domingo, 30 de septiembre de 2018

Sujeto, agencia, tecnología





El pasado jueves, en una mesa redonda que organizaba la Fundación Telefónica y en la que discutíamos lo que la tecnología hace con nosotros, un conocido político del PSOE madrileño, después de recordarnos que él había hecho su tesis doctoral en California hace décadas, nos informó que allí se había dado cuenta de que los cambios eran rapidísimos y exponenciales y que, en definitiva, no se podía hacer nada, o nada que no fuese adaptarse. Que mucha gente piensa así no es ninguna novedad, que lo piense un político que tiene o puede tener responsabilidades en la orientación de los cambios sociales, que incluyen los cambios tecnológicos, es algo penoso y preocupante. Al día siguiente, en otra conversación-mesa redonda, a la que asistía un alto cargo de Podemos, al que están encomendadas tareas de orientación del pensamiento, cuando Ekaitz Candela y yo insistíamos en la necesidad de que los partidos y las instituciones se tomen en serio la política tecnológica, y el uso político de la tecnología, y poníamos ejemplos de cómo la política municipal podría arbolar medidas de reutilización política de los datos que genera una ciudad (tratábamos de convencer a los pocos asistentes de que los datos son ya la materia prima de la economía contemporánea), nos respondía que lo importante es la comunicación, que esas cosas no las entiende nadie y que lo que hay que hacer es crear sujeto.

Sí: crear sujeto. El sujeto personal y el colectivo (llamémosle pueblo, clase o cualquier otra forma de movilización consciente por un proyecto histórico) es al tiempo una producción (auto-producción) y un producto. Es producción o auto-producción en tanto que un sujeto es ante todo un sujeto de autonomía, agencia y soberanía. Es producto en tanto que el material y el medio con el que se construyen las tres dimensiones de la sujetidad (disculpas por el neologismo) le son dados como medio (en el doble sentido de “medio”: relación instrumental y entorno en el que se desarrolla la identidad). Los sujetos son, en este sentido, productos sociales, culturales y, en la medida en que la cultura es también cultura material, productos técnicos, ciborgs, como suelo calificarlos. La concepción vieja de la política, la que viene de una voluntad vanguardista, considera que las condiciones de autonomía están dadas por las relaciones de producción o por la posición social de las personas en el contexto social, y que lo que deben producir los activismos es “conciencia” a través de los conflictos, movilizaciones o los discursos. De este modo se “crea” sujeto histórico. De Lenin a Lukacs, la idea es que el sujeto se fabrica por la convergencia de las fuerzas internas de la identidad y por el factor exógeno de la dirección de la conciencia.

No se salen de esta concepción incluso aquellas concepciones menos autoritarias como las que nacieron en los años setenta del siglo pasado bajo rótulos como autonomia operaia o el culturalismo de orígenes gramscianos, que, a diferencia del leninismo, consideran que la formación del sujeto se produce por fuerzas endógenas (el impulso spinoziano que defendieron los italianos como Negri y compañía o las derivas de la cultura contrahegemónica, que defendieron los ingleses como Raymond Williams, E. P. Thompson y demás). Falta algo en este discurso. Por más que lo pretenda, no logra despegarse de los orígenes intelectualistas e idealistas que nacen en la concepción romántica de la Bildung o construcción del sujeto como “formación”.  Les falta materialismo, les falta comprender la dialéctica profunda de la mediación material en el desenvolvimiento de la autonomía, agencia y autonomía.

Ciertamente, en los tiempos más recientes, se ha recordado que los sujetos son cuerpos, que no son solo consciencias. De Negri a Judith Butler, se ha subrayado que los cuerpos importan, que el deseo y los afectos, que los vínculos que nos atan a los demás, son esenciales en la construcción de la subjetividad y sujetidad. Cierto, pero aún esta nueva deriva corporeizada del viejo proyecto de la Bildung sigue demasiado ajena al entorno, como si la cultura material fuese un dominio neutro que no afectase a la agencia, a la capacidad de soberanía. No se ha abandonado el marco del idealismo. No todo el pensamiento contemporáneo es así. Pensadoras como Rosi Braidotti o Donna Haraway son mucho más conscientes de que cuando hablamos de construcción de un sujeto estamos hablando de un devenir que existe solamente en un territorio híbrido, intermedio en que, como afirma Braidotti, devenimos cuerpos, animales, máquinas, o, como recuerda con ironía Haraway, devenimos simios, mujeres, ciborgs. Territorios intermedios que producen a la vez espacio y subjetividad en un medio material, social, afectivo y técnico. Pensamos la agencia únicamente como una reacción interna, resistente o proyectiva, y no como una transformación material del medio que habrá de transformarnos. De ahí que sea tan difícil conectar con la vida cotidiana en donde la agencia se traduce en precio del alquiler; en la habitación que falta para poder tener un hijo; en la escasez de guarderías en lugares cercanos; en el tiempo del transporte; en la soledad de quien a sus ochenta años pasa días enteros sin otra compañía que la televisión a todo volumen; en la desesperación de los años sin encontrar otras ofertas de trabajo que el puro esclavismo. Autonomía y soberanía son, primero, habitacionales, alimentarias, educativas, sanitarias, técnicas en general.

En las discusiones a las que me refería, y en otras muchas en las que suelo participar, aparece siempre el miedo a lo que los algoritmos estén haciendo con nosotros. Es un caso claro de relación entre cultura material tecnológica y soberanía y agencia. Manipulación y futuro sin trabajo son dos términos que definen los imaginarios presentes, que, bajo una pátina superficial crítica, no son sino internalizaciones de la ideología dominante. Margaret Thatcher y sus innumerables seguidores contemporáneos lo han entendido mucho mejor que la izquierda: “a nosotros no nos importa la economía, lo que queremos es cambiar el alma”. Y tienen razón, la economía y la tecnología se han convertido en la forma más efectiva de cambiar el alma.

El poder económico se centra en estos momentos en la expropiación y el control de los datos. Pensamos en el control de los datos como algo inmaterial, y en los datos como puros objetos del aire. Pero los datos existen no solo porque existan algoritmos, sino sobre todo porque existen dispositivos materiales, sociales y legales que los hacen posibles. Pensemos por un momento en la soberanía económica de un estado: hemos descubierto desgraciadamente que en el capitalismo financiarizado la soberanía nacional es algo muy vulnerable, frágil y estrechamente vigilada y limitada. Pero ¿qué hace posible el capitalismo financiarizado?, ¿qué hace posible el poder asfixiar a un estado por medios aparentemente nada violentos? Es una convergencia de muchos factores, pero entre ellos están los datos. El capitalismo financiarizado se basa en la “off-shorización” (deslocalización) del sistema financiero: los capitales más sensibles, los que tienen algo que ocultar, que de hecho son una parte sustancial de la capitalización mundial, se llevan a lugares oscuros protegidos por las dos grandes potencias que son Estados Unidos e Inglaterra. Estos poderosos flujos de capital escapan a todo control legal porque los grandes centros financieros tienen dos vidas: la vida “transparente” de Wall-Street y Londres y la vida opaca de las Islas Caimán, Jersey, Bermudas, etc., que mueven en la oscuridad los grandes capitales oscuros de las deudas estatales, de los tráficos de todo lo oscuro de la sociedad, desde las drogas, armas, explotación de materias primas, corrupciones a gobiernos y compra de conciencia.

Todo esto es muy material. La ignorancia mundial de la composición real de los flujos financieros que gobiernan el mundo está sostenida por una tecnoestructura compleja creada para impedir el conocimiento. Mientras todos nuestros datos que nacen en las huellas que dejan nuestras acciones tecnológicas, desde encender la luz de la casa, pasando por el uso de tarjetas en el supermercado al pago del aparcamiento en las aceras de la ciudad, pasan a un inmenso almacén que es gestionado por las poderosas plataformas de las eléctricas, telefónicas, buscadoras, suministradoras de redes o vendedoras al por menor, los datos de los flujos financieros son protegidos por vallas que para sí querrían los propios estados que protegen a sus cloacas financieras.

¿Es posible la agencia personal y colectiva en la era de los datos como fuente de riqueza? Mientras que muchas teorías de la formación de identidades y personas navegan o surfean sobre los océanos de la tecnología, lo cierto es que somos peces y no surfers de la tecnología. Y la respuesta es: sí. Sí podemos transformar el entorno tecnológico que nos transforma. No importa si nos referimos a los adolescentes que aprenden antes las páginas pornográficas que la emoción afectiva; no importa si nos referimos a la zona social excluida de las redes pero que necesita diaria y al minuto consultar el móvil; no importa si nos referimos a las angustias de las empresas que no saben cómo hacer para no tener que pagar los impuestos que crean los oligopolios de los datos: no importa si nos referimos a la impotencia de los gobiernos municipales, autonómicos, estatales o supranacionales que se ven desbordados por las imposiciones del poder tecnológico. La soberanía es posible. Pero empieza por la soberanía tecnológica.

En lo que respecta a lo personal, Remedios Zafra estudió en Netianas y otras obras el cómo en los primeros tiempos de la era digital hubo mujeres que saltaron la brecha tecnológica y comenzaron a dar a la informática nuevos usos transgresores. Es solo un ejemplo. En la geoestrategia mundial hemos visto como China está consiguiendo una soberanía tecnológica como parte de su proyecto político de convertirse en una potencia autónoma en el mundo. Sin ella seguiría siendo un estado dependiente en los elementos más fundamentales de sus decisiones. Hay muchas formas de revertir la creciente sensación de impotencia frente al mundo. Es un problema de imaginación y de decisión colectiva. Los niveles municipales, por ejemplo, son espacios privilegiados para iniciar una transformación del entorno para hacernos más autónomos e independientes. Mucha gente sueña con una retirada al campo como si la vida "natural" fuese un aislamiento de los entornos técnicos. No seré yo quien critique estas iniciativas: son decisiones de sustituir unos entornos técnicos por otros, de modo que sí son formas de agencia, pero no todos pueden hacerlo y posiblemente si lo hicieran posiblemente sería un desastre ecológico colectivo (la vida "natural" solo es posible si la tasa de habitación del entorno rural es baja, seis mil millones de personas no podrían sobrevivir en entornos de tecnología extensiva y no intensiva. Jared Diamond, en Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen estudió las numerosas catástrofes ecológicas producidas por la agricultura sin control. Uno de los mejores usos que le estamos dando a los datos y algoritmos contemporáneos es la monitorización sistemática del cambio climático y de nuestros propios desastres planetarios). En las ciudades y pueblos, sin embargo, ahora que en España se aproximan las elecciones municipales, pueden ensayarse políticas de resignificación del entorno técnico de modo que se oriente hacia una mayor sostenibilidad e igualdad de las capacidades de acceso a los planes de vida humanos. La vivienda, el transporte, los sistemas sanitarios, educativos, los servicios sociales, la actividad cultural, ... son zonas donde se puede poner a prueba la voluntad de autonomía y soberanía. Solo necesitamos dejar de decir que no podemos hacer nada con nuestro entorno, que no es sino una forma de mirar a otro lado.











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