El cuerpo y sus lugares, sus gestos, que son en el espacio, sus ubicaciones, movimientos y orientaciones, sus perspectivas. El espacio que media entre dos cuerpos desconocidos en el ascensor, donde las regiones del aire en proximidad intersecan y crean tensiones, el que une y separa a dos cuerpos enamorados cuando se revelan su amor por primera vez. El espacio de confinamiento que cierra todos los movimientos en vida. Los lugares de duelo y olvido. La cama donde se exhala el último aliento. Los lugares que se extienden y crean la conciencia del barrio, de la ciudad, del país, del mundo por explorar. Los espacios propios y los expropiados.
Escribe Rilke en Los cuadernos de Maite Laurids Brigge:
PARÍS, 11 setiembre, rue Toullier.
¿De modo que aquí vienen las gentes para seguir viviendo? Más bien hubiera pensado que aquí se muere. He salido. He visto hospitales. He visto a un hombre tambalearse y caer. Las gentes se agolparon a su alrededor y me evitaron así ver el resto. He visto a un mujer encinta. Se arrastraba pesadamente a lo largo de un muro alto y cálido y se palpaba de vez en cuando, como para convencerse de que aún estaba allí. Si, allí estaba. ¿Y detrás del muro? Busqué en mi plano: Maison d’accouchement. Bien. Dará a luz, eso es natural. Más lejos, rue Saint-Jacques, un gran edificio con una cúpula. El plano indica: Val de Grâce, Hôpital militaire. Ciertamente, no necesitaba saberlo, pero no está de más. La calle empieza a desprender olores por todas partes. En lo que puede distinguirse, huele a yodoformo, a grasa de pommes frits, a angustia. Todas las ciudades huelen en verano. Después he visto una casa extrañamente cegada. No figuraba en el plano, pero he visto encima de la puerta una inscripción aún bastante legible: Asile de nuit. Al lado de la puerta estaban escritos los precios. Los he leído. No eran caros. ¿Después? He visto a un niño en un cochecito parado: estaba grueso, verdoso, y tenía una erupción muy visible en la frente. Parecía que sanaba ya y que no le dolía. El niño dormía con la boca abierta, respirando yodoformo, pommes frits, miedo. Así era y nada más. Lo importante era que se vivía. Sí, eso era lo importante.
Solo podemos pensar el espacio vivido desde el cuerpo y sus
movimientos. Un cuerpo, muchos cuerpos, en una situación que comienza en su
escala y asciende violentamente a la multitud, a la ciudad, a las fuerzas
económicas. Y en una escala temporal, a la historia del cuerpo, a los espacios
que ocupan los bebés y los viejos, las personas saludables y los desesperados
por la enfermedad. Los mapas no atienden a los cuerpos y los cuerpos no
atienden a los mapas. El espacio vivido y el espacio construido, lo orgánico y
lo mecánico. La arquitectura urbana es la gran máquina, el dispositivo de orden
de los movimientos por los que multitudes fueron agrupadas en ciudades,
estableciendo así una de las primeras divisiones del territorio entre lo rural
y lo urbano. En los procesos de construcción urbana se ejemplifica el cruce de
lo presente, pasado y futuro, de la coimplicación de las intervenciones en el
territorio con el orden social de producción y reproducción. En las varias
escalas donde la fenomenología de la
vida se teje con la transformación del entorno. Las relaciones entre las
intimidades y la extimidades, lo privado y lo público, la habitación y el
desahucio, el trabajo y el ocio, la ley y la disidencia; las infraestructuras y
las superestructuras.
Juhani Pallasma, el arquitecto finlandés que une la
fenomenología y la construcción, escribe:
Contemplamos, tocamos, escuchamos y medimos el mundo con toda nuestra existencia corporal, y el mundo de la experiencia se organiza y se articula en torno al centro del cuerpo. De hecho, el mundo existencial tiene dos focos simultáneos: el cuerpo y el hogar. Nuestro domicilio es el refugio del cuerpo, la memoria y la identidad. Estamos en constante diálogo e interacción con nuestro entorno hasta el punto de que es imposible separar nuestra propia imagen de su contexto espacial y situacional. “Soy el espacio donde estoy”, afirma el poeta Noël Arnaud “La metáfora vivida” en Habitar Juhani Pallasmaa, 2016
Comencemos en la Puerta del Sol (pocas plazas tienen tan
hermoso nombre). Así como en Sol, los espacios se ocupan, se habitan o se
desocupan. Arriba y abajo en la Puerta
del Sol: superficie de granito que oculta descomunales construcciones
subterráneas, cruces de transportes urbanos, túneles, redes de abastecimiento
de agua, energía, información, de saneamiento y drenajes. Arriba, un espacio
abierto, delimitado por edificios institucionales y comerciales, centros del
poder y del consumo. Y en el espacio abierto, tiempos cíclicos de maneras de
habitación: no lugar de turismo masivo, cruce de caminos y, ocasionalmente,
ocupación, manifestación y reapropiación en arquitecturas efímeras que desvelan
el acontecimiento allí donde solo existía el tedio de la costumbre. No hay otro
lugar mejor para observar cómo se entreteje la fenomenología y la tecnología,
el poder y la subversión, el espacio y el tiempo, los cuerpos y los muros; cómo se gana y se pierde la vida y el tiempo,
cómo en el espacio se inscribe la historia. Sol representa en sus
movilizaciones por la vivienda el conflicto básico contemporáneo de clases en
la economía de los activos. El espacio, en tanto que presente/pasado se ha
convertido en barrera de acceso. No el uso del espacio sino la capacidad de
convertir un espacio propio en activo económico y por ello en seguridad de
futuro. Hipotecar espacios, hipotecar vidas, apalancarse, es decir, pedir
prestado futuros sobre espacios del presente.
Espacios de producción y de reproducción, De producción de
cuerpos y de consumo, agotamiento y desgaste. Silvia Federici escribe en Más
allá de la periferia de la piel:
La idea de rehacer nuestros cuerpos es muy antigua, y así ha sido nuestro deseo de liberarnos de sus límites, por ejemplo, adquiriendo poderes animales como la capacidad de volar. De hecho, a lo largo de la historia, los seres humanos han remodelado sus cuerpos y los de los demás mediante marcas faciales, modificaciones craneales, construcción muscular y tatuajes. Esto en aras de la identificación grupal, para proyectar poder personal o colectivo, para embellecerse. Los cuerpos también son textos sobre los cuales los regímenes de poder han escrito sus recetas. Como punto de encuentro con el mundo humano y no humano, el cuerpo ha sido nuestro medio más poderoso de autoexpresión y el más vulnerable al abuso. Por lo tanto, nuestros cuerpos son evidencia de los dolores y alegrías que hemos experimentado y las luchas que hemos hecho. Las historias de opresión y rebelión se pueden leer a través de ellas. Sin embargo, nunca antes en la historia, la posibilidad de cambiar nuestros cuerpos ha estado tan cerca de realizarse y ha sido objeto de un deseo tan intenso. Corriendo en un parque por la mañana o caminando en un gimnasio por la noche, una tiene la impresión de tratarse de un movimiento de masas, que provoca ahora el tipo de pasión reservada en el pasado a las reuniones políticas. Hordas de personas cada mañana se apiñan en los parques, corriendo en grupos, en parejas, individualmente, o andan en bicicleta o caminan; mientras los gimnasios están contribuyendo al cambio del paisaje urbano con sus impresionantes muestras de metálicos instrumentos y esforzados cuerpos, ahora cada vez más cubiertos por tatuajes.
En el cuerpo y en el espacio se inscribe la historia de los
cuerpos, en un juego de daños y de conquista de capacidades, de dominaciones
que a veces son del cuerpo y a veces conquistas del espacio. Nada ha sido tan
profundamente transformador de los cuerpos como la aparición de las ciudades.
El capitalismo nació en las haciendas de esclavos, los comercios lejanos y los
vallamientos del campo, pero se asentó y creó la ciudad moderna, la cosmópolis
interminable que ha extendido sus tentáculos por el Planeta y transformado todo
el orden y jerarquía de los espacios.
Trascender la concepción funcional-estética de la
arquitectura y el urbanismo. Resistir la mercantilización del espacio y la
espacialización de la mercancía. Problema central: ¿puede pensarse en una
organización del espacio urbano (de hecho cosmopolita) que no sea ya política?
Y pensando en términos políticos, ¿puede ayudar la conformación del espacio
urbano a la transformación social? Así pensaron los arquitectos de la Bauhaus
en el marco del modernismo. Otros autores como Lewis Mumford y más tarde Jane
Jacobs fueron mucho más pesimistas en su mirada a la megamáquina de la ciudad.
Una ciudad que es mucho más que un agrupamiento de casas, pero que se funda en
espacio mínimo de la casa, a veces, solo a veces, hogar.
En su famosa conferencia en Darmstadt “Construir, habitar,
pensar”, Heidegger, en una Alemania en
ruinas, ante un público de arquitectos,
enunció la situacionalidad de lo humano:
el habitar es el modo de ser de del ser humano, no construimos para habitar
sino que ser es habitar; habitar es cuidar y preservar, permanecer en lo libre;
es estar en la tierra, ante los otros, que habitan cuando cuidan, no cuando
explotan la tierra; es construir puentes para reunir y crear lugares comunes;
es convertir el espacio en lugar. Siguiendo a Heidegger, escribe el arquitecto Juhani Pallasmaa en su libro Habitar:
El habitar supone tanto un acontecimiento y una cualidad mental y experiencial como un escenario material, funcional y técnico. La noción de hogar se extiende mucho más allá de su esencia física y sus límites. Además de las cuestiones prácticas de la vivienda, el propio acto de habitar es un acto simbólico e, imperceptiblemente, organiza todo el mundo para el habitante. Además de nuestras necesidades físicas y corporales, también deben organizarse y habitarse nuestras mentes, recuerdos, sueños y deseos. Habitar forma parte de la propia esencia de nuestro ser y de nuestra identidad….
El habitar se entiende habitualmente en relación con el espacio, como una forma de domesticar o controlar el espacio; sin embargo, también necesitamos domesticar el tiempo, reducir de escala la eternidad para hacerla comprensible. Somos incapaces de vivir en el caos espacial, pero tampoco podemos vivir fuera del transcurso del tiempo y de la duración. Ambas dimensiones necesitan articularse y dotarse de significados específicos. El tiempo también debe reducirse de escala hasta las dimensiones humanas y concretizarse como una duración continua.
El hogar no es un simple objeto o un edificio, sino un estado difuso y complejo que integra recuerdos e imágenes, deseos y miedos, pasado y presente. El hogar es también un escenario de rituales, de ritmos personales y de rutinas del día a día. El hogar no puede producirse de una sola vez. Tiene una dimensión temporal y una continuidad, y es un producto gradual de la adaptación al mundo de la familia y del individuo. Por tanto, el hogar no puede convertirse en un producto comercializable. Los actuales anuncios de tiendas de muebles que ofrecen la posibilidad de “redecorar tu hogar de un plumazo” son absurdos; equivaldría a que un psicólogo anunciara que iba a renovar de una sola vez todos los contenidos de la cabeza de un paciente. Una reflexión sobre la esencia de la vivienda nos aleja de las propiedades físicas del hogar para introducirnos en el territorio psíquico de la mente. Nos enfrenta a cuestiones de identidad y memoria, de lo consciente y lo inconsciente, a los remanentes
No repara Pallasmaa, como tampoco lo hizo Heidegger, en el
profundo sentido anticapitalista que tienen las ideas, las cosas mismas, de
habitar y hogar. Convertir el hogar en activo para asegurarse el futuro en
dinero es destruir la idea misma de hogar y de habitar. Negar la habitación es
negar la misma cualidad de ser. “Además de ser un símbolo de protección y
orden, el hogar también puede convertirse en la materialización de la desgracia
humana: soledad, rechazo, explotación y violencia” sigue escribiendo Pallasmaa.
En La ventana indiscreta (Rear window , Hitchcock,
1954) icono del cine sobre el cine pero también sobre el habitar, el director une la
mirada masculina, la situacionalidad de la mirada con la lógica del terror, la
arquitectura de la ciudad, el patio de vecinos, con la crueldad y el cuidado.
La ventana como mediadora entre la mente y el mundo, entre la intimidad y la
vida pública.
Más aún que la casa, la ciudad es un instrumento de función metafísica, un instrumento intricado que estructura la acción y el poder, la movilidad y el intercambio, las organizaciones sociales y las estructuras culturales, la identidad y la memoria. Sin duda, el artefacto humano más complejo y significativo, la ciudad controla y atrae, simboliza y representa, expresa y oculta. Las ciudades son excavaciones habitadas de la arqueología de la cultura que exponen el denso tejido de la vida social. La ciudad contiene más de lo que puede describirse. Un laberinto de luz y oscuridad, la ciudad agota la capacidad de descripción e imaginación del ser humano: el desorden juega contra el orden, lo accidental contra lo regular, la sorpresa contra la anticipación. Las funciones y las actividades se rozan y se entrelazan creando contradicciones, paradojas y una excitación de naturaleza erótica. La ciudad contemporánea es la ciudad del ojo. Sus movimientos rápidos y mecanizados nos alejan de un contacto corporal e íntimo con la ciudad. A medida que la ciudad de la mirada inactiva el cuerpo y el resto de los sentidos, la alienación del cuerpo de nuevo refuerza la visibilidad. La pacificación del cuerpo crea una condición similar a la conciencia apagada que induce la televisión. Cartesiana y perspectivística, la ciudad ha eliminado gradualmente la especificidad del lugar y ha escindido lo vertical de lo horizontal. En lugar de unirse fluidamente para dar lugar a una plasticidad del paisaje, esas dos dimensiones se han convertido en dos proyecciones separadas: la planta se ha separado de la sección. La ciudad visual nos deja como extraños, espectadores voyeristas y visitantes pasajeros incapaces de participar (Pallasmaa)
Volvemos a Sol como encrucijada de tensiones y fuerzas
históricas: la fragilidad de la tienda de campaña tendida en el granito contra
la destructora avaricia de los expropiadores de hogar que convierten el habitar
en activos. En la ciudad, como eel cuerpo, tal como explicaba Lewis Mumford, se
inscribe la historia misma y sus cicatrices, la memorias de las barricadas y las
derrotas, de las ocupaciones y desocupaciones. El espacio no es solo un espacio
de perspectivas, es un campo de fuerzas en tensión. Cada calla, avenida, paseo,
parque, manzana y sus ocultos sótanos, túneles, alcantarillas y conducciones,
espacializa el tiempo y convierte el presente en pasado. Y, en tanto que un
viento mercantilizador agita la historia, en activos de futuro, en hipotecas de
vida.

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