Trump grita “¡bien!, ¡me alegro!” al ser informado de que el
antiguo director del FBI Robert Mueller, su antiguo perseguidor legal, había
fallecido. No es el peor gesto que has observado en él, pero te preguntas qué
ocurre en la cabeza de este tipo. Tampoco es para tanto, te dices, en un mundo
empozado en varias guerras, lo normal es leer y escuchar celebraciones por la
muerte de los del otro lado del conflicto. En un tiempo de fracturas profundas
en las escalas y unidades con las que consideramos qué es lo correcto, de
desacuerdos no ya en los valores sino en la misma consideración del otro como
ser moral, el odio se ha incorporado a la experiencia cotidiana legitimando
estas expresiones como peccata minuta.
¿Acaso el odio está incorporándose a los sentimientos
morales, aquellos que en filosofía se consideraban como las bases de la
conciencia moral, la culpa, la ira y el resentimiento? Hubo un tiempo ⎼ digamos la época del neoliberalismo⎼
en que fueron los intereses, y acaso emociones blandas como la avaricia, las
que articularon el trasfondo de sentido de las formas del poder. Era un tiempo
de cálculos y estadísticas, reinado de los expertos con el rostro impávido. No
ahora, que el mundo parece movido por justificaciones morales que alimentan una
violencia estática como la electricidad que precede a la tormenta. Y el odio.
El odio que sostiene la fuerza motivante de las justificaciones morales.
Tiempos para
desconfiar de la moral. ¿No es acaso la moral violencia con otros términos?,
¿no es sino el fragmento del discurso que precede a los golpes, desahucios,
expulsiones, confinamientos, secuestros, bombardeos? Puritanos, fundamentalistas,
ayatolas, nacionalistas, supremacistas, resentidos unidos por la historia, agitan
las mismas expresiones morales antes de desatar los demonios del terror y la
intimidación. En una ensoñación macabra se te presenta la humanidad como multitudes
inacabables que convergen en un campo de Marte, cada procesión formada por
gentes con una mochila de agravios de la que extraerán en su momento los
recursos emocionales de odio antes de la batalla. ¿Qué te está pasando para que
escribas estas cosas?, ¿acaso tú no formas parte de una de esas multitudes?,
¿no es esa pesadilla un signo de que está desvariando tu escala y crees estar au
dessus de la mêlée?
Tiempos de escepticismo moral, ¿cómo sabemos que algo está
mal, que es injusto, que no tendría que ser así?, ¿es una simple opinión o
creencia que puede variar o, peor aún, un subproducto de intereses no
explícitos que vienen dados por nuestra posición en el mundo? Calicles defiende
ante Sócrates que la única forma de justicia natural es la ley del más fuerte,
que así es como son las cosas en la naturaleza y como deben ser en la sociedad.
O quizás lo contrario, el discurso moral se ha adueñado del habla y ya nada
parece que sean cuestiones de hecho, todo es pura valoración y sientes que
cuando todo se ha teñido de moral nada es moral, si todo es agua, la toalla
nada importa, también es agua.
Entre el escepticismo y el nihilismo moral hay solo una
pequeña zanja fácil de atravesar. El nihilismo mira hacia abajo, a los
cimientos de la constitución cultural y social de la conciencia moral para señalar
las oscuras fuerzas de las que nace. El escepticismo se limita a constatar que
detrás de las expresiones de agravio, desagrado, repulsión o resentimiento no
hay más que reacciones viscerales que están tan o tan poco justificadas como
las del adversario. En una atmósfera cargada de violencia que colorea tanto
discurso moral, ni el escepticismo ni el nihilismo parecen las peores opciones.
No lo son. Al contrario, son un momento necesario para despertar del sueño
dogmático, una parada en el camino sin sentido a la destrucción, un pequeño
espacio construido para facilitar la duda y la sospecha. El escepticismo y el
nihilismo son el grado cero de la epistemología moral y política. La
adolescencia de la conciencia del momento y la situación histórica. El comienzo
de la cura de la infección.
Nacemos en algún lugar, un tiempo, en una cierta sociedad y
en una posición en que nos colocan las múltiples fuerzas que conforman nuestro
cuerpo, mente, relaciones y vínculos emocionales y cognitivos. Nacemos ya
cargados de hechos y valores. Heredamos umbrales emocionales, significados,
sentido común en el entorno inmediato, relatos sobre lo ocurrido y guías para
vivir. No podemos cuestionar esta carga histórica porque es la que nos permite
salir todos los días de casa, entender cómo funcionan las cosas y manejarnos en
ellas de modo más o menos desmañado. En una zigzagueante trayectoria nos
hacemos personas que en algún momento se preguntan por la dirección de la
multitud a la que siguen sus pasos.
En el momento cero de la conciencia moral y política, el
escepticismo y el nihilismo ayudan algo a apartarse por un momento de la
multitud. Es el momento de las preguntas. Preguntas que no tienen un carácter
académico, intelectual, como el que sugiere la expresión que más arriba le daba
“¿cómo sabemos?”. Son preguntas mucho más viscerales, algo así como “¿qué me
está pasando?”, “¿qué hago con mi vida?”.
La conciencia moral y política nace en esos momentos de
entreluces. Cuando ya no basta la herencia recibida, ni siquiera la herencia de
agravios, deudas e ilusiones. Ni siquiera los significados de las palabras. Sképtomai,
“mirar con cuidado”, considerar la experiencia, los lazos que nos atan a la
situación que hemos heredado, los matices, darle una forma que pueda entender
tu alma. Y aprender a vivir con ello. Los dos polos de la epistemología moral y
política: ¿cuál es la situación en la que estamos?, ¿qué me concierne?, ¿por
qué mi cuerpo reacciona así ante esa experiencia? ¿no hay más en el relato de
esa experiencia que el discurso heredado? Los dos polos de la epistemología moral
y política son la experiencia de la situación y la experiencia agente. Entre
ellos están todas las mediaciones culturales, materiales, afectivas y
corporales.
Hay que atravesar el desierto de la skepsis. Mirar
con cuidado para no resbalar de nuevo. Las grandes epistemólogas del feminismo,
Donna Haraway, por ejemplo, habían proclamado que todos los conocimientos son
situados, que los hechos y los valores se entrelazan y que la objetividad está
al final del camino, no está dada ni por la naturaleza ni por la cultura. Pero
quizás no nos basta ya en un mundo de atmósfera recalentada como el que
vivimos.
Es necesario trascender la situación y la tradición. Resituarlas
y no solo situarlas. La filósofa política Sonia Kruks, especialista en la
filosofía existencialista, habla de ir más allá de las “epistemologías de la
procedencia” y la también epistemóloga feminista Lorraine Code se hace eco de
esa propuesta y nos lleva hacia una mirada más totalizadora, “ecológica” la
denomina.
Trascender la situación no arregla los conflictos, solo nos
hace conscientes de ellos y de cuánto, cómo y en qué manera nos conciernen. Nos
obliga a cuestionar nuestra posición, nuestras mochilas de agravios y nuestros
odios y amores y, como en las entreluces del amanecer, tratar de adivinar los
puntos nodales que se van a tomar como guías en el camino que cada uno lleva
por los senderos de la historia.
No hay epistemología moral y política sin ontología moral y
política. Sin una pregunta por qué nos hace sujetos agentes, no meros
caminantes blancos de la multitud, no hay razones para preguntarnos qué es lo
que logramos entender y saber sobre nuestra ubicación. La dirección inversa
también funciona: sin un momento cero de skepsis moral y política no sabremos
qué nos concierne, con qué podemos vivir o por qué nos hemos rendido ya a la
circunstancia.



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