lunes, 30 de septiembre de 2019

Javier Muguerza Carpintier (1936- 2019) In memoriam








Texto de mi aportación a la Revista Teorema como obituario de javier  Muguerza:



Obituario


In memoriam Javier Muguerza Carpintier

(1936-2019)


Fernando Broncano


Entre el cariño y la ironía, Manuel Atienza calificaba a Javier Muguerza de pontifex, sin atreverse del todo a añadir el calificativo inmediato de maximus. Lo enunciaba, eso sí, acudiendo a la etimología del término –como “artífice de puentes”— y ningún otro adjetivo le correspondería mejor en tanto que filósofo que habría construido varios pasadizos sobre las aguas turbulentas de la academia en lo que sociológica y políticamente llamamos ahora “cultura de la transición”. La muerte de este filósofo el 10 de abril tiene un cierto aroma simbólico de fin de era, como si la natura se acompasara con transformaciones en el ámbito de la cultura. Su pontificado se extiende sobre dos ámbitos que no siempre se corresponden: el estrictamente filosófico y el amplio espacio de la sociología académica. Ninguno es irrelevante a la hora de repensar su figura, pero sin la menor dura lo más interesante lo encontraremos en sus pasos teóricos entre orillas filosóficas.
Continuando la imagen, no sería incorrecto situar su pensamiento en una cierta betweenness, en los entredoses de pertenencias filosóficas que recorren sus afiliaciones y disidencias, de las que haría necesidad virtud en lo que posiblemente defina como un rótulo su filosofía: “la ética del disenso”. Su obra se extiende por una diversidad de temas siempre nucleares, pero cabría resumir su trayectoria en y entre dos significativas publicaciones: La razón sin esperanza, publicado en 1977 por Jesús Aguirre en Taurus, y en cuyo prólogo de 1976 se hace eco de la vuelta de Aranguren a su cátedra tras el exilio académico, y Desde la perplejidad, publicado en 1990 pero cuyo prólogo, en la edición que manejo del FCE está redactado en 1987. Fue una década de cambios sociales en España que se refleja (sin ninguna tentación determinista) en las variaciones que Muguerza manifiesta en su pensamiento: en los problemas, en las soluciones y en el mismo “tono”, para expresarlo con el término de Stanley Cavell.
La razón sin esperanza (RsE, en adelante) recoge trabajos –papers, para expresarlo con su nombre de estilo– de una década anterior. Es un libro ortodoxamente analítico en las formas y en el contenido, que brega con la open question de Moore y con la falacia naturalista tratando de hallar un lugar para la ética en un panorama intelectual como el contemporáneo a su redacción en donde el pensamiento moral apenas se elevaba de la catequética. Pese a ello, no tiene como enunciatario, o sujeto lector, a los teóricos de la moral integristas o conservadores sino, todo lo contrario, las formas de naturalismo que se estaban extendiendo en la renovación de la filosofía española del momento. La historia de la filosofía analítica en la Península ha ido por sendas diferentes a aquellas, pero en los finales de la década de los sesenta los dos marcos de referencia principales eran la filosofía de la ciencia y una suerte de marxismo abierto a formas de racionalismo, bien por una cierta alianza con la lógica formal o bien popularizando el racionalismo crítico alemán en sus formas habermasianas o post-popperianas. A lo largo del libro, Muguerza va orientando sus referencias hacia lo que en su momento fueron autores que se movían en los márgenes de la filosofía analítica, como es el caso de Toulmin, o hacia las modalidades más historicistas y sociológicas de la filosofía de la ciencia,como fueron los casos de Lakatos y Kuhn.
En este sentido, cabría comparar la obra de Muguerza con la de Richard Rorty, alguien de su generación y de similar trayectoria. Ambos parten de una suerte de alianza entre el pensamiento moral y la ciencia (mucho más radical en el caso de Rorty, directamente eliminacionista en sus comienzos). Ambos autores desarrollaron por los mismos tiempos una crítica radical a la corriente analítica dominante. Rorty, a partir de la crítica al predominio de la epistemología en el pensamiento moderno y las ansiedades por la verdad y la objetividad. Muguerza, a partir de la crítica al olvido de la autonomía del sujeto en las diversas formas más extendidas de pensamiento moral. Rorty fue en parte responsable del renacimiento del interés por el pragmatismo en el ámbito norteamericano. Muguerza, por una suerte de neokantismo amplio en el ámbito hispano o, quizás mejor, hispano-mexicano.
A comienzos de los años setenta Muguerza ya había adquirido una reconocible capacidad de influencia en las editoriales más activas del momento, en particular a través de su relación con Javier Pradera, y planificó una larga antología de textos de la filosofía analítica que habría de ocupar cinco volúmenes, pero que al final quedaron en dos. En 1974 ya se habían desarrollado círculos analíticos en Valencia y Barcelona que hacían extemporánea la publicación, pero aun así no dejaron de tener una influencia didáctica en el creciente número de grados de filosofía en la universidad española del momento. El texto suyo que abre la antología “Esplendor y miseria de la filosofía analítica” ya es una declaración de principios de lo que desgranaría el volumen de RsE.
La década siguiente fue una época de bastantes cambios en la sociedad y la universidad y en ella se sentaron las bases de lo que ha sido el discurrir de la filosofía española en las últimas décadas. Estos cambios son relevantes también para entender la evolución del pensamiento de Muguerza hacia los textos que recoge Desde la perplejidad, un texto central en las líneas fundamentales de la comunidad académica en ética, filosofía moral y del derecho (DP, en adelante).
Siempre es ilustrativo leer las referencias que a lo largo de una biografía intelectual muestran las ideas con las que se mide un autor. Las que aparecen en DP cumplen esta función con eficiencia. En las postrimerías de RsE, las lecturas toulminianas de Wittgenstein habían ido cobrando importancia y, menos prominentes, las alusiones al filósofo postmarxista polaco Leszek Kolakowski, uno de los espíritus más influyentes en los procesos del final de la Guerra Fría. DP comienza reivindicando esta convergencia de la filosofía analítica soft con el postmarxismo en sintonía con la línea que en aquellos momentos conducía la editorial Taurus de la mano de Jesús Aguirre, un editor clave en el aggiornamento entre el catolicismo postconciliar y el marxismo de la constelación de la Escuela de Frankfurt. En este hilo, y al compás de la política de traducciones de esta editorial, las conferencias recogidas en DP van creciendo, desde la simpatía y distancia, en la abundancia de discusiones de las filosofías de  Apel y Habermas, patronos de la aplicación de una cierta lectura de la filosofía analítica pragmática del lenguaje a la filosofía política. DP desvela progresivamente otra red de citas y autores que Muguerza considera en cierta tensión y discusión con el neopragmatismo alemán: se trata de una cierta lectura liberal de Kant desde la perspectiva de Rawls.
No son ociosas estas alusiones a las citas e ideas con las que se mide Muguerza en DP, un texto icónico de una época filosófica en el espacio hispano. No creo cometer una sobre-interpretación si me atrevo a decir que se estaba creando una suerte de canon fundacional de lo que académicamente se establecería como el área de ética y filosofía moral, un proceso institucional que acompaña a la recopilación de textos que conforman DP. Un abandono nostálgico de la filosofía analítica; un abandono no menos melancólico del marxismo (y así el fin de la transida disputa entre analíticos y dialécticos del fin de los prolegómenos de la transición); una recepción cuidadosa y distante de lo que podría llamarse la filosofía oficial de la socialdemocracia de los setenta, en una tensión-diálogo con el liberalismo (en el doble sentido filosófico y político en el contexto norteamericano) del contractualismo neokantiano. Algo así como la creación de un tripolo: el wittgensteinianismo abierto, el marxismo de la esperanza y el liberalismo avanzado de Rawls.
RP pontificaba sobre aguas turbulentas. Fueron corrientes diversas las que confluían en lo que terminó siendo la estabilización académica de la filosofía en la transición española. La filosofía académica del franquismo estaba en declive, por más que aún sostuviese un cierto poder institucional y aparecían nuevos núcleos de tensión. En un lado, aún menor, aunque con una cierta audiencia mediática, la creciente ola de “posmodernismo” en variantes estéticas o postestructuralistas: en otro lado, la compleja resistencia a lo que se veía como una nueva filosofía institucional, que Muguerza representaba como primer director del Instituto de Filosofía del CSIC; en un tercer lado, el nuevo fenómeno de la apertura de la filosofía española a los espacios antes ignorados latinoamericanos, y en particular a la potente filosofía del derecho argentina. Fueron tiempos complejos, ahora ya difíciles de reconstruir, y Javier Muguerza lidió en ellos con toda su inteligencia para preservar, por una parte, una cierta independencia intelectual de la filosofía moral respecto a otras disciplinas y, por otra parte, con las crecientes tensiones entre escuelas y tradiciones que antes habían estado en una suerte de pax augusta en los momentos previos a la transición. Muguerza, en este laberinto de pasiones, propuso una alternativa que trataba de negociar las múltiples tensiones: la alternativa del disenso.
La propuesta de Muguerza es una suerte de adaptación de la vía negativa a las controversias filosóficas contemporáneas. La epistemología popperiana, y sus versiones más radicales como la de Feyerabend, adoptaron esta idea de que la disidencia era el núcleo básico de la racionalidad humana. Muguerza nunca lo reconoció, pero el trasfondo del popperianismo crítico está muy presente en su alternativa del disenso. También, ciertamente, hay muchas convergencias en esta idea y una de las grandes virtudes del pensamiento de Muguerza fue tejerlas con habilidad. La alternativa del disenso reserva un espacio de autonomía allí donde todas las formas de naturalización serían proclives al determinismo en el juicio o la decisión. En este sentido, Muguerza se alinea con lo que una década más tarde se popularizará como neokantismo en teoría de la acción y campos relacionados.
La idea del disenso tiene además un contexto socio-cultural y en cierto modo político que no cabe obviar en una rememoración de este pensador tan central. Muguerza estaba preocupado por no ser arrinconado en una cierta esquina cultural de servidor de la nueva ideología socialdemócrata que rigió la península y que recorría Europa en los años ochenta. Quiso establecer la noción de antagonismo como ideal crítico interminable en todos los estratos de la cultura. Con una cierta distancia reconocemos en Muguerza una potencialidad de pensamiento que llegaría a ser mucho más extendida en el siglo xxi.
Volvamos al comienzo: Muguerza como trazador de puentes. Ciertamente, los puentes no son pasos que tracen cualesquiera ingenieros. Se necesita mucha habilidad, conocimiento y poder para poder erigir estos lugares de paso. No es la alternativa de la vía negativa la peor de las formas donde fundar las arquitecturas conceptuales de una trayectoria cultural. Es una suerte de negocio permanente entre el dogmatismo y el relativismo. En este sentido, en el haber de Javier Muguerza está el haber proporcionado medios poderosos para resistir a la ola compleja, pero en general destructiva, de un cierto posmodernismo de la parodia, la frivolidad y el rencor contra los hechos y la verdad.
Sociológicamente, Javier Muguerza ha tenido una influencia muy reconocible en la instauración de líneas de trabajo y estilos, en particular en lo que institucionalmente se conocían como áreas en el marco de la filosofía, y en particular en el área de ética y filosofía moral. En términos más amplios, fue el primer director del Instituto de Filosofía del CSIC y no hay ninguna duda de que allí dejó su impronta. Contribuyó a la creación de Isegoría, una de las revistas más relevantes del medio académico español en filosofía.


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