo daban distinción (todos los grandes filósofos fueron en algún momento preceptores de la nobleza). ¿Qué somos ahora?: difícil de responder. He conocido algunos centros de élite norteamericanos. Son lugares de resistencia, pero también de distinción: ¿van unidas ambas funciones? No me gustaría caer en el cinismo, pero algo hay al respecto. Los hijos de los constructores necesitan saber de Marx, los hijos de los obreros necesitan matemáticas e inglés.
Universidad sin mercado/universidad de la distinción.
Si eres pobre, aprende historia, aprende inglés, aprende matemáticas, decía Bertold Brecht. Si eres rico, da igual, aprende lo que quieras, pasa el tiempo adquiriendo la pátina social de la distinción.
Desde hace años me siento escindido entre las dos funciones: lustrar y equilibrar. La ciencia por la ciencia, el saber por el saber es parte del espectáculo. Ya no hay (muchos los añoran) colegios para señoritas. La universidad actual, me temo, ya no es un lugar ni de refugio ni de resistencia, es un lugar como otros: atravesado por todas las contradicciones. La universidad no morirá en Bolonia: murió en Berlín, cuando los románticos la concibieron como la redoma para destilar el espíritu.