El humanismo sin adjetivos nace de la convicción de que ninguna salvación o emancipación de la humanidad puede venir de fuera de ella. Ni dioses ni máquinas ni seres extraterrestres. Su destrucción sí puede deberse a factores externos o a una mezcla de factores externos e internos. Cada generación, enseñaba Albert Camus, tiene por misión impedir que el mundo se deshaga. Mantener el frágil equilibrio entre Eros y Thanatos, entre los impulsos de violencia y destrucción y el deseo de hacer del universo un hogar en solidaridad con la vida. El humanismo tiene dos convicciones que forman su arquitectónica: lo común, las instituciones sociales, lo que llamamos Estado entre otras formas de orden social, tienen por función proteger, cuidar a sus gentes, impedir que las fuerzas destructivas de la historia les dañen. La segunda, también ideal, también generadora de compromiso moral y político, es el convencimiento de que la cultura puede y debe ayudar a las personas y colectividades a desarrollar una vida plena, una vida buena, a expresar sus proyectos sin ser explotados y alienados.
Estas afirmaciones resumen una cierta forma de humanismo que
suele denominarse perfeccionismo. El perfeccionismo es una familia de
teorías normativas que sostienen que el bien humano esencial consiste en expresar,
desarrollar y, en lo posible, mejorar capacidades, habilidades y virtudes que
están tanto en la dotación biológica como en la cultural y que contribuyen a
definir el carácter de las personas, las prácticas sociales y, en general, las
formas de agencia necesarias para llevar a cabo planes y estilos de vida que
contribuyen a una plenitud de las posibilidades humanas. A lo que los anglosajones
denominan con un término intraducible “flourishing”, quizás “una vida
floreciente”.
El perfeccionismo tiene, en tanto que humanismo, una
dimensión personal y moral, que impulsa la autonomía y la expansión de las facultades
en tanto que un bien nuclear y de la vida, y una dimensión política, que afirma
el principio y el compromiso de que las formas sociales e instituciones
públicas faciliten el desarrollo personal. Por supuesto, de una forma plural e
independiente de las diversas concepciones de en qué consiste una vida buena y
cuáles son las virtudes y hábitos que merecen la pena apoyarse y defender.
Comenzando, por supuesto por cubrir aquellas necesidades primarias sin las
cuales todas las demás son imposibles de desarrollar: la alimentación, la
salud, la seguridad, la movilidad, la elección de una vida afectiva y de
maneras de pensar, el respeto de los otros, el acceso a la educación y, en general,
todos estos aspectos de la vida que vamos incorporando a nuestras cambiantes concepciones
de una sociedad del bienestar.
Aunque algunas concepciones conservadoras tachan al
perfeccionismo de bordear el autoritarismo por, presuntamente, favorecer una
idea única de vida buena, esa acusación se refiere solamente a las ideologías
monistas del “hombre nuevo” y quizás formas religiosas fundamentalistas. El
perfeccionismo humanista es plural en todas las dimensiones y trayectorias
humanas. Las identidades se van construyendo en sendas indeterminadas de
expresión de las potencialidades de las gentes y comunidades.
El centro de gravedad del humanismo perfeccionista es la
idea de la agencia humana como potencialidad de transformación y la propuesta
de concebir las trayectorias de vida como formas de logros autónomos,
autocentrados y colectivamente reconocidos y cuidados.
La idea de logro está estrechamente unida a la idea de
valor, a qué es lo que importa en cada situación, práctica, institución y, más
profundamente, la vida misma de personas y comunidades. Un logro es el final de una secuencia de
acciones, un proceso agencia, que cumple las expectativas y, al menos
parcialmente, los intereses del sujeto agente. Para ser un logro, esta
consecución debe ser un producto de las propias capacidades, esfuerzo, atención
y control del camino que sigue el proceso, es decir, una consecución no debida
a la suerte. (Gwen Bradford, 2015) lleva
a cabo un análisis de los polos de relatividad de lo que consideramos logros,
tan relativos a la persona, la situación y los valores implicados. ¿Cómo
comparar el logro de quien después de un accidente consigue volver a caminar
con mucho esfuerzo y voluntad, con el descubrimiento histórico de algún
elemento químico, la formulación de una teoría básica o, pongamos por caso, el
ascenso a un ochomil por una nueva y más difícil cara? Estas dimensiones tienen
que ver con la historización y la dialéctica creada por la agencia, la
situación y la estructura, en cuya interacción las que se manifiesta la dimensión
social y política, en nuestro caso, de la epistemología y el logro del
conocimiento.
Un primer vértice del análisis del logro tiene que ver con
la dificultad de conseguir un objetivo. Esta dificultad, por supuesto, es
relativa al agente, a la situación y a la estructura histórica y social donde
se consigue. Para un adolescente, lograr resolver una ecuación de integrales de
cierta complejidad puede ser tan difícil como lo es para una investigadora en
física de partículas, pero sin esta superación de la dificultad no hablamos de
logro ni de acreditación del mérito. Un segundo vértice es el de la
significación social (en un sentido amplio) del logro, es decir, el del valor
que reconoce una comunidad y que entraña una evaluación positiva de los
intereses que han guiado la acción. El tercer vértice es el grado de
institucionalización que tiene el reconocimiento del logro. Con ello me refiero
a los procesos de estructuración social que han estudiado Luhmann, Giddens o
Bourdieu: el de cómo unas prácticas se constituyen en un dominio de valor. Así,
por ejemplo, los deportes y juegos normalizados, las tecnologías o, el mismo
conocimiento. La relevancia de este aspecto institucional fue puesta de
manifiesto por la idea de “marcador conversacional” introducido por David Lewis
en su artículo «Scorekeeping in a Language Game» (1979), que compara la
conversación con un partido cuyo marcador
registra la evolución del juego.
Desde entonces, esta aproximación a la evaluación de los logros ha continuado
en varias direcciones (Robert Brandom), algunas de ellas en la significación
política (Rae Langton, 1999).
Logros, son pues, las manifestaciones prácticas de las
potencialidades personales y colectivas que manifiestan que la vida humana no
está alienada, que cada persona y sociedad, en lo individual y lo común,
construyen sus propias identidades de acuerdo a aquellos estados que se van
considerando en cada momento relevantes, valiosos.
Para acabar este rápido recorrido por los tres conceptos de
humanismo, perfeccionismo y logro, cabe responder a una objeción que
seguramente alguien ya tiene en la punta de la lengua: esta concepción no es
más que una manifestación de buenismo que no refleja el desastre y el
espectáculo de la realidad humana. No. El humanismo perfeccionista es una forma
de pesimismo que no confía en ninguna forma mesiánica de la historia, que
desconfía de los sueños y fantasías utópicas y que centra la esperanza no en el
futuro sino en qué exige la situación de cada momento. Es una forma de
resistencia continua e inacabable a la alienación y opresión.

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