viernes, 16 de octubre de 2026

Cercanías y lejanías con los "nuevos materialismos"

 




seguir con el problema requiere aprender a estar verdaderamente presentes, no como un eje que se esfuma entre pasados horribles o edénicos y futuros apocalípticos o de salvación, sino como bichos mortales entrelazados en miríadas de configuraciones inacabadas de lugares, tiempos, materias, significados. Donna Haraway Seguir con el problema.

 

 Cómo pensar en un mundo en llamas, en un mundo donde los oligarcas están en una loca competencia por la supremacía tecnológica y militar, en el que han adoptado una estrategia de huir hacia adelante, vivir la fiesta mientras dure, cerrar las ventanas y cerrar los ojos. La filosofía siempre tarda en traducir la experiencia histórica en conceptos. Aspira a la comprensión de esta experiencia y de las prácticas que conlleva, pero su aportación sigue siendo fundamental para representar el cambio y los sentidos de las dinámicas de la realidad. Siempre en conflicto consigo misma, siempre en una interminable conversación en la que se introducen matices, siempre en una irresoluble tensión entre teoría y práctica,

El contexto filosófico dominante en Occidente desde los años ochenta/ noventa ha sido el pensamiento de la posmodernidad en numerosas variedades de jardín, de las que me interesa resaltar tres grandes líneas: la primera, la versión posmoderna del giro lingüístico en el formato postestructuralista de la deconstrucción; la segunda, en el contexto de los estudios de ciencia, tecnología y sociedad, la teoría del actor red (ANT) de Bruno Latour; la tercera, las varias formas de ontología del devenir defendida por el espinozismo contemporáneo de Deleuze y discípulos.

Las tres líneas en anudamientos varios han tejido una deriva contemporánea desde el feminismo crítico que se ha presentado con el nombre de “nuevos materialismos”, que engloba a autoras y autores como Donna Haraway, Bruno Latour, Rosi Braidotti, Moira Gathens, Karen Barad, y otras pensadoras. Desde mi punto de vista, sobre el que no argumentaré ahora, el posmodernismo fue la modalidad del modernismo en la era del neoliberalismo, así como el modernismo de comienzos del siglo XX fue la crítica cultural dominante en la primera época del fordismo.  

Mis cercanías con los nuevos materialismos :

Confieso sin rubor ni arrepentimiento que he sido durante décadas un fiel seguidor y admirador de los nuevos materialismos.  Los primeros escritos de Donna Haraway (especialmente el Manifiesto Cíborg) y las teorías del actor red de Latour fueron en los años noventa un espacio permanente para mí de conversación y pensamiento. Con los años y la experiencia histórica de nuestro siglo, sin embargo, he ido dejándome llevar por la necesidad de repensar el lugar de la agencia en el cosmos y, con ella, la perspectiva de lo que llamamos “humano” desde una perspectiva y dirección que es abiertamente humanista, por ello distante en algunos puntos de los nuevos materialismos y su posthumanismo. Hay razones de orden moral y político para seguir adelante con aquel programa, superando varias dudas que suscita y quizás empujándolo hacia otro polo del que pretendió distanciarse, el materialismo histórico y el marxismo humanista. Hay también razones de orden ontológico, como es la compatibilidad entre una fenomenología de la experiencia y el monismo anómalo de los nuevos materialismos. Hay, por último, razones que nacen en la filosofía de la cultura material y de los artefactos, en particular sobre cómo median y no simplemente componen la agencia y el sentido.

El núcleo ontológico que delimita esta corriente puede resumirse en estas cinco líneas de pensamiento:  1) la crítica del dualismo, que se expresaría en las dicotomías heredadas de la modernidad;  naturaleza/cultura, cuerpo/mente, materia/discurso, humano/animal, orgánico/técnico. El pensamiento occidental habría jerarquizado uno de los polos en detrimento del otro. Los nuevos materialismos proponen menos invertir la jerarquía que procurar la disolución de la dicotomía misma; 2) la materia es activa: los nuevos materialismos se distancian del giro lingüístico y, frente a la imagen moderna de una materia pasiva, inerte, que solo cobra sentido cuando la cultura o el lenguaje la registran,  sostienen que la materia tiene una capacidad de acción, autoorganización y respuesta que Karen Barad llama “realismo agencial” (agential realism) [1]; 3) un cuerpo y subjetividad no esencialistas: Moira Gatens, en Imaginary Bodies (1996), recupera a Spinoza para pensar el cuerpo a partir de su capacidad de afectar y ser afectado, no como una sustancia fija; Rosi Braidotti, en la misma línea de la ontología del devenir, postula con su noción de “sujeto nómade” que  la subjetividad es fruto de un proceso encarnado, situado y en permanente transformación, atravesado por fuerzas materiales, tecnológicas y afectivas; 4) la transcorporalidad de los organismos: Stacy Alaimo introduce la idea de que el cuerpo humano está material y químicamente entretejido con el mundo ambiental de modo que la frontera entre cuerpo y entorno es porosa y osmótica;. 5) posthumanismo y descentramiento del sujeto: es una de las marcas de fábrica de los nuevos materialismos, que cuestionan el humanismo antropocéntrico y la centralidad del sujeto racional cartesiano. Haraway, ya desde el “Manifiesto cyborg” (1985) y luego en When Species Meet (2008) y Staying with the Trouble (2016), propone figuras híbridas —el cíborg, la especie compañera, la simpoiesis—  orientadas a desestabilizar la frontera humano/animal/máquina y sitúar a lo humano en los tejidos de redes multiespecie de dependencia mutua.

Sin entrar ahora en detalles del pensamiento de cada autora de los nuevos materialismos, no es cabal menospreciar sus aportaciones ni aquellos temas que resaltan las insuficiencias de lo que fue el pensamiento posmoderno, especialmente en cuestiones como la atención a lo bajo y su postulado de una ontología ascendente y no descendente (de la materia a la sociedad), en la reivindicación de lo animal del cuerpo y la transcorporeidad, en la composición y ensamblamiento de artefactos, seres vivos, personas, instituciones en la agencia humana y en las redes de interdependencia y en la mirada crítica desde dentro a la ciencia y la tecnología

En lo que respecta al lugar de lo humano, el posthumanismo nace en la intersección de dos líneas: por un lado, el posthumanismo critica el ideal humanista del “hombre” como medida de todas las cosas, simbolizado por el Hombre de Vitruvio que representa a un sujeto masculino, blanco, europeo, sin discapacidad y heterosexual. Sus “otros” (mujeres, pueblos colonizados, cuerpos racializados o anómalos) serían definidos por exclusión. Por otro lado, el post-antropocentrismo critica la jerarquía de especies que sitúa al ser humano por encima de animales, plantas, la Tierra y la tecnología. El poshumanismo necesita ambas líneas de crítica: descentrar al ser humano en el orden del ser sin cuestionar quién contaba como humano, o al revés, dejaría el proyecto a medias.

Bajo estas dos líneas, la hipótesis posthumanista se desplegaría en las siguientes tesis: 1) siguiendo a Spinoza y Deleuze, en de una ontología monista: una sola materia, vital y capaz de autoorganizarse. Braidotti llama zoe a la fuerza generativa de la vida no humana e impersonal, frente a bios, la vida política y específicamente humana y propone un “igualitarismo centrado en zoe” que reconoce la continuidad entre lo humano y lo no humano; 2) el sujeto posthumano es encarnado, situado, afectivo y relacional. Se definiría por sus conexiones con otros, humanos y no humanos, y por estar en proceso constante de devenir (devenir-animal, devenir-tierra, devenir-máquina; 3) frente a la pura negatividad, Braidotti propone una ética afirmativa que transforme los afectos negativos (dolor, pérdida, indignación) en fuerzas que aumenten la capacidad de actuar. Sin negar el sufrimiento busca trabajarlo colectivamente para generar alternativas, en vez de quedarse en la crítica, la melancolía o el resentimiento. 5) La condición posthumana no es emancipadora por sí misma: el capitalismo contemporáneo ya sería “posthumano” en tanto que borra la frontera entre humanos, animales y máquinas con el objetivo de mercantilizar la vida (biotecnología, datos, genética). Frente a él, Braidotti propone pensar una interdependencia planetaria sin borrar las diferencias de poder, género, raza y geografía. Para ello sugiere reorganizar el saber académico en “humanidades críticas posthumanas”: campos transdisciplinarios como las humanidades ambientales, digitales y médicas, o los estudios animales.

Mis distancias con los nuevos materialismos :

A pesar de tantas coincidencias, hay puntos centrales en los que me parece que habría que cambiar la orientación de la línea posthumanista de los nuevos materialismos subrayando la centralidad de la agencia humana, resituando los conflictos y contradicciones de la historia, sin que la crítica (bien ganada) del antropocentrismo nos vuelva ciegos hacia las diferencias que introduce la acción humana en tanto que especie que produce y reproduce sus condiciones de existencia, incluso bajo el fenómeno histórico del capitalismo que pone en peligro esa misma existencia del mismo modo que ha desquiciado tantas cosas en su proceso de desarrollo.

Para comenzar, una cuestión puramente nominal sobre el calificativo de “nuevos materialismos”. El prurito adanista de autotitularse “nuevos” es una de las manías permanentes en la historia de la filosofía, que inclina a pensar la cultura como una secuencia de rupturas. Se manifestó de manera intensa en la concepción posmoderna, sin reconocer sus deudas con tantas formas de crítica modernista a la modernización, y se vuelve a reproducir en los nuevos materialismos. Sara Ahmed abrió una controversia sobre este adanismo, recordando que casi todos los puntos estaban ya en la tradición de la filosofía feminista, y Christian Fuchs, a quien me referiré en un momento, extiende esta crítica al olvido de cuánto le debe su posición crítica a la tradición marxista sin reconocerlo.  

Antes de recorrer algunas críticas, querría adelantar cual es mi posición respecto al postulado humanista. El humanismo es un calificativo que, a su vez, tiene otros muchos como humanismo existencialista, humanismo cristiano, humanismo marxista, etcétera. No hay ninguna objeción en reconocer que en su genealogía hay un pecado original de exclusión de lo humano de muchas formas de otredad. En el haber del posthumanismo es haber resaltado estas exclusiones en su idea del descentramiento de lo humano, pero también hay ciertos puntos que cabría reconocer a las tradiciones humanistas. “Humanismo” es un término que reaparece como un Guadiana cultural en momentos de profundas crisis o amenazas civilizatorias. Desde mi punto de vista, cabría resumir el humanismo en un postulado emancipatorio que excluye de la idea de salvación otros factores causales que no incluyan como elemento central la agencia humana. Es un postulado de soledad de los humanos en el universo: ni los dioses, ni las dinámicas cósmicas, ni siquiera las fuerzas de la evolución biológica pueden traer la ampliación de los espacios de libertad real. En este sentido, pese a sus defectos, el humanismo ha seguido dos líneas que pueden ser caracterizadas como líneas de resistencia: La primera, el humanismo cultural que nace con la idea de las humanidades como horizonte de perfeccionamiento de la humanidad. Es curioso que los nuevos materialismos renuncien en apariencia al humanismo pero reivindiquen la idea de humanidades, aunque sea como humanidades posthumanas. No se trata de un simple homenaje, sino de la imposibilidad de entender ningún proyecto de emancipación sin el trabajo cultural, tal como nació entre los primeros humanistas que opusieron las humanidades a la autoridad teológica. La segunda es el humanismo cívico. La tradición humanista que nació en el norte de la Italia amenazada por las fuerzas imperiales y de los nuevos estados fue apelar a la autodefensa de la ciudadanía, y a entender la civilización como un proceso de autonomía de lo cívico respecto a lo bárbaro. No puede entenderse el republicanismo sin el humanismo cívico ni a la inversa.

Desde este punto de vista, sobre el que no puedo argumentar, pero al que he dedicado el libro La escala de las cosas. Humanismo y cultura material (Delirio, 2022), querría señalar dos discrepancias, no sé cuán radicales, con los nuevos materialismos. Son dos que, en resumen, reivindican la presencia del sujeto humano personal y colectivo en la historia, por más que lo entendamos descentrado y siempre en conflicto. 

La singularidad de la agencia humana en la historia de la vida

Del mismo modo que la aparición de la vida en la historia cósmica significó un punto de inflexión en el orden de las cosas, en la constitución de todo lo que es el complejo bioquímico de las células, los organismos, los entornos y nichos ecológicos y la evolución, la emergencia de la agencia entraña también otro punto en la organización biológica.

Hay grados de agencia que compartimos con muchas especies animales capaces de aprender, de imaginar posibilidades y optar por una u otra alternativa. La construcción de sistemas informacionales complejos como son los modelos fundacionales de la llamada “inteligencia artificial” entraña también la aparición de sistemas agentes que pueden hacer cosas, algunas de ellas más allá del alcance de las capacidades personales humanas. En este sentido amplio, agencia denota la capacidad de determinar un estado de cosas y una posibilidad con algún grado de anticipación y espontaneidad. Hasta aquí podría acompañar sin ningún escrúpulo algunas de las tesis de la teoría del actor red de Latour y de las redes y sujetos cíborg de Haraway. Parafraseando a Hamlet, “hay más agencias en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que han sido soñadas en tu filosofía”.

La emergencia de la agencia humana, sin embargo, significa otro punto de inflexión en la historia del orden de lo real. Tiene que ver con la integración de la agencia, la inteligencia intencional y la cooperación social que posibilita un cerebro tan social como el humano. Aunque hay muchas formas de describir esta transición evocaré aquí el modo en que Sara Ahmed explora esta convergencia en su libro Fenomenología queer (2006). Ella se basa en el postulado de la fenomenología que caracteriza la intencionalidad por la direccionalidad hacia un objeto. Ahmed no solo explora sino que explota hábilmente la idea de direccionalidad: entraña una concepción del espacio, una conciencia de la posición en una situación dada, un punto de vista y una selección de objetos a través de la atención y la voluntad.

Esta direccionalidad que solo existe por la convergencia de inteligencia y agencia, de imaginación y habilidad, no puede ser reducida a formas más básicas biológicas ni tampoco explicada como pura construcción social. Es un producto de las irreversibilidades que introdujo en parte la evolución biológica y en parte la evolución cultural. La agencia humana es la capacidad de establecer en el espacio de posibilidades ⎼una estructura espaciotemporal⎼ un punto de vista, pero también una línea de acción y un alineamiento (o lo que con otra palabra podríamos llamar “compromiso”, tal como hacía el existencialismo).  La subjetividad es solo un componente, ya que hay un elemento objetivo en el punto de vista y la dirección, a saber, la conciencia posicional, el saberse en una posición tanto física como social, lo que entraña la exigencia de algún grado de adecuación entre el esquema propio y los espacios reales físicos, sociales y ecológicos. Que en un mundo en conflicto se expresaría en las varias conciencias subalternas: clase, género, raza, cultura y otras varias.

Andras Malm ha elaborado, desde la perspectiva del ecologismo activista, una defensa radical de la agencia humana y una crítica a la despolitización que puede suponer el hibridismo y el poshumanismo Su libro The Progress of This Storm (2018) ataca varios postulados teóricos del constructivismo, el hibridismo, los nuevos materialismos y el poshumanismo. La tesis de Malm es que, en un mundo que se calienta, es más importante que nunca distinguir entre lo natural y lo social. Sus argumentos principales son, en primer lugar, que el hibridismo borra lo que tiene que ser explicado. Para Malm, el hibridismo niega que haya una diferencia cualitativa entre las negociaciones climáticas de la ONU y la fotosíntesis. Pero esa diferencia existe, y negarla oculta lo esencial: el cambio climático surge precisamente de cómo las relaciones sociales se combinan con relaciones naturales que no son obra humana; en segundo lugar, que la naturaleza no es social de punta a punta. Que el hielo se derrita por encima de 0 °C es una relación anterior y exterior a los humanos. Si se estudia el calentamiento como proceso material, aparecen miles de relaciones naturales que lo definen: hielo ártico y corriente en chorro, salinidad y corrientes oceánicas, monzones, sequías, corales y acidez. En ellas la sociedad no tiene propiedades que la distingan del resto del mundo, ¿cómo puede haber tanta destrucción ambiental?; en tercer lugar, que la agencia responsable es humana, y eso es lo que hace posible la resistencia y las exigencias de responsabilidad.

Malm propone como alternativa a los nuevos materialismos el materialismo histórico: la naturaleza es real y forma con la sociedad una unidad de opuestos, la agencia no se encuentra en la materia inanimada sino en los colectivos humanos, que pueden atacar la tecnología que encarna el poder social. Rechazar el hibridismo no es buscar un término medio, sino recuperar la base teórica de la militancia ecológica. La posición de Malm, que apela a la agencia humana como exigencia de la responsabilidad y de la resistencia frente a los procesos sociales destructivos se puede extender a otras formas de desorden, desigualdades y opresión que despliegan la existencia humana como un territorio de conflictos, en parte sociales y en parte por la misma supervivencia en un mundo de recursos limitados.

La materialidad de la cultura

Si la fenomenología de la agencia entraña un punto de vista humano no eliminable en la acción, en el polo de los objetos y artefactos es necesario recordar que los artefactos no pueden ser explicados por una simple lógica instrumental. Al igual que los conceptos y otras formas de intercambio lingüístico, los artefactos son formas de sentido y de orden en el mundo. Desde la casa, en tanto que hogar, a las construcciones más técnicas, la red de artefactos no es un simple entorno externo para el ser humano,  sino una mediación tanto práctica como de sentido que constituye la misma subjetividad. Esta es la concepción de lo que llamamos “cultura material”,  que entiende el entorno técnico como un mundo de sentido que, como ocurre con el mundo conceptual, a un tiempo es comprensible y a un tiempo goza de una cierta autonomía.

Christian Fuchs, en esta línea, se ha planteado la reconstrucción del materialismo cultural en un marco que califica de humanismo marxista. Su formación como teórico marxista de la comunicación y la cultura digital,  en obras como Internet and Society, Digital Labour and Karl Marx y Critical Theory of Communication propone recuperar el momento humanista-realista de quienes pensaron de forma materialista la cultura, como Raymond  Williams y E. P. Thompson (cultura como práctica material, influida pero no determinada mecánicamente por la economía política, cognoscible históricamente y suelo del entendimiento común de la humanidad). Fuchs, y en esto le sigo sin reparos, se sitúa frente a las derivas posmodernas, a las que acusa de haber vaciado la herencia de la crítica cultural de su real contenido crítico. En sus propios términos, esto equivale a reinsertar los estudios culturales dentro de una teoría crítica dialéctica (cuyas raíces estarían ya en la Escuela de Frankfurt y en el propio Marx) que no renuncie a hablar de clase, explotación y capital solo porque esas categorías hayan caído en desuso en la academia cultural angloamericana.

Para un proyecto de materialismo cultural que parta de cero, este debate deja planteadas al menos tres preguntas que conviene resolver explícitamente, por contraste con las dos críticas reunidas en este mapa: (a) si se adopta una ontología relacional/plana como la de los nuevos materialismos, cómo evitar el problema —señalado contra Latour— de perder la capacidad de nombrar estructuras de dominación; (b) si se recupera el materialismo humanista de Williams y Thompson, cómo blindarlo frente a la deriva relativista que denuncia Fuchs sin caer de nuevo en el reduccionismo economicista que el propio Williams quiso superar; y (c) qué estatuto epistemológico se les da a la "verdad" histórico-cultural —realismo dialéctico, parcialidad situada à la Haraway, u otra alternativa— antes de construir el resto del edificio teórico.

El programa es amplio, pero es un desarrollo actualizado del humanismo en un marco materialista en donde se entrelazan la historia natural, la historia cultural y la historia social en sendas llenas de contingencias e irreversibilidades. La geología y la biología median profundamente generando la diversidad de vida y ambientes. La emergencia de la especie humana es en parte una suma de contingencias, pero también de producciones de necesidad en el sentido de que aparecen estructuras de agencia en forma de planes y proyectos personales y colectivos. Aparece con la humanidad un nuevo conjunto de contradicciones: entre la producción y reproducción de la sociedad y el entorno natural, entre los grupos subordinados y los dominantes, sean como clases o como razas y géneros, entre la memoria y el proyecto. Las prácticas de producción y reproducción forman un espectro desde lo material a lo informacional, cognitivo y emocional, desde lo pre y lo discursivo. La producción de agencia en el mismo proceso de producción de las condiciones de existencia crea valores siempre en conflicto, pero también irreversibilidades que llamamos historia. En este sentido, el tema central de la filosofía fue y sigue siendo cómo es posible la agencia en un mundo de complejidades geológicas, biológicas, culturales y sociales. La cultura material sería el soporte de estas contradicciones y el lugar donde se realiza la historia humana en un mundo material, suponiendo la fenomenología de los agentes situados, ubicados, orientados, alineados, comprometidos con su situación y su mundo.



[1] Barad sostiene que la agencia se extiende hasta todo tipo de objetos cósmicos, de modo que los fenómenos no son interacciones entre entidades preexistentes sino "intra-acciones" que se producen entre los objetos y los sujetos que los observan. La epistemología, así, se inscribiría en la ontología, quizás en una ontología extendida también a la ética, lo que ella llama "ético-onto-epistemología".


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