domingo, 10 de febrero de 2019

Encerrados en la burbuja



El cerebro humano fue configurado bajo fuerzas evolutivas contradictorias y el resultado ha sido un frágil equilibrio negociado entre diversas exigencias: la autonomía frente a la dependencia de otros, las emociones frente al razonamiento frío, la audacia frente al miedo, la convicción frente a la duda, la curiosidad frente a la tradición, y, así, otras muchas similares. Por otro lado, desde Freud, la psicología experimental ha comprobado sobradamente que nuestra vida mental consiste en gran medida en un esfuerzo continuo por reducir la ansiedad que produce la vida misma en todas sus manifestaciones. La disonancia cognitiva (que así se llama este fenómeno) rige nuestra cabeza en prácticamente todas las circunstancias de la vida. Una de sus manifestaciones y productos es el efecto de "burbujas epistémicas" que, a su vez, explica otro fenómeno mucho más peligroso y de orden social que es el denominado "cámaras de eco".

Sostenía el filósofo americano Charles S. Peirce, en un clásico trabajo titulado "La fijación de la creencia", que el razonamiento humano estaba ordenado a reducir la ansiedad que produce un estado de duda, de curiosidad o de reconocida ignorancia. Esta ansiedad impulsa el deseo de conocer, algo característico del cerebro humano. Ahora bien, el deseo de conocer pasa por el estado de creer, que es lo que produce un razonamiento: tenemos ciertas evidencias que nos llevan a creer algo. Una mente perfecta, por ejemplo la que hubiese sido diseñada inteligentemente por Dios, sabría que el estado de creencia es efímero, es solo un paso porque no es lo mismo creer que saber, y el cerebro debería reaccionar planteándose la posibilidad de estar equivocado, y por tanto de buscar más información y contrastar las creencias propias con las ajenas. Pero nuestra mente no ha sido diseñada por ningún ser inteligente. Desgraciadamente, la distancia entre creer y saber provoca más ansiedad y el mecanismo reductor de ella nos lleva a confundir sistematicamente creer que se sabe algo con saber algo. A este fenómeno de encerrarse en una creencia para no tener que buscar más se denomina "burbuja epistémica".

No es un fenómeno particularmente peligroso porque suele ser muy efímero gracias a que somos muy dependientes unos de otros y en general tendemos a cambiar de opinión cuando otros cuestionan nuestras ideas y nos proporcionan nuevos datos. La institución de la enseñanza se basa en un juego inteligente entre el asentamiento de convicciones y la dependencia de las enseñanzas docentes. Pero, de nuevo, esta fragilidad y vulnerabilidad humana abre un enorme espacio de negocio económico y político cuando se crean mecanismos industriales informacionales ordenados a la explotación sistémica del deseo de reducir la ansiedad. Uno de los más dañinos es la creación de "cámaras de eco", acompañadas generalmente por herramientas de "filtros de burbuja". Son muchos los trabajos que empiezan a hacernos conscientes de lo peligrosos que se han vuelto estos dispositivos. C. Nguyen explica muy bien por qué:

Una cámara de eco es un sistema socialmente organizado que está ordenado a que se desacrediten todas las voces que pudieran contradecir una cierta opinión, que, a su vez, pudiera poner en crisis nuestras creencias. Es un sistema activo y organizado para limitar nuestra dependencia de otros a aquellos que nos son afines. Las cámaras de eco suelen usar los filtros burbuja, que son mecanismos diseñados para que solo nos lleguen ciertas ideas. Los recientes algoritmos de FaceBook y Google son productores de filtros burbuja que, a su vez, permiten la construcción de cámaras de eco. El filósofo del derecho Cass R. Sustein, consejero de Obama para asuntos de información, ha escrito numerosos libros alertando del gravísimo daño a la democracia que están produciendo las cámaras de eco y los filtros burbuja.

En la medida en que el mundo se ha complicado mucho y nos es difícil saber a quién creer y qué creer, la industria de la polarización se ha desarrollado de una manera espectacular hasta constituir un elemento sustancial del sistema geoestratégico económico y político. Cuando Steve Bannon llega a Europa con la intención de enseñar a manejar estos instrumentos a los nuevos partidos ultraderechistas no es porque le interesen mucho esos partidos en sí, que sabe bien perecederos y con estrategias bastante vulnerables. Le interesa mucho más la estrategia secundaria de crear fenómenos de cámaras de eco de manera que la fracción conservadora de la sociedad y los partidos de centro y derecha se polaricen cada vez más hacia ciertas convicciones que a él le interesan (en su caso, la convicción de que la Unión Europea es inútil y dañina para los estados-nación). Lo iremos viendo en los próximos meses, pero el instrumento está muy bien diseñado y produce efectos espectaculares.

No solo la derecha ha creado cámaras de eco. La izquierda, y en particular los nuevos partidos, especialmente Podemos, más cercanos a la sociedad digital y al uso de redes han hecho un uso frecuente del mecanismo. Hay una diferencia, sin embargo, con el uso que ha hecho la derecha, formada en las escuelas de la Fox, el Wall Street Journal y medios semejantes: mientras que las cámaras de eco de estos enormes complejos informacionales siempre han tenido un objetivo estratégico: desacreditar ciertas opiniones para encrespar y crear hegemonía neoliberal, la izquierda, generalmente pobre en sus audacias, los ha empleado simplemente para desacreditar a la fracción de grupo que no coincidía y amenazaba bien sus convicciones, bien sus puestos de trabajo burocráticos. El caso es que mientras las cámaras de eco producen en la derecha hegemonía en la izquierda producen desaliento.

Uno podría concluir que lo que debemos hacer es lo mismo que la derecha solo que en dirección contraria. No. El problema de estos instrumentos es que degradan la mente de los ciudadanos y nos convierten en masas dóciles. Una democracia avanzada, deliberativa, tensa, plural, radical, debe dotarse de instrumentos para disolver las cámaras de eco, abrir ventanas informacionales y debilitar las burbujas epistémicas en las que se encierran a los ciudadanos. Se dirá que es imposible, que la democracia exige el partidismo, la polarización. Bueno: la afiliación, el estar de un lado u otro puede ser un hecho natural sin que ello conlleve degradación de la lucidez y explotación de la ansiedad de la disonancia cognitiva. Hay medidas para ello. El primero es el cambio de las prácticas autoritarias hacia prácticas que promuevan mentes abiertas y críticas. Los partidos suelen blindarse frente a la diversidad interna y las críticas a la dirección. En una especie de New Speak, las comisiones internas de garantías están ordenadas a garantizar solo el dominio de las burocracias de la élite. Pero esas prácticas pueden ser corregidas legalmente mediante la proliferación de sistemas públicos de garantías frente a todas esas formas de autoritarismo que hacen crecer al final las burbujas epistémicas. Hay muchas medidas legales que pueden arbolarse para mantener una razonable ansiedad epistémica en la ciudadanía sin la que no funciona la democracia: negociar siempre la necesidad de depender de otros con una duda permanente en los otros y sobre todo en nosotros mismos.










domingo, 3 de febrero de 2019

Ferromagnetismo social



El ferromagnetismo es el mecanismo básico por el que en ciertos materiales las moléculas se polarizan convirtiendo la muestra en un imán. Este fenómeno es el que metafóricamente da nombre al fenómeno de la polarización de grupos. Moscovici y otros psicólogos sociales descubrieron este mecanismo a comienzos del siglo pasado y desde entonces se ha convertido en un tema clásico de la psicología social y, más recientemente, de la filosofía política preocupada por la crisis de la democracia en el mundo. La polarización de grupos explica una parte sustancial del crecimiento del autoritarismo y de la aparición de amenazas reales contra la democracia.


Solo en los últimos meses (año pasado, 2018 y este mismo año) se ha publicado un notorio número de libros que analizan la crisis de la democracia: How Democracies Die; The New Totalitarian Temptation. Global Governance and the Crisis of Democracy in Europe; Overripe Economy. American Capitalism and the Crisis of Democracy; Take Back Higher Education. Race Youth and the Crisis of Democracy in the Post-Civil Rights Era; o el triple volumen, publicado este año: Populism and the Crisis of Democracy. John Rawls advertía en su libro El liberalismo político que la democracia era un invento histórico (si exceptuamos el experimento ateniense, lleva en el mundo poco más de doscientos años) y no es inverosímil que vuelva a desaparecer. El problema es muy serio. Mucha gente da por descontado que la democracia es un sistema estable, pero es una peligrosa ilusión. Cristina Lafont, una filósofa española catedrática en la Northwstern University sostiene que Estados Unidos posiblemente se esté convirtiendo en una oligarquía, y tal vez podríamos hacer un similar juicio taxativo de la Comunidad Europea.

Es común también creer que la amenaza a la democracia viene solamente de los recientes triunfos electorales de partidos o movimientos ultraderechistas a lo largo y ancho del mundo. Ciertamente, es un presagio oscuro que nos llena de pavor, pero es solamente un resultado producido por causas más profundas que están en la base del proceso de decadencia. Tendemos a hacer juicios comparativos con otros tiempos pasados sin darnos cuenta de que el contexto ha cambiado profundamente. En el nacimiento de los fascismos del primer tercio del siglo XX estaba presente el hecho histórico de la Revolución Rusa y el inmenso poder de los movimientos obreros que hacían plausible la generalización de una revolución proletaria a lo largo de los países industrializados. El fascismo fue un claro instrumento contrarrevolucionario y se impuso en muchos países en los que la revolución era un horizonte cercano. Las amenazas actuales a la democracia se producen en un entorno muy diferente de orden económico, político y tecnológico. Ahora es el momento para pensar si la amenaza no es acaso más seria que entonces. Ya no hay movimientos organizados de resistencia como antaño y los medios técnicos de contaminación son mucho más poderosos.

Se ha diagnosticado que el problema es la globalización y sus perdedores. Muchos analistas de izquierda se alinean con Trump, Orban y Salvini en este diagnóstico. También han surgido numerosos libros que se resumen en “el capitalismo desbocado amenaza la democracia”.  Entre nosotros, Esteban Hernández ha escrito varios interesantes libros sobre este tema: El fin de la clase media; Nosotros o el caos; Los límites del deseo; El tiempo pervertido. El diagnóstico es acertado y es sensato compartirlo. Como demostró fehacientemente Piketty, el periodo de la sociedad de consumo masivo ha ocluido el persistente y exponencial crecimiento de la desigualdad en el mundo. No es pues incorrecto afirmar que la cantidad de desigualdad muta en cualidad y amenaza a la democracia metamorfoseándola en una oligarquía enmascarada.

Cierto. Éste es uno de los factores causales. El filósofo Jon L. Mackie dio una clásica definición de causa que en inglés se resume en las condiciones INUS: insufficient but non-redundant parts of a condition which is itself unnecessary but sufficient for the occurrence of the effect (partes insuficientes pero no redundantes de una condición que ella misma es innecesaria pero suficiente para la ocurrencia del efecto). Discúlpenme y olviden el trabalenguas. Se entiende fácilmente con un ejemplo: la presencia de oxígeno en el aire explica parcialmente por qué explotó la cocina: si el gas no hubiera quedado abierto, si no hubiese habido un cortocircuito que hizo saltar una chispa, si la ventana no hubiese estado cerrada… etc. La circunstancia de acumulación de todos los factores fue suficiente aunque sus partes no lo fueran.  Cierto. El capitalismo salvaje es una parte explicativa de la implosión de la democracia, pero no es todo el relato. Faltan más factores.

Debemos pensar que el tumultuoso proceso de polarización de grupos facilitado por la nueva mediación cultural de la tecnología de redes es también un factor cultural que contribuye a la degradación. La polarización de grupos está bien estudiada. Una persona tiene una cierta opinión sobre algo: puede tener prejuicios racistas, o cierta aversión al riesgo en las inversiones, o está convencida de ser de izquierdas en política. Se mueve en un grupo de gente afín que mantiene opiniones similares con quienes interactúa. Al final del proceso se habrá movido hacia posiciones extremas: no solo habrá reafirmado sus convicciones sino que las habrá convertido en mucho más radicales y estará dispuesta a apoyarlas.

Este fenómeno es muy natural y la psicología social ha ofrecido múltiples explicaciones entre las que destaca nuestro deseo natural de sentirnos acogidos en un grupo, que se define por una cierta opinión. No hay nada malo ni bueno en ello, y muchas veces es un factor muy positivo en la formación de movimientos que transforman el mundo para mejor. La cuestión es cuando este mecanismo psicológico es explotado industrialmente para producir resultados sociales ajenos a los objetivos más o menos morales o identitarios que definen al grupo. Por ejemplo: cuando los líderes políticos usan la polarización de grupo para afirmarse como tales y no para promocionar lo que serían los objetivos de su movimiento; cuando las empresas de comunicación emplean la polarización de grupos para generar beneficio y no para clarificar las diferencias de opinión; cuando las élites político-económicas instrumentalizan la polarización para ocultar sus miserias inconfesables y distraer la atención ciudadana hacia fenómenos periféricos.

La tecnología contemporánea en sus múltiples variantes de las mil pantallas y plataformas ha generado una poderosa herramienta que aparentemente es neutral respecto a las ideologías en competencia puesto que es superficialmente formal. De hecho, partidos, empresas e instituciones adoptan este instrumento a través de sus nuevos grupos de gestión de redes y comunicación. Lo grave es que es sólo superficialmente formal. De hecho afecta a la estructura democrática de la sociedad, puesto que también la democracia es una cuestión de formas.

Podría decirse: ¿estás afirmando que la democracia debe orientarse al consenso y no desvelar los conflictos? No. Todo lo contrario. La democracia es un modo de hacer explícitos y resolver los conflictos, no necesariamente, de hecho casi nunca, a través del consenso. Lo que ocurre es que la polarización de grupos manipulada industrialmente es un fenómeno que produce ceguera respecto a los conflictos de fondo, respecto a las situaciones de hecho, puesto que está diseñada para ser usada para objetivos, fines y valores oblicuos.

La polarización de grupos genera ceguera cognitiva respecto a la sociedad. Los psicólogos han detectado un resultado colateral que se denomina “ignorancia plural”. Este mecanismo hace que gente que rechazaría personalmente una norma sin embargo cree que el grupo la acepta y eso le lleva a seguirla en la práctica. El autoritarismo que crecientemente inunda los partidos políticos o las empresas se aguanta por la incorrecta creencia de que todos aceptan como inevitable esa situación. Se han descrito como ejemplos históricos la extensión del racismo en Estados Unidos o la sumisión de los miembros del Partido Comunista en la antigua Unión Soviética. No quiero poner ejemplos de ignorancia plural en nuestro entorno inmediato. Sobran.

¿Cómo se usa industrialmente la polarización de grupos a través de las nuevas tecnologías? También hay un nombre para ello: la creación de “Cámaras de eco" y "Burbujas de filtro" (brubujas epistémicas).  Se trata del uso de los instrumentos informacionales para construir grupos de afines donde producir polarización orientada al servicio de las élites de turno: repitiendo una y otra vez el mismo mensaje, usando algoritmos para generar grupos afines, disminuyendo, en definitiva, la diversidad, el contraste, la calidad deliberativa.

La democracia está en peligro, desgraciadamente, no porque se otee a los bárbaros en el horizonte sino porque la barbarie ha contaminado ya nuestras formas básicas de constituir la sociedad. Estamos internalizando los mecanismos de segregación, asumiendo riesgos, adhiriéndonos a líderes, marcas, símbolos y banderas como resultado de dispositivos que han sido creados para otra cosa: generar oligarquías políticas, económicas, culturales. A veces, cuando miramos solamente a la economía y la política se generan puntos ciegos hacia la fuerza determinante que ha adquirido ya la cultura. Porque ya es también economía y política.

domingo, 27 de enero de 2019

La culpa en el voto




¿Deberíamos intentar comprender qué ha ocurrido dentro de la cabeza de los votantes de Vox en Andalucía?  o, por el contrario, ¿deberíamos acusarles de neofascistas y neofranquistas? Sobre esta alternativa ha proliferado un debate tan intenso como fructífero en la prensa y en las redes, entre los que, para mi gusto, destaca el artículo de Gonzalo Velasco “Perdónalos porque ¿no saben lo que hacen?, que sitúa la cuestión en el punto más complicado pero al tiempo más central para la concepción de la democracia. Se trata de si la democracia debería asentarse sobre una exigencia de responsabilidad moral y epistémica a los ciudadanos por sus decisiones, en particular cuando votan eligiendo representantes o tomando alternativas en referendos. 

En el origen de la democracia está este debate. En concreto, en el juicio que la ekklesía ateniense decidió contra Sócrates y que determinó una conmoción sin la que no se entiende Platón y buena parte de la filosofía occidental. Sócrates predicaba entre la juventud aristócrata ateniense que las sociedades deberían estar regidas por los más sabios y no por los elegidos por la multitud. Su discípulo Platón lo expresó con esa genialidad que tenía para los ejemplos en esta pregunta: ¿qué ocurriría si la asamblea estuviese compuesta por niños y un político llevase en su programa el reparto de golosinas a diario, mientras otro planease una política de salud alimentaria? Aunque el debate está muy abierto entre los especialistas y no se han preservado fuentes independientes del juicio, no es improbable la hipótesis de que Sócrates fue condenado por su desprecio a la democracia y su posible apoyo a la tiranía que había regido Atenas tras su derrota frente a Esparta.

La crítica contra la democracia debido a los desastres a los que conduce el voto no informado han sido persistentes desde Platón. No entenderíamos el Romanticismo conservador sin ese argumento contra la Revolución Francesa, ni entenderíamos sin él las persistentes acusaciones que se siguen haciendo contra la II República Española como causante de la Guerra Civil. Recientemente se ha suscitado un debate muy serio en la filosofía política académica a partir del libro de Jason Brennan Contra la democracia. Brennan es un joven filósofo (1979) catedrático de Georgetown que también escribió un muy conocido su panfleto Why not Capitalism? en favor del capitalismo y el mercado contra el libro del marxista Jerry Cohen ¿Por qué no socialismo?   

En el libro sobre la democracia plantea que deberíamos pedir responsabilidades a los votantes que ejercen su derecho al voto sin estar realmente capacitados e informados sobre las cuestiones que votan.Toma como ejemplo el que muchísimos votantes del Brexit, tanto brexiters como remainers, estaban equivocados al calibrar qué tasa de emigración había en UK: los brexiters creían mayoritariamente que en UK había un veinte por ciento de emigrantes, los remainers, un diez por ciento, cuando la realidad era de un simple cinco por ciento. Igualmente, acusa a los votantes de Trump y a los partidarios de Sanders de estar equivocados sobre cuánto han influido los acuerdos globalizadores en la decadencia del empleo en Estados Unidos. En fin, su tesis es que hay tres tipos ideales de votantes: los hobbits, que pasan de política y no están informados, los hooligans, que están informados pero en ellos pesa mucho más la lealtad emocional a sus siglas o tendencias, y, por último, los vulcanianos, que son votantes racionales que ejercen su voto en función de cómo aprecian la corrección de las políticas en juego.

Dada esta constatación, Brennan propone que el voto debe estar restringido de algún modo por razones morales: que los votos más informados “deben” pesar más que los no informados y, en el peor de los casos, exigir alguna acreditación epistémica para poder ejercer el derecho al voto. Esto es lo que en filosofía política llamamos “epistocracia” o poder de los sabios. Gonzalo Velasco, por supuesto, no concluye como Brennan, pero se plantea seriamente si deberíamos culpabilizar a los votantes de Vox por el desastre posible del aumento de la desigualdad y la pérdida de derechos que probablemente sucederá en las políticas públicas orientadas a reorientan las conquistas históricas del pueblo español en estos terrenos.

Hay varias formas de respuesta al reto de Platón ejemplificado en este caso por Brennan: 1) podemos argumentar que la moral y la política democrática no pueden mezclarse sin peligro de autoritarismo y que toda restricción de la libertad de voto socava las mismas bases del principio democrático. El problema de esta opción es que no responde al problema y deja a los partidarios de la democracia inermes contra quienes dicen que está viciada de fondo cuando se trata de tomar opciones correctas. 2) Podemos acudir al argumento optimista de Condorcet, según el cual a medida que aumenta el número de votantes las opciones más irracionales se van clausurando y van emergiendo las más racionales hasta, en último extremo, converger en lo óptimo. 3) Podemos argumentar que en política es paradójico plantear la cuestión de qué conocimiento es el necesario para tomar una decisión sobre un futuro en el que están implicados no sólo datos sino también deseos y aspiraciones. 

Los tres contraargumentos tienen sus propias debilidades aunque son suficientemente fuertes contra las críticas a la democracia. Yo añadiría un cuarto que, en cierta medida recoge los anteriores aunque no se ve reflejado en ellos. Me baso en el problema de la complicación entre deseos y creencias expresados en el voto o en las decisiones expertas en un régimen democrático. En un régimen autoritario no hay muchos problemas: el miedo es la emoción más poderosa y todas las decisiones están sesgadas por el terror que impone el poder. En democracia, sin embargo, las decisiones expresan deseos muchas veces ocultos incluso a la misma conciencia de los votantes, y esos deseos interactúan con los conocimientos, siempre imperfectos, que el votante tiene sobre las prospectivas de futuro. Esto se aplica tanto al votante no informado como al votante experto. Una larga discusión que se ha llevado a cabo en epistemología social sobre desacuerdos entre pares (expertos que tienen la misma evidencia pero resuelven de forma diferente), sobre polarización de grupos y sobre desacuerdos profundos (independientes de conocimiento y dependientes de ideología) nos llevan a la conclusión de que tanto expertos como legos tienen problemas similares al decidir. Transferir el poder de la democracia a los expertos es simplemente recomponer el problema abandonando el principio básico de soberanía sobre el que se construye la democracia.

¿Tenemos que exigir responsabilidades por el voto? Sí. Nada en mis argumentos anteriores llevaría a pensar que no debemos interpelar a los votantes de Vox exigiéndoles responsabilidades cuando, por ejemplo, sus hijas sufran los daños que sus políticas patriarcales están promoviendo o sus hijos y padres (en plural inclusivo de hijas y madres) sufran los resultados de las desigualdades que crearán las medidas que van a tomar por sus errores. Y sin embargo, hay que luchar hasta el final porque gente como la que vota a Vox pueda hacerlo en libertad, incluyendo sus manifestaciones más despreciables, como son los mensajes en redes (algo que, desgraciadamente comparten con sectores de la izquierda emocional).

No es fácil saber qué ocurre en la cabeza del ciudadano que pasa de ir a votar el día de las elecciones o el referéndum; desconocemos qué impulsos convierten una indignación sorda con el mundo en el voto a un partido singular; ignoramos por qué el votante perdona al partido que vota inconfesables e imperdonables faltas y delitos. A veces se vota justo lo contrario de lo que uno desearía. Otras veces, como en el menú de seis euros de la cafetería del trabajo, tienes que elegir entre tres platos que sabes que van a estropearte la tarde. Los votos, como todo en la vida, depende de saber lo que se quiere y decidir entre lo que ofrece el mundo, o, si no está disponible en la realidad tomar la decisión de cambiarla. Brennan sostiene que es un deber moral abstenerse de votar si uno no está preparado para tomar una elección fundamentada en la evidencia. O es una trivialidad o es una salvajada: es una trivialidad porque en democracia hay que suponer que todo ciudadano toma una decisión moral al votar o al no hacerlo. Es una salvajada si por responsabilidad moral se entiende que hay un tribunal cognitivo o epistémico que acredita a los votantes por su capacidad para decidir correctamente.

Afortunadamente no necesitamos la epistocracia. En favor del socialismo el argumento básico es moral: la igualdad y el cuidado mutuo debe prevalecer sobre todo. Por contra, el argumento en favor de la democracia es, además de moral (no hay soberanía legítima sin autonomía),  epistémico: la democracia está correlacionada causal y no meramente de forma accidental con la superioridad en las elecciones correctas. La evidencia histórica nos muestra que una vez que en las sociedades se abre la concurrencia de los muchos aumentan las probabilidades de que las elecciones sean las más correctas. Los datos que soportan esta constatación quedan para los historiadores, pero no hay mucha duda al respecto. Si quieres tomar una buena decisión, deja que los muchos deliberen por un tiempo y decidan. Si quieres equivocarte, reúne una comisión de expertos y dale todo el poder.  

·        Agradezco a Fernando Broncano-Berrocal varias conversaciones y artículos que están aún en redacción sobre este tema. 

domingo, 20 de enero de 2019

La imaginación vulnerada





Se ha caracterizado con perspicacia nuestra sociedad como una sociedad del Doble Vínculo. Fue un término que acuñó George Bateson para nombrar las situaciones en las que el individuo recibe mensajes de imposible cumplimiento: se anima a las personas a emprender cierta línea de conducta que, cuando se inicia entra en contradicción con una norma o constricción más profunda. Es decir, se anima ha emprender un plan de acción que de ser puesto en marcha llevaría a su fracaso. Y aquí "emprendimiento" está usado con intención pues suministra un ejemplo clarificador. Se le dice al joven, o al maduro al borde de ser despedido de su trabajo: "debéis ser emprendedores" "dejad vuestros trabajos y convertíos en empresarios de vosotros mismos", cuando el emisor del mensaje sabe bien que el emprendimiento es una orden de imposible cumplimiento en una economía de oligopolios ordenada a expropiar sistémicamente toda iniciativa. En el mejor de los casos el emprendimiento es un breve tiempo interino antes de caer en las garras de la deuda y de la empresa oligopolista, que se apropia --expropia en realidad-- de ese trabajo imaginativo sin haber pagado los costos de la creación. "Sé crítico" ("repite lo que te digo"). "Sé creativo" ("obedece a lo que te digo"). "Encuentra las fuerzas en ti mismo" ("olvídate de buscar ayuda mutua"). Como en la película They Live, de Jon Carpenter (1988), todos los mensajes y anuncios que nos inundan podrían ser leídos como mensajes de sumisión si tuviésemos las gafas cognitivas adecuadas.




De todas las órdenes autosocavantes, las que definen la sociedad del conocimiento, la innovación y la imaginación son las más que mejor definen nuestra era de protocolos ordenados a estrechar los horizontes y a cerrar las ventanas de posibilidades alternativas: "Busquemos la sociedad del conocimiento" ("preservemos estructuralmente la ignorancia"). "Sed innovadores" ("repetid los procedimientos y protocolos"). "Sed imaginativos" ("adaptad vuestros deseos a lo que os vendo").

Me he ocupado últimamente sobre las trampas del conocimiento y la innovación (espero que en unas semanas esté disponible un texto sobre ello, Puntos ciegos. Patologías de la sociedad del conocimiento) y querría ahora dibujar un rápido apunte sobre los daños a la imaginación en la sociedad del Doble Vínculo. Para calibrar estos daños lo mejor es comenzar por reparar en la importancia que la filosofía encontró en la facultad de la imaginación y en concreto Kant, quien de algún modo define el concepto en la forma que hoy usamos.

Kant trató la imaginación en dos de sus grandes obras: en la Crítica de la Razón Pura y en la Crítica de la Razón Práctica, y en las dos situó la imaginación en un lugar central de las capacidades cognitivas (en la Razón Pura) y morales (Razón Práctica), es decir, en el ¿qué puedo conocer? y ¿qué debo hacer?. En la primera de las Críticas, Kant considera que la imaginación es una condición de aplicación de los conceptos al material empírico. Un concepto no podría ordenar la experiencia, dándole sentido y produciendo comprensión sin el ejercicio de la facultad de imaginación que hila lo universal del concepto con lo concreto de la experiencia perceptiva. En la Crítica de la Razón Práctica, la imaginación es igualmente el medio por el que un curso de acción en una situación concreta se convierte en un imperativo moral pues el sujeto moral es capaz de imaginarse en el lugar de otros que estuvieran en la misma situación. Observemos como se activan estos dos usos de la imaginación en la maduración cognitiva y moral de los niños. Por ejemplo, el concepto usual y cotidiano de "espacio". Una persona cognitivamente madura domina el concepto de espacio cuando, pongamos por caso sabe que las cosas que ve tienen una cara oculta que no ve, pero que podría hacerlo si diera la vuelta alrededor de ese objeto, o que a sus espaldas hay cosas que no ve, etcétera. La imaginación opera en la aplicación del concepto de espacio activando posibilidades contrafácticas como "si mirase desde el otro lado de la habitación vería las cosas de otro modo". Moverse correspondientemente en el espacio guiados por el concepto implica poner o activar estas formas imaginativas. En lo que se refiere al conocimiento moral, el uso de la imaginación es similar. El niño comprende que su acción ha hecho daño a otros cuando es capaz de situarse en el lugar de aquellos e imaginar el sufrimiento causado por su acción. Sólo entonces activa nuevas emociones desconocidas como la culpa y la vergüenza, y no meramente el miedo.

La imaginación, nos enseña Kant, es la facultad que nos permite la trascendencia de lo inmediato: del puro dato sensorial o de la situación propia y concreta. Nos sitúa en un territorio de posibilidades alternativas en el cual se hace posible comprender lo general, lo que está en juego, el dar nombre, el elaborar un plan de acción, el legitimar una decisión. La psicología cognitiva nos enseña que esta facultad se desarrolla progresivamente en el niño en un largo proceso por el que llega a ser capaz de desprenderse de lo actual y pensar y vivir a la vez en dos mundos, el presente y el imaginado. Comienza con el juego de ficción, cuando es capaz de usar una escoba como caballo y disfrutar de la maravilla de la metáfora, sabiendo que vive a la vez en dos mundos, el de la escoba real y el de la escoba-caballo. Más tarde desarrollará la capacidad de largos monólogos interiores donde construirá relatos que ordenaran juegos complejos con personajes que ejercen roles alternativos. Por último, adquirirá la capacidad de pensar en la mente de los otros como un espacio de posibilidades o perspectivas diferentes a la suya.

Esta poderosa cualidad de trascendencia de lo real para habitar en el espacio de lo posible es el regalo que le hizo a la especie humana el lenguaje, que creó esa segunda naturaleza escindida entre lo real y lo imaginario. Es un arma peligrosa y ambivalente. Puede servir para anticipar la realidad, calcular posibilidades e iniciar planes de acción estratégicos que alcancen a un futuro lejano y puede servir también para escapar de la realidad y vivir una fantasmagoría que en realidad no es sino una proyección distorsionada de la realidad, como el juego del niño que se encierra en el mundo propio de su juguete.

Es, ¡ay! la facultad más fácilmente colonizable por el poderoso imperio del fetichismo de la mercancía. En la era del capitalismo del consumo, la era del optimismo desatado, el control de la imaginación a través de la publicidad llevaba a que todos los mundos posibles se resumiesen en el cerrado espacio del gran almacén o el centro comercial. "Bienvenidos a la República Independiente de Ikea" podría ser el gran mensaje del siglo del consumo. En la era del capitalismo del futuro inseguro la imaginación fue colonizada por los mensajes apocalípticos. En un ejercicio de eterno retorno ideológico, la vuelta de la imaginación de las postrimerías: el Juicio Final y el Infierno, el capitalismo logra la colonización de una de las fuerzas más poderosas que activa la imaginación: el miedo a lo desconocido. En los dos casos, el optimista y el pesimista, la expropiación de la imaginación es también y sobre todo una expropiación de agencia, de capacidad de ordenar la vida personal y colectiva de modo estratégico trascendiendo la realidad presente y guiados por una realidad que puede ser diseñada y construida por las capacidades prácticas.

En una entrada de hace dos semanas expuse que uno de los argumentos más poderosos en favor de la democracia es que logra resolver mejor que otros sistemas los graves dilemas del reparto y de la activación oportuna del conocimiento teórico y práctico, como demostró el caso de Atenas. Lo mismo cabe decir respecto a la imaginación. En ambientes autoritarios, sean paternalistas y basados en el consumo, o autoritarios y basados en el miedo, la imaginación personal y la colectiva quedan gravemente heridas, dañadas en su capacidad de trascendencia. No es infrecuente que estas sociedades la fantasía y la huida de la realidad en múltiples formas más o menos sumisas sea la regla. Las sociedades democráticas, cuando desarrollan prácticas deliberativas amplían los espacios de imaginación de los ciudadanos de manera que sus espacios de posibilidades alternativas crecen a la par que la conversación interminable, también el conflicto y el contraste, abre perspectivas de futuros alternativos que pueden ser construidos colectivamente.



















La Ilustración es "hombre sangrando por la nariz" de Paul Rebeyrolle

domingo, 13 de enero de 2019

La educación en la era FaceBook




No es un secreto para nadie que las grandes plataformas han mutado de lo cuantitativo a lo cualitativo. Por citar datos referidos solamente a España, Facebook poseía en 2017 sobre  23 millones de usuarios, Instagram, su nueva "competidora", alcanza los 13 millones y Twitter 4,9 millones. Las plataformas son medios de pro-sumidores, es decir, sus usuarios son a la vez productores y consumidores de contenido y, por encima de todo, mediadores en la dispersión y divulgación de contenidos.  No es tampoco un secreto la creciente dependencia de los medios de comunicación de toda índole, de las empresas de publicidad, de los partidos políticos y de cualquier otra institución que viva de la comunicación de contenidos respecto a las plataformas. Ni es secreto tampoco que las grandes plataformas extienden sus influencias hasta convertirse en oligopolios de la información (FaceBook, WhatsApp, Instagram), (Google, Youtube), la creciente ampliación de Amazon hacia la producción de contenidos audiovisuales, la transformación que está produciendo Spotify en la industria musical... etc.

Todo esto pertenece ya a la descripción de una sociedad en la que las grandes plataformas han dejado de ser simples medios de conectividad para transformarse en mediaciones activas de datos, información, conocimientos, programas, pasiones e intereses. Es más difícil sin embargo intuir qué debemos hacer, como reaccionar y como convivir crítica y reflexivamente en este entorno. No son pocas las personas que deciden abstenerse de las redes, no participar, cerrar sus cuentas, volver a la relación "directa" con los medios de comunicación clásicos, con la prensa-papel, la radio o la televisión. No sabemos aún cuán activo es ese movimiento ni cuál es el precio ni cuál sea su impacto, pero me atrevo a sospechar que ese paso a la sociedad analógica no tiene demasiada influencia real en la vida cultural y política. Pensando solamente en España, porque de ella son los datos más a mi alcance, y si no se equivoca la socióloga Belén Barreiro (La sociedad que seremos: analógicos, digitales acomodados y empobrecidos, 2017), la parte analógica compone más o menos la mitad de la población pero no es la más activa y está bastante sesgada hacia las edades mayores, estadísticamente más cercanas a las "clases pasivas" cultural y políticamente.

Esta transformación coincide en el tiempo y sospecho que está relacionada causalmente con la transformación radical que están sufriendo los sistemas educativos, que han mutado de ser instituciones básicamente centradas en la formación y educación a ser instituciones de servicios múltiples en las que la formación y educación es ya una parte, cada vez con menor peso: la acogida a los niños y adolescentes, la creación de lazos sociales y capital social, la oferta de actividades deportivas y, sobre todo, el monopolio de los títulos oficiales, quizás ya la principal función y modus vivendi de las instituciones educativas.

La vieja función educativa y formativa nunca ha sido monopolio del sistema educativo, que siempre compitió en esta tarea con la prensa en el siglo XIX y con los poderosos medios en el siglo XX (los grandes grupos de comunicación del siglo pasado se han concebido a sí mismos como enormes complejos de instituciones educativas en todos los aspectos de la vida de la ciudadanía: sus gustos, sus ideas, su tiempo libre,...). Ciertamente, hasta ahora, el conocimiento experto sí había sido monopolio del sistema educativo reglado: la formación científica, técnica y humanística así como la acreditación profesional. Es posible que en poco tiempo veamos que incluso este monopolio es disputado por la nueva economía de la era digital. Hace unos días tuve la oportunidad de participar en una cena con una decena de personas jóvenes e innovadores de éxito internacional (de ambos sexos) en la casa de un empresario del mundo digital convocados por iniciativa del director de COTEC. Se trataba de contar las experiencias propias en la innovación y la nueva economía en el mundo digital. La opinión generalizada era que el sistema educativo tradicional, el terciario en este caso, la universidad, aunque proporcionaba conocimientos, su función de títulos ya era cada vez menos importante. Es más, las empresas más poderosas, se decía, cada vez estaban menos interesadas en la oficialidad de los títulos, y más en si pertenecían a nuevas instituciones más fiables e integradas en la nueva economía digital. Me lo apunté y es el motivo por el que escribo estas líneas precisamente en un medio digital como es Google.

Es difícil adivinar el futuro de los sistemas educativos, en especial los públicos, en el tiempo por venir, pero no es tan difícil extraer ya algunas lecciones del breve tiempo en el que el sistema educativo ha competido con otros sistemas en la sociedad digital. Mi impresión, posiblemente equivocada, pero apostaría por que no lo es demasiado, es que la ordenación del sistema a una burocracia de títulos y acreditaciones es una política equivocada que degradará aún más el sistema educativo. Los que vivimos en y del sistema educativo hemos visto crecer un complejo barroco de instituciones de control y acreditación ordenadas en apariencia a fomentar la calidad de la educación pero de hecho con la función de hacerle girar hacia una empresa de venta de títulos nominales presuntamente adaptados a las necesidades del mercado.

El problema es que el mercado, más en la era digital, no tiene necesidades sino intereses. Uno de ellos, tal vez de creciente intensidad, es ampliar su espacio hacia la modelación de las conciencias y la formación de los futuros prosumidores. No hay mayor error que haber creado una especie de imaginario del mercado para adaptar el sistema educativo a este presunto espacio cuando era la adaptación, es decir, la venta de títulos, en lo que consistía realmente el nuevo interés del mercado. Rápidamente crecerán nuevas instituciones mucho más fiables y plásticas cuyos títulos serán mejor acogidos por las nuevas empresas digitales. El horizonte próximo es el de una carrera loca para satisfacer intereses. Una carrera en la que el sistema público está condenado a perder porque la formalización de títulos es algo que se puede hacer mucho más económica y productivamente fuera de la academia.

Por suerte aún hay tiempo para corregir estos errores. Ganar tiempo, ganar el tiempo y no hacérselo perder al alumnado. La apropiación pública del tiempo de formación, que cada vez se extenderá más a lo largo de toda la vida, no puede ser una carrera en competencia con las nuevas empresas y plataformas del mundo digital, tiene que ser otra cosa. Tiene que ser la apropiación y el monopolio del tiempo de formación y educación en el sentido más profundo. Mientras que el acceso a la información cada vez lleva menos tiempo, la formación y la educación, como la amistad y el amor, llevan tiempo. Es un tiempo ganado, no perdido. Es un tiempo empleado en hacer crecer las capacidades de comprensión y las capacidades de examen reflexivo y crítico. Competir en la educación reglada para que los alumnos aprendan "competencias" y rutinas que pueden obtenerse en vídeos de YouTube es tiempo perdido. Por el contrario, enseñar a comprender los varios lenguajes del mundo, también el matemático; enseñar a articular conceptos por debajo de las palabras; aprender conjuntamente a elaborar el conocimiento de la forma que siempre fue realizado, como actos mínimos de polinización epistémica, todo eso lleva tiempo y es recuperar el espacio y tiempo público en el ámbito de la educación y la formación.

Hay razones aún para la esperanza. Si en el mundo digital aún sigue siendo posible Wikipedia, para mí la gran realización del mundo digital, comparable si no superior a lo que fue L'Encyclopédie en la Ilustración, no es imposible que orientemos los sistemas educativos de otro modo. Wilhelm von Humboldt logró convencer al mundo burgués del siglo XIX que una educación abierta que reflejase las nuevas redes conceptuales de las ciencias y humanidades era su mejor opción para la hegemonía del mundo en que se estaba entrado. En los países avanzados desaparecieron o se adaptaron las viejas universidades medievales a un modelo que hoy el mercado de títulos está destruyendo. Es el momento de repensar aquella revolución y adaptarla al nuevo espacio digital.



















La imagen pertenece a Semana: https://www.semana.com/vida-moderna/articulo/el-celular-la-obsesion-que-causa/437001-3

domingo, 6 de enero de 2019

Hegemonía, sentimiento y deliberación



Recordaba en la entrada anterior que una de las lecciones de Atenas en su época de mayor esplendor fue que una democracia no es solo un sistema de estado que defiende las libertades de los ciudadanos, también es una forma de sociedad más creativa y capaz en lo que respecta al conocimiento necesario para resolver los problemas que presenta un futuro incierto. Un sistema democrático se asienta sobre un conjunto de leyes e instituciones que garantizan derechos y también sobre espacios donde se pueden exponer los problemas, representar los conflictos y deliberar las grandes y pequeñas alternativas de acción. Un sistema tal es robusto, porque es defendido por la continua experiencia histórica de sus ciudadanos libres y a la vez vulnerable y frágil cuando se extiende la convicción de que sólo es un teatro (con todas las connotaciones del término) donde se representan conflictos de poder cuya existencia verdadera está en otro lugar: los despachos de la banca, las oscuras alcantarillas del estado o las calles por donde se manifiestan las multitudes.

Es cierto que, como se ha extendido últimamente, la política es siempre un espacio de conflicto y colisión de fuerzas, demandas y convicciones. La concepción agonística o conflictual de la democracia ha traído un aire fresco al espacio cerrado y cargado que había generado el cansino discurso de que la democracia es consecución de consensos y sólo consecución de consensos. Pues, como demuestra tantas veces la historia, los consensos son muchas veces productos de presiones de poder que acallan demandas legítimas y ocluyen procesos históricos de cambio. Es mucho más realista reconocer que el espacio de la política es un espacio de conflicto permanente. Pero también es un espacio que sustituye la violencia por la palabra, la deliberación y la decisión colectiva en la forma de la regla de la mayoría. 

El punto de estas breves líneas es desenvolver algunas consecuencias de estas ideas básicas para confrontarlas con algunas concepciones simplistas de la hegemonía como objetivo básico de la política. La hegemonía es un concepto que debemos a Gramsci, desarrollado por él en la prisión y resultado de su intento de explicarse a sí mismo por qué había sido derrotada la revolución en Italia y por qué la línea del Partido Comunista Italiano, centrada únicamente en la lucha por el poder, estaba dejando a un lado elementos muy importantes que explicaban el dominio de la burguesía. A pesar de que el concepto nace en la izquierda, no deberíamos olvidar que su práctica ha sido ejercida con mucha efectividad por las fuerzas conservadoras que a finales de los años setenta desarrollaron una concepción ideológica de la sociedad que hoy conocemos como neoliberalismo. Entrañaba, en esta versión, una política de hegemonía cultural en todos los ámbitos de la existencia, basada en una cierta idealización de la familia, (el hogar en un barrio de casitas y los planes de vida como planes de consumo) y del trabajo como esfuerzo individual para conseguir el éxito "merecido".  El neoliberalismo ha sido la versión conservadora de la hegemonía que había propuesto Gramsci. 

Una concepción simplista de la hegemonía que se ha extendido entre la izquierda es la que piensa que se trata de un proceso de "imponer sentido" a través de la movilización pasional de modo que ciertos términos que se emplean cotidianamente en la acción política adquieran un cierto significado que recoja las demandas de grandes capas de la población. Es marginal a mi argumento, pero se puede detectar los orígenes de esta concepción simplista de la idea de hegemonía en una lectura francesa del pensamiento de Gramsci, extendida sobre todo por Antonia Macciocchi, quien tomó como modelo ejemplar de hegemonía la Revolución Cultural de Mao en la China de los sesenta. Mao y su movilización pasional de la juventud contra las fuerzas socialdemócratas del partido fascinó a una generación completa de intelectuales franceses que, a su vez, influyeron poderosamente en la creación de la concepción de la hegemonía como articulación emocional de intereses diversos y creación de sentido. 

Aunque hay muchos elementos valiosos en la idea de que los sentimientos orientan los significados de los conceptos básicos de la existencia, lo que hace simplista a esta línea de interpretación de la noción de hegemonía es que tiene una concepción elemental de las relaciones entre poder y significado y comprende mal los procesos de mediación que establece el espacio de la palabra, la deliberación y la esfera pública en la constitución de los significados. Esta concepción primitiva del lenguaje se observa, por ejemplo, en la tradición lacaniana (Lacan fue uno de los fascinados por el maoismo y sus tormentas emocionales) en la que el lenguaje y el mundo de los significados aún está anclado a relaciones elementales semánticas muy francesas, como lo es la relación "significante-significado". Una concepción que ignora la tradición que proviene de Wittgenstein y que ancla el lenguaje en las formas de vida y que lleva a una renovación pragmática que entiende las palabras y los significados en el marco de actos de habla situados en contextos sociales. 

La democracia entraña una mediación de la palabra en la formación de hegemonías de sentido. Y no lo hace a través de simples movilizaciones pasionales sino a través de complejos procesos discursivos en los que cuentan mucho las deliberaciones y argumentaciones. Una argumentación, nos explica Liliam Bermejo en su magnífico libro Giving Reasons. A Linguistic-Pragmatic Approach to Argumentation Theory, es un complejo acto de habla de segundo orden que se traduce en una "invitación a inferir", es decir, en el establecimiento de una relación social por la cual el hablante trata de cambiar la mente del oyente dándole razones (por cierto, Liliam Bermejo es una magnífica filósofa del lenguaje que combina la potencia técnica del pensamiento con el compromiso político. Actualmente es la secretaria general de Podemos Granada. Es una lástima que su competencia filosófica no llegue a ser oída en los lugares donde se forman los discursos oficiales de Podemos). La cuestión es que esta trama de actos de habla de dar y pedir razones constituye un tejido que media la formación de significados a través de microprocesos de reconocimiento de los significados del otro.

La democracia no es una simple regla de mayorías. Junto a las instituciones de derecho es también un enorme sistema público de deliberaciones por las cuales nos transformamos unos a otros y generamos sentidos que emergen de estas interacciones. No son neutras en la relación poder-significado (o poder/verdad, para usar el término foucaultiano, un término, por cierto, también anclado en una concepción simplista del lenguaje). Un indicador de salud de la democracia es la densidad deliberativa de su esfera pública. Se nota en la calidad cognitiva de los discursos y no simplemente en las movilizaciones emocionales. Invitar a inferir, que en eso consiste argumentar, es invitar a otras personas a que consideren ciertas razones, hechos, evidencias, como condiciones suficientes para formar un juicio propio, incluso cambiando las propias creencias, tomar una decisión o emprender un curso de acción. La hegemonía, en una concepción democrática es sobre todo la capacidad de formar razones, de tener razones para que colectivamente se formen juicios de asentimiento, valoración o decisión. 

Carlos Marx y Antonio Gramsci no tenían una visión simplista de la hegemonía. Marx y Engels escribieron el Manifiesto Comunista, sí, un hermoso ejercicio de movilización emocional, pero Marx no se conformó con ello. Dedicó el resto de su vida a construir el enorme argumento en que consiste El Capital para invitar al pueblo a considerar que el capitalismo era un curso erróneo de la humanidad. Gramsci dedicó sus últimas fuerzas a repensar toda la filosofía y teología que había construido la nación italiana. Los Cuadernos son un monumento de relatos-argumentaciones que invitan a tomarse en serio las ideas y prácticas de la gente, aunque sean las ideas religiosas de los campesinos de Calabria. Por cierto, su amigo Piero Sraffa, quien junto a Tatiana, su cuñada fueron los casi únicos interlocutores suyos en la cárcel, influyó poderosamente en Wittgenstein en su giro hacia una concepción pragmática del lenguaje. Cuenta la estúpida de Macciocchi en su libro sobre Gramsci que visitó a Sraffa, ya anciano, en Cambridge y que le preguntaba insistentemente por las confidencias que Gramsci pudo haberle hecho al final de su vida contra la dirección del PCI, pero Sraffa le contestaba que a Gramsci sólo le interesaban las noticias mínimas de los periódicos sobre la vida del pueblo. 

El año pasado, aprovechando que tenía que dar un curso de introducción a la filosofía política, me interesé mucho por el debate entre populismo y republicanismo que, a la sazón, ocupaba las páginas de la prensa interesada en las nuevas líneas políticas, entre ellas, sobre todo, la representada por Podemos. Me asombró cuán de lado se dejaba el componente cognitivo, argumental y deliberativo de la democracia, como si solamente fuese un simple instrumento para la propaganda, como si no tuviese un carácter de mediación activa en la formación de discursos, actitudes, símbolos, prácticas y, claro, también significados. Jacques Rancière, quien, por cierto, creció en el ambiente del maoismo simbólico de los años setenta, ha desarrollado por el contrario una teoría del disenso y conflicto democrático muy lejana de las simplificaciones. En una veta muy arendtiana, sabe que tomar la palabra es ampliar los espacios de la democracia y que el conflicto es también un conflicto de discursos y argumentos. Una concepción radical de la democracia no puede dejar a un lado la creación de espacios de debate, de intercambio de invitaciones a inferir, de co-formación colectiva de planes de vida a través de razones. Ampliar la democracia no es simplemente ampliar la capacidad de votar es también y sobre todo ampliar la capacidad de razonar en común. 


domingo, 30 de diciembre de 2018

Lo que aprendimos de Atenas



Si el pasado siempre se hace presente en la forma de imaginarios que nos guían, identifican y casi siempre nos dividen, hay dos fragmentos de la historia que sin lugar a dudas son columnas vertebrales de los discursos políticos de todos los tiempos en la fracción occidental del Planeta. Me refiero a Roma, en sus dos periodos de la lucha por la república y la "caída del Imperio Romano", y a Atenas y sus vaivenes políticos y culturales. La historia, casi siempre escritas por los vencedores, ha glorificado a Roma y lamentado la caída de su imperio y ha denostado incansablemente la desorganización de la democracia ateniense de la que salva únicamente sus obras literarias, arquitectónicas y plásticas. Atenas ha tenido la desgracia de haber sido recordada por los críticos de su democracia. Para quienes cultivamos la filosofía, que incluye la lectura cuidadosa de Platón, es difícil sustraerse al rencor que habita en la larga tradición histórica que parece anclar el origen de la filosofía en el crimen de la democracia ateniense al condenar a Sócrates. El gran crítico de la democracia ateniense habría sido el gran padre de la filosofía y Atenas, su juez, un ejemplo de desorden demagogia y corrupción.

Fue un juicio, como tantos en los que se juega un principio básico social, nebuloso, lleno de rencores y malentendidos. Sócrates fue acusado de corromper a la juventud. La acusación incluía las múltiples críticas contra la democracia por no habilitar a los mejores en los cargos de poder. Estaba presente en la atmósfera que Sócrates, a pesar de su lealtad probada a Atenas, había sido amigo y protector de Alcibíades, promotor de una de las mayores catástrofes de Atenas, la expedición contra Sicilia, más tarde traidor a Atenas en su lucha contra Esparta y, posiblemente, su apoyo a la tiranía que sucedió a la derrota de la polis en las Guerras de Peloponeso. La historia ha tomado partido, sin embargo, por el Sócrates íntegro, pobre, educador de la humanidad y defensor de la verdad contra la demagogia. Desde Platón y Jenofonte, sus amantes discípulos, reiterativamente se ha extendido el mensaje de que Atenas era una ciudad ilustrada pero corrupta, frente al orden y la integridad de la Esparta militarizada. 300 de Frank Miller y la industria hollywoodense han recreado el mito de la superioridad moral, heroica, patriótica de espartanos frente a los débiles atenienses.

Como lector apasionado de Cornelius Castoriadis, siempre he discrepado de esta tradición, por más que considere que la sentencia de Sócrates fue uno de los grandes errores de la ekklesia (asamblea) ateniense. La democracia, la filosofía y la ciencia surgen en Grecia y se refuerzan mutuamente durante dos o tres siglos. No por casualidad: Atenas fue durante tres centurias un ejemplo de sociedad que compatibilizó la democracia con la eficiencia en los terrenos del conocimiento, el comercio, la diplomacia y la influencia estratégica, incluso contra grandes poderes e imperios. Sigue siendo, y ésta es la hipótesis, un ejemplo de cómo la democracia puede ser más eficiente que las sociedades jerárquicas y autoritarias no ya en el bienestar de los ciudadanos, que no hay mucha duda, sino también en la competición interestatal.

He tardado ocho años en conocer y leer el iluminador libro de Josiah Ober, Democracy and Knowledge. Innovation and Learning in Classical Athens (2010).  Ober es un historiador del mundo antiguo y un apasionado lector de teoría política que compara a Atenas con los casi dos centenares de poleis o ciudades-estado que componían el mundo helénico antes de la conquista por Macedonia y más tarde por Roma. Desde el 595 hasta aproximadamente el 322, Atenas destacó sobre sus rivales gracias a su capacidad de innovación institucional, técnica y educativa. Logró ser más eficaz en la solución de algunos problemas básicos de todas las sociedades, que se resumen en cómo movilizar a los ciudadanos para procurar el bien común o bien general por encima de los intereses particulares. Por supuesto, se dirá que subsistía sobre el trabajo de los esclavos y la exclusión de las mujeres de la política. Cierto. Es una práctica de la humanidad en todas las sociedades complejas del momento y aún sigue siendo un problema sin resolver (aunque la esclavitud tome ahora otras formas jurídicas). al margen de ello, Atenas emprendió una secuencia de reformas institucionales encaminadas a que el control político no estuviese siempre en manos de una élite de plutócratas: Se constituyó la asamblea (ekklesia), que en los momentos de mayor auge decidió pagar a los pertenecientes a ella para que no hubiese barreras de clase en la posibilidad de asistir a las sesiones (se componía de treinta y cincomil o más ciudadanos, y votaba las leyes y la participación en las guerras. Se constituyó el Consejo de los quinientos, la Bule, que gestionaba la administración cotidiana, también el tribunal popular de los Heliastos, con aproximadamente seis mil jueces que impartían justicia. El teatro, por otro lado, tenía funciones rituales a la vez que de comentario y crítica política.

Pero sobre todo -es la hipótesis de J. Ober- resolvió bastante bien el problema del conocimiento, que son en realidad varios problemas: el primero, el de conocer qué se conoce y qué saben los miembros de la sociedad y cómo movilizar esos conocimientos para asignarlos a las tareas pendientes de la ciudad. Las sociedades de expertos aparentemente resuelven bien el problema, pero de hecho agrupan solamente y distribuyen solamente una parte pequeña del conocimiento técnico y cotidiano total, y generalmente tienden a convertirse en burocracias que defienden sus intereses por encima de los comunes. El segundo problema es el llamado "problema de los comunes", a saber, el de cómo movilizar a los ciudadanos para que cuiden de los intereses y bienes comunes por encima de los propios. La democracia ateniense resolvió con bastante éxito muchos de los problemas comunes. No teniendo ejército profesional, era capaz de movilizar a los ciudadanos en tiempos de peligro y lo hizo generalmente con éxito. Se enfrentó al mayor imperio de los tiempos, el Persa, y logró derrotarlos, así como logró un predominio entre las ciudades de su entorno. Sin embargo, tras lo militar estaba una poderosa capacidad de movilización de conocimientos prácticos, desde cómo instituir y defender colonias lejanas a las técnicas de fabricación de bienes cotidianos. Por último, logró también resolver el problema de la estandarización de los conocimientos para medir su calidad y juzgar su eficiencia. En fin, la democracia ateniense fue en cierto modo una democracia cognitiva que logró resistir la tentación de la "epistocracia" o gobierno de los más sabios.

Cometió muchos errores, algunos de ellos catastróficos como la invasión de Beocia, la conquista de Sicilia, la gestión diplomática en la Guerra del Peloponeso, que perdió contra la liga espartana, el mismo juicio de Sócrates, ..., pero siempre hubo discusión, debate y, ocasionalmente, asignación de responsabilidades. Fue consciente de sus defectos, y el teatro, en particular el de Aristófanes, los representó ante los espectadores. De las muchas obras político-satíricas, desde mi punto de vista destaca una no muy conocida: Las asambleístas. Es una obra escrita en los momentos oscuros de derrota ateniense. Cuenta que las mujeres, hartas de la estupidez de sus maridos, se disfrazan de hombres y copan el voto de la asamblea instaurando un gobierno de mujeres que, a su vez, instaura un régimen de propiedad común. La obra discurre después hacia territorios de comedia sexual, sobre quién comparte qué y con quién, pero la idea de la obra muestra que Atenas era relativamente consciente de sus problemas. Influyó además poderosamente en otras ciudades estado que copiaron en parte sus métodos e instituciones.

De los muchos problemas que tienen las democracias a lo largo de la historia uno de los más complicados es combatir el prejuicio de que las sociedades jerárquicas y tecnocráticas lo hacen mejor que las democráticas en la provisión de bienes públicos y la movilización del conocimiento. Atenas muestra que no necesariamente es así. De hecho podemos encontrar muchos más ejemplos en la historia de cómo las sociedades democráticas pueden hacer que el conocimiento que poseen los ciudadanos, su creatividad y sus deseos de resolver problemas comunes circule y se distribuya con eficiencia y justicia. Lo contrario de la democracia no siempre son las dictaduras claras y prototípicas. A veces, las sociedades jerárquicas se esconden bajo formas aparentemente democráticas que esconden el dominio real de élites plutócratas o tecnócratas. Siempre los discursos que legitiman esta suerte de autoritarismos acuden al argumento de la mayor eficiencia de los "mejores", al predominio del consenso (aunque sea un consenso impuesto por la propaganda y los medios de comunicación) sobre el conflicto y el debate. Las tentaciones de "mirad cómo lo hacen los chinos" u otros ejemplos similares atraen cada vez más a las élites de los países, pero estos discursos son en realidad falsedades históricas.

Por otro lado, cuando leo filosofía política de los varios signos que predominan actualmente (la de origen rawlsiano, la deliberativa o la más popular hoy, la schimittiana) todas coinciden en olvidar que el problema del bien común, que desde Rousseau y los clásicos sabemos que es el problema de los fundamentos de la sociedad, es también y sobre todo un problema de conocimiento, el de cómo agregar los conocimientos particulares movilizándolos para resolver problemas colectivos. La propaganda neoliberal suele ofrecer la empresa como contraposición a la democracia (Franco solía usar el ejemplo de un cuartel como modelo de cómo gestionar adecuadamente una sociedad). Pero es precisamente en la empresa donde podemos encontrar que las formas que se aproximan a la democracia, que estimulan la cooperación y la movilidad del personal y que aborrecen de los CEOs autoritarios y depredadores son precisamente las que mejor lo hacen también en el terreno de los negocios. En estos tiempos oscuros, nos cabe a todos la responsabilidad de argumentar fehacientemente que la democracia no es el problema, es la solución en la mayoría de los problemas que nos aquejan.

NB: Ya sé que en la cabeza de muchos lectores estará la idea de que la democracia realmente existente es siempre una partitocracia (es una ley de hierro que ya fue enunciada por la sociología hace muchas décadas). No es cierto. Pequeñas innovaciones legales pueden hacer que le problema de la escala (que es lo que subyace a la representación mediante partidos organizados) pueda resolverse sin acudir a nuevas élites depredadoras, aunque se llamen a sí mismas partidos progresistas. Y aquí de nuevo la democracia es la solución. Innovaciones institucionales que hagan difícil la constitución de burocracias de partido y de élites político-económicas. Lo más inquietante es que aunque son reformas sencillas las tienen que tomar aquellas burocracias que estarían en peligro si se impusieran. Pero este círculo vicioso es también un problema que puede ser resuelto con más democracia.




domingo, 23 de diciembre de 2018

El arte de representar el dolor y la vanguardia




Las vanguardias en las artes, y en general en la cultura, se han caracterizado por rasgos como las rupturas formales, por dar mucha más importancia a lo performativo (es decir a la intervención sobre el espectador o lector) que a lo representacional, por cierta vocación provocadora y, en los casos más conscientes y politizados, por la pretensión de romper la barrera entre arte y vida combatiendo la institución "Arte".  Todo ello ha dado lugar a las derivas del arte contemporáneo, que ha generado, y seguirá haciéndolo, múltiples controversias sobre las diferentes líneas, escuelas y valor de las obras. Aunque comenzaré por declarar abiertamente mis convicciones en materia de arte y estética, y desde dónde miro la cultura y arte contemporáneos, mi objetivo es más bien tratar la cuestión de cómo tratar el dolor, el sufrimiento humano y la opresión desde el arte y quizás también desde el pensamiento.

Se plantean dos problemas de carácter diferente: el primero es la vieja controversia sobre el contenido y la forma en arte, sobre cómo el arte puede acercarse a problemas que implican un compromiso moral sin que la obra rebaje sus cualidades artísticas. El segundo ya no es un problema de teoría del arte, sino de ética de la cultura: el de cómo dar testimonio o cómo hablar sobre o desde el dolor y el sufrimiento. También es una cuestión controvertida sobre la que trataré de esbozar mi opinión sin desarrollarla completamente.Comencemos pues por el primer problema:

El arte es, por una parte, una dimensión de toda práctica humana que expresa la sensibilidad hacia aspectos que trascienden lo funcional y cotidiano: la belleza, lo sublime, lo ominoso y perverso, la felicidad de la vida, etc. Todo aquello que nos aboca a nuestra posición de animales que miran asombrados al universo. En este sentido de dimensión de la sensibilidad podemos considerar el término "arte" como un adjetivo que cualifica acciones y obras humanas. En un sentido sustantivo, "arte" refiere a una institución y conjunto de prácticas que progresivamente ha ido heredando una parte (o la totalidad, para mucha gente) del lugar de la religión. La dimensión de lo simbólico, de lo sagrado y el misterio de la existencia, de lo ritual que une a las comunidades y repara los daños del espíritu. Todo este mundo interior y colectivo conformó ancestralmente las prácticas, creencias e instituciones religiosas y fue heredado por la creciente autonomía de las prácticas artísticas que fueron conformando la emergencia moderna de la institución arte.

El arte comparte con la religión el tener un componente intrínseco material: hacer cosas y transformar el espacio, el tiempo, la materia o la palabra para hacer cosas con la mente de los fieles; templos, fiestas,  palabras escritas, imágenes que mueven las almas, objetos sagrados: cálices y altares, ritos que convocan lo sacro y ocasionalmente perdonan o interpelan,... Las religiones tradicionales usaron los componentes materiales para propósitos diversos: el primero, representar lo sagrado, lo cosmogónico, la muerte y renacimiento del mundo o de los dioses, hacer presente el pasado en el ritual colectivo. El segundo, movilizar las pasiones colectivas para restaurar la comunidad. Pasiones de amor y arrepentimiento, de compasión o de indignación con el mal. El tercero es que las religiones entendieron muy bien desde siempre que todo acto ritual, expresivo o doctrina, que toda imagen o palabra, se dirigían a tres dimensiones humanas: la inteligencia y capacidad crítica y reflexiva de los fieles; la afectividad, como capacidad motivacional y creadora de lazos con la comunidad y la divinidad y, por último, la voluntad y agencia. Pues, al fin y al cabo, fueron las religiones las que anticiparon lo que hoy llamamos performatividad: los ritos religiosos son performances que perdonan, consagran o condenan, y siempre interpelan.

El gran arte hereda estos tres componentes activos de la religión. Cuando asistimos a una representación de Hamlet o nos confrontamos con la Pietá de Bellini o el Guernica de Picasso no tenemos la menor duda de que su genio se está dirigiendo a nuestra inteligencia, que nos obliga a un ejercicio de distancia y reflexión; a nuestra empatía y capacidad de ser afectados y resonar emocionalmente y a nuestra agencia y voluntad de nos hace preguntarnos ¿qué soy yo y qué hago yo ante esto? El gran arte es efectivo en las tres direcciones a través de un sabio ejercicio de confluencia de forma y contenido. Lo hace, además, como heredero de la religión que es, mediante un componente ritual que convoca a los estratos más profundos del ser humano. Nunca toma a los espectadores y lectores por tontos, sino que moviliza sus espíritus sin desmovilizar su inteligencia.

En la institución-arte contemporánea, que abarca desde las prácticas artísticas a la inmensa red de editoriales, museos, galerías, teatros, cines, televisiones y medios digitales (y en las derivas de nuestro tiempo), se producen a veces distorsiones de este poder del arte para restaurar la comunidad entre la humanidad y el cosmos. Por supuesto, está la incompetencia, impericia o falta de habilidad técnica, pero no siempre son un pecado mortal del arte. Encontramos grandes artistas que no son genios e incluso artesano en el sentido técnico. Los pecados mortales del arte (que también los encontramos en las religiones) nacen de la subordinación a la institución, de la búsqueda del prestigio y la adhesión del público. El crítico Michael Fried lo ha definido con un término: "teatralidad" o teatralización de la obra.

La teatralización es particularmente dolorosa en la vanguardia. Como decíamos antes, debido a su carácter interpelativo y performativo, es muy fácil ocultar bajo la provocación, la sorpresa o la búsqueda de respuestas emocionales lo que no es sino banalidad y deseos de fama. Hay una sutil pero profunda zanja que separa el arte de la banalidad. Lo malo del mal arte es que nos toma por tontos y, debido a su carácter performativo, nos hace más tontos. Nos aficiona a lo superficial, al modo como las religiones convierten a los fieles en adictos a los rituales.

Vayamos ahora al segundo punto punto que está indisolublemente relacionado con esta frontera del arte y lo banal. Me refiero a la representación del sufrimiento. Los humanos compartimos el dolor, no simplemente lo expresamos. Lo mismo que ocurre con otros afectos y emociones, no es una simple reacción visceral sino un poderoso instrumento de preservación de los lazos de la comunidad. Y del mismo modo que compartimos nuestro sufrimiento, damos testimonio y recordamos el sufrimiento de los otros. Es lo más profundo de nuestra humanidad: nos hace sentir herederos de una larga historia de daños y muertes que hicieron posible nuestra existencia. Con mucha razón proclamaba Walter Benjamin que si el mal triunfa los mismos muertos están en peligro.

El arte comparte con la vida cotidiana, con nuestras conversaciones diarias, y aún con las formas más elevadas de la vida política y social, esta remembranza y testimonio del sufrimiento y el dolor. Pero en todas estas prácticas de expresión y representación hay un peligro que tiene mucho que ver con la banalización que afecta al arte como una de sus enfermedades mortales: también, la teatralización y la conversión de dolor en espectáculo. El arte, el gran arte, trata siempre el dolor humano, sobre todo cuando es expresión personal del propio dolor, con una distancia que busca el equilibrio de la inteligencia, la pasión y la voluntad. Cuando no lo hace deriva en pornografía del sufrimiento, en uso instrumental del daño para el beneficio o la búsqueda de fama, al modo que el mendigo muestra sus laceraciones o amputaciones para conseguir una limosna.

No citaré aquí nombres para no iniciar controversias inútiles, pero no es difícil encontrar en las artes escénicas y performativas ejercicios de banalización y pornografía del sufrimiento en muchas de las obras que se presentan como post-dramáticas o performances, cuando no son más que ejercicios de mendicación de limosnas emocionales usando las propias miserias como si fuesen daños a la humanidad. Grandes escritores como Elfriede Jelinek, Thomas Bernhard, Virginia Wolf, Alexandra Pizarnik, Samuel Beckett o el mismo Gustave Flauvert han dado testimonio de su dolor y sufrimiento sin caer nunca en el desprecio al lector o espectador: siempre han unido el testimonio y la distancia. A veces introduciendo la ironía, otras veces usando la ambigüedad que deja una pregunta en el aire que debe responder el espectador. Tengo que confesar que muchos de los dispositivos contemporáneos me parecen muchas veces ejercicios de banalización. Una representación de una violación no es una violación, pero puede producir un daño doble al crear una pornografía del sufrimiento; una tortura escenificada no es una tortura, pero puede banalizar la tortura; una pequeña herida, grito o provocación en la escena no es lo mismo que la enfermedad, la mutilación o la violencia. Lo que comienza siendo vanguardia termina en espectáculo de hollywoodense o televisivo haciendo un doble daño al arte, haciéndolo banal, y a la gente, haciéndola más tonta.







domingo, 16 de diciembre de 2018

Mamá, papá, ¿qué es la revolución?







 "Revolución" es uno de los ejemplos más perfectos de lo que Mieke Bal llama "conceptos viajeros", que son aquellos que en su historia de usos atraviesan disciplinas y cambian de connotaciones al compás de las zonas de la realidad que tratan de iluminar. Se comenzó a difundir en la astronomía como consecuencia del libro de Copérnico De revolutionibus orbium coelestium, que denominaba "revoluciones" a las órbitas planetarias; más tarde pasó a la geología para dar cabida a las explicaciones de por qué la superficie de la tierra había cambiado tanto a lo largo de los siglos. El catastrofismo, que acogió esta tesis, fue una primera corriente que trató de dar esta explicación. Primero fue un intento de hacer compatible el tiempo que proponía la Biblia con la evidencia de que lo que vemos como montañas otrora fueron fondos marinos. El diluvio se proponía como una suerte de relato de otras muchas catástrofes enviadas por Dios, que habrían producido el cambio telúrico. Esta explicación pasó a ser una hipótesis científica en los primeros geólogos del siglo XVIII, divididos entre plutonistas, que abogaban por el poder transformador de las aguas y vulcanistas, que lo hacían por el poder del fuego terrestre de los volcanes o la mecánica de los terremotos. Una revolución pasó a ser un proceso en el que convergen poderosas fuerzas que en poco tiempo producen grandes cambios.

La rebelión de las trece colonias americanas y la guerra contra la Corona Británica (1765-1783), que culminó en la creación de los Estados Unidos de América, adoptó el término "revolución" para describirse a sí misma, y desde entonces se comenzó a llamar "revolución americana". El término se popularizó con la revolución francesa y pasó a calificar todos aquellos levantamientos que buscaban una transformación política o social. Auguste Blanqui, el radical activista que estuvo presente en la política de resistencia a los Borbones de la Restauración francesa, fue un ejemplo notorio de lo que sería el modelo de "revolucionario" decimonónico. Marx y Engels lo admiraban, pese a criticarlo, y el anarquismo de Bakunin y sus múltiples variantes adoptaron buena parte de sus tácticas. El siglo XIX es un siglo de revoluciones sociales derrotadas y de levantamientos nacionalistas triunfantes, que lograron que el término revolución se mantuviese como programa de cambio histórico. Hubiera declinado en el siglo XX de no haber sido por el éxito de la Revolución Rusa de 1917, que adoptó en sus comienzos la forma de una revolución decimonónica: los bolcheviques, la fracción radical del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, impulsados por Lenin, convirtieron los levantamientos populares de obreros y soldados contra el Zar, en los momentos más duros de la I Guerra Mundial, en un movimiento organizado que tomó el poder del estado y lo defendió en una guerra civil hasta convertir a Rusia en el primer estado capaz de realizar una revolución socialista. El ejemplo cundió por el mundo. En Europa, los levantamientos revolucionarios fracasaron uno tras otro: Alemania, Italia, España,...En el mundo, a lo largo del siglo XX, triunfaron aquellos levantamientos que unieron el componente nacionalista o descolonizador a los objetivos sociales: China, Cuba, etc.

Todas las revoluciones del siglo XX, sociales o políticas, adheridas al modelo catastrofista de grandes cambios producidos por grandes fuerzas devinieron en reproducciones de la sociedad anterior, a veces con mucho peores consecuencias. Al olvidar o no saber que la cultura es el modo en que una sociedad se reproduce a sí misma, y que si no cambian los imaginarios, las prácticas y costumbres, la sociedad termina reproduciendo el modelo anterior, las grandes revoluciones vigésimas terminaron en caricaturas crueles de la sociedad que habían querido transformar. En los años sesenta, coincidiendo con un nuevo ciclo revolucionario en el mundo, el concepto de revolución, por suerte, inició otra deriva que habría de ser fundamental. Las grandes aportaciones vinieron de nuevas fuerzas sociales y culturales: la teología de la liberación y los movimientos indigenistas comunitaristas, la nueva izquierda europea en sus muchas versiones neolibertarias y culturales, los grandes movimientos antirracistas y decoloniales, los movimientos ecologistas y antinucleares, los movimientos pacifistas, los movimientos contra la represión de las opciones afectivas, y, por último, pero quizás la fuerza más transformadora, el movimiento feminista.

La nueva deriva semántica abandona las connotaciones catastrofistas de cortos periodos de tiempo para recuperar algo que estaba en el origen matemático del término (punto que se mueve en una curva): la revolución como cambio de sentido en la historia. El ciclo revolucionario de los años sesenta fue derrotado de nuevo en todos los planos políticos y culturales. Políticamente dio origen a una serie de dictaduras a lo largo y ancho del planeta. El panarabismo laico dio origen a los fundamentalismos islámicos, el socialismo israelí de los kibutzs a una opresión interminable y un estado militarista, las revoluciones africanas fueron compradas por las multinacionales piratas de los recursos naturales y Latinoamérica se convirtió en un inmenso campo de concentración. Culturalmente, el neoliberalismo, a través de un potentísimo activismo cultural conservador, parecía haberse convertido en el pensamiento único, sin embargo, la semilla de las transformaciones que habían sembrado los movimientos socio-culturales de los años sesenta fructificaron en la sociedad civil produciendo cambios sustanciales en las formas de vida y en los imaginarios sociales. En cierto modo, la revolución social derrotada de los sesenta triunfó parcialmente como revolución cultural.

Lo que llamamos la era del posmodernismo, los años ochenta y noventa, ocultó bajo su superficial victoria de la frivolidad, el consumismo y los ideales neoliberales una inmensa cantidad de movimientos prácticos transformadores en la forma de voluntariados, activismos locales y cambios artísticos. Los grandes movimientos altermundistas de la transición de siglos indicaron que las semillas no habían muerto. El siglo vigésimoprimero trajo consigo nuevos cambios históricos y nuevas derivas en las connotaciones semánticas y prácticas del concepto de revolución. Apareció, como nuevo signo de los tiempos, un cierto sentido de emergencia, de atención a los avisos de los signos de barbarie y destrucción de la naturaleza y la sociedad. En un siglo que ha comenzado con guerras, piratería sin fin de los recursos económicos de los pueblos y de la sostenibilidad de la naturaleza, la idea de revolución, en un siglo sin revoluciones, ha mutado de nuevo acogiendo lo que al fin y al cabo sostiene el cambio de significado: nuevas prácticas y sensibilidades.

El concepto de revolución ya no tiene ni puede contener la idea de un cambio brusco. Es imposible en un mundo globalizado conformado por redes mundiales de interdependencias que hacen imposible el cambio local sin la transformación global. Pero lo contrario de la revolución, ya no catastrofista, tampoco es el uniformitarismo, el modelo de mínimos cambios que van en la dirección del "progreso" hacia la barbarie sin fin.  Las Tesis sobre el Concepto de Historia de Walter Benjamin, escritas en un momento de desesperación, en 1940, bajo el desastre del pacto de la Rusia soviética con la Alemania nazi, se adelantan un siglo en la intuición de un nuevo concepto de revolución.  Benjamin critica con acritud la noción socialdemócrata que convierte la utopía en un "ideal" al que las sociedades se aproximan en un tiempo infinito. Critica igualmente la subordinación de toda la izquierda a la noción de progreso ilimitado e irreversible. La revolución, sostiene, es algo parecido al freno de emergencia que se activa en una locomotora que camina hacia el abismo. Es, siempre, un concepto mesiánico, un impulso de redención de todas las derrotas de los oprimidos de la historia, no una promesa de futuro idílica y falsa. Es, ante todo, un cambio de sentido: de dirección de la mirada y de estructuras básicas del significado, un cambio en las prácticas que es también un cambio en la ontología, que es también y sobre todo un cambio en la cultura, la sociedad, la economía, la historia.

Rosi Braidotti lo ha formulado en el lema de "devenir menos": orientar el curso de las prácticas, las culturas y las sociedades hacia una solidaridad con lo vivo, devenir animales, seres vivos que tratan de sobrevivir en un planeta desgastado;  devenir seres en la diáspora, la emigración, el exilio; devenir mujeres, humanos despreciados y naturalizados; devenir máquinas, recomponiendo una nueva relación con los productos del trabajo humano; devenir precarios vulnerables que saben de su dependencia de los otros. El tiempo de la revolución ya no es el cronos, el tiempo socialmente ordenado por el poder, ni siquiera el kairós de los profetas, a menos que lo excepcional sea ya lo ordinario, sino el aion, el giro de una especie para abandonar la era del Antropoceno.

Benjamin  avisaba de que si las fuerzas oscuras triunfasen aún los mismos muertos estarían en peligro. Todas las fuerzas de resistencia de la historia, tantas veces derrotadas, serán derrotadas definitivamente. Sus luchas habrán sido sin sentido, habrán muerto dos veces a manos de quienes han olvidado sus esfuerzos. La revolución es una obligación con la parte irredenta de la humanidad. Es  empujar la máquina de la historia hacia otro sentido mirando, como el ángel de Klee, hacia un pasado de derrotas y desastres. Es ahora una política de emergencia, un aviso de incendio en la comunidad.








domingo, 9 de diciembre de 2018

El origen de la mente autoritaria





Un viejo debate de la psicología social es por qué, en ciertas circunstancias, gentes que vivíanapaciblemente con sus vecinos se convierten en seres radicales capaces de lo peor.  Los movimientos fundamentalistas, los fascismos, el apoyo implícito a las dictaduras, la crueldad vecinal en los conflictos civiles,… No se entiende muy bien cómo la pacífica Yugoslavia se convirtió en un matadero, por más que se acudan a los imaginarios simbólicos que se usaron en las Guerras de los Balcanes. Los ejemplos son constantes. Las dictaduras no sobreviven solamente mediante la represión y el miedo sino también mediante la polarización, el odio y la conversión de los otros en subhumanos.

Las explicaciones a estos fenómenos cíclicos se han propuesto desde al menos doscientos años. Los autores románticos conservadores intentaron ya explicar las iras de las masas en la Revolución Francesa, pero el problema se convirtió en uno de los objetivos de la psicología social después de los fascismos que recorrieron el mundo, especialmente del nazismo y del apoyo popular que recibió por parte de los alemanes. En los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, algunos autores acudieron a la fusión del psicoanálisis y del marxismo para explicar la mentalidad autoritaria. Aunque ahora ha vuelto un cierto revival de esta corriente, particularmente en las versiones lacanianas que ha popularizado Zizek, la verdad es que el psicoanálisis no ha logrado despegar de un estadio de teoría hermenéutica y figurativa de los fenómenos culturales o de la subjetividad (sin que ello tenga por qué disminuir su importancia cultural y su posible acierto como teoría interpretativa).

En los años sesenta, también, comenzó una larga serie de observaciones experimentales sobre la conducta social de los sujetos bajo ciertas condiciones sociales. Stanley Migram, un psicólogo de Yale que intentaba explicar cómo fue posible el Holocausto, publicó los resultados de un experimento que resultaba en una conclusión muy pesimista sobre la conducta humana bajo condiciones de sumisión al poder y la autoridad. Como es muy conocido, más del 65% de los sujetos del experimento se volvían ciegos al sufrimiento (fingido, pero desconocido para ellos) de una persona que supuestamente era sometida a observación. Preferían seguir las órdenes del experimentador jefe, que les animaba a seguir sometiéndoles a corrientes eléctricas. Los experimentos se replicaron múltiples veces con paralelos resultados.

En los años ochenta-noventa surgió una corriente llamada “psicología evolucionista” que ha tratado de dar una respuesta a ésta entre otras preguntas sobre nuestras tendencias ocasionales hacia la crueldad. Recientemente, una revista divulgativa de psicología experimental, Aeon, publicaba unas hipótesis sobre la presunta naturaleza humana que resumía en estas frases un tanto enfáticas y épicas:
1) Miramos a las minorías y a los vulnerables como menos que humanos
2) A los cuatro años experimentamos placer con la angustia de otras personas
3) Creemos que los oprimidos del mundo merecen su destino
4) Somos estrechos de miras y dogmáticos
5) Preferiríamos electrocutarnos a perder el tiempo pensando
6) Somos banales u sobreconfiados
7) Somos hipócritas morales
8) Somos trols en potencia (bajo anonimia)
9) Favorecemos a líderes inefectivos y con rasgos psicopáticos
10) Nos atraen sexualmente las personas con rasgos oscuros de personalidad

Este decálogo de las miserias humanas resume dos líneas de trabajo diferentes. La primera es la larga serie de resultados de la psicología experimental que han derivado en el estudio de lo que unas veces se llaman “sesgos” o tendencias espontáneas de las reacciones humanas y otras “heurísticas” o procedimientos rápidos de conducta sin la mediación del pensamiento reflexivo. Está bien documentada su existencia, aunque su interpretación y valoración son aún muy controvertidas. La verdad es que son sesgos que bajo ciertas circunstancias pueden derivar en conductas positivas y beneficiosas personal y colectivamente y otras veces en desastres de la humanidad. Por ejemplo, enseñamos a los niños el miedo a los extraños (casi todas las culturas han desarrollado versiones del cuento de Caperucita y el lobo), y consideramos que es bueno que los niños adopten actitudes muy prudentes con las personas desconocidas, sin embargo, en las edades adultas esta actitud espontánea se manifiesta muchas veces en formas patológicas y crueles.

La otra línea de trabajo es la que sigue la citada psicología evolucionista, cuya hipótesis central es que la mente de los humanos se constituyó a la par que el cerebro en el Pleistoceno (un subperiodo del Cuaternario que abarca desde los dos millones de años hasta hace diez mil cuando comienza el Holoceno o Antropoceno). Las presiones evolutivas serían responsables de las tendencias e incluso módulos mentales que constituyen las reacciones elementales de los humanos ante las circunstancias primarias. Entre ellas estarían las señaladas anteriormente.
La psicología evolucionista ha sido criticada con mucha razón y por mucha gente por tratar de naturalizar lo que son reacciones cargadas de historia cultural y de aprendizaje personal en sociedades concretas. La formulación de las tendencias que expresa la lista anterior es un ejercicio de clickbait para atraer la atención. Mucho más peligrosas son algunas líneas de trabajo que han planteado sobre diferencias entre la mente masculina y femenina. Todo ello es cierto. Y sin embargo, tienen razón en que el cerebro es, como todos los demás órganos, un sistema producto de la evolución y muchas de las conexiones que son heredadas genéticamente han sido producto de las erráticas sendas evolutivas de la especie.

Lo que ocurre es que nuestra especie es a la vez una especie social y un producto de entornos culturales que comenzaron ya a ser activos evolutivamente en el Pleistoceno. Y en estos dos entornos, las presiones, como la historia misma, siempre fueron ambiguas y tuvieron que acomodarse a resolver problemas de supervivencia bajo condiciones contradictorias: salvar el grupo y salvar el individuo y sus descendientes, alimentarse y compartir, luchar o huir, reflexionar o reaccionar rápidamente,… El cerebro humano es un órgano de órganos muy plástico y orientado a aprender muy rápidamente pero también ordenado por estas presiones evolutivas contradictorias. La mezcla de las contradicciones inherentes a nuestra caja de recursos cognitivos y emocionales con la ósmosis de la sociedad y cultura es lo que hace que las tendencias reactivas humanas sean tan poco predecibles como ambiguas.

Tenía razón Ortega en que los humanos, más que naturaleza, tienen historia, como las especies que los precedieron. Y la historia es mala maestra porque, como el oráculo de Delfos, siempre emite pronósticos bivalentes. Los sistemas de pensamiento rápido y las reacciones emocionales están cargados de sabiduría, pero a veces, muchas, es una sabiduría engañosa cuando las circunstancias cambian. No solo las reacciones emocionales: nos gustan los dulces y las grasas porque eran fuentes de energía absolutamente necesarias en los largos milenios de cruel escasez en los que sobrevivieron los homínidos, pero el gusto no siempre es el mejor consejero cuando la hiperabundancia amenaza la salud. Lo mismo ocurre con muchas de las tendencias que ahora observamos como sumisión espontánea a la autoridad y al grupo. Fueron centrales cuando la existencia del grupo dependía de la lealtad de sus miembros. Bajo otras circunstancias puede producir el fascismo y los peores crímenes contra la humanidad.

Nuestro cerebro ha sido siempre cultural. Esto  significa que no tenemos una naturaleza animal que luego domina la cultura. Somos animales, animales sociales y animales culturales. Los animales sociales raramente son crueles con los coespecíficos. La crueldad es una creación específica de nuestro tronco evolutivo, como también la compasión por el otro y la solidaridad; también como el esclavismo obligado y la esclavitud espontánea. La cultura es siempre contradictoria. Es el modo en el que una sociedad se reproduce a sí misma con todos sus conflictos y contradicciones.

No hay pues solución fácil al origen del fascismo, la sumisión y la crueldad de masas. Hay presiones sociales que originan epidemias de miedo, sobre todo presiones económicas; hay fallos educativos (no tanto en la escuela como en las familias: el fascismo, el autoritarismo y el patriarcado suelen reproducirse familiarmente); hay manipulación industrial sistémica de los sesgos espontáneos para crear odio y la exclusión; hay hegemonías culturales que crean cegueras al sufrimiento de otros grupos y lealtades acríticas al propio. Las circunstancias que disparan el amok (la ira descontrolada) y la sumisión irracional pueden ser muy variadas, aunque casi siempre consisten en una mezcla de miedo y odio. 

Todo ello es lo que hace tan complicado resolver el tejido de causas que produce la mentalidad autoritaria. El sometimiento a las élites y líderes de forma irracional afecta a todo el espectro ideológico. El miedo a no tener un referente de autoridad es siempre mayor que la responsabilidad de tomar en las propias manos las decisiones sobre el destino colectivo. En la Transición española, no eran pocos los votantes del PSOE que sabían bien del cesarismo de Felipe González y de sus arbitrariedades y tolerancia con el poder económico y, sin embargo, seguían votándole. Lo mismo ocurría con los votantes de Aznar y después de Rajoy. Eran conscientes y sin embargo temían levantar la voz. Desgraciadamente, más a la izquierda, nunca se aprendió tampoco la lección de la autogestión y del socialismo libertario que discurrió como una corriente oculta pero permanente por la historia de la resistencia a las sociedades burguesas. La izquierda no socialdemócrata pocas veces ha dado lecciones de democracia interna. Como ha argumentado convincentemente Ignacio Sánchez-Cuenca, su superioridad moral ha producido paradójicamente inmensas cantidades de autoritarismo, fraccionalismo y crueldad. Si en el lado conservador el miedo produce sumisión, en el lado renovador la ira produce descontrol cognitivo y ceguera a los otros. 

Ahora bien, aunque muy difícil descubrir por qué las sociedades giran hacia el autoritarismo e incluso el fascismo en ciertos momentos, es más sencilla la prevención.  Empezando por el nivel personal. No es difícil, aunque sí doloroso, hacer una exploración en la vida propia y en la  de nuestros allegados cercanos o correligionarios con el objeto de descubrir si nuestras prácticas ya están infectadas de las larvas del autoritarismo. El autoritarismo se muestra en nuestras más íntimas relaciones con amigos, amantes e hijos;  en nuestra indolencia y akrasia  cuando sabemos que tendríamos que hacer algo; en nuestra incapacidad para controlar el miedo y la ira; en las cegueras de cegueras que tenemos a la perspectiva de los otros; en la incapacidad que mostramos para pedir disculpas y reconocer los errores.  Una observación de las tendencias propias hace más fácil entender por qué en ciertos momentos, en ciertos espacios, ciertos grupos sociales desarrollan la enfermedad en sus fases graves e incluso mortales