Aunque lo parezca, éste no es uno de los malos chistes de Zizek: Trofim y Pavel se encuentran en un tren de Moscú en los tiempos de la Rusia soviética. Pavel le pregunta a Trofim: "¿A dónde te diriges?", a lo que Trofim responde: "Voy a Pinsk". "¡Ah, no! - responde Pavel- sé muy bien que me has dicho que vas a Pinsk para que crea que vas a Minsk, pero te he cazado: estoy seguro de que vas a Pinsk". En tiempos y lugares de desconfianza, decir la verdad puede ser uno de los medios más efectivos de engañar, aunque el bueno de Pavel lleva su desconfianza a segundo grado y desconfía de la desconfianza de Trofim y alcanza la información por un retorcido camino sobre las intenciones comunicativas del otro. Pues cuando se debilitan o rompen los lazos afectivos que vinculan a las comunidades y sociedades, una de las primeras víctimas no es la verdad, como suele afirmarse de los conflictos, sino la posibilidad de comunicación y comprensión.
El chiste del engaño diciendo la verdad me permite conectar dos temas sólo dispersos en apariencia en los que actualmente trabajo: el poder de la cultura, por un lado, y la epistemología de la comunicación (testimonio y engaño), por otro. Así que aburro a todos los que me rodean con discursos sobre rituales y sobre confianza o desconfianza. No había reflexionado nunca sobre las relaciones entre los dos campos, los rituales y la comunicación hasta que algunas derivas de ciertas discusiones me han llevado a pensar sobre los hilos que conectan la confianza epistémica con las formas culturales.
Lo que Trofim y Pavel nos permiten sospechar es que una de las grandes "verdades" del pensamiento contemporáneo, prácticamente la única en la que convergen y coinciden corrientes tan diversas como la hermenéutica, la teoría crítica y la filosofía analítica, es una verdad relativa y limitada. Me refiero, claro, a la idea del apriori del lenguaje, al postulado de que el lenguaje nos sitúa en una segunda naturaleza en la que los principios que hacen posible la comunicación son los principios que nos hacen humanos. Para una parte sustancial del pensamiento contemporáneo la pragmática y semántica del lenguaje son anteriores y determinantes de la ontología (la distribución y ordenamiento de lo que hay) y la epistemología (las condiciones que hacen posible el conocimiento). Pero la lección de los rusos es que la comunicación y el pensamiento están siempre situados socio-culturalmente y que en muchas ocasiones el lenguaje no es necesario y en otras muchas no es suficiente.
No me refiero solamente a grandes contextos históricos y sociales sino también a los muchos episodios y procesos de conflictos radicales entre seres humanos. He visto esta semana El pasado de Asghar Farhadi (2013), el director iraní especializado en situaciones de tensión en la pareja (Nader y Simin, una separación (2011)) y reconocí en el clima de desencuentros que plantea la película uno de estos espacios de malentendidos en los que el lenguaje va a rastras de la realidad. (Lo siento, no puedo pensar en un director iraní sin recordar a Alberto Elena, el historiador y crítico del cine de la periferia que nos dejó -y nos dejó desolados- esta semana).
Bueno, lo que está en cuestión en estos episodios tan cercanos a la experiencia es que la capacidad lingüística está entrelazada con otras capacidades sin las que pierde sus virtudes cognitivas, comunicativas y performativas (realizativas). Lo que está en cuestión, lo que se pone en cuestión, es el prejuicio intelectualista que dirige la antropología del lenguaje sobre la que se asienta buena parte del pensamiento contemporáneo. Como si el lenguaje fuese un medio universal -el agua que los peces no notan- y no fuese uno entre los varios medios en los que discurre nuestra existencia. Otro medio, tan importante como el lenguaje, es el medio simbólico, no puramente lingüístico, que sostiene nuestros lazos afectivos. Es un medio compuesto de palabras, sí, pero también de gestos, de actos, de artefactos como nuestra forma de vestir, de modos de movernos y de situarnos en el espacio de relaciones personales.
Una larga, aunque menos conocida, tradición de antropólogos y sociólogos ha ido sugiriendo el poder de los ritos en la configuración de la conducta humana. Hay grandes ritos como son los ritos de paso, los ritos de conflicto y purificación, o los ritos de rebelión, que articulan las grandes formas y movimientos sociales, pero también están los micro-rituales como el saludo (o el no saludo), las formas de deferencia o superioridad, los ritos de seducción o cariño, los ritos deprecatorios de insulto, o los propios ritos que permiten la argumentación y reflexión. Los educadores escolásticos, por ejemplo, sabían que la capacidad argumentativa no es una condición sino un resultado de ciertos ritos previos que dan armazón retórico a la capacidad de argumentar. Sin ellos un argumento puede ser también una forma de violencia.
Los grandes y pequeños rituales son conductas repetitivas que tienen el poder simbólico de señalarnos que todo va bien (o que todo va mal), que lo que viene a continuación se inscribe en el terreno de lo ordinario, en donde adquieren sentido nuestras prácticas y nuestras voces. Si, por citar un caso cotidiano de micro-conflicto académico, me cruzo con un colega en el pasillo y no me saluda, y luego nos volvemos a cruzar en una reunión, la ruptura que indicaba el no-rito del no-saludo hace que todos los significados se distorsionen y nos hallemos en un territorio de malentendidos y desconfianzas. La epistemología de la confianza se ha vuelto epistemología de la desconfianza y el testimonio se transforma en sospecha de engaño y argucia. Es el poder simbólico de los ritos. Las acciones simbólicas rituales crean los espacios de comunicación o los curan cuando han sido heridos. Tienen un poder causal que está antes y después del poder performativo de las palabras. O que se enreda con él.
En los tiempos de desconfianza uno ya no oye las palabras del otro, solo atiende a sus gestos y ritos de comunicación no verbal. A sus tics y truquillos que nos indican que nada de lo que está diciendo expresa con sinceridad lo que cree. Si queremos restaurar los lazos comunicativos necesitaremos rituales poderosos de perdón y olvido. Rituales de renacimiento de lazos que no pueden ser tejidos solamente por el lenguaje. El mundo, los ritos y el lenguaje hacen al mundo los ritos y el lenguaje. Una cuerda de tres cabos de la que pende nuestra existencia.