sábado, 11 de julio de 2026

La cara oscura de las agencias híbridas (II): el muskismo y la crisis civilizatoria

 



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El conocimiento, los juicios de valor, la palabra y la acción tienen en común que adquieren sentido tan solo en una situación y un contexto. Las cuatro son formas de determinar una posibilidad: de verdad, de lo que importa, de significado, de logro práctico. No es una coincidencia, todas ellas son manifestaciones de agencia. Todas ellas son también manifestaciones de agencia híbrida, es decir, compositiva social, cultural y técnica. Aunque haya componentes personales en todas ellas, es el modo en que la persona se sumerge en la situación y la situación en un contexto material, informacional, social y cultural en el que aquello adquiere sentido y no ocurre por suerte sino porque las capacidades, los valores, las reglas del lenguaje y la corrección de la acción se componen adecuadamente para alcanzar ese nivel de lo humano que es el sentido. Los grandes modelos lingüísticos de la inteligencia artificial no pueden alcanzar este nivel por sí solos si no cooperan con humanos. Es cierto que necesitan contexto (esto es lo que produce el mecanismo algorítmico de la “atención” (es un término técnico)) pero no producen conocimiento ni juicios de valor ni significados ni éxito práctico sin la composición con humanos. La razón es la asimetría que existe entre la agencia humana y la aportación agencial de un modelo: sin la mediación del cuerpo y la mente humanos, sin las prácticas sociales, sin el entorno técnico que permite el funcionamiento de esos algoritmos, la IA no es sino un dispositivo de generar producciones probabilísticas de signos a partir de signos, son transformaciones de energía o, como las llamaba Simondon, “transducciones”.

El contexto de la agencia y la extensión de la situación son elásticos: abarca desde la acción en una situación bien definida y “estrecha” (pongamos, un examen) a un contexto histórico que se manifiesta en esa situación (el contexto histórico del sistema educativo, etc.). Se distribuyen igualmente en el espacio y en el tiempo: un aula, un edificio, el tiempo del examen, el tiempo de formación o el tiempo histórico. En la situación siempre se asoma el tiempo histórico, pero saber que el sistema educativo es un aparato del Estado no te sirve mucho para resolver la ecuación integral. Pero si estudias matemáticas, deberías ser consciente en algún momento del tiempo histórico.

En la anterior entrada aplicaba esta elasticidad del contexto para analizar el fordismo, tanto como modelo productivo en las factorías Ford como en el reordenamiento general de la reproducción social y la personal a través de la división del trabajo entre familia/ estado. Si el fordismo llena el siglo XX, el siglo XXI muta en una variante que alguien acertadamente ha calificado como “muskismo”, que también es, en un extremo, un modelo de producción y, en el otro extremo, una propuesta de orden social. Como modelo de producción, el muskismo es una variante del fordismo, como propuesta de orden social es una mutación bastante profunda.

Como modelo de producción, el fordismo de la primera época se distinguió por la cadena de montaje, en la que los trabajadores realizaban pequeñas tareas que se organizaban en una compleja división del trabajo entre personas y máquinas. La segunda característica de aquel modelo, que pronto desapareció y ahora vuelve, fue la integración vertical de todo el proceso de producción: en las factorías Ford, entraba el mineral de hierro y salían automóviles. Todo el proceso y todas los componentes eran producidos allí. Si había un ejemplo de la megamáquina, era este sin duda. En la globalización que trajo el abaratamiento del transporte debido al contenedor, la cadena de montaje se mantuvo, pero la producción se deslocalizó en múltiples subcontratas con factorías cercanas y, sobre todo lejanas, que se especializaban en la fabricación de componentes. El modelo social, sin embargo, se mantuvo y ahora se mantiene inercialmente, en competición con los nuevos órdenes del muskismo.

Junto a la deslocalización que trajo la globalización, hubo otros cambios en el modelo de producción fordista caracterizados por dos casos de inmenso éxito comercial: Toyota, en la fabricación de automóviles y Apple, en la fabricación de informática personal, móviles y algunos otros dispositivos y Zara en una especie de toyotismo sin innovación. Explico en nota a pie lo más relevante de estas variedades de fordismo[1].

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Estas tres variantes del fordismo han coexistido bien en la combinación de la globalización con políticas de impulso del consumo sobre las que se basaba el modelo social fordista. Y en cierto modo han sobrevivido a la transformación digital y la extensión mundial de internet. Este modelo social es el que ha sido descrito como neoliberal que incluía aceptar un soporte estatal al consumo de las familias, al menos lo imprescindible en educación, sanidad, pensiones, desempleo, etc., pero buscar la centralidad de la desregulación del mercado. El dinero casi gratis para hipotecas y otros artículos de consumo como automóviles fue uno de los signos de la utopía neoliberal que tendía a que una parte de la población tradicionalmente de clase obrera se sintiese clase media. Margaret Thatcher lo tenía bien claro cuando enunció su modelo de la sociedad de los dos tercios: no importa que un tercio de la sociedad se quede atrás mientras los otros dos tercios sientan que están viviendo en una sociedad bien ordenada.

La sostenibilidad de este modelo se asentaba sobre varios pilares de compleja descripción, pero que grosso modo podría categorizar así: el primero fue que el tercio marginal de la sociedad se componía básicamente de emigrantes que ocupaban puestos de trabajo mal pagados y condiciones de vida precarias (junto a capas tradicionalmente marginales de la sociedad). El poco peso político de este tercio aseguraba la política de división del trabajo mercado/ familia.  El segundo fue la liberalización de los mercados financieros, que crearon nuevos nichos de capital riesgo y la ilusión de que la valoración del capital crecería sin límite mediante una gran facilidad de traslado hacia zonas rentables: control del espacio e inversión inmobiliaria, privatización de servicios como sanidad, educación y seguridad. El tercero fue tanto el abaratamiento del transporte como de la información y de la financiación, características nucleares de la globalización. El cuarto era un subproducto de la deslocalización, usada tanto como fuente de rentabilidad como de amenaza a los viejos sindicatos. El acomodo de parte de la clase media, junto a la externalización generalizada y fractal en las empresas, que terminaba en una pirámide de pequeñas contratas logró el desmontaje de los sindicatos. La famosa huelga del carbón en el Reino Unido de Thatcher (1984-1985) en la que derrotó a los sindicatos marcó el inicio de este declive.

Los pilares, sin embargo, tenían los cimientos de barro. La inmensa sala de juegos en la que se había convertido el capitalismo financiero acabó en una enorme crisis en el 2008 con quiebras generalizadas de bancos, con el descubrimiento de que las agencias de control habían hecho la vista gorda a lo que parecía un esquema piramidal sobre el que estaban basados los nuevos productos financieros. La crisis implicó la ruina de una parte del “tercer estado”, de muchas empresas pequeñas y de un descontento generalizado que recorrió el mundo en protestas multitudinarias.  Había además otros horizontes oscuros: la creciente competencia por los recursos de materias primas y fuentes de energía fósil.  Pero el capitalismo mutó trasladando las pérdidas a los estados e iniciando una nueva fase de huida hacia adelante hacia el modelo que podemos llamar muskismo por la exitosa historia de Elon Musk y sus empresas, primero Tesla y ahora el conglomerado Space X, que incluye a Starlink y otras de servicios de lanzamiento de satélites y transportes espaciales y de inteligencia artificial aplicada.  La característica central del muskismo es lo que se ha llamado aceleracionismo. Tiene una dimensión en el modelo de producción y consumo y una dimensión de reorganización civilizatoria.  En lo que resta, haré una breve descripción del modelo de producción y una hipótesis sobre la transición civilizatoria a una cultura y sociedad de la aceleración de los cambios.

Una valoración general sobre la cultura muskista del capitalismo es, desde mi punto de vista, la creación de un imaginario social que tiene efectos tanto económicos como sociales. Consiste en la gamificación, en concebir la agencia compleja híbrida como una narrativa de videojuegos. Los jugadores (nueva figura del sujeto agente) se sumergen en una secuencia de situaciones en la que se implican en tanto que buscadores de recursos que les permitan pasar a la siguiente. No prestan más atención a la situación que la búsqueda de estos recursos, que suelen ser en los videojuegos códigos, armas y otros gadgets, y que en la economía serán artefactos financieros y tecnológicos que permitan a la empresa seguir en una loca carrera.

El gran videojuego de la producción se puede resumir (caricaturizar) en tres rasgos que se resumen en el famoso lema lema de Mark Zuckerberg: “corre mucho y rompe cosas”: el primero es la formulación de una promesa que encandile a las fuentes de financiación. En el caso de Tesla fue la promesa de la sustitución del automóvil basado en combustibles fósiles por el automóvil eléctrico. En 2003, esto era básicamente una promesa. En el caso de Starlink, telefonía móvil para todos los espacios a los que no llegan las grandes telecos, basadas en lo urbano. En el caso de Space X, en el abaratamiento radical de los viajes espaciales.  Para hacer creíble la promesa, basta con tener un prototipo que más o menos funcione y sirva como ejemplo para un enorme aparato de propaganda. A Musk no le importaba la perfección del prototipo, sino el establecimiento de un objetivo final para el que se iniciaba una carrera de obtener arreglos e innovaciones que resolviesen los diferentes problemas técnicos. El videojuego en acción.

Este videojuego entraña varias dificultades que en economía se resumen en lo que se ha llamado el “Valle de la Muerte”, a saber, sobrevivir económicamente mientras la innovación consigue adelantar a todos los demás. Los prototipos de Musk no sobrevivirían sin una descomunal inyección de capital riesgo fascinado por la promesa de la hegemonía tecnológica. Musk comenzó arriesgando su fortuna personal, que nació de la venta de una start-up, pero siguió mediante contratos con el Gobierno de Estados Unidos y con la atracción de una enorme cantidad de capital riesgo. Al borde de varias bancarrotas, logró al final imponer los modelos de Tesla en los círculos de distinción de consumidores y con ello una fiebre por conseguir un automóvil eléctrico que alcanzaba las velocidades de las grandes marcas. En 2008, durante la crisis financiera, Tesla estuvo a días de la bancarrota. Se salvó gracias a una ronda de financiación de emergencia, especialmente gracias a un préstamo en 2009 del Departamento de Energía de EE. UU. por 465 millones de dólares (que demuestra la tesis de Mazzucato del papel de los subsidios estatales en el desarrollo industrial de alto riesgo). En 2010 Tesla salió a bolsa y comenzó su etapa de expansión para fabricar el Model S, el Model X y, el más importante, el Model 3 (el vehículo de mercado masivo).  Fue la época de dinero barato.

El tercer componente, junto a la promesa y la atracción de capital riesgo público o privado fue la vuelta a los orígenes fordistas y la reversión de la globalización. Elon Musk decidió que el videojuego solo se ganaría independizándose de factores externos en fabricación o innovación y, por ello, en un modelo de integración vertical de toda la producción. Sus empresas deberían controlar la fabricación de todos y cada uno de los componentes y hacerlo siempre que fuese posible dentro del mismo complejo fabril, por lo que Musk decidió construir megafábricas que repartió por Texas, Sanghai y Berlín. La inversión en estas monstruosidades fue también monstruosa y dependiente de la promesa de hegemonía. Lo mismo ocurre con la energía necesaria para sostenerlas. La empresa se sostenía sobre una innovación continua a medida que en el mercado se iban detectando los muchos errores de diseño. No importaba: corre mucho y rompe cosas.

Tesla fue el prototipo, pero el muskismo en su esplendor de manifiesta en Space X, que representa la fase superior y “seria” del nuevo modo de producción, la que ha sido emprendida también por las grandes plataformas de inteligencia artificial (OpenAI, Anthropic, Google, Amazon, Microsoft) y las que definen tanto un nuevo modelo civilizatorio como un contexto de agencia híbrida. Resumo de esta forma la nuevas líneas de diseño material, social, económico y político del Planeta:

1.     Hegemonía y monopolio tecnológico, a ser posible, integrando verticalmente en la misma empresa y, si no, bajo el mismo Estado, el diseño, la fabricación y el control de la distribución de los productos.

2.     Una transición tecnológica basada en la industria militar: la hegemonía y monopolio, al menos en el marco de una esfera estratégica, ha llevado a unir estrechamente los intereses de las empresas con el Estado. Las crisis de las empresas tradicionales basadas en la sociedad de consumo parecen tratar de resolverse mediante un colosal inversión en rearme en un mosaico de productos informacionales y tradicionalmente militares como misiles, aviones, barcos, y material de infantería y artillería. Las dos grandes guerras de Ucrania y Gaza/Irán han sido el laboratorio para este giro del capitalismo, tan parecido a la Alemania de las primeras décadas del siglo XX.

3.     Estados vallados: la fusión de megaempresas y estados y el control de todas las cadenas de producción no solo esta modificando la globalización en campo tradicional financiero y manufacturero, sino también y sobre todo en el control de los movimientos de emigración. La hegemonía tecnológica se funde aquí con un plan de hegemonía cultural que cierre los estados a lo que comienzan a entenderse como enemigos internos: sea por razones de pobreza, de religión o de competencias geoestratégicas.

4.     Guerra cultural: el nuevo modelo de fusión estado-sociedad en un proyecto de hegemonía integral entraña también y sobre todo revertir las conquistas de todo lo que fue la lucha por derechos de colectivos en el marco del estado del bienestar. Aquel proyecto se basaba en trasferir al control público en forma de derechos e instituciones la provisión de bienes y seguridad para las partes vulnerables, desprotegidas u oprimidas de la sociedad. Todo aquello debe revertirse no solo por razones ideológicas sino también económicas y militares: los nuevos estados y megaempresas hegemónicas necesitan transferir los capítulos de presupuesto destinados a la vida digna a la carrera por la hegemonía del complejo industrial, militar y tecnológico. De ahí que se empleen técnicas de frente de guerra cultural “woke” o “comunistas” son los términos que ahora tratan de integrar todo lo que resista este modelo en una misma categoría.

5.     El aceleracionismo tecnológico acompañado de los cambios en la velocidad de innovación que permite la inteligencia artificial es el medio en el que se desenvuelve esta transición. Entramos en un mundo en el que la carrera dejará atrás a una parte de la humanidad y de los estados.

6.     China no es ajena a este proceso: de hecho es el muskismo en estado puro, su forma más perfecta. La diferencia es que mientras el muskismo norteamericano divide su financiación de la carrera entre el capital riesgo y los contratos con el Estado, en China el capital riesgo lo asume principalmente el Estado que, además, integra el proceso de hegemonía tecnológica en un proyecto de hegemonía social y de transformación interna de la población.

En todo este proceso, las formas de producción y reproducción social se están transformando en modalidades de la agencia híbrida que abarcan todas las fases y edades del ser humano: los sistemas educativos, las formas de consumo, la organización de la familia y los proyectos y expectativas de las personas se encuentran en un medio o entorno en el que las mediaciones son en parte novedosas y en parte tradicionales: la formación de capital cultural, que había caracterizado el fordismo como garantía de éxito social, se traslada ahora a la competencia por la supervivencia en un medio cultural y técnico para el que los grandes sistemas educativos y de comunicación social no estaban preparados. Las subjetividades, formadas en la mediación cultural, se mueven bajo regímenes emocionales que basculan entre la ansiedad, la nostalgia, o algo así como el deseo de muerte que caracterizó a las sociedades de preguerra, el modo en que se asume el horizonte promisorio de la Ilustración oscura.

Dejo a un lado las contradicciones culturales, económicas, ecológicas y políticas de este modelo. Dejo a un lado también las variedades tan ricas de resistencia y de ofertas de otras formas de transición y de adaptación al entorno técnico.

En este texto me he ayudado en los datos de historia económica de la consulta a Gemini y del magnífico libro de Quinn Slobodian Muskismo, así como de otra bibliografía que dejo a un lado dado el carácter no académico de esta entrada.



[1] Surgido en el Japón de la posguerra, el sistema de producción de Toyota se diseñó en un entorno de extrema escasez de recursos, espacio y capital. Su objetivo económico era erradicar el "muda" (desperdicio), especialmente la sobreproducción y el capital inmovilizado en exceso de inventario. Se caracteizó por tres medidas básicas en el sistema de producción: 1) Just-in-Time: las piezas llegan a la línea de ensamblaje exactamente cuando se necesitan. Esto requiere una sincronización perfecta y una proximidad geográfica casi absoluta con los proveedores, creando clústeres industriales masivos y compactos en Japón. 2) Autonomatización: las máquinas están diseñadas para detenerse automáticamente al detectar un defecto, y cualquier trabajador tiene la autoridad y el deber de detener toda la línea de montaje tirando de la "cuerda Andon" si detecta una anomalía. La calidad se inyecta durante el proceso, no se inspecciona al final. 3) Mejora Continua e innovación:  la innovación productiva fluye de abajo hacia arriba. La empresa asume que el trabajador de la planta es quien mejor conoce el proceso, por lo que depende de ellos para sugerir pequeñas mejoras operativas diarias.En los años 90, surgió el modelo Apple, una forma de toyotismo deslocalizado y “sin fábricas”. Si Toyota perfeccionó la coreografía dentro de los muros de la fábrica física, Apple perfeccionó la cadena de suministro abstracta. Apple opera bajo un modelo fabless (sin fábricas de ensamblaje propias): diseña todo el hardware y software en California, pero orquesta su ensamblaje a miles de kilómetros de distancia. Apple se caracterizó por no invertir en fábricas, pero sí en diseño estético que obliga a los proveedores a inventar máquinas y componentes que se adapten a él. Una variante muy española entre el modelo Toyota y el Apple es el de Inditex/ Zara: Inditex destruyó el modelo clásico del sector textil. Pasó de un modelo centrado en predecir lo que la gente querría dentro de un año, a un modelo centrado en fabricar hoy lo que la gente compró ayer. Mientras la competencia tarda unos 6 meses desde que diseña una prenda hasta que llega al escaparate, Zara puede hacerlo en apenas 15 o 20 días. Se produce en proximidad: las prendas más sensibles a la moda (las que son tendencia pura y caducan rápido) se fabrican en lo que llaman su "clúster de proximidad": España, Portugal, Marruecos y Turquía (la más predecible como camisetas blancas o vaqueros sí se fabrican en Asia siguiendo el modelo tradicional de bajos costes). La tercera aportación es la centralización logística: todo lo que vende Inditex en el mundo pasa primero por sus centros logísticos en España (Arteixo, Zaragoza, etc.). La ropa se plancha, se etiqueta y se distribuye por avión o camión a cualquier tienda del mundo en 48 horas. El modelo se distancia de Apple en que no hay innovación sino un buen sistema de comunicación/ producción basado en los informes de cada tienda. Eso entraña una centralización. Es un tanto Toyota en lo que se refiere a la adaptación al consumo y la importancia de la información de las dependientas de las tiendas.

 


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