En poco menos de veinte años el concepto de injusticia epistémica se ha incorporado al vocabulario de la filosofía práctica y la crítica cultural, especialmente en los ámbitos del feminismo, la teoría crítica de raza y los estudios decoloniales. Esta irrupción ha ido induciendo cambios tanto en filosofía política como en epistemología y se ha convertido en el centro de gravedad de la epistemología política. No se trata de que ahora se amplie el concepto de injusticia para incluir lo epistémico, del mismo modo que hemos incluido la pobreza energética o la inequidad sanitaria a otras formas ya más extendidas de adjetivaciones de la injusticia sino de reparar en que la producción y distribución del conocimiento constituye una parte fundamental de la arquitectónica de la justicia. El concepto de justicia, como sabemos desde Rawls, es controvertido y controvertible. Su esperanza de que la humanidad llegue a una especie de consenso mínimo político sobre aquel, de modo que inspire políticas y legislaciones a lo largo y ancho del Planeta, no parece estar ahora más cerca de cumplirse que hace cincuenta años, quizás lo contrario. Carlos Thibaut, y en lo que se refiere a lo epistémico, Miranda Fricker, han promovido una acercamiento negativo a través de una sensibilidad o sentido de la injusticia que, si no logra construir un concepto totalizante, al menos va descubriendo territorios y espacios de lo injusto, posibilitando una queja moral y política.
Esta vía negativa parte de la investigación de cuál es el daño
que se produce cuando ocurre una injusticia ocasional o estructural. Por
daño se entiende un estado de sufrimiento que no tendría que haber ocurrido,
donde el contrafáctico “tendría” señala que existían posibilidades reales de
que las cosas hubieran ocurrido de otro modo. Una violación es una injusticia
ocasional, la violencia derivada del dominio patriarcal es una injusticia
estructural. Cada una exige un modo de reacción adecuado. El punto teórico está
en analizar dónde se produce el daño. Así, Linda M. Alcoff, a un tiempo
superviviente de violencia sexual y una de las grandes epistemólogas
contemporáneas, sostiene en Violación y Resistencia. Cómo comprender las
complejidades de la violación sexual que el principal daño ocasionado a una
víctima de abusos es la distorsión de su identidad sexual, un daño que prolonga
desgraciadamente en el tiempo el sufrimiento del hecho mismo.
No es lo mismo reconocer que hay daño que determinar cuál es
el daño principal, y con ello acercarse más a dilucidar el carácter injusto de
esta agresión. Los daños pueden manifestarse de múltiples formas como quiebres,
agravios, pérdidas, estados de sufrimiento, lesiones e incluso muertes, pero si
queremos entender el punto central de la injusticia debemos pensar en términos
similares a los de Linda Alcoff, cuya reflexión me parece iluminadora. ¿Puede
aplicarse una estrategia similar a las diversas manifestaciones de la
injusticia epistémica?
Lo que llamamos injusticia epistémica es un complejo de
ejercicios de dominación cognitiva de características y manifestaciones
bastante heterogéneas que tienen que ver con la exclusión de personas y
colectivos del disfrute de los recursos cognitivos comunes conceptuales y no
conceptuales, o bien con la distorsión sistemática de sus creencias a través de
formas de manipulación sistemática: es la devaluación de la credibilidad de
una persona o colectivo debido a su identidad (injusticia testimonial)
o, simétricamente la sobre-evaluación de la credibilidad, como ocurre con gente
famosa, expertos en todo y otras formas de colonización epistémica. Son las
dificultades inducidas para entender el mundo y la ubicación propia en él (injusticia
hermenéutica), que tiene muchas expresiones, como la opresión epistémica (por
ejemplo, en la exclusión del acceso a los recursos conceptuales y de la
posibilidad de contribuir al conocimiento común). Son las deformaciones del entendimiento que causan los conceptos impostores (el concepto de "histeria" fue uno de ellos. Son los silenciamientos
de la voz de la víctima en marcos culturales o lingüísticos ajenos. A todas estas manifestaciones estudiadas por la epistemología crítica debe añadirse el complejo de
ignorancias producidas voluntaria o estructuralmente con la intención de
reproducir y mantener las asimetrías de poder. Ignorancias que a veces son
metaignorancias o cegueras a la propia ignorancia, como las que padecen los
grupos dominantes respecto a los grupos subalternos y sus conocimientos y
experiencias de vida. Todo esto forma parte de una constelación de formas de
dominación en las sociedades contemporáneas en las que el conocimiento se ha
convertido en un bien tan estratégico como ciertos minerales.
¿Dónde localizamos, sin embargo, la fuente principal y
definitoria del daño epistémico y con ella de lo que llamamos injusticia
epistémica?
Miranda Fricker, en el libro que aportó este concepto de
injusticia epistémica a los recursos comunes (Injusticia epistémica,
2007), afirmaba que el daño está en la objetificación de la víctima, es
decir, de su negación del estatus de agente intencional, de su consideración de
mero instrumento que puede ser dejado a un lado y del desprecio a su posición
epistémica. Tratar al otro como mera fuente de información y no como un agente
capaz de conocer y aportar conocimiento es una degradación del mismo concepto
de “conocimiento” que, según una tradición genealógica ⎼ à la Nietzsche⎼
se origina en la búsqueda de informantes “fiables” y no meros indicadores. Esta
idea tan interesante de Fricker, tan kantiana por otra parte, ha sido criticada
entre otras autoras por Gaile Pohlhaus, quien objeta que esta forma de daño no
tiene suficientemente en cuenta el papel del otro (el perpetrador) y
simplemente se fija en el estatus de sujeto cognoscente. Ella propone en vez de
“objetificación” una interpretación desde el marco de Simone de Beauvoir en El
segundo sexo, donde el daño no es simplemente considerar al otro como un
medio, sino más bien colonizar la relación intersubjetiva, transformándola en
una suerte de dependencia de la subjetividad del dominante, algo a lo que llama
“derivatización”, un neologismo originado en la química, una técnica para
transformar una sustancia en otra “derivada”. Otras autoras, como Kristie
Doston han sostenido que el daño principal consiste en una exclusión de segundo
orden, una exclusión estructural, que impide al agente aportar a lo común
recursos conceptuales o cognitivos, en tanto que ser activo epistémicamente,
una suerte de silenciamiento sistémico.
Por supuesto que todos estos análisis son iluminadores y
deben ser tenidos en cuenta, pero, desde mi punto de vista, no centran completamente lo injusto de la injusticia. Mi hipótesis es que el contenido
político-moral de la injusticia epistémica, lo que hace de ella un daño que es
a un tiempo político y epistémico tiene que ver con la degradación de la
identidad epistémica de grandes colectivos de personas, algo más profundo que
la exclusión del acceso o la producción de conocimiento. Tomo para elaborar esta
idea dos estrategias conceptuales que se unen en la degradación de la
agencia producida por la injusticia epistémica. En primer lugar, presupongo y acepto la idea de justicia/ injusticia
que se origina en la teoría de las capacidades de Amartya Sen y Martha
Nussbaum. En segundo lugar, acudiré al tratamiento que hace Rahel Jaeggi de la
vieja noción de alienación. Desde mi punto de vista, la convergencia de ambos
conceptos permite aclarar y entender mejor la injusticia de la injusticia
epistémica.
Rahel Jaeggi, en su libro Alienation (2005), considera
que la alienación es una "relación de ausencia de relación (relation of
relationlessness), a saber, no es simplemente disociación, extrañeza o una
falta total de vínculos. Más bien, se trata de una relación defectuosa,
indiferente o perturbada frente a algo con lo que seguimos vinculados o atados
factualmente, ya sea el entorno, nuestras propias acciones, o nosotros mismos.
Su tesis nuclear es que esta relación dañada con el entorno es también y sobre
todo una perturbación en la apropiación de la propia vida, en la capacidad de
integrarse y manejarse con el mundo y sus demandas cognitivas y normativas. No
supone en absoluto que haya alguna naturaleza esencial de lo humano, sino un
fallo en la dinámica de la agencia, de la presencia del sujeto en la acción.
En cuanto a la idea de justicia propuesta por Amartya Sen,
expuesta principalmente en su libro La idea de justicia (2009), una obra
que trató de acercar la idea de justicia a las vidas concretas. Su tesis es que
debemos entender la justicia como libertad sustantiva, entendiendo por tal las
posibilidades que tienen las personas para llevar el tipo de vida que valoran
como vida digna y propia. No tienen libertad efectiva quienes no poseen las
capacidades reales para estos proyectos, que incluyen la participación efectiva
en la vida común. La libertad y la justicia se expresan en las posibilidades de
la gente de alcanzar “logros” desde los
funcionamientos más elementales de salud hasta los más complejos de educación,
dignidad y reconocimiento o participación. Las capacidades para estos logros
dependen de la variedad humana en todos los sentidos, de ahí que la justicia
consista en abrir los espacios de acción de las personas.
Si unimos estas dos líneas de Jaeggi y Sen comienza a
vislumbrarse cuál es el daño nuclear de la injusticia epistémica. La alienación
epistémica es una distorsión grave o muy grave de la agencia epistémica, que
consiste en la capacidad de determinar las creencias y saberes propios sobre sí
y sobre el entorno. Es un daño estructural que afecta al carácter y la
identidad epistémica personal. Esta identidad es la que se expresa en la
atención a lo relevante, en la evaluación de los riesgos de no estar en lo
correcto y en la evaluación de las posibilidades que constituyen la situación
de conocimiento y acción. La identidad epistémica no es una esencia del
carácter o de la naturaleza del sujeto, sino una trayectoria dinámica que
integra las propias capacidades en una autoconcepción propia del lugar en el
mundo y una conciencia de la propia posición epistémica.
La alienación, en este sentido, puede considerarse una
expropiación epistémica, literalmente hablando, en la que se distorsiona la
lucidez cognitiva de las personas y su control sobre la experiencia, la
información y las expectativas de futuro. En lo que respecta a la justicia, hay
que atender a la diversidad humana y a las complejas formas de desigualdad
cognitiva que dependen de su posición en el mundo tanto epistémica como social.
Desde una perspectiva política, lo que nos interesaría saber es cuáles trayectorias históricas pueden revertir los procesos de
alienación y crear espacios de autodeterminación cognitiva de personas y
grupos. Una forma muy generalizada de injusticia epistémica es la misma
ignorancia que tenemos sobre los grados y extensión de la alienación epistémica
en nuestras sociedades. Hasta el momento, la epistemología política ha tratado
casos particulares de exclusión, como ocurre en el libro de Miranda Fricker, o
tratamientos colectivos de opresión epistémica desde la epistemología feminista
o el activismo contra las varias formas de racismo, pero el problema más grave
es si disponemos de los recursos para levantar un mapa generalizado de las
formas de alienación epistémica que dañan nuestras sociedades.
En una entrada del blog anterior a esta hablaba de cómo la
extensión de las métricas y formas cuantitativas de evaluación genera
transformaciones en las motivaciones y en la agencia de gentes, colectivos e
instituciones. Ahora podemos ver que hay aquí también un componente de
injusticia epistémica, por cuanto la expropiación de formas de valorar entraña una
suerte de alienación epistémica en la formulación de los propios planes de
vida. Hay que sumar estos cambios a otros que nacen de las diversas formas de
dominación social, cultural, de género y otras que corroen la justicia. El daño
en las identidades epistémicas, sin embargo, no es algo marginal que se añada
como una reivindicación más de derechos a las reivindicaciones de justicia. Es
una distorsión profunda y estructural de una de las dimensiones esenciales de
la agencia humana por cuanto atenta contra las mismas capacidades racionales.
La alienación y la injusticia epistémicas se manifiestan en
niveles y escalas diversas. Tienen un componente en primera persona, en tanto que
distorsión de la lucidez, pero también y sobre todo de las relaciones
interpersonales, en tanto que la construcción de las identidades siempre es dialógica,
en segunda persona y en la participación en las instituciones. Es también
sistémica e institucional, por cuanto ciertas formas de relación social y de
vida generan modalidades de alienación epistémica. No solo se trata de las
viejas discusiones sobre las ideologías y las hegemonías culturales sino de
barreras de difícil superación que afectan al conjunto de la sociedad y a las
diferentes posiciones de personas y colectivos en ellas. La constatación de los
daños epistémicos que se producen por la amplificación tecnológica de los
discursos es, por ejemplo, una de esas barreras que generan nieblas epistémicas
colectivas. Los negacionismos del cambio climático, de los riesgos económicos y
militares y tantas otras formas de cegueras colectivas se suman a las múltiples
formas de ignorancias estructurales y violencias epistémicas que dañan la misma
imaginación de que las cosas pueden ocurrir de otro modo.
La injusticia epistémica, en resumen, produce deshabilitación, discapacitación, falta de entendimiento y voluntad para imaginar planes de vida y elaborar transformaciones del entorno y de las propias identidades. Es conducir a personas y colectivos a los márgenes y las cunetas de la historia.






