La agencia híbrida es el término con el que se designa la
composición de la acción humana, individual y colectiva, con una especie de
exoesqueleto formado por artefactos con una cierta autonomía que no tienen las
simples herramientas. Agencia híbrida es, por ejemplo, el complejo formado por
una persona conductora, un automóvil y el sistema de vías (carreteras, calles,
señales de conducción, gasolineras, etc.). No hay límites precisos del contexto
que define la agencia híbrida. Como el ejemplo del automóvil muestra, podemos
restringir la agencia híbrida al simple hecho de la conducción o ampliarlo al
sistema completo de la ecología de la era del automóvil. Comencemos por esta
extensión de la agencia híbrida situándola en el modelo socioeconómico, de
hecho civilizatorio, que llamamos fordismo. El tiempo de la máquina.
La era de la herramienta dio paso a la era de la máquina, de
la cibernética y del artefacto. El orden mundial se configuró a imagen y
semejanza de las infraestructuras de producción: los talleres dieron paso a las
manufacturas cuyo centro era la maquinaria, en donde trabajadoras, niños y
trabajadores se acoplaban en una organización general de transferencia de
trabajo-energía. El Principio de Conservación de la Energía fue formulado por
aquellos años, a mediados del XIX, y fue una revelación para Marx, quien reparó en
que “trabajo” era, a efectos económicos al igual que físicos, un equivalente universal
de transferencia de energía, fuese producida por máquinas o por el complejo
máquinas-trabajadores. La diferencia en puros términos económicos entre
máquinas y trabajadores consistía en el costo de reproducción: los trabajadores
tenían un límite a su tiempo de trabajo y necesitaban una pequeña inversión en
energía para volver a trabajar: el salario. Dos décadas después, en los años
setenta del XIX, se aclaró el Segundo Principio de la Termodinámica que
explicaba el trabajo no recuperable y que permitía explicar también la
diferencia entre máquinas y trabajadores en lo que se refiere a la noción de
esfuerzo: siendo el cuerpo algo sometido al Segundo Principio, la evolución
había dotado al organismo de un monitor de la pérdida de energía: el cansancio.
Fredick W. Taylor (1856-1915) fue un ingeniero que divulgó sus principios de
organización científica del trabajo con el objetivo de hacer más eficiente la
interacción entre trabajadores y máquinas recogiendo tanto las equivalencias
trabajadores-máquinas, que imponía el Primer Principio, como las diferencias
que dependían del Segundo Principio. Su propuesta era medir el acoplamiento, la
agencia híbrida, incluyendo en ella los necesarios tiempos de descanso para
evitar que el agotamiento produjese accidentes y caída de la productividad. El
taylorismo tardó mucho en ser aceptado por los industriales, hasta que Ford en
1913 introdujo en su fábrica un sistema de producción que parecía inspirado por
Taylor. Google y su inteligencia artificial nos explica los principios
generales de esta transformación en estos tres puntos:
La cadena de montaje: Introducidas en 1913 en la planta de Ford en Highland Park (Míchigan), las cadenas de montaje móviles redujeron drásticamente el tiempo de producción al llevar el trabajo hasta el trabajador, que permanecía en un puesto fijo.
La jornada laboral de 5 dólares: En 1914, Ford introdujo esta política histórica. Al aumentar drásticamente los salarios y reducir la jornada laboral estándar a 8 horas, minimizó la rotación de personal y transformó a los obreros de fábrica en una nueva base de consumidores de clase media.
La estandarización: Como bromeó Ford en su famosa frase sobre el Modelo T, los consumidores podían elegir «cualquier color que quisieran, siempre que fuera negro», lo que ponía de relieve cómo las piezas intercambiables y la estricta uniformidad redujeron drásticamente los costes.
No se trataba solamente de un cambio en la organización de
la producción, sino de un cambio completo en el orden social del circuito
producción-consumo. Si el capitalismo salvaje del XIX se basaba en la regla de
que el salario debería de limitarse a la reproducción física de los
trabajadores sin permitirles ahorrar, para evitar que dejasen de trabajar, la
idea de Ford era la contraria: los salarios deberían ser suficientes no solo
para alimentar a la familia --que pasaba a ser la garantía de la reproducción de
los trabajadores a largo plazo, convirtiendo la empresa en una organización
intergeneracional, de modo que los hijos aspirasen a ser trabajadores de la
misma empresa con mejor formación técnica-- sino que, también, el salario debería
cubrir un plus suficiente para que la familia adquiriese los productos de la
empresa, no solo los automóviles, en el caso de Ford, sino una parte de sus
bienes en los economatos de la misma empresa. La casa misma debería ser parte
de la política habitacional mediante la creación de barrios cercanos a la factoría con alquileres o precios asequibles (y financiadas las hipotecas por la propia empresa).
Apareció así una organización ampliada de la agencia híbrida
que suponía la creación de un nicho ecológico de producción-reproducción en la
que la máquina aparecía no solo en el tiempo de trabajo sino también en el
tiempo de reproducción en la forma de artefactos domésticos: automóviles,
lavadoras, frigoríficos y una ecología de artefactos que invadieron la
vida cotidiana. La reproducción social se convertía así en un sistema de
agencias híbridas humanos-máquinas. Esto es lo que se llamó fordismo,
que se extendió por el mundo a partir de las crisis de los treinta. La
Revolución rusa adoptó entusiasmada el fordismo de la mano de Lenin y Stalin,
lo mismo ocurrió en los estados fascistas de Alemania, Italia y Japón, pero fue
Estados Unidos el que mayor éxito logró en la instauración de este orden
social, que después de la Segunda Guerra Mundial se extendió a lo largo y ancho
del planeta y dio origen a lo que en los años sesenta se llamó la “sociedad de
consumo”. La mayoría de los países industrializados organizaron el Estado mismo
en un orden fordista, tratando de garantizar la reproducción social mediante
políticas públicas que incluían un sistema educativo así como algunos
dispositivos de seguridad social para apoyar a las familias en momentos de
crisis por paro, enfermedad o vejez. Se trataba de complementar lo que las
empresas menos pudientes no podían lograr, garantizando así la reproducción
social de la “fuerza de trabajo”. Fue la era de la educación universal no solo primaria
sino secundaria y terciaria, que incluía, por ejemplo, la universidad de masas
que se extendió a lo largo de los años cincuenta y sesenta.
Críticos del sistema como Lewis
Mumford o la Escuela de Frankfurt consideraron no sin alguna razón que este sistema
organizaba la sociedad a la manera de una inmensa máquina, la megamáquina
que nombraba Mumford. ¿Significaban estos análisis que los humanos se habían
convertido en poco más que partes de esta megamáquina? Había, hay, algo
equivocado en esta forma de entender la agencia híbrida en el mundo fordista. El
error no lo cometían solo los críticos del capitalismo fordista sino también
los practicantes del individualismo metodológico en lo que respecta a la acción
humana, como fue (es) el caso de la corriente principal de la filosofía
analítica. Un error que nacía en los dos lados: la del sujeto y la del
artefacto. Independientemente de otras consideraciones, la aportación de la
filosofía francesa, desde Gilbert Simondon a Bruno Latour, pasando por Gilles
Deleuze ha sido fundamental para crear un marco nuevo en el que pensar la
agencia híbrida y con ello la crítica de su forma histórica oscura en el tiempo
del fordismo.
El origen del error estaba
seguir en un marco metafísico que separaba en la agencia el componente
“físico”, la transferencia de energía, del componente informacional, tanto en
el nivel individual como en el conjunto de la sociedad. Las dicotomías
“cuerpo/mente”, “subjetivo/objetivo”, “individuo/ sociedad”, “cuerpo/técnica”,
“natural/artificial” se traban en sendas concepciones de la acción humana
entendida bien como subproducto de la causalidad de la megamáquina como de una
extraña causalidad mental. El marxismo clásico cometió el mismo error al
distinguir entre base y superestructura, a pesar del materialismo histórico y a
pesar de que Marx tenía una idea más compleja de la técnica, tal como
desarrolla en los Grundisse.
El cambio de marcha en filosofía
de la técnica se lo debemos a Gilbert Simondon (1924–1989), y a sus obras El
modo de existencia de los objetos técnicos (1958) y La individuación a
la luz de las nociones de forma y de información, publicada póstumamente en
2005, dos libros que transforman la ontología dominante en el pensamiento occidental.
Simondon entendió bien lo que significaba la introducción de la información y
la cibernética en el dominio de la técnica, lo que implicaba una complejidad
antes solo vista en los seres vivos.
Su ontología se asienta sobre
una crítica de la distinción entre forma y materia debida a Aristóteles y la
concepción de que el dominio del ser es la individuación: ningún individuo —ya
sea biológico, psíquico o técnico— es una entidad estática o
"terminada". Todo está en un constante proceso de llegar a ser. Estructura
y procesos son inseparables: la estructura existe porque existen operaciones
que son “transducciones”. El término “transducción abarca desde la biología a
la técnica es un proceso de transferencia de energía que cambia la naturaleza
de lo transferido. Así, por ejemplo, un micrófono transduce la energía cinética
del aire en señales eléctricas, del mismo modo que la percepción traduce los
estímulos en señales procesables neuronalmente, o las células transducen los
estímulos en una cadena de reacciones químicas. Es una secuencia no
determinista y en la que se asienta la noción de información.
La segunda base de la ontología
de Simondon refiere a la vieja polémica entre Hegel y Marx sobre lo abstracto y
lo concreto. Un individuo solo existe como un nudo de relaciones y de
diferencias. Esta idea sirve tanto para la biología como para la técnica. Así,
por ejemplo, Carnot explicaba mediante una máquina ideal la pérdida de energía
reversible en potencial, mientras que lo que encontramos en la realidad son
máquinas dependientes tanto de sus componentes como de las relaciones. Un motor
de gasolina en Marte no puede ser un motor de gasolina: necesita un entorno de
relaciones. Normalmente clasificamos las máquinas por su uso humano. Simondon
rechaza esto y propone analizarlas por su evolución técnica interna. Según él,
los artefactos evolucionan de un estado abstracto a uno concreto. Los
prototipos se transforman en objetos concretos que están en continua evolución y
participan de un sistema de dependencias en las que sus cambios se relacionan
con los cambios sociales y psicológicos. Del mismo modo, las sociedades y los
individuos que las componen son procesos que no pueden ser explicados sin la
cultura material en la que ocurren.
Si lo aplicamos a la composición
humanos máquinas bajo el régimen fordista, la agencia híbrida es una forma
histórica en la que manifiesta la reproducción humana en tanto que
transformadora y transformada del y por el entorno y de su propia condición de
existencia. No hay “acción” en el sentido abstracto de la filosofía analítica,
tan similar a la máquina abstracta e ideal de Carnot, sino procesos de transducción
que operan en la doble dirección de lo externo y lo interno. Al actuar sobre el
medio actuamos sobre nosotros mismos y, en tanto que individuos como nudos de
relaciones, las dependencias son tanto sociales como técnicas. Los cuerpos no
pueden ser entendidos sin la referencia a la evolución de las técnicas de
cuidado y de preservación de la salud, sin los sistemas educativos, sin la transformación
de las familias como espacios de reproducción biológica, cultural, económica.
Así las sociedades y la parte de ellas que son los estados. El modo de
producción capitalista no existe en forma abstracta sino en las formas
concretas como es el sistema fordista que se expandió planetariamente en el
siglo XX transformando las personas, las familias, las instituciones y estados,
la estructuración de los tiempos de vida y los espacios de posibilidad de
acción.
Esta es la idea de agencia
híbrida bajo el modo fordista. Por ejemplo, en la categorización de las edades
humanas: la infancia, pubertad y adolescencia, juventud, madurez, senectud…,
existen como estructuras a la vez biológicas, artefactuales y sociales. “Juventud”
fue un invento de la sociedad de consumo que se expresó en los años cincuenta
como tensiones en la familia, ecologías de ropa, vestimentas y formas de vida.
Igualmente la infancia, ahora uno de los centros de consumo dadas las caídas de
la natalidad, debidas a las técnicas de control de la natalidad o la vejez, otra
zona de consumo preferente en la forma de sistemas de salud, turismo y otras manifestaciones.
Ocurrió lo mismo con las bases materiales de la familia, que paso de la forma
nuclear clásica a una plétora de modalidades que se basan a su vez en las
transformaciones de las vidas como existencias de “género”, a su vez puestas en
cuestión por entornos de prácticas tanto sociales como técnicas.
Entendido como un sistema enorme
de estructuras y procesos, de modos de agencia y vida, el modo fordista ha ido
entrando en una crisis profunda que conlleva una reestructuración tanto del
capitalismo como de todos los procesos de individuación. Es el cambio de la era
de la máquina a la era de los agentes “autónomos” en tanto que nuevos sistemas
de agencia híbrida. El cambio del fordismo la muskismo.










