¿Es posible, es prudente, recuperar el viejo concepto de
alienación? ¿Es demasiado sociológico? ¿Es demasiado personal? El término “alienación”
ha sido otro de los que se ha llevado la marea de nuevos vocabularios que ha
traído la cultura crítica. Quizás estaba demasiado atado al existencialismo o
al marxismo o a la mezcla de ambos. Quizás era o parecía ser demasiado
“esencialista” sobre lo humano. Haya sido cual sea la causa, no encontramos el
término en las obras de las filósofas más leídas y seguidas y, cuando se usa,
como es el caso de Zizek, es para afirmar que se trata de un rasgo estructural
de la condición humana. Nuestro autor opta por eliminar del concepto todo
rastro de humanismo marxista ("The Politics of Alienation and Separation:
From Hegel to Marx... and Back", 2017). En varias conferencias
provocadoras usa la expresión “más alienación, por favor” y exorciza todo uso
multicultural del término: “¿cómo voy a comprender a los otros si ni siquiera
se comprenden a sí mismos?” Zizek propone en vez de liberar a la gente de la
alienación, vivir una más tranquila relación de convivencia y educación más que
una disputa por la emancipación o liberación (More
Alienation, Please! A Critique of Cultural Violence). Esta pérdida de usos
me parece un error que no se hace cargo del potencial crítico del concepto y de
sus derivas y viajes desde Hegel, Marx, Lukacs, Heidegger, Sartre y la Escuela
de Frankfurt. Afortunadamente, el libro de Rahel Jaeggi (Alienation,
2006) lleva a cabo una revisión y un recorrido por toda esta tradición con
objeto de proponer una reactualización que permita recuperar y actualizar su
potencial liberador.
No es la alienación un efecto natural del extrañamiento del
sujeto del mundo y de los otros, sea en la versión hegeliana o en la sartriana.
Tampoco es una suerte de olvido de la auténtica naturaleza, una falta de
autenticidad y un empozamiento en la distracción y el aburrimiento, como
sostiene Heidegger. No es tampoco una simple expropiación del producto del
trabajo al producir el capitalismo la fractura entre trabajo y fuerza de
trabajo. Hay algo de todo ello en la idea de alienación tal como la desarrolla
Jaeggi, pero abandonando todo determinismo, naturalismo o esencialismo.
La alienación, sostiene Jaeggi, es una patología en las
formas de vida personal y colectivas producida por fuerzas históricas que
operan sobre la dinámica de las vidas. Es, afirma, la instauración de un modo
de relación que denomina relación de la no relacionalidad, una
incapacidad más o menos radical de relacionarse el sujeto consigo mismo, con
otros y con la realidad. Esta falta de relacionalidad produce una falta de
apropiación de la experiencia, una imposibilidad de ubicarse en un proyecto de
autorrealización, de construcción de un lugar en el mundo. El sujeto está
inmerso en el curso de las cosas, pero no está presente como sujeto en el
encadenamiento de las acciones en la forma de un relato coherente. No está
presente en la acción. No está presente en el presente, que se convierte para
él en un presente continuo.
En la condición de alienación, no hay libertad en el sentido de liberación de
la necesidad y producción de la vida propia en el marco de un proyecto común de
producción de la vida social. El caso del trabajo asalariado, tal como lo
analizó Marx, ejemplifica uno de los modos en los que se vive el tiempo (de
trabajo) como tiempo alienado. Sin embargo, afirma Jaeggi, en la era del
trabajo posfordista, de precarización, desempleo de largo recorrido, externalización,
flexibilización y escasez de vivienda en la era tecnológica, la falta de libertad
se extiende a todo el tiempo de vida. El sufrimiento no se da ya solo en y por
la disciplina en el taller, sino por la misma falta de trabajo, en y por las
condiciones de vida precaria e incluso en y por el modo en que son vividos
ciertos roles sociales más acomodados. En la entrada anterior discutía cómo la
cuantificación métrica del éxito y el logro termina por extrañar la relación
del sujeto con su propia actividad, orientada no ya a un proyecto de vida sino
a la formación de una “hoja de vida” como suele denominarse en algunos países
el currículo. No hay ya en el capitalismo contemporáneo tiempo libre opuesto a
tiempo de trabajo, sino una continua exclusión de la posibilidad de construir
un tiempo narrativo propio, una forma de biografía que defina el lugar del
sujeto en el mundo.
En la forma de vida alienada se producen dos quiebres de
naturaleza distinta pero relacionada: el primero es ontológico. Es lo que Jaeggi llama la relación de la no
relacionalidad, que apunta a la dificultad de construir la vida como historia
y, por ello, como sujeto. Si es cierto que el ser humano no tiene naturaleza
sino historia, la alienación es también la exclusión de la historia en tanto
que el sometimiento a los albures del día a día y las imposiciones del poder
dificultan construir la vida como una senda de posibilidades apropiadas, donde hay logros y fracasos, aunque siempre en
el marco de un relato coherente en diálogo con los otros y en interacción con
las situaciones. Los logros, si los hay, en una vida alienada convertida en
mercancía, se convierten en “éxitos” medibles y cuantificables que sitúan al
agente en una posición, pero no en un relato.
Jaeggi aplica su noción de alienación a la forma trabajo en
el capitalismo. “Trabajo”, sostiene, es un término políticamente muy
controvertible. Puede ser entendido como esfuerzo y como fuerza de producción,
tal como ocurre en la era del trabajo asalariado, puede entenderse también como
acciones transformativas orientadas a un fin, tal como suele expresarse en las
varias éticas del trabajo, incluida la visión utópica de Marx en los Manuscritos:
transformación del mundo que transforma al sujeto. Las versiones
neomarxistas actuales ⎼como
las de Postone y algunas formas de postoperaísmo o el aceleracionismo de
izquierdas (Nick Srnicek, Alex Williams, Inventar el futuro. Postcapitalismo y un mundo
sin trabajo)⎼
postulan que el ideal es abandonar el trabajo, transferirlo a las máquinas y
conquistar más tiempo libre (también Hägglund, Esta vida). Pero no hay
tiempo libre bajo la condición de alienación. Jaeggi recupera una noción
hegeliana de trabajo como actividad de producir, compartir y redistribuir los
recursos de la humanidad. Recursos que no son solo riquezas, sino también
habilidades, competencias, virtudes y capacidades. El trabajo es, debería ser,
el modo de producir y producirse con otros en un marco social de reproducción.
La alienación es la exclusión de esta posibilidad, la enajenación de la
participación consciente y libre en la reproducción de la humanidad.
Esta visión es la que recoge la epistemología política
contemporánea en el concepto genérico de injusticia epistémica: tanto la
injusticia testimonial como la hermenéutica son formas de exclusión del acceso
y la producción de recursos comunes epistémicos de la sociedad. No porque no
haya producción o distribución, sino porque tal efecto está mediado por una
pantalla de trabajo alienado que incluye todos los aspectos de construcción de
la propia vida, desde la vida activa intelectual, artística o lúdica a la
producción de riqueza material y conceptual. ¿Por qué esta exclusión tendría
que ser algo malo? Precisamente porque es una exclusión de lo que hace de un
individuo solitario una persona partícipe en la construcción de un mundo en
común. La injusticia epistémica genera alienación y relación de no relacionalidad.
La alienación del trabajo, como ejercicio transformador de
la agencia, no solo genera esta fractura y vulnerabilidad de la capacidad
agente que es ruptura de los vínculos, sino que genera y es generada por una
condición incesante de falta de inteligibilidad: inteligibilidad propia y
ajena, una condición de vivir en malentendidos continuos como forma de
relación, y de falta de inteligibilidad de las fuerzas históricas que irrumpen
en las situaciones cotidianas, es decir, la desubicación de la escala propia en
el juego de escala de las cosas. He titulado uno de mis libros “Sujetos en la
niebla”; es, me parece, una buena metáfora de la condición de alienación en la
esfera epistemológica.
Disculpas por esta larga cita del sociólogo Theodore Roszak,
famoso por su icónico libro El nacimiento de una contracultura (1969)¸ que
en Person-Planet. The Creative Disintegration of Industrial Society
(1978) escribe:
“Aquí, pues, si consideramos el asunto en su manifestación más general, es donde comienza el drama de la desafiliación contemporánea: precisamente con esta experiencia dolorosamente intensa de ser una persona en un mundo que desprecia nuestra condición de persona, un mundo cuya política consiste en reducir esa condición a escombros, para luego remodelar los pedazos en personal obediente, eficiente y, por supuesto, alegre. Es la experiencia de que nos muestren lo que nos dicen que es nuestra imagen en un espejo que la sociedad nos pone delante, y luego descubrir que eso no es un espejo en absoluto, sino una tosca fotografía compuesta, producida en masa, que lleva nuestro nombre… o quizás nuestro número. Así que nos echamos atrás y decimos: «¡No! Ese no soy yo. Ese no es quien soy». Con ese gesto de rechazo, aunque solo sea un momento fugaz de vacilación interior, el mundo comienza a perder la energía y la lealtad que debe obtener de nosotros si quiere seguir siendo este coloso urbano-industrial en el que ahora habitamos. Vivimos en una época en la que la experiencia tan privada de tener una identidad personal que descubrir, un destino personal que cumplir, se ha convertido en una fuerza política subversiva de grandes proporciones.
Y así es como todo se desmorona para nosotros. Pero la «anarquía» que amenaza con seguir a esto puede ofrecer una posibilidad cultural extraordinaria: la de una sociedad postindustrial cuyo valor social más elevado sea el proyecto del autodescubrimiento, cuya riqueza principal sea la riqueza de la personalidad autónoma. ¿Qué tipo de mundo tendríamos que crear para defender ese proyecto, para cultivar esa riqueza? No basta con decir que debe ser más pequeño, menos industrial y urbano, más descentralizado y participativo —aunque todo esto puede ser cierto. Pero las violaciones de la personalidad ante las que la gente se ha vuelto sensible llegan hasta las instituciones más básicas y universales de toda la vida social: la familia, la escuela, el lugar de trabajo. Eso es lo que, en última instancia, subyace a los problemas que percibimos estadísticamente como la tasa galopante de divorcios, el aumento del absentismo escolar en las escuelas, el creciente absentismo y la rotación de personal en las plantas y fábricas. En el fondo, todo ello se reduce a la crisis de la identidad personal que se manifiesta en las vidas de millones de personas corrientes y anónimas que ya no toleran ser lo que las personas corrientes y anónimas siempre han sido: niños que serán lo que sus padres y profesores les dicen que se supone que deben ser los niños buenos, hombres y mujeres que crecen para convertirse en los maridos y padres, esposas y madres en los que han sido socialmente programados para convertirse, trabajadores que se aferrarán a formas de trabajo alienado que les aburren o les agobian hasta la muerte.” (p. XXVIII)
(Las cursivas son mías)
Imagen: Edvard Munch "Desesperación" (1892)


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