« Las grandezas, dijo Pangloss, son muy peligrosas, según informan todos los filósofos […] ¿Sabéis cómo perecieron Creso, Astiages, Darío, Dionisio de Siracusa, Pirro, Perseo, Nerón, Oto, Vitelio, Domiciano, Ricardo III, María Estuardo, Carlos I, los tres Enriques de Francia, el emperador Enrique IV? Sabéis… —También sé, dijo Cándido, que tenemos que cultivar nuestro jardín. —Tenéis razón, dijo Pangloss; porque cuando el hombre fue puesto en el jardín del Edén, fue puesto allí “ut operaretur eum”, para que trabajara: lo cual prueba que el hombre no ha nacido para el descanso. —Trabaja sin razonar, dijo Martín; es la única forma de hacer soportable la vida.» (Voltaire Cándido o el optimismo).
Voltaire redactó esta novela panfleto, este sarcasmo narrado,
contra el optimismo de Leibniz que postulaba un posibilismo sobre el estado de
las cosas resumido en el lema de “el mejor de los mundos posibles”. En
realidad, la moraleja del cuento volteriano no dista tanto de la de Leibniz: “si
la vida te da limones, haz limonada”; “si no haces lo que te gusta, que te
guste lo que haces”; “si no eres capaz de cambiar el mundo, deja que el mundo
te cambie a ti” y otros tantos consejos que renombran la retirada al jardín de
Cándido.
Simone de Beauvoir le devuelve el sarcasmo a Voltaire y se
pregunta por la naturaleza y, sobre todo el tamaño de ese jardín al que se
quiere retirar Cándido, el jardín de la acción a la escala de la zorra que no
alcanzaba las uvas, y convierte una vieja fábula en una perspicaz meditación
sobre la acción humana, a la altura o la profundidad de otras autoras como
Simone Weil y su reivindicación de la atención, Elizabeth Anscombe y su examen
de la intención o Hannah Arendt y sus tesis sobre la relación entre acción y
palabra. Fue en su primera obra filosófica, Pirro y Cineas, 1944, dedicada
a la acción humana reflexiva, a la praxis, donde desenvuelve su sarcasmo
y desarrolla su teoría, que arma sobre las dos preguntas ortogonales que articulan
los ejes del espacio de la acción y con ello el espacio de posibles respuestas
a sendos dilemas: ¿hasta dónde se extienden los límites del jardín?, o, como reescribiré
más abajo, ¿cuál es la estructura de la situación en que ocurre la acción
humana? La segunda pregunta, de hecho con la que comienza el libro, es el
dilema de Pirro y Cineas:
“Plutarco cuenta que un día Pirro hacía proyectos de conquista: “Primero vamos a someter a Grecia”, decía. “¿Y después?”, le pregunta Cineas “Ganaremos África”. “¿Y después de África?” “Pasaremos al Asia, conquistaremos Asia Menor, Arabia”. “¿Y después?” “Iremos hasta las Indias”. “¿Y después de las Indias”. “¡Ah!”, dice Pirro, “descansaré”. “¿Por qué no descansar entonces, inmediatamente?”, le dice Cineas. Cineas parece sabio. ¿Para qué partir si es para regresar? ¿A qué comenzar si hay que detenerse? Y sin embargo, si no decido en primer término detenerme, me parecerá aún más vano partir. “No diré A”, dice el escolar con empecinamiento. , “¿Pero por qué?” “Porque después de eso, habrá que decir B”. Sabe que si comienza, no terminará jamás: después de B será el alfabeto entero, las sílabas, las palabras, los libros, los exámenes y la carrera; a cada minuto una nueva tarea que lo arrojará hacia una tarea nueva, sin descanso. ¿Si no se termina nunca, para qué comenzar? Aun el arquitecto de la Torre de Babel pensaba que el cielo era un techo y que lo [10] tocaría algún día.” (S. de Beauvoir, Pirro y Cineas, 1944)
Con este problema, comienza este libro, (traducido al
español en 1972 como ¿Para qué la acción?). Es un libro de filosofía
profundo y poco reconocido como tal. Beauvoir ha pasado a la historia por sus
libros El segundo sexo, La vejez, su autobiografía y algunas
novelas, pero no por este, que me parece la mejor exposición, la más clara y de
más alcance del existencialismo (un término que ella odiaba). Se distancia de
Sartre y mucho más de Heidegger y presenta un dilema con el que yo comenzaría
cualquier curso de filosofía: ¿por qué hacer algo en vez de quedarnos en la
quietud de nuestro jardín? Una tentación que se hace más irresistible con la
edad y con la cercanía del fin de la vida.
La respuesta es todo el libro y, sí, Beauvoir está del lado
de Pirro contra Cineas. Implicarse siempre, hasta el último día, es la forma en
que el ser humano trasciende la situación en la que vive, siempre una mezcla de
libertad y facticidad, de posibilidad y necesidad. Lo contrario es sumergirse
en el barro de la justificación por las condiciones determinantes del contexto
sean sociales o corporales.
Simone de Beauvoir desarrolla sus ideas en el marco de la fenomenología
sartriana, expuesta en El ser y la nada: la acción humana discurre entre
la libertad y la facticidad, la libertad solo existe bajo condiciones de
alteridad o referencia a la libertad del Otro. Parecería que Beauvoir no es más
que un epígono filosófico del maestro, pero sería muy superficial entenderlo
así. En Pirro y Cineas, la autora va mucho más allá que Sartre en su
conocida obra y, con estas dos preguntas, plantea una arquitectura moral que el
propio Sartre tuvo que reconocer que era más acertada que la suya.
Por lo pronto, abandona una de las más acertadas críticas
que se han hecho (y que Sartre se hizo a sí mismo) a El ser y la nada: que la vida sea una secuencia continua de
instantes en los que estamos obligados a elegir esto o lo otro de manera
excluyente, y sólo mediante esa elección lúcida podemos escapar de la
facticidad y la mala fe. No siempre estamos obligados a elegir: las decisiones
solo existen en el marco de situaciones y de encadenamientos de proyectos.
La idea de situación es central en el pensamiento de
Beauvoir y es sin duda la gran aportación suya a la teoría de la acción: la
situación, el jardín de Cándido, no es el contexto. Su teoría no divide entre
la parte intencional, que sería personal, subjetiva, y el entorno de la acción
como marco externo. La situación es siempre una composición de lo interno y lo
externo, lo corporal y material y los deseos y proyectos.
En la situación, en cada situación, siempre en singular, se
articulan las ventanas de posibilidad y libertad con las restricciones de lo
fáctico y la pasividad (la “obediencia” de la que hablaba Simone Weil). Lo que
mejor define la circunstancialidad de la acción no es tanto el viejo problema
kantiano de lo interno y lo externo cuanto la inmersión del sujeto en la
relación con el otro. Esta relación es la que determina el grado de libertad y
define la calidad de la praxis. El otro siempre es parte de la situación,
siempre bajo la condición hegeliana de que los dos polos, el sujeto y el otro, son
siempre falsos polos cuando se consideran excluyentes, como el amo que se
declara sujeto y por ello el esclavo se convierte en objeto. Solo cuando se internalizan
las estructuras de reconocimiento la situación se convierte en el espacio de
libertad en la necesidad.
A diferencia de Sartre, que siempre elegía ejemplos inanes,
como el camarero que hace de camarero, la señorita puritana que se deja tomar
de la mano, el homosexual que no se considera tal y así, Simone de Beauvoir
dedica la explicación de qué es la situación a un profundísimo análisis del
cuidado, anticipándose en décadas a lo que sería llamada “ética del cuidado”.
Lo hace a través del análisis de la diferencia entre compromiso y sacrificio:
el sacrificio es la forma de cuidado bajo la condición de mala fe. Se expresa
en esa frase que todo hijo ha temido oír alguna vez de su padre o su madre: “con
todo lo que hemos hecho por ti”. El sacrificio es la acción aparentemente
generosa hacia otro con la actitud de “ser para otro”, de “dedicación a la
causa”, de entrega del propio ser a cambio de un reconocimiento de esa dedicación
que puede ser o no ser exigido pero que siempre está presente en la conciencia
como de motivación de la acción.
La estructura de la situación define el modo en que se inserta
el proyecto del sujeto en el entorno de exigencias del otro, de la materia y la
corporalidad de la acción y por ello en la forma en que la acción misma
trasciende esa situación creando otra nueva, una ampliación del jardín, un
encadenamiento de proyectos como Pirro, que va conformando una vida en libertad
o una vida en la complacencia de la facticidad.
Lo externo de la situación, observa Beauvoir es justamente
aquello que otros como Heidegger consideran interno, en particular la muerte. No
hay tal cosa como “ser para la muerte”, la muerte no forma parte del jardín, ni
forma parte del proyecto, nadie se “enfrenta” a la muerte, es algo
completamente externo, lo mismo que la vejez o el agotamiento de las fuerzas.
Son modos de reducir el “ ser para” a un “ser para algo” que es externo a la
situación.
Décadas más tarde, la filosofía moral anglosajona
descubriría el particularismo y el situacionismo como si nadie hubiese reparado
antes en ello. Comparando la finura y profundidad de Beauvoir con la diletancia
analítica, el situacionismo de esta autora y la estructura trágica de su
planteamiento alcanza una radicalidad que se le escapa al academicismo. Curiosamente,
la teoría de la situación de Beauvoir, ya en plan un poco más técnico, encaja
perfectamente con la semántica de situaciones que propusieron Barwise y Perry
en los años ochenta como parte de un proyecto amplio de pragmática. Queda para
otro momento el analizar esta afinidad. También el análisis de cómo los proyectos
son la forma en que la acción humana trasciende la situaciones y por ello
ampliando los bordes del jardín de Cándido.
¿Por qué hacer algo y no quedarnos en nuestro jardín?, ¿por qué no aceptar el consejo de Cineas?. La tentación es mayor con la edad y aún mayor con la cercanía del fin de la vida. NO, Beauvoir está del lado de Pirro contra Cineas.
Implicarse siempre, hasta el último día, es la forma en que el ser humano
trasciende la situación en la que vive, siempre una mezcla de libertad y
facticidad, de posibilidad y necesidad. Lo contrario es sumergirse en el barro
de la justificación por las condiciones determinantes del contexto sean
sociales o corporales. Si alguien quiere entender bien la segunda parte de El
segundo sexo haría bien en leerse esta maravillosa obra. Beauvoir fue siempre
la parte lúcida de la pareja con Sartre.

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