viernes, 10 de enero de 2025

Pedernal, leña, ritmos y cantos

 





Las tres características específicas de los humanos son el lenguaje con gramáticas y semánticas combinatorias, la técnica que produce artefactos materialmente heterogéneos y la socialidad que da lugar a lazos sociales complejos, entre los que destacan los lazos familiares. Estas tres características no evolucionaron de modo independiente, como tantas veces se ha teorizado, sino en bucles permanentes de realimentación. Cada una de esas habilidades corporales formaba algo así como un invernadero para que las otras crecieran, pero el peso adaptativo más importante reside en la cultura material. La prehistoria y la cultura material van juntas en la formación de un relato de lo humano. Nuestra mente se formó siguiendo las erráticas sendas de los homínidos, desde los australopitecos aunque sus características especiales y culturas toman forma en las varias especies de homininos, desde Homo habilis al Homo sapiens. En el Paleolítico no hay otros documentos que los que componen la cultura material preservada por el tiempo, y en particular las piedras, no por casualidad denominamos “paleo-lítico” a esta era que geológicamente coincide con el Pleistoceno (2,59 millones de años hasta el Holoceno (11.700 años). El otro material que acompañó las sendas del linaje de los sapiens, ya de una forma mas tardía no es una roca sino una fibra natural: la madera. Piedra y fuego edificaron una especie

Las rocas forman el asiento de la zona crítica. Forman la corteza terrestre donde se desarrolló la vida. Son materiales sólidos, duros o blandos, de diversos orígenes, formados en ciclos litológicos que dan contenido al tiempo profundo, el tiempo geológico. Nacen de las profundidades del magma sobre el que derivan los continentes. El magma y lava se enfría y solidifica lentamente formando cristales en las rocas intrusivas, a veces rápidamente formando vidrios como la obsidiana. Las diversas dinámicas que sufren las rocas van determinando su variedad y clases: agentes químicos como el oxígeno y ácido carbónico, presiones y temperaturas metamórficas, reacciones químicas, erosiones por el agua y el clima. Las dinámicas ígneas, metamórficas o sedimentarias van construyendo y modificando incansablemente el libro donde se deposita la memoria del tiempo profundo, los estratos que marcan las eras, que se fracturan y alzan en geosinclinales y anticlinales, que forman montañas, valles, llanuras y desiertos. Cuatro mil seiscientos millones de años de derivas continentales y procesos superficiales forman el tiempo geológico en el que discurre la dinámica de la vida. Entre estas rocas, la elegida por los homínidos que nos precedieron fue el pedernal.

El pedernal o sílex es una roca de composiciones variables en las que predomina el cuarzo (sílice, SiO2), uno de los minerales más abundantes en la superficie terrestre. Un material duro y resistente a la erosión que encontramos en numerosísimas rocas y también, en lo que respecta a la antropogénesis, en cantos rodados productos de la erosión en los lechos de los ríos. Tienen la propiedad de desprender lascas al ser golpeados y producir filos cortantes. Las especies de grandes simios que habitaron las praderas captaron esta propiedad y la usaron para su alimentación. Las primeras culturas líticas de Homo ergaster hace dos millones y medios de años han dejado restos de cantos rodados que conservan un lado intacto adaptado a una mano prensil y un lado cortante:

Producir estos artefactos no es difícil pero tampoco fácil: bastan dos o tres golpes precisos dados con otra piedra. El resultado es un instrumento útil para cortar la carne de los animales cazados en la sabana por otros depredadores, y ocasionalmente por los grupos de homínidos. En un entorno tan peligroso, la rapidez con que se podía despiezar una carcasa para poder transportarse a otros lugares resultó una ventaja oportuna frente a otros carroñeros como las hienas o los grandes depredadores. Y supuso el acceso a una nueva dieta rica en proteínas que, a su vez, contribuyó a un metabolismo exuberante necesario para el crecimiento del cerebro (posibilitado, a su vez, por el bipedismo, que dio lugar a una pelvis estrecha y con ella la neotenia o nacimiento pronto de las crías, y a una modificación del ángulo de inserción del cráneo en la columna vertebral. Transformaciones arquitectónicas que posibilitaron en crecimiento del cerebro y el crecimiento de la capa externa cortical). La mano, la velocidad en el transporte a hombros de piezas de carne y el cerebro están relacionadas con el sílex.

También las primeras organizaciones sociales. Estos grupos de homínidos no consumían la carne donde la encontraban, sino en lugares apartados donde se comenzaron a crear espacios propios en los que los lazos sociales se fueron formando a través de las emociones y sus expresiones corporales, entre ellas las expresiones lingüísticas. Los espacios propios permitieron el cuidado de las crías y de los miembros más débiles del grupo.

En el Paleolítico medio (350 mil años – 300 mil años) a la piedra se unió otro componente material central en la antropogénesis: la madera, utilizada para varios fines pero especialmente para hacer fuego. Las mentes que eran capaces de hacer fuego artificialmente eran lo suficientemente complejas como para tallar también de nuevos modos los cantos rodados: fuego y bifaces crearon el entorno más próximo para la especie humana:

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La talla de una bifaz es tan difícil como encender fuego. Se necesita una mente planeadora y un par de manos muy hábiles. Dar golpes precisos encadenados en simetrías bilaterales; elegir una madera dura y un pequeño tronco blando para frotarlos con fuerza, o saber golpear dos pedernales en la cercanía de fibras combustibles. Las lascas que producían estos golpes se usaron para otros muchos fines: cortes finos para la carne, raedores para las pieles, filos cortadores para flechas. Piedra y madera se unieron en artefactos cada vez más complejos.

En el Paleolítico superior (40 mil años), estas técnicas se desarrollaron en una artesanía magistral de la piedra, la talla de huesos y el uso de la madera:

Un dibujo de una persona

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Las secuencias de golpes obedecían a nuevas funciones cada vez más articuladas, en una especie de gramática técnica que adaptaba la piedra para incorporarse a hachas y flechas, a maderas talladas en arcos unidas sus puntas por fibras vegetales o animales, a lanzaderas. Así el lenguaje, cada vez más articulado, como las mismas herramientas. Un lenguaje que nació de las tardes y noches alrededor de la hoguera, donde los relatos del día adquirían una fuerza reguladora de la estabilidad de los lazos sociales, servían para evitar la violencia y reforzar la solidaridad del grupo. Relatos que quizás, como se ha sugerido, fueron primero cantados y bailados, pues el ritmo de los golpes, las entonaciones de la voz y el acompasamiento de los cuerpos constituyeron el cemento de las primeras sociedades.[1]

Las técnicas humanas y el lenguaje comparten una estructura composicional. Las secuencias de golpes el orden puro de las palabras no son suficientes. Necesitan una estructura. En el lenguaje, esa estructura gramatical divide las palabras en términos que portan significados (nombres, verbos, adjetivos, adverbios) y términos gramaticales (pronombres, preposiciones, conjunciones) cuya función es ligar las palabras en enunciados y construir con ellos mundos infinitos. Las técnicas adquieren también estructuras internas que se organizan por la interacción de la intención, el gesto y el material: cambiar la orientación de la piedra que sostiene la mano, mirar atentamente el punto donde ha de golpear con otra piedra, cuerno o colmillo de mamut, enervar los músculos y representarse en la mente cuál será el resultado del golpe, y reaccionar a esa pequeña transformación con un nuevo golpe y así seguir enlazando golpe a golpe. Quizás, aventura Steven Mithen, observado por otros miembros de la tribu fascinados por el ritmo[2], sincronizando sus cuerpos y voces en un canto colectivo que iba formando el lenguaje al compás de la bifaz.

El ritmo de los cuerpos y las voces en golpes y tonos, técnica y prosodia, trabajo y danza, fueron dando origen a la técnica y al lenguaje. Y con ellos a los lazos sociales que se tejían al calor de la lumbre. Quién toma antes que quién una pieza ya asada en las brasas, quién hizo o no hizo aquello que tenía que hacer para espantar la caza hacia donde esperaban los cazadores, o no supo encontrar los frutos del bosque, o tal vez miró con deseo a quien no debía. La hoguera crea un espacio donde las risas, el relato y el canto regulan las emociones del día, las coordinan y tranquilizan o excitan[3]. Piedra y fuego, lo frío y lo cálido, lo crudo y lo cocido. Tiempos y espacios heterogéneos que se entrecruzan. Sílex, una roca sedimentaria formada por largos procesos de compactación, recristalización o cementación a temperaturas medias; madera, leña, hecha de fibras de celulosa unidas por las ligninas, los polímeros que crean las paredes celulares de los vegetales. Cuarzo y carbón, donde se entrecruzan los tiempos telúricos y los biológicos. También los espacios: recorridos largos rastreando la caza o los buitres que anuncian un cadáver, vuelta a los espacios seguros del grupo. Espacios de intimidad creados por el fuego donde el orden de los cuerpos indica las emociones básicas que ligan el grupo. Tiempos de celebración donde nacen los mitos que preservan los rituales de fiesta.

La domesticación del fuego hace un millón de años produjo un cambio en la dieta, en el comportamiento y probablemente contribuyó como un factor más a la evolución del cerebro. El forrajeo de animales semiquemados tras los numerosos fuegos en la sabana probablemente dio paso a las técnicas para producir artificialmente fuego y conservarlo. No es sencillo hacerlo como muestran los numerosos vídeos de bushcraft que se han popularizado en estos tiempos de imaginarios de supervivencia y preppers. En ausencia de metales, hay que recolectar fibras secas, la yesca e iniciar en ellas una llama. Los dos procedimientos usuales son la percusión y la fricción: el golpe de pedernal para producir una chispa, algo nada fácil porque hay que elegir otra roca con algún componente de hierro, o el frotamiento de una vara de madera dura sobre una base de madera blanda, un ejercicio muy oneroso en energía y que exige habilidades tan complejas como la talla de sílex. Después hay que mantenerlo y cuidarlo, un trabajo que posiblemente incorpora ya una cierta división del trabajo en el grupo. Algunos de los mitos de las sociedades de cazadores y recolectores que estudió Levi Strauss en Brasil, en Mitológicas. Lo crudo y lo cocido[4], relatan tormentas que apagan las hogueras de la tribu y dan lugar a conflictos. Esta domesticación supuso una transformación en la espacio-temporalidad de Homo ergaster: contribuyó a la diferenciación del espacio de caza y forrajeo y del espacio de cocina y habitación, de lo arriesgado y lo seguro, de lo extraño y lo familiar. Permitió la ampliación del tiempo de reunión común a la noche, un tiempo de intimidad, de cercanías corporales y espirituales y de estrechamiento de los lazos emocionales.



[1] Imágenes tomadas de Leroi-Gourhan, André (1965) El gesto y la palabra, trad. Felipe Carrera, Caracas: Universidad Central de Venezuela

[2] Mithen, Steven (2006) The Singing Neanderthals. Origins or Music, Language, Mind and Body, Cambridge Mass.: Harvard University Press p 196

[3] Dunbar, Robin (1996) Grooming, Gossip, and the Evolution of Language, Londres: Faber & Faber

[4] Levi Strauss, Claude (1964), Mitológicas. Lo crudo y lo cocido, México: FCE

sábado, 4 de enero de 2025

Envolturas de la temporalidad

 



Ninguna tecnología (ninguna innovación, de hecho ninguna acción humana por sí sola) es capaz de perdurar y producir efectos notorios, acaso siquiera llegar a funcionar, sin envolturas. Llamamos así al entorno material, técnico, tal vez social, que hace que esa tecnología prospere, se entrevere con los demás componentes del nicho técnico y cultural y genere transformaciones. Tipos de envolturas diferentes harán que las trayectorias tecnológicas se orienten en direcciones.

Las envolturas son las que permiten que las bases materiales de la cultura den lugar a transformaciones en lo espacial, temporal y cultural de las sociedades. Veremos numerosos ejemplos a lo largo del curso. Pensemos en la interacción entre los cereales y la arcilla: los forrajeadores, cazadores y recolectores, podían dirigirse a un campo y recoger las hierbas de mijo, cebada o trigo salvaje bien arrancándolas, bien cortándolas con una hoz, tal vez de sílex o bronce. Esas espigas tal vez ya no dejaban caer semillas en el suelo y los cazadores comenzaron a usar una parte de los granos para sembrar en campos apropiados. La fabricación de vasijas grandes de barro cocido abrió la posibilidad de almacenaje para el futuro. Así el tiempo en futuro se insertó en el acto de recolectar y creó la disponibilidad de un excedente que tal vez fue instrumento de intercambio por objetos valiosos de otros grupos: cuentas, ornamentos, animales, herramientas de metal tal vez. O quizás algunos grupos aprovecharon para ocultar excedentes y en tiempo de escasez crear deudas de alimentos, pues no los repartían, de modo que se fue produciendo una jerarquía, que en algún momento comenzó a ser violenta y el almacenaje se comenzó a realizar mediante impuestos. Muchas posibles trayectorias que dependen de cómo se entrelacen los materiales, las prácticas, los espacios y tiempos y, por supuesto, los artefactos imaginados y realizados y, en general, las técnicas y tecnologías.

Googleemos “best post apocalyptic novels” o “best post apocalyptic movies”.  Innumerables páginas nos convencen de la imaginación post apocalíptica ha sido muy productiva en una era de ansiedad ecológica. Como la pregunta “¿qué te llevarías a una isla desierta?”, estos escenarios de desolación tejen preguntas sobre lo material con el valor y el sentido: ¿qué queda cuando no queda nada? ¿Cómo deben vivir los supervivientes? ¿Qué significaban nuestro arte, nuestra ciencia o nuestra civilización? ¿Significaron algo?

Nos importa en especial el tipo de envolturas que delimitan los sentidos de la temporalidad: la envoltura de la socialidad en la que la muerte fue parte de la vida del grupo; la envoltura de los primitivos dispositivos de orientación hacia el sol y las estrellas, que amplió el tiempo a los ciclos anuales y permitió prever la cercanía de las estaciones. Envolturas que transforman la experiencia de lo temporal. Estos sensores del tiempo afectan al cuerpo y a la vida social. Consisten en ensamblamientos híbridos de prácticas, instrumentos y creencias. Generan marcos donde ubicar tanto la propia vida como la de la comunidad y la sociedad. El caso más conocido: el reloj y el tiempo del capitalismo. Un capitalismo primero podría contratar el trabajo por obra, pero no un capitalismo industrial donde el producto final es un híbrido de personas y máquinas El único modo de distinguir el capital constante ( máquinas) del capital variable (trabajo aasalariado) es mediante un equivalente universal que solamente puede ser contabilizado por el reloj mecánico.  Envolturas que se hacen más estrechas cuando el reloj te incorpora al cuerpo y construye ritmos corporales nuevas (horarios que rigen la vida cotidiana)

He aquí un ejemplo de envoltura estudiado por el teórico de las relaciones entre cultura y entorno técnico Stephen Kern. Se refiere a técnicas de predicción del tiempo, tan centrales en la sociedad contemporánea:

 

Stephen Kern (2013) Time and Space in the Era of Internet

Los meteorólogos evalúan las previsiones meteorológicas en términos de precisión, amplitud espacial y alcance temporal. Una previsión adecuada integra datos sobre la temperatura del aire, la presión atmosférica, la humedad, la velocidad y la dirección del viento en una amplia zona para múltiples capas de la atmósfera, desde la superficie terrestre hasta siete millas. Una previsión completa también debe incluir el impacto de las nubes, la gravedad, los contornos terrestres, los contornos urbanos, las temperaturas oceánicas, la humedad del suelo, la capa de hielo, la capa de nieve, la posición de la luna, la corriente en chorro, los eventos solares, la rotación de la tierra, la reflectancia y la magnetosfera. También debe incluir los niveles de contaminación, ozono, metano, óxido nitroso y dióxido de carbono. También debe calcular cuánta radiación absorbe, refleja y transfiere la atmósfera desde cada uno de los diferentes gases y sólidos que la componen en cada nivel vertical y posición horizontal. Para obtener estos datos masivos, los meteorólogos utilizan anemómetros, termómetros, barómetros, higrómetros, veletas, boyas, radares, satélites, estaciones meteorológicas, aviones cazahuracanes, globos meteorológicos, drones aéreos, drones de vela, radiosondas (que flotan hacia arriba) y dropsondas (que caen hacia abajo). También necesitan ciertos conocimientos de astronomía, termodinámica, teoría del caos y modelos informáticos para procesar estos datos una vez estandarizados a escala regional y nacional. Para comunicar las previsiones, utilizan la prensa, el teléfono, la radio, la televisión e Internet, así como organizaciones meteorológicas regionales, nacionales e internacionales. Un breve esbozo de algunos avances en la previsión pone de relieve el extraordinario progreso de esta función. Los meteorólogos victorianos disponían de termómetros, barómetros, higrómetros y, después de la década de 1830, telégrafos eléctricos para transmitir las predicciones meteorológicas, pero sin datos masivos y estandarizados ni ordenadores para cotejarlos, las predicciones seguían siendo locales, a corto plazo y poco fiables. Los agricultores de aquella época no tenían más información meteorológica a largo plazo que los anuarios astronómicos basados en los partes meteorológicos de años anteriores o los almanaques basados en «fórmulas secretas» aún más dudosas, y para las predicciones a más corto plazo sólo contaban con la presión barométrica, los truenos y mirar al cielo. Durante la Primera Guerra Mundial, cuando el tiempo era crucial para el fuego de artillería, el reconocimiento aéreo, las cortinas de humo y la liberación de gas venenoso, la meteorología estaba lo suficientemente avanzada como para predecir las condiciones actuales con termómetros, barómetros, dirigibles, anemómetros e higrómetros rudimentarios para las condiciones meteorológicas en tierra, junto con meteorógrafos fijados a cometas o globos para las condiciones en altura, aunque se carecía de una recuperación rápida de esos datos. En 1917, el investigador noruego Vilhelm Bjerknes fue capaz de rastrear la temperatura, la presión y la humedad para predecir tormentas a lo largo de los «frentes», llamados así por los hombres que luchaban en las trincheras. Ese mismo año, el matemático inglés Lewis Richardson desarrolló un complicado modelo de predicción meteorológica, que desarrolló en Weather Prediction by Numerical Process (1922), pero sin ordenadores, el método era lento e inexacto. Tardaba seis semanas en calcular una predicción de seis horas para un solo lugar basándose en datos recogidos semanas antes. En el centro de cálculo ideal que propuso, 64.000 ordenadores humanos resolverían las ecuaciones diferenciales de varias capas de la atmósfera en una sala cuyas paredes, suelo y techo estaban pintados para formar un mapa del globo. En el centro, un director coordinaría el ritmo de cálculo iluminando con una luz las zonas que debían acelerarse o ralentizarse.7 Este esbozo de un método inviable esbozó los rudimentos de los centros meteorológicos que décadas más tarde coordinarían el trabajo de los ordenadores electrónicos y lo harían con mucha más precisión en una fracción de segundo lo que a Richardson le llevó seis semanas. Durante la guerra, los meteorólogos estadounidenses utilizaron una técnica de previsión rudimentaria: trazar los datos actuales, encontrar un mapa meteorológico pasado que se pareciera a esos datos, ver cómo evolucionaba la situación pasada y basar la previsión en ese patrón anterior.

Durante la Primera Guerra Mundial, cuando el tiempo era crucial para el fuego de artillería, el reconocimiento aéreo, las cortinas de humo y la liberación de gas venenoso, la meteorología estaba lo suficientemente avanzada como para predecir las condiciones actuales con termómetros, barómetros, dirigibles, anemómetros e higrómetros rudimentarios para las condiciones meteorológicas en tierra, junto con meteorógrafos fijados a cometas o globos para las condiciones en altura, aunque se carecía de una recuperación rápida de esos datos. En 1917, el investigador noruego Vilhelm Bjerknes fue capaz de rastrear la temperatura, la presión y la humedad para predecir tormentas a lo largo de los «frentes», llamados así por los hombres que luchaban en las trincheras. Ese mismo año, el matemático inglés Lewis Richardson desarrolló un complicado modelo de previsión meteorológica, que desarrolló en Weather Prediction by Numerical Process (1922), pero sin ordenadores, el método era lento e inexacto. Tardaba seis semanas en calcular una previsión de seis horas para un solo lugar basándose en datos recogidos semanas antes. En el centro de cálculo ideal que propuso, 64.000 ordenadores humanos resolverían las ecuaciones diferenciales de varias capas de la atmósfera en una sala cuyas paredes, suelo y techo estaban pintados para formar un mapa del globo. En el centro, un director coordinaría el ritmo de cálculo iluminando con una luz las zonas que debían acelerarse o ralentizarse. Este esbozo de un método inviable esbozó los rudimentos de los centros meteorológicos que décadas más tarde coordinarían el trabajo de los ordenadores electrónicos y lo harían con mucha más precisión en una fracción de segundo lo que a Richardson le llevó seis semanas. Durante la guerra, los meteorólogos estadounidenses utilizaron una técnica de previsión rudimentaria: trazar los datos actuales, encontrar un mapa meteorológico anterior que se pareciera a esos datos, ver cómo evolucionaba la situación en el pasado y basar la previsión en ese patrón anterior.8 Durante la Segunda Guerra Mundial, los aviones se encontraron por primera vez con la corriente en chorro y los meteorólogos determinaron que los flujos de aire superiores controlan el tiempo a nivel del suelo. Utilizaron el radar para rastrear los aviones, pero no el tiempo. La predicción más famosa fue la de la invasión de Normandía el 6 de junio de 1944. Los Aliados necesitaban luna llena para los bombardeos aéreos y marea baja para dejar al descubierto las defensas submarinas alemanas, condiciones que sólo se darían durante tres días a partir del 5 de junio. Los meteorólogos estadounidenses, utilizando su poco fiable método analógico de comparar el tiempo actual con los patrones de años anteriores, recomendaron el 5 de junio, que, debido a una tormenta sobre el Canal de la Mancha, habría sido un desastre. El 4 de junio, pocas horas antes del lanzamiento de las operaciones del Día D, el equipo británico, utilizando métodos más actuales, instó a retrasarlo al 6 de junio, y el General Eisenhower estuvo de acuerdo. En los años siguientes, las nuevas tecnologías revolucionaron las previsiones meteorológicas, que se hicieron cada vez más detalladas, de largo alcance y precisas. En 1950, el meteorólogo estadounidense Jule Charney ejecutó una serie de algoritmos meteorológicos a través del Integrador Numérico Electrónico y Computador (ENIAC) para producir el primer pronóstico computarizado de un período de 24 horas, que tardó 24 horas en completarse. Los modelos computarizados, utilizados por primera vez para pronósticos regionales en 1954, cambiaron a modelos hemisféricos a principios de la década de 1960 y luego a modelos globales en 1970. Uno de los primeros modelos importantes fue el del Centro Europeo de Predicción Meteorológica a Medio Plazo, que contaba con 22 países miembros cuando se introdujo en 1979. Originalmente, contaba con 15 niveles verticales de recopilación de datos. En 2012, el modelo se amplió a 137 niveles y procesaba más de 300 millones de puntos de datos de observación al día, procedentes de satélites, radares, boyas, aviones, barcos y globos meteorológicos. Desde entonces, los modelos informáticos han aumentado el área cubierta, el número de niveles verticales, la resolución de sus resultados, el alcance temporal y la velocidad de funcionamiento. El Global Forecasting System estadounidense, introducido en 2000, cubría todo el globo, funcionaba 4 veces al día y tenía un alcance de previsión de 16 días y versiones específicas para el aire, el océano, la tierra y el hielo marino. En el Reino Unido, la velocidad de cálculo de los superordenadores de la Met Office pasó de 30.000 cálculos por segundo en la década de 1950 a 200 millones de cálculos por segundo a principios de la década de 1980. En 2014, los ordenadores podían realizar más de 10.000 billones de cálculos por segundo.

El 90% de los datos de previsión meteorológica proceden de satélites. En 1960, Estados Unidos puso en órbita el primer satélite meteorológico del mundo, que enviaba 4.000 imágenes a la semana antes de enmudecer tras varias semanas. En la década de 1970, la NASA desarrolló satélites para el seguimiento de tormentas severas que se colocaron en órbitas geosincrónicas. El primer Satélite Ambiental Operacional Geoestacionario (GOES-1) se puso en órbita en 1975 para apoyar el seguimiento y la previsión de tormentas. En 1980, el GOES-4 fue el primero en proporcionar perfiles verticales continuos de la temperatura y la humedad de la atmósfera que sirvieron de apoyo a las previsiones a corto plazo (aproximadamente 12 horas) y a las «nowcasts» de tormentas en curso. El público estadounidense pudo seguir la trayectoria del huracán Katrina en 2005, varios días antes de que tocara tierra, gracias a las impresionantes imágenes tomadas por el satélite GOES-12, que proporcionó un seguimiento continuo aumentado por imágenes de aviones de huracanes, impresiones de modelos informáticos e informes resumidos de meteorólogos. Aunque los errores en esas previsiones provocaron indignación en los meses y años siguientes, el huracán se convirtió en un icono para todo el país, fascinado por un acontecimiento meteorológico que la tecnología de previsión era capaz de televisar tan vívidamente, por muy erróneas que hubieran sido las previsiones. Una de las lecciones de aquella tormenta, y de nuevo de la supertormenta Sandy en 2012, fue que, además de la velocidad del viento, la trayectoria de la tormenta y las precipitaciones, los meteorólogos necesitaban mejores métodos para predecir la marejada, que durante Sandy superó las barreras de protección, astilló paseos marítimos e inundó líneas de metro. En 2016, el satélite meteorológico más reciente, el GOES-R, entró en órbita con 16 longitudes de onda diferentes, desde el visible al infrarrojo. Con una velocidad cinco veces superior a la del satélite actual, podía escanear todo el hemisferio occidental en 5 minutos y cambiar a escaneos rápidos regionales cada 30 segundos, frente a la velocidad del satélite anterior de cada 7 minutos. Al cuadruplicar la resolución del satélite, mejoró la comprensión del poder radiativo y la localización más precisa de los incendios forestales, así como el papel de las nubes en el calentamiento y enfriamiento del planeta. Su mapeador geoestacionario de rayos tomó 500 imágenes por segundo para ayudar a determinar el origen y el alcance de los rayos y si los impactos se producen en las nubes, de nube a nube o de nube a tierra, información que añadió minutos de tiempo de alerta para tornados y tormentas graves. En una historia de la predicción meteorológica de 2008, Peter Lynch llegó a la conclusión de que se ha producido «un aumento de un día por década en la capacidad de previsión» desde la introducción de la modelización informática en los últimos 50 años.17 Dicho de otro modo, las previsiones actuales a 5 días tienen la precisión de las previsiones a 1 día de hace 50 años. Los nuevos modelos informáticos, los instrumentos de radar y los satélites han ampliado el alcance temporal y la precisión de las previsiones meteorológicas y han cambiado las orientaciones al respecto, que han pasado de la espera pasiva y la impotencia a una expectativa más activa y una preparación más útil.

Kern, Stephen. Time and Space in the Internet Age  Londres: Routledga, pp. 82-85).




domingo, 22 de diciembre de 2024

Sales de vida y muerte

 


El 21 de diciembre de 1907 el general Silva Renard, al mando de las tropas enviadas por el Gobierno de Chile para reprimir a los trabajadores del salitre, congregados en Santa María de Iquique en demanda de mejoras salariales y laborales, ordenó abrir fuego sobre la multitud. El número de muertos entre trabajadores y sus familias ha sido controvertido pero algunas fuentes lo establecen en 3.600 personas. La masacre de Santa María de Iquique es uno de los momentos más dolorosos del movimiento obrero. Fue cantada por Quilapayún rescatando su memoria en un disco memorable con letra de Luis Advis. La matanza nos lleva a otra historia de la cultura material, la de las sales de la vida y la muerte, sales de nitrógeno y potasio, el nitrato de potasio y el nitrato de sodio que componen el salitre, salpêtre o saltpeter, uno de los minerales de tan larga como apasionante historia.


El nitrato potásico ha sido empleado para la elaboración de la pólvora y para fabricar fertilizantes. Tradicionalmente se obtenía mediante uno de los trabajos más despreciados aunque no fuese tan mortal como la minería de sal o de carbón. Antes de su síntesis química se obtuvo mediante formas de cristalización producidas por la mezcla de tierra con excrementos humanos y orina. En las guerras entre España e Inglaterra se llegó a obligar a los súbditos ingleses a guardar la orina para las nitrerías y salitrerías. Fue durante los siglos XVI y XVII un monopolio gubernamental.
A partir de 1830 se comenzaron a explotar y exportar las grandes reservas del Desierto de Atacama. Fue el origen de la Guerra del Pacífico entre Chile por un lado y Perú y Bolivia por otro (1879- 1884) con el resultado de que Chile se anexionó grandes territorios costeros de Bolivia y Perú. 
El caliche del Desierto de Atacama estaba formado principalmente por nitrato de sodio, no de potasio, pero la revolución química del XIX encontró la forma de transformarlo en el más explosivo nitrato potásico, a partir del cual se podía fabricar nitroglicerina y dinamita. 
Ed Conway, en su libro Material World (2024) explica cómo el salitre contribuyó a alimentar y armar al mundo. 
El nitrógeno es un elemento absolutamente necesario para la vida, un componente del humus que pronto es absorbido por las plantas y necesita ser renovado por procesos lentos biológicos o por el añadido artificial de nutrientes. El crecimiento exponencial de la población del mundo está ligado al uso masivo de fertilizantes que mantienten la capacidad de la zona crítica del suelo (la que permite el crecimiento vegetal y la vida) en condiciones de fertilidad, a cambio de la extracción de los minerales para su síntesis química.
Los vastos depósitos de nitrato sódico, base del potásico en Chile y Bolivia (salar de Uyuni) son también depósitos de litio, convertido en el material más disputado del siglo XXI para las pilas de acumulación eléctrica. 
La pólvora fue, por su parte, el material de los imperios, el que acabó con el feudalismo y dio lugar a la modernidad. 
Hernán Cortés, en su Cartas de Relación escribe:
Y para la munición no menos proveyó Dios, que hallamos tanto salitre y tan bueno que podríamos proveer para otras necesidades, teniendo aparejo de calderas en que cocerlo, aunque se gasta acá harto en las muchas entradas que se hacen. Y para el azufre ya a Vuestra Sacra Majestad he fecho mención de una sierra que está en esta proviencia que sale mucho humo, y de allí, entrando un español setenta u ochenta brazas atado a la boca abajo se ha sacado, con que hasta agora nos habemos sostenido.

Posteriormente vinieron otros descubrimientos que formaron parte de nuevas y más poderosas formas de imperialismo:En 1847 se descubrió en Italia la  nitroglicerina, a partir del ácido nítrico, también obtenido desde el nitrato, que Alfred Nobel transformaría en 1867 en dinamita.


 





viernes, 13 de diciembre de 2024

Técnica y cultura. Programa del curso 24-25

 



Parte I: Temporalidades y materialidades.

1.      La concepción de la cultura como metabolismo y su base material.

2.      Piedras y madera: El tiempo de una especie

3.      Arcilla, cerámica, vidrio: El tiempo de los estados

4.      Metales: El tiempo de los imperios

5.      Sal, hulla y acero: El tiempo del capitalismo.

6.      Aglomerantes, composites: El tiempo de la ciudad sin límites.

7.      Fibras, polímeros: El tiempo del consumo

8.      Arenas de silicio, tierras raras: El tiempo de lo virtual

 

Parte II: Materialidad, sentimientos y temporalidad de lo cotidiano:

9.      El orden del mundo: sentido, tiempo y valor

10.  La zona crítica: cartografía de lo cotidiano

11.  Distorsiones emocionales en los procesos de modernización: la escala del cuerpo.

Objetivo del curso

La técnica es la producción material de la inteligencia de los seres vivos, desde las bacterias a los humanos. La cultura es la producción de seres vivos que transmiten de unas generaciones a otras sus saberes y la manera de preservar las estructuras de sus sociedades. Las relaciones entre ambas están mediadas por la materialidad de los cuerpos, de los artefactos y de los materiales, energías e información que las hacen posibles. El hilo conductor del curso es la continuidad entre la cultura, la mente, el cuerpo y los materiales del mundo que constituyen sus bases y sus condiciones de posibilidad. Ello nos lleva a dinámicas espacio-temporales en interminables juegos de escala: desde lo geológico a lo cultural, desde los tiempos cortos de los planes de vida a los tiempos profundos en que se constituyen las bases de la cultura, es decir desde lo cotidiano a la geología de la cultura. La temporalidad es el producto de las dinámicas de la materia, la energía y la información.

Bibliografía recomendada:

Ed Conway (2024) Material World: sal, arena, hierro, cobre, trad. Mark Jiménez, Barcelona: Península

Jane Bennet (2022) Materia vibrante. Una ecología política de las cosas, trad. Maximiliano Gonnet, Buenos Aires: La Caja Negra

Jussi Parikka (2021) Una geología de los medios, trad. Maximiliano Gonnet, Buenos Aires: La Caja Negra

Fernando Broncano (2024) La escala de las cosas. Humanismo y cultura material, Salamanca: Delirio editorial.

Yuk Hui (2022)  Recursividad y contingencia,  trad. Tadeo Lima, Buenos Aires: La Caja Negra

Vaclav Smil (2024) El tamaño de las cosas,, trad. Fracesc Pedrosa: Madrid: Debate

Vaclav Smil (2018) Energía y civilización. Una historia, trad. Álvaro Palau, Madrid: Arpa

David Graeber, David Wengrow (2022) El amanecer de todo. Una nueva historia de la humanidad, trad. Joan Andreano Weyland, Barcelona: Planeta.


sábado, 7 de diciembre de 2024

Materiales para edificar una especie

 




Las tres características específicas de los humanos son el lenguaje con gramáticas y semánticas combinatorias, la técnica que produce artefactos materialmente heterogéneos y la socialidad que da lugar a lazos sociales complejos, entre los que destacan los lazos familiares. Estas tres características no evolucionaron de modo independiente, como tantas veces se ha teorizado, sino en bucles permanentes de realimentación. Cada una de esas habilidades corporales formaba algo así como un invernadero para que las otras crecieran, pero el peso adaptativo más importante reside en la cultura material. La prehistoria y la cultura material van juntas en la formación de un relato de lo humano. Nuestra mente se formó siguiendo las erráticas sendas de los homínidos, desde los australopitecos aunque sus características especiales y culturas toman forma en las varias especies de homininos, desde Homo habilis al Homo sapiens. En el Paleolítico no hay otros documentos que los que componen la cultura material preservada por el tiempo, y en particular las piedras, no por casualidad denominamos “paleo-lítico” a esta era que geológicamente coincide con el Pleistoceno (2,59 millones de años hasta el Holoceno (11.700 años). El otro material que acompañó las sendas del linaje de los sapiens, ya de una forma mas tardía no es una roca sino una fibra natural: la madera. Piedra y fuego edificaron una especie

Las rocas forman el asiento de la zona crítica. Forman la corteza terrestre donde se desarrolló la vida. Son materiales sólidos, duros o blandos, de diversos orígenes, formados en ciclos litológicos que dan contenido al tiempo profundo, el tiempo geológico. Nacen de las profundidades del magma sobre el que derivan los continentes. El magma y lava se enfría y solidifica lentamente formando cristales en las rocas intrusivas, a veces rápidamente formando vidrios como la obsidiana. Las diversas dinámicas que sufren las rocas van determinando su variedad y clases: agentes químicos como el oxígeno y ácido carbónico, presiones y temperaturas metamórficas, reacciones químicas, erosiones por el agua y el clima. Las dinámicas ígneas, metamórficas o sedimentarias van construyendo y modificando incansablemente el libro donde se deposita la memoria del tiempo profundo, los estratos que marcan las eras, que se fracturan y alzan en geosinclinales y anticlinales, que forman montañas, valles, llanuras y desiertos. Cuatro mil seiscientos millones de años de derivas continentales y procesos superficiales forman el tiempo geológico en el que discurre la dinámica de la vida. Entre estas rocas, la elegida por los homínidos que nos precedieron fue el pedernal.

El pedernal o sílex es una roca de composiciones variables en las que predomina el cuarzo (sílice, SiO2), uno de los minerales más abundantes en la superficie terrestre. Un material duro y resistente a la erosión que encontramos en numerosísimas rocas y también, en lo que respecta a la antropogénesis, en cantos rodados productos de la erosión en los lechos de los ríos. Tienen la propiedad de desprender lascas al ser golpeados y producir filos cortantes. Las especies de grandes simios que habitaron las praderas captaron esta propiedad y la usaron para su alimentación. Las primeras culturas líticas de Homo ergaster hace dos millones y medios de años han dejado restos de cantos rodados que conservan un lado intacto adaptado a una mano prensil y un lado cortante:

 


Producir estos artefactos no es difícil pero tampoco fácil: bastan dos o tres golpes precisos dados con otra piedra. El resultado es un instrumento útil para cortar la carne de los animales cazados en la sabana por otros depredadores, y ocasionalmente por los grupos de homínidos. En un entorno tan peligroso, la rapidez con que se podía despiezar una carcasa para poder transportarse a otros lugares resultó una ventaja oportuna frente a otros carroñeros como las hienas o los grandes depredadores. Y supuso el acceso a una nueva dieta rica en proteínas que, a su vez, contribuyó a un metabolismo exuberante necesario para el crecimiento del cerebro (posibilitado, a su vez, por el bipedismo, que dio lugar a una pelvis estrecha y con ella la neotenia o nacimiento pronto de las crías, y a una modificación del ángulo de inserción del cráneo en la columna vertebral. Transformaciones arquitectónicas que posibilitaron en crecimiento del cerebro y el crecimiento de la capa externa cortical). La mano, la velocidad en el transporte a hombros de piezas de carne y el cerebro están relacionadas con el sílex.

También las primeras organizaciones sociales. Estos grupos de homínidos no consumían la carne donde la encontraban, sino en lugares apartados donde se comenzaron a crear espacios propios en los que los lazos sociales se fueron formando a través de las emociones y sus expresiones corporales, entre ellas las expresiones lingüísticas. Los espacios propios permitieron el cuidado de las crías y de los miembros más débiles del grupo.

En el Paleolítico medio (350 mil años – 300 mil años) a la piedra se unió otro componente material central en la antropogénesis: la madera, utilizada para varios fines pero especialmente para hacer fuego. Las mentes que eran capaces de hacer fuego artificialmente eran lo suficientemente complejas como para tallar también de nuevos modos los cantos rodados: fuego y bifaces crearon el entorno más próximo para la especie humana:

 


La talla de una bifaz es tan difícil como encender fuego. Se necesita una mente planeadora y un par de manos muy hábiles. Dar golpes precisos encadenados en simetrías bilaterales; elegir una madera dura y un pequeño tronco blando para frotarlos con fuerza, o saber golpear dos pedernales en la cercanía de fibras combustibles. Las lascas que producían estos golpes se usaron para otros muchos fines: cortes finos para la carne, raedores para las pieles, filos cortadores para flechas. Piedra y madera se unieron en artefactos cada vez más complejos.

En el Paleolítico superior (40 mil años), estas técnicas se desarrollaron en una artesanía magistral de la piedra, la talla de huesos y el uso de la madera:



Las secuencias de golpes obedecían a nuevas funciones cada vez más articuladas, en una especie de gramática técnica que adaptaba la piedra para incorporarse a hachas y flechas, a maderas talladas en arcos unidas sus puntas por fibras vegetales o animales, a lanzaderas. Así el lenguaje, cada vez más articulado, como las mismas herramientas. Un lenguaje que nació de las tardes y noches alrededor de la hoguera, donde los relatos del día adquirían una fuerza reguladora de la estabilidad de los lazos sociales, servían para evitar la violencia y reforzar la solidaridad del grupo. Relatos que quizás, como se ha sugerido, fueron primero cantados y bailados, pues el ritmo de los golpes, las entonaciones de la voz y el acompasamiento de los cuerpos constituyeron el cemento de las primeras sociedades.

Imágenes tomadas de Leroi-Gourhan, André (1965) El gesto y la palabra, Felipe Carrera, Caracas: Universidad Central de Venezuela,