Vivimos un proceso de degradación del modo en que nacen y
circulan los valores en las culturas contemporáneas. En las sociedades
tradicionales el círculo de prácticas de producción y consumo, de reproducción
del grupo y del entorno genera directamente valores que son visibles en el
aprecio o desprecio que se tienen unos miembros y otros. El capitalismo
inaugura procesos y esferas autónomas de valoración y apreciación: la
circulación de mercancías se superpone a la circulación de acciones y, en tanto
que la gran mayoría de la población somete su tiempo al salario, “ganarse la
vida” y formarse para el mercado de trabajo comienzan a dominar sobre otros
campos de la vida que importan. Esta distorsión de los valores fue señalada por
Marx en el Manifiesto comunista: “"Todo lo sólido se desvanece en
el aire; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a
considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones
recíprocas". El capital no crea valor, pese a tanta propaganda, sino que
lo extrae del tiempo de vida necesario para la reproducción social. Por encima
de este proceso, bien conocido y siempre controvertido, han surgido otros
procesos que, a la vez que sutiles, son más profundos en lo que se refiere a la
extracción y expropiación de valores. Tienen que ver con transformaciones
sociales y culturales en el capitalismo avanzado.
Las grandes transformaciones que se dieron en el capitalismo
desde la crisis del petróleo del 74 y el impacto de la digitalización masiva
fueron fundamentalmente estas dos: la progresiva globalización financiera,
comercial, productiva y cultural (educación, entre otras formas) y el ascenso y
hegemonía del neoliberalismo en las políticas de estado. La suma e interacción
de estos dos procesos estructurales en los diversos planos de las esferas y
sistemas mundiales produjo entre otros muchos efectos ⎼la flexibilización, la externalización⎼ un hambre general de
información sobre todos los componentes de las sociedades que progresivamente
quedaban imbricadas por los flujos comerciales, financieros y culturales. El
gran problema de la información demandada era sin duda, y lo sigue siendo, la
heterogeneidad de los contenidos de los datos que podían ser útiles. Los
tratamientos estadísticos funcionan mal sin la homogeneización, de modo que, en
medio de la revolución digital y el creciente tráfico en el ciberespacio, el
capitalismo reinventó el mismo proceso que en la Revolución Industrial, la
estandarización universal de todos los componentes de la producción y
distribución. En realidad, la estandarización y la automatización son dos
fuerzas permanentes de la economía capitalista, pero la conciencia generalizada
de su necesidad se remonta a finales del XVIII y sobre todo el XIX, primero,
como suele ocurrir, en el ámbito militar con la normalización de los calibres
de las armas de fuego, luego extendida a todos los componentes de la industria
para que las máquinas herramienta. No solo, por cierto, de los componentes,
sino de toda la cadena de producción. La extensión de la normalización y
estandarización a los datos se produjo a través de la convergencia de varios
procesos que culminan en los que cabe llamar la metrización de la
sociedad. La convergencia se dio en varios vectores. El primero fue el
desarrollo de sistemas de indicadores cuya función es relacionar varios
tipos de datos para generar un resultado numérico. El segundo proceso fue
aplicar sistemas de indicadores a todos los aspectos de la realidad social en
todos su niveles y producir clasificaciones (ránquines en la jerga
popularizada) de todos los dominios, instituciones y personas a los que se
aplicaron los indicadores. El tercer proceso fue la automatización de la
extracción de datos y la aplicación de indicadores y de clasificaciones. La
convergencia de estos procesos se produjo a la vez que la aparición de una
galaxia de instituciones públicas y privadas de consultoría y “control de
calidad” que ofrecían esta información estandarizada y empaquetada a los
agentes institucionales que la demandaban con tanto apetito. La extensión
universal de los sistemas de puntuación y las agencias de calidad asociadas ha
sido una transformación estructural del capitalismo no menor que la
globalización y el neoliberalismo.
Si la globalización ha producido un aumento global de la explotación
en el trabajo por sus procesos de externalización y flexibilización y si el
neoliberalismo ha incrementado la alienación global, la sociedad métrica
ha producido una expropiación de valores generalizada. C. Thi Nguyen ha
explicado muy bien cómo se genera el proceso de captura de valor a través de
los sistemas de puntuación. Lo hace en su libro The Score (La
puntuación). Nguyen ha trabajado en varios campos, especialmente en filosofía
de los juegos, un campo apasionante y bastante desconocido pese a lo popular de
la práctica del juego reglado, sea en sus formas físicas o virtuales
(videojuegos). Wittgenstein, lo recordamos bien, usó los juegos como unidades
para analizar las prácticas humanas en todas sus dimensiones. Son sistemas de
acciones que tienen reglas constitutivas y normas que definen qué es lo que se
quiere lograr. En ese sentido son buenos modelos de las prácticas humanas o de
las acciones en un espacio comunal en el que son reconocidos los logros de la
acción.
Cuando Nguyen opone juegos/ puntuación tanto desde el
disfrute de la acción como desde los valores y objetivos, está pensando en su
propia experiencia del cambio que supone la implicación lúdica a la acción que
cambia al objetivo, no ya de ganar, que podría ser constitutiva del juego, sino
al impulso de jugar para conseguir una puntuación que ubique al jugador en un
puesto superior en una clasificación numérica. Pienso en mi propia experiencia
en el “juego” de pensar y escribir filosofía. Es un complejo de acciones,
emociones y deliberaciones en el que emergen diferentes valores y que se incorporan
a la motivación general, siempre en equilibrio entre tensiones: comprensión del
problema, desesperación por la dificultad de entender, búsqueda de información,
disfrute de lecturas, miedo a la página en blanco, “flujo” de la palabra cuando
encuentras un camino, exploración de matices conceptuales y otras muchas cosas
que importan y que hacen de la escritura de filosofía una retorcida senda en
medio de un bosque de preguntas y ocasionales iluminaciones. Todo eso cambia
cuando estás escribiendo un paper para ser admitido en una revista de
impacto, que habrá de ser juzgado por “pares” y editores celosos de la
puntuación de la revista. Todos los valores y lo que importa colapsan en un
índice numérico de impacto. Al principio tu motivación se balancea entre el
disfrute de la acción y el “logro” de la publicación que merecerá un número. Al
final, si no tienes cuidado, tu motivación se ahorma a la métrica y ya solo
importa el número de papers en las revistas Q1. Tu biografía intelectual
ha mutado en un curriculum vitae, una carrera de posiciones.
Las métricas tienen ese efecto. Tienen otros efectos en
escalas mayores que la de la vida personal. Reestructuran el sistema de valores
en tanto que reestructuran el modo en que los valores emergen en las prácticas
sociales. Si en el capitalismo la esfera de la mercancía se ha convertido ya en
una esfera cuasiautónoma en la que las vidas de la gente se orientan a la posesión
de esa cosa extraña, materialmente hablando, que es la riqueza y el capital, la
irrupción de la tela de araña de las agencias de calificación genera nuevas
dinámicas autónomas sobre la misma naturaleza e interacción de los sistemas
sociales, produciendo una suerte de embudo en el que la heterogeneidad de los
valores se funde en la cuantificación. Al principio era solamente un deseo y
necesidad de información, más tarde, los indicadores se convirtieron en moldes
no ya informacionales sino performativos. El extraño juego de la reducción del
valor y la reorganización de las motivaciones es no solamente una forma nueva
de alienación sino que también es, en un sentido bastante estricto, una
expropiación de valor.
¿Cómo esta extracción de valor degenera la calidad de la
agencia? Emplea Aristóteles en la Retórica tres conceptos para explicar
el éxito de un buen discurso convincente: ethos, pathos y logos. Sabía bien Aristóteles que son
dimensiones de la agencia que se manifiestan en la articulación de la voz
orientada a transformar un material delicado de la realidad, a saber, la mente
de los otros. Que se manifiesta en todos los demás dominios componiendo lo que
cabe considerar como calidad de la agencia. El ethos apunta a los
elementos estables en la superficie y las profundidades del sujeto: las
competencias, virtudes, hábitos…, que articulan las reacciones del sujeto ante
las demandas de lo real. El pathos compone el universo afectivo sin el
que es imposible la motivación y el impulso de acción. El logos es la
competencia extraña que llamamos racionalidad deliberativa, producto del
lenguaje que transformó al ser humano en un habitante de dos naturalezas, la
física y la que construye la palabra. La coordinación de las tres dimensiones,
su integración con el conjunto de la personalidad, es lo que define la calidad
de la agencia, en tanto que transformación y compromiso con el mundo propio y ajeno.
Cada una de las dimensiones contiene valores que dependen a veces de la tarea
emprendida (el “juego”, en el sentido de Nguyen), a veces del proceso de
generación del plan y proyecto, otras muchas de la dinámica de interacción
entre situación y agente, todo ello siempre como una figura caleidoscópica de
valores que se van modificando (y reforzando o debilitando) en el desarrollo de
la acción. La fuerza de la cuantificación numérica afecta a todas las
dimensiones y, en general, a la estructura del conjunto motivacional. Lo hace
desfigurando la integración agente, produciendo distorsiones en el proyecto de
vida y en el particular plan de acción. Y, como, nos explicó Richard Sennett,
al final es una carcoma que produce corrosión del carácter.
