Lo expresaba Silvio Rodríguez en su inolvidable canción:
Ojalá pase algo que te borre de pronto
Una luz cegadora, un disparo de nieve
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte
Para no verte tanto, para no verte siempre
Cantaba a lo perdido que no se logra olvidar, a lo que condiciona el presente y teje una
textura de emociones de duelo y rechazos narcisistas a lo irremediable de la
ausencia. Lo trajo tal vez la modernización más que la modernidad, el tiempo
acelerado y las generaciones que sufrieron las transformaciones de la historia
a un ritmo más veloz que el del parsimonioso tempo del crecimiento del cuerpo,
de los afectos y de los lazos vitales. Trajo este doble y contradictorio efecto
de la presencia implacable de lo perdido y el impulso de caminar por sendas no
trazadas, de apropiarse de un futuro que ha sido el rancho de los dioses del
destino. Y esta es la contradicción sobre la que se construye la condición de
los humanos en la era de la modernidad: no poder olvidar, no poder imaginar, y
creer que uno de los dos reinos es el reino de la promesa: recuperar lo ausente
del pasado o construir lo ausente del futuro. Como si asumir la pérdida fuese
condición necesaria de alcanzar la ganancia.
La ausencia siempre es presencia y a veces desearíamos beber
las aguas de Leteo y olvidar, que nos fuera concedido dejar en el camino el
peso del recuerdo. Es un deseo incumplible por la misma naturaleza de lo
ausente: no es solo lo lo perdido, es la parte perdida del mundo sobre la que
se ha construido el castillo del presente. Olvidar lo ausente es como olvidar
los cimientos, las tuberías, desagües y mecanismos sin los que no sería la casa
o no sería casa ni hogar, solo refugio. Lope
de Vega había cantado mucho antes la desesperante existencia entre el mundo del
pasado y el presente:
Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma, e ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;
arder como la vela y consumirse
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo, y ser demonio en pena,
y de serlo jamás arrepentirse;
hablar entre las mudas soledades,
pedir prestada, sobre fe, paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;
creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma y en la vida infierno.
Dejar atrás, si cabe, aquella melancolía estética del
posmodernismo, instalada en la pérdida y el duelo por la ausencia. Comprendo
que un movimiento generacional, cansado de las promesas de la modernidad, que
volvió los ojos a los tiempos de crisis, cuando una cultura, la centroeuropea
desvelaba las profundas grietas de su fábrica. Fue el tiempo del llamado “giro
lingüístico”, del refugio en los lenguajes y sus límites, un refugio construido
de pérdidas, como las que señala Eugenio
Trías, en La memoria perdida de las cosas, comentando la octava elegía
de Rilke, lamentando el desasimiento de las cosas que ya en la niñez traería el
logos, como tachadura de lo real, la domesticación del animal humano por
la palabra y la pérdida del lazo con un mundo natural:
Con todos los ojos ve la criatura
lo abierto. Solo nuestros ojos están
como invertidos y colocados a su alrededor
a manera de trampas, al acecho de su salida libre.
Lo que está fuera lo percibimos tan solo
por el rostro del animal; pues ya al niño en tierna edad
lo ponemos de espaldas y le forzaremos a mirar retrospectivamente.
Rilke, Kavafis, Thomas Mann, Robert Musil, Thomas Bernhard,
fueron leídos en clave de nostalgia por la modernidad quebrada. Desenterrando a
Wittgenstein de las fosas de la filosofía analítica para reivindicar su
existencia vienesa y negar su fascinación por Moore y Cambridge. Así, un
comentarista del momento y de Trías, Patxi Lanceros, escribe:
Esa primera palabra instaura un límite y un abismo. El locutor es expulsado de la naturaleza —propulsado de la naturaleza al lenguaje—. La primera palabra (y todas las que en ella están contenidas) es el límite y el abismo en los que —sin redención ni remedio— va a habitar el locutor: se va a hacer habitante de ese límite, de ese abismo que quieren ser, hacen ser, dejan ser y deben ser. Esa palabra hiende, corta y decide, rasga la matriz natural y ex-pulsa del paraíso terrenal a un neonato que, desde su radical orfandad físico-natural, colonizará un mundo meta-físico: el continente de la cultura, y sus contenidos[1].
La ausencia del mundo, tan melancólica en esa aristocracia
cultural de la transición española, escuchó pronto otras voces que clamaban por
otras ausencias, ahora en los sótanos de la propia cultura: la ausencia del
cuerpo vivo, la realidad como dinámica de interacción, el olvido del origen, no
de la palabra, sino de los vínculos con la tierra y sus habitantes. Fue el
feminismo poshumanista de Haraway a Braidotti. Las epistemologías del Sur y sus
relatos de tradiciones olvidadas. Otra forma de ausencia con la que comenzamos
a pensar desde el nuevo siglo. Se elaboraba así otra forma de
ausencia-presencia: la de los sonidos de la tierra, los ruidos de las máquinas,
los gritos de la sangre. Fue un giro dentro de la posmodernidad misma, no su
fin sino su cumplimiento: el réquiem por el último hombre y el saludo a una era
poshumana. Deseos de que algo pase, de un disparo de nieve. Una nueva filosofía
del acontecimiento esperado que nacía de la desesperación, en sentido estricto
de pérdida de esperanza en el presente que confía a la contingencia la ausencia
de futuro y el olvido del pasado.
No basta el poshumanismo. No es necesario. Necesitamos
repensar, resentir, la presencia de la ausencia. No como duelo o no al menos
como duelo de lo perdido sino como recuerdo persistente de lo que pudo ser, e
imaginación deseante de lo que puede ser. Y remembrar la ausencia de lo humano,
al menos en el sentido de lo humano como conciencia de que no hay salvación
fuera de lo humano, ni los dioses ni los amos, ni los dispositivos técnicos, ni
la misma vida sometida a la evolución ciega y desalmada. No es el límite la
condición humana, no al menos en el sentido de una frontera entre lo interno de
la cultura y lo externo del mundo, o del pasado y el futuro, sino en la
persistencia de la contradicción inacabable entre la representación y la
proyección, entre lo ausente y lo presente siempre como posibilidades que nos
conciernen, que se abren y cierran como en un calidoscopio de imágenes que
producen unos cuantos cristales muy materiales. Ser humano es caer de un cielo
y ser un demonio en pena, y de serlo jamás arrepentirse.
[1]
Patxi Lanceros en “Se trata de ser. Filosofía del límite y hermenéutica del
sentido”, Eugenio Trías, Juliana González (eds) Cuestiones metafísicas..
Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía, Trotta, p. 121

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