lunes, 3 de agosto de 2026

La invención del pasado, la negación del futuro.

 


La Odisea  de Ch. Nolan es un completo anacronismo con dioses multiculturales (que habrían sorprendido mucho a Heródoto, quien observaba que los dioses son de la raza de quienes los profesan) y un Ulises arrepentido de su violencia. El arrepentimiento entró en el mundo occidental con el cristianismo tardío, al compás de la idea de perdón. No cabe pensar en un héroe militar premoderno arrepentido de sus violencias, que habría considerado parte de lo hechos naturales. El anacronismo es también una estrategia retórica muy moderna, como nos enseña Zacharias S. Schiffman en su conspicua y perspicua obra The Birth of the Past (2011). ¿Cuándo el pasado dejó de ser lo que antecede al presente y se convirtió en un territorio extraño, del que no había que fiarse mucho y sobre el que se proyectan todo tipo de desconfianzas?

Como suele ocurrir tantas veces, los procesos de la cultura y la incorporación de estos procesos en la vida cotidiana conllevan periodos largos de tiempo en los que se producen vaivenes y cambios en la doble dirección de transformaciones en las prácticas y transformaciones en los conceptos con los que se trata de entender estas prácticas.

Marx lo había entendido muy bien al narrar la Revolución de 1948 en Francia:

Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidos por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República Romana y del Imperio Romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá la tradición revolucionaria de [409] 1793 a 1795. Es como el principiante al aprender un idioma nuevo lo traduce mentalmente a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lengua natal.

 

Las grandes transformaciones históricas del Renacimiento, la colonización de territorios lejanos, el ascenso de la burguesía a la hegemonía mundial, la emergencia de los conflictos abiertos de clase en el siglo XIX, las novedades de las transformaciones tecnológicas, …, todos estos cambios que asociamos con la modernidad no solo produjeron la separación de la conciencia del espacio y la del tiempo, sino que el tiempo pasado se convirtió en un territorio tan extraño como el de las culturas y civilizaciones que se estaban descubriendo e invadiendo. Junto a la geografía como ciencia imperial surgía la historia como exploración escéptica del pasado. También la filosofía, en tanto que la escisión entre apariencia y realidad hacía de lo real otro territorio extraño e inaccesible.

Los humanistas del Renacimiento discutían a la vez los textos del pasado y los conflictos del presente: la Biblia, los textos grecorromanos y árabes, pero también el derecho de gentes, la pertinencia del regicidio. Como indica Marx, se producía una conciencia de posibilidades de agencia cultural y política y un intento de refugio en el pasado que progresivamente iba siendo descubierto como poco fiable. La república de las letras estaba amenazada en su respeto a los textos del pasados por la desconfianza sobre su capacidad de enseñanza. Cervantes, ya en el Barroco, captó bien la tensión a la que habían sido sometidos los humanistas:

La famosa frase «la verdad, cuya madre es la historia» proviene del capítulo IX de la primera parte de Don Quijote de la Mancha está construida sobre el conflicto que traía el nuevo concepto de historia y clasicismo y el concepto de la historia de Cicerón:

Si a esta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos; aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y ansí me parece a mí, pues cuando pudiera y debiera estender la pluma en las alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria las pasa en silencio: cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y nonada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

El capítulo IX es, desde mi punto de vista, el más extraño, central y novedoso de El Quijote. La narración se rompe en la pelea con el vizcaíno y de improviso el extraño narrador nos lleva a una meditación sobre lo que está contando y a una reflexión sobre por qué un caballero como el Quijote no tenía alguien que siguiese y escribiese sus aventuras. Y en un salto asombroso pasa a un metarrelato en el que nos cuenta su descubrimiento de que esa historia ya estaba escrita:

Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con carácteres que conocí ser arábigos. Y puesto que aunque los conocía no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyese, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua le hallara. En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y, leyendo un poco en él, se comenzó a reír.

Preguntéle yo que de qué se reía, y respondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese, y élX, sin dejar la risa, dijo:

—Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: «Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha»25.

Cuando yo oí decir «Dulcinea del Toboso», quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote.

El narrador encuentra que en el cartapacio está representada la batalla entre don Quijote y el vizcaíno y duda de su verosimilitud, pues el presunto autor de esta historia es al parecer un “arábigo” de quienes se desconfía de su verosimilitud narrativa. Es entonces cuando escribe el párrafo sobre la verdad y la historia.

Cervantes define la historia como «émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir». Se apoya directamente en la definición clásica de la historia que dio Cicerón en su obra De oratore  («Historia vero testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nuntia vetustatis»). La cita era un clásico del humanismo, que Cervantes adapta a su propia visión sobre la verdad y la ficción literaria. En apariencia, solo estaría traduciendo y embelleciendo el tópico pero las sutiles diferencias muestran una subversión filosófica brillante: 1) Cicerón llama a la historia «lux veritatis» (luz de la verdad). La verdad es una entidad absoluta e inmutable que ya existe en el mundo. La historia es simplemente la linterna que la ilumina para que los hombres puedan verla. Cervantes escribe que la verdad es aquella «cuya madre es la historia». En este cambio sostiene que la historia no ilumina una verdad preexistente, sino que la engendra. La verdad pasa a ser un producto del relato, una construcción narrativa. Lo que consideramos "verdad" es simplemente aquello que la historia ha decidido parir y registrar. 2) Cicerón considera la historia como «nuntia vetustatis» (mensajera de la antigüedad) y «testis temporum» (testigo de los tiempos). Es una visión pasiva y noble: la historia es un vehículo que transporta los hechos intactos desde el pasado hasta el presente. Cervantes mantiene lo de "testigo", pero añade que la historia es «émula del tiempo». Emular significa imitar compitiendo. Para Cervantes, la escritura (la historia) no es un mero mensajero dócil; está en una batalla constante contra el tiempo destructivo (el tempus edax clásico). El relato compite con el tiempo intentando congelarlo, reescribirlo y, en última instancia, vencerlo a través de la memoria escrita. 3) Cicerón sostiene que la historia es «magistra vitae» (maestra de la vida). En la República romana, la historia tenía un propósito cívico y pedagógico claro: enseñar a los ciudadanos la virtud a través de los grandes ejemplos del pasado (los exempla). Cervantes amplía esta idea en «ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir». Cambia la figura sosegada de la "maestra" por palabras llenas de alerta: aviso y advertencia. El pesimismo barroco ha aprendido que la historia ya no es una lección idílica de virtud sino un campo minado de errores humanos.

Que Cervantes haya unido su asombrosa invención metanarrativa (en la segunda parte volverá a hacerlo cuando el personaje se considere el “verdadero” Quijote frente al de Avellaneda) a su discusión sobre la historia hace de El Quijote un claro testimonio de que el pasado y el futuro han dejado de ser lineales y se han convertido en territorios extraños: el pasado puede enseñar, pero no es confiable del todo; el futuro es un ámbito de riesgo en el que el sujeto moderno se juega sus planes y la vida.

Entre el Renacimiento y el Barroco se han producido fértiles intercambios entre las prácticas sociales y la experiencia histórica, de un lado y, de otro lado, la conciencia cultural en la que los conceptos tratan de atrapar esos cambios. Se están instaurando modos de entender la relación con el entorno y de vivencia de la temporalidad bajo una niebla de ansiedad epistémica por cómo actuar en un mundo de incertidumbre sabiendo que la responsabilidad ya no está en los dioses ni el destino sino en la habilidad para producir cambios y resultados.

Experiencias de conquistas militares, de avances científicos y técnicos, pero también de naufragios, violencia y crisis económicas. Nacen las prácticas de control del riesgo en la incertidumbre: los seguros, préstamos a interés, juegos de bolsa. Nace también la “república de las letras”, las nuevas asociaciones e instituciones científicas, literarias y las escuelas y universidades renovadas. La historia de la modernidad es larga. La “modernización” es el nombre que damos al ascenso de la burguesía a la hegemonía mundial, a las varias revoluciones científicas, tecnológicas y también sociales. La relación entre la ansiedad epistémica por la verdad y la experiencia de la temporalidad no disminuye en este proceso sino que se amplía y profundiza en la era de las revoluciones decimonónicas y la Escuela de la sospecha (Marx, Nietzsche, Freud), pero si hubiese que elegir otro testimonio de estos cambios, nadie como Jorge Luis Borges en su cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, Ficciones (1939) y su lectura revolucionaria de la frase cervantina. En este relato, Borges imagina a un escritor francés del siglo XX, Pierre Menard, que se propone una tarea titánica y absurda: no copiar, ni transcribir, sino escribir de nuevo el Quijote palabra por palabra, línea por línea, pero a partir de sus propias vivencias como hombre moderno:

El método inicial que imaginó era relativamente sencillo. Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes. Pierre Menard estudió ese procedimiento (sé que logró un manejo bastante fiel del español del siglo XVII) pero lo descartó por fácil. ¡Más bien por imposible!, dirá el lector. De acuerdo, pero la empresa era de antemano imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a término, éste era el menos interesante. Ser en el siglo XX un novelista popular del siglo xvii le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo -por consiguiente, menos interesante- que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard

Para demostrar que el Quijote de Menard es "infinitamente más rico" que el de Cervantes a pesar de ser tipográficamente idéntico, Borges utiliza precisamente el pasaje de la historia y la verdad:

Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo:
... la verdad cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
Redactada en el siglo XVII, redactada por el «ingenio lego» Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:
... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
La historia, «madre» de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales -«ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir»- son descaradamente pragmáticas.

El narrador nos pide leer la misma frase imaginando que la acaba de escribir un intelectual francés del siglo XX, contemporáneo del filósofo pragmatista William James. Al ser pensada en el siglo XX la frase se resignifica filosóficamente. Borges señala que la idea de que la historia es la "madre" de la verdad ya no es retórica, sino una declaración epistemológica radical.

La verdad histórica, lo ha resumido, resume Borges, “no es lo que sucedió sino lo que se cree que sucedió”. La historia ha pasado a ser información y dejado de ser conocimiento. El pasado se abre al anacronismo como instrumento cultural y político:

Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure a madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?

El pragmatismo parece haber resuelto la ansiedad epistémica del Barroco y ha transformado el pasado en un territorio moldeable. ¿Y el futuro? El futuro sigue siendo el reino de la incertidumbre, pero la modernidad ha sustituido la vieja figura del héroe por la del explorador, aventurero y jugador. Nada se logra sin arriesgar, sin convertir el futuro en presente. El futuro se trata de dominar como se domina el pasado, pero antes hay que exorcizar las posibilidades tenebrosas, crear un futuro que sea continuidad del presente mediante prácticas de seguridad o, cuando sea imposible, sustituyendo la aspiración a la certeza por probabilidad y verosimilitud, el temor por la confianza. Es la era de la información como sustituto del conocimiento.






domingo, 26 de julio de 2026

La sabiduría que perdimos en el conocimiento. El conocimiento que perdimos en la información.

 



Escribió T.S. Eliot estos versos en su poema “El coro de la roca”: “¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir? / ¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? / ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?”. Versos melancólicos que nos hacen mirar al pasado imaginando que hubo tiempos dedicados a la vida y al conocimiento. Pero no es melancolía ni pasado, sino daño y presente de lo que están hablando estos versos. De un presente en que nos ha sido expropiada la vida, la sabiduría, el conocimiento y nos ha dejado como náufragos en un océano de información donde nuestra balsa parece estar al albur de las oleadas de datos que van y vienen. Digo “nos” de una forma muy inclusiva intergeneracional e interseccionalmente hablando. Se trata de un orden que opera en nuestra civilización desde la materialidad económica a la cultural, a la estructura de sentimiento y a las constelaciones conceptuales y que la ha ido invadiendo y transformando desde hace un siglo.

En las entradas del Blog anteriores he desarrollado los cambios en las formas del neoliberalismo desde el fordismo hasta su variedad actual del muskismo, donde se produce una fusión entre el neoliberalismo tradicional y las nuevas formas de supremacismo nacionalista, una suerte de fusión entre dos ideologías y culturas que tradicionalmente estaban separadas, por más que les uniese su desprecio a toda forma de igualitarismo y políticas de solidaridad. Al compás y en interacción con estos cambios se han producido otros en el marco ontológico de las ciencias que han permeado hasta las legitimaciones sociales de estas políticas. Me refiero a la entrada de la noción de información en todos los estratos de la cultura y el conocimiento, de modo que puede hablarse de una tercera revolución científica si consideramos que la primera Revolución renacentista y barroca dio origen a las ciencias físicas, la segunda, en el siglo XIX, dio paso a todas las ciencias basadas en la energía: la termodinámica, bioquímica, biología junto a la formalización de las matemáticas. La información nació en el contexto de la ingeniería de comunicaciones para medir cuánta señal puede enviarse a través de un canal sin perturbaciones de ruido, de modo que podríamos decir que se trata de un proceso de transmisión de un patrón de energía en el que medimos cuánta señal se produce en la fuente, cuánto ruido perturba la transmisión y cuánta señal llega al receptor. Para expresarlo rápida y simbólicamente, siendo F la señal en la fuente, I la información recibida por el receptor y R el ruido o perturbación, I = F- R.

Esta idea de la información como una cosa (un paquete ordenado de energía en diversas formas, electromagnéticas principalmente) pareció al comienzo un término del arte confinado a los técnicos encargados de radio, teléfonos, grabación de sonido e imagen o televisión. Por supuesto, en tanto que estos artefactos comenzaron a formar parte de los nichos técnicos de la vida cotidiana de comienzos del siglo XX, el concepto se convirtió también en algo cada vez más extendido.

Como muchas otras cosas, la guerra, la II Guerra Mundial cambió de forma radical las cosas, en particular cuando comenzaron a emerger los primeros dispositivos basados en el procesamiento de señal. Primero en criptografía, más tarde en los primeros computadores. Turing y von Neumann, dos de los mayores genios de la historia de la ciencia, dieron categoría científica al concepto de información al independizarlo de la teoría de la señal y convertirlo en el centro de la nueva ciencia de la computación y el procesamiento de símbolos. Aparecieron las primeras máquinas capaces de realizar físicamente operaciones formales que se suponían información codificada.

El concepto de información despegó entonces a una velocidad parecida a los nuevos cohetes y misiles estratosféricos y produjo una transformación profunda en todas las ciencias, pero especialmente en las ciencias sociales: la economía, la teoría de organizaciones y, sobre todo, en psicología.

Centremos la atención en una de las líneas paralelas de cambio: el de la imagen de lo humano, del ser humano. Hasta los años cincuenta y sesenta, competían dos, quizás tres, grandes tradiciones en psicología: la primera, la psicología asociacionista que se remontaba desde Aristóteles a Locke, Hume y ahora Piaget, según la cual la mente era un sistema que asociaba experiencias sensoriales y corporales convirtiéndolas en estructuras abstractas, conceptuales. La segunda, la psicología conductista, abandonaba la idea de la mente y el contenido mental para centrarse en patrones de respuesta, más o menos condicionada, a estímulos más o menos estructurados. En medio quedaba la tradición psicoanalítica que reivindicaba la mente como una suerte de reacción estructurada a impulsos energéticos del cuerpo en forma de fuerzas emocionales. La irrupción de la información volvió obsoletas estas dos tradiciones (y media): la mente era, por una parte algo muy físico, un ordenador húmedo, un procesador de información que trataba símbolos sobre una base de centenares de pequeños procesadores muy lentos, las neuronas, y sus múltiples conexiones, las sinapsis, en las que estribaba la sorprendente capacidad de la mente para el tratamiento de palabras, imágenes, esquemas sensoriomotores etcétera. El dualismo mente cuerpo, alma cuerpo en la versión religiosa, que llegaba desde la profundidad de la historia quedaba ahora transformado en el dualismo entre símbolo y códigos simbólicos y base material de procesamiento. Lenguaje, imágenes, cálculo racional, todo era producto de los procesos simbólicos internos al cerebro. Como describía bien la lógica formal y la ciencia computacional, el conocimiento era aquí la parte de la información procesada bien fundada en el contacto con el mundo: creencia verdadera y justificada. Basada en un hecho verdadero al ser procesada y en una lógica interna que conservase la verdad en los procesos de inferencia.

Esta metáfora neocartesiana era reflejada especularmente por los cambios que se estaban produciendo en la economía neoclásica. Si el cerebro era un sistema de sistemas de procesadores de información que producía significados a partir de estímulos, el mercado era así mismo un procesador eficiente de los intereses de vendedores y compradores, productor de equilibrios entre oferta y demanda, entre producción, precios y consumo. Cuando se fundó la sociedad Mont Pelerin, que tan influyente sería en las décadas posteriores de los años cincuenta, sesenta y setenta y en los momentos de hegemonía del neoliberalismo, esta correspondencia entre cerebro y mercado, entre cuerpo y sistema de producción y consumo, parecía la solución perfecta a todos los grandes problemas metafísicos tradicionales. Más que la posmodernidad, fue el neoliberalismo en economía, sociedad y psicología cognitiva, la gran puerta a la era postmetafísica.

La información y no el conocimiento y menos aún la sabiduría se habían instalado en la élite de las ciencias sociales, en lo que Thomas S. Kuhn llamaría el vértice de autoridades de la pirámide humana de un paradigma: el representacionalismo computacional. La mente como procesador de información, el mercado como procesador de información.

Las cosas habrían de cambiar, sin embargo, cuando comenzaron a aparecer anomalías o enigmas tanto en el modelo de comportamiento humano como en el modelo neoclásico económico. Se trata de los rompecabezas que surgían de las evidencias obtenidas en algunos departamentos de economía y psicología experimental sobre las limitaciones serias de la racionalidad humana.  Se trataba de lo que Daniel Kahneman y Amos Tversky llamaron "heurísticas" o formas de razonamiento rápido que, si bien podrían ser eficientes en algunos casos, eran a todas luces matemáticamente defectuosas de acuerdo con las reglas de racionalidad que estaban supuestas en el modelo de agente autointeresado de los modelos clásicos. Herbert Simon comenzó a postular una racionalidad limitada en el comportamiento de los agentes. ¿Cómo integrar este razonador defectuoso con los grandes modelos matemáticos?

Hayek tenía la respuesta y, de hecho, estaba ya implícita en sus primeros escritos. Para él lo importante y relevante era que el productor-consumidor tuviese solo un conocimiento parcial del mercado. En otro caso tendería a manipularlo (o planificarlo, que era su temor). Basado en conocimientos deficitarios, el mercado sí se convertía entonces en un procesador eficiente. La mano oculta que arreglaba como virtudes públicas los vicios privados. La economía absorbió muy pronto tanto las interpretaciones de la racionalidad humana deficitarias como la idea de mercado como procesador de los intereses de agentes poco racionales. El precio fue muy alto aunque se mantuvo en la sombra sin dar cuenta de lo que significaba. Se trataba de pensar el mercado, así como todos los procesos sistémicos, como procesadores de información o de creencias sin ninguna referencia a si eran verdaderas o si portaban conocimiento. Toda la teoría de juegos y los modelos económicos abandonaron toda pretensión de verdad y conocimiento para referirse solamente a expectativas de agentes bajo incertidumbre. Como el resultado era que ya no se podía garantizar un único equilibrio, los economistas se erigieron en consejeros y expertos en “predecir” las elecciones más eficientes. Había nacido una nueva era, la de los expertos en el cálculo de expectativas sin que eso tuviese que ver con la “economía real”. Había nacido la era de los productos financieros, de las movilidades de capital basadas, como nubes de estorninos, en movilizaciones, casi siempre dirigidas por “expertos”, de expectativas, miedos, ansiedades y deseos. Estos nuevos expertos se postularon y ocuparon de arreglar lo que se habían descubierto como fracasos de mercado, es decir, de la gestión eficiente de bienes públicos y comunes para los que no se podían aplicar los modelos de racionalidad perfecta o, si se hacía, generaban peores equilibrios. Por ejemplo, los mercados de bienes educativos, de salud o de sostenibilidad climática y energética. ¿Cómo ejercer el nuevo poder de los economistas, instalados ahora no solo en los grandes departamentos de econometría sino también en las agencias de consultoría y en las direcciones de las empresas? Nació así una nueva “ingeniería” social que llamaron “diseño de mercados” y “diseño de mecanismos”. La palabra mágica fue incentivos. Consultores y gerentes comenzaron a orientar a los agentes sobre sus deseos y acciones mediante sistemas de premios y castigos. Recuerdo, por ejemplo, cómo las universidades comenzaron a usar sistemas de incentivos económicos para animar la competitividad y la producción de papers, a seleccionar el “capital humano” atrayendo “talento” mediante incentivos que, a su vez atraerían capital real en forma de contratos y proyectos gubernamentales.

Otros muchos teóricos extendieron estos modelos de eficiencia bajo condiciones de incertidumbre y ajenas al conocimiento a todos los aspectos de la vida. Por ejemplo, Gary Becker lo extendió a la vida de familia, incluidas las elecciones de pareja. Se dejó de hablar de trabajadores para hablar de “capital humano”, poseedor de cúmulos parciales de rutinas y habilidades. Otros extendieron este modelo computacional bajo condiciones de incertidumbre al mismo cerebro, al que cabría aplicar también un modelo similar al mercado: fue la picoeconomía, que trataba de las “negociaciones” internas de estados psicológicos, emociones y proyectos de vida.

La información se fue asentando primero en psicología cognitiva, más tarde en la economía teórica y el diseño de mercados y ya recientemente en la vida política. Las políticas populistas, por ejemplo, lejos de ser una vuelta a formas más primitivas de política se convirtieron en producción de emociones colectivas a través de la manipulación técnica de la información, de la distorsión de los hechos y del diseño de mercados electorales. “Inunda el territorio de mierda” promovía Steve Bannon, uno de los más conocidos nuevos gestores del populismo neoconservador. Donald Trump aprendió el arte de la manipulación de la información en su época de comunicador mediático y lo aplicó a sus conocidas reglas y a sus métodos de “negociación” económica y política.

Este nuevo paradigma científico, esta nueva civilización de la información no es sino un producto de las ingenierías de procesamiento de la información enmascaradas como teorías científicas. Por suerte, como suele ocurrir en la ciencia, otros paradigmas o programas de investigación científica entraban en competencia con el hegemónico. Lo que llamamos post-cognitivismo, las recuperaciones de la corporeidad y los conceptos ecológicos de organismo, las otras formas de economía institucionalista y los modelos de gestión de los comunes como casos históricos prácticos ensayados por la humanidad a lo largo de las eras. Queda para otra entrada sobre el conflicto y la disputa por el lugar del conocimiento y por la epistemología en la sociedad contemporánea.


sábado, 18 de julio de 2026

La cara oscura de las agencias híbridas (III): El conflicto del valor y el conocimiento en la era del muskismo

 


En 2006, el pensador político ultraconservador Charles Murray explicaba cómo combatir el igualitarismo en el que convergían los diversos movimientos sociales desde los años cincuenta y sesenta: "«Durante los últimos cuarenta años», dijo, «el grito de guerra de la izquierda ha sido la “igualdad”». La ciencia asestará el golpe de gracia a esta reivindicación. «El crecimiento explosivo de los conocimientos genéticos», afirmó, «significa que en pocos años la ciencia demostrará de forma definitiva y precisa en qué consiste exactamente la diferencia entre mujeres y hombres, entre negros y blancos, entre pobres y ricos o, por lo demás, en qué se diferencian los holandeses de los italianos». Si el enemigo, en su esencia, era la reivindicación de la igualdad humana,la ciencia le asestará el golpe de gracia. La confirmación de las diferencias grupales inerradicables dejará un vacío en el universo moral de la izquierda», predijo Murray. «Si la política social no puede basarse en la sobre la premisa de que las diferencias entre grupos deben ser eliminadas, ¿sobre qué puede construirse entonces? El mismo año en que pronunció la conferencia, argumentó en uno de sus escasos artículos revisados por pares que la persistencia de las diferencias de inteligencia entre negros y blancos hacía insostenible la acción afirmativa.” Charles Murray “2006 Atlas Freedom Dinner Keynote Address” Atlas Highlights (Invierno2006-2007) p.15.

La filosofía de la ciencia y la epistemología se han convertido sin pretenderlo en el territorio en conflicto cultural del siglo XXI, como la estética y la gran cultura lo fue en el siglo pasado en la era posmodernista. No es por casualidad. Los poderes del mundo han aprendido el mantra de la "construcción social de la verdad" y ahora desean poner el edificio en sus tierras. Nunca fue tan urgente la necesidad de repensar el lugar del conocimiento en la vida humana y en la constitución de la sociedad. Nunca fue tan necesario situar la experiencia y la evidencia en el centro de gravedad de la esfera de la comunicación. Slobodian lo explica bien en su libro del año pasado Hayek's Bastards: Race, Gold, IQ and the Capitalism of the Far Right. El neoliberalismo tradicional (“neoliberalismo” es un adjetivo que se adscribió a sí mismo el movimiento promovido por la Mont Pelerin Society fundada en 1947 por Friedrich Hayek para luchar contra la planificación estatal y el comunismo en general), el neoliberalismo tradicional, digo, entrañaba una idea de “metamercado”: el mercado es un sistema de información insuficiente, que funciona bien si nadie tiene demasiado conocimiento, si se actúa básicamente por las prescripciones de la situación económica y los intereses inmediatos. Es muy eficiente produciendo equilibrios de Nash, pero no sobrevive por sí mismo. Necesita un Estado poderoso orientado a la defensa del mercado con todos sus poderes. La catástrofe, sostenía estaba en la utopía de la planificación y en el intento de resolver por arriba los “problemas sociales”, básicamente la desigualdad en sus muchas formas. Respecto a las formas de vida el neoliberalismo era bastante liberal en ideas religiosas, y costumbres cotidianas. En cierta forma se oponía a estilos de estatismo ultraderechista o fascista, que caerían cerca de sus críticas al socialismo. Coincidía con el pensamiento ultraconservador en la defensa de la familia y la comunidad, siempre dentro de un orden social respetuoso con la ciencia, e incluso, como defendían Popper y Michael Polanyi (el hermano conservador de Karl Polanyi, el autor del gran análisis del capitalismo La gran transformación), la “república de las ciencias” era el mejor modelo de orden social, basado en la mezcla de crítica y autoridad.

El neoliberalismo llegó a ser en el siglo XX algo más que una ideología, fue un modo efectivo de organizar la sociedad y el capitalismo fordista. La Escuela de Chicago de Milton Friedman, la presidencia de Ronald Reagan y de Margareth Thatcher, la economía de Chile bajo Pinochet, las políticas impositivas del FMI y del Banco Mundial, la debacle de la URSS, … Fue una reorganización total del del Mundo hasta el punto de creer que ese triunfo era definitivo, el “fin de la historia” que parecía el horizonte a comienzos de los años noventa. Sin embargo, estaban ocurriendo también otros cambios de fondo que, como suele ocurrir en la parte de abajo de la sociedad eran poco visibles. Me refiero a movimientos sociales que desde los años sesenta estaban creando lentamente otras maneras de vivir, de valores y de concepciones de la sociedad. Había mucha teoría por medio, pero sobre todo fueron transformaciones en las mismas prácticas sociales.

Sí, hubo mucha literatura entre los sesenta y ochenta: críticas la marxismo tradicional, de apoyo a los procesos y luchas descoloniales, varias olas de feminismo en pocos años, una nueva concepción de la naturaleza y de la sostenibilidad, desde las alarmas del Club de Roma, pero los procesos prácticos estaban en otras partes: mujeres negras e indígenas que echaban a los maridos abusones de casa y se encargaban solas de los hijos, emigrantes que aprovechaban para iniciar otra vida, multitudes que abandonaban los partidos de izquierda clásicos para hacer otras cosas, a veces políticas, a veces impolíticas como el rock, pero no menos efectivas, autoorganizaciones por todo el mundo para defender tierras, bosques, lagunas o cualesquiera partes de los sistemas ecológicos amenazados, en fin, no se notaba demasiado a efectos políticos, solo en los planos culturales de la vestimenta, el consumo, las historias de vida. En los noventa nació una generación hija de aquella de los sesenta. Gente aparentemente escéptica, apolítica o con posiciones estéticas y esteticistas simbólicas, oyentes de músicas sin la rabia superficial del rock, pero a veces mucho más desoladoras. Todo parecía integrado salvo que habían cambiado las estructuras de sentimiento. Las mujeres habían aprendido de sus madres, los trabajadores comprobaban la inutilidad de la promesa del fordismo de tener un futuro en la empresa, viajaban, tenían delante el gran espectáculo de la globalización y la emigración de masas. Radio Futura cantaba lo que para mí fue el himno de aquello que ocurría desde la movida a una generación de milenials:

Te diré lo que ocurrió
al pasar por la Puerta del Sol

Yo vi a la gente joven andar
corta el aire de seguridad
en un momento comprendí
que el futuro ya está aquí.

Y yo caí enamorado de la moda juvenil
de los precios y rebajas que yo vi
enamorado de ti.

El halo de posmodernidad ocultaba transformaciones profundas: gente que en su escepticismo escondía maneras antiautoritarias por no decir que ácratas, que, como siempre, desesperaban a sus padres. Nadie imaginaba que algo pasaba en el mundo. Había que tomar la perspectiva y escala de un satélite para observar los movimientos del hormiguero.

El surgimiento de las movilizaciones antiglobalización constituyó el primer indicador inequívoco de la resistencia transnacional contemporánea. En este contexto, la Conferencia Ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC) de 1999, celebrada en Seattle, representó un punto de inflexión paradigmático en la consolidación del movimiento por la justicia global. Se estima que una coalición heterogénea de entre 40 000 y 60 000 manifestantes —que aglutinaba contingentes sindicales, ecologistas y anarquistas— logró interrumpir las deliberaciones institucionales. A nivel ideológico, el movimiento articuló una crítica estructural a la globalización corporativa, denunciando que entidades supranacionales como la OMC, el Banco Mundial y el FMI priorizaban la acumulación de capital en detrimento del medio ambiente y los derechos sociolaborales. En términos tácticos, las movilizaciones destacaron por su descentralización y la hibridación de repertorios de acción, abarcando desde el bloqueo no violento de infraestructuras y las marchas sindicales masivas, hasta la acción directa ejecutada por el «bloque negro». Por su parte, la respuesta coercitiva del Estado, caracterizada por el uso de agentes químicos y fuerza física de manera indiscriminada, desencadenó una crisis institucional que culminó con la declaración de emergencia civil y la dimisión del jefe de policía de Seattle. Paralelamente, los activistas innovaron a través de la creación de redes de medios independientes, eludiendo la hegemonía mediática corporativa. En definitiva, el legado histórico de estas jornadas resulta insoslayable, al sentar las bases metodológicas para la organización política del siglo XXI y erigirse como antecedente directo de movimientos posteriores como Occupy Wall Street, las campañas de Bernie Sanders y Black Lives Matter.

La alarma había sido disparada por estas nuevas formas de agencia colectiva no contempladas por el pensamiento conservador más que como “marginales”, centrado en las formas de la Guerra Fría.

El pensamiento reaccionario ocurre después de las revoluciones bajo un régimen de ira para impedir que vuelvan a ocurrir. La Santa Alianza en la Europa post- Revolución francesa, el militarismo tras la Comuna, el fascismo tras la Revolución rusa. Ahora todo era diferente y poco comprensible. Del 2000 al 2010 todo se articuló alrededor de un nuvo enemigo más interior que exterior: “Terrorismo”. Se fusionó el terrorismo islámico, los restos de movimientos guerrilleros de los sesenta y ochenta (y sus continuaciones en Irlanda y País Vasco) con los movimientos que eran tan difíciles de entender aún. Fue un poderoso movimiento ultraconservador que estaba destinado a fracasar (en España quedan aún restos, lo que Slobodian llama “paleos”). Por una parte, la complejidad de las batallas de Oriente Medio y sus proyecciones internacionales (recomiendo el libro equilibrado y nada de izquierdas de Christopher Pillips, Campo de batalla. Diez conflictos para explicar el nuevo Oriente Medio (2026)) fueron desvelando la conciencia de que “terrorismo” era un mal concepto para englobar todo. Por otra parte, la Primavera árabe, los movimientos Ocuppy (15M), las manifestaciones feministas, el nuevo poder de los partidos verdes, y, sobre todo, la crisis económica del 2008, que había desvelado las entretelas de la globalización financiera, lograron la sustitución del modelo ideológico del contraterrorismo por otro nuevo.

Es lo que Solobodian ha denominado “nuevo fusionismo” : había comenzado a ser teorizado en los años noventa, cuando comenzaron las llamadas “Guerras de la ciencia”. Se trata de la fusión entre el pensamiento ultraconservador, comunitarista, integrista, en el que la religión expresa todo lo que se rechaza de la modernidad, con el neoliberalismo de Mont Pelerin, el neoliberalismo de los años ochenta, para el que la religión y la comunidad eran datos instrumentales, para nada centros de gravedad del proyecto mundial neoliberal. Como explicaba el primer párrafo de este texto, la base de la fusión fue robarle a la izquierda y a los movimientos sociales el fundamento de sus luchas por la igualdad. Si se podía demostrar que las diferencias entre humanos, géneros, etnias, eran naturales, estaban inscritas en la mente que había evolucionado en el Pleistoceno dando lugar al tronco humano, se les robaría también lo que era el lema que había puesto de moda David Graeber en los movimientos Occupy: “somos el 99%”:

“El giro hacia la naturaleza por parte de los nuevos fusionistas y los ‘paleos’ está marcado por tres elementos duros: una naturaleza humana programada en el hardware, fronteras rígidas y dinero duro. Implicaba una búsqueda de orígenes en la sabana tanto para una humanidad universal como para una humanidad escindida por diferencias de grupo. Se manifestó en el énfasis en los prerrequisitos culturales extraeconómicos necesarios para el funcionamiento de una sociedad de mercado, dando lugar a una idea que yo llamo etnoeconomía, junto al término más común de etnostado. Ello implicó la reformulación de la humanidad como ‘clases cognitivas’, o, como yo las llamo, neurocastas, ya que se afirmaba la inteligencia como el nuevo mecanismo de clasificación para una sociedad postindustrial. El retorno a la naturaleza también se manifestó en una fe en la superioridad del oro como medio de intercambio y como reserva de valor en tiempos de incertidumbre: una forma de dinero que queda validada no solo por la historia y la economía, sino también por la antropología, la psicología y su efecto sobre la moral.” (Slobodian, Hayek’s Bastards, p. 23).

Todo lo que quedaba ya era centrar la Guerra de las ciencias en el corazón de la guerra cultural. Las muchas teorizaciones de la izquierda contra la “naturalización” y en pro de la construcción cultural y social se mostrarían ahora como reacciones anticiencia, como irracionalidades. El neofusionismo entre neoliberalismo y ultraconservadurismo, ahora tenía ya un proyecto político. Faltaba el uso de los mismos instrumentos que habían nacido en la izquierda y que recibían la herencia de Gramsci: era necesaria una convergencia de todo el poder tecnológico, mediático en la construcción de un nuevo intelectual orgánico. La Iglesia, las iglesias, tal como Gramsci había pensado en Italia, ahora ya eran solamente un pequeño instrumento, cada vez reducidas más al público adicto o a la desmovilización de la emigración a través de las técnicas emocionales evangélicas y de otros movimientos similares. Se compraron cadenas de prensa, radio, televisión, se pagaron generosamente a divulgadores científicos, a periodistas e influencers, se pusieron en marcha bots y multitudes de trols, se creó en una década y media un movimiento mundial en el que, primero, la caricatura de lo wok, después, su manipulación científica, más tarde la instrumentación a través de conspiraciones internas en los aparatos de los Estados sirvió, sirve, como estrategias de reacción y prevención de la agencia de los de abajo. Desde el Tea Party, MAGA, a la escalada al poder político de la ultraderecha, el nuevo movimiento cultural se unió la desmontaje de la parte de la globalización que sobraba.

Lo woke ahora ya se trata como “socialismo” o “comunismo”. Se usan la geoestrategia y competición tecnológica como un instrumento de reconstrucción del orden mundial. La vuelta a un segregacionismo cultural entre “ellos” y “nosotros”, en una inmensa división de trabajo de castas (supremacía blanca-blanca, supremacía blanca-morena, supremacía cristiana, hebrea, hindú,…).

¿Cómo se desarrolla en este contexto la agencia híbrida en las nuevas subjetividades? Generaciones enteras han nacido ya en esta era de la polarización y la división del mundo bajo nuevos nacionalismos en los que “nación” significa “nación purificada” del enemigo interior, de todo rastro de castas marginadas, de zurdos y zurdas, de gente nativa en el ideal de la supremacía tecnológica, en la confianza no ya en la experiencia directa del mundo, ni en la ciencia al viejo estilo, sino en la ciencia filtrada por el aprendizaje automático, acoplado a nuevas estrategias de polarización profunda, de disolución de la vieja idea de conocimiento y su sustitución por la opinión fundada tecnológicamente. La doctrina del shock ha arrinconado (por el momento) a los grandes movimientos sociales anti-neoliberales a un cierto pasmo y ansiedad emocional, a un cierta melancolía y a la resignación a la caricatura, como ocurre con la adolescente o el adolescente bajo bullying e intimidación en el colegio. Suicidios de rockeros en los años setenta fueron imitados por algunos críticos culturales, como si la esperanza hubiera desaparecido del mundo.

La centralidad de la epistemología en la guerra cultural, sin embargo, tiene nuevas ventanas de posibilidad: como en otros tiempos, como en el Renacimiento y Barroco, el escepticismo, el pesimismo sin esperanza pero con fe, la duda metódica son instrumentos también centrales frente al dogmatismo de la fusión y la metamorfosis neoliberal. Un pesimismo sin esperanza no está ayuno de fe, al contrario, es parte esencial de la dialéctica del sujeto en la nueva situación, en la reivindicación de lo que también ha explicado la antropología, etnología y paleontología: que la solidaridad fue un rasgo natural y evolutivo de la especie humana que permitió salir de los cuellos de botella evolutivos. Nunca se ha hecho más necesario que ahora el consejo de Lorenzo Milani a sus alumnos pobres y malditos de Barbiana: “cuando eres de abajo, estudia, estudia, lenguas y matemáticas”. Ahora biología, antropología, palentología. Necesitamos una nueva fusión de Maquiavelo, Galileo y Dante, ahora de la mano de Rachel Carson, Lynn Margulis, y de Wendy Brown o Melinda Cooper en lugar de Maquiavelo. Recordar una y otra vez la fusión urbi et orbi: somos el 99%, que incluye la variedad de la vida amenazada.








sábado, 11 de julio de 2026

La cara oscura de las agencias híbridas (II): el muskismo y la crisis civilizatoria

 



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El conocimiento, los juicios de valor, la palabra y la acción tienen en común que adquieren sentido tan solo en una situación y un contexto. Las cuatro son formas de determinar una posibilidad: de verdad, de lo que importa, de significado, de logro práctico. No es una coincidencia, todas ellas son manifestaciones de agencia. Todas ellas son también manifestaciones de agencia híbrida, es decir, compositiva social, cultural y técnica. Aunque haya componentes personales en todas ellas, es el modo en que la persona se sumerge en la situación y la situación en un contexto material, informacional, social y cultural en el que aquello adquiere sentido y no ocurre por suerte sino porque las capacidades, los valores, las reglas del lenguaje y la corrección de la acción se componen adecuadamente para alcanzar ese nivel de lo humano que es el sentido. Los grandes modelos lingüísticos de la inteligencia artificial no pueden alcanzar este nivel por sí solos si no cooperan con humanos. Es cierto que necesitan contexto (esto es lo que produce el mecanismo algorítmico de la “atención” (es un término técnico)) pero no producen conocimiento ni juicios de valor ni significados ni éxito práctico sin la composición con humanos. La razón es la asimetría que existe entre la agencia humana y la aportación agencial de un modelo: sin la mediación del cuerpo y la mente humanos, sin las prácticas sociales, sin el entorno técnico que permite el funcionamiento de esos algoritmos, la IA no es sino un dispositivo de generar producciones probabilísticas de signos a partir de signos, son transformaciones de energía o, como las llamaba Simondon, “transducciones”.

El contexto de la agencia y la extensión de la situación son elásticos: abarca desde la acción en una situación bien definida y “estrecha” (pongamos, un examen) a un contexto histórico que se manifiesta en esa situación (el contexto histórico del sistema educativo, etc.). Se distribuyen igualmente en el espacio y en el tiempo: un aula, un edificio, el tiempo del examen, el tiempo de formación o el tiempo histórico. En la situación siempre se asoma el tiempo histórico, pero saber que el sistema educativo es un aparato del Estado no te sirve mucho para resolver la ecuación integral. Pero si estudias matemáticas, deberías ser consciente en algún momento del tiempo histórico.

En la anterior entrada aplicaba esta elasticidad del contexto para analizar el fordismo, tanto como modelo productivo en las factorías Ford como en el reordenamiento general de la reproducción social y la personal a través de la división del trabajo entre familia/ estado. Si el fordismo llena el siglo XX, el siglo XXI muta en una variante que alguien acertadamente ha calificado como “muskismo”, que también es, en un extremo, un modelo de producción y, en el otro extremo, una propuesta de orden social. Como modelo de producción, el muskismo es una variante del fordismo, como propuesta de orden social es una mutación bastante profunda.

Como modelo de producción, el fordismo de la primera época se distinguió por la cadena de montaje, en la que los trabajadores realizaban pequeñas tareas que se organizaban en una compleja división del trabajo entre personas y máquinas. La segunda característica de aquel modelo, que pronto desapareció y ahora vuelve, fue la integración vertical de todo el proceso de producción: en las factorías Ford, entraba el mineral de hierro y salían automóviles. Todo el proceso y todas los componentes eran producidos allí. Si había un ejemplo de la megamáquina, era este sin duda. En la globalización que trajo el abaratamiento del transporte debido al contenedor, la cadena de montaje se mantuvo, pero la producción se deslocalizó en múltiples subcontratas con factorías cercanas y, sobre todo lejanas, que se especializaban en la fabricación de componentes. El modelo social, sin embargo, se mantuvo y ahora se mantiene inercialmente, en competición con los nuevos órdenes del muskismo.

Junto a la deslocalización que trajo la globalización, hubo otros cambios en el modelo de producción fordista caracterizados por dos casos de inmenso éxito comercial: Toyota, en la fabricación de automóviles y Apple, en la fabricación de informática personal, móviles y algunos otros dispositivos y Zara en una especie de toyotismo sin innovación. Explico en nota a pie lo más relevante de estas variedades de fordismo[1].

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Estas tres variantes del fordismo han coexistido bien en la combinación de la globalización con políticas de impulso del consumo sobre las que se basaba el modelo social fordista. Y en cierto modo han sobrevivido a la transformación digital y la extensión mundial de internet. Este modelo social es el que ha sido descrito como neoliberal que incluía aceptar un soporte estatal al consumo de las familias, al menos lo imprescindible en educación, sanidad, pensiones, desempleo, etc., pero buscar la centralidad de la desregulación del mercado. El dinero casi gratis para hipotecas y otros artículos de consumo como automóviles fue uno de los signos de la utopía neoliberal que tendía a que una parte de la población tradicionalmente de clase obrera se sintiese clase media. Margaret Thatcher lo tenía bien claro cuando enunció su modelo de la sociedad de los dos tercios: no importa que un tercio de la sociedad se quede atrás mientras los otros dos tercios sientan que están viviendo en una sociedad bien ordenada.

La sostenibilidad de este modelo se asentaba sobre varios pilares de compleja descripción, pero que grosso modo podría categorizar así: el primero fue que el tercio marginal de la sociedad se componía básicamente de emigrantes que ocupaban puestos de trabajo mal pagados y condiciones de vida precarias (junto a capas tradicionalmente marginales de la sociedad). El poco peso político de este tercio aseguraba la política de división del trabajo mercado/ familia.  El segundo fue la liberalización de los mercados financieros, que crearon nuevos nichos de capital riesgo y la ilusión de que la valoración del capital crecería sin límite mediante una gran facilidad de traslado hacia zonas rentables: control del espacio e inversión inmobiliaria, privatización de servicios como sanidad, educación y seguridad. El tercero fue tanto el abaratamiento del transporte como de la información y de la financiación, características nucleares de la globalización. El cuarto era un subproducto de la deslocalización, usada tanto como fuente de rentabilidad como de amenaza a los viejos sindicatos. El acomodo de parte de la clase media, junto a la externalización generalizada y fractal en las empresas, que terminaba en una pirámide de pequeñas contratas logró el desmontaje de los sindicatos. La famosa huelga del carbón en el Reino Unido de Thatcher (1984-1985) en la que derrotó a los sindicatos marcó el inicio de este declive.

Los pilares, sin embargo, tenían los cimientos de barro. La inmensa sala de juegos en la que se había convertido el capitalismo financiero acabó en una enorme crisis en el 2008 con quiebras generalizadas de bancos, con el descubrimiento de que las agencias de control habían hecho la vista gorda a lo que parecía un esquema piramidal sobre el que estaban basados los nuevos productos financieros. La crisis implicó la ruina de una parte del “tercer estado”, de muchas empresas pequeñas y de un descontento generalizado que recorrió el mundo en protestas multitudinarias.  Había además otros horizontes oscuros: la creciente competencia por los recursos de materias primas y fuentes de energía fósil.  Pero el capitalismo mutó trasladando las pérdidas a los estados e iniciando una nueva fase de huida hacia adelante hacia el modelo que podemos llamar muskismo por la exitosa historia de Elon Musk y sus empresas, primero Tesla y ahora el conglomerado Space X, que incluye a Starlink y otras de servicios de lanzamiento de satélites y transportes espaciales y de inteligencia artificial aplicada.  La característica central del muskismo es lo que se ha llamado aceleracionismo. Tiene una dimensión en el modelo de producción y consumo y una dimensión de reorganización civilizatoria.  En lo que resta, haré una breve descripción del modelo de producción y una hipótesis sobre la transición civilizatoria a una cultura y sociedad de la aceleración de los cambios.

Una valoración general sobre la cultura muskista del capitalismo es, desde mi punto de vista, la creación de un imaginario social que tiene efectos tanto económicos como sociales. Consiste en la gamificación, en concebir la agencia compleja híbrida como una narrativa de videojuegos. Los jugadores (nueva figura del sujeto agente) se sumergen en una secuencia de situaciones en la que se implican en tanto que buscadores de recursos que les permitan pasar a la siguiente. No prestan más atención a la situación que la búsqueda de estos recursos, que suelen ser en los videojuegos códigos, armas y otros gadgets, y que en la economía serán artefactos financieros y tecnológicos que permitan a la empresa seguir en una loca carrera.

El gran videojuego de la producción se puede resumir (caricaturizar) en tres rasgos que se resumen en el famoso lema lema de Mark Zuckerberg: “corre mucho y rompe cosas”: el primero es la formulación de una promesa que encandile a las fuentes de financiación. En el caso de Tesla fue la promesa de la sustitución del automóvil basado en combustibles fósiles por el automóvil eléctrico. En 2003, esto era básicamente una promesa. En el caso de Starlink, telefonía móvil para todos los espacios a los que no llegan las grandes telecos, basadas en lo urbano. En el caso de Space X, en el abaratamiento radical de los viajes espaciales.  Para hacer creíble la promesa, basta con tener un prototipo que más o menos funcione y sirva como ejemplo para un enorme aparato de propaganda. A Musk no le importaba la perfección del prototipo, sino el establecimiento de un objetivo final para el que se iniciaba una carrera de obtener arreglos e innovaciones que resolviesen los diferentes problemas técnicos. El videojuego en acción.

Este videojuego entraña varias dificultades que en economía se resumen en lo que se ha llamado el “Valle de la Muerte”, a saber, sobrevivir económicamente mientras la innovación consigue adelantar a todos los demás. Los prototipos de Musk no sobrevivirían sin una descomunal inyección de capital riesgo fascinado por la promesa de la hegemonía tecnológica. Musk comenzó arriesgando su fortuna personal, que nació de la venta de una start-up, pero siguió mediante contratos con el Gobierno de Estados Unidos y con la atracción de una enorme cantidad de capital riesgo. Al borde de varias bancarrotas, logró al final imponer los modelos de Tesla en los círculos de distinción de consumidores y con ello una fiebre por conseguir un automóvil eléctrico que alcanzaba las velocidades de las grandes marcas. En 2008, durante la crisis financiera, Tesla estuvo a días de la bancarrota. Se salvó gracias a una ronda de financiación de emergencia, especialmente gracias a un préstamo en 2009 del Departamento de Energía de EE. UU. por 465 millones de dólares (que demuestra la tesis de Mazzucato del papel de los subsidios estatales en el desarrollo industrial de alto riesgo). En 2010 Tesla salió a bolsa y comenzó su etapa de expansión para fabricar el Model S, el Model X y, el más importante, el Model 3 (el vehículo de mercado masivo).  Fue la época de dinero barato.

El tercer componente, junto a la promesa y la atracción de capital riesgo público o privado fue la vuelta a los orígenes fordistas y la reversión de la globalización. Elon Musk decidió que el videojuego solo se ganaría independizándose de factores externos en fabricación o innovación y, por ello, en un modelo de integración vertical de toda la producción. Sus empresas deberían controlar la fabricación de todos y cada uno de los componentes y hacerlo siempre que fuese posible dentro del mismo complejo fabril, por lo que Musk decidió construir megafábricas que repartió por Texas, Sanghai y Berlín. La inversión en estas monstruosidades fue también monstruosa y dependiente de la promesa de hegemonía. Lo mismo ocurre con la energía necesaria para sostenerlas. La empresa se sostenía sobre una innovación continua a medida que en el mercado se iban detectando los muchos errores de diseño. No importaba: corre mucho y rompe cosas.

Tesla fue el prototipo, pero el muskismo en su esplendor de manifiesta en Space X, que representa la fase superior y “seria” del nuevo modo de producción, la que ha sido emprendida también por las grandes plataformas de inteligencia artificial (OpenAI, Anthropic, Google, Amazon, Microsoft) y las que definen tanto un nuevo modelo civilizatorio como un contexto de agencia híbrida. Resumo de esta forma la nuevas líneas de diseño material, social, económico y político del Planeta:

1.     Hegemonía y monopolio tecnológico, a ser posible, integrando verticalmente en la misma empresa y, si no, bajo el mismo Estado, el diseño, la fabricación y el control de la distribución de los productos.

2.     Una transición tecnológica basada en la industria militar: la hegemonía y monopolio, al menos en el marco de una esfera estratégica, ha llevado a unir estrechamente los intereses de las empresas con el Estado. Las crisis de las empresas tradicionales basadas en la sociedad de consumo parecen tratar de resolverse mediante un colosal inversión en rearme en un mosaico de productos informacionales y tradicionalmente militares como misiles, aviones, barcos, y material de infantería y artillería. Las dos grandes guerras de Ucrania y Gaza/Irán han sido el laboratorio para este giro del capitalismo, tan parecido a la Alemania de las primeras décadas del siglo XX.

3.     Estados vallados: la fusión de megaempresas y estados y el control de todas las cadenas de producción no solo esta modificando la globalización en campo tradicional financiero y manufacturero, sino también y sobre todo en el control de los movimientos de emigración. La hegemonía tecnológica se funde aquí con un plan de hegemonía cultural que cierre los estados a lo que comienzan a entenderse como enemigos internos: sea por razones de pobreza, de religión o de competencias geoestratégicas.

4.     Guerra cultural: el nuevo modelo de fusión estado-sociedad en un proyecto de hegemonía integral entraña también y sobre todo revertir las conquistas de todo lo que fue la lucha por derechos de colectivos en el marco del estado del bienestar. Aquel proyecto se basaba en trasferir al control público en forma de derechos e instituciones la provisión de bienes y seguridad para las partes vulnerables, desprotegidas u oprimidas de la sociedad. Todo aquello debe revertirse no solo por razones ideológicas sino también económicas y militares: los nuevos estados y megaempresas hegemónicas necesitan transferir los capítulos de presupuesto destinados a la vida digna a la carrera por la hegemonía del complejo industrial, militar y tecnológico. De ahí que se empleen técnicas de frente de guerra cultural “woke” o “comunistas” son los términos que ahora tratan de integrar todo lo que resista este modelo en una misma categoría.

5.     El aceleracionismo tecnológico acompañado de los cambios en la velocidad de innovación que permite la inteligencia artificial es el medio en el que se desenvuelve esta transición. Entramos en un mundo en el que la carrera dejará atrás a una parte de la humanidad y de los estados.

6.     China no es ajena a este proceso: de hecho es el muskismo en estado puro, su forma más perfecta. La diferencia es que mientras el muskismo norteamericano divide su financiación de la carrera entre el capital riesgo y los contratos con el Estado, en China el capital riesgo lo asume principalmente el Estado que, además, integra el proceso de hegemonía tecnológica en un proyecto de hegemonía social y de transformación interna de la población.

En todo este proceso, las formas de producción y reproducción social se están transformando en modalidades de la agencia híbrida que abarcan todas las fases y edades del ser humano: los sistemas educativos, las formas de consumo, la organización de la familia y los proyectos y expectativas de las personas se encuentran en un medio o entorno en el que las mediaciones son en parte novedosas y en parte tradicionales: la formación de capital cultural, que había caracterizado el fordismo como garantía de éxito social, se traslada ahora a la competencia por la supervivencia en un medio cultural y técnico para el que los grandes sistemas educativos y de comunicación social no estaban preparados. Las subjetividades, formadas en la mediación cultural, se mueven bajo regímenes emocionales que basculan entre la ansiedad, la nostalgia, o algo así como el deseo de muerte que caracterizó a las sociedades de preguerra, el modo en que se asume el horizonte promisorio de la Ilustración oscura.

Dejo a un lado las contradicciones culturales, económicas, ecológicas y políticas de este modelo. Dejo a un lado también las variedades tan ricas de resistencia y de ofertas de otras formas de transición y de adaptación al entorno técnico.

En este texto me he ayudado en los datos de historia económica de la consulta a Gemini y del magnífico libro de Quinn Slobodian Muskismo, así como de otra bibliografía que dejo a un lado dado el carácter no académico de esta entrada.



[1] Surgido en el Japón de la posguerra, el sistema de producción de Toyota se diseñó en un entorno de extrema escasez de recursos, espacio y capital. Su objetivo económico era erradicar el "muda" (desperdicio), especialmente la sobreproducción y el capital inmovilizado en exceso de inventario. Se caracteizó por tres medidas básicas en el sistema de producción: 1) Just-in-Time: las piezas llegan a la línea de ensamblaje exactamente cuando se necesitan. Esto requiere una sincronización perfecta y una proximidad geográfica casi absoluta con los proveedores, creando clústeres industriales masivos y compactos en Japón. 2) Autonomatización: las máquinas están diseñadas para detenerse automáticamente al detectar un defecto, y cualquier trabajador tiene la autoridad y el deber de detener toda la línea de montaje tirando de la "cuerda Andon" si detecta una anomalía. La calidad se inyecta durante el proceso, no se inspecciona al final. 3) Mejora Continua e innovación:  la innovación productiva fluye de abajo hacia arriba. La empresa asume que el trabajador de la planta es quien mejor conoce el proceso, por lo que depende de ellos para sugerir pequeñas mejoras operativas diarias.En los años 90, surgió el modelo Apple, una forma de toyotismo deslocalizado y “sin fábricas”. Si Toyota perfeccionó la coreografía dentro de los muros de la fábrica física, Apple perfeccionó la cadena de suministro abstracta. Apple opera bajo un modelo fabless (sin fábricas de ensamblaje propias): diseña todo el hardware y software en California, pero orquesta su ensamblaje a miles de kilómetros de distancia. Apple se caracterizó por no invertir en fábricas, pero sí en diseño estético que obliga a los proveedores a inventar máquinas y componentes que se adapten a él. Una variante muy española entre el modelo Toyota y el Apple es el de Inditex/ Zara: Inditex destruyó el modelo clásico del sector textil. Pasó de un modelo centrado en predecir lo que la gente querría dentro de un año, a un modelo centrado en fabricar hoy lo que la gente compró ayer. Mientras la competencia tarda unos 6 meses desde que diseña una prenda hasta que llega al escaparate, Zara puede hacerlo en apenas 15 o 20 días. Se produce en proximidad: las prendas más sensibles a la moda (las que son tendencia pura y caducan rápido) se fabrican en lo que llaman su "clúster de proximidad": España, Portugal, Marruecos y Turquía (la más predecible como camisetas blancas o vaqueros sí se fabrican en Asia siguiendo el modelo tradicional de bajos costes). La tercera aportación es la centralización logística: todo lo que vende Inditex en el mundo pasa primero por sus centros logísticos en España (Arteixo, Zaragoza, etc.). La ropa se plancha, se etiqueta y se distribuye por avión o camión a cualquier tienda del mundo en 48 horas. El modelo se distancia de Apple en que no hay innovación sino un buen sistema de comunicación/ producción basado en los informes de cada tienda. Eso entraña una centralización. Es un tanto Toyota en lo que se refiere a la adaptación al consumo y la importancia de la información de las dependientas de las tiendas.

 


domingo, 5 de julio de 2026

La cara oscura de las agencias híbridas (I): el tiempo del fordismo

 



La agencia híbrida es el término con el que se designa la composición de la acción humana, individual y colectiva, con una especie de exoesqueleto formado por artefactos con una cierta autonomía que no tienen las simples herramientas. Agencia híbrida es, por ejemplo, el complejo formado por una persona conductora, un automóvil y el sistema de vías (carreteras, calles, señales de conducción, gasolineras, etc.). No hay límites precisos del contexto que define la agencia híbrida. Como el ejemplo del automóvil muestra, podemos restringir la agencia híbrida al simple hecho de la conducción o ampliarlo al sistema completo de la ecología de la era del automóvil. Comencemos por esta extensión de la agencia híbrida situándola en el modelo socioeconómico, de hecho civilizatorio, que llamamos fordismo. El tiempo de la máquina.

La era de la herramienta dio paso a la era de la máquina, de la cibernética y del artefacto. El orden mundial se configuró a imagen y semejanza de las infraestructuras de producción: los talleres dieron paso a las manufacturas cuyo centro era la maquinaria, en donde trabajadoras, niños y trabajadores se acoplaban en una organización general de transferencia de trabajo-energía. El Principio de Conservación de la Energía fue formulado por aquellos años, a mediados del XIX, y fue una revelación para Marx, quien reparó en que “trabajo” era, a efectos económicos al igual que físicos, un equivalente universal de transferencia de energía, fuese producida por máquinas o por el complejo máquinas-trabajadores. La diferencia en puros términos económicos entre máquinas y trabajadores consistía en el costo de reproducción: los trabajadores tenían un límite a su tiempo de trabajo y necesitaban una pequeña inversión en energía para volver a trabajar: el salario. Dos décadas después, en los años setenta del XIX, se aclaró el Segundo Principio de la Termodinámica que explicaba el trabajo no recuperable y que permitía explicar también la diferencia entre máquinas y trabajadores en lo que se refiere a la noción de esfuerzo: siendo el cuerpo algo sometido al Segundo Principio, la evolución había dotado al organismo de un monitor de la pérdida de energía: el cansancio. Fredick W. Taylor (1856-1915) fue un ingeniero que divulgó sus principios de organización científica del trabajo con el objetivo de hacer más eficiente la interacción entre trabajadores y máquinas recogiendo tanto las equivalencias trabajadores-máquinas, que imponía el Primer Principio, como las diferencias que dependían del Segundo Principio. Su propuesta era medir el acoplamiento, la agencia híbrida, incluyendo en ella los necesarios tiempos de descanso para evitar que el agotamiento produjese accidentes y caída de la productividad. El taylorismo tardó mucho en ser aceptado por los industriales, hasta que Ford en 1913 introdujo en su fábrica un sistema de producción que parecía inspirado por Taylor. Google y su inteligencia artificial nos explica los principios generales de esta transformación en estos tres puntos:

La cadena de montaje: Introducidas en 1913 en la planta de Ford en Highland Park (Míchigan), las cadenas de montaje móviles redujeron drásticamente el tiempo de producción al llevar el trabajo hasta el trabajador, que permanecía en un puesto fijo.

La jornada laboral de 5 dólares: En 1914, Ford introdujo esta política histórica. Al aumentar drásticamente los salarios y reducir la jornada laboral estándar a 8 horas, minimizó la rotación de personal y transformó a los obreros de fábrica en una nueva base de consumidores de clase media.

La estandarización: Como bromeó Ford en su famosa frase sobre el Modelo T, los consumidores podían elegir «cualquier color que quisieran, siempre que fuera negro», lo que ponía de relieve cómo las piezas intercambiables y la estricta uniformidad redujeron drásticamente los costes.

No se trataba solamente de un cambio en la organización de la producción, sino de un cambio completo en el orden social del circuito producción-consumo. Si el capitalismo salvaje del XIX se basaba en la regla de que el salario debería de limitarse a la reproducción física de los trabajadores sin permitirles ahorrar, para evitar que dejasen de trabajar, la idea de Ford era la contraria: los salarios deberían ser suficientes no solo para alimentar a la familia  --que pasaba a ser la garantía de la reproducción de los trabajadores a largo plazo, convirtiendo la empresa en una organización intergeneracional, de modo que los hijos aspirasen a ser trabajadores de la misma empresa con mejor formación técnica-- sino que, también, el salario debería cubrir un plus suficiente para que la familia adquiriese los productos de la empresa, no solo los automóviles, en el caso de Ford, sino una parte de sus bienes en los economatos de la misma empresa. La casa misma debería ser parte de la política habitacional mediante la creación de barrios cercanos a la factoría con alquileres o precios asequibles (y financiadas las hipotecas por la propia empresa).

Apareció así una organización ampliada de la agencia híbrida que suponía la creación de un nicho ecológico de producción-reproducción en la que la máquina aparecía no solo en el tiempo de trabajo sino también en el tiempo de reproducción en la forma de artefactos domésticos: automóviles, lavadoras, frigoríficos y una ecología de artefactos que invadieron la vida cotidiana. La reproducción social se convertía así en un sistema de agencias híbridas humanos-máquinas. Esto es lo que se llamó fordismo, que se extendió por el mundo a partir de las crisis de los treinta. La Revolución rusa adoptó entusiasmada el fordismo de la mano de Lenin y Stalin, lo mismo ocurrió en los estados fascistas de Alemania, Italia y Japón, pero fue Estados Unidos el que mayor éxito logró en la instauración de este orden social, que después de la Segunda Guerra Mundial se extendió a lo largo y ancho del planeta y dio origen a lo que en los años sesenta se llamó la “sociedad de consumo”. La mayoría de los países industrializados organizaron el Estado mismo en un orden fordista, tratando de garantizar la reproducción social mediante políticas públicas que incluían un sistema educativo así como algunos dispositivos de seguridad social para apoyar a las familias en momentos de crisis por paro, enfermedad o vejez. Se trataba de complementar lo que las empresas menos pudientes no podían lograr, garantizando así la reproducción social de la “fuerza de trabajo”. Fue la era de la educación universal no solo primaria sino secundaria y terciaria, que incluía, por ejemplo, la universidad de masas que se extendió a lo largo de los años cincuenta y sesenta.

Críticos del sistema como Lewis Mumford o la Escuela de Frankfurt consideraron no sin alguna razón que este sistema organizaba la sociedad a la manera de una inmensa máquina, la megamáquina que nombraba Mumford. ¿Significaban estos análisis que los humanos se habían convertido en poco más que partes de esta megamáquina? Había, hay, algo equivocado en esta forma de entender la agencia híbrida en el mundo fordista. El error no lo cometían solo los críticos del capitalismo fordista sino también los practicantes del individualismo metodológico en lo que respecta a la acción humana, como fue (es) el caso de la corriente principal de la filosofía analítica. Un error que nacía en los dos lados: la del sujeto y la del artefacto. Independientemente de otras consideraciones, la aportación de la filosofía francesa, desde Gilbert Simondon a Bruno Latour, pasando por Gilles Deleuze ha sido fundamental para crear un marco nuevo en el que pensar la agencia híbrida y con ello la crítica de su forma histórica oscura en el tiempo del fordismo.

El origen del error estaba seguir en un marco metafísico que separaba en la agencia el componente “físico”, la transferencia de energía, del componente informacional, tanto en el nivel individual como en el conjunto de la sociedad. Las dicotomías “cuerpo/mente”, “subjetivo/objetivo”, “individuo/ sociedad”, “cuerpo/técnica”, “natural/artificial” se traban en sendas concepciones de la acción humana entendida bien como subproducto de la causalidad de la megamáquina como de una extraña causalidad mental. El marxismo clásico cometió el mismo error al distinguir entre base y superestructura, a pesar del materialismo histórico y a pesar de que Marx tenía una idea más compleja de la técnica, tal como desarrolla en los Grundisse.

El cambio de marcha en filosofía de la técnica se lo debemos a Gilbert Simondon (1924–1989), y a sus obras El modo de existencia de los objetos técnicos (1958) y La individuación a la luz de las nociones de forma y de información, publicada póstumamente en 2005, dos libros que transforman la ontología dominante en el pensamiento occidental. Simondon entendió bien lo que significaba la introducción de la información y la cibernética en el dominio de la técnica, lo que implicaba una complejidad antes solo vista en los seres vivos.

Su ontología se asienta sobre una crítica de la distinción entre forma y materia debida a Aristóteles y la concepción de que el dominio del ser es la individuación: ningún individuo —ya sea biológico, psíquico o técnico— es una entidad estática o "terminada". Todo está en un constante proceso de llegar a ser. Estructura y procesos son inseparables: la estructura existe porque existen operaciones que son “transducciones”. El término “transducción abarca desde la biología a la técnica es un proceso de transferencia de energía que cambia la naturaleza de lo transferido. Así, por ejemplo, un micrófono transduce la energía cinética del aire en señales eléctricas, del mismo modo que la percepción traduce los estímulos en señales procesables neuronalmente, o las células transducen los estímulos en una cadena de reacciones químicas. Es una secuencia no determinista y en la que se asienta la noción de información.

La segunda base de la ontología de Simondon refiere a la vieja polémica entre Hegel y Marx sobre lo abstracto y lo concreto. Un individuo solo existe como un nudo de relaciones y de diferencias. Esta idea sirve tanto para la biología como para la técnica. Así, por ejemplo, Carnot explicaba mediante una máquina ideal la pérdida de energía reversible en potencial, mientras que lo que encontramos en la realidad son máquinas dependientes tanto de sus componentes como de las relaciones. Un motor de gasolina en Marte no puede ser un motor de gasolina: necesita un entorno de relaciones. Normalmente clasificamos las máquinas por su uso humano. Simondon rechaza esto y propone analizarlas por su evolución técnica interna. Según él, los artefactos evolucionan de un estado abstracto a uno concreto. Los prototipos se transforman en objetos concretos que están en continua evolución y participan de un sistema de dependencias en las que sus cambios se relacionan con los cambios sociales y psicológicos. Del mismo modo, las sociedades y los individuos que las componen son procesos que no pueden ser explicados sin la cultura material en la que ocurren.

Si lo aplicamos a la composición humanos máquinas bajo el régimen fordista, la agencia híbrida es una forma histórica en la que manifiesta la reproducción humana en tanto que transformadora y transformada del y por el entorno y de su propia condición de existencia. No hay “acción” en el sentido abstracto de la filosofía analítica, tan similar a la máquina abstracta e ideal de Carnot, sino procesos de transducción que operan en la doble dirección de lo externo y lo interno. Al actuar sobre el medio actuamos sobre nosotros mismos y, en tanto que individuos como nudos de relaciones, las dependencias son tanto sociales como técnicas. Los cuerpos no pueden ser entendidos sin la referencia a la evolución de las técnicas de cuidado y de preservación de la salud, sin los sistemas educativos, sin la transformación de las familias como espacios de reproducción biológica, cultural, económica. Así las sociedades y la parte de ellas que son los estados. El modo de producción capitalista no existe en forma abstracta sino en las formas concretas como es el sistema fordista que se expandió planetariamente en el siglo XX transformando las personas, las familias, las instituciones y estados, la estructuración de los tiempos de vida y los espacios de posibilidad de acción.

Esta es la idea de agencia híbrida bajo el modo fordista. Por ejemplo, en la categorización de las edades humanas: la infancia, pubertad y adolescencia, juventud, madurez, senectud…, existen como estructuras a la vez biológicas, artefactuales y sociales. “Juventud” fue un invento de la sociedad de consumo que se expresó en los años cincuenta como tensiones en la familia, ecologías de ropa, vestimentas y formas de vida. Igualmente la infancia, ahora uno de los centros de consumo dadas las caídas de la natalidad, debidas a las técnicas de control de la natalidad o la vejez, otra zona de consumo preferente en la forma de sistemas de salud, turismo y otras manifestaciones. Ocurrió lo mismo con las bases materiales de la familia, que paso de la forma nuclear clásica a una plétora de modalidades que se basan a su vez en las transformaciones de las vidas como existencias de “género”, a su vez puestas en cuestión por entornos de prácticas tanto sociales como técnicas.

Entendido como un sistema enorme de estructuras y procesos, de modos de agencia y vida, el modo fordista ha ido entrando en una crisis profunda que conlleva una reestructuración tanto del capitalismo como de todos los procesos de individuación. Es el cambio de la era de la máquina a la era de los agentes “autónomos” en tanto que nuevos sistemas de agencia híbrida. El cambio del fordismo la muskismo.