sábado, 6 de junio de 2026

Humanismo, perfeccionismo, logro

 


El humanismo sin adjetivos nace de la convicción de que ninguna salvación o emancipación de la humanidad puede venir de fuera de ella. Ni dioses ni máquinas ni seres extraterrestres. Su destrucción sí puede deberse a factores externos o a una mezcla de factores externos e internos.  Cada generación, enseñaba Albert Camus, tiene por misión impedir que el mundo se deshaga. Mantener el frágil equilibrio entre Eros y Thanatos, entre los impulsos de violencia y destrucción y el deseo de hacer del universo un hogar en solidaridad con la vida.  El humanismo tiene dos convicciones que forman su arquitectónica:  lo común, las instituciones sociales, lo que llamamos Estado entre otras formas de orden social, tienen por función proteger, cuidar a sus gentes, impedir que las fuerzas destructivas de la historia les dañen. La segunda, también ideal, también generadora de compromiso moral y político, es el convencimiento de que la cultura puede y debe ayudar a las personas y colectividades a desarrollar una vida plena, una vida buena, a expresar sus proyectos sin ser explotados y alienados.

Estas afirmaciones resumen una cierta forma de humanismo que suele denominarse perfeccionismo. El perfeccionismo es una familia de teorías normativas que sostienen que el bien humano esencial consiste en expresar, desarrollar y, en lo posible, mejorar capacidades, habilidades y virtudes que están tanto en la dotación biológica como en la cultural y que contribuyen a definir el carácter de las personas, las prácticas sociales y, en general, las formas de agencia necesarias para llevar a cabo planes y estilos de vida que contribuyen a una plenitud de las posibilidades humanas. A lo que los anglosajones denominan con un término intraducible “flourishing”, quizás “una vida floreciente”.

El perfeccionismo tiene, en tanto que humanismo, una dimensión personal y moral, que impulsa la autonomía y la expansión de las facultades en tanto que un bien nuclear y de la vida, y una dimensión política, que afirma el principio y el compromiso de que las formas sociales e instituciones públicas faciliten el desarrollo personal. Por supuesto, de una forma plural e independiente de las diversas concepciones de en qué consiste una vida buena y cuáles son las virtudes y hábitos que merecen la pena apoyarse y defender. Comenzando, por supuesto por cubrir aquellas necesidades primarias sin las cuales todas las demás son imposibles de desarrollar: la alimentación, la salud, la seguridad, la movilidad, la elección de una vida afectiva y de maneras de pensar, el respeto de los otros, el acceso a la educación y, en general, todos estos aspectos de la vida que vamos incorporando a nuestras cambiantes concepciones de una sociedad del bienestar.

Aunque algunas concepciones conservadoras tachan al perfeccionismo de bordear el autoritarismo por, presuntamente, favorecer una idea única de vida buena, esa acusación se refiere solamente a las ideologías monistas del “hombre nuevo” y quizás formas religiosas fundamentalistas. El perfeccionismo humanista es plural en todas las dimensiones y trayectorias humanas. Las identidades se van construyendo en sendas indeterminadas de expresión de las potencialidades de las gentes y comunidades.

El centro de gravedad del humanismo perfeccionista es la idea de la agencia humana como potencialidad de transformación y la propuesta de concebir las trayectorias de vida como formas de logros autónomos, autocentrados y colectivamente reconocidos y cuidados.

La idea de logro está estrechamente unida a la idea de valor, a qué es lo que importa en cada situación, práctica, institución y, más profundamente, la vida misma de personas y comunidades.  Un logro es el final de una secuencia de acciones, un proceso agencia, que cumple las expectativas y, al menos parcialmente, los intereses del sujeto agente. Para ser un logro, esta consecución debe ser un producto de las propias capacidades, esfuerzo, atención y control del camino que sigue el proceso, es decir, una consecución no debida a la suerte.  (Gwen Bradford, 2015) lleva a cabo un análisis de los polos de relatividad de lo que consideramos logros, tan relativos a la persona, la situación y los valores implicados. ¿Cómo comparar el logro de quien después de un accidente consigue volver a caminar con mucho esfuerzo y voluntad, con el descubrimiento histórico de algún elemento químico, la formulación de una teoría básica o, pongamos por caso, el ascenso a un ochomil por una nueva y más difícil cara? Estas dimensiones tienen que ver con la historización y la dialéctica creada por la agencia, la situación y la estructura, en cuya interacción las que se manifiesta la dimensión social y política, en nuestro caso, de la epistemología y el logro del conocimiento.

Un primer vértice del análisis del logro tiene que ver con la dificultad de conseguir un objetivo. Esta dificultad, por supuesto, es relativa al agente, a la situación y a la estructura histórica y social donde se consigue. Para un adolescente, lograr resolver una ecuación de integrales de cierta complejidad puede ser tan difícil como lo es para una investigadora en física de partículas, pero sin esta superación de la dificultad no hablamos de logro ni de acreditación del mérito. Un segundo vértice es el de la significación social (en un sentido amplio) del logro, es decir, el del valor que reconoce una comunidad y que entraña una evaluación positiva de los intereses que han guiado la acción. El tercer vértice es el grado de institucionalización que tiene el reconocimiento del logro. Con ello me refiero a los procesos de estructuración social que han estudiado Luhmann, Giddens o Bourdieu: el de cómo unas prácticas se constituyen en un dominio de valor. Así, por ejemplo, los deportes y juegos normalizados, las tecnologías o, el mismo conocimiento. La relevancia de este aspecto institucional fue puesta de manifiesto por la idea de “marcador conversacional” introducido por David Lewis en su artículo «Scorekeeping in a Language Game» (1979), que compara la conversación con un partido  cuyo marcador registra la evolución del juego. Desde entonces, esta aproximación a la evaluación de los logros ha continuado en varias direcciones (Robert Brandom), algunas de ellas en la significación política (Rae Langton, 1999).

Logros, son pues, las manifestaciones prácticas de las potencialidades personales y colectivas que manifiestan que la vida humana no está alienada, que cada persona y sociedad, en lo individual y lo común, construyen sus propias identidades de acuerdo a aquellos estados que se van considerando en cada momento relevantes, valiosos.

Para acabar este rápido recorrido por los tres conceptos de humanismo, perfeccionismo y logro, cabe responder a una objeción que seguramente alguien ya tiene en la punta de la lengua: esta concepción no es más que una manifestación de buenismo que no refleja el desastre y el espectáculo de la realidad humana. No. El humanismo perfeccionista es una forma de pesimismo que no confía en ninguna forma mesiánica de la historia, que desconfía de los sueños y fantasías utópicas y que centra la esperanza no en el futuro sino en qué exige la situación de cada momento. Es una forma de resistencia continua e inacabable a la alienación y opresión.


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