viernes, 24 de junio de 2011

Auto-etnografías


De vuelta del Pratt Institute, en Brooklyn, reparo en que he aprendido, y en un sentido platónico recordado, la importancia filosófica de la auto-observación distante, como si uno fuese la hormiga que es, como si uno fuese el entomólogo que es. Barbara Duarte, una portuguesa-americana,  nos muestra fotos de su niñez, poemas de adolescente, cuenta anécdotas de su trabajo actual, nos deja entrever lo íntimo para hacer transparente lo universal de la experiencia humana, tan situada, tan universal, tan cercana, tan distante. Me vuelvo pensando en cuánta razón tiene en dejar que lo personal se evapore en forma de argumentos: todo es personal, todo es político: todo es filosófico. Nos subimos a hombros de los objetos que tenemos a mano para ver si llegamos un poco más lejos con nuestra miope mirada: viejas fotos, viejos textos, olores y tactos del mundo que nos rodea (para mí, este blog es sobre todo un instrumento de auto-etnografía, un modo de hacer colectiva mi perplejidad con el mundo, conmigo mismo). Auto-etnografía como método filosófico, no menos importante que el análisis conceptual, que la hermenéutica de los signos de los tiempos, que la historia de los conceptos, que la perspectiva desde el universo. 
Tres momentos:
En el Reina Sofía, en la instalación de Yayoi Kusama, en la cueva infinita de los espejos: Me auto-retrato en una cueva que no es platónica sino borgiana (abomino de los espejos y la cópula porque multiplican el número de los hombres). En el Pratt Institute, en ensimismada discusión sobre el efecto halo en la pintura del Renacimiento: Gregg está hablando de cómo los pintores renacentistas trataban de representar en un cuadro lo que es irrepresentable: la autoridad. Antonio y Carlos toman notas, yo tomo imágenes en la absurda ilusión de que una imagen podría hablar por sí misma. En Washington Square, donde una espontánea indignada nos pide que le ayudemos a manifestar su cercanía al 19-M, contra el pacto del euro.
No hay nada de contradictorio en las imágenes: caleidoscopia de una experiencia inconsistente, retazos que habrán de ser montados en un tiempo por venir, cuando lo que no es sino una acumulación de sucesos y acontecimientos se convierta en experiencia. Hay alguna conexión secreta entre Kusama, Gregg Horowitz, la plaza de Washington, mi contingente haber estado mirando en los tres momentos, mi perplejidad, mi distancia y la convicción de que todo es parte de una trama insondable que constituye lo que somos. 
El entomólogo molesta a la hormiga. La hormiga molesta al entomólogo. Hay en ello alguna lección que deberemos aprender.







domingo, 19 de junio de 2011

Deberías haberlo sabido

Paseo esta mañana por Brooklyn con José Medina, amigo filósofo wittgensteiniano y activista de las minorías en Vanderbilt University. Nos acercamos a uno de los centros históricos donde nació el abolicionismo. Jose está a punto de pubicar Epistemologías de la ignorancia, en Oxford University Press, sobre la ceguera que aqueja a tantos que deberían/mos haberlo sabido. El no ver como uno de las causas de la discriminación y sustento de las hegemonías.
Me doy por aludido: debería haberlo sabido. Me he pasado la vida pensando, escribiendo y enseñando epistemología abstracta, contemplando cómo se aburre el personal con ejemplos que le son tan lejanos y con casos de escepticismo que sólo un filósofo puede entender, y debería haber sabido que el no saber es algo mucho más grave y cercano. Hemos dejado ir la filosofía hacia un moralismo vago que impregna todo el discurso y hemos olvidado la inmoralidad de la falta de conocimiento. La culpa la tenemos los filósofos, especialmente gente como el que escribe esto, que ha pensado que los modelos de la ciencia eran los modelos de la excelencia humana (que en cierto sentido y momento lo son) y deberíamos haber sabido que la   sabiduría estaba más en aquellos que supieron verlo a tiempo, que no tuvieron miedo de mirar y de preguntar, que no tuvieron miedo de saber. Debería haberlo sabido, y ahora podría reivindicar que el conocimiento es nuestro bien más preciado, que los filósofos ayudamos también a pensar sobre ello.
Nuestra memoria está hecha de desmemoria, de puntos ciegos que no hemos querido o sabido eliminar. Y de   escepticismo que no debería haberlo sido, y de ignorancia que no debería haber ocurrido. Los grandes desastres de la historia empiezan por no haberlo sabido cuando se debería. No es la falta de curiosidad lo que nos aqueja, ni la falta de metodología sino el valor para mirar ahí donde tememos hacerlo, porque entonces lo sabríamos.
Mañana estaremos discutiendo de Trauma, memoria y olvido en el Pratt Institute, un centro de creación y discusión artística. Se me ocurre que debería pensar más sobre la ignorancia: sobre todo sobre la ignorancia de la ignorancia, y quizás, tal vez, algún día, se podrá lamentar menos el trauma y el olvido y celebrar la memoria.

jueves, 16 de junio de 2011

Un corazón gramsciano

He ido observando desde hace años, con la distancia que se le supone a un filósofo, cómo ha ido transformándose en España la mayoría que pudiéramos llamar de izquierdas (los nombres y el trabajo cansan) en una mayoría de derechas (o conservadora, o como sea). Es un proceso tan fascinante como simétrico. Las varias fracciones políticas conservadoras de la transición, formadas básicamente por funcionarios del régimen franquista, divididos en varias familias ideológicas, sin mucho contacto con la sociedad, han logrado en unas décadas formar un partido de varios cientos de miles de militantes, entusiastas y organizados. Se entrelaza la parte política con un sinfín de redes sociales y de organizaciones, muchas o la mayoría de origen religioso, que se asientan en la sociedad civil y crean una trama de relaciones y comunidades que permite pensar en un bloque hegemónico, tal como lo pensó con cuidado Gramsci. No es casual porque en buena medida ha sido construido con criterios gramscianos. Está por estudiar el origen ideológico de las nuevas formas conservadoras, pero en el caso español tiene mucho que ver con la aplicación al bloque conservador de sistemas y formas que habían sido creadas por la izquierda social. En los años setenta, ciertos movimientos religiosos de la izquierda quedaron fascinados por cómo en Italia se estaba reconformando una división social entre dos culturas: Comunione e Liberazione, un grupo cercano a los movimientos de Autonomía Operaia, comenzó a teorizar la simetría cultural de la Democracia Cristiana y el Partido Comunista. Ambos, sostenía, eran ya movimientos interclasistas y de similares formas y características, a los que únicamente separaba una cierta atmósfera cultural: un vago clericalismo, en un caso, un vago anticlericalismo en el otro. Sostuvo CL que era más fácil transformar la Democracia Cristiana que el Partido Comunista, que podía introducir allí una profunda renovación cultural, estética, moral y política. Varios otros movimientos vieron algo parecido en otros lugares. Estos movimientos cambiaron radicalmente la Iglesia Católica en los años noventa. Acabaron con la vieja estructura episcopal y teológica y la transformaron en la máquina social que hoy es. En la derecha económica y política ocurrió algo parecido: militantes de izquierda, muchos ex-maoistas o ex-comunistas, llegaron a similares conclusiones y políticas: transformar la cultura conservadora con metodología de izquierdas. Leyeron a Hayek y a Popper con una sabiduría gramsciana y elaboraron un programa de hegemonía cultural y simbólica cuidadoso, efectivo, bien armado. No se preocuparon por las elecciones y sí por los colegios, por la prensa, radio y televisión, por las organizaciones y agrupaciones, por los másteres y las redes sociales que formaban. Lo demás vendría después.
La izquierda, también con mucho cuidado, se encargó de desmontar todos los movimientos sociales que la habían llevado al poder: corrompió a los militantes obreros convirtiéndolos en liberados sindicales, a los militantes de barrio en concejales; abandonó todas las asociaciones, organizaciones de barrio, ongs, (casi todas pasaron a formar parte de la sociedad civil ligada a lo religioso); construyó los partidos como sindicatos de cargos políticos; transformó las casas del pueblo en un pueblo de casas (hipotecadas) con la creencia de que eso era la modernidad; dejó la cultura y los símbolos en manos de periodistas, cantantes, poetas de la experiencia y novelistas costumbristas que degradaron el trabajo cultural a suplementos semanales; llenó de dinero los servicios públicos, pero abandonó todos los movimientos renovadores que habían entendido los servicios públicos como lugares de transformación social. En treinta años logró convertir el pensamiento emancipador en un garabato ideológico de eslóganes vacíos.
Ayer Cayo Lara, el coordinador de Izquierda Unida, no entendía que le despreciase un grupo que había acudido a defender a las víctimas de un desahucio. No podía entenderlo. Lo comprendo. Para hacerlo necesitaría repensar de nuevo toda una trayectoria histórica.
Hoy muchos están aterrorizados por los próximos y predecibles resultados electorales. Pobres optimistas. Si pudiera recomendarles algo les diría: "toma tus trajes de rebajas de El Corte Inglés, toma tus cargos y privilegios y, con mucho cuidado, llévalos al punto de reciclaje;  vuelve al curro, si aún lo recuerdas o lo tienes, vuelve a las colas de la Seguridad Social, vuelve al bar del barrio. Verás que hay esperanza donde crees que no había nada. Vuelve a confiar en la gente y, con el tiempo, verás que confían en tí. Vuelve a leer a Gramsci. Vuelve (no, comienza) a leer a Simone Weil. Es bueno para la tensión. Todo lo demás vendrá por añadidura.

viernes, 10 de junio de 2011

La seriedad y la atención

Aprendo toda una tarde de Álvaro Marcos, que está escribiendo con entusiasmo una tesina sobre la atención. Me vengo rumiando sus ideas y abro los Cuadernos de Simone Weil buscando esos matices que sólo ella logra darle al pensamiento:

"Se escribe de igual manera que se pare; no te puedes impedir hacer el supremo esfuerzo. Pero también se actúa del mismo modo. No tengo por qué temer que no llegue a hacer el esfuerzo supremo. Con la única condición de no mentirme a mí misma y de poner atención. Cuando tengo la sensación de poder elegir entre dos o más acciones, incluso en los asuntos más pequeños (como levantarme o acostarme cuando quiera, escribir una carta cuando me parezca, leer tal libro, o tal periódico, fumar o no un cigarrillo, o comer o no un trozo de pan), dicha sensación se corresponde (y es proporcional) con una miseria interior que acabará estallando más tarde con el fracaso en un asunto mayor. Hay que ver siempre los asuntos pequeños como una prefiguración de los asuntos importantes; de ese modo evitaremos descuidos y perplejidades" (Cuadernos, 288)

 Detecta con precisión cuánta miseria hay en la falta de atención a los detalles. Nos rebelamos contra la corrupción que estructura la sociedad contemporánea, que forma la fábrica de este tiempo, sin reparar cuán ligadas están la falta de esfuerzo en las acciones cotidianas con los grandes fracasos en la estructura social. Pensar que nada nos jugamos en la acción mínima es sentar las bases de la indiferencia a lo que vendrá en forma de corrupción estructural. No me ha indignado nunca la corrupción de los poderosos: es como indignarse por el tiempo frío o por el calor del verano. Me indigna la falta de atención a los detalles que impregna a todos los que quieren/queremos sociedades más justas e igualitarias. Pues nace el fracaso en la pasividad cotidiana, en la actitud de ver el entorno inmediato como un espectáculo ajeno. Escribir y/o actuar igual que pare una mujer: sabiendo que uno no puede hurtarse el esfuerzo, que uno no puede mentirse a sí mismo. Que los fracasos de la historia están siempre en la forma en cómo nos levantamos, movemos, enseñamos, compramos, comemos o hacemos el amor. Que la indolencia y el autoengaño son el hilo que teje las tramas de corrupción. Todo es político: la ideología (en el peor sentido del término) es, al final, falta de atención a lo cotidiano.
Siempre hemos pensado que lo malo de la sociedad del espectáculo es que convierta la realidad en simulacros, pero en realidad eso es lo menos importante. Es el convertirse en espectadores lo que hace corrupta la sociedad del espectáculo, el haber creado un mundo como la ventana de Hitchcock que nos impide interferir con la realidad, el ver el mundo a través del ojo distraído del que siente que nada le concierne, que nada le es propio. No es el espectáculo simulacro sino el espectador: un fantasma que ha perdido el sentido de lo real porque ha perdido la capacidad de atender. "La atención --me enseña Álvaro-- es la apropiación de la percepción". ¡Bravo!: la corrupción empieza por la desposesión del detalle.

sábado, 4 de junio de 2011

Desubicación

En su Poética del espacio, Gastón Bachelard comenzó una tradición de pensamiento sobre la distinción entre espacio: conjunto abstracto, indiferenciado, impersonal, y lugar: paisaje, espacio significativo, hogar, habitáculo (hoy son muchos quienes se dedican a Geografía Humana y estudian más los lugares y los paisajes que los espacios que aparecen en las cartografías. Describir y estudiar los lugares es algo muy distinto a levantar planos del espacio). Mucho más tarde, el filósofo canadiense Charles Taylor usó esta distinción como base de su propuesta ética: el animal moral es aquél que se sabe ubicado en un lugar. Sabe de dónde viene y a dónde va, cuáles son las direcciones correctas y cuáles las sendas perdidas. Estos días escucho una inteligente conferencia de una filósofa norteamericana sobre la pérdida de lugar, sobre la desubicación como experiencia humana radical. Cuando se han perdido las referencias y todos los caminos se vuelven oscuros. Empleaba bellas metáforas como el bosque oscuro, debida a Descartes, o una escalera infinita. En la desubicación, el lugar se vuelve espacio ilimitado porque todas las direcciones valen lo mismo. Objeté, objetamos varios, sobre experiencias cercanas, pero de un carácter moral muy diferente, como las del exiliado, el refugiado o desplazado, al que el lugar propio le ha sido arrebatado y más que pérdida ha sufrido expolio, o aquellos sobre los que pende la amenaza del des-plazamiento. Se puede objetar también que en una sociedad compleja la experiencia del lugar debería dar paso a la construcción de espacios comunes, donde las sendas deben ser definidas por la capacidad de entender y situarse en lugares ajenos. Todo esto es cierto. Pero creo, después de pensarlo más, que tenía razón, que hay algo de radical en la experiencia de desubicación como experiencia moral. Casi todas las éticas han tenido una intuición espacial en su trasfondo metafórico: espacios comunes, utopías. Las propuestas menos dogmáticas también han partido siempre de la experiencia de un lugar en el mundo, aunque frágil, aunque provisional. Por eso la experiencia de desubicación se vuelve un inquietante pozo para el pensamiento: una posibilidad donde los horizontes se han perdido y la mirada vaga por el mundo sin encontrar referencias. Robert K. Merton, sociólogo funcionalista, habló en la mitad del siglo pasado de la anomía, una enfermedad moral que algunas sociedades sufren en algunos momentos, cuando las normas han dejado de tener valor o significado. La desubicación puede ser una de las causas de la anomía. Cuando personas, grupos, generaciones, han perdido sus lugares de referencia. La tentación dogmática es siempre la respuesta al miedo a la desubicación. No son casuales las metáforas de la luz como respuesta al terror a la desubicación en tantas filosofías morales. El miedo a la desubicación está en la base de casi todas las territorializaciones y parroquialismos que habitan la literatura moral. Pero la desubicación es también una experiencia moral, es ya una experiencia moral. Quizá deberíamos empezar a pensar desde otro lugar: desde el lugar de los desubicados.

martes, 31 de mayo de 2011

Contra el marco, contra la vitrina, contra el escaparate

Se quejaba en una reciente entrevista en Babelia, Richard Serra de la persistencia del marco, el pedestal, ahora vitrina, en la escultura. El marco separa, distancia: crea un espacio en el que el espectador ya no está o está como observador distante. Velázquez trató en Las Meninas, como muchos otros autores del Barroco, de superar el marco e integrar al espectador al mismo espacio pictórico. Richard Serra ha dedicado toda su obra a ello. La entrevista, dirigida más por el potente discurso de Serra que por la perspicacia del periodista, llevaba una y otra vez a cuestionar cuál es el espacio del arte, el espacio de la obra. Y leyéndola, claro: pensé en Sol, cómo no, en cómo Sol está contribuyendo a subvertir no solamente los espacios políticos, sino también y sobre todo los espacios estéticos.

Sol te obliga a pasear bajo las carpas, a entrar en contacto físico y visual con los manifestantes, a vivir en medio de ese medio que las mentes policíacas sienten como basura, pero en realidad es un medio híbrido en donde resuenan sonidos que nacieron en el comienzo de los tiempos. Por eso, de pronto, me encuentro en que hay una secreta comunión entre Serra, Patricia Piccinini, los simbiontes de Sol y las transformaciones irreversibles de los nuevos espacios públicos que ya no podrán ser dependientes de la actitud pasiva del pedestal (los pedestales de Sol), de las vitrinas, de los escaparates. Redistribución, también, de la experiencia.
Se ha subvertido la palabra (otro día dejaré algunos de los mensajes), pero se ha excavado sobre todo en los estratos más profundos de los espacios públicos, allí donde los objetos y las gentes crean lugares y perspectivas nuevas, trayectorias que son al tiempo emocionales, reflexivas y sensoriales. Entramos en una nueva fase de espacios simbiontes donde seres, ideas, cartones, plásticos y reivindicaciones se mezclan en una nueva forma híbrida de espacio público.

Cuando los comerciantes y sus vitrinas logren expulsar a los acampados sentiremos la nostalgia de las heterotopías y heterocronías de Sol. Sentiremos la nostalgia de los espacios públicos sin pedestales, sin escaparates, sin vitrinas, sin marcos.









domingo, 29 de mayo de 2011

Teoría del cuerpo extendido

En el principio todo era piel, mundo indiferenciado donde la sensación interna y la sensación externa no tenían fronteras, donde la epidermis constituía la densidad de lo real.  En el principio todo era frontera, no había dentro ni fuera porque lo propio y lo ajeno aún no se habían manifestado como desgarro y escisión de la piel, experiencia de niñez y abandono. No había cuerpos: sólo un continuo de sensaciones y reacciones viscerales. El bebé vivía en un paisaje de reacciones epidérmicas, de colinas alzadas sobre momentos de placer y largos valles de oscuridades e irritaciones. Alimentos y defecaciones, caricias, baños, todo eran sensaciones sin percepción. El bebé comenzó a convertirse en niño al tiempo que un entrelazamiento de objetos tejió su piel con nuevas experiencias sensoriales: chupetes, sonajeros, múltiples capas de ropa que le eran impuestas y retiradas con ritual parsimonia, jabones y colonias, alimentos, paseos en un adormecedor carricoche. Su piel se pobló de sabores y olores, de aires refrescantes y cambiantes caleidoscopios de colores y brillos. El cuerpo comenzó a manifestarse como lo invariante en aquella secuencia de objetos que ya no eran piel y sin embargo levantaban un muro, una nueva sensación de frontera en la que la ausencia de la piel materna y la presencia del mundo se imponían como manifestación de una realidad de cuerpo presente, como experiencia de distancia y abandono.
Tal vez fue así: no recordamos la historia de los sentidos y de las impresiones que llevaron desde la piel al mundo, desde lo epidérmico a la conciencia del cuerpo. Pero no es osado pensar que los objetos que contribuyeron a la producción de la realidad fueron objetos que habían sido diseñados para hacerlo, una red de artefactos que habrían de ser el horizonte de un ser que ya comenzaba a ser, a poseer un cuerpo.  En el principio todo fue eros . Tardarían en llegar los tiempos en los que la caricia se convirtiese en cariño, la angustia por el abandono en deseo, y del eros indiferenciado surgieran los afectos, las amistades, el sexo y ocasionalmente los amores y desamores.  El cuerpo que habría de ser adolescente, persona adulta, ser perdido en el bosque de la historia, siguió siendo diseñado por nuevas ecologías de artefactos. Un día descubriría que la alimentación exigía cocina, el sexo sexualidad, el  amor habitación. Que el destino humano eran los cuerpos extendidos. Que la cama y la tumba eran, fueron, los dos objetos que convirtieron aquél organismo en el cuerpo que ahora era. 

miércoles, 25 de mayo de 2011

Hipótesis de la burbuja

Hace diez años, en una tesis doctoral que dirigía, formó parte del tribunal el economista José Manuel Naredo. En la comida, le comenté mi asombro por los precios a los que estaba llegando la vivienda en Madrid. Yo llevaba apenas dos años de emigrante y estaba asustado de esas cantidades. Me habló (discurría a la sazón el 2002) de la "burbuja inmobiliaria", un término que no se usaba en las páginas serias de economía pues era una jerga más bien de radicales. Era uno de los pocos que entonces defendía que estaba ocurriendo un fenómeno peligroso. Le pregunté por qué esperaba él que ocurriese en un futuro próximo. Me dijo que no esperaba que cambiase la situación, porque no era un problema de los bancos y las inmobiliarias, sino de que la gente estaba sometida a un mecanismo de autoengaño por el que pensaba que se estaba haciendo rica pidiendo prestado al banco a intereses bajos y viendo cómo el piso que habían adquirido subía de precio a más velocidad. "Mientras la gente crea que se está enriqueciendo mientras se está endeudando, esto no va a cambiar mucho", me dijo. Creo que le entendí en parte, y me convenció. Por si acaso, decidí abandonar toda esperanza de comprar un piso en la capital e hice de la necesidad virtud, conformándome con seguir en alquiler. Hasta hoy. Comenté con mis amigos, algunos más instruidos que yo en economía real, lo que había aprendido y se rieron de mí. Me dijeron: "eso es una locura, ¿tú has visto cómo crece la bolsa, cómo crece el PIB? ¿tú te crees que esto puede explotar? Es imposible. Se caería el sistema". Bueno.
Hace muchos más años, cuando me había convertido ya en un observador más bien pasivo de la dinámica política, más por la necesidad de recuperar el tiempo y las lagunas generadas en mi juventud que por convicción, y notando que los partidos de izquierda, al situarse en el poder, habían abandonado todo el tejido social de asociaciones de barrio, centros culturales, asociaciones de estudiantes, ..., y tantos lugares que nos acogieron y defendieron en los tiempos negros, planteé a mis amigos ya profesionales de la política, muchos de ellos en lugares centrales del nuevo sistema, si no pensaban que al abandonar estas tramas, e incluso despreciarlas si no perseguirlas, no estaban minando su propio suelo, me respondieron que tenía tendencias ácratas, que la democracia consistía en elegir representantes que decidían las políticas "reales" y que la actividad del poder era "poder hacer", algo que todas esas redes no alcanzarían nunca por su propia condición magmática.  
No lo noté entonces, lo empecé a sospechar más tarde: había alguna relación oculta entre la burbuja inmobiliaria y esto que le ocurría a la izquierda (a las muchas izquierdas, no sólo al partido dominante). También aquí vivían de prestado y veían que con lenguajes, conceptos y formas que les prestaban a bajo interés, sus réditos aumentaban de año en año en votos: tomaban prestados significados como "solidaridad", "políticas de igualdad", "democracia", ...., y obtenían resultados crecientes en forma de puestos de liberados sindicales, concejales, asesores, diputados, etc. Algunos, muchos, empezaron a pensar que aquello no llevaba buen camino. No citaré nombres para no perjudicarles. Pero quienes levantaron la voz fueron acallados y quienes levantaron el dedo fueron expulsados de las organizaciones respectivas. Les pregunté a mis amigos aún poderosos si no creían que esto iba a explotar algún día y me dijeron. "Es imposible. Se caería el sistema. La democracia es así". 
Ahora veo a aquellos amigos abrumados porque no entienden muy bien lo que pasa: no saben si acusar a su compañero-adversario, a los acampados en Sol, a los medios radicales de la derecha, a la Iglesia o a Dios mismo. Ahora veo también a una generación de endeudados, que han endeudado sobre todo el futuro de sus hijos, y les observo indignados sin saber a quién culpar, si a la izquierda, al PSOE, a los acampados, o a Dios mismo. 
Hubo un lugar, un tiempo en el que pasó algo similar: llegó un tal Berlusconi y lo arregló con un nuevo contrato. Tal vez, muchos creen, esta será la solución para las dos burbujas. Vaya. Mientras tanto, sigo viendo The Wire. La cuarta temporada lo explica todo. 

lunes, 23 de mayo de 2011

Al infierno con la cultura





No. No voy a comentar las elecciones. No soy sociólogo, sólo un ciudadano más que esperaba que iba a ocurrir algo como lo que ha ocurrido. Y la verdad: no sé cuánto me importa. La política de los países desarrollados se vive como una escisión entre conservadores y progresistas en un nivel muy superficial. Y muchas veces se confunde el síntoma, la escisión, con la enfermedad: la falta de horizonte. Y los "progresistas" sueñan con un líder que les saque de la situación como el pueblo hebreo soñaba con un mesías, y luego se desencantan de los moisés, de los obamas y de los zapateros, sin reparar en que es esa forma de soñar la que produce el daño más irreparable.
No: hoy quiero hablar de uno de esos perdedores de la historia a los que a veces se les concede la justicia poética. Herbert Read fue un crítico cultural que vivió la época de la Segunda Guerra Mundial y sus secuencias. Fue amigo Orwell, admirador como él del anarquismo español y combatido por los críticos culturales que fueron dominantes en los años cincuenta y sesenta. Cuánto me hace pensar que Raymond Williams, uno de los fundadores del Círculo de Birmingham y de los estudios culturales críticos, fuese uno de sus más ácidos adversarios. Read reivindicaba la superación de la escisión entre arte y artesanía, entre arte y técnica, entre arte como negocio y la vida cotidiana de la gente que, como parte de su experiencia, tiene una experiencia estética de la vida. Combatía el autoritarismo implícito en muchas de las tendencias de "vanguardia", tan militar el término. Se volvía a la gran tradición inglesa del XIX que reivindicaba que el arte está en todos los aspectos de las acciones y objetos que nos constituyen. Se revolvía contra la idea de cultura como frontera entre los que tienen capital cultural y los que carecen de él.
Fue tachado de conservador por una cierta crítica ciega. Pero cuando en 1937 la crítica bienpensante criticó el Guernica de Picasso porque parecía hacer referencia a elementos religiosos, y no representaba bien la línea general (la línea del partido), sostuvo que el Guernica hablaba del daño y del dolor humanos inmerecidos y que era una obra realmente universal.
Se acaba de reeditar en español. El próximo curso tengo una asignatura optativa que no sé si será escogida por los suficientes alumnos como para poder impartirla; se llama "Teorías de la Cultura Contemporánea". Uno de los capítulos de este libro, "Al infierno con la cultura", que da título al volumen,  será una lectura obligatoria. Para el resto, diría que es recomendable. Escrito en 1945, cuando aún no se había puesto en marcha el capitalismo cultural, resultaba extemporáneo. Pero la justicia poética hace contemporáneo lo que en otro tiempo no lo fue.
La cultura se pensó desde el romanticismo como un lugar de distinción y no como un modo de construcción colectiva de la experiencia. Al infierno con la cultura.

sábado, 21 de mayo de 2011

Cuando acontece

Se piensa la democracia en términos de fuerzas, equilibrios, tensiones, estructuras, y no con la atención que requiere la historia. Se piensa en términos de estado y no de acontecimiento. Pero a veces acontece.
Cuando acontece, se presenta como una redistribución de la sensibilidad, y lo que estaba oculto aparece y nuevas formas se dibujan en un espacio público en el que los mismos significados comienzan a transformarse al reorganizarse lo visible. Democracia es una silla vacía que nadie puede ocupar y que debe estar presente en todo acto y en todo espacio. La silla que sólo el pueblo puede ocupar sin que nadie pueda hacerlo en su nombre. "Pueblo" nombra lo innombrable, lo que no está pero ocasionalmente aparece. Cuando las cosas van mal, cuando se ha producido una irreversible desafección, cuando la ira se extiende y entonces se ocupan las plazas y algunos, muchos, muchísimos, sin saber por qué lo han hecho, sin tácticas ni estrategias, gritan: "¡nosotros estamos aquí!". Entonces tendrían derecho a decir " nosotros, el pueblo", pero son lo suficientemente sabios para no hacerlo. Porque saben mejor que nadie guardar la silla vacía. Y es entonces cuando la silla se hace presente en su poder convocador, en su fuerza instituyente.
Cuando acontece, ocurre con un impulso creativo que se vuelve palabra e imagen, autoorganización, sentido de lo colectivo y generosidad. El lenguaje vuelve a ser espacio de expresión y la imagen enseñanza de lo que hay. Los espacios públicos se llenan de  personas que ejercen su capacidad agente y  que se dotan a sí mismas de una voz que le había sido negada. No de masas, sino de multitudes creadoras.
Cuando acontece, la ira se transforma en lazos de complicidad y los cuerpos dejan de ser máscaras para sentirse compañía, apoyo mutuo. La calle deja de ser el exterior y se vuelve habitación, taller, escuela, acampada, asamblea, fiesta.
Cuando acontece, el orgullo del poderoso se vuelve oscuro pálpito y por todas partes se producen histerias y sobrerreacciones porque en la redistribución de lo visible se han hecho presentes formas, gentes, fuerzas, que aparecen ante él como fantasmas de un pasado que creía enterrado en ignotas fosas.
Cuando acontece, ocurre como ocurre lo nuevo y muchos sienten la tentación de ponerse al frente, de ordenar y organizar, dar programas, órdenes, pensamientos, arquitecturas. Pero lo que es nuevo y está naciendo encontrará sus propios cauces, se hará historia, narración, gesta, creará sus propios sentidos, dará nombres a una generación, se alzará con un orden propio y no ajeno. Lo que acontece no necesita vanguardias ni intelectuales ni líderes. Necesita permanecer como impulso.
Cuando acontece, todo cambia. No importa que la multitud se disuelva; no importa que se acabe el tiempo de la  manifestación; no importa que se impongan las realidades de la realidad. Todo cambia: con la redistribución de lo sensible se ha producido una redistribución del sentido. Podremos decir, diremos, "yo estuve allí". y también nuestras vidas habrán cambiado.

jueves, 19 de mayo de 2011

Esperanzas humanas (a construir en común)

Acabaron ya, por suerte, los tiempos de los intelectuales. Acabaron por suerte los intelectuales. Uno entre tantos miles, he recogido una entre tantas palabras: he aquí un panfleto que tomo de las manos de uno de los manifestantes esta tarde en la Puerta del Sol (nunca mejor nombrada). Se titula:
"Esperanzas humanas a construir en común"


"Lo que está ocurriendo de manera acelerada en estos días con las acampadas en las plazas y las concentraciones de miles de personas en estas mismas plazas, sobre todo en Madrid, pero de manera diferenciada en otras decenas de ciudades, es una prueba más de las posibilidades y de la creatividad humanas, y también del sano contagio humano de experimentación comunitaria. ¿Cómo no evocar otras plazas, como la de Tahrir y otras comuniones aún con todas la diferencias de profundidad y objetivos? Una bandera de Egipto se ubica en el centro de la Puerta del Sol. Lo que está ocurriendo es una prueba más de la necesidad de compartir no sólo la indignación sino sueños, ideas y planes, alegrías y desahogos por la difícil situación de las mayorías, pero sobre todo, por las ganas de vivir y de gozar en común sin los obstáculos de este sistema político de dominación global, de los Estados y la política y de las élites económicas. Estas motivaciones pueden palparse, olerse, en la concentración, en las sonrisas y la complicidad con la que nos miramos, y las ironías de muchos de los escritos, o en los diálogos sobre lo que no se está de acuerdo. Ocurre todo esto en el momento clave del rito democrático, en lo máximo que otorgan: el derecho a votar de los "ciudadanos" - no a todos, porque hay muchos habitantes que no tienen este derecho, como los inmigrantes y prófugos que huyen justamente de una "guerra democrática", que son millones en este país. Y esto es también es democracia, en estas elecciones municipales y autonómicas:  la ocupación de las plazas, desafiando y queriéndose diferenciar de los discursos y las prácticas políticas, aún con contradicciones gruesas, ha puesto muy nerviosos a los políticos y ha condicionado ya los discursos electorales. Es ya un varapalo a la política, a su intento de legitimar electoralmente  la corrupción existente. Pero no podemos conformarnos, porque puede ser efímero, y por el contrario, lo que motiva y nos motiva a millares de personas a participar y a compartir, no es coyuntural ni electoral. Profundizar, fortalecer, clarificar, más allá de las elecciones, este movimiento implica necesariamente clarificar objetivos y contenidos, por fuera de la política que es contraria al protagonismo directo, a la autoorganización y a la democracia directa de los organismos de lucha que ya están surgiendo. Y pensar y sentir los hilos de la comunidad que se entretejen en las plazas."
Lo firma un grupo, Socialismo Libertario. Nunca ganará nada, seguro. Podría decirse mejor, podría decirse más alto, podría decirse donde nunca se dirá. Pero no podrá decirse más claro.
Cuando todo acabe, algunos, recordarán, como se recuerda el olor de la hierba en primavera, estas palabras de esperanza.

Más que palabras















viernes, 13 de mayo de 2011

Lo que queda del día

Son hermosos y profundos estos conocidos versos con los que se inicia Cuatro Cuartetos de T.S. Elliot

El tiempo presente y el tiempo pasado
están quizá presentes los dos en el tiempo futuro
y el tiempo futuro contenido en el pasado.
Si todo tiempo es eternamente presente
todo tiempo es irredimible.
Lo que quizá podía haber sido una abstracción
que queda como perpetua posibilidad
solo en un mundo de abstracción.
Lo que podía haber sido y lo que ha sido
apuntan a un solo fin, que está siempre presente.
Hay ecos de las pisadas en la memoria
allá por el pasadizo que no tomamos
hacia la puerta que nunca abrimos
a la arboleda. Mis palabras tienen eco
así, en vuestra mente.
 Vivimos en un presente continuo hecho de futuros y pasados. Pero entretejidos de muy diversa forma según el momento y la circunstancia. Vivir el tiempo sin límite, como en la juventud, teje la textura del futuro de muy diversa forma al tiempo limitado que uno siente ya en la piel a cierta edad: el pasado siempre tiene importancia, pero de modo distinto cuando el futuro está abierto que cuando está cerrado. Catástrofe y crisis, por ejemplo, son dos modos diferentes de presente continuo. En la catástrofe, como observamos estos días conmovidos, el tiempo se suspende y las reacciones de la gente nos sorprenden en sus modalidades de heroísmo o simple generosidad ilimitada precisamente cuando parecería que el egoísmo invita a barra libre. En la crisis, sin embargo, como me preguntaba la semana pasada, el tiempo se cuelga en el presente de otro modo: como un humo negro y maloliente que oscurece el futuro y el pasado. Germán Cano contesta hoy en El País, mucho mejor de lo que yo hubiera sido capaz, a la pregunta que suscitó algunos airados comentarios:
http://www.elpais.com/articulo/opinion/politica/paralizada/miedo/elpepuopi/20110513elpepiopi_11/Tes
La crisis es un tiempo vacío: sentirse en crisis es como sentirse el día antes del Apocalipsis. La vida se hace provisional en un sentido en que no lo es cuando envejecemos y sabemos que el tiempo que queda del día es corto. Entonces, algunos, saben vivir en un presente continuo lleno de las posibilidades que ofrecen el pasado y el presente. En la crisis, el futuro envenena el pasado y el presente. La crisis es el tiempo sin tiempo.  La crisis convierte el tiempo de la vida en tiempo ciego. Ya no oimos los ecos de las pisadas en la memoria allá por el pasadizo que no tomamos hacia la puerta que nunca abrimos. Crisis fue para los griegos un tiempo de enfermedad, cuando el mal entraba en esos momentos que derivan en curación o en agravamiento definitivo. Crisis es un tiempo sin tiempo, donde el azar se hace destino y no posibilidad. Un economista radical de hace años sostenía que el tiempo del capitalismo es precisamente la crisis: no es un tiempo de debilidad sino su tiempo de triunfo, el horizonte de su aspiración. Desde hace más de un siglo ha ido derivando en un juego de azar, en una continua apuesta por "futuros" que, desgraciadamente, no son sino formas de destino, modos de desubicar la agencia, de convertir un tiempo del que pudiéramos apropiarnos en un desierto de contingencia. Hace muchos, muchos años cantaba Silvio Rodríguez en "Causas y Azares" una metafísica de la crisis:
Cuando acabe este verso que canto
yo no sé, yo no sé, madre mía
si me espera la paz o el espanto;
si el ahora o si el todavía.
Pues las causas me andan cercando
cotidianas, invisibles.
Y el azar se me viene enredando
poderoso, invencible

En El Prado se conserva otra de las metáforas del tiempo de la crisis: El triunfo de la muerte, de Pieter Brueghel el Viejo.



Salir de un tiempo enfermo y recuperar el tejido que une el futuro y el pasado. Eso será salir de la crisis.


sábado, 7 de mayo de 2011

El mozo de las maletas

Alguien preguntó esta semana mientras departíamos en la comida (Alberto Sebastián, Alfredo Krámarz, Carlos Thiebaut y el que suscribe) por qué no se observaba algún movimiento, aunque fuese desorganizado y espontáneo. Con la que está cayendo, decía, con un paro como el que sufrimos, etc. Es una pregunta que muchos se han hecho y que nadie sabe contestar, quizá los sociólogos tengan sus explicaciones, que desconozco. Quizá, pensé, no sabemos mirar donde están las zonas de resistencia y fractura. Quizá, pensé, vivimos en esta burbuja que es la universidad donde la realidad está a la distancia de una pantalla de televisión. Quizá, pensé, a los intelectuales nos gusta que los otros se rebelen para poder hablar sobre ellos. Quizá, dije, es que la gente simplemente tiene miedo: a ser despedida, a no encontrar recursos para la factura que tiene que pagar mañana, a no tener futuro. O quizá es que ya vemos el mundo bajo la categoría de destino. 
Estos días estoy con la novela de Kazuo Ishiguro Los inconsolables, una extraña historia desubicada y sin coherencias espacio-temporales, acerca de un concertista que parece haber perdido su memoria, en una ciudad extranjera a la que llega con una agenda que desconoce, y que comienza en un ascensor de su hotel, donde en los breves segundos de viaje el mozo de las maletas, que no ha dejado en el suelo a pesar de sus años y a pesar de su peso, le explica en un largo discurso de más de cuatro páginas que él y varios de sus compañeros de otros hoteles decidieron un día no soltar las maletas en todo el trayecto para hacer visible así el carácter y la importancia de su profesión. Se reúnen, decía, los domingos por la tarde en un café, desde hace muchos años, y se animan unos a otros a persistir, a pesar de que la edad ya casi no les permite ni apenas arrastrar un bulto. Pero tienen la conciencia de que la ciudad aprecia ahora la importancia y la dignidad de esta desconocida profesión. 
Se me ocurrió que este fragmento kafkiano escondía un mensaje sobre la conversación del otro día, pero no he sabido contestarme a mí mismo cuál pudiera ser. Ni siquiera sabría decir si los mozos son ellos o somos nosotros (los que nos preguntábamos estas cosas). 
Y se me ocurrió también ir al amigo de Montaigne, Étienne de La Boétie, a su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, y leí algunos párrafos como éste: 
"Apenas puede creerse la facilidad con que el vasallo olvida el don de la libertad, su apatía el recobrarla y la naturalidad con que se sujeta a la esclavitud, que se diría que no ha perdido su libertad sino ganado su esclavitud. Es cierto que las primeras víctimas del despotismo lo sufren con violencia; pero los que nacen después de ellas, como no han disfrutado de la libertad, ni saben en qué consiste, sirven sin repugnancia y hacen de buena gana lo que sus pasados sólo hicieron a-la fuerza. Esto proviene de que naciendo los hombres bajo el yugo, crecen y se desarrollan con él, no miran más adelante y se complacen en vivir como han nacido, sin pensar en otro derecho ni otra felicidad que la que han encontrado, y llegando finalmente a persuadirse de que el estado de su nacimiento es el de su naturaleza."
Y, quizá, sin saber aún si los mozos de las maletas son ellos (los que lo están pasando mal y no se rebelan) o nosotros (los privilegiados que tenemos trabajo estable y nos preguntamos por qué no se rebelan los que no lo tienen), las palabras de La Boétie nos sirvan de alguna ayuda para entrever en la niebla, y escrutar el mundo a través de la pantalla y sospechar que, como al personaje principal de la novela de Ishiguro, quizá se nos haya olvidado algo aunque no sabemos qué. 

sábado, 30 de abril de 2011

Buscando entre la basura





El miércoles pasado, alguien, una empresa avisada, había organizado en Madrid la "Noche de los libros".  Las pequeñas librerías y las grandes librerías abrían sus locales hasta la madrugada y montaban presentaciones y firmas. Alguien, también empresa avisada, había organizado un partido definitivo, el gran momento en que habría de dilucidarse entre las dos grandes "filosofías", o sea, un Madrid-Barcelona. El miércoles pasado, a las siete de la tarde, Fabio había organizado en la librería Arrebato, en el corazón de Malasaña, en la Calle de la Palma 21, la pequeña vía contracultural de una ciudad que, por otras razones, ya es muy contracultural, una lectura y presentación del libro de poemas de Ben Clark, Basura. Ben Clark, amigo, jovencísimo, Premio de Poesía Hiperión por Los Hijos de los hijos de la ira, un libro fundamental para entender a las jóvenes generaciones que no entendemos, ha escrito poemas sobre la basura, desde la basura, tomando noticias buscadas entre la basura, bajo la basura, hacia la basura en que estamos convirtiendo el mundo. Estábamos allí los previsibles pocos, que tambíén sabíamos que allí se jugaba alguna confrontación entre dos filosofías. Ben se sentó, sacó de dos bolsas un montón de comida basura que distribuyó por la mesa, comenzó a abrir envases, a servirse sucedáneos de colacaos, de pastas, pastillas, cornflakes, comenzó a comer ansiosamente y a leer ansiosamente:

           Si llenamos el Nilo de desechos
           seguirá todo el Nilo en la palabra
          Nilo,
          Pero con la basura es diferente:
         será si así se llama o no será.
         Y una vez bautizado, entonces sí:
         el Nilo envenenado en la palabra
         -- y toda la basura en la palabra--
         basura.



Jugaba Ben con las palabras y con la basura, con las palabras basura y con los paisajes infinitos de basura. Nuestras vidas son los ríos que llevan la basura a los basureros infinitos.

        Para saber a qué se referían
       le añadían "basura" a las palabras:

       hipotecas, comida, televisión, contratos...
      Ya no hubo confusiones pero nadie
      quiso indagar por qué fue tan sencillo.



Ben hablaba de buscadores de basura, de sintecho que leen, los únicos que leen, todos los periódicos y saben de qué hablan, de mendigos encontrados cadáveres en la basura, o envenenados por la basura en la Plaza de Callao de Madrid. Nos hablaba de los seres que cada noche vemos salir de no sé donde y examinar, clasificar, reordenar, los cubos de basura. De los programas, de las noticias. De la "sopa de plástico", esa zona del Pacífico dos veces Texas, que es un mar de los sargazos ya de plástico. De la obsolescencia programada: de nuestra obsolescencia programada.
Hubo que acabar. Había que asistir a la confrontación definitiva entre dos filosofías.

http://www.facebook.com/pages/Editorial-Delirio/100401073341635?sk=info

domingo, 24 de abril de 2011

La banalidad del bien

La protagonista de  La edad de hierro de Coetzee (había esrito en la primera versión "Elisabeth Costello", pero Ana Martínez me recuerda que la memoria me traiciona. No sé por qué siempre he pensado que la protagonista era E. Costello, quizá pos mi pasión por ella como alter ego de Coetzee) que vivimos en una época en la que ser una persona decente no basta. La época actual exige una moral heroica que se acomode a un tiempo desapacible donde el mal reina en un paisaje desolado. Sus palabras se referían a la Sudáfrica de los peores momentos de la represión y apartheid, pero bien pueden aplicarse a los tiempos que nos tocan. Con todos mis respetos a Coetzee y a su personaje, ambos tan queridos, tengo que discrepar. Savater escribió también un libro de moral, La tarea del héroe. Elementos de una ética trágica, donde sostenía ideas similares. También discrepo. Del mismo modo que Hanna Arendt nos enseñó que lo terrible del mal es que se ampara en la cotidianidad de quienes reciben y ejecutan órdenes que no cuestionan, y que la profundidad de ese mal cala hasta los estratos últimos de la trama de las sociedades, precisamente porque convierte en normal el ejercicio del daño, una simétrica mirada debería llevarnos a escrutar en la moral cotidiana las mores de buena voluntad. Ser héroe, ciertamente, no es fácil. Pero tampoco excesivamente difícil. Los héroes lo son relativamente a una peripatheia, a la peripecia circunstancial que les obliga a tomar una decisión no siempre pensada y que nace de sus tripas, a veces contra su mejor juicio, porque el curso de las cosas se ha salido de madre y se llega a un punto donde todo se torna. Ahí, casi todos tenemos un cincuenta por ciento de posibilidades de ser héroes o villanos. "Lo difícil es vivir bien", sostiene el cura de Roma, cittá aperta unos instantes antes de que le fusilen. Y es cierto. Lo difícil es construir sociedades decentes, donde el sentido de lo justo y la reacción de compasión por el débil estén empotradas en la fábrica de lo cotidiano.
En 1935 Enrique Santos Discépolo escribió una de las letras de tango más lúcidas de la filosofía contemporánea:  Cambalache. Todo argentino decente la conoce y tal vez la ha cantado después de algunos tragos (recuerdo ahora a unos amigos hace muchos años cantándola en la madrugada, y el cuerpo se me vuelve tango). Se me ocurre que es el mejor lamento de la mucha gente decente. No la olvidemos nunca:

Que el mundo fue y será una porquería,
ya lo sé...
¡En el quinientos seis
y en el dos mil también!
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
varones y dublé...
Pero que el siglo veinte
es un despliegue
de maldad insolente
ya no hay quién lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue
y en el mismo lodo
todos manoseaos...
¡Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor!...

¡Ignorante, sabio, chorro,
generoso o estafador!...
¡Todo es igual! ¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro
que un gran profesor!
No hay aplazaos ni escalafón,
los inmorales nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón...
¡Qué falta de respeto,
qué atropello a la razón!
¡Cualquiera es un señor!

¡Cualquiera es un ladrón!
Mezclao con Stavisky va Don Bosco
y "La Mignon",
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín...
Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida
y herida por un sable sin remache
ves llorar la Biblia
contra un calefón.

¡Siglo veinte cambalache
problemático y febril!...
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil.

¡Dale nomás! ¡dale que va!
¡Que allá en el horno
nos vamo a encontrar!
No pienses más,
sentate a un lao.
Que a nadie importa
si naciste honrao.
Es lo mismo el que labura
noche y día, como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura,
o está fuera de la ley.

martes, 19 de abril de 2011

De dioses y hombres

He discutido últimamente varias veces con gente de alrededor algunas de las últimas rozaduras que se han dado por aquí (por Madrid) a causa de dos notorias acciones simbólicas que han producido una catarata de reacciones también simbólicas: una, en la capilla (católica) de la Universidad Complutense, donde un grupo de alumnas leyeron unos textos antifeministas de miembros de la Iglesia y dejaron ver parte de su cuerpo en un acto reivindicativo. Otra, la propuesta (prohibida) de una procesión atea por el barrio de Lavapiés, el barrio más multicultural de todas las españas y probablemente de todas las europas.
Las reacciones han sido las esperables. Me guardo el comentario sobre ambas, que sería distinto, matizado, complejo y largo.
Estos días un párroco explicaba a los que visitábamos el pequeño pero hermoso museo de la parroquia que los musulmanes nunca habían dejado restos de otras religiones allí donde habían llegado y habían destruido las anteriores. Invocaba Sevilla y Granada como ejemplos. Me mordí la lengua  y pensé que tenemos pendiente hablar todos de religión, política y cultura. El filósofo americano John Rawls ya puso esta cuestión como un punto central de una sociedad bien ordenada, donde los ciudadanos no se limiten a soportar al otro por imperativo legal y puedan llegar a vivir bajo un consenso básico sobre cuestiones esenciales.
Las grandes religiones siempre han basculado a lo largo de la historia entre una opción política y una opción espiritual. Entre los funcionarios y los profetas. Todas. Algunas más que otras: en el judaísmo, el islam y el catolicismo las opciones espirituales han sido tan poderosas como minoritarias y sospechosas, calificadas como misticismo. La opción política, el "dios está con nosotros", ha sido la más favorecida y los miembros de la jerarquía han actuado a lo largo de la historia como actores políticos. En ciertos momentos, como actores determinantes de la historia. En las varias versiones del protestantismo y algunas religiones orientales la dimensión política ha tenido menor fuerza que la espiritual. En los movimientos milenaristas, utópicos, revolucionarios, sociales, etc., también se han dado las dos dimensiones política y espiritual. Generalmente también ha predominado lo político sobre lo espiritual, el lenguaje de vanguardias, militantes, masas, sobre los mitos de la alteridad del mundo.
Es una tontería pensar que las cosas van a cambiar en el próximo futuro, pero quizá en algún momento pudiéramos reivindicar que los patrimonios culturales se convirtiesen en patrimonios comunes. Así como la Biblia recopiló mitos y narraciones de todos los pueblos y religiones con las que se encontró; así como el cristianismo acomodó a su lenguaje y liturgia todos los mitos y rituales de las religiones ancestrales o de la antigüedad clásica; así como los revolucionarios acomodaron a sus discursos los lenguajes religiosos, deberíamos revisar nuestra historia cultural para reparar en que es una. Llena de ruido y furia, llena de violencia y dolor. Pero una, tensa, plural. Una cultura que desenterrase los relatos perdidos, las voces olvidadas, los daños sufridos.
Mil y una historias comunes que podríamos contarnos unos a otros sin sentirnos portadores de la voz elegida.  No serán  comunes las creencias (o increencias) ni  los ritos ni las jerarquías, pero sí podrían serlo los relatos. Nadie debería convertirse en dueño de los relatos de los que venimos todos. Lessing escribió Nathan el Sabio como un relato más, pero en estos días se me ocurre que es también un relato de relatos sobre cómo leer las historias del otro.

miércoles, 13 de abril de 2011

La soledad de Robespierre

Me avergüenzan mucho mis oceánicas lagunas culturales. No porque se muestre mi incultura como el parvenu que es desenmascarado en una reunión de clase alta, no porque se descubran las entretelas de mi débil "capital cultural", no. Me avergüenza porque, para quienes nos dedicamos a esto, es una obligación conocer las grandes obras que nos han constituido porque los clásicos son la obra viva de la fábrica de lo humano, junto con las gestas de quienes cambiaron la historia con su sacrificio. Y este último término me lleva a una de mis lagunas, que por suerte me la ha señalado una invitación amable de gente inteligente a una tertulia sobre La muerte de Danton de Georg Büchner, un autor alemán del primer tercio del siglo XIX, que falleció en la más temprana juventud y que nos dejó dos maravillas. Una, a la que me refiero, y otra ,Woyzeck, a la que tendré que dedicar en algún momento un post y que recomiendo leer o ver en cualquiera de sus representaciones. La muerte de Danton es una obra sobre los últimos días de Danton, el revolucionario vividor y moderado sacrificado por Robespierre, el puro de la revolución. Danton representa la moderación, la negación al terror, y también el amor a la vida amable, al placer y a la lejanía del sufrimiento. La obra es compleja pero al final se reduce al debate entre dos modelos de sujetos en la historia. Como toda mi vida me he sentido (a lo mejor autoengañado) como una suerte de danton, demasiado moderado para los revolucionarios, demasiado revolucionario para los moderados, demasiado lleno de contradicciones, y por ello difícilmente comprendido (sobre todo por mí mismo), no me plantea problemas ponerme ahora en el lugar de Robespierre tal como lo representa Büchner.
Robespierre habla con el expeditivo y funcionarial Saint-Just a quien no le plantea problema diez o diez mil cabezas en el cesto de la guillotina. Pero Robespierre tiene que firmar la muerte de sus compañeros de revolución, quienes han ido con él hasta el momento en que las sendas se han separado:

"ROBESPIERRE (solo): Efectivamente, el Mesías sanguinario que sacrifica sin que lo sacrifiquen. Él los redimió con su sangre, yo los redimo con la suya propia. Él los hizo pecar y yo cargo con el pecado. A él le cupo el placer del sufrimiento; a mí me queda el tormento del verdugo.
¿Quién habrá sido más abnegado, él o yo... Aunque hay algo de locura con esta idea... ¿A qué estar siempre pendientes solo de lo mismo? Verdaderamente, al Hijo del Hombre lo crucifican en cada uno de nosotros; todos nos debatimos sudando sangre en el Huerto de los Olivos, pero nadie redime a nadie con sus heridas....(...) Todos me abandonan...Todo está desierto y vacío...Estoy solo"

En el lenguaje políticamente correcto de ahora nadie quiere ser Robespierre, pero todo aquél que goza (es un sarcasmo) del poder es un Robespierre. Y siempre termina en un debate como este breve soliloquio que no le impide firmar la sentencia de su antiguo camarada. Intento acercarme a Robespierre en mi infinita lejanía. Hay una religión (quizá) que tiene que ver con la víctima que se queja de que no hay justicia en este mundo, pero hay otra religión que no es sino el lamento de la soledad del Robespierre de turno que se queja de por qué no le quieren. Y sospecho que esta religión es practicada por muchos que no se reconocerían bajo advocaciones tradicionales. Me gustaría decir con la cabeza alta que todos somos Danton. Temo pensar que todos somos Robespierre.

miércoles, 6 de abril de 2011

Apocalipsis moderno



Hay grafitos y carteles que valen por un tratado de filosofía. Este cartel que convoca a una manifestación mañana en Antón Martín, lugar cargado de significados en Madrid, por su centralidad en los momentos de la transición, pues era donde estaba el despacho de abogados laboralistas que ametrallaron las brigadas negras en un enero terrible de los tiempos más vulnerables de nuestra historia, un cruce donde ahora se erige una enorme escultura abrazo de Genovés, que representó en su tiempo el abrazo de los familiares y amigos a los que salían un día amnistiados de la cárcel, una puerta al barrio más pluricultural de Madrid, una ciudad todavía, todavía, abierta, este cartel digo, cuenta una historia que vale por la Historia de una generación. No sé si atreverme a ir a la manifestación: ni soy joven, ni estoy falto de casa, ni de curro, ni de pensión, ni de futuro pero estoy sintiendo el peso de la culpa de haber criado a una generación a la que prometimos todo y ahora la entregamos a la desesperanza para calmar a los mercados. Como en la Edad Media, en Castilla, los pueblos aterrorizados entregaban a sus doncellas para calmar a las hordas amenazantes del sur. La letanía del cartel nos debería hacer pensar: empieza sin futuro y termina sin miedo. Es un grito que ahora no se oye todavía en el parlamento, a pocas cuadras de Antón Martín, pero puede que no tarde en taladrar los oídos de los leones de bronce.
Esa es la forma en la que vivimos el apocalipsis ahora. En la Edad Media esperaban el fin del mundo. Ahora lo llamamos "crisis". Frank Kermode, en un maravilloso libro que apenas se lee ya: El sentido del fin, cuenta cómo la modernidad vive el apocalipsis permanente bajo la categoría de crisis. La crisis en un imaginario bajo el que ordenamos el tiempo: un tiempo pasado, presente y futuro que se articula desde un pasado equivocado hacia un futuro que se ignora y teme. La crisis es el imaginario que permite todos los desmanes. Del mismo modo que en los tiempos del milenarismo la cercanía del fin del mundo permitió todo tipo de decisiones bajo la categoría de la desesperanza, el miedo a los mercados está sirviendo para destruir el poco tejido social que nos sostenía.
Sólo nos sostiene ya una frase que pronuncia una generación que no nos merecemos: "sin miedo"

domingo, 3 de abril de 2011

Caminos de la experiencia

De repente, la primavera. Unos breves días de sol permiten escaparse a la sierra (la Sierra de Béjar, en este caso) a recorrer caminos de bosque (la nieve no invita a subir más).  El agua que baja de los neveros convierte el paseo en puro rumor: gargantas, chorreras, arroyos, regatos, manantiales, escurrideras. Todo es agua. Y las flores primeras: narcisos, prímulas, violetas, espinos. Sólo hay que hacer el esfuerzo de caminar para sentir el placer de hacerlo. Te alejas un par de kilómetros de lo urbano y desaparece la multitud que inunda las calles del pueblo (Candelario, en este caso). Muy pocos se atreven a dejarse llevar por los caminos de herradura y por las sendas forestales que ascienden entre corrales de amiales ya perdidos y  majadas en ruinas hasta los pinares. Como si el sucedáneo de vida rural en el que se han convertido los pueblos turísticos fuese suficiente para sentir lo diferente de la ciudad, como si esos pueblos no fuesen ya otra cosa que imaginarios de la ciudad.
Somos los humanos animales de experiencia. Tenemos experiencias, a diferencia de otros mamíferos que tienen sensaciones. Nuestras experiencias son inmersiones en el entorno guiadas por, y productoras de, significados. Transformamos el alimento en cocina, el movimiento en viaje, la reproducción en sexualidad, los afectos en emociones, el territorio en paisaje. La experiencia es a la vez un comienzo y un resultado. Se tiene experiencia porque se busca tener experiencia. Se enriquecen las experiencias con el esfuerzo de la acción significativa, como cuando hacemos que nuestra hambre espere a la experiencia de cocinar con cuidado, con tiempo, con amor a lo bien hecho. La experiencia de la experiencia comienza pronto, apenas avanzada la niñez que se comienza a convertir en pubertad: el preadolescente se convierte en adicto a las experiencias. Experiencias rápidas, intensas al comienzo y faltas de matices, pero experiencias. Si tiene paciencia, si su mundo se ilumina con la riqueza que la realidad ofrece, aprenderá a tener experiencias mucho más densas y llenas de dimensiones, abiertas a estratos de lo real que no sospechaba que existieran, como esas sendas que al comienzo parecen ser impracticables y al cabo de unos minutos nos llevan a una milagrosa cascada que se abre entre las lanchas. Si no tiene paciencia, como el turista ocasional, su vida quedará encerrada en la comida rápida, el sexo mecánico, la lectura de bestsellers, el viaje en todoterreno y su mundo se confundirá con la consola. Si no tiene paciencia seguirá siendo adolescente hasta que se jubile, o quizás entonces lo seguirá siendo aún más.
De repente, la primavera: un don de la experiencia que sólo pide un poco de esfuerzo y paciencia.