“Todo es posible... “La Fe es la substancia de las
cosas en que
ciframos nuestras esperanzas, la evidencia de lo invisible” (Henry Ford, Mi
vida y obra)
¿Estarían nuestras últimas décadas reflejando las mismas
tendencias que las correspondientes a los años veinte del siglo pasado? Mi temperamento
racionalista es incapaz de resistir el supersticioso devaneo con la idea de un
ciclo de eterno retorno y me ha preocupado, al menos lo suficiente para
explorar, documentarme y darme cuenta de que no es así. La historia es
demasiado contingente como para repetirse, pero ciertos aspectos del presente
no pueden explicarse sin remontarnos a eventos y procesos que ocurrieron en el
primer tercio del siglo XX.
Una larga controversia en los movimientos sociales y la
teoría crítica de las últimas décadas ha discurrido por la alternativa entre lo
que llamaron dos autores implicados (Nancy Fraser, Axel Honneth)
“redistribución o reconocimiento”, es decir, ¿dónde situar el centro de
gravedad de las reclamaciones sociales: en el reparto de la riqueza social o en
los derechos sociales de las identidades subalternas como las mujeres, las
personas racializadas o los movimientos LGTBI, …? La alternativa está
equivocada en sus fundamentos, desde luego, pero, si deseamos explicar por qué,
entonces hay que remontarse un siglo para entender las derivas de la economía,
la cultura y la sociedad. Incluida la creciente tensión entre el liberalismo
económico y las tendencias reaccionarias y conservadoras (que incluyen las que
se abren al fascismo).
Aunque la explicación es mucho más compleja de lo que aquí
pretendo, en este esbozo voy a poner en diálogo tres libros, dos de las décadas
de entreguerras: Mi vida y obra del industrial Henry Ford y el Cuaderno
22 “Americanismo y Fordismo” de los Cuadernos de la Cárcel de Antonio
Gramsci y un tercero reciente: El valor de las familias, de la socióloga
australiana Melinda Cooper, quien se remonta a aquellos fueros para explicar
las tendencias reaccionarias del tiempo presente. Hay otra constelación de
textos alrededor, como son los de Nancy Fraser y Axel Honneth o, (mucho
más importante) La gran transformación de Karl Polanyi y algunos otros
que no aparecerán citados pero si asimilados.
1
Henry Ford (1863- 1947) no se limitó a aplicar las técnicas
de gestión empresarial de Frederick W. Taylor (en The Principles of
Scientific Management (1911), sino que diseñó a la vez una estructura de
producción y una transformación social y cultural del trabajo y la vida de
quienes participaban en su industria. Siguiendo a Taylor, En Highland Park,
Ford y sus ingenieros aplicaron sus principios: fragmentaron el trabajo en
operaciones mínimas y repetitivas, eliminaron la necesidad de cualificación,
estandarizaron piezas y procedimientos y llevaron al extremo la separación
entre quien diseña y quien ejecuta. Pero Ford llevó el orden del trabajo mucho
más allá que Taylor: en primer lugar, centró la transformación en las
exigencias de la tecnología. No se trataba simplemente de medir los gestos del
trabajador, sino de adecuar su conducta al movimiento de la máquina (la cadena
de montaje en su caso), haciendo que se incorporase a un proceso en tanto que
una parte orgánica controlada por la dinámica técnica. En segundo lugar, Ford
abandonó el pago a destajo por una subida del salario muy pensada para que sus
obreros pudiesen consumir (y se encargó de que tuvieran cerca economatos de la
empresa) y acceso a sus automóviles. Ford pensaba que el diseño de la producción
no podía limitarse a la fábrica sino a un orden completo de la vida cotidiana y
de la estructura de la familia, de la vivienda y de sus expectativas de futuro.
Ford consideraba que la productividad dependía del modo de
vida entero del trabajador. Montó un departamento sociológico para investigar
la vida familiar de los obreros en su “tiempo libre” y promovió una moralidad
puritana (apoyando por ejemplo las leyes contra la venta de alcohol) y una
“americanización” de la vida, con programas de graduación para emigrantes,
donde aprendían los valores, la lengua y el modo de vida americana. Mantenía un
paternalismo moral sincero, enraizado en los valores protestantes y rurales del
propio Ford: la familia patriarcal con el hombre proveedor y la mujer en el
hogar como base de una sociedad sana. Por otra parte, mantenía un cálculo
productivo: el trabajo en cadena exige un obrero física y psíquicamente
estable, puntual y sobrio, capaz de soportar un esfuerzo intenso y monótono día
tras día. La familia ordenada era el lugar donde esa fuerza de trabajo se
reproducía y se disciplinaba.
La lectura de su libro sigue siendo igual de apasionante en
nuestra época:
Cuando se habla del poder ascendiente de la mecánica, de la maquinaria y de la industria, entonces surge ante nosotros el cuadro de un mundo frío, metálico, donde las flores, los árboles, los pájaros y las praderas ceden ante el empuje de enormes fábricas, de un mundo integrado por máquinas de hierro y de carne humana. Estoy lejos de compartir esta opinión y antes me inclino a creer que el hombre, mientras no llegue a tener mejor conocimiento de las máquinas y de su aplicación, mientras no penetre mejor en el componente mecánico de la vida, no tendrá tiempo tampoco para dedicarlo al goce de verse rodeado de la naturaleza en todo su esplendor.
En mi opinión, hemos procurado demasiado hacer prevalecer como goce de la vida la creencia de que existe una oposición entre esta y el modo de proveerse de los medios para defenderla. Estamos despilfarrando demasiado tiempo y energía para que nos quede siquiera un pequeño residuo para el placer y la alegría. Energía, máquinas, dinero y toda clase de bienes, son útiles mientras nos proporcionan la libertad de vivir: no son sino medios para llegar a ella. Así, por ejemplo, las máquinas que llevan mi nombre no las considero meramente como tales, porque si fuera así no hubiera gastado en ellas mi energía.
Gramsci había leído con mucha tranquilidad el libro de Ford
y había contrastado sus ideas con las realidades italiana, rusa y europea. El
“fordismo”, un término que ya utiliza, es uno de los pilares teóricos de los Cuadernos,
tal como consta en su plan inicial. El Cuaderno 22, titulado “Americanismo y
fordismo” (1934), es uno de
los cuadernos que Gramsci redactó reorganizando notas anteriores. Con una
perspicacia insólita explica que el fordismo es un intento de crear un nuevo
tipo de ser humano y una nueva forma de hegemonía. Sorprende mucho su lectura
por la importancia que le da a la “cuestión sexual”, en la que incluye tanto la
estructura de la familia como las costumbres sexuales de los obreros y la
perspectiva de la emancipación de la mujer. Todo ello relacionado con la estructura
económica y la comparación entre Estados Unidos y Europa e Italia: Estados
Unidos carecía del lastre histórico europeo de numerosas clases
"parasitarias" sin función productiva (rentistas, pequeños
propietarios absentistas, burocracia, clero y pensionistas, a quienes llama
irónicamente "pensionistas de la historia"). Europa arrastraba siglos
de sedimentación social que absorbían una parte enorme del excedente. Estados
Unidos, en cambio, tenía una "composición demográfica racional", sin
esas capas intermedias, lo que permitía organizar toda la sociedad en torno a
la producción.
Aunque últimamente se ha leído a Gramsci desde una
perspectiva principalmente culturalista (yo mismo lo hice en Cultura es
nombre de derrota (2018)), no es posible olvidar que Gramsci era sobre todo
un militante del Partido Comunista Italiano que meditaba sobre la derrota de
los levantamientos obreros de Turín y entraba en debates de la Internacional
Comunista después de la muerte de Lenin. Como Lenin, como Bujarin, como el
propio Stalin, Gramsci admiraba la potencia de las tesis fordistas de unir el
productivismo con la formación de un “hombre nuevo”. “La hegemonía nace de la
fábrica” sostiene en el cuaderno. Gramsci considera que el fordismo ha sido el
mayor esfuerzo colectivo realizado hasta entonces para crear, a una velocidad
inédita, un nuevo tipo de trabajador y de ser humano. Gramsci preveía que la
Unión Soviética podría realizar de modo más eficiente y orientado al socialismo
el ideal de Ford.
El fordismo en los países occidentales es lo que él llamaba
una “revolución pasiva”, una transformación profunda del modo de
producción y de la vida social, impulsada desde arriba sin ruptura
revolucionaria y absorbiendo las demandas de los subalternos. Es desde este
concepto desde el que interpreta el fenómeno fascista en cuanto intento de
introducir en Italia la racionalización productiva sin tocar a las clases
parasitarias, que eran la base social del régimen, pero admira la
racionalización y la nueva disciplina del trabajo, que pueden ser un paso
histórico hacia formas superiores de organización social. La cuestión decisiva
es quién las dirige. Si el nuevo método de trabajo lo impone el capital, será
coerción, con una moral hipócrita y una disciplina externa. Si lo asumen los propios
trabajadores como forma de autodisciplina colectiva, puede ser la base de un
nuevo humanismo y de una nueva civilización. Por eso la lucha es por la
hegemonía sobre la modernización, no contra la modernización misma.
2
Más o menos un siglo más tarde, los cambios en el entorno
técnico, social, cultural, político y económico han traído un nuevo contexto,
pero, esta es la hipótesis, siguen actuando fuerzas históricas similares que
son las que nos permiten tanto estas comparaciones como la explicación de qué
es lo que ocurre en un momento en que la utopía neoliberal, quebrada por la
crisis del 2008, da paso a formas neoconservadoras y reaccionarias, como
ocurrió tras la crisis del 29 en varios países del centro. Se trata de explicar
por qué se producen movimientos reaccionarios que parecen quebrar lo que se
supone que es una alianza estrecha entre el desarrollo del mercado y el
liberalismo político y económico. Es paradójico que haya una cierta simetría
entre las perspectivas de estos movimientos reaccionarios y cierta forma de
análisis desde la teoría crítica y la perspectiva de los movimientos sociales y
la izquierda. Me refiero a cómo se interpretan y/o defienden los lazos sociales
primigenios de la destrucción continua que genera la extensión del mercado a la
vida cotidiana. Sociólogos como Bauman, Sennett y algunas perspectivas de la
izquierda abogan por una mirada nostálgica a los viejos lazos que está muy en
la base de la llamada “melancolía de izquierdas” que ya fue criticada por
Walter Benjamin.
Karl Polanyi estableció el marco teórico para estos vaivenes
intelectuales y prácticos en su análisis, por lo demás tan iluminador, del
capitalismo en La Gran Transformación (1944). Allí sostiene que las dos
fuerzas históricas que acompañan al desenvolvimiento del capitalismo son, por un
lado, la expansión de los mercados tanto espacialmente como, sobre todo, a los
diversos aspectos de la existencia humana que desteje progresivamente los lazos
sociales, los ritos, creencias y costumbres. Por otro lado la sociedad se
defiende en un movimiento de autoprotección estableciendo límites a través de diversos
mecanismos, especialmente a través del Estado.
Observa Polanyi que el mercado fue generalmente un
instrumento acotado e incluso marginal en las sociedades premodernas. El
capitalismo del XIX trata de invertir la relación e incluir la sociedad como un
apéndice del mercado, aunque considera que este proyecto es irrealizable
precisamente por la reacción social. El laissez-faire fue el instrumento
del estado junto a diversas reformas legales para iniciar este proceso de
expansión de la mercancía. Frente a este movimiento, los procesos de
autorregulación de la sociedad, a lo largo del tiempo fueron de diversa
naturaleza, desde las revoluciones (algunas exitosas como la Rusa) hasta la
fuerza e implantación de los varios fascismos.
Resumiendo mucho la tesis de Polanyi, la primera idea es que
la autoprotección de la sociedad es externa al desarrollo del
capitalismo y de la expansión de la mercantilización y, en segundo lugar, que los
conflictos aparecen de formas muy variadas. La primera tesis está equivocada, a
juzgar por lo que nos explica Melinda Cooper, y la segunda, la diversidad de
reacciones, es correcta y explica por qué el doble proceso ha recibido tanta
apreciación en un espectro que va desde el integrismo y el fascismo a la teoría
crítica y una parte del pensamiento de izquierdas.
La “externalidad” del proceso de autorregulación está
presente, por ejemplo, en la conocida teoría de Habermas de que la expansión
del mercado “coloniza” el mundo de la vida. Es una tesis grabada en los
estratos más profundos del pensamiento crítico, que está en la base de la
melancolía de izquierdas, a saber, la tendencia a creer que se debe resistir la
invasión del mercado refugiándose en lo que Simone de Beauvoir ironizaba,
usando a Voltaire, con los varios “jardines de Cándido”, es decir, en formas
ancestrales de comunidad, familia, sociedad y prácticas culturales. Es una idea
equivocada que tanto Marx ya desde los Manuscritos como después Gramsci
en los Cuadernos no consideran correcta. Desde un punto de vista antropológico
(en un momento me referiré al desarrollo del capitalismo), la dialéctica es de
doble dirección: los humanos transforman el entorno transformándose a sí
mismos. Aunque Marx admiraba, como también Gramsci, el poder creativo de la burguesía,
ambos consideraban que este poder transformador en el doble sentido es parte
del ser humano y está presente en los modos en que se produce la modernización
de formas mucho más contingentes y diversas de las que supone la dialéctica
mercado-sociedad ancestral.
Y esto es el trasfondo de las obras de Melinda Cooper,
especialmente de su texto El valor de las familias, en donde reconstruye
la dinámica del liberalismo o neoliberalismo y el conservadurismo en sus formas
de integrismo o fascismo. La doble forma no es una contradicción sino una alianza
permanente que, en cada momento histórico y dependiendo del grado de conflictividad
social, se orienta hacia uno u otro lado. La familia nunca fue lo opuesto al
mercado, todo lo contrario, la presión siempre ha sido porque las familias
sostuviesen todo lo que son fracasos del mercado como son los bienes de la educación,
la sanidad, la solidaridad intergeneracional, la propia solidaridad social (a
través del ejercicio de la caridad y formas afines) y, en general, todo aquello
que es imprescindible para la reproducción de la sociedad no solo demográfica
sino también culturalmente. Por ejemplo, el campo de la cultura artística o
humanística.
El estado del bienestar y sus décadas doradas se explican
porque el conflicto social después de la II Guerra mundial llevó a las élites a
ciertas formas de redistribución de la renta acogiendo diversos aspectos de la
solidaridad como fue la educación de masas, la sanidad universal (no en Estados
Unidos), las pensiones y otras varias formas de hacerse cargo el Estado de lo
que si no habría caído sobre las familias. Pero la dialéctica histórica es compleja. Del
mismo modo que los avances técnicos son explotados para la ampliación extensiva
e intensiva del mercado, también son internalizados en la dinámica social y
transformados en posibilidades de posibilidad de emancipación. El feminismo,
por ejemplo, aprovechó la incorporación de la mujer al trabajo, la introducción
de máquinas en el entorno doméstico, la invención de anticonceptivos baratos, y
otras muchas formas que dieron lugar a transformaciones de fondo en las estructuras
de la familia tradicional. En las ciudades aparecieron familias monoparentales
sostenidas por la mujer que reivindicaron su inclusión en el estado del
bienestar; algo parecido ocurrió con las emigraciones masivas a la ciudad o
entre estados, y mucho más recientemente, a partir de los años cincuenta y
sesenta, los cambios técnicos en comunicación, transporte y otras formas dieron
lugar a transformaciones radicales de formas de vida. Pese a las discusiones académicas,
los procesos de redistribución y los potentes movimientos de identidad siempre estuvieron
relacionados y en dialécticas tanto conflictivas como afirmativas.
La reaparición del neoconservadurismo tuvo lugar de forma
creciente a partir de la descomposición del estado del bienestar a partir de
los años setenta por la presión de la inflación, el trabajo femenino, la
liberación sexual, el aumento de las madres solteras, la deuda pública y otros
procesos que fueron interpretados como crisis por todas las partes en conflicto.
La reacción del capitalismo fue reconstruir la obligación familiar y los
principios de responsabilidad de los parientes y otras medidas, por ejemplo, la
obligación de buscar empleo o seguir cursos para poder recibir las ayudas por
desempleo y otras medidas que recordaban a las llamadas “Leyes de pobres”, que
condicionaban las ayudas a formas de moralización de las conductas. Otros casos,
por ejemplo, fueron la financiación de la universidad mediante préstamos que
convertían a las familias en unidades de crédito y deuda intergeneracional.
Todo ello, sostiene
Cooper, llevó a una inflación de los “activos” como la vivienda, haciendo que
la solidaridad social se transfiriese de forma creciente a modos de seguridad económica basadas en el
patrimonio y la herencia, generando la transformación que en un libro posterior,
The Asset Economy (2020), escrito por
Cooper con Lisa Adkins y Martijn Konings explica por qué la vivienda se
ha convertido en una cuestión de clase. Cooper critica con toda la razón la
nostalgia de la izquierda por el estado del bienestar, como si no hubiese sido un
modelo familiarista, sexista y racialmente excluyente. La dinámica social de
cambio no ha sido solamente de disgregación de los lazos ancestrales, sino
también de creación de nuevas formas de vida que no son resistencia sino
anticipaciones de una sociedad más libre.
En la sociedad contemporánea, la vuelta al patrimonio y al lujo
de las clases altas van de la mano. La reacción conservadora ha sido la de
desmontar el estado del bienestar pero facilitar la ampliación del patrimonio y
el consumo extravagante. En ambos casos, el del estado del bienestar y el
estado reaccionario, se ha producido un espectacular aumento de la deuda
pública. Solo se aplican medidas de austeridad en una dirección, dejando que
sea el mercado de bonos el que se ocupe de los procesos de equilibrio, sometiendo
así al estado al imperio del mercado. El libro concluye que la derecha
contemporánea, y en particular el trumpismo, no rompe con el neoliberalismo.
Más bien radicaliza su vertiente extravagante y patrimonialista, la funde con
el conservadurismo social y reserva la austeridad para los de abajo.
Tendría que abrir aquí un tema que pertenece al hilo
conductor de mis últimas entradas, que forman parte de un cuadro más amplio
sobre las interacciones entre cambio técnico, cambio social, cambio económico y
fenomenología de la vida cotidiana. Lo dejo para nuevas reflexiones, pero me
apresuro a anticipar que los discursos apocalípticos que acompañan
paradójicamente a la extensión de los nuevos procesadores de datos (discursos dirigidos,
por otra parte, por quienes los promueven) son parte de este conflicto
permanente entre desarrollo y límites del mercado, pero también entre formas
adaptativas liberadoras y reaccionarias de la sociedad, que sigue, pese a todo,
integrando el mercado en su propia dinámica.
Gramsci lo había anticipado, aunque estaba equivocado en su
apoyo a la nueva política fordista de la Unión Soviética, como ahora lo están
tantos que o bien admiran el productivismo chino o sienten nostalgia por la
vida rural (que nunca existió como utopía sino más bien como infierno, tal como
vivimos quienes nos criamos en ella).









