Un siglo de filosofía crítica, deconstructiva, socio-constructivista, de pesimismo sobre la imaginación y de pensamiento negativo nos está dejando conceptualmente inermes para construir una moral que haga un futuro posible y deseable, que recree las condiciones de una Tierra y una tierra en común, que cree espacios de libertad real como ejercicios de afirmación de la vida contra las fuerzas del caos. Necesitamos modificar la ontología y repensar la epistemología para constituir una ética de la vida y de la supervivencia.
La filosofía es siempre una navegación peligrosa en estrechos turbulentos teniendo a babor y a estribor escollos amenazadores. Las tensiones clásicas han sido las de apariencia/ser, ser/deber ser, sujeto/objeto, concepto/experiencia y algunas otras dicotomías que aprendemos en los primeros cursos. En los últimos cien años, la filosofía se ha guiado por la ilusión de que las dicotomías o los binarios pueden desaparecer y que las zonas híbridas o grises son las únicas regiones donde habita la identidad, que por ello se autodisuelve como afirmación para convertirse en un becoming, un devenir puro sin que tenga sentido “devenir algo” positivamente.
Tal fue la característica definitoria de la llamada
posmodernidad: no hay significados fijos, cada actuación (performance) los
transforma, no hay sujetos, solo dispositivos y sujeciones, no hay tiempos que
no sean eventos instituyentes, no hay totalidades, solo fragmentos y
constelaciones. La propia teoría crítica, la que comenzó a desmontar la
modernidad se entendió a sí misma como una vía negativa: “Pensar ⎼escribe Adorno en Dialéctica
negativa⎼ es, ya en sí,
negar todo contenido particular, resistencia contra lo a él impuesto; esto lo
heredó de la relación del trabajo con su material, su arquetipo”. Adorno
escribía contra Heidegger y su idea de la desvelación del ser, al modo en que
el escultor desvela la figura de un trozo de mármol, contra la jerga de la
identidad y contra la misma idea de concepto o sistema.
Judith Butler, ahora la pensadora más influyente en el siglo
actual, intuyó pronto que las cosas habían ido demasiado lejos. Ella misma
había sido icono de la posmodernidad con su libro El género en disputa
(1990), un manifiesto contra los binarios de la identidad de género. Tres años
más tarde, en Cuerpos que importan: sobre los límites materiales y
discursivos del “sexo” (1993), un texto fundacional de la teoría queer,
plantea que hay fallas en la performatividad, zonas de resistencia y de
creación de formas de vida habitables, algo que parece comenzar una sospecha
contra la pura negatividad. Más tarde, en Mecanismos psíquicos del
poder: Teorías sobre la sujeción (1997), hará todavía más visibles sus dudas, ahora
sobre la presunta desaparición del sujeto promovida por una cierta lectura de
Foucault, afirmando de nuevo que no se puede entender el poder sin zonas de
resistencia que no pueden ser sino afirmativas.
Todo había comenzado mucho antes en el pensamiento
existencialista de Sartre y Simone de Beauvoir y en su propia autocrítica. En El
ser y la nada (1943) había abrazado una concepción negativista de la
identidad. La libertad es siempre una huida o anihilación del ser en sí, de la
pura facticidad en la que se encuentra de forma gratuita y contingente el ser
humano. Su concepto de libertad como negación y la espontaneidad van de la
mano. Lo que define la diferencia específica del ser humano es la negación de
lo que es a través de una decisión mediante la que trasciende su situación. El
ser y la nada es un libro bastante contradictorio que comienza con un
concepto abstracto de ser humano, sujeto y libertad como negación para
reconocer en el capítulo “la mala fe”--una forma de alienación en la que el sujeto no es capaz de superar su condición, su facticidad-- que en la situación concreta las personas tienen condicionantes (su forma de ser) pero pueden superarlos y concebirse como proyectos prácticos. Simone de Beauvoir, mucho más perspicaz que él respecto a esta
contradicción, en su hermoso libro, Pirro y Cineas (1944) captó que la
materialidad de la situación es siempre una mezcla de condicionantes y deseos,
de sujeción y libertad. En Para una moral de la ambigüedad (1947) lo teorizó
de forma mejor armada (aunque menos clara para el público no filosófico) y
planteó que la condición básica es la situación, una composición concreta de condicionantes y de apertura a otras posibilidades. Sartre lo entendió muy bien y
en 1960 escribió su desgraciadamente poco valorada Crítica de lar razón
dialéctica en la que asume claramente esta ambigüedad tanto como condición personal
como de actuación práctica (praxis) y de inteligibilidad de la historia como fruto de
la acción positiva bajo condicionantes y consecuencias no queridas. En ambos casos (persona/ historia)
Sartre define un materialismo radical en donde la conciencia es siempre corporal,
no menos que los condicionantes (lo que él llama lo “práctico-inerte”). La acción
siempre transforma positivamente las situaciones pero crea un entorno nuevo que
es a su vez un condicionante no querido ni programado.
Al tiempo que Sartre en El ser y la nada, la teoría
crítica y el posmodernismo del becoming plantearon la negación como la
marca de lo humano. Coincidían en su oposición a toda construcción estable que supusiese una superación positiva de lo rechazable en una situación. Pero aquí hay un error grave que impregna toda la via
negativa e impide pensar adecuadamente la extraña mezcla de identidad y
diferencia, ser y no ser, presente y futuro. Para empezar, la negación no es una medida de lo
humano sino una marca de la vida. La vida surge en el universo ya en sus formas
más elementales como una mezcla de negación y producción de presencia, de elusión y de
afirmación de un lazo indisoluble entre entorno interno y externo. No es otra
cosa lo que Schrödinger entendió como “metaestabilidad” y la biología posterior
definió como homeostasis y más tarde autopoiesis. El neurólogo Antonio Damásio
lo ha explicado muy claramente en sus libros más recientes El extraño orden
de las cosas: La vida, los sentimientos y la creación de las culturas (2018)
y Sentir y saber: El camino de la consciencia (2021). La mínima
vitalidad de un organismo unicelular o la más compleja de los organismos
pluricelulares entraña siempre una mezcla de evitación y de impulso, de
sensibilidad y de espontaneidad, de contingencia y de posibilidad. Los sentidos
externos o internos en los organismos complejos no son solo receptores, son
productores de presencia: el cuerpo siente produciendo cambios para mantener su
existencia.
Presencia es la afirmación de un ser como parte participante
de una situación. El dolor, el sufrimiento, el miedo, tanto como el deseo no
existen sino cambiando la situación y trascendiéndola. Presencia es siempre
apropiación de una situación. Presencia es siempre afirmación bajo la condición
de negación de una situación. Es siempre producción de posibilidad. Solo entonces
aparece el sentido como forma de evitación del caos.
El historiador y crítico literario Hans Ilrich Gumbrecht en
su magnífico texto Producción de presencia (2004) sugiere que este sería
un gran proyecto para las humanidades superando la escisión entre la negatividad
tal como la entendió la teoría crítica, el posmodernismo o el constructivismo
social y la afirmación positiva de lo material que contienen todas las ciencias
contemporáneas. Gumbrecht llama la producción de presencia a la producción de
sentido y significado. Es, ciertamente, una característica de la cultura, pero
es también una característica de la vida. No hay vida sin una producción
inacabable de sentido que vive el presente como una mezcla indisoluble de
negación y afirmación.
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