En 2006, el pensador político ultraconservador Charles Murray explicaba cómo combatir el igualitarismo en el que convergían los diversos movimientos sociales desde los años cincuenta y sesenta: "«Durante los últimos cuarenta años», dijo, «el grito de guerra de la izquierda ha sido la “igualdad”». La ciencia asestará el golpe de gracia a esta reivindicación. «El crecimiento explosivo de los conocimientos genéticos», afirmó, «significa que en pocos años la ciencia demostrará de forma definitiva y precisa en qué consiste exactamente la diferencia entre mujeres y hombres, entre negros y blancos, entre pobres y ricos o, por lo demás, en qué se diferencian los holandeses de los italianos». Si el enemigo, en su esencia, era la reivindicación de la igualdad humana,la ciencia le asestará el golpe de gracia. La confirmación de las diferencias grupales inerradicables dejará un vacío en el universo moral de la izquierda», predijo Murray. «Si la política social no puede basarse en la sobre la premisa de que las diferencias entre grupos deben ser eliminadas, ¿sobre qué puede construirse entonces? El mismo año en que pronunció la conferencia, argumentó en uno de sus escasos artículos revisados por pares que la persistencia de las diferencias de inteligencia entre negros y blancos hacía insostenible la acción afirmativa.” Charles Murray “2006 Atlas Freedom Dinner Keynote Address” Atlas Highlights (Invierno2006-2007) p.15.
La filosofía de la ciencia y la epistemología se han
convertido sin pretenderlo en el territorio en conflicto cultural del siglo
XXI, como la estética y la gran cultura lo fue en el siglo pasado en la era
posmodernista. No es por casualidad. Los poderes del mundo han aprendido el
mantra de la "construcción social de la verdad" y ahora desean poner
el edificio en sus tierras. Nunca fue tan urgente la necesidad de repensar el
lugar del conocimiento en la vida humana y en la constitución de la sociedad. Nunca
fue tan necesario situar la experiencia y la evidencia en el centro de gravedad
de la esfera de la comunicación. Slobodian lo explica bien en su libro del año
pasado Hayek's Bastards: Race, Gold, IQ and the Capitalism of the Far
Right. El neoliberalismo tradicional (“neoliberalismo” es un adjetivo que
se adscribió a sí mismo el movimiento promovido por la Mont Pelerin Society
fundada en 1947 por Friedrich Hayek para luchar contra la planificación estatal
y el comunismo en general), el neoliberalismo tradicional, digo, entrañaba una
idea de “metamercado”: el mercado es un sistema de información insuficiente,
que funciona bien si nadie tiene demasiado conocimiento, si se actúa
básicamente por las prescripciones de la situación económica y los intereses
inmediatos. Es muy eficiente produciendo equilibrios de Nash, pero no sobrevive
por sí mismo. Necesita un Estado poderoso orientado a la defensa del mercado
con todos sus poderes. La catástrofe, sostenía estaba en la utopía de la
planificación y en el intento de resolver por arriba los “problemas sociales”, básicamente
la desigualdad en sus muchas formas. Respecto a las formas de vida el
neoliberalismo era bastante liberal en ideas religiosas, y costumbres
cotidianas. En cierta forma se oponía a estilos de estatismo ultraderechista o
fascista, que caerían cerca de sus críticas al socialismo. Coincidía con el
pensamiento ultraconservador en la defensa de la familia y la comunidad,
siempre dentro de un orden social respetuoso con la ciencia, e incluso, como
defendían Popper y Michael Polanyi (el hermano conservador de Karl Polanyi, el
autor del gran análisis del capitalismo La gran transformación), la
“república de las ciencias” era el mejor modelo de orden social, basado en la
mezcla de crítica y autoridad.
El neoliberalismo llegó a ser en el siglo XX algo más que
una ideología, fue un modo efectivo de organizar la sociedad y el capitalismo
fordista. La Escuela de Chicago de Milton Friedman, la presidencia de Ronald
Reagan y de Margareth Thatcher, la economía de Chile bajo Pinochet, las
políticas impositivas del FMI y del Banco Mundial, la debacle de la URSS, … Fue
una reorganización total del del Mundo hasta el punto de creer que ese triunfo
era definitivo, el “fin de la historia” que parecía el horizonte a comienzos de
los años noventa. Sin embargo, estaban ocurriendo también otros cambios de
fondo que, como suele ocurrir en la parte de abajo de la sociedad eran poco
visibles. Me refiero a movimientos sociales que desde los años sesenta estaban
creando lentamente otras maneras de vivir, de valores y de concepciones de la
sociedad. Había mucha teoría por medio, pero sobre todo fueron transformaciones
en las mismas prácticas sociales.
Sí, hubo mucha literatura entre los sesenta y ochenta:
críticas la marxismo tradicional, de apoyo a los procesos y luchas
descoloniales, varias olas de feminismo en pocos años, una nueva concepción de
la naturaleza y de la sostenibilidad, desde las alarmas del Club de Roma, pero
los procesos prácticos estaban en otras partes: mujeres negras e indígenas que
echaban a los maridos abusones de casa y se encargaban solas de los hijos,
emigrantes que aprovechaban para iniciar otra vida, multitudes que abandonaban
los partidos de izquierda clásicos para hacer otras cosas, a veces políticas, a
veces impolíticas como el rock, pero no menos efectivas, autoorganizaciones por
todo el mundo para defender tierras, bosques, lagunas o cualesquiera partes de
los sistemas ecológicos amenazados, en fin, no se notaba demasiado a efectos
políticos, solo en los planos culturales de la vestimenta, el consumo, las
historias de vida. En los noventa nació una generación hija de aquella de los
sesenta. Gente aparentemente escéptica, apolítica o con posiciones estéticas y
esteticistas simbólicas, oyentes de músicas sin la rabia superficial del rock,
pero a veces mucho más desoladoras. Todo parecía integrado salvo que habían
cambiado las estructuras de sentimiento. Las mujeres habían aprendido de sus
madres, los trabajadores comprobaban la inutilidad de la promesa del fordismo
de tener un futuro en la empresa, viajaban, tenían delante el gran espectáculo
de la globalización y la emigración de masas. Radio Futura cantaba lo que para
mí fue el himno de aquello que ocurría desde la movida a una generación de milenials:
Te diré lo que ocurrió
al pasar por la Puerta del Sol
Yo vi a la gente joven andar
corta el aire de seguridad
en un momento comprendí
que el futuro ya está aquí.
Y yo caí enamorado de la moda juvenil
de los precios y rebajas que yo vi
enamorado de ti.
El halo de posmodernidad ocultaba transformaciones
profundas: gente que en su escepticismo escondía maneras antiautoritarias por
no decir que ácratas, que, como siempre, desesperaban a sus padres. Nadie
imaginaba que algo pasaba en el mundo. Había que tomar la perspectiva y escala
de un satélite para observar los movimientos del hormiguero.
El surgimiento de las movilizaciones antiglobalización
constituyó el primer indicador inequívoco de la resistencia transnacional
contemporánea. En este contexto, la Conferencia Ministerial de la Organización
Mundial del Comercio (OMC) de 1999, celebrada en Seattle, representó un punto
de inflexión paradigmático en la consolidación del movimiento por la justicia
global. Se estima que una coalición heterogénea de entre 40 000 y 60 000
manifestantes —que aglutinaba contingentes sindicales, ecologistas y anarquistas—
logró interrumpir las deliberaciones institucionales. A nivel ideológico, el
movimiento articuló una crítica estructural a la globalización corporativa,
denunciando que entidades supranacionales como la OMC, el Banco Mundial y el
FMI priorizaban la acumulación de capital en detrimento del medio ambiente y
los derechos sociolaborales. En términos tácticos, las movilizaciones
destacaron por su descentralización y la hibridación de repertorios de acción,
abarcando desde el bloqueo no violento de infraestructuras y las marchas
sindicales masivas, hasta la acción directa ejecutada por el «bloque negro».
Por su parte, la respuesta coercitiva del Estado, caracterizada por el uso de
agentes químicos y fuerza física de manera indiscriminada, desencadenó una crisis
institucional que culminó con la declaración de emergencia civil y la dimisión
del jefe de policía de Seattle. Paralelamente, los activistas innovaron a
través de la creación de redes de medios independientes, eludiendo la hegemonía
mediática corporativa. En definitiva, el legado histórico de estas jornadas
resulta insoslayable, al sentar las bases metodológicas para la organización
política del siglo XXI y erigirse como antecedente directo de movimientos
posteriores como Occupy Wall Street, las campañas de Bernie Sanders y Black
Lives Matter.
La alarma había sido disparada por estas nuevas formas de
agencia colectiva no contempladas por el pensamiento conservador más que como “marginales”,
centrado en las formas de la Guerra Fría.
El pensamiento reaccionario ocurre después de las
revoluciones bajo un régimen de ira para impedir que vuelvan a ocurrir. La
Santa Alianza en la Europa post- Revolución francesa, el militarismo tras la
Comuna, el fascismo tras la Revolución rusa. Ahora todo era diferente y poco
comprensible. Del 2000 al 2010 todo se articuló alrededor de un nuvo enemigo
más interior que exterior: “Terrorismo”. Se fusionó el terrorismo
islámico, los restos de movimientos guerrilleros de los sesenta y ochenta (y
sus continuaciones en Irlanda y País Vasco) con los movimientos que eran tan difíciles
de entender aún. Fue un poderoso movimiento ultraconservador que estaba
destinado a fracasar (en España quedan aún restos, lo que Slobodian llama “paleos”).
Por una parte, la complejidad de las batallas de Oriente Medio y sus
proyecciones internacionales (recomiendo el libro equilibrado y nada de
izquierdas de Christopher Pillips, Campo de batalla. Diez conflictos para
explicar el nuevo Oriente Medio (2026)) fueron desvelando la conciencia de
que “terrorismo” era un mal concepto para englobar todo. Por otra parte, la Primavera árabe,
los movimientos Ocuppy (15M), las manifestaciones feministas, el nuevo
poder de los partidos verdes, y, sobre todo, la crisis económica del 2008, que
había desvelado las entretelas de la globalización financiera, lograron la
sustitución del modelo ideológico del contraterrorismo por otro nuevo.
Es lo que Solobodian ha denominado “nuevo fusionismo” :
había comenzado a ser teorizado en los años noventa, cuando comenzaron las
llamadas “Guerras de la ciencia”. Se trata de la fusión entre el pensamiento
ultraconservador, comunitarista, integrista, en el que la religión expresa todo
lo que se rechaza de la modernidad, con el neoliberalismo de Mont Pelerin, el
neoliberalismo de los años ochenta, para el que la religión y la comunidad eran
datos instrumentales, para nada centros de gravedad del proyecto mundial
neoliberal. Como explicaba el primer párrafo de este texto, la base de la
fusión fue robarle a la izquierda y a los movimientos sociales el fundamento de
sus luchas por la igualdad. Si se podía demostrar que las diferencias entre
humanos, géneros, etnias, eran naturales, estaban inscritas en la mente que
había evolucionado en el Pleistoceno dando lugar al tronco humano, se les
robaría también lo que era el lema que había puesto de moda David Graeber en
los movimientos Occupy: “somos el 99%”:
“El giro hacia la naturaleza por parte de los nuevos fusionistas y los ‘paleos’ está marcado por tres elementos duros: una naturaleza humana programada en el hardware, fronteras rígidas y dinero duro. Implicaba una búsqueda de orígenes en la sabana tanto para una humanidad universal como para una humanidad escindida por diferencias de grupo. Se manifestó en el énfasis en los prerrequisitos culturales extraeconómicos necesarios para el funcionamiento de una sociedad de mercado, dando lugar a una idea que yo llamo etnoeconomía, junto al término más común de etnostado. Ello implicó la reformulación de la humanidad como ‘clases cognitivas’, o, como yo las llamo, neurocastas, ya que se afirmaba la inteligencia como el nuevo mecanismo de clasificación para una sociedad postindustrial. El retorno a la naturaleza también se manifestó en una fe en la superioridad del oro como medio de intercambio y como reserva de valor en tiempos de incertidumbre: una forma de dinero que queda validada no solo por la historia y la economía, sino también por la antropología, la psicología y su efecto sobre la moral.” (Slobodian, Hayek’s Bastards, p. 23).
Todo lo que quedaba ya era centrar la Guerra de las ciencias
en el corazón de la guerra cultural. Las muchas teorizaciones de la izquierda contra
la “naturalización” y en pro de la construcción cultural y social se mostrarían
ahora como reacciones anticiencia, como irracionalidades. El neofusionismo
entre neoliberalismo y ultraconservadurismo, ahora tenía ya un proyecto
político. Faltaba el uso de los mismos instrumentos que habían nacido en la
izquierda y que recibían la herencia de Gramsci: era necesaria una convergencia
de todo el poder tecnológico, mediático en la construcción de un nuevo
intelectual orgánico. La Iglesia, las iglesias, tal como Gramsci había pensado
en Italia, ahora ya eran solamente un pequeño instrumento, cada vez reducidas
más al público adicto o a la desmovilización de la emigración a través de las
técnicas emocionales evangélicas y de otros movimientos similares. Se compraron
cadenas de prensa, radio, televisión, se pagaron generosamente a divulgadores
científicos, a periodistas e influencers, se pusieron en marcha bots y
multitudes de trols, se creó en una década y media un movimiento mundial en el que, primero, la caricatura de lo wok, después, su manipulación científica, más tarde
la instrumentación a través de conspiraciones internas en los aparatos de los
Estados sirvió, sirve, como estrategias de reacción y prevención de la agencia de los de abajo. Desde el Tea Party, MAGA, a la escalada al poder político de la ultraderecha, el
nuevo movimiento cultural se unió la desmontaje de la parte de la globalización
que sobraba.
Lo woke ahora ya se trata como “socialismo” o “comunismo”.
Se usan la geoestrategia y competición tecnológica como un instrumento de
reconstrucción del orden mundial. La vuelta a un segregacionismo cultural entre
“ellos” y “nosotros”, en una inmensa división de trabajo de castas (supremacía
blanca-blanca, supremacía blanca-morena, supremacía cristiana, hebrea, hindú,…).
¿Cómo se desarrolla en este contexto la agencia híbrida en
las nuevas subjetividades? Generaciones enteras han nacido ya en esta era de la
polarización y la división del mundo bajo nuevos nacionalismos en los que “nación”
significa “nación purificada” del enemigo interior, de todo rastro de castas
marginadas, de zurdos y zurdas, de gente nativa en el ideal de la supremacía
tecnológica, en la confianza no ya en la experiencia directa del mundo, ni en
la ciencia al viejo estilo, sino en la ciencia filtrada por el aprendizaje
automático, acoplado a nuevas estrategias de polarización profunda, de
disolución de la vieja idea de conocimiento y su sustitución por la opinión fundada
tecnológicamente. La doctrina del shock ha arrinconado (por el momento) a los
grandes movimientos sociales anti-neoliberales a un cierto pasmo y ansiedad
emocional, a un cierta melancolía y a la resignación a la caricatura, como
ocurre con la adolescente o el adolescente bajo bullying e intimidación en el
colegio. Suicidios de rockeros en los años setenta fueron imitados por algunos
críticos culturales, como si la esperanza hubiera desaparecido del mundo.
La centralidad de la epistemología en la guerra cultural,
sin embargo, tiene nuevas ventanas de posibilidad: como en otros tiempos, como
en el Renacimiento y Barroco, el escepticismo, el pesimismo sin esperanza pero
con fe, la duda metódica son instrumentos también centrales frente al
dogmatismo de la fusión y la metamorfosis neoliberal. Un pesimismo sin
esperanza no está ayuno de fe, al contrario, es parte esencial de la dialéctica
del sujeto en la nueva situación, en la reivindicación de lo que también ha
explicado la antropología, etnología y paleontología: que la solidaridad fue un
rasgo natural y evolutivo de la especie humana que permitió salir de los
cuellos de botella evolutivos. Nunca se ha hecho más necesario que ahora el
consejo de Lorenzo Milani a sus alumnos pobres y malditos de Barbiana: “cuando
eres de abajo, estudia, estudia, lenguas y matemáticas”. Ahora biología,
antropología, palentología. Necesitamos una nueva fusión de Maquiavelo, Galileo
y Dante, ahora de la mano de Rachel Carson, Lynn Margulis, y de Wendy Brown o
Melinda Cooper en lugar de Maquiavelo. Recordar una y otra vez la fusión urbi
et orbi: somos el 99%, que incluye la variedad de la vida amenazada.









