jueves, 12 de febrero de 2026

Las turbulentas aguas de la racionalidad

 


Es ya un tópico criticar al homo oeconomicus que afirma el egoísmo esencial del ser humano y su búsqueda de maximizar el beneficio al menor costo. Se suele aducir el altruismo y la cooperación. Es una visión optimista de la crisis de este modelo de racionalidad. Hay, sin embargo, otras muchas evidencias menos compasivas con la acción humana. Pensemos algunas preguntas como ¿por qué tanta gente gasta dinero en las loterías a pesar de la ínfima probabilidad de acertar?, ¿por qué quienes creen en la vida eterna, sin embargo, desean apurar este valle de lágrimas todo lo posible?, ¿por qué parte de las clases trabajadoras vota a partidos en cuyos programas económicos está la desregulación o desmontaje de los escudos de seguridad social?, ¿cómo es posible que muchos emigrantes latinos en Estados Unidos apoyen las políticas de expulsión de latinos de Trump?, ¿por qué algunos partidos de izquierda radical prefieren tener unos cuantos votos irrelevantes políticamente antes que negociar sus programas y aliarse con partidos afines? Estas y otras innumerables preguntas parecen dibujar un retrato ominoso de la conducta humana en lo que se refiere a la racionalidad. Aunque estas preguntas fueron ya las que se hacía Aristóteles, los estoicos y los grandes moralistas de la modernidad, en los últimos setenta años las ciencias cognitivas y sociales se han preocupado por explicar estos presuntos fallos de la racionalidad y de construir modelos que reflejen mejor la normalidad de las decisiones, preferencias y acciones. No hay nada nuevo en lo que sigue, se ha expuesto mil veces y encontramos buenas exposiciones en Wikipedia o en los grandes modelos de IA, pero no es ocioso recorrer de nuevo el camino de la investigación sobre la conducta humana para repensar la idea de acción correcta o praxis sin suponer ni la transparencia de lo mental, ni formas idealistas e idealizadas de norma racional, ni, por supuesto, naturalizar nuestros errores convirtiéndolos en adaptaciones evolutivas. La dialéctica siempre necesita el atardecer del día para construir su relato.

Una acción correcta, antes que técnica, moral o políticamente, debe serlo racionalmente y cumplir ciertos requisitos que se mueven entre lo objetivo y lo subjetivo. Lo objetivo tiene que ver con las consecuencias de la acción, de forma que los resultados se adecuen lo más posible a las motivaciones y no generen excesivas consecuencias no queridas (no matar moscas a cañonazos, dice la sabiduría popular). Lo subjetivo concierne al modo en que se forma la decisión y al hecho de que lo logrado no haya sido por suerte sino debido a las capacidades prácticas del sujeto.

El modelo de racionalidad económica es una construcción teórica y matemática que tiene una parte individual, definida por el triángulo deseos, creencias, decisión, una parte interpersonal estudiada por la teoría de juegos y una parte colectiva estudiada por la teoría del equilibrio. Aquí me voy a referir solamente a la primera dimensión individual, que es la supuesta en las otras dos y en la que se expresan las dudas más corrosivas. El modelo es muy simple, afirma que una decisión correcta es el fruto de la preferencia de un agente que desea algo, tiene la información y creencias correctas sobre cómo lograrlo y fruto de esta convergencia de deseos y creencias toma la decisión. La corrección de esta decisión se establece por un conjunto de principios de decisión que fueron establecidos por la teoría de la utilidad esperada de Von Neumann y Morgenstern en los años cuarenta del pasado siglo. Donald Davidson, entre otros filósofos, los convirtió en un modelo hermenéutico para explicar por qué entendemos la conducta ajena: si conocemos lo que el agente S ha hecho (A) y conocemos cuál era la información de que disponía (C) podemos interpretar sus deseos (D). Si conocemos los deseos (D) y la información (C) podemos predecir qué es lo que hará (A). Davidson llevaba el modelo económico a la hermenéutica de la vida cotidiana, algo que le daba un sustento más allá de las abstracciones económicas. La psicología cognitiva de los años ochenta lo convirtió en la base de lo que se ha llamado “Teoría de la Mente” o capacidad humana de entenderse unos con otros. Por eso, las evidencias de cómo los humanos no actúan según ese modelo son tan problemáticas, más allá de las superficiales críticas “anticapitalistas” del modelo. Las respuestas de la teoría crítica sobre racionalidad de fines, por ejemplo las que Javier Muguerza dirigió contra Mosterín en los años setenta, no captan ni el trasfondo hermenéutico del modelo ni la importancia de las evidencias empíricas contra él, y se sostienen sobre la creencia ingenua de que una moralización de la racionalidad podrá resolver toda esta endiablada madeja.



En lo que sí tienen razón las críticas es en que el modelo no explica la conducta humana, ni siquiera si lo tomamos en un sentido pragmático de que los agentes funcionan “como si” razonasen de acuerdo con el modelo. El punto es que necesitamos otra hermenéutica del sujeto y de los hechos sociales que tengan en cuenta los múltiples caminos por los que se constituye nuestra capacidad de actuar correctamente (en algunos casos). Y, aún más, necesitamos una teoría normativa que nos guíe en la formación de hábitos de conducta racional, pues la salud corporal y la racionalidad comparten dos características: son dependientes de mecanismos articulados, de la historia de la interacción con el entorno y, en parte, de prácticas saludables. Y ambas son similarmente frágiles.

Las críticas al modelo comenzaron pronto. A mediados del siglo XX, justo en los años de esplendor de Von Neuman y Morgenstern, Herbert A. Simon observó que el comportamiento humano no se ajustaba a los requisitos de la teoría e introdujo el concepto de racionalidad limitada. Argumentó que la verdadera racionalidad requiere tres cosas que no tenemos:

  1. Información completa.
  2. Tiempo infinito.
  3. Capacidad de procesamiento cognitivo ilimitada.

Bajo estas limitaciones de información, tiempo y capacidades mentales para deliberar, no optimizamos, sino que nos conformamos. Se trata de una combinación de «satisfacer» y grado «suficiente» de cumplimiento del deseo. La racionalidad limitada postula que solo se delibera internamente hasta buscar ese mínimo satisfactorio. El problema con la teoría es que no está claro que les sirva demasiado a los economistas para sus modelos ideales por falta de cómo hacerla operativa y, por otra parte, psicológicamente no está nada clara. Por ejemplo, no tiene en cuenta las emociones ni cómo actúan en la producción de la acción. El modelo de racionalidad limitada sigue siendo, pese a ser un importantísimo hallazgo, aún demasiado idealista y compasivo con la conducta humana.

Sobre la realidad psicológica de la conducta humana, el cambio de marcha o de paradigma fueron las investigaciones empíricas Daniel Kahneman y Amos Tversky sobre los sesgos sistemáticos y su Teoría de la perspectiva. Su trabajo es sin duda uno de los monumentos de la historia de las ciencias sociales. Trata de abrir la caja negra de la producción de la acción y explicar por qué cometemos errores. Para resumirlo, su hipótesis es que bajo las condiciones de limitación que exponía Simon no solemos perder el tiempo deliberando sino que acudimos a ciertas heurísticas o reglas rápidas de decisión que estadística y evolutivamente puede que hayan funcionado en contextos limitados (es la tesis de la psicología evolutiva de Leda Cosmides, John Tooby y Gerd Gigerenzer), pero que en situaciones que exigen precisión, son realmente sesgos que pueden dar lugar a errores graves. Se han denominado “túneles de la mente”.

En 1974 publicaron en Science tres de las más importantes heurísticas (y sesgos): el sesgo de representatividad, por el que se juzga la probabilidad de un evento por su parecido con un prototipo existente de ese evento, ignorando las tasas estadísticas de base. Es el sesgo que produce la mayoría de las injusticias epistémicas por las que se juzga la conducta de personas pertenecientes a ciertos grupos sociales subordinados por los estereotipos que han elaborado los grupos dominantes. El segundo es el sesgo de representatividad, por el que se juzga la frecuencia de un acontecimiento por la facilidad con que vienen a la mente ejemplos. Así se producen estados de pánico por un accidente de tren sin comparar el riesgo con la frecuencia de los accidentes de automóvil, de modo que mucha gente puede optar por viajar en su vehículo después de un accidente de tren sin tener en cuenta si el riesgo de tener un accidente en la carretera. El tercero es el sesgo de anclaje, por el que muchas estimaciones se hacen partiendo de un valor inicial que lleva a ajustar a él la estimación independientemente de la información empírica. En uno de los experimentos se convocó a jueces con experiencia media de 15 años a quienes se entregó un expediente realista de una mujer detenida por hurto en una tienda. Antes de que los jueces dictaran sentencia, se les pidió que tiraran un par de dados. Estaban trucados y solo podían salir 3 o 9. Se les preguntó “¿cree que la sentencia debería ser superior o inferior al número que ha salido en los dados?”  y a continuación se les pidió que dictaran su sentencia dada su lectura del expediente. Los jueces que sacaron un 3 dictaron una sentencia media de 5 meses. Los jueces que sacaron un 9 dictaron una sentencia media de 8 meses.

Kahneman y Tversky desarrollaron una hipótesis teórica para explicar esos túneles, la Teoría de la Perspectiva. Parte de la idea de que los agentes no evalúan sus beneficios y pérdidas de una forma total, sino a partir de un punto de referencia. Por un lado propusieron una función de utilidad para explicar la conducta cambiante en las decisiones bajo condición de sesgos. No es el caso aquí explicar las matemáticas que explican las diferencias entre la función de utilidad del modelo clásico y la de la Teoría de la perspectiva,  que se resumen en que Kahneman y Tversky sostienen que los agentes reaccionan de forma distinta ante las ganancias y ante las pérdidas. Para la economía clásica, hay una continuidad en la curva que relaciona los bienes obtenidos con su utilidad. Esa continuidad se da en la aversión al riesgo en todo momento. En la Teoría de la Perspectiva, los agentes se comportan de forma muy diferente en las ganancias y en las pérdidas: en estas últimas asumen muchísimos más riesgos, que entrañan que pesan más las pérdidas que las ganancias. Si se explicara la conducta como un casino, diríamos que el agente clásico siempre juega sobre seguro, mientras que el postulado por K&T se arriesga irracionalmente para evitar pérdidas.

Así, por ejemplo, según este modelo clásico, los agentes siempre deberían preferir la seguridad. Si se les ofrece:

  • A: Ganar 50 € seguros.
  • B: Una moneda al aire (50%) para ganar 100 € o nada ($0).

El modelo clásico establece que la utilidad de ganar los primeros 50 €  es mayor que la utilidad extra de pasar de 50 € a 100 € y, por tanto, la pena de arriesgarse a quedarse en cero es mayor que la alegría que puede dar llegar a 100, por lo que recomienda elegir lo seguro. Kahneman y Tversky mostraron en múltiples experimentos que esto es cierto solo cuando se gana. Cuando se pierde, la curva clásica falla porque no explica por qué se arriesga tanto para evitar pérdidas.  La cuestión del riesgo no es trivial aunque parezca reducir la racionalidad a beneficios y pérdidas económicas, algo que es solamente simbólico, el sociólogo Niklas Luhmann consideraba que la idea y experiencia de riesgo era lo que definía la agencia del sujeto moderno y de los sistemas que construye, por lo que la función en S de la teoría de la Perspectiva es también una representación de la vivencia de lo temporal en el sujeto moderno.

Junto a la teoría abstracta matemática, Kahneman y Tversky propusieron una hipótesis psicológica sobre el modo en que funciona la mente humana en los diversos contextos. Conjeturaron que el comportamiento está regido por dos modos de deliberación: el Sistema 1, rápido, automático, con bajo coste metabólico, dirigido por las emociones y por las heurísticas y estereotipos (y la función de utilidad asimétrica), basado en impresiones, y el Sistema 2, lento, laborioso, con alto costo de energía en el procesamiento, más lógico y calculador, con una función básica de control. Solo se recurre al S2 en situaciones de decisión difícil, en todas las demás es el S1 el que dirige la conducta. Es una hipótesis de mucha fuerza interpretativa, que permite explicar muchas de las paradojas de la conducta humana y que está muy próxima a la línea explicativa de Bourdieu y su tesis del habitus. Sin embargo, como también le ocurre a la hipótesis del habitus, la teoría de los dos sistemas sigue siendo una teoría fenomenológica, basada en la observación de la conducta y poco dispuesta a entrar en los dispositivos causales de la mente, es decir, es una teoría de caja negra que necesita ser explorada, que exige acudir a la investigación más profunda sobre cómo se forman las decisiones y las complicadas reacciones tan contradictorias del alma humana. Aquí, junto a la investigación de las neurociencias en las que tanto destaca Antonio Damásio, hay que explorar todo el trabajo de Jon Elster, filósofo y sociólogo que ha propuesto todo un programa de investigación basado en la idea de mecanismos de la mente, como caminos para ir haciendo traslúcida la caja negra.

Las teorías de la racionalidad limitada y la teoría de la Perspectiva, siendo valiosas, son teorías que se mueven en la superficie, que nos llevan a construir catálogos de “errores”, siempre dependientes de que son errores respecto a la teoría ideal económica, y que no apuntan a lo que en filosofía de la ciencia se consideran mejores explicaciones, a saber, las que apuntan a los patrones causales que están por debajo de los fenómenos, del mismo modo que, por ejemplo, la teoría de la gravedad newtoniana se explica por la teoría de la curvatura del espacio-tiempo relativista, o que la tuberculosis se explica por la acción de un bacilo. Ha sido Jon Elster, un filósofo y sociólogo formado en la tradición del moralismo francés, del marxismo analítico y de un profundo conocimiento de la teoría de juegos y la microeconomía clásica quien ha alertado sobre esta necesidad de una explicación de caja traslúcida. Mientras K&T se preguntan por los errores, Elster lo hace por las bases causales de la conducta. No, desde luego, como se hace en las ciencias naturales, en las que las bases causales están basadas en leyes universales, como ocurre en la física, sino en patrones causales que se repiten, son reconocibles por su persistencia y se activan de forma contingente, es decir, dependiendo de la situación concreta en la que está situado el agente. Estos mecanismos tienen variedades diferentes, como son, por ejemplo, los psicológicos que están debajo de los sesgos, las aversiones a las pérdidas o los efectos de anclaje que estudiaron K&T, a los que se añaden otros como los interpersonales que ocurren cuando el agente envía señales, los efectos de la búsqueda de reputación, la presión del grupo (como ocurre en el efecto “el emperador está desnudo”, en el que nadie se atreve a expresar lo que todos están viento) o los que constituyen la forma en la que actúan las instituciones como las reglas, normas e incentivos. La situación es aquí la que impone la precaución de quien investiga la conducta para buscar y reconocer qué mecanismo está actuando y contrastarlo con situaciones similares.

A diferencia de la teoría clásica de la acción, basada únicamente en el triángulo deseos, creencias, preferencias, Elster distingue entre motivaciones que tiene el agente y preferencias que manifiesta en una situación. Mientras que las acciones se explican por las preferencias del agente, éstas se explican  por las motivaciones. Por ejemplo, supongamos que una persona rechaza una oferta de postre porque prefiere permanecer delgada. Esta preferencia, a su vez, puede explicarse sea por vanidad, sea por el interés de esta persona en su salud. Al hacer entrar en juego las motivaciones, entran también en juego tanto los componentes conscientes como los inconscientes, tanto la información y las creencias como las emociones y las interacciones que se producen entre estos componentes en los niveles más básicos del cerebro. El diagrama básico del modelo de Elster, distinto al clásico que aparece más arriba, es el siguiente:


Los dos mecanismos que hicieron de Elster in autor muy conocido son los precompromisos y las preferencias adaptativas, que desarrolló respectivamente en Ulises y las sirenas (1979) y Uvas amargas  (1983) (que en realidad debería ser traducido como “uvas verdes”, tal como se narra en la fábula de La zorra y las uvas). Elster no se conforma con decir "la gente actúa por su interés" sino que se pregunta se pregunta: “¿qué pasa cuando mi interés de hoy choca con mi interés de mañana?, o ¿ qué pasa cuando mis deseos son manipulados por la impresión de son imposibles de conseguir?”

El mecanismo del precompromiso consiste en atarse de modo que las opciones futuras se orienten a un resultado deseable a largo plazo que, de otro modo tendría poca fuerza motivadora. Ulises quiere oír el canto de las sirenas, pero sabe que si lo hace, se lanzará al mar y morirá, por ello ordena a su tripulación que se tapen los oídos con cera y que a él lo aten al mástil. Él sabe que su "yo futuro" será débil (sufrirá de akrasia o debilidad de la voluntad), así que su "yo presente" toma medidas para restringirlo. Esta restricción del yo presente en aras del futuro no solo se aplica a los individuos, como quien pone el despertador al otro lado de la habitación para así vencer su previsible pereza, también se aplica a las sociedades que, por ejemplo, instauran constituciones en su etapa democrática, para evitar que en el futuro alguna mayoría vote leyes autoritarias o persiga a las minorías. Es un mecanismo que en algún sentido defiende la racionalidad un tanto irracionalmente.

El mecanismo de las uvas verdes o preferencia adaptativa ocurre cuando se ajustan los deseos a lo que es posible dentro del conjunto de oportunidades. Si no se puede obtener un deseo, se deja de desear para evitar la frustración y procurando reducir la disonancia cognitiva. En la fábula de Esopo sobre la zorra y las uvas, la zorra ve unas uvas deliciosas, intenta alcanzarlas y falla. Al rendirse, se aleja diciendo: "Bah, están verdes". La zorra no ha aprendido nada nuevo sobre las uvas (siguen estando maduras), lo que ha cambiado es su preferencia para eliminar la tensión de no poder tenerlas. El mantra neoliberal “si no haces lo que te gusta, que te guste lo que haces” es una llamada a la preferencia adaptativa. El uso del poder mediático y policial en regímenes poco democráticos para evitar disidencias mostrando que todo cambio es casi imposible es otro de los usuales entornos que producen preferencias adaptativas.

Estos dos son ejemplos de mecanismos, que más tarde Elster complementará con otros “cálidos” en los que las emociones toman el control de la acción, no siempre directamente sino a veces interactuando entre ellas y con las creencias, mutando en emociones que puedan ser menos agresivas para la estabilidad del yo en entornos sociales. Así, por ejemplo, la envidia, que produce odio al que posee algo que el sujeto desea puede no dar lugar a una ira expresiva, sino que muta en desprecio, que socialmente es menos dañino y manejable. Por debajo del sujeto cognitivo de K&T y sus modos S1 y S2 de procesamiento, el sujeto de Elster, mucho más complejo, está movido por el impulso de evitar la disonancia cognitiva y la tensión que se genera entre emociones y creencias. También más complejo que la tensión freudiana entre el principio de placer y principio de realidad o del sujeto del Sartre aún ingenuo y cartesiano en El ser y la nada que cree en la transparencia de la mente al tomar decisiones e intentar escapar de la libertad.

Lleno de contradicciones, el sujeto elsteriano vive de un modo extraño la temporalidad. La fuerza del presente se impone sobre el futuro y la búsqueda de consistencia fractura el yo en temporalidades inmediatas, de forma que la búsqueda de consistencia a largo plazo y la racionalidad son más bien aspiraciones que realidades constitutivas de la agencia. Esta es una de las grandes diferencias entre la teoría de Elster y la del modelo de la economía clásica. Se expresa en lo que Elster llama el descuento hiperbólico del futuro. En la economía tradicional, se asume que los seres humanos somos agentes perfectamente racionales. Para este agente, el valor de algo disminuye a medida que se aleja en el tiempo, pero lo hace de una manera predecible y constante. Matemáticamente, se expresa en una curva exponencial en el que un bien pierde un porcentaje fijo de su valor subjetivo a lo largo del tiempo. El futuro es aquí homogéneo y no actúa sobre las preferencias. Predice, por ejemplo, que se planee un ahorro sobre el futuro dada que la valoración seguirá siendo estable. No es así, sin embargo, como se comporta el sujeto sometido a una fuerza psicológica cortoplacista.

La aportación de Elster a la racionalidad reconoce la consistencia a largo plazo como una aspiración que la psicología y la neurociencia muestran serias limitaciones prácticas para los humanos. En la economía clásica, el descuento del futuro se modela con una función exponencial, que implica una desvalorización suave y constante en el tiempo. Sin embargo, la evidencia empírica sugiere que los individuos muestran un descuento hiperbólico: una desvalorización mucho más fuerte de recompensas próximas y una estabilización relativa de las recompensas a largo plazo. La economía clásica defiende que nuestras preferencias no cambian simplemente porque pase el tiempo. Por ejemplo, si el agente prefieree recibir 100€ dentro de 365 días en lugar de 50€ dentro de 360 días, también deberías preferir 100€ dentro de 5 días en lugar de 50€ hoy. La distancia relativa es la misma. . La economía clásica ve el autocontrol como algo sencillo. Si planeamos ahorrar para el futuro, lo haremos, porque nuestra valoración del futuro es estable.

Según Elster, los humanos no funcionamos con esa consistencia matemática perfecta. Funcionamos con un descuento hiperbólico. Es un modelo que muestra que nuestra impaciencia es extrema en el "ahora", pero nos volvemos mucho más pacientes cuando pensamos en el futuro lejano. La curva de valor cae en picado al principio y luego se aplana. Esto explica por qué hacemos planes racionales para el futuro, pero los rompemos cuando llega el momento de ejecutarlos. Por ejemplo hoy (lunes) decides que el viernes empezarás la dieta (planificación a largo plazo, curva estable). Pero cuando llega el viernes, la recompensa inmediata de comer una pizza tiene un valor desproporcionadamente alto debido a la caída "hiperbólica" de tu fuerza de voluntad ante lo inmediato. Se trata de una reversión de la preferencia por descuento del futuro.

Los puntos nodales de la hipótesis de Elster son: 1) Reconocimiento de la debilidad biológica, es decir, de lo que enseñan la neurociencia y la psicología: estamos "cableados" para buscar la gratificación inmediata. El descuento hiperbólico es nuestra naturaleza por defecto; la "desvalorización suave" de la economía clásica es una ficción matemática. 2) La inconsistencia es la norma: A diferencia del modelo clásico que ve la inconsistencia como un error raro, Elster asume que cambiar de opinión cuando la tentación está cerca es lo normal. Somos, en esencia, dos personas: el "planificador" (que quiere salud a largo plazo) y el "actor" (que quiere placer ahora). 3) La racionalidad es una aspiración, no un estado:  ser racional no significa no tener tentaciones (eso es imposible). Ser racional significa anticipar que vamos a ser irracionales. Si sé que mi "yo futuro" tendrá un descuento hiperbólico y se gastará el dinero, mi "yo presente" debe usar mecanismos de precompromiso.

Es como una “guerra” entre dos yoes. El yo impulsivo, asociado al sistema límbico, busca recompensas inmediatas y está vinculado a respuestas rápidas de dopamina y emociones. El yo planificador, representado por la corteza prefrontal dorsolateral, busca metas a mayor plazo y ejerce control ejecutivo. Cuando se presentan opciones como 10 euros hoy frente a 11 euros mañana, la respuesta límbica puede dominar y generar una preferencia por lo inmediato. En escenarios de mayor plazo, como 10 dólares en un año frente a 11 dólares en un año y un día, la corteza tiende a tomar la delantera, manteniendo la elección basada en razonamiento explícito.

Estas dinámicas no deben ser vistas como errores, sino como la manifestación de un conflicto estructural entre dos procesos cognitivos. Entra aquí la idea de la racionalidad como una victoria contextual de la planificación sobre la impulsividad, y no como un estado estable de la mente. Desde esta perspectiva, las herramientas para mitigar la inconsistencia temporal consisten en compromisos explícitos y dispositivos de diseño que faciliten la consistencia a largo plazo: automatización de ahorros, transferencias programadas, o reservas que reduzcan la tentación en el presente. La solución que propone Elster no es la negación de la racionalidad, sino su fortalecimiento a través del compromiso. La metáfora de Ulises metáfora ilustra una cierta ética de la autogestión: la racionalidad es la capacidad de planificar con antelación y de diseñar condiciones que limiten la influencia de tentaciones futuras.

La perspectiva de Elster es brillante y asume tanto el carácter ideal deliberativo de la economía clásica como las restricciones de la motivación de la racionalidad limitada y, sobre todo, la psicología de la irracionalidad de Kahneman y Tversky, que se integran en su modelo de mecanismos. La idea de que los mecanismos tienen una base en circuitos neurológicos que se activan no de forma determinista sino acoplándose a las demandas de la situación es también uno de los mayores logros de la hipótesis de Elster, que abre un puente entre las neurociencias y la psicología cognitiva y la observación antropológica y cotidiana de la acción, así como de la sabiduría que puede aportar la historia de la filosofía.

La idea de precompromisos que atan al agente presente a los futuros, es también una idea brillante que, sin embargo, es solo explicativa a medias. No porque los precompromisos no se den. Al contrario, los contratos, los rituales de boda, las matrículas pagadas por adelantado, …, las mismas constituciones, nos hacen ver que los precompromisos está por doquier. ¿Son el bálsamo de Fierabrás para la debilidad de la racionalidad? Está por ver. Pueden ser también dispositivos rígidos que impidan la agencia bajo condiciones de crisis y situaciones agobiantes.

En próximas entradas trataremos la racionalidad al modo en que tratamos la salud como un producto o subproducto de hábitos y virtudes, pero también y sobre todo de construcción de entornos preventivos, de políticas de racionalidad que eviten o disminuyan la probabilidad de activación de mecanismos de irracionalidad.

 





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