"No comerás carne impura" dice el Señor: el canibalismo es tabú incluso cuando comerse a cierta gente sería una solución apañada para muchos problemas: de justicia, de hambre, de política... Pero la cultura es la barrera que impide ciertas cosas. A quienes las practican se les expulsa al otro lado de la barrera. Como Hannibal, que se come a los idiotas burócratas: un plato de sesos a la plancha servidos a su poseedor, un agente de la CIA estúpido, es una de las memorables secuencias de una de las películas de la saga de El silencio de los corderos. Como Sweeney Todd, el barbero de la calle Fleet, en el musical de Stephen Sondheim que, en versión de Mario Gas, exhiben estos días en el Teatro Español. Sublime. Casi: entre el gore y la meditación trascendental sobre la venganza y el resentimiento. En un momento de la obra, cuando deciden fabricar pasteles de carne, el libreto repasa en un desternillante dueto el sabor de las distintas profesiones, desde el prior hasta el alguacil. Comerse literalmente los unos a los otros: "ésa es su carne". En uno de sus más ácidos teologemas escribe Ángel González. "Tomad y comed/ ésta es mi carne/Tomad y bebed/ésta es mi sangre/ y el mundo se llenó de hienas y vampiros". Sweeney Todd ha decidido vengarse del mundo comiéndose a quien se tercie.
De todos los problemas complicados de la moral, uno de los que me parece más lleno de trampas y seductoras, atractivas, mortales sendas es la justificación/denostación de la venganza. Recuerdo un texto de Carlos Thiebaut que mantenía la misma tensa perspectiva que me habita después de ver Sweeney Todd: ¿hay que rechazar siempre la venganza? ("la venganza es del Señor") Y sin embargo... ¿no es la venganza (culturalmente purificada como justicia) la base de la moral y la cultura? Demasiado cinismo, se dirá. Renunciar a vengarse: renunciar al plato más sabroso, el corazón del enemigo. Sí, es cierto. Ahí comenzamos. Y, sin embargo...
Reflexiones en las fronteras de la cultura y la ciencia, la filosofía y la literatura, la melancolía y la esperanza
domingo, 30 de noviembre de 2008
viernes, 28 de noviembre de 2008
Sanadores de palabras
Los filósofos, como el que escribe, no se ocupan de la realidad, se ocupan de los conceptos. De la realidad nos ocupamos todos, cada cual en su tiempo y lugar, con sus sueños y sus habilidades. Marx estaba casi completamente equivocado en su conocida tesis sobre Feuerbach: los filósofos hasta ahora han interpretado el mundo, desde ahora deben dedicarse a cambiarlo. Me parece más honesto con el mundo invertir los términos: hasta ahora los filósofos no han hecho otra cosa que intentar cambiar el mundo, convertirse en intelectuales a los que todos siguen pero sin pagar el precio de la responsabilidad cuando las cosas no son como ellos dicen. A partir de ahora deberían ayudarnos a interpretarlo. Tratar con los conceptos, es cierto, puede ayudar a cambiar la realidad, en la manera indirecta que consiste en que los conceptos nos hacen más discriminativos, sensibles, profundos. Sólo en este sentido se puede afirmar que los filósofos pueden cambiar algo.
Ni siquiera los conceptos: en cierta forma, los filósofos sanamos palabras gastadas y heridas. Las palabras terminan siendo barreras que incomunican, ocultan, crean nieblas de ambigüedad, cuando no de hastío y desesperanza. ¡Se nos vienen tantas palabras gastadas a la cabeza. Palabras que en otro tiempo fueron símbolos de la mejores intenciones!
Las palabras, sin embargo, no mueren: quedan en el estado lamentable al que las conduce el uso irresponsable, retórico, demagógico. Deben ser curadas, hay que reestablecer los sentidos perdidos de los términos, descubrir los estratos que el polvo de la inconsciencia ha ocultado.
Imagino, como en Farenheit 451, una comuna en la que cada persona filósofa tiene a su cargo el cuidado de una palabra, la restauración de su fuerza, el levantarla de nuevo sobre sus pies, el soplar sobre los polvos del olvido.
Querría ocuparme de una de ellas: "experiencia", pero me asusta no tener la experiencia suficiente.
Ni siquiera los conceptos: en cierta forma, los filósofos sanamos palabras gastadas y heridas. Las palabras terminan siendo barreras que incomunican, ocultan, crean nieblas de ambigüedad, cuando no de hastío y desesperanza. ¡Se nos vienen tantas palabras gastadas a la cabeza. Palabras que en otro tiempo fueron símbolos de la mejores intenciones!
Las palabras, sin embargo, no mueren: quedan en el estado lamentable al que las conduce el uso irresponsable, retórico, demagógico. Deben ser curadas, hay que reestablecer los sentidos perdidos de los términos, descubrir los estratos que el polvo de la inconsciencia ha ocultado.
Imagino, como en Farenheit 451, una comuna en la que cada persona filósofa tiene a su cargo el cuidado de una palabra, la restauración de su fuerza, el levantarla de nuevo sobre sus pies, el soplar sobre los polvos del olvido.
Querría ocuparme de una de ellas: "experiencia", pero me asusta no tener la experiencia suficiente.
lunes, 24 de noviembre de 2008
El milagro del orden
Me intrigan cada vez más las formas diversas que asume la modernidad: se ha pensado como un proceso homogéneo y bien caracterizable, y a poco que se investigue se desvela un paisaje de variedades ilimitadas. Escribo esto en la madrugada que produce el jetlag, desde una silenciosa casa en Coyoacán, el pueblo al que Cortés se retiró a vivir para evitar las humedades del pantano del centro de la urbe azteca y que aún conserva mucho del complejo mundo novohispano barroco. Pienso sobre lo que para mí significa México D.F. como espectáculo de vida y modelo de modernidad. Una ciudad por la que siento una pasión poco compartida pero explicable (eso es lo que querría hacer en dos palabras). Es, en primer lugar, un espectáculo que los románticos calificarían de sublime en el sentido de que se observa el desbordamiento de la escala personal: todo es inmenso, variado, enorme. Coexisten las clases, las formas culturales, las manifestaciones humanas de una manera que es imposible observar en Europa o Usamérica: los varios mundos que habitan éste. Ayer, en el Zócalo, miles de fieles de un movimiento religioso de esos que proliferan ahora, levantaban las manos y seguían los discursos salmodiosos de los oradores que repetían una y otra vez la misma frase. Eran gente pobre, muy pobre incluso con los patrones mexicanos. Curiosamente, los oradores agradecían a los gobernantes su dedicación y rezaban por ellos. A continuación, cuando acabaron los discursos, comenzó una música hiphop no menos subyugante, mientras la multitud se despedía. Al lado, los danzantes étnicos que adornan siempre el Zócalo, los vendedores de sahumerios, las superrancheras lujosas de los ricos de df. Hay lugares que uno siente más grandes que el mundo; siempre he tenido esa sensación en el Zócalo, mi punto aleph favorito.
México DF es, en segundo lugar, un milagro de la existencia humana: cómo un sistema tan frágil como la inmensa urbe puede al mismo tiempo dar esa sensación de estabilidad y coexistencia, es algo que me hace pensar mucho sobre la modernidad. Quizá existe México por las contradicciones que la crearon y que nunca se fueron, sino que permanecieron como una fuente volcánica de vida en el sentido pre-moral del término, que uno ya no contempla en las uniformes ciudades europeas, en donde la repetición ahoga la diferencia. Me admira la creatividad de méxico y al mismo tiempo su persistencia en el pasado, su hipersimbolismo y el pragmatismo con el que enfocan la existencia. Me admira esa forma de sentir el destino y esa forma de continuo cambio. La existencia de esa ciudad es un milagro humano ante el que, como ocurría en el anterior comentario, siento que somos como niños intentando atrapar una pelota de baloncesto. Es el volcán de la vida bajo el que habitamos.
México DF es, en segundo lugar, un milagro de la existencia humana: cómo un sistema tan frágil como la inmensa urbe puede al mismo tiempo dar esa sensación de estabilidad y coexistencia, es algo que me hace pensar mucho sobre la modernidad. Quizá existe México por las contradicciones que la crearon y que nunca se fueron, sino que permanecieron como una fuente volcánica de vida en el sentido pre-moral del término, que uno ya no contempla en las uniformes ciudades europeas, en donde la repetición ahoga la diferencia. Me admira la creatividad de méxico y al mismo tiempo su persistencia en el pasado, su hipersimbolismo y el pragmatismo con el que enfocan la existencia. Me admira esa forma de sentir el destino y esa forma de continuo cambio. La existencia de esa ciudad es un milagro humano ante el que, como ocurría en el anterior comentario, siento que somos como niños intentando atrapar una pelota de baloncesto. Es el volcán de la vida bajo el que habitamos.
viernes, 21 de noviembre de 2008
Artesanos de sí mismos
En relación con la última entrada del blog, me quedé pensando en los ciudadanos Kane que uno conoce o con los que se ha topado alguna vez. Alguno he conocido. Gente que se hace a sí misma porque posee una inapreciable habilidad: son maestros en detectar las debilidades humanas, las de los otros me refiero, y saben explotarlas. Son autoritarios o seductores, o ambas cosas (no distingo géneros); se abren paso en las sendas del espacio social aprovechando los huecos que deja el poder, que son muchos. No sufren de sentidos de culpa, ni su inquietud llega más allá de la curiosidad interesada. No leen mucho; no piensan demasiado (no lo necesitan); saben lo que hay que hacer y cómo hacerlo. De vez en cuando, en momentos de debilidad (fiebre alta, desamparo,...) murmuran "Rosebud, Rosebud..." pero pronto se les pasa. Son ingenieros de sí mismos: hacen un eficiente trabajo con su vida para situarla en el lugar apropiado.
Uno diría que se pierden una parte importante de la vida: una parte que sólo se puede vivir empleando, perdiendo tiempo. La amistad, la cultura, la contemplación y celebración del mundo, la simpatía por los que pierden, la compasión por todos. Hay una educación sentimental que es muy costosa en tiempo y poco rentable en beneficios. El tiempo se va en incorporar al cuerpo propio capas de experiencia que decoloran los brillos y señalan las arrugas, especialmente a la luz social. Quienes siguen esta senda no pasan por ganadores ni por perdedores, son trajes grises de la historia que no tuvieron nunca su saga. Los kane del mundo detectan rápidamente a los cronopios y los evitan con irritación mal contenida. Los cronopios no son ingenieros, son artesanos de sí mismos: se pierden por el detalle; se pierden en el detalle; desarrollan la paciencia del trabajo bien hecho aunque no tenga beneficios.
Aquí dejo una de las obras de una cronopio amiga, Carmen González. Se trata de una inversión del mito de la gorgona/medusa que al mirar mata: esta medusa muere al ser mirada. Fue una instalación en el Museo Barjola de Gijón y es una meditación artesana sobre la mirada que me ha hecho pensar mucho sobre la sobreexposición a la luz social:
Uno diría que se pierden una parte importante de la vida: una parte que sólo se puede vivir empleando, perdiendo tiempo. La amistad, la cultura, la contemplación y celebración del mundo, la simpatía por los que pierden, la compasión por todos. Hay una educación sentimental que es muy costosa en tiempo y poco rentable en beneficios. El tiempo se va en incorporar al cuerpo propio capas de experiencia que decoloran los brillos y señalan las arrugas, especialmente a la luz social. Quienes siguen esta senda no pasan por ganadores ni por perdedores, son trajes grises de la historia que no tuvieron nunca su saga. Los kane del mundo detectan rápidamente a los cronopios y los evitan con irritación mal contenida. Los cronopios no son ingenieros, son artesanos de sí mismos: se pierden por el detalle; se pierden en el detalle; desarrollan la paciencia del trabajo bien hecho aunque no tenga beneficios.
Aquí dejo una de las obras de una cronopio amiga, Carmen González. Se trata de una inversión del mito de la gorgona/medusa que al mirar mata: esta medusa muere al ser mirada. Fue una instalación en el Museo Barjola de Gijón y es una meditación artesana sobre la mirada que me ha hecho pensar mucho sobre la sobreexposición a la luz social:
martes, 18 de noviembre de 2008
La pelota de baloncesto
Josep Brodsky comienza de esta forma su ensayo "Menos que uno" (Menos que uno, Siruela): " Puestos a hablar de fracasos, intentar recordar el pasado es como tratar de entender el significado de la existencia. Ambas cosas nos hacen sentir como un niño pequeño que se esfuerza por agarrar una pelota de baloncesto: las palmas de las manos no cesan de resbalar". La metáfora del niño intentando atrapar la pelota que le excede es tan luminosa como desoladora dado que sirve para dos imposibilidades: recordar y afirmar la identidad. Este año celebramos el cincuenta aniversario de Sed de Mal de Orson Welles (Cahiers de cinema en español le dedica un interesante monográfico este mes): Welles siempre elige sus personajes entre esos seres que reflejan el cinismo del medio social, pero que al singularizarse en una persona son rechazados por la misma sociedad que los crea y necesita. No es sin embargo de Quinlan, el comisario-juez de Sed de Mal que fabrica pruebas para condenar a quien él ha considerado ya culpable antes de investigar, a quien me refiero, sino a otro personaje wellesiano de parecido material: Kane, el poderoso que al morir quiere atrapar su pasado para descubrir, como el periodista que investiga su vida tras su última palabra "Rosebud" hace, que no hay nada que investigar, que no era sino un megalómano de mal gusto, señor de todos los excesos que, en su inversión de la ética capitalista, retrataba mejor que ese discurso la realidad de los dueños del universo. Kane ejemplifica mejor que nadie la desolación brodskiana: la imposibilidad de responder a las preguntas "¿quién soy?", "¿de dónde vengo". Lo que asusta no es olvidar el pasado sino desconocer por qué olvidamos ("¿cómo eran sus ojos" escribe el poeta que se autodescubre incapaz de recordar a su amada). Quizá es un puro efecto biológico de la pérdida de memoria, pero no: se contradice ese efecto con la vividez con la que recordamos los más tontos detalles de nuestro pasado. ¿Acaso reprimimos ciertos recuerdos, que se convertirían en indecibles, no porque no nos atrevamos a recordarlos sino porque simplemente no podemos?, ¿acaso no ocurriría lo mismo con la propia identidad, que no querríamos saber lo que somos como Dorian Grey que tapa su cuadro cuidadosamente? Y sin embargo estamos hechos de preguntas por el pasado y por nuestra identidad: nos pasamos la vida preguntándonos por ambos. Bernard Williams compara en Verdad y Veracidad a Rousseau con el sobrino de Rameau, el cínico personaje de Diderot en la novela homónima: Las confesiones de Rousseau serían un intento de mala fe de convencer a los otros de que él es bueno en el fondo a pesar de sus defectos. El sobrino de Rameau se declara desde el principio un ser sin principios ni escrúpulos, pero su discurso desvela, como los personajes de Wells, que el cinismo de la sociedad es aún peor. Dos formas de responder escépticamente a la imposibilidad de Brodsky: la mala fe del que quiere convencernos de su buena fe, el cínico espontáneo que refleja sin más lo que hay. Dos formas de renunciar al pasado y a la identidad. Tiene que haber otra posibilidad.
sábado, 15 de noviembre de 2008
Los cuerpos mirados
Vengo de la exposición de Rembrandt en El Prado con los ojos aún llenos de los sienas, dorados y carnaciones que desprenden los lienzos de Rembrandt. Estuve en su casa museo de Amsterdam olfateando como un sabueso a ese viejo sabio que llegó a calar las profundidades de la piel como ningún maestro logró: estaba claro que para él todo era escena, todo visualidad. La exposición de El Prado me conmueve por un aspecto que no había notado suficientemente en él. Está dedicada a las historias que Rembrandt es capaz de contar en una sola figuración. Pero realmente, en un rápido paseo entre la multitud aburrida y cansada, el alma se me llena de cuerpos en movimiento, en un revoltijo de posturas que descubren las emociones más profundas. Rembrandt crea el espíritu situando cuerpos en el espacio: como esa Susana que se dobla en un gesto frágil de impotencia ante la mirada lúbrica; como esa Betsabé que expresa la tristeza infinita de la sumisión y la piedad por su pronto asesinado compañero, pero en un gesto que su cuerpo desnudo elabora, de cansada resignación ante un mensaje que casi se lee en una carta de la que no vemos sino el envés; como ese Sansón que se revuelve en un grito de dolor que contrae sus miembros y que no lo es tanto por el puñal que le atraviesa el ojo como por la traición de una amante que huye con sus cabellos y que le acaba de entregar al enemigo; como ese viejo, que es él mismo y que se representa en el pintor griego que murió de risa al pintar a una vieja. La sabiduría de Rembrandt anticipa todo lo que hoy sabemos después de Verlaine y de Wittgenstein: que la piel es lo más profundo, que la conducta es la voluntad expresa, que los cuerpos hablan de un modo que el lenguaje no puede hacer. Se habla mucho de nuestra era visual, pero fueron los barrocos velázquez, rubens, rembrandt los que inventaron la vista, los que descubrieron las pasiones, el ensimismamiento, la ira y la nostalgia. Que el tiempo nos guarde los ojos para seguir contemplando al viejo Rembrandt.
He aquí aquel cuerpo que David deseó y que le llevó a cometer su traición a un amigo, y he aquí cómo la mirada de Rembrandt es capaz de penetrar en la tristeza de una mujer señalada por el poder para ser objeto. Las piernas se cruzan en un resignado gesto que subraya el instante de la lectura acabada, y la mente ensimismada deja ver un futuro inminente entre la sumisión y el hastío:
He aquí aquel cuerpo que David deseó y que le llevó a cometer su traición a un amigo, y he aquí cómo la mirada de Rembrandt es capaz de penetrar en la tristeza de una mujer señalada por el poder para ser objeto. Las piernas se cruzan en un resignado gesto que subraya el instante de la lectura acabada, y la mente ensimismada deja ver un futuro inminente entre la sumisión y el hastío:
martes, 11 de noviembre de 2008
De la necesidad, virtud
Paco Guzmán me ha enseñado muchas cosas. Es alguien con el que he comenzado a colaborar en los últimos años: presuntamente dirijo su trabajo pero realmente le observo apasionado. Tengo que contar que Paco es funcionalmente diverso: tiene unas capacidades intelectuales envidiables aunque su cuerpo necesita más ayuda que el de otros. Paco está trabajando sobre capacidades y necesidades, reflexiona sobre un mundo que no esté configurado por y para los "normales" y normativizados, un mundo en el que la medida de todas las cosas sea la autonomía real para lograr los planes de vida propios, sin atender a los modelos estereotípicos. Pues aparte de las asimetrías de género, clase, etnia, cultura, en nuestro mundo se configuran cada vez más las funciones como fuentes de dominación: cuerpos bellos, estilizados, deportivos frente a los cuerpos otros. Se está produciendo la inversión que Samuel Butler pensó en el siglo XIX, al inicio de la era de las máquinas, en Erehwon, la sustitución de la maldad por la enfermedad o por la no normalidad funcional, para expresarlo en términos generales. Paco sueña con un mundo en el que a cada uno se le trate según sus necesidades y cada uno aporte según sus capacidades.
Y esto me lleva a dos cuestiones que solamente enunciaré, porque tendría que pensar mucho más y escribir aún mucho más sobre ellas. La primera es que la noción de necesidad está maltratada. Los filósofos se han preocupado más de los intereses que de las necesidades. Cuando lo han hecho, como Ortega, ha sido para decir que los hombres no tienen necesidades. Pero las tienen, lo que ocurre es que las necesidades deben ser concebidas como aquello que es necesario para cumplir un plan de vida, algo más complejo que esas coberturas fisiológicas de alimento y habitación con que siempre se sale del tema. El concepto de necesidad humana está por pensar. Hasta ahora hemos dado vueltas a los derechos, intereses, etc. Pensemos sobre las necesidades y tendremos un patrón de medida contra el que considerar cómo va nuestro mundo.
La segunda cuestión es acerca de cómo representar las necesidades y las capacidades de un grupo, comunidad, o de una persona. El mercado ha sido el instrumento que los economistas han elegido como la fuente de información eficiente. De hecho lo es, pero respecto a las oportunidades económicas, algo que no es de lo que estamos hablando. El mercado es eficiente detectando oportunidades, es la astucia de la avaricia, pero es ineficiente en muchos casos: detectando bienes públicos, por ejemplo; y mucho más ineficiente detectando capacidades. Las necesidades, simplemente, están más allá de sus posibilidades, que en último extremo sólo le dan para detectar intereses.
En estos tiempos de crisis necesitamos (de necesidad) nuevos instrumentos de medida e información. Uno de ellos es inventar un medio de información eficiente sobre nuestras necesidades y nuestras capacidades. Al marxismo también se le había olvidado esto.
Así estaba Riaño este dorado fin de semana, y podría estar mejor si la avaricia y la estulticia no hubiesen destruido un valle con un pantano que anegó la historia en un fango de intereses
Y esto me lleva a dos cuestiones que solamente enunciaré, porque tendría que pensar mucho más y escribir aún mucho más sobre ellas. La primera es que la noción de necesidad está maltratada. Los filósofos se han preocupado más de los intereses que de las necesidades. Cuando lo han hecho, como Ortega, ha sido para decir que los hombres no tienen necesidades. Pero las tienen, lo que ocurre es que las necesidades deben ser concebidas como aquello que es necesario para cumplir un plan de vida, algo más complejo que esas coberturas fisiológicas de alimento y habitación con que siempre se sale del tema. El concepto de necesidad humana está por pensar. Hasta ahora hemos dado vueltas a los derechos, intereses, etc. Pensemos sobre las necesidades y tendremos un patrón de medida contra el que considerar cómo va nuestro mundo.
La segunda cuestión es acerca de cómo representar las necesidades y las capacidades de un grupo, comunidad, o de una persona. El mercado ha sido el instrumento que los economistas han elegido como la fuente de información eficiente. De hecho lo es, pero respecto a las oportunidades económicas, algo que no es de lo que estamos hablando. El mercado es eficiente detectando oportunidades, es la astucia de la avaricia, pero es ineficiente en muchos casos: detectando bienes públicos, por ejemplo; y mucho más ineficiente detectando capacidades. Las necesidades, simplemente, están más allá de sus posibilidades, que en último extremo sólo le dan para detectar intereses.
En estos tiempos de crisis necesitamos (de necesidad) nuevos instrumentos de medida e información. Uno de ellos es inventar un medio de información eficiente sobre nuestras necesidades y nuestras capacidades. Al marxismo también se le había olvidado esto.
Así estaba Riaño este dorado fin de semana, y podría estar mejor si la avaricia y la estulticia no hubiesen destruido un valle con un pantano que anegó la historia en un fango de intereses
jueves, 6 de noviembre de 2008
El muro transparente
Algunos trabajos pendientes me llevan a darle vueltas a la complejidad de nuestra identidad en la aldea global, cada vez más aldea por mucho que impresione el término "global". En una aldea cada persona está bajo el continuo escrutinio de todos: la famila, el municipio, el cura, el secretario, el guardia, el médico, ..., no es que no haya privacidad, es que es un concepto tan raro como el de sofisticación. Para qué querría ser sofisticado un aldeano: más o menos como le ocurre con la privacidad. Todas sus paredes son transparentes, lo íntimo pertenece a la tribu y a la familia. La conquista de la privacidad fue paralela a la construcción de lo civil, ahora en sentido estricto de construcción: paredes, muros, leyes, costumbres, vestidos, cosméticos, ..., para construir opacidades que defendiesen un dentro donde vivir una vida propia. Volvemos a la aldea: vivimos en muros transparentes, como éste, donde mi diario antes íntimo ahora es público, con mi currículum vitae colgado por ahí, dejando rastros por todas partes cada vez que uso la tarjeta, compro libros en amazon, visito páginas, emaileo a los amigos, llamo a través de un móvil cada vez más controlado,...
Quizá tendría que quejarme, pero no: creo que la cosa es más grave. No se trata de que no haya privacidad en la era internet: es que no sabemos qué tipo de ciudadano queremos construir. El ciudadano de la era de "mi casa, mi castillo" se ha hecho hipervisible. Quizá, quizá,... lo que hayamos de empezar a pensar que hay que pensar es en redefinir la identidad, lo público, lo íntimo y los ámbitos de libertad y autonomía que queremos preservar. Somos transparentes, pero no debemos engañarnos: ellos cada vez son más opacos, se esconden mejor en la multitud. Yo deseo un mundo cada vez más transparente, aunque eso me lleve a redefinir mis máscaras (a cambio se harán más traslúcidas las máscaras del poder).
Nuevos muros o tal vez nuevas máscaras. Necesitamos nuevas marcas de maquillaje.
Quizá tendría que quejarme, pero no: creo que la cosa es más grave. No se trata de que no haya privacidad en la era internet: es que no sabemos qué tipo de ciudadano queremos construir. El ciudadano de la era de "mi casa, mi castillo" se ha hecho hipervisible. Quizá, quizá,... lo que hayamos de empezar a pensar que hay que pensar es en redefinir la identidad, lo público, lo íntimo y los ámbitos de libertad y autonomía que queremos preservar. Somos transparentes, pero no debemos engañarnos: ellos cada vez son más opacos, se esconden mejor en la multitud. Yo deseo un mundo cada vez más transparente, aunque eso me lleve a redefinir mis máscaras (a cambio se harán más traslúcidas las máscaras del poder).
Nuevos muros o tal vez nuevas máscaras. Necesitamos nuevas marcas de maquillaje.
martes, 4 de noviembre de 2008
En la frontera
Busco alguna expresión que represente mi actitud ante el mundo, mi "metafísica" si la palabra no estuviese tan desgastada, mi cosmovisión o, más precisamente, el cómo elaboro en razones mi experiencia de lo real. Creo que elegiría ésta: me estoy yendo. Podría haber elegido me estoy quitando, pero suena a final de hábito. Me estoy yendo: de tantas cosas, situaciones, líneas, banderías, trincheras, religiones, ... Me estoy yendo como forma de estar o como forma de ser. Habitar en la frontera que nunca acaba, desde la que sólo se ve un horizonte de expectativas y donde uno ya no quiere convertirse en estatua de sal volviendo la cabeza hacia un pasado del que huye espantado. Saberse empujado por los errores (propios sobre todo), por la estupidez, la malicia o, lo que es aún peor, por la banalidad. No encuentro pasados en los que instalarme, se me han olvidado las edades de oro. Como Marx (Groucho): "mi juventud, puedes quedarte con ella". Cualquier tiempo pasado fue pasado, sólo un paisaje destinado al olvido.
Los pioneros no emigran a la frontera a descubrir nada, sino a olvidar lo que han descubierto, a levantar una cabaña en los nuevos horizontes que aún no han sido hollados. El pasado se convierte en una niebla de explicaciones por dar, explicaciones por recibir, malentendidos y eternas fiestas de halloween entre el trato o el truco; las nubes del futuro, por oscuras que sean, por tormentas que anuncien, siempre serán aventuras que esperan para probarnos. Mientras tanto, me estoy yendo.
Los pioneros no emigran a la frontera a descubrir nada, sino a olvidar lo que han descubierto, a levantar una cabaña en los nuevos horizontes que aún no han sido hollados. El pasado se convierte en una niebla de explicaciones por dar, explicaciones por recibir, malentendidos y eternas fiestas de halloween entre el trato o el truco; las nubes del futuro, por oscuras que sean, por tormentas que anuncien, siempre serán aventuras que esperan para probarnos. Mientras tanto, me estoy yendo.
viernes, 31 de octubre de 2008
En el principio estaba la esperanza
Cuando reviso mis sendas intelectuales de los últimos años y hago una estadística a ojo de buen cubero, observo que las ideas más importantes que me han motivado, las líneas de trabajo, los libros que he leído, en un, digamos sesenta por ciento calibrado por lo bajo, son consejos, ideas, proyectos que he recibido de amigos y alumnos. Qué autistas me parecen quienes dedican el tiempo a "su obra", como si fueran locos solitarios tramperos construyendo su cabaña en los bosques. Soy los caminos que muchos han recorrido en mí. En la vida, claro, la influencia es aún mayor.
Viene a cuento esto de la última idea que debo a Carlos Thiebaut, en una conversación sustanciosa sobre un texto en cocción que le pasé, y que en una de sus críticas a mi reivindicación de la idea de experiencia, me señala que se me ha olvidado en esa idea pensar en la forma de experiencia del futuro que llamamos esperanza. ¡Qué certera observación!, no aprendemos sólo del pasado, aprendemos también de nuestros proyectos, deseos, y toda esa imaginación que llena nuestra vida cuando la pensamos cómo tendría que ser si fuera buena. Esperanza: imaginar el futuro y desearlo; anticipar su realidad, habitar más allá del presente. Es una de las dimensiones de la experiencia, aunque suene algo contradictorio. A quienes les falta imaginación les falta experiencia; a quienes les falta esperanza, han aprendido poco del pasado: simplemente el pasado les ha derrotado.
Rescatar la esperanza es rescatar la imaginación y situarla en el lugar central de nuestra vida que merece. Habría que decir mucho: imaginación no es fantasía, esperanza no es pensamiento iluso, "wishful thinking". La capacidad de juzgar se mide en la capacidad de juzgar bajo la luz de la esperanza. Quienes lo hacen bajo la oscuridad del miedo serán esclavos del poder de turno.
Viene a cuento esto de la última idea que debo a Carlos Thiebaut, en una conversación sustanciosa sobre un texto en cocción que le pasé, y que en una de sus críticas a mi reivindicación de la idea de experiencia, me señala que se me ha olvidado en esa idea pensar en la forma de experiencia del futuro que llamamos esperanza. ¡Qué certera observación!, no aprendemos sólo del pasado, aprendemos también de nuestros proyectos, deseos, y toda esa imaginación que llena nuestra vida cuando la pensamos cómo tendría que ser si fuera buena. Esperanza: imaginar el futuro y desearlo; anticipar su realidad, habitar más allá del presente. Es una de las dimensiones de la experiencia, aunque suene algo contradictorio. A quienes les falta imaginación les falta experiencia; a quienes les falta esperanza, han aprendido poco del pasado: simplemente el pasado les ha derrotado.
Rescatar la esperanza es rescatar la imaginación y situarla en el lugar central de nuestra vida que merece. Habría que decir mucho: imaginación no es fantasía, esperanza no es pensamiento iluso, "wishful thinking". La capacidad de juzgar se mide en la capacidad de juzgar bajo la luz de la esperanza. Quienes lo hacen bajo la oscuridad del miedo serán esclavos del poder de turno.
sábado, 25 de octubre de 2008
Artes de hacer mundos
Pasolini contra Foucault: dos maneras de mirar el mundo. Quizá la botella medio llena, quizá una distancia metafísica entre dos maneras de mirar. Foucault describe un mundo constituido por dispositivos, estrategias, mecanismos de poder, una red de determinaciones en las que el lenguaje es el reflejo, la sombra, de esos faros de la dominación que ordenan la sociedad. Quien tenga la experiencia desolada de estar en un universo de poderes que no entiende y que le desbordan, al leer a Foucault confirmará las razones de su depresión. Leo y admiro a Foucault por su perspicacia, por esa manera de entender la cultura desde el lado de la rebeldía. Y, sin embargo,..., siempre hay un pero cuando leo esta forma de escritura, sea en la manera brillante de Foucault o en el lenguaje pobre y desarticulado de los economistas, sociólogos y demás profesionales del cinismo presuntamente objetivista. Han sido tan doblados por la dominación que soportan, por esa impotencia que han internalizado, que no ven más que los datos que elabora esa inmensa máquina de objetivización que son los sistemas modernos de información, el nuevo velo de las ideas: las estadísticas, los discursos, la literatura gris.
Y en el otro lado está Pasolini. Principalmente el poeta, luego el director de cine: sus poemas huelen al sudor de la camiseta de los obreros de los suburbios, a los gritos de los adolescentes jugando al fútbol y de las amas de casa comentando el día desde las ventanas. Sus películas hablan de la libertad que es posible en los tiempos oscuros: el Decamerón, Las mil y una noches,...: son maneras de ver. Contra las estrategias de la dominación, las astucias y tácticas de supervivencia de la gente común, de los héroes anónimos de la historia, de la resistencia diseminada. Quizá también Almodóvar, y pocos más: saben mirar a través de las estadísticas y descubrir esas nuevas formas de reapropiación de la vida por parte de los dominados. Han aprendido a ver cómo las mujeres se han apropiado de la cultura escrita, los ancianos de las asociaciones de vecinos, los emigrantes de los parques, cómo las ironías cotidianas tuercen las estrategias del poder sobre el lenguaje. Aprender a ver. Sobre todo en estos tiempos, cuando más necesario se hace mirar a donde está la fuente de la riqueza, en esos lazos débiles que aún se preservan. La confusión de los tertulianos y analistas, de los estadísticos y "gestores", muestra la ceguera de una cultura que sólo se mira a sí misma a través de indicadores, que nunca ha entrado en un supermercado a mirar cómo compra la gente, con esa astucia de supervivencia que tienen la inteligencia común; que nunca ha escuchado a los adolescentes cuando no hacen teatro para mayores e interpretan el mundo desde su extraño lugar; que nuca ha atendido a los mayores cuando recuerdan lo que los aún jóvenes han olvidado saber.
Maneras y artes de hacer mundos: astucia de los comunes.
Y en el otro lado está Pasolini. Principalmente el poeta, luego el director de cine: sus poemas huelen al sudor de la camiseta de los obreros de los suburbios, a los gritos de los adolescentes jugando al fútbol y de las amas de casa comentando el día desde las ventanas. Sus películas hablan de la libertad que es posible en los tiempos oscuros: el Decamerón, Las mil y una noches,...: son maneras de ver. Contra las estrategias de la dominación, las astucias y tácticas de supervivencia de la gente común, de los héroes anónimos de la historia, de la resistencia diseminada. Quizá también Almodóvar, y pocos más: saben mirar a través de las estadísticas y descubrir esas nuevas formas de reapropiación de la vida por parte de los dominados. Han aprendido a ver cómo las mujeres se han apropiado de la cultura escrita, los ancianos de las asociaciones de vecinos, los emigrantes de los parques, cómo las ironías cotidianas tuercen las estrategias del poder sobre el lenguaje. Aprender a ver. Sobre todo en estos tiempos, cuando más necesario se hace mirar a donde está la fuente de la riqueza, en esos lazos débiles que aún se preservan. La confusión de los tertulianos y analistas, de los estadísticos y "gestores", muestra la ceguera de una cultura que sólo se mira a sí misma a través de indicadores, que nunca ha entrado en un supermercado a mirar cómo compra la gente, con esa astucia de supervivencia que tienen la inteligencia común; que nunca ha escuchado a los adolescentes cuando no hacen teatro para mayores e interpretan el mundo desde su extraño lugar; que nuca ha atendido a los mayores cuando recuerdan lo que los aún jóvenes han olvidado saber.
Maneras y artes de hacer mundos: astucia de los comunes.
jueves, 23 de octubre de 2008
La física de lo imposible
"Sed realistas, pedid lo imposible" rezaba el viejo graffiti en las paredes del París del 68. Expresa una de las más profundas verdades sobre las sendas que ha recorrido la humanidad: la búsqueda de las fronteras, sobre todo la búsqueda de las fronteras propias, las del cuerpo, la mente, la habilidad técnica. Explorar lo imposible es explorar la estructura fina de la trama de las causas que habitamos y que nos habita. El divulgador norteamericano Michio Kaku, un físico de teoría de cuerdas, escribe Physics of the Impossible, un repaso a los sueños de ciencia ficción: invisibilidades, viajes en el tiempo, civilizaciones extraterrestres, etc. Estoy del lado de los buscadores de lo imposible, son quienes se acercan a la frontera de la imaginación, quienes ensanchan el conocimiento y encuentran los pliegues de la agencia humana. Viajar en el tiempo, construir personas artificiales, crear una democracia planetaria (inteplanetaria), superar el capitalismo. Marx prohibía soñar con lo utópico (o ucrónico) y hoy podemos ya decir que esa prohibición contenía el germen de la enfermedad senil del marxismo y de la mayoría de las ideologías que confunden el realismo con la miopía.
domingo, 19 de octubre de 2008
Los ritos del silencio
Un amigo me pone al día de los avatares que sufre una de las esculturas del imaginero de Huelva León Ortega (http://escultorleonortega.com/) (1907-1991). La cofradía del Descendimiento, propietaria de la obra, ha decidido ponerle (imponerle) unas potencias en la cabeza de la imagen del cristo.Las potencias --nombre singular-- son, según el diccionario de la RAE, grupos de tres rayos de luz con los que se caracteriza en la iconografía católica a Moisés o a Cristo triunfante. Se trata de un ejercicio de ornamentación ritual que ordena el trajinar de esas extrañas sociedades que son las cofradías. La obra, claro, va a sufrir una doble agresión física e intelectual, por no decir también iconográfica: sin reparar en ello, estarán conmemorando el triunfo de la muerte, lo inverso de lo que representan esos signos, pues se supone que los rayos de luz deberían celebrar la resurrección y por tanto la imagen del cristo muerto no debe ser ornamentada de esta guisa. Frente a las protestas, la cofradía y el obispado han decidido que lo religioso debe primar sobre lo artístico. Vaya: son los signos de los tiempos. El caso no pasaría de ser un ejercicio más de la iconolatría celtibérica si no fuera un tenso ejemplo de cómo en los ritos se depositan relaciones de poder. Las cofradías, que uno pensaría que son curiosos restos de pasados tiempos, como las órdenes militares o los mercedarios, rescatadores de esclavos, son, siguen siendo, uno de los muchos sistemas y redes por los que los rituales se comunican con las estructuras de poder real. León Ortega, escultor condenado a muerte por el franquismo, salvado de milagro pero condenado a prisión, depositó en la imaginería un saber profundo sobre los ritos del silencio que corren por las venas ocultas de este país. Sus esculturas son un prodigio de movimiento detenido y de humanidad sufriente. No hace falta ser creyente (es mejor no serlo) para apreciar el poder simbólico de la imaginería barroca española (no es tampoco necesario ser musulmán para apreciar la fuerza simbólica de la caligrafía de las suras coránicas que ornamentan sin imágenes las mezquitas). Parece como si volvieran a agredirle las mismas fuerzas de lo casposo. Unas potencias en la cabeza: el catolicismo se refugia en una ritualidad kitsch para defenderse de una modernidad imaginaria que se ha construido como enemigo. Sería ocasión para un chiste chusco si no fuera por la marea de mal gusto que invade las formas del catolicismo contemporáneo, como la que ha llenado las paredes de la Almudena de unas horribles pinturas neorrománicas de colores estridentes que no merecerían figurar ni en estampitas de monja. Cuando las imágenes expresan las zonas y pliegues de lo oculto y misterioso del ser humano, el arte religioso conmueve las conciencias de cualquier persona, y más allá de lo puramente ritual llega hasta el lecho rocoso de nuestra existencia. Esa grandeza es la que lograron la imaginería, la mística barroca o la espiritualidad de la filósofa francesa Simone Weil: es la grandeza del arte que nos une a los humanos en la celebración de la vida y de la muerte. Pero a veces la imaginería se convierte en pura iconolatría (o en iconoclasia, su cercana compañera): el mal gusto no es malo por lo ornamental ni por lo popular, sino por la transparencia con que aflora la pura relación de poder que convocan las imágenes.
He aquí esta imagen de la compasión ante la muerte que será convertida en un pastiche neocon.
He aquí esta imagen de la compasión ante la muerte que será convertida en un pastiche neocon.
miércoles, 15 de octubre de 2008
La dimensión de lo humano
Este fin de semana alquilamos unos amigos una casa rural en la Sierra de las Villuercas, en Cáceres, un lugar para mí lleno de significados en donde se encuentran parte de mis raíces. Asistimos al espectáculo de los días finales de la berrea de los gamos: recorremos los senderos de la Sierra de los Ibores, por el lado de Alía, en los entreluces del atardecer lluvioso, tras la tormenta. Se oyen los berridos de los machos en su competencia por la reproducción. Huyo de todas las malas metáforas biologistas, sólo siento la inmensidad de los bosques de alcornoques, las jaras interminables, los roquedales y la exhuberante dehesa: el mundo se hace enorme, callado, lleno de signos que no soy capaz de descifrar. El cuerpo, el paso, la respiración, se hacen la medida del espacio y el tiempo, se centran en su lugar y adquieren esa relevancia que el mundo de los signos urbanos le ha restado. La conversación se hace lenta, con un vaso de vino de pitarra y la mirada ensimismada en el fuego: todo lo humano adquiere una espesura esencial. Espacios y tiempos rituales donde se ha refugiado la experiencia en su altura más elevada. El barroco descubrió que esta tensión entre los espacios de la ciudad y el refugio del campo era esencial en la constitución de nuestra conciencia, escindida entre lo real y lo imaginario, entre la posiblidad y la necesidad. El retiro como ámbito de resistencia y reflexión, de calibramiento esencial de lo que uno es y de aquello en lo que se ha convertido.
viernes, 10 de octubre de 2008
La fuente del valor
Toni Doménech escribió hace pocos años un libro de interpretación histórica que resultaba y resulta escandaloso aún, empezando por el título: El eclipse de la solidaridad (Crítica). Como todos, estoy preocupado por la situación económica, y eso me llevó esta mañana, --cómo no-- a recordar la tesis de Toni: hemos configurado todas las teorías de cambio social como teorías formales sobre la libertad e igualdad olvidando la tercera columna, la que precisamente estaba en la base de los mejores impulsos colectivos, la solidaridad, el apoyo mutuo, la comunidad de esfuerzos. Hoy en el Wall Street Journal (confieso que me he vuelto adicto a este periódico desde que comenzó la crisis: observo su confusión con una sensación de ironía que me invade cada mañana) proponen ya lo que parece que va a ser inevitable en tiempos de recesión: una intervención masiva del estado en bonos de consumo (en Estados Unidos son la forma de subvenciones a los pobres más generalizadas) y de infraestructuras. No creo que las cosas vayan a ser diferentes en Europa: a menos que algún inteligente descubra que la crisis se resuelve mejor con una buena guerra (Obama amenaza con invadir Paquistán), se necesitará una inversión colectiva en economía básica para reflotar la actividad económica, tal vez se produzcan corralitos, catástrofes de valores, vuelta a las economías de sustento familiar. Los teóricos de la economía han sostenido durante un siglo que la fuente del valor son las expectativas (la avaricia más el cálculo de probabilidad de que se optimice o satisfaga, dependiendo de lo más o menos clásica que sea la teoría). Se ha considerado con infinito desprecio toda idea de que el valor tenga algún anclaje en hechos básicos materiales como el espacio (D. Harvey) o el tiempo (Marx). Ahora miramos al suelo a medida que se acerca en nuestra caída desde el cielo. Y, bueno: deberíamos repensar estas dos cosas de la solidaridad y de la fuente de lo valioso. Mi generación es quizá la más responsable, pero la(s) siguiente(s) se encuentra con una desventaja: han perdido la memoria de las formas básicas de solidaridad y apoyo mutuo y habrán de reimaginarlas y reconstruirlas en la peor de las situaciones. Se ha extendido la convicción de que una filosofía de la pobreza es una forma de pobreza de la filosofía. Los tiempos nos harán despertar. Ójala que lo que despierten sean nuestros mejores sentimientos y no los lobos que hemos escondido en la jaula de la cultura.
martes, 7 de octubre de 2008
La luz tras la niebla
Hay veces en las que el paisaje desaparece tras una niebla de desesperanza. Las razones son múltiples y en estos días no es difícil encontrarse con alguna. Pero también es cierto que en la niebla hay una luz especial que no tienen los días luminosos y que hace que nuestra atención se fije más en las cosas. En estos días en los que el frío sale de dentro afuera conviene recordarse las cosas importantes, el por qué estamos aquí y el valor de lo que hacemos. Este texto de John Dewey quizá es un buen lugar al que subirse para mirar: "He dado aquí -dice (perdonad la apresurada traducción)- un test de primer orden acerca del valor de cualquier filosofía que se nos ofrezca: ¿acaba en conclusiones que cuando refieren a las experiencias vitales y a sus propiedades las vuelven más significativas, más luminosas y hacen que nuestras relaciones con ellas sean más fructíferas?, o ¿ terminan volviéndolas más opacas que lo que eran antes, privándolas de la realidad e incluso del significado que parecían tener?" (Experiencia y naturaleza). Y, sí: me parece que es una buena razón para escribir y pensar: dar luz y significado a nuestras experiencias, darles la realidad que necesitan para respaldar nuestra vida. Porque, al fin y al cabo, la riqueza de la vida es la amplitud de las experiencias y la imaginación de lo posible. Las dos cosas van o caen juntas. Una vez más, Ermanno Olmi (podría haber sido Antonioni, pero esta vez ha sido Olmi) me recuerda como Dewey esas cosas esenciales. Su película El árbol de los zuecos, premio en Cannes en 1978, casi un documental sobre la vida de unas familias de jornaleros en la Lombardía de finales del XIX, recorre esas zonas esenciales de la vida humana que se dan incluso o quizá sobre todo en la pobreza: la compasión, la resistencia, la fuerza de la vida. Cuando el arte y la filosofía comienzan a ilusionar, esos finos lazos con lo importante de la existencia están claros y constituyen lo que nos ata al pensamiento. La progresiva sofisticación cultural los corta a veces y termina haciendo de la cultura un juego más de este mercado de jugadores que quieren triunfar. Volver a pensar la riqueza que existe en la pobreza: como Olmi, como Antonio Gamoneda, como Ray Carver. Volver a pensar lo esencial de la realidad: son las luces en la niebla.
domingo, 5 de octubre de 2008
Donde los ángeles no se atreven a mirar
Imagina que eres aficionado a la espeleología y bajas con una compañera a una sima: todo va bien durante los primeros trescientos metros de descenso. Se van estrechando las galerías, pero se pueden sortear los obstáculos con juegos de cintura. Tu compañera te habla, está aún eufórica. La galería se estrecha y el techo baja: hay que arrastrarse. Ahora ya no puedes llevar la mochila a la espalda, la atas a la pierna, oyes la respiración angustiada de tu compañera ya en silencio. Hay un difícil giro a la izquierda y una bajada casi en vertical. Tu compañera jadea, logras bajar casi de cabeza apoyándote en las manos, no puedes seguir ni dar la vuelta hacia atrás, la linterna en tu cabeza comienza a titilar y se apaga... Ya no puedo seguir contando la historia, estoy completamente agobiado. Es un ejemplo que pone K. Walton en uno de sus trabajos sobre la imaginación. ¿Por qué la imaginación puede llegar a producir estos efectos corpóreos? Si fuera una mera capacidad intelectual de juego con imágenes, palabras o conceptos no ocurriría lo que me acaba de ocurrir, que ya no puedo seguir imaginando: mi pulso se ha acelerado, respiro mal, dejo de pensar,... Los psicólogos apenas han trabajado sobre el problema, los filósofos tampoco. La imaginación es la menos explorada y sin embargo la más humana de nuestras capacidades. El bosque de problemas que plantea es selvático. En la imaginación reside el secreto de una especie como la nuestra que se mueve a medias entre el espacio de lo necesario y el de lo posible. Las posibilidades son primero posibilidades imaginadas. Pero lo más complicado de pensar son las fronteras de lo imaginable, esos lugares donde los ángeles no se atreven a mirar. ¿Por qué son tan importantes esos límites? Una pregunta central que nos habla de esos bordes de la subjetividad donde se alzan los muros de acero de nuestra personalidad. Explorar los propios límites es mirar a esos lugares, explorar los límites de una cultura es acercarse temeroso a los límites de su imaginación.
En algún lugar de África como éste, imaginaba Conrad el corazón de las tinieblas,
En algún lugar de África como éste, imaginaba Conrad el corazón de las tinieblas,
lunes, 29 de septiembre de 2008
Erizos y autorreferencias
Entre millón y millón de anuncios logro ver en televisión Crueldad intolerable, de los hermanos Cohen, que había visto divertido y distraído en el cine. Una comedia de lo que Stanley Cavell llamaría reconciliación de una pareja: George Cloney, caricaturizándose a sí mismo, y Catherine Zeta-Jones; un abogado especialista en divorcios y una divorciadora profesional especializada en divorcios rentables. Chocan, él gana un caso y ella le devuelve una irónica venganza haciéndole sufrir su propia medicina. Él se descubre enamorado, se casan, ella le plantea el divorcio... en fin, recuerda más que mucho a las comedias de los años cincuenta. El tema de la obra es una cláusula de separación de bienes que, anunciada antes de la boda por la parte más débil económicamente, parece probar que el verdadero móvil es el amor. Sobre todo si estratégicamente la parte más favorecida responde al instante siguiente de la boda rompiendo la cláusula como regalo, para probar su amor,...., en fin la trama ya está armada. Ellos son dos tiburones que viven de engañar a los otros. Pero se enamoran. El viejo chiste pregunta por cómo hacen el amor dos erizos: con cuidado, claro. Aquí el mecanismo será los dos actos de firmar y luego romper la cláusula de separación de bienes: "rompemos este contrato como condición para poder seguir juntos". Es curioso esta cláusula que muestra el amor de uno de los miembros de la pareja bien firmándola, bien rompiéndola, cuando teóricamente el amor sería compartirlo todo. Pero la vida es así. Al final ambos, que ya son ricos, aceptan vivir juntos a condición de romper la cláusula, lo que les convierte en frágiles ante el otro, pues así cada uno de ellos podría intentar divorciarse y sacarle una contrapartida económica: son especialistas. Amor de erizos. Lo interesante del mecanismo es esta cláusula de amor y contrato que arma la trama de la comedia: "declaramos que nos amamos y para ello ponemos el cuello al alcance de la boca lupina del otro: compartiremos todo, sobre todo nuestra tendencia a aprovecharnos del otro".
Aunque no superficialmente, el acto de romper el acuerdo de separación de bienes es autorreferente. Las oraciones autorreferentes interesantes son aquéllas que se incluyen a sí mismas para establecer una condición de éxito semántico o pragmático. La más conocida es la paradoja del mentiroso: "esta oración es falsa, dijo Epiménides, el cretense mentiroso", la propia oración incluye una condición de fracaso. Colecciono autorreferencias, algunas muy divertidas. Más interesantes son las autorreferencias prácticas: una oración que induce un acto que la destruye "quemar después de leer" o, más interesante; "tonto el que lo lea". El mecanismo irónico de esta película es de esta clase, recuerda al conocidísimo final de Johnny Guitar de Nicholas Ray: "miénteme, dime que me quieres...". Kant hubiese disfrutado con este ejercicio de insociable socialidad. Se casan, se engañan, se reconcilian y firman y rompen el contrato como signo de contrato. Maravilloso: los Cohen diseccionan la nueva pareja de profesionales exitosos.
Intrigantes amores de tiburones.
Aunque no superficialmente, el acto de romper el acuerdo de separación de bienes es autorreferente. Las oraciones autorreferentes interesantes son aquéllas que se incluyen a sí mismas para establecer una condición de éxito semántico o pragmático. La más conocida es la paradoja del mentiroso: "esta oración es falsa, dijo Epiménides, el cretense mentiroso", la propia oración incluye una condición de fracaso. Colecciono autorreferencias, algunas muy divertidas. Más interesantes son las autorreferencias prácticas: una oración que induce un acto que la destruye "quemar después de leer" o, más interesante; "tonto el que lo lea". El mecanismo irónico de esta película es de esta clase, recuerda al conocidísimo final de Johnny Guitar de Nicholas Ray: "miénteme, dime que me quieres...". Kant hubiese disfrutado con este ejercicio de insociable socialidad. Se casan, se engañan, se reconcilian y firman y rompen el contrato como signo de contrato. Maravilloso: los Cohen diseccionan la nueva pareja de profesionales exitosos.
Intrigantes amores de tiburones.
viernes, 26 de septiembre de 2008
Demasiada realidad
Hay gente con las ideas muy claras..., y muy fijas. Es un signo de madurez y estabilidad: yo no. Me ocurre por el contrario que el tiempo me pasa, que envejezco pero no maduro. Nunca he tenido las ideas ni muy claras ni muy fijas, es más, entiendo el pensar como drama y conflicto, como una tragedia en la que cada paso lleva a alternativas que atraen y repelen a la vez. La experiencia es a veces la experiencia del asombrarse y no ser capaz de adherirse. Un ejemplo: en 1967 Guy Debord, el situacionista, publicó La sociedad del espectáculo. Es uno de los iconos del 68 y una interpretación muy profunda de la sociedad contemporánea: "Allí donde el mundo real se transforma en meras imágenes, las meras imágenes se convierten en seres reales, y en eficaces motivaciones de un comportamiento hipnótico (...) El espectáculo se constituye allí donde hay representación independiente (....) El espectáculo somete a los seres humanos en la medida en que la economía los ha sometido ya totalmente. No es otra cosa que la economía que se desarrolla por sí sola..." (traducción de José Luis Pardo en Pre-textos, pg. 43). Frente al continuo espectáculo, forma del poder, la espontaneidad, la recuperación de la realidad. No por casualidad estuvo presente en mayo del 68, que tanto espíritu debordiano manifestó: "debajo de los adoquines que levantáis está la arena de la playa..." Cuarenta años depués Debord sigue siendo luminoso: ver el espectáculo actual como un espectáculo distancia y enerva, llama la atención hacia lo otro que no está en el escenario. Pero en el campo del pensamiento todo tiene su contrario (es curioso que todos los filósofos dogmáticos hayan comenzado sus libros escandalizándose por la falta de acuerdo y prometiendo que ellos acabarán con la controversia). Pues bien, digo: Frédéric Tellier, un pensador político francés, publicó en 2003 un inteligente libro titulado La société en son double en el que afirma exactamente lo contrario. La sociedad contemporánea, sostiene, está invadida de espontaneidad y realismo, ha acabado con la distancia y la representación, hay demasiada realidad. Y cree que los lazos sociales existen cuando la persona acepta su papel, su máscara, asume y obedece su guión y distingue entre sí y la necesidad de conservar los lazos sociales, que están hechos de formas: las formas, dice, son intermediarios entre la materia y la idealidad, hacen de nosotros lo que somos, seres en parte espontáneos y en parte receptivos. Abandonar el espectáculo es abandonar la posibilidad de distanciarse e imaginar, la posiblidad de narrar historias otras, y también de dar sentido a la representación. También estoy de acuerdo. Intento buscar formas de hacer compatibles las dos interpretaciones, pero que cada uno haga lo que pueda.
martes, 23 de septiembre de 2008
Acertijos
¿Hay diferencia entre escribir literatura y escribir filosofía? Para muchos, no; para otros muchos, sí. Depende. Entraré en el debate por la puerta de atrás: ¿qué tipo de imaginación debe tener quien pretenda escribir literatura y quien pretenda escribir filosofía? En la obra de Hemingway Las nieves del Kilimanjaro, que versa sobre cuál es la autenticidad de un escritor (de nuevo la escritura o la vida), y que dió origen a la entrañable película del mismo título dirigida en 1952 por Henry King (con Gregory Peck, Susan Hayward y una Ava Gardner que aprovechó el trozo de película rodada en Madrid para cumplir en la realidad lo que representa en la película y ligarse al menos político y más torero de los Dominguín), el personaje tío del escritor protagonista, su más ácido crítico, le deja en herencia un enigma que serviría de prueba del algodón para cualquiera que quiera ser escritor. Éste es el enigma: en las cumbres nevadas del Kilimanjaro se encuentra el esqueleto de un leopardo: ¿qué pudo llevar a un leopardo a esas cumbres?. Difícil de responder (by the way, un camarero ofrece una solución de escritor de raza: el leopardo habría ido siguiendo un rastro, pero su instinto le traicionó y le llevó a un lugar equivocado. Lo que le ocurre al protagonista de la obra). Andrés Ibáñez en El cultural de ABC de la semana pasada propone una nueva versión de esta prueba de un escritor. Se la atribuye (¡qué bien atribuida, seguro que si no es cierta debería!) a Roberto Bolaños, y titula su columna El enigma Bolaños: dos pistoleros asaltan un banco y huyen con el botín. Se refugian en una cabaña en la sierra. Al cabo de un tiempo la policía localiza la cabaña y encuentra en una mesa el botín intacto y a la entrada de la cabaña tres tumbas. Un botín, dos pistoleros, tres tumbas: ¿alguien puede explicarlo? Dos enigmas rompecabezas que aciertan en lo que es la imaginación literaria, donde el caso adquiere una entidad tan atrayente que engancha la imaginación a su discurrir como historia, por encima de cualquier otra consideración de orden moral o de otro tipo (los americanos dicen: esta novela no trata de los niños pobres y maltratados, ni siquiera de un niño pobre y maltratado, trata de David Copperfield, un niño....). Un enigma parecido fue escrito hace mucho por Herodoto y recogido por el viejo Platón en el segundo libro de La República: un pastor lidio, Giges, en medio de una tormenta que abre la entrada de una cueva encuentra un caballo de bronce en el que yace un cadáver no humano en uno de cuyos dedos encuentra un anillo. Esa noche comprueba que al girar la piedra desaparece. Aprovecha esta capacidad para acudir al palacio real, seducir a la reina y matar al rey. Supongamos que le diésemos un anillo similar a una persona cualquiera, ¿qué es lo que crees que haría con él? ¿podríamos distinguir los justos de los injustos? La historia no tiene más posibilidades de responderse que las otras dos: son enigmas de imposible respuesta, pero la imaginación que dispara esta última, al menos a mí me lo parece, es de un tipo diferente. Es como hacer un experimento con la parte más universal de nuestra identidad: nos ponemos en lugar de cualquier persona; no, como en los casos literarios, en el lugar de ese particular e irrepetible personaje sobre el que versa la historia. Recorremos la historia de David al contrario: esta historia no versa sobre David Copperfield, ni sobre un niño pobre y maltratado sino sobre los niños pobres y maltratados. Giges es pura anécdota y ocasión. Pero el enigma y la imaginación no son menos exigentes con el filósofo que con el literato. La imposibilidad de dar una respuesta a aquél enigma de Platón es la historia de la filosofía occidental: en él seguimos.
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