August Landmesser es el obrero que cruza los brazos cuando
todos los trabajadores del astillero Blohm und Voss de Hamburgo hacen el saludo
nazi en 1937. Se casó con una judía, tuvieron dos hijas; su mujer murió en un
campo de exterminio; él, después de ser detenido en un campo, fue enviado al
frente y murió en 1944. Huckleberry Finn, que no está dispuesto a ser
“cevilizado” decide ayudar al negro Jim y arriesgarse con la ley esclavista.
Landmesser y Huck han decidido ir contra la corriente. Algo en sus personas ha
resistido a la fuerza de los valores y costumbres de su entorno social y no les
ha vencido el temor al riesgo que corrían al hacerlo. Algo debe haber que
explique por qué se han desviado de lo esperado en su entorno.
Situémonos en una clase de jóvenes en secundaria y hagamos
esa pregunta. No saben nada de Kant ni sus imperativos, ni mucho menos de otras
teorías que seguramente no les habrán sido explicadas en sus clases. Nadie les
ha hablado de psicología moral, menos aún de agencia, de subjetividad, de la
construcción social del sujeto ni otras complejidades conceptuales de la
filosofía contemporánea. No tengo duda, sin embargo, que entenderán en lo
profundo de sus corazones a estos dos personajes, uno muy real y otro ficcional,
mítico, ya icono de la literatura. Lo saben bien porque esas experiencias las
viven cada mañana en sus casas, en su grupo y en la institución escolar a la
que asisten. Son adolescentes y su cerebro está descubriendo un nuevo impulso
doloroso a separarse de lo que le impone el entorno social y a tomar decisiones
propias, sean de cómo vestirse, de cómo pasar el tiempo libre o de cómo
implicarse o no en los deberes que le exigen sus familias y las clases. O qué
leer, pensar, cómo hablar, cómo gesticular, cómo y a quién gustar. No importa
que esas decisiones que ven tan propias y singulares terminen coincidiendo más
de lo que quisieran con las que toman otras compañeras de alrededor, quizás
porque la identificación y la fuerza de las miradas de aquellas haya operado
más de lo que quisieran en sus dudas. No importa, se ven a sí mismas en un
espacio de singularidad que están creando entre tantas discusiones y vaivenes
emocionales en casa, en la calle y en el aula. Están descubriéndose a sí mismas
como agentes morales, como seres razonablemente libres. Sin que nadie se lo
explique, están desvelando el profundo misterio de la condición humana. Con un
poco de suerte y alguna buena profesora conectarán esta experiencia con todo el
aparato conceptual de la filosofía. Esa experiencia es la que vale para ellas y
la que desgraciadamente se pierde en la filosofía más académica enredada en las
madejas de teorías sobre el sujeto, la sujeción, el poder y la construcción
social, o el reino de los fines y las identidades prácticas.
Con la edad olvidamos aquellas montañas rusas afectivas de
la adolescencia, cuando los sistemas endocrinos alteran de maneras extrañas el
cerebro, que se transforma y convierte a la persona en un ser adulto acoplado
mejor o peor a la corriente de los días y las costumbres de su sociedad. En
esas alteraciones, que tan mal llevan la familia y el profesorado, está, sin
embargo, la experiencia encarnada de la constitución del ser humano como agente
práctico. Está también la explicación de por qué y cómo las sectas, religiones
y otros grupos aprovechan estos impulsos de disidencia para reclutar fieles
creyentes y practicantes a los que ofrecen lo que en apariencia es un espacio
de singularidad y rebeldía por más que termine en una nueva uniformidad. En esa
experiencia primigenia está también la explicación de por qué es tan difícil la
educación en libertad y para la libertad. Porque es una educación que exige
compromisos trágicos con impulsos contradictorios: la individualidad y la
necesidad de reconocimiento grupal; la gestión del deseo y la motivación entre
la fuerza de lo inmediato y la imaginación de los propios yoes futuros que se
adivinan sin aún ser conocidos.
Hemos olvidado en la filosofía académica esta experiencia y
hemos olvidado también la adolescencia de la filosofía en la que nacieron
conceptos que ahora nos parecen ingenuos, que rechazamos usar porque se han
cargado de mucha basura moralista, han sido estigmatizados por la filosofía
posestructuralista o han sido enarbolados de formas lamentables por algunos
movimientos históricos. Me refiero a términos como integridad, autenticidad,
identidad. Fueron términos que nombraban conceptos relacionados con la emergencia
del sentido de agencia personal y colectivo, con los peligros de la alienación
y extrañamiento, de la conciencia desgraciada, de la mala fe y de otros
derroteros quebrados de la vida.
No sé si merece la pena recuperarlos, tal vez sean como
expreso ahí arriba formas de adolescencia de la filosofía contemporánea,
maneras de explorar e intentar dar sentido a la experiencia histórica de
debacle del sentido del yo en un mundo mecanizado dirigido por las fuerzas sin
control del capitalismo y sus formas autoritarias, neoliberales o, ahora,
neoautoritarias. Los problemas
filosóficos centrales tienen que ver con cómo pensar el sujeto en
primera, segunda y tercera persona, en cómo articular la identidad personal en
su forma individual y en su forma y constitución social, en cómo relacionar el
yo y el nosotros, en cómo diferenciar las formas ficticias de las verdaderas en
las identidades narrativas, y en cómo hacer sitio a la identidad y el reconocimiento
en una cultura que se está hartando de las apelaciones a la identidad. Todos
ellos se resumen en la resistencia a la alienación y al conformismo que
producen las varias formas de determinismo. ¿Son compatibles estos conceptos
con nuestra intuición contemporánea de que somos seres en devenir, seres de la
frontera, nómades, procesos abiertos a fuerzas intersectoriales? Quizás debamos
encontrar otros nombres, quizás debamos rescatarlos, lo mismo que tratamos de
hacer con términos como “libertad”, “justicia” y “democracia”. Por el momento,
mi intención es hacer un breve recorrido por algunos momentos de la filosofía
reciente que los han tratado e incorporado a su obra.
Comencemos con autenticidad, el término más
característico del existencialismo del siglo pasado (y más denostado: cfr. La
jerga de la autenticidad de Adorno, cuya filosofía debe más de lo que él
desearía a esta jerga). El concepto trata de dilucidar qué sería la fidelidad a
uno mismo. Cito aquí solo alguno de los grandes autores en los que ejerce una
fuerza atractiva sobre los demás conceptos de su obra-
Habría que remontarnos a Rousseau, y a sus críticos como
Diderot, pero en la cultura contemporánea la autenticidad comienza a
incorporarse al vocabulario filosófico con
Ser y tiempo (1927). Para Heidegger, la autenticidad (Eigentlichkeit )
no consiste en expresar una personalidad interior única o en encontrar el «yo
verdadero» en un sentido psicológico sino que es una condición ontológica. Heidegger
argumentaba que estamos «arrojados» a un mundo que no hemos elegido y que, por
lo general, vivimos en un estado de inautenticidad conformándonos con la masa
anónima. Se necesita de una comprensión radical de propia mortalidad y en tanto
en cuanto se asume la propia condición de ser hacia la muerte comienza la
distancia con la masa. El individuo auténtico se apropia de su vida como tiempo
finito en sus circunstancias históricas específicas, su facticidad y se
proyecta en el futuro.
En Jean-Paul Sartre resuena con fuerza Heidegger, de hecho popularizó
el concepto con su difundida obra El ser y la nada (1943), aunque su
sentido radicaliza la idea de apropiación a través del ejercicio de la
libertad, en tanto que condición ontológica del ser humano. Sartre distingue la
noción ontológica de libertad de cómo se ejerce en situaciones concretas en las
que hay que lidiar con la facticidad o las limitaciones internas (qué es lo que
somos en cada momento) y las externas (qué es posible hacer en una
circunstancia social e histórica determinada). Su análisis tiene un momento
negativo, lo que llama «mala fe», que no es sino una huida de la
responsabilidad que nace de reconocer la propia condición y asumir las
consecuencias de una decisión, y un momento positivo, que es el definir la
propia vida como un proyecto abierto de futuro.
En el contexto de la cultura neoyorkina de posguerra, liberal, de un socialismo antiestalinista, alrededor de la Partisan Review, el influyente crítico literario Lionel Trilling examinó el concepto desde un punto de vista histórico y sociológico en su influyente libro Sincerity and Autenticity (1972), argumentando que la sociedad moderna habría ido cambiando desde la sinceridad, como un ideal orientado al exterior de la persona, en una cultura que se estaba «civilizando» y que necesitaba la confianza como factor de socialidad, hacia un ideal moderno mucho más oscuro que nace de un escepticismo sobre una sociedad falsa y opresiva. El individuo auténtico, a menudo el artista moderno o el rebelde cultural, debe excavar bajo los roles construidos socialmente para encontrar una verdad cruda, a veces adversaria, incluso si eso lo aleja de la comunidad. Autenticidad e individualismo romántico y posromántico se van imponiendo como estructuras de sentimiento de la modernidad tardía. Trilling influye notablemente en dos grandes filósofos contemporáneos: Charles Taylor y Bernard Williams, quienes parten de su obra para sus respectivos análisis. Dejo a un lado al historiador suizo Jean Starobinski y su importante libro que tan presente está en todos estos autores Jean-Jacques Rousseau: la transparencia y el obstáculo (1957).
El filósofo canadiense Charles Taylor sigue, en lo que
respecta a la historia cultural, el marco de Trilling, pero su profundidad
filosófica, desde una tradición hermenéutica muy próxima al lenguaje analítico,
liga la noción de autenticidad con temas como la mediación lingüística y
comunitaria en la constitución del sujeto y una crítica al desencanto de la
modernidad. En La ética de la
autenticidad (1991) (muy recomendable la introducción de Carlos Thiebaut en
la edición castellana en Paidós) observa que la búsqueda moderna de la
autenticidad se ha convertido en un individualismo superficial y narcisista, por
más que su ideal central pueda seguir siendo valioso y digno de rescatar. Critica
lo que él llama el «individualismo de la autorrealización» y el relativismo
moral en el que todas las elecciones de estilo de vida se consideran igualmente
válidas simplemente porque un individuo las ha elegido, en donde se tratan las
relaciones sociales y las instituciones como meros instrumentos desechables
para su propia autorrealización. La verdadera autenticidad no puede existir en
el vacío, no se puede inventar la identidad de la nada. Para tener una identidad
significativa hay que ubicarse en horizontes de significado en los que las
cosas importan objetivamente, en marcos culturales y tradiciones. Él,
particularmente, se inscribe en una tradición en la que la religión es un modo
de encontrar significado, pero, en todo caso, considera que la autenticidad es
un ideal moral válido siempre que se acepte una concepción dialógica de la vida
en algún espacio moralmente articulado.
Charles Taylor y Sartre son dos
lectores y seguidores de la filosofía de Hegel, son dos grandes teóricos de la
agencia y la subjetividad, pero entre el materialismo ateo de Sartre y el
comunitarismo católico de Taylor encontramos diferencias sobre la identidad
humana y la relación con la sociedad. Para Sartre, la libertad de la conciencia
se enfrenta a la mirada objetivante del Otro, a la que se rinde ocasionalmente
en el pantano de la mala fe, adoptando una identidad que impone la sociedad,
más fácil que soportar el aterrador peso de la propia libertad. Ser auténtico,
en opinión de Sartre, es rebelarse constantemente contra estas etiquetas
impuestas desde el exterior y afirmar la libertad. En las obras posteriores,
abogará por una idea positiva de autenticidad que se realiza en el compromiso
con otros y con su libertad. Taylor afirma un comunitarismo original de la
identidad. Los seres humanos están profundamente arraigados en un contexto
social y lingüístico. Aprenden lo que significa amar, enfadarse, ser ciudadano
o ser artista a través del lenguaje. Para Sartre no existe un orden moral
preexistente, una naturaleza humana o un plan divino que nos guíe. Se crea el
significado completamente ex nihilo a través de las elecciones y la
acción, sin que quepa el refugio de la religión, la sociedad o la biología. Al
menos es así en El ser y la nada, algo que matizará más en la Crítica
de la razón dialéctica y otras obras. En definitiva, parecen enfrentarse un
yo rebelde situado en circunstancias cambiantes a un yo situado en coordenadas
establecidas por la tradición.
El concepto de integridad es más
cercano en el tiempo y quizás menos sospechoso que el de autenticidad. Se
relaciona más con la identidad narrativa y la formación de la identidad
personal sin tanta fuerza normativa como la autenticidad. Lo rescata la línea
neoaristotélica de Bernard Williams como centralidad del carácter y la
formación histórica de ser persona. Al igual que Sartre, considera que el
sujeto se forma en un proyecto fundamental de identidad, en el que entran los
compromisos profundos, los valores y los afectos de donde procede el sentido
estructurando así el deseo de una buena vida. La integridad no es una virtud,
sino la condición constitutiva de un carácter unificado que se expresa en las
reacciones a las circunstancias de la acción.
En el entorno del debate sobre
si el ser humano está dotado o no de libre albedrío y si este exige un mundo
indeterminista en el que sean posible alternativas de acción, o si, por el
contrario el determinismo básico de las leyes naturales no es incompatible con
la libre decisión, Harry Frankfurt desarrolló una propuesta de integridad cercana
e sugestiva. Sostiene que lo que hace únicos a los seres humanos es la
capacidad de autoconsciencia a través de la autoevaluación reflexiva, que se
expresa en los deseos sobre los deseos y en la identificación
incondicional con las decisiones, independientemente de que haya o no
limitaciones de acción. En este marco, la integridad se manifiesta como
sinceridad que alinea los deseos de primer y segundo orden y permite la
apropiación. La integridad es así una expresión de unidad volitiva, de entender
qué es lo que le preocupa e importa al sujeto realmente e implicarse en ello.
En la misma línea comunitarista
de Taylor, también en un marco filosófico inspirado por la tradición católica, más
tomista que hegeliano, en After Virtue (1981), Alasdair MacIntyre
abordaba la integridad como una propiedad de la identidad narrativa. La
sociedad moderna, sostiene, fragmenta la vida humana en roles inconexos y la conciencia
de uno mismo y la identidad requieren que las vidas sean narradas como una historia
continua, con sentido y en desarrollo. La integridad sería entonces la
capacidad de construir una unidad narrativa, buscando una coherencia en las
acciones que debe ser entendida como un telos o propósito, en el que la identidad se
disuelve en una serie de episodios inconexos.
Si desde el lado neoaristotélico
Williams, Taylor o MacIntyre tratan de rescatar el concepto de integridad,
desde el lado kantiano ortodoxo Christine Korsgaard hace algo similar,
especialmente en su libro Self-Constitution: Agency, Identity, and Integrity
(2009). Al igual que Sartre, Korsgaard afirma que estamos condenados a elegir,
que somos lo que hacemos y que en cada encrucijada tenemos que preguntarnos si
podemos vivir con aquello que vamos a hacer. Esa idea es la que articula su
modelo de sujeto como un ser autoconstituido por razones, que logra una identidad
práctica. Tenemos identidades contingentes que se expresan en los roles y
las relaciones cotidianas; identidades que son fuentes de razones también
contingentes y condicionadas, pero también experimentamos. Estas identidades
pueden entrar en conflicto, de hecho entran continuamente, tal como han señalado
todos los estudios sobre interseccionalidad. Korsgaard argumenta que el modo de
resolverlos es bajar a un nivel de identidad práctica fundamental, que se constituye
como un acto de unificación. El libro discute curiosamente el modelo político de
identidad que propone Platón en la República y lo confronta con el
modelo kantiano, aunque de hecho es un kantismo que toma muy en cuenta cómo
Platón relaciona la vida de la ciudad con el orden justo también en la
constitución del alma.
Aunque quedan muchos autores y
muchos matices, llegamos así al núcleo de los problemas filosóficos que
planteaba al comienzo, que no es otro que la cuestión de la identidad, el
centro de gravedad tanto de la ontología como de la filosofía política y de los
estudios culturales de las últimas décadas. En estos campos encontramos un continuo
proceso de crítica e incluso desmantelamiento del concepto de identidad como un
concepto operativo filosófica, cultural y políticamente. El foco de la crítica
es que tratar la identidad como una algo fijo o esencial que se tiene o se es proviene
de una mala metafísica que, además, fragmenta políticamente las sociedades y
atrapa a los individuos en categorías rígidas. Estas críticas políticas se unen
a la tradición spinoziana francesa de Deleuze, quien populariza la idea de identidades
fluidas, basada en el devenir. Rosi Braidotti ha sido quien ha llevado el
proyecto deleuziano a una teoría global de las identidades nómadas. Junto a
Gloria Anzaldúa y varias otras autoras de la idea de lo liminal y la
hibridación, la crítica a la identidad forma parte ya de la filosofía
contemporánea más extendida.
Una de las críticas de las
consecuencias políticas es que la identidad está muy relacionada con la
violencia que se deriva de reducir a los seres humanos, que son seres
complejos, a marcadores de identidad singulares. Amartya Sen, en su libro «Identidad
y violencia: la ilusión del destino» (2006) ataca lo que él denomina el
enfoque de una identidad humana única, es decir, la ilusión de que la identidad
de una persona puede reducirse a una única categoría predominante como la religión,
la nación o la raza, mientras que los seres humanos están constituidos por una
multitud de afiliaciones que se entrecruzan. Cuando los líderes políticos o los
movimientos culturales obligan a las personas a dar prioridad a una
identidad por encima de todas las demás, crean tribalismo. Sen sostiene que
gran parte de la violencia sectaria y la hostilidad cultural del mundo son una
consecuencia directa de este error filosófico. Al borrar nuestras afiliaciones
compartidas y transversales, el modelo de identidad singular hace que la
empatía sea imposible y el conflicto inevitable. En una línea paralela, Kwame
Anthony Appiah, en obras como Las mentiras que nos unen: Replanteando la
identidad y La ética de la identidad argumenta contra el
esencialismo de las identidades sociales que son construcciones culturales y
sostiene que las identidades nacen del conflicto y del sentimiento de tribu,
frente a lo que propone un nuevo cosmopolitismo alejado de las identidades
violentas.
Desde los estudios culturales,
Judith Butler se ha convertido en la gran crítica de la identidad en tanto que
trampa construida por el poder desarrollando un proyecto filosófico que comenzó
en El género en disputa: El feminismo y la subversión de
la identidad (1990). Poniendo el foco en el género y la
sexualidad, sostiene que las identidades no son hechos preexistentes de la
naturaleza. Son productos performativos de acciones repetidas, limitadas por
las normas sociales, que crean la ilusión de una identidad. Son ficciones
reguladoras, cajas creadas por las estructuras de poder dominantes para
organizar, vigilar y controlar a las poblaciones. Cuando los grupos marginados
utilizan categorías de identidad fijas como base para su liberación política
(por ejemplo, formas rígidas de política de identidad), corren el riesgo de
reforzar las mismas categorías que los oprimen. La verdadera liberación, desde
este punto de vista, proviene de subvertir y disolver estas rígidas categorías
de identidad, no de defenderlas.
Profundizando en esta crítica
política, Wendy Brown en Estados del agravio: Poder y libertad en la
modernidad tardía (1995), basándose en el concepto de ressentiment en tanto que sentimiento reaccionario de resentimiento y
superioridad moral nacido de la debilidad en el análisis Nietzsche, critica las
políticas de identidad. Argumenta que las identidades políticas se forman cada
vez más en torno a un sentimiento compartido de agravio, trauma o exclusión.
Anclar la identidad en un agravio crea una paradoja. Para que la identidad
sobreviva, la herida debe mantenerse abierta y ello conduce a una política en
la que los grupos se centran en su propia marginación, buscan protección y
disculpas infinitas por parte del Estado en lugar de un poder emancipador y una
libertad reales. Esto atrapa a los individuos en un estado permanente de
resentimiento. Estas políticas crean apegos o vínculos y a una paradoja
política y psicológicamente devastadora: si la marginación se superara
realmente, si se lograra la verdadera igualdad y liberación, la identidad
forjada por ese sufrimiento se evaporaría y, debido a que los seres humanos
desean profundamente la identidad y la pertenencia, el grupo se apega
inconscientemente a su propia sumisión. Perder al opresor es perderse a uno
mismo. Por lo tanto, el movimiento termina reescribiendo y vigilando constantemente
su propio trauma, escudriñando el horizonte en busca de nuevas ofensas que
validen su continua existencia. Esto lleva a un sentido de rectitud y
superioridad moral permanente por encima de la libertad.
En la misma trayectoria de
estudios culturales, Stuart Hall, ofrece una influyente crítica de la identidad en ensayos como Cultural
Identity and Diaspora (1990) y Who Needs “Identity”? (1996), Hall no
solo critica el concepto de identidad, sino que replantea por completo la forma
en que debemos pensar sobre él. Sostiene que la idea tradicional y esencialista
de la identidad está filosóficamente muerta, pero que, políticamente, parece que
no podemos prescindir de ella. La identidad es una ilusión reconfortante. No
existe una esencia auténtica y oculta que esté esperando a ser descubierta. Frente
a esta concepción, sugiere que la identidad no es una cuestión de ser,
sino de convertirse. Es un proceso continuo e inacabado en que se está moldeado
por la historia, la cultura y el poder. La identidad no tiene tanto que ver con
quién se es sino de dónde se viene y en que se quieren convertir personas y
colectivos. La identidad es si acaso un punto
de encuentro, una sutura que explica cómo la ideología y el discurso cosen o
unen al sujeto a una identidad o posición específica dentro de un mensaje. Es
el proceso discursivo que conecta al individuo con una representación cultural»
(una costura).
La sociedad y la cultura están
llenas de discursos, narrativas, medios de comunicación, lenguaje y expectativas
histórica que crean posiciones específicas en las que se sitúan los colectivos
como el «ciudadano ideal», el «joven rebelde» o el «inmigrante». La
identidad es el punto temporal e inestable en el que el sujeto individual se
une o se sutura a estas posiciones sociales. Estamos constantemente
negociando con las historias que la historia cuenta sobre nosotros, eligiendo
qué posiciones adoptar, a cuáles resistirnos y cuáles subvertir. Por lo tanto,
las identidades nunca están unificadas, sino que están cada vez más
fragmentadas y fracturadas. Siguiendo a Derrida, Hall señala una profunda
paradoja sobre cómo funciona la identidad: La identidad solo existe a través de
la diferencia. Se piensa la identidad como algo completo en sí mismo,
sin embargo es un concepto que solo tiene significado por lo que no es, al modo
en que se aprende la luz gracias a la oscuridad. Así, una identidad como
«europeo», «blanco» o «masculino» solo puede construir sus límites definiendo
un «otro» que existe fuera de ella. Por lo tanto, el «otro» no es solo un grupo
marginado, sino que es fundamentalmente necesario para que la identidad
dominante exista. Esto significa que las identidades son siempre relacionales
y, a menudo, se construyen sobre jerarquías de poder inestables.
Hall aplicó estas críticas
teóricas a la experiencia de la diáspora caribeña. Se opuso a la idea de que
los pueblos colonizados o desplazados debían mirar hacia atrás, hacia una
identidad africana única, pura y precolonial, para encontrar su «verdadero» yo.
En cambio, celebró la hibridación. Dado que las identidades están sujetas al
juego continuo de la historia y el poder, la identidad diaspórica se define por
la mezcla, la traducción y el reconocimiento de diferentes corrientes
culturales. Tratar de controlar los límites de la identidad para mantenerla
«pura» es históricamente inexacto y políticamente asfixiante.
La crítica cultural a la noción
de identidad nos lleva al problema central filosófico: cómo articular la
constitución agente del sujeto con las identidades producto de la interacción
cultural y social, con las cajas en las que son incluidas las personas que, por
otra parte, necesitan vínculos de pertenencia. Así volvemos a la pregunta del
comienzo: ¿cómo es posible la resistencia?

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