domingo, 20 de octubre de 2013

Filosofía de la intemperie


Hay palabras que apenas se emplean en filosofía. Su aparición transformaría el párrafo en una inestable interrogación acerca de los verdaderos propósitos del autor. Como si ciertas palabras no pudiesen escribirse impunemente, como si el solo escribir, con el objeto de hacer presente el concepto que representan, fuese ya un acto de mala fe filosófica. 
Una de ellas es "pobreza". No es difícil encontrarla en textos de sociología enredada en múltiples indicadores de desarrollo, en comparaciones y en estadísticas varias. Aparece si acaso en algún texto de filosofía política, pero siempre en el contexto de otros campos semánticos como "igualdad" o "justicia". Por alguna extraña razón los filósofos aborrecen las palabras cargadas de negatividad: "resentimiento", "odio", "pobreza", "sufrimiento"... Enseguida son rodeadas de una cobertura de palabras-esperanza: "perdón", "igualdad", "felicidad" .... Instalarse en lo negativo es síntoma de hipocresía o voluntad de provocación.

A diferencia de la filosofía, es difícil entender una parte de la literatura sin la pobreza como tema, como estado, como lugar de escritura. El realismo naturalista del XIX y sus herederos del XX, Baroja, Luis Martín Santos, también la literatura modernista: Kafka, Beckett, ahora Coetzee (La infancia de Jesús, que ya he comentado en otra entrada). Tolstoi explica bien por qué en su conocida frase: "todas las familias felices son iguales, las infelices son desgraciadas cada una a su manera". En la miseria hay narrativa, en la felicidad sólo cliché. No es difícil entender por qué todos los best-sellers se parecen, y por qué el escritor encuentra materia dramática en la experiencia del desamparo y la escasez.  También la filosofía ama lo abstracto y desencarnado, y se asienta en los esquemas, mientras que el escritor tiene que meter sus manos en la miseria del mundo si quiere explicar la condición humana. 

La pobreza es escasez, sí. Pero sobre todo es experiencia, un modo de estar en el tiempo en donde el futuro se desvanece o solo se muestra como amenaza. Los filósofos discutimos a veces si hay o no puntos de vista privilegiados. Es corriente sostener que no, que sólo el argumento, la razón, la balanza de los datos nos acerca a la objetividad, que desde las situaciones concretas (la opresión, la miseria) la mente se llena de prejuicios y emociones, falta de capacidad para elaborar las situaciones, incapacidad de crítica real. No es infrecuente escuchar llamadas a la distancia, a descarnar los datos y las emociones para no caer en la escritura panfletaria. Es cierto que la obligación del filósofo es la objetividad si desea ser realmente útil. Pero me pregunto si esta obligación le exime de examinar todo el saber que se encuentra en la experiencia de la pobreza y en ese conocimiento del mundo que no se encuentra en otro lugar. 

Sobre todas las cosas, el escepticismo. Dice Zizek que nuestra sociedad se ha vuelto cínica, que sabemos todo lo que pasa y no nos importa. Puede que tenga razón, pero abajo no hay cinismo sino la actitud mucho más interesante de un profundo escepticismo respecto a todo: las soluciones prometidas, los discursos, la buena voluntad. En la impavidez con que se escuchan las promesas, en la risa que producen, se manifiesta esta distancia de las cosas en la que reside el privilegio de ver el mundo desde abajo. Se desconfía de las instituciones así como se confía en la familia y el vecino, se desconfía del lenguaje así como se confía en los lazos débiles que atan la poca esperanza que se puede encontrar en el mundo. 

Para quienes no vivimos en la pobreza, o hace mucho tiempo que ya no vivimos, estas experiencias son zonas de la realidad a las que no alcanzamos. Y quizá por ello negamos su existencia y la sabiduría que contienen. Y quizá por ello habitamos en un mundo de normas, instituciones y palabras con mayúscula. Simone Weil, la más inteligente de las empiristas de los tiempos contemporáneos, lo entendió bien y quiso vivir en primera persona la pobreza. De ella hemos aprendido alguna de las más duraderas reflexiones sobre la realidad del mundo. No faltan hoy herederas y herederos de ella en los movimientos de cooperantes que bajan los escalones de la sociedad hasta los territorios de la desolación. Hay en ellas y ellos una fuente de objetividad mucho más robusta que la que se busca en los discursos distantes. Si tienen distancia es porque la realidad la exige para no sumergirse en la desesperación. La misma distancia que tienen los desesperados para seguir a flote. La distancia que no se encuentra en los libros ni en el lenguaje sino en los oscuros bosques de la historia. 

Hace unos días colgaba en facebook una noticia de prensa sobre el aumento de la pobreza en España (contrastada con el aumento de los millonarios). Se definía en el artículo "pobreza" por la condición de sobrevivir con menos de trescientos euros, y una alumna de hace unos años, Hetz Hetzmek, me recordaba los salarios en México. Cierto. Pero la pobreza como condición es siempre una condición situada en el tiempo y el espacio. La pobreza, como la infelicidad, se de múltiples modos. Es sobre todo la condición de exclusión de la historia. Es el saberse ya bajo condena a no tener futuro. Pero también es el saber que ya no hay promesas. Es, con la ciencia, la fuente de conocimiento social más objetiva que tenemos. La que nace en las fuentes del escepticismo y la experiencia. 

3 comentarios:

  1. "La pobreza, como la infelicidad, se de múltiples modos." En esta frase del párrafo final Creo que falta "se da de múltiples modos".

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  2. No se si tu reflexión es pesimista o realista y no lo se porque oscilo yo mismo entre lo uno y lo otro. En cualquier caso encuentro muy certera tu visión de la pobreza como estado cognoscitivo y como estado que genera sabiduría. Lo que no me resigno, en teoría al menos, es a la aceptación de ese profundo escepticismo, que lo hay, pero no puedo aceptar. La presencia de ilusión, esperanza, ¡futuro!, me sigue siendo necesaria para cualquier posición, la de abajo, la de arriba, la nuestra (esa ambigüedad preñada de cinismo que señalas; continuamente oscilante, añadiría, entre la cobardía y su desprecio, entre la empatía y el olvido) y la que sea. Nada más la inconsciencia o el deseo de un mañana es lo que hace soportable el presente y este último, frente a la primera, permite también la lucha.
    Salud.

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  3. Quizá no sea posible confiar tanto en el Estado y sus instituciones, en sus promesas de progreso, como en la familia o en los vecinos. La familia o los vecinos se van a condoler con nuestro dolor, con nuestra desolación, con nuestra pobreza.

    Es el Estado el que falla cuando perdemos pié. El Estado, que no trata con Pepe, ni tampoco con Juan, sino con estadisticas de ciudadanos, marca rutas y políticas que a veces nos empuja a seguir determinados caminos.

    Hemos animado a nuestros hijos para que se hicieran ingenieros, pensando en un recorrido profesional con relativo exito garantizado. Intentando alejarlos de la pobreza, intentando alejarlos incluso de nosotros mismos, de su familia, de sus vecinos. Y ahora los estados en manos de los neocons, y las multinacionales que estos patrocinan se apropian de ellos.

    ......

    es un tiempo de cambios....

    la sociedad se modificará...pero mis hijos..... ¿cómo les irá a mis hijos?.


    Ana la de la Carpetana.




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