1
El conocimiento, los juicios de valor, la palabra y la
acción tienen en común que adquieren sentido tan solo en una situación y un
contexto. Las cuatro son formas de determinar una posibilidad: de verdad, de lo
que importa, de significado, de logro práctico. No es una coincidencia, todas
ellas son manifestaciones de agencia. Todas ellas son también manifestaciones
de agencia híbrida, es decir, compositiva social, cultural y técnica. Aunque
haya componentes personales en todas ellas, es el modo en que la persona se
sumerge en la situación y la situación en un contexto material, informacional,
social y cultural en el que aquello adquiere sentido y no ocurre por suerte
sino porque las capacidades, los valores, las reglas del lenguaje y la
corrección de la acción se componen adecuadamente para alcanzar ese nivel de lo
humano que es el sentido. Los grandes modelos lingüísticos de la inteligencia
artificial no pueden alcanzar este nivel por sí solos si no cooperan con
humanos. Es cierto que necesitan contexto (esto es lo que produce el mecanismo
algorítmico de la “atención” (es un término técnico)) pero no producen
conocimiento ni juicios de valor ni significados ni éxito práctico sin la composición
con humanos. La razón es la asimetría que existe entre la agencia humana y la
aportación agencial de un modelo: sin la mediación del cuerpo y la mente
humanos, sin las prácticas sociales, sin el entorno técnico que permite el
funcionamiento de esos algoritmos, la IA no es sino un dispositivo de generar
producciones probabilísticas de signos a partir de signos, son transformaciones
de energía o, como las llamaba Simondon, “transducciones”.
El contexto de la agencia y la extensión de la situación son
elásticos: abarca desde la acción en una situación bien definida y “estrecha”
(pongamos, un examen) a un contexto histórico que se manifiesta en esa
situación (el contexto histórico del sistema educativo, etc.). Se distribuyen
igualmente en el espacio y en el tiempo: un aula, un edificio, el tiempo del
examen, el tiempo de formación o el tiempo histórico. En la situación siempre
se asoma el tiempo histórico, pero saber que el sistema educativo es un aparato
del Estado no te sirve mucho para resolver la ecuación integral. Pero si
estudias matemáticas, deberías ser consciente en algún momento del tiempo
histórico.
En la anterior entrada aplicaba esta elasticidad del
contexto para analizar el fordismo, tanto como modelo productivo en las
factorías Ford como en el reordenamiento general de la reproducción social y la
personal a través de la división del trabajo entre familia/ estado. Si el
fordismo llena el siglo XX, el siglo XXI muta en una variante que alguien
acertadamente ha calificado como “muskismo”, que también es, en un extremo, un
modelo de producción y, en el otro extremo, una propuesta de orden social. Como
modelo de producción, el muskismo es una variante del fordismo, como propuesta
de orden social es una mutación bastante profunda.
Como modelo de producción, el fordismo de la primera época
se distinguió por la cadena de montaje, en la que los trabajadores realizaban
pequeñas tareas que se organizaban en una compleja división del trabajo entre
personas y máquinas. La segunda característica de aquel modelo, que pronto
desapareció y ahora vuelve, fue la integración vertical de todo el proceso de
producción: en las factorías Ford, entraba el mineral de hierro y salían
automóviles. Todo el proceso y todas los componentes eran producidos allí. Si
había un ejemplo de la megamáquina, era este sin duda. En la globalización que
trajo el abaratamiento del transporte debido al contenedor, la cadena de
montaje se mantuvo, pero la producción se deslocalizó en múltiples subcontratas
con factorías cercanas y, sobre todo lejanas, que se especializaban en la
fabricación de componentes. El modelo social, sin embargo, se mantuvo y ahora
se mantiene inercialmente, en competición con los nuevos órdenes del muskismo.
Junto a la deslocalización que trajo la globalización, hubo
otros cambios en el modelo de producción fordista caracterizados por dos casos
de inmenso éxito comercial: Toyota, en la fabricación de automóviles y Apple,
en la fabricación de informática personal, móviles y algunos otros dispositivos
y Zara en una especie de toyotismo sin innovación. Explico en nota a pie lo más
relevante de estas variedades de fordismo[1].
2
Estas tres variantes del fordismo han coexistido bien en la
combinación de la globalización con políticas de impulso del consumo sobre las
que se basaba el modelo social fordista. Y en cierto modo han sobrevivido a la
transformación digital y la extensión mundial de internet. Este modelo social
es el que ha sido descrito como neoliberal que incluía aceptar un soporte
estatal al consumo de las familias, al menos lo imprescindible en educación,
sanidad, pensiones, desempleo, etc., pero buscar la centralidad de la
desregulación del mercado. El dinero casi gratis para hipotecas y otros
artículos de consumo como automóviles fue uno de los signos de la utopía
neoliberal que tendía a que una parte de la población tradicionalmente de clase
obrera se sintiese clase media. Margaret Thatcher lo tenía bien claro cuando
enunció su modelo de la sociedad de los dos tercios: no importa que un tercio
de la sociedad se quede atrás mientras los otros dos tercios sientan que están
viviendo en una sociedad bien ordenada.
La sostenibilidad de este modelo se asentaba sobre varios
pilares de compleja descripción, pero que grosso modo podría categorizar
así: el primero fue que el tercio marginal de la sociedad se componía
básicamente de emigrantes que ocupaban puestos de trabajo mal pagados y
condiciones de vida precarias (junto a capas tradicionalmente marginales de la
sociedad). El poco peso político de este tercio aseguraba la política de
división del trabajo mercado/ familia.
El segundo fue la liberalización de los mercados financieros, que
crearon nuevos nichos de capital riesgo y la ilusión de que la valoración del
capital crecería sin límite mediante una gran facilidad de traslado hacia zonas
rentables: control del espacio e inversión inmobiliaria, privatización de
servicios como sanidad, educación y seguridad. El tercero fue tanto el
abaratamiento del transporte como de la información y de la financiación,
características nucleares de la globalización. El cuarto era un subproducto de
la deslocalización, usada tanto como fuente de rentabilidad como de amenaza a
los viejos sindicatos. El acomodo de parte de la clase media, junto a la
externalización generalizada y fractal en las empresas, que terminaba en una
pirámide de pequeñas contratas logró el desmontaje de los sindicatos. La famosa
huelga del carbón en el Reino Unido de Thatcher (1984-1985) en la que derrotó a
los sindicatos marcó el inicio de este declive.
Los pilares, sin embargo, tenían los cimientos de barro. La
inmensa sala de juegos en la que se había convertido el capitalismo financiero
acabó en una enorme crisis en el 2008 con quiebras generalizadas de bancos, con
el descubrimiento de que las agencias de control habían hecho la vista gorda a
lo que parecía un esquema piramidal sobre el que estaban basados los nuevos
productos financieros. La crisis implicó la ruina de una parte del “tercer
estado”, de muchas empresas pequeñas y de un descontento generalizado que
recorrió el mundo en protestas multitudinarias.
Había además otros horizontes oscuros: la creciente competencia por los
recursos de materias primas y fuentes de energía fósil. Pero el capitalismo mutó trasladando las
pérdidas a los estados e iniciando una nueva fase de huida hacia adelante hacia
el modelo que podemos llamar muskismo por la exitosa historia de Elon
Musk y sus empresas, primero Tesla y ahora el conglomerado Space X, que incluye
a Starlink y otras de servicios de lanzamiento de satélites y transportes
espaciales y de inteligencia artificial aplicada. La característica central del muskismo es lo
que se ha llamado aceleracionismo. Tiene una dimensión en el modelo de
producción y consumo y una dimensión de reorganización civilizatoria. En lo que resta, haré una breve descripción
del modelo de producción y una hipótesis sobre la transición civilizatoria a
una cultura y sociedad de la aceleración de los cambios.
Una valoración general sobre la cultura muskista del
capitalismo es, desde mi punto de vista, la creación de un imaginario social
que tiene efectos tanto económicos como sociales. Consiste en la gamificación,
en concebir la agencia compleja híbrida como una narrativa de videojuegos. Los
jugadores (nueva figura del sujeto agente) se sumergen en una secuencia de
situaciones en la que se implican en tanto que buscadores de recursos que les
permitan pasar a la siguiente. No prestan más atención a la situación que la
búsqueda de estos recursos, que suelen ser en los videojuegos códigos, armas y
otros gadgets, y que en la economía serán artefactos financieros y tecnológicos
que permitan a la empresa seguir en una loca carrera.
El gran videojuego de la producción se puede resumir
(caricaturizar) en tres rasgos que se resumen en el famoso lema lema de Mark Zuckerberg: “corre
mucho y rompe cosas”: el primero es la formulación de una promesa que encandile
a las fuentes de financiación. En el caso de Tesla fue la promesa de la
sustitución del automóvil basado en combustibles fósiles por el automóvil
eléctrico. En 2003, esto era básicamente una promesa. En el caso de Starlink,
telefonía móvil para todos los espacios a los que no llegan las grandes telecos,
basadas en lo urbano. En el caso de Space X, en el abaratamiento radical de los
viajes espaciales. Para hacer creíble la
promesa, basta con tener un prototipo que más o menos funcione y sirva como
ejemplo para un enorme aparato de propaganda. A Musk no le importaba la
perfección del prototipo, sino el establecimiento de un objetivo final para el
que se iniciaba una carrera de obtener arreglos e innovaciones que resolviesen
los diferentes problemas técnicos. El videojuego en acción.
Este videojuego entraña varias dificultades que en economía
se resumen en lo que se ha llamado el “Valle de la Muerte”, a saber, sobrevivir
económicamente mientras la innovación consigue adelantar a todos los demás. Los
prototipos de Musk no sobrevivirían sin una descomunal inyección de capital
riesgo fascinado por la promesa de la hegemonía tecnológica. Musk comenzó
arriesgando su fortuna personal, que nació de la venta de una start-up, pero
siguió mediante contratos con el Gobierno de Estados Unidos y con la atracción
de una enorme cantidad de capital riesgo. Al borde de varias bancarrotas, logró
al final imponer los modelos de Tesla en los círculos de distinción de
consumidores y con ello una fiebre por conseguir un automóvil eléctrico que
alcanzaba las velocidades de las grandes marcas. En 2008, durante la crisis
financiera, Tesla estuvo a días de la bancarrota. Se salvó gracias a una ronda
de financiación de emergencia, especialmente gracias a un préstamo en 2009 del
Departamento de Energía de EE. UU. por 465 millones de dólares (que demuestra
la tesis de Mazzucato del papel de los subsidios estatales en el desarrollo
industrial de alto riesgo). En 2010 Tesla salió a bolsa y comenzó su etapa de
expansión para fabricar el Model S, el Model X y, el más importante, el Model 3
(el vehículo de mercado masivo). Fue la
época de dinero barato.
El tercer componente, junto a la promesa y la atracción de
capital riesgo público o privado fue la vuelta a los orígenes fordistas y la
reversión de la globalización. Elon Musk decidió que el videojuego solo se
ganaría independizándose de factores externos en fabricación o innovación y,
por ello, en un modelo de integración vertical de toda la producción. Sus
empresas deberían controlar la fabricación de todos y cada uno de los
componentes y hacerlo siempre que fuese posible dentro del mismo complejo
fabril, por lo que Musk decidió construir megafábricas que repartió por Texas,
Sanghai y Berlín. La inversión en estas monstruosidades fue también monstruosa
y dependiente de la promesa de hegemonía. Lo mismo ocurre con la energía
necesaria para sostenerlas. La empresa se sostenía sobre una innovación
continua a medida que en el mercado se iban detectando los muchos errores de
diseño. No importaba: corre mucho y rompe cosas.
Tesla fue el prototipo, pero el muskismo en su esplendor de
manifiesta en Space X, que representa la fase superior y “seria” del nuevo modo
de producción, la que ha sido emprendida también por las grandes plataformas de
inteligencia artificial (OpenAI, Anthropic, Google, Amazon, Microsoft) y las
que definen tanto un nuevo modelo civilizatorio como un contexto de agencia
híbrida. Resumo de esta forma la nuevas líneas de diseño material, social,
económico y político del Planeta:
1.
Hegemonía y monopolio tecnológico, a ser
posible, integrando verticalmente en la misma empresa y, si no, bajo el mismo
Estado, el diseño, la fabricación y el control de la distribución de los productos.
2.
Una transición tecnológica basada en la
industria militar: la hegemonía y monopolio, al menos en el marco de una esfera
estratégica, ha llevado a unir estrechamente los intereses de las empresas con
el Estado. Las crisis de las empresas tradicionales basadas en la sociedad de
consumo parecen tratar de resolverse mediante un colosal inversión en rearme en
un mosaico de productos informacionales y tradicionalmente militares como
misiles, aviones, barcos, y material de infantería y artillería. Las dos
grandes guerras de Ucrania y Gaza/Irán han sido el laboratorio para este giro
del capitalismo, tan parecido a la Alemania de las primeras décadas del siglo
XX.
3.
Estados vallados: la fusión de megaempresas y
estados y el control de todas las cadenas de producción no solo esta
modificando la globalización en campo tradicional financiero y manufacturero,
sino también y sobre todo en el control de los movimientos de emigración. La
hegemonía tecnológica se funde aquí con un plan de hegemonía cultural que cierre
los estados a lo que comienzan a entenderse como enemigos internos: sea por
razones de pobreza, de religión o de competencias geoestratégicas.
4.
Guerra cultural: el nuevo modelo de fusión
estado-sociedad en un proyecto de hegemonía integral entraña también y sobre
todo revertir las conquistas de todo lo que fue la lucha por derechos de
colectivos en el marco del estado del bienestar. Aquel proyecto se basaba en
trasferir al control público en forma de derechos e instituciones la provisión
de bienes y seguridad para las partes vulnerables, desprotegidas u oprimidas de
la sociedad. Todo aquello debe revertirse no solo por razones ideológicas sino
también económicas y militares: los nuevos estados y megaempresas hegemónicas
necesitan transferir los capítulos de presupuesto destinados a la vida digna a
la carrera por la hegemonía del complejo industrial, militar y tecnológico. De
ahí que se empleen técnicas de frente de guerra cultural “woke” o “comunistas”
son los términos que ahora tratan de integrar todo lo que resista este modelo
en una misma categoría.
5.
El aceleracionismo tecnológico acompañado de los
cambios en la velocidad de innovación que permite la inteligencia artificial es
el medio en el que se desenvuelve esta transición. Entramos en un mundo en el
que la carrera dejará atrás a una parte de la humanidad y de los estados.
6.
China no es ajena a este proceso: de hecho es el
muskismo en estado puro, su forma más perfecta. La diferencia es que mientras
el muskismo norteamericano divide su financiación de la carrera entre el
capital riesgo y los contratos con el Estado, en China el capital riesgo lo
asume principalmente el Estado que, además, integra el proceso de hegemonía
tecnológica en un proyecto de hegemonía social y de transformación interna de
la población.
En todo este proceso, las formas de producción y
reproducción social se están transformando en modalidades de la agencia híbrida
que abarcan todas las fases y edades del ser humano: los sistemas educativos,
las formas de consumo, la organización de la familia y los proyectos y
expectativas de las personas se encuentran en un medio o entorno en el que las
mediaciones son en parte novedosas y en parte tradicionales: la formación de
capital cultural, que había caracterizado el fordismo como garantía de éxito
social, se traslada ahora a la competencia por la supervivencia en un medio
cultural y técnico para el que los grandes sistemas educativos y de
comunicación social no estaban preparados. Las subjetividades, formadas en la
mediación cultural, se mueven bajo regímenes emocionales que basculan entre la
ansiedad, la nostalgia, o algo así como el deseo de muerte que caracterizó a
las sociedades de preguerra, el modo en que se asume el horizonte promisorio de
la Ilustración oscura.
Dejo a un lado las contradicciones culturales, económicas,
ecológicas y políticas de este modelo. Dejo a un lado también las variedades
tan ricas de resistencia y de ofertas de otras formas de transición y de
adaptación al entorno técnico.
En este texto me he ayudado en los datos de historia
económica de la consulta a Gemini y del magnífico libro de Quinn Slobodian Muskismo,
así como de otra bibliografía que dejo a un lado dado el carácter no académico
de esta entrada.
[1]
Surgido en el Japón de la posguerra, el sistema de producción de Toyota se
diseñó en un entorno de extrema escasez de recursos, espacio y capital. Su
objetivo económico era erradicar el "muda" (desperdicio),
especialmente la sobreproducción y el capital inmovilizado en exceso de
inventario. Se caracteizó por tres medidas básicas en el sistema de producción:
1) Just-in-Time: las piezas llegan a la línea de ensamblaje
exactamente cuando se necesitan. Esto requiere una sincronización perfecta y
una proximidad geográfica casi absoluta con los proveedores, creando clústeres
industriales masivos y compactos en Japón. 2) Autonomatización: las
máquinas están diseñadas para detenerse automáticamente al detectar un defecto,
y cualquier trabajador tiene la autoridad y el deber de detener toda la línea
de montaje tirando de la "cuerda Andon" si detecta una anomalía. La
calidad se inyecta durante el proceso, no se inspecciona al final. 3) Mejora
Continua e innovación: la
innovación productiva fluye de abajo hacia arriba. La empresa asume que el
trabajador de la planta es quien mejor conoce el proceso, por lo que depende de
ellos para sugerir pequeñas mejoras operativas diarias.En los años 90, surgió
el modelo Apple, una forma de toyotismo deslocalizado y “sin fábricas”. Si
Toyota perfeccionó la coreografía dentro de los muros de la fábrica física,
Apple perfeccionó la cadena de suministro abstracta. Apple opera bajo un modelo
fabless (sin fábricas de ensamblaje propias): diseña todo el hardware y
software en California, pero orquesta su ensamblaje a miles de kilómetros de
distancia. Apple se caracterizó por no invertir en fábricas, pero sí en diseño
estético que obliga a los proveedores a inventar máquinas y componentes que se
adapten a él. Una variante muy española entre el modelo Toyota y el Apple es el
de Inditex/ Zara: Inditex
destruyó el modelo clásico del sector textil. Pasó de un modelo centrado en
predecir lo que la gente querría dentro de un año, a un modelo centrado en
fabricar hoy lo que la gente compró ayer. Mientras la competencia tarda unos 6
meses desde que diseña una prenda hasta que llega al escaparate, Zara puede
hacerlo en apenas 15 o 20 días. Se produce en proximidad: las prendas más
sensibles a la moda (las que son tendencia pura y caducan rápido) se fabrican
en lo que llaman su "clúster de proximidad": España, Portugal,
Marruecos y Turquía (la más predecible como camisetas blancas o vaqueros sí se
fabrican en Asia siguiendo el modelo tradicional de bajos costes). La tercera
aportación es la centralización logística: todo lo que vende Inditex en
el mundo pasa primero por sus centros logísticos en España (Arteixo, Zaragoza,
etc.). La ropa se plancha, se etiqueta y se distribuye por avión o camión a
cualquier tienda del mundo en 48 horas. El modelo se distancia de Apple en que
no hay innovación sino un buen sistema de comunicación/ producción basado en
los informes de cada tienda. Eso entraña una centralización. Es un tanto Toyota
en lo que se refiere a la adaptación al consumo y la importancia de la
información de las dependientas de las tiendas.








