En 1943 coincidió la publicación de dos obras cardinales en
francés: El ser y la nada de Jean-Paul Sartre y Lo normal y lo
patológico de Georges Canguilhem. Ambas coinciden en que el modo primigenio
de aproximarse al conocimiento del cuerpo y alma debe suponer siempre una
tensión conceptual entre lo normal y lo patológico (Canguilhem) o entre lo
negativo y lo positivo (Sartre). La medicina y la psiquiatría se transformaron
cuando emergió esta distinción y la superación del concepto de enfermedad como
síntoma por la búsqueda de las causas, un cambio que se dio sustancialmente en
el siglo XIX. En la teoría de la acción, la intencionalidad y la racionalidad
humanas, sin embargo, la vía negativa tuvo que esperar mucho más en la
medida que los modelos de acción y racionalidad trataban al sujeto humano como
un razonador perfecto o casi perfecto. La influencia de la economía sobre la
teoría de la acción y sus ideales de equilibrio y cálculo de costos y ganancias
se impuso durante décadas a la evidencia empírica de los fallos, túneles y
dispositivos de la mente constitutivos y no simplemente ocasionales.
Aunque la literatura sobre la racionalidad imperfecta o
limitada ha llenado centenares de estantes de bibliotecas, es sorprendente la
poca atención que se ha concedido en filosofía a la torpeza y al malentendido,
ambos debilidades de la acción en el terreno de lo práctico y lo social, ambos
profundamente relacionados y ambos condición primigenia sobre la que se va
desenvolviendo el habitus, la sensibilidad, la habilidad y la propia
racionalidad práctica.
Este breve comentario tienen por objeto esbozar la hipótesis
de que la relación que existe entre torpezas y malentendidos es una suerte de
inclusión: los malentendidos son formas de torpeza en las relaciones humanas en
general, que se manifiestan incluso en el malentendido propio o dificultad con
la transparencia de los estados mentales en primera persona.
La torpeza o inhabilidad es fruto de la falta de integración
entre las intenciones, las intenciones en acción y el mundo mismo. Es nuestra
condición inicial en el mundo: el desarrollo sensoriomotor y cognitivo es una
senda serpenteante en un bosque de destrezas que socialmente consideramos como
normalidad. Levantarse y caminar coordinadamente, algo que exige a los bebés un
desarrollo neuronal, del sistema motor óseo y muscular, el lenguaje mismo, el
atarse los zapatos, aprender la escritura ligada, entender la esfera del reloj.
Nuestra vida es una constante constatación de nuestras torpezas.
En el lado de la normalidad, lo normal es la torpeza; en el
lado de lo patológico está la dispraxia, que Wikipedia define así: “La dispraxia,
también conocida como síndrome del niño torpe, es
un trastorno psicomotriz que implica una falta de organización del
movimiento —por lo cual el niño o la persona que la padece siente impotencia
por ser incapaz de realizar las actividades de la vida diaria como el lavado de
dientes y el comer de manera adecuada—. Es una alteración de los movimientos
voluntarios previamente aprendidos que se ejecutan obedeciendo una orden, sin
otras alteraciones del lenguaje, motoras o sensitivas que expliquen el defecto.”
Esta separación se puede extender desde lo psicomotriz a otras formas de
habilidad social que rozan el trastorno cuando se convierten en inhabilitantes
para la vida cotidiana.
La torpeza es una suerte de desposesión del yo en la
relación con el mundo y con los otros. Desde las más elementales formas de
comportamiento a las que entrañan más sofisticación, como las que encuentran
los adolescentes (o no solo adolescentes) en los primeros escarceos eróticos, o
las incapacidades para llevar a cabo conversaciones respetando el turno de
palabras y siendo sensibles a las intenciones comunicativas de los otros. La
torpeza tiene una dimensión corporal esencial que nace de la falta de
integración de las funciones mentales, fisiológicas y de presencia en el
escenario de la acción. Se extiende esta corporalidad a la interacción social con
otros, de ahí que la torpeza sea continua con el malentendido, en tanto que la
comunicación exige también coordinación de gestos, actitudes y palabras
adecuadas.
Un viejo chiste sobre el carácter castellano en la
comunicación narra la historia de un campesino que volvía caminando desde su
predio y fue alcanzado en el camino por un paisano que le invitó a subir al
carro con un gruñido propio de la comunicación verbal de la aldea. Transcurrió
el viaje de vuelta en silencio por una hora, al cabo de la cual el campesino
invitado dijo suspirando “¡pues sí!”, sin mayor explicación, a lo que el dueño
del carro respondió airado “¿cómo que sí? ¡bájate ahora mismo!” Los castellanos
tendemos (al menos en el estereotipo) a ser torpes en la comunicación y a
malentender sistemáticamente los gestos e intenciones ajenas, lo que se traduce
en falta de sentido del humor y faltas de recursos para soslayar los pequeños
roces de la conversación y la vida. También en el estereotipo se acusa a los
gallegos de esconder las intenciones y provocar si no malentendidos al menos dudas
sobre aquellas.
Una parte de la torpeza intencional es la falta de pericia
en la autocomprensión. Entender nuestros propios afectos, deseos e intenciones
es una habilidad que nunca hay que dar por supuesta (una de las debilidades
mayores de la filosofía sartriana son sus restos de cartesianismo que le llevan
a sobrevalorar la transparencia de la mente, una de las razones por la que su
concepto de mala fe es tan ambiguo, al menos en El ser y nada). Los
temperamentos caprichosos, las tendencias a la indecisión patológica, son
formas de torpeza intencional.
La vida es una montaña rusa de torpezas y malentendidos:
adquirimos hábitos y al tiempo nos encontramos con desvaríos, insensibilidades
y desmañas en la relación con las cosas y las gentes. La experiencia más
cercana de las relaciones padres/madres/hijos, las relaciones de pareja, las
relaciones en el entorno del trabajo o las de amistad son siempre terrenos
donde las torpezas y malentendidos minan el buen discurrir de los lazos
afectivos.
Los terrenos de la comunicación política son otro de los
terrenos donde la torpeza y el malentendido incapacitan para la construcción
política, tan dependiente de la palabra. En la asamblea ateniense, quienes
deseaban tener una carrera política acudían al entrenamiento por parte de
sofistas e incluso actores profesionales (se cuenta que Sófocles impartió
clases de oratoria). Tertulias y sesiones del Parlamento son espectáculos de
impericia y de trapacerías comunicativas que forman la sustancia de la política
contemporánea y que lacran la democracia de forma grave.
La torpeza y el malentendido son el bajo continuo de las
estridencias y conflictos cotidianos o mucho más aparatosos en las escalas
institucionales. Pensamos que lo peor de la vida social es la mentira y las fake
news o la propaganda, pero no atendemos a esas formas de irracionalidad colectiva
que son las torpezas y malentendidos.
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