martes, 31 de mayo de 2011

Contra el marco, contra la vitrina, contra el escaparate

Se quejaba en una reciente entrevista en Babelia, Richard Serra de la persistencia del marco, el pedestal, ahora vitrina, en la escultura. El marco separa, distancia: crea un espacio en el que el espectador ya no está o está como observador distante. Velázquez trató en Las Meninas, como muchos otros autores del Barroco, de superar el marco e integrar al espectador al mismo espacio pictórico. Richard Serra ha dedicado toda su obra a ello. La entrevista, dirigida más por el potente discurso de Serra que por la perspicacia del periodista, llevaba una y otra vez a cuestionar cuál es el espacio del arte, el espacio de la obra. Y leyéndola, claro: pensé en Sol, cómo no, en cómo Sol está contribuyendo a subvertir no solamente los espacios políticos, sino también y sobre todo los espacios estéticos.

Sol te obliga a pasear bajo las carpas, a entrar en contacto físico y visual con los manifestantes, a vivir en medio de ese medio que las mentes policíacas sienten como basura, pero en realidad es un medio híbrido en donde resuenan sonidos que nacieron en el comienzo de los tiempos. Por eso, de pronto, me encuentro en que hay una secreta comunión entre Serra, Patricia Piccinini, los simbiontes de Sol y las transformaciones irreversibles de los nuevos espacios públicos que ya no podrán ser dependientes de la actitud pasiva del pedestal (los pedestales de Sol), de las vitrinas, de los escaparates. Redistribución, también, de la experiencia.
Se ha subvertido la palabra (otro día dejaré algunos de los mensajes), pero se ha excavado sobre todo en los estratos más profundos de los espacios públicos, allí donde los objetos y las gentes crean lugares y perspectivas nuevas, trayectorias que son al tiempo emocionales, reflexivas y sensoriales. Entramos en una nueva fase de espacios simbiontes donde seres, ideas, cartones, plásticos y reivindicaciones se mezclan en una nueva forma híbrida de espacio público.

Cuando los comerciantes y sus vitrinas logren expulsar a los acampados sentiremos la nostalgia de las heterotopías y heterocronías de Sol. Sentiremos la nostalgia de los espacios públicos sin pedestales, sin escaparates, sin vitrinas, sin marcos.









domingo, 29 de mayo de 2011

Teoría del cuerpo extendido

En el principio todo era piel, mundo indiferenciado donde la sensación interna y la sensación externa no tenían fronteras, donde la epidermis constituía la densidad de lo real.  En el principio todo era frontera, no había dentro ni fuera porque lo propio y lo ajeno aún no se habían manifestado como desgarro y escisión de la piel, experiencia de niñez y abandono. No había cuerpos: sólo un continuo de sensaciones y reacciones viscerales. El bebé vivía en un paisaje de reacciones epidérmicas, de colinas alzadas sobre momentos de placer y largos valles de oscuridades e irritaciones. Alimentos y defecaciones, caricias, baños, todo eran sensaciones sin percepción. El bebé comenzó a convertirse en niño al tiempo que un entrelazamiento de objetos tejió su piel con nuevas experiencias sensoriales: chupetes, sonajeros, múltiples capas de ropa que le eran impuestas y retiradas con ritual parsimonia, jabones y colonias, alimentos, paseos en un adormecedor carricoche. Su piel se pobló de sabores y olores, de aires refrescantes y cambiantes caleidoscopios de colores y brillos. El cuerpo comenzó a manifestarse como lo invariante en aquella secuencia de objetos que ya no eran piel y sin embargo levantaban un muro, una nueva sensación de frontera en la que la ausencia de la piel materna y la presencia del mundo se imponían como manifestación de una realidad de cuerpo presente, como experiencia de distancia y abandono.
Tal vez fue así: no recordamos la historia de los sentidos y de las impresiones que llevaron desde la piel al mundo, desde lo epidérmico a la conciencia del cuerpo. Pero no es osado pensar que los objetos que contribuyeron a la producción de la realidad fueron objetos que habían sido diseñados para hacerlo, una red de artefactos que habrían de ser el horizonte de un ser que ya comenzaba a ser, a poseer un cuerpo.  En el principio todo fue eros . Tardarían en llegar los tiempos en los que la caricia se convirtiese en cariño, la angustia por el abandono en deseo, y del eros indiferenciado surgieran los afectos, las amistades, el sexo y ocasionalmente los amores y desamores.  El cuerpo que habría de ser adolescente, persona adulta, ser perdido en el bosque de la historia, siguió siendo diseñado por nuevas ecologías de artefactos. Un día descubriría que la alimentación exigía cocina, el sexo sexualidad, el  amor habitación. Que el destino humano eran los cuerpos extendidos. Que la cama y la tumba eran, fueron, los dos objetos que convirtieron aquél organismo en el cuerpo que ahora era. 

miércoles, 25 de mayo de 2011

Hipótesis de la burbuja

Hace diez años, en una tesis doctoral que dirigía, formó parte del tribunal el economista José Manuel Naredo. En la comida, le comenté mi asombro por los precios a los que estaba llegando la vivienda en Madrid. Yo llevaba apenas dos años de emigrante y estaba asustado de esas cantidades. Me habló (discurría a la sazón el 2002) de la "burbuja inmobiliaria", un término que no se usaba en las páginas serias de economía pues era una jerga más bien de radicales. Era uno de los pocos que entonces defendía que estaba ocurriendo un fenómeno peligroso. Le pregunté por qué esperaba él que ocurriese en un futuro próximo. Me dijo que no esperaba que cambiase la situación, porque no era un problema de los bancos y las inmobiliarias, sino de que la gente estaba sometida a un mecanismo de autoengaño por el que pensaba que se estaba haciendo rica pidiendo prestado al banco a intereses bajos y viendo cómo el piso que habían adquirido subía de precio a más velocidad. "Mientras la gente crea que se está enriqueciendo mientras se está endeudando, esto no va a cambiar mucho", me dijo. Creo que le entendí en parte, y me convenció. Por si acaso, decidí abandonar toda esperanza de comprar un piso en la capital e hice de la necesidad virtud, conformándome con seguir en alquiler. Hasta hoy. Comenté con mis amigos, algunos más instruidos que yo en economía real, lo que había aprendido y se rieron de mí. Me dijeron: "eso es una locura, ¿tú has visto cómo crece la bolsa, cómo crece el PIB? ¿tú te crees que esto puede explotar? Es imposible. Se caería el sistema". Bueno.
Hace muchos más años, cuando me había convertido ya en un observador más bien pasivo de la dinámica política, más por la necesidad de recuperar el tiempo y las lagunas generadas en mi juventud que por convicción, y notando que los partidos de izquierda, al situarse en el poder, habían abandonado todo el tejido social de asociaciones de barrio, centros culturales, asociaciones de estudiantes, ..., y tantos lugares que nos acogieron y defendieron en los tiempos negros, planteé a mis amigos ya profesionales de la política, muchos de ellos en lugares centrales del nuevo sistema, si no pensaban que al abandonar estas tramas, e incluso despreciarlas si no perseguirlas, no estaban minando su propio suelo, me respondieron que tenía tendencias ácratas, que la democracia consistía en elegir representantes que decidían las políticas "reales" y que la actividad del poder era "poder hacer", algo que todas esas redes no alcanzarían nunca por su propia condición magmática.  
No lo noté entonces, lo empecé a sospechar más tarde: había alguna relación oculta entre la burbuja inmobiliaria y esto que le ocurría a la izquierda (a las muchas izquierdas, no sólo al partido dominante). También aquí vivían de prestado y veían que con lenguajes, conceptos y formas que les prestaban a bajo interés, sus réditos aumentaban de año en año en votos: tomaban prestados significados como "solidaridad", "políticas de igualdad", "democracia", ...., y obtenían resultados crecientes en forma de puestos de liberados sindicales, concejales, asesores, diputados, etc. Algunos, muchos, empezaron a pensar que aquello no llevaba buen camino. No citaré nombres para no perjudicarles. Pero quienes levantaron la voz fueron acallados y quienes levantaron el dedo fueron expulsados de las organizaciones respectivas. Les pregunté a mis amigos aún poderosos si no creían que esto iba a explotar algún día y me dijeron. "Es imposible. Se caería el sistema. La democracia es así". 
Ahora veo a aquellos amigos abrumados porque no entienden muy bien lo que pasa: no saben si acusar a su compañero-adversario, a los acampados en Sol, a los medios radicales de la derecha, a la Iglesia o a Dios mismo. Ahora veo también a una generación de endeudados, que han endeudado sobre todo el futuro de sus hijos, y les observo indignados sin saber a quién culpar, si a la izquierda, al PSOE, a los acampados, o a Dios mismo. 
Hubo un lugar, un tiempo en el que pasó algo similar: llegó un tal Berlusconi y lo arregló con un nuevo contrato. Tal vez, muchos creen, esta será la solución para las dos burbujas. Vaya. Mientras tanto, sigo viendo The Wire. La cuarta temporada lo explica todo. 

lunes, 23 de mayo de 2011

Al infierno con la cultura





No. No voy a comentar las elecciones. No soy sociólogo, sólo un ciudadano más que esperaba que iba a ocurrir algo como lo que ha ocurrido. Y la verdad: no sé cuánto me importa. La política de los países desarrollados se vive como una escisión entre conservadores y progresistas en un nivel muy superficial. Y muchas veces se confunde el síntoma, la escisión, con la enfermedad: la falta de horizonte. Y los "progresistas" sueñan con un líder que les saque de la situación como el pueblo hebreo soñaba con un mesías, y luego se desencantan de los moisés, de los obamas y de los zapateros, sin reparar en que es esa forma de soñar la que produce el daño más irreparable.
No: hoy quiero hablar de uno de esos perdedores de la historia a los que a veces se les concede la justicia poética. Herbert Read fue un crítico cultural que vivió la época de la Segunda Guerra Mundial y sus secuencias. Fue amigo Orwell, admirador como él del anarquismo español y combatido por los críticos culturales que fueron dominantes en los años cincuenta y sesenta. Cuánto me hace pensar que Raymond Williams, uno de los fundadores del Círculo de Birmingham y de los estudios culturales críticos, fuese uno de sus más ácidos adversarios. Read reivindicaba la superación de la escisión entre arte y artesanía, entre arte y técnica, entre arte como negocio y la vida cotidiana de la gente que, como parte de su experiencia, tiene una experiencia estética de la vida. Combatía el autoritarismo implícito en muchas de las tendencias de "vanguardia", tan militar el término. Se volvía a la gran tradición inglesa del XIX que reivindicaba que el arte está en todos los aspectos de las acciones y objetos que nos constituyen. Se revolvía contra la idea de cultura como frontera entre los que tienen capital cultural y los que carecen de él.
Fue tachado de conservador por una cierta crítica ciega. Pero cuando en 1937 la crítica bienpensante criticó el Guernica de Picasso porque parecía hacer referencia a elementos religiosos, y no representaba bien la línea general (la línea del partido), sostuvo que el Guernica hablaba del daño y del dolor humanos inmerecidos y que era una obra realmente universal.
Se acaba de reeditar en español. El próximo curso tengo una asignatura optativa que no sé si será escogida por los suficientes alumnos como para poder impartirla; se llama "Teorías de la Cultura Contemporánea". Uno de los capítulos de este libro, "Al infierno con la cultura", que da título al volumen,  será una lectura obligatoria. Para el resto, diría que es recomendable. Escrito en 1945, cuando aún no se había puesto en marcha el capitalismo cultural, resultaba extemporáneo. Pero la justicia poética hace contemporáneo lo que en otro tiempo no lo fue.
La cultura se pensó desde el romanticismo como un lugar de distinción y no como un modo de construcción colectiva de la experiencia. Al infierno con la cultura.

sábado, 21 de mayo de 2011

Cuando acontece

Se piensa la democracia en términos de fuerzas, equilibrios, tensiones, estructuras, y no con la atención que requiere la historia. Se piensa en términos de estado y no de acontecimiento. Pero a veces acontece.
Cuando acontece, se presenta como una redistribución de la sensibilidad, y lo que estaba oculto aparece y nuevas formas se dibujan en un espacio público en el que los mismos significados comienzan a transformarse al reorganizarse lo visible. Democracia es una silla vacía que nadie puede ocupar y que debe estar presente en todo acto y en todo espacio. La silla que sólo el pueblo puede ocupar sin que nadie pueda hacerlo en su nombre. "Pueblo" nombra lo innombrable, lo que no está pero ocasionalmente aparece. Cuando las cosas van mal, cuando se ha producido una irreversible desafección, cuando la ira se extiende y entonces se ocupan las plazas y algunos, muchos, muchísimos, sin saber por qué lo han hecho, sin tácticas ni estrategias, gritan: "¡nosotros estamos aquí!". Entonces tendrían derecho a decir " nosotros, el pueblo", pero son lo suficientemente sabios para no hacerlo. Porque saben mejor que nadie guardar la silla vacía. Y es entonces cuando la silla se hace presente en su poder convocador, en su fuerza instituyente.
Cuando acontece, ocurre con un impulso creativo que se vuelve palabra e imagen, autoorganización, sentido de lo colectivo y generosidad. El lenguaje vuelve a ser espacio de expresión y la imagen enseñanza de lo que hay. Los espacios públicos se llenan de  personas que ejercen su capacidad agente y  que se dotan a sí mismas de una voz que le había sido negada. No de masas, sino de multitudes creadoras.
Cuando acontece, la ira se transforma en lazos de complicidad y los cuerpos dejan de ser máscaras para sentirse compañía, apoyo mutuo. La calle deja de ser el exterior y se vuelve habitación, taller, escuela, acampada, asamblea, fiesta.
Cuando acontece, el orgullo del poderoso se vuelve oscuro pálpito y por todas partes se producen histerias y sobrerreacciones porque en la redistribución de lo visible se han hecho presentes formas, gentes, fuerzas, que aparecen ante él como fantasmas de un pasado que creía enterrado en ignotas fosas.
Cuando acontece, ocurre como ocurre lo nuevo y muchos sienten la tentación de ponerse al frente, de ordenar y organizar, dar programas, órdenes, pensamientos, arquitecturas. Pero lo que es nuevo y está naciendo encontrará sus propios cauces, se hará historia, narración, gesta, creará sus propios sentidos, dará nombres a una generación, se alzará con un orden propio y no ajeno. Lo que acontece no necesita vanguardias ni intelectuales ni líderes. Necesita permanecer como impulso.
Cuando acontece, todo cambia. No importa que la multitud se disuelva; no importa que se acabe el tiempo de la  manifestación; no importa que se impongan las realidades de la realidad. Todo cambia: con la redistribución de lo sensible se ha producido una redistribución del sentido. Podremos decir, diremos, "yo estuve allí". y también nuestras vidas habrán cambiado.

jueves, 19 de mayo de 2011

Esperanzas humanas (a construir en común)

Acabaron ya, por suerte, los tiempos de los intelectuales. Acabaron por suerte los intelectuales. Uno entre tantos miles, he recogido una entre tantas palabras: he aquí un panfleto que tomo de las manos de uno de los manifestantes esta tarde en la Puerta del Sol (nunca mejor nombrada). Se titula:
"Esperanzas humanas a construir en común"


"Lo que está ocurriendo de manera acelerada en estos días con las acampadas en las plazas y las concentraciones de miles de personas en estas mismas plazas, sobre todo en Madrid, pero de manera diferenciada en otras decenas de ciudades, es una prueba más de las posibilidades y de la creatividad humanas, y también del sano contagio humano de experimentación comunitaria. ¿Cómo no evocar otras plazas, como la de Tahrir y otras comuniones aún con todas la diferencias de profundidad y objetivos? Una bandera de Egipto se ubica en el centro de la Puerta del Sol. Lo que está ocurriendo es una prueba más de la necesidad de compartir no sólo la indignación sino sueños, ideas y planes, alegrías y desahogos por la difícil situación de las mayorías, pero sobre todo, por las ganas de vivir y de gozar en común sin los obstáculos de este sistema político de dominación global, de los Estados y la política y de las élites económicas. Estas motivaciones pueden palparse, olerse, en la concentración, en las sonrisas y la complicidad con la que nos miramos, y las ironías de muchos de los escritos, o en los diálogos sobre lo que no se está de acuerdo. Ocurre todo esto en el momento clave del rito democrático, en lo máximo que otorgan: el derecho a votar de los "ciudadanos" - no a todos, porque hay muchos habitantes que no tienen este derecho, como los inmigrantes y prófugos que huyen justamente de una "guerra democrática", que son millones en este país. Y esto es también es democracia, en estas elecciones municipales y autonómicas:  la ocupación de las plazas, desafiando y queriéndose diferenciar de los discursos y las prácticas políticas, aún con contradicciones gruesas, ha puesto muy nerviosos a los políticos y ha condicionado ya los discursos electorales. Es ya un varapalo a la política, a su intento de legitimar electoralmente  la corrupción existente. Pero no podemos conformarnos, porque puede ser efímero, y por el contrario, lo que motiva y nos motiva a millares de personas a participar y a compartir, no es coyuntural ni electoral. Profundizar, fortalecer, clarificar, más allá de las elecciones, este movimiento implica necesariamente clarificar objetivos y contenidos, por fuera de la política que es contraria al protagonismo directo, a la autoorganización y a la democracia directa de los organismos de lucha que ya están surgiendo. Y pensar y sentir los hilos de la comunidad que se entretejen en las plazas."
Lo firma un grupo, Socialismo Libertario. Nunca ganará nada, seguro. Podría decirse mejor, podría decirse más alto, podría decirse donde nunca se dirá. Pero no podrá decirse más claro.
Cuando todo acabe, algunos, recordarán, como se recuerda el olor de la hierba en primavera, estas palabras de esperanza.

Más que palabras















viernes, 13 de mayo de 2011

Lo que queda del día

Son hermosos y profundos estos conocidos versos con los que se inicia Cuatro Cuartetos de T.S. Elliot

El tiempo presente y el tiempo pasado
están quizá presentes los dos en el tiempo futuro
y el tiempo futuro contenido en el pasado.
Si todo tiempo es eternamente presente
todo tiempo es irredimible.
Lo que quizá podía haber sido una abstracción
que queda como perpetua posibilidad
solo en un mundo de abstracción.
Lo que podía haber sido y lo que ha sido
apuntan a un solo fin, que está siempre presente.
Hay ecos de las pisadas en la memoria
allá por el pasadizo que no tomamos
hacia la puerta que nunca abrimos
a la arboleda. Mis palabras tienen eco
así, en vuestra mente.
 Vivimos en un presente continuo hecho de futuros y pasados. Pero entretejidos de muy diversa forma según el momento y la circunstancia. Vivir el tiempo sin límite, como en la juventud, teje la textura del futuro de muy diversa forma al tiempo limitado que uno siente ya en la piel a cierta edad: el pasado siempre tiene importancia, pero de modo distinto cuando el futuro está abierto que cuando está cerrado. Catástrofe y crisis, por ejemplo, son dos modos diferentes de presente continuo. En la catástrofe, como observamos estos días conmovidos, el tiempo se suspende y las reacciones de la gente nos sorprenden en sus modalidades de heroísmo o simple generosidad ilimitada precisamente cuando parecería que el egoísmo invita a barra libre. En la crisis, sin embargo, como me preguntaba la semana pasada, el tiempo se cuelga en el presente de otro modo: como un humo negro y maloliente que oscurece el futuro y el pasado. Germán Cano contesta hoy en El País, mucho mejor de lo que yo hubiera sido capaz, a la pregunta que suscitó algunos airados comentarios:
http://www.elpais.com/articulo/opinion/politica/paralizada/miedo/elpepuopi/20110513elpepiopi_11/Tes
La crisis es un tiempo vacío: sentirse en crisis es como sentirse el día antes del Apocalipsis. La vida se hace provisional en un sentido en que no lo es cuando envejecemos y sabemos que el tiempo que queda del día es corto. Entonces, algunos, saben vivir en un presente continuo lleno de las posibilidades que ofrecen el pasado y el presente. En la crisis, el futuro envenena el pasado y el presente. La crisis es el tiempo sin tiempo.  La crisis convierte el tiempo de la vida en tiempo ciego. Ya no oimos los ecos de las pisadas en la memoria allá por el pasadizo que no tomamos hacia la puerta que nunca abrimos. Crisis fue para los griegos un tiempo de enfermedad, cuando el mal entraba en esos momentos que derivan en curación o en agravamiento definitivo. Crisis es un tiempo sin tiempo, donde el azar se hace destino y no posibilidad. Un economista radical de hace años sostenía que el tiempo del capitalismo es precisamente la crisis: no es un tiempo de debilidad sino su tiempo de triunfo, el horizonte de su aspiración. Desde hace más de un siglo ha ido derivando en un juego de azar, en una continua apuesta por "futuros" que, desgraciadamente, no son sino formas de destino, modos de desubicar la agencia, de convertir un tiempo del que pudiéramos apropiarnos en un desierto de contingencia. Hace muchos, muchos años cantaba Silvio Rodríguez en "Causas y Azares" una metafísica de la crisis:
Cuando acabe este verso que canto
yo no sé, yo no sé, madre mía
si me espera la paz o el espanto;
si el ahora o si el todavía.
Pues las causas me andan cercando
cotidianas, invisibles.
Y el azar se me viene enredando
poderoso, invencible

En El Prado se conserva otra de las metáforas del tiempo de la crisis: El triunfo de la muerte, de Pieter Brueghel el Viejo.



Salir de un tiempo enfermo y recuperar el tejido que une el futuro y el pasado. Eso será salir de la crisis.


sábado, 7 de mayo de 2011

El mozo de las maletas

Alguien preguntó esta semana mientras departíamos en la comida (Alberto Sebastián, Alfredo Krámarz, Carlos Thiebaut y el que suscribe) por qué no se observaba algún movimiento, aunque fuese desorganizado y espontáneo. Con la que está cayendo, decía, con un paro como el que sufrimos, etc. Es una pregunta que muchos se han hecho y que nadie sabe contestar, quizá los sociólogos tengan sus explicaciones, que desconozco. Quizá, pensé, no sabemos mirar donde están las zonas de resistencia y fractura. Quizá, pensé, vivimos en esta burbuja que es la universidad donde la realidad está a la distancia de una pantalla de televisión. Quizá, pensé, a los intelectuales nos gusta que los otros se rebelen para poder hablar sobre ellos. Quizá, dije, es que la gente simplemente tiene miedo: a ser despedida, a no encontrar recursos para la factura que tiene que pagar mañana, a no tener futuro. O quizá es que ya vemos el mundo bajo la categoría de destino. 
Estos días estoy con la novela de Kazuo Ishiguro Los inconsolables, una extraña historia desubicada y sin coherencias espacio-temporales, acerca de un concertista que parece haber perdido su memoria, en una ciudad extranjera a la que llega con una agenda que desconoce, y que comienza en un ascensor de su hotel, donde en los breves segundos de viaje el mozo de las maletas, que no ha dejado en el suelo a pesar de sus años y a pesar de su peso, le explica en un largo discurso de más de cuatro páginas que él y varios de sus compañeros de otros hoteles decidieron un día no soltar las maletas en todo el trayecto para hacer visible así el carácter y la importancia de su profesión. Se reúnen, decía, los domingos por la tarde en un café, desde hace muchos años, y se animan unos a otros a persistir, a pesar de que la edad ya casi no les permite ni apenas arrastrar un bulto. Pero tienen la conciencia de que la ciudad aprecia ahora la importancia y la dignidad de esta desconocida profesión. 
Se me ocurrió que este fragmento kafkiano escondía un mensaje sobre la conversación del otro día, pero no he sabido contestarme a mí mismo cuál pudiera ser. Ni siquiera sabría decir si los mozos son ellos o somos nosotros (los que nos preguntábamos estas cosas). 
Y se me ocurrió también ir al amigo de Montaigne, Étienne de La Boétie, a su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, y leí algunos párrafos como éste: 
"Apenas puede creerse la facilidad con que el vasallo olvida el don de la libertad, su apatía el recobrarla y la naturalidad con que se sujeta a la esclavitud, que se diría que no ha perdido su libertad sino ganado su esclavitud. Es cierto que las primeras víctimas del despotismo lo sufren con violencia; pero los que nacen después de ellas, como no han disfrutado de la libertad, ni saben en qué consiste, sirven sin repugnancia y hacen de buena gana lo que sus pasados sólo hicieron a-la fuerza. Esto proviene de que naciendo los hombres bajo el yugo, crecen y se desarrollan con él, no miran más adelante y se complacen en vivir como han nacido, sin pensar en otro derecho ni otra felicidad que la que han encontrado, y llegando finalmente a persuadirse de que el estado de su nacimiento es el de su naturaleza."
Y, quizá, sin saber aún si los mozos de las maletas son ellos (los que lo están pasando mal y no se rebelan) o nosotros (los privilegiados que tenemos trabajo estable y nos preguntamos por qué no se rebelan los que no lo tienen), las palabras de La Boétie nos sirvan de alguna ayuda para entrever en la niebla, y escrutar el mundo a través de la pantalla y sospechar que, como al personaje principal de la novela de Ishiguro, quizá se nos haya olvidado algo aunque no sabemos qué. 

sábado, 30 de abril de 2011

Buscando entre la basura





El miércoles pasado, alguien, una empresa avisada, había organizado en Madrid la "Noche de los libros".  Las pequeñas librerías y las grandes librerías abrían sus locales hasta la madrugada y montaban presentaciones y firmas. Alguien, también empresa avisada, había organizado un partido definitivo, el gran momento en que habría de dilucidarse entre las dos grandes "filosofías", o sea, un Madrid-Barcelona. El miércoles pasado, a las siete de la tarde, Fabio había organizado en la librería Arrebato, en el corazón de Malasaña, en la Calle de la Palma 21, la pequeña vía contracultural de una ciudad que, por otras razones, ya es muy contracultural, una lectura y presentación del libro de poemas de Ben Clark, Basura. Ben Clark, amigo, jovencísimo, Premio de Poesía Hiperión por Los Hijos de los hijos de la ira, un libro fundamental para entender a las jóvenes generaciones que no entendemos, ha escrito poemas sobre la basura, desde la basura, tomando noticias buscadas entre la basura, bajo la basura, hacia la basura en que estamos convirtiendo el mundo. Estábamos allí los previsibles pocos, que tambíén sabíamos que allí se jugaba alguna confrontación entre dos filosofías. Ben se sentó, sacó de dos bolsas un montón de comida basura que distribuyó por la mesa, comenzó a abrir envases, a servirse sucedáneos de colacaos, de pastas, pastillas, cornflakes, comenzó a comer ansiosamente y a leer ansiosamente:

           Si llenamos el Nilo de desechos
           seguirá todo el Nilo en la palabra
          Nilo,
          Pero con la basura es diferente:
         será si así se llama o no será.
         Y una vez bautizado, entonces sí:
         el Nilo envenenado en la palabra
         -- y toda la basura en la palabra--
         basura.



Jugaba Ben con las palabras y con la basura, con las palabras basura y con los paisajes infinitos de basura. Nuestras vidas son los ríos que llevan la basura a los basureros infinitos.

        Para saber a qué se referían
       le añadían "basura" a las palabras:

       hipotecas, comida, televisión, contratos...
      Ya no hubo confusiones pero nadie
      quiso indagar por qué fue tan sencillo.



Ben hablaba de buscadores de basura, de sintecho que leen, los únicos que leen, todos los periódicos y saben de qué hablan, de mendigos encontrados cadáveres en la basura, o envenenados por la basura en la Plaza de Callao de Madrid. Nos hablaba de los seres que cada noche vemos salir de no sé donde y examinar, clasificar, reordenar, los cubos de basura. De los programas, de las noticias. De la "sopa de plástico", esa zona del Pacífico dos veces Texas, que es un mar de los sargazos ya de plástico. De la obsolescencia programada: de nuestra obsolescencia programada.
Hubo que acabar. Había que asistir a la confrontación definitiva entre dos filosofías.

http://www.facebook.com/pages/Editorial-Delirio/100401073341635?sk=info

domingo, 24 de abril de 2011

La banalidad del bien

La protagonista de  La edad de hierro de Coetzee (había esrito en la primera versión "Elisabeth Costello", pero Ana Martínez me recuerda que la memoria me traiciona. No sé por qué siempre he pensado que la protagonista era E. Costello, quizá pos mi pasión por ella como alter ego de Coetzee) que vivimos en una época en la que ser una persona decente no basta. La época actual exige una moral heroica que se acomode a un tiempo desapacible donde el mal reina en un paisaje desolado. Sus palabras se referían a la Sudáfrica de los peores momentos de la represión y apartheid, pero bien pueden aplicarse a los tiempos que nos tocan. Con todos mis respetos a Coetzee y a su personaje, ambos tan queridos, tengo que discrepar. Savater escribió también un libro de moral, La tarea del héroe. Elementos de una ética trágica, donde sostenía ideas similares. También discrepo. Del mismo modo que Hanna Arendt nos enseñó que lo terrible del mal es que se ampara en la cotidianidad de quienes reciben y ejecutan órdenes que no cuestionan, y que la profundidad de ese mal cala hasta los estratos últimos de la trama de las sociedades, precisamente porque convierte en normal el ejercicio del daño, una simétrica mirada debería llevarnos a escrutar en la moral cotidiana las mores de buena voluntad. Ser héroe, ciertamente, no es fácil. Pero tampoco excesivamente difícil. Los héroes lo son relativamente a una peripatheia, a la peripecia circunstancial que les obliga a tomar una decisión no siempre pensada y que nace de sus tripas, a veces contra su mejor juicio, porque el curso de las cosas se ha salido de madre y se llega a un punto donde todo se torna. Ahí, casi todos tenemos un cincuenta por ciento de posibilidades de ser héroes o villanos. "Lo difícil es vivir bien", sostiene el cura de Roma, cittá aperta unos instantes antes de que le fusilen. Y es cierto. Lo difícil es construir sociedades decentes, donde el sentido de lo justo y la reacción de compasión por el débil estén empotradas en la fábrica de lo cotidiano.
En 1935 Enrique Santos Discépolo escribió una de las letras de tango más lúcidas de la filosofía contemporánea:  Cambalache. Todo argentino decente la conoce y tal vez la ha cantado después de algunos tragos (recuerdo ahora a unos amigos hace muchos años cantándola en la madrugada, y el cuerpo se me vuelve tango). Se me ocurre que es el mejor lamento de la mucha gente decente. No la olvidemos nunca:

Que el mundo fue y será una porquería,
ya lo sé...
¡En el quinientos seis
y en el dos mil también!
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
varones y dublé...
Pero que el siglo veinte
es un despliegue
de maldad insolente
ya no hay quién lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue
y en el mismo lodo
todos manoseaos...
¡Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor!...

¡Ignorante, sabio, chorro,
generoso o estafador!...
¡Todo es igual! ¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro
que un gran profesor!
No hay aplazaos ni escalafón,
los inmorales nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón...
¡Qué falta de respeto,
qué atropello a la razón!
¡Cualquiera es un señor!

¡Cualquiera es un ladrón!
Mezclao con Stavisky va Don Bosco
y "La Mignon",
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín...
Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida
y herida por un sable sin remache
ves llorar la Biblia
contra un calefón.

¡Siglo veinte cambalache
problemático y febril!...
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil.

¡Dale nomás! ¡dale que va!
¡Que allá en el horno
nos vamo a encontrar!
No pienses más,
sentate a un lao.
Que a nadie importa
si naciste honrao.
Es lo mismo el que labura
noche y día, como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura,
o está fuera de la ley.

martes, 19 de abril de 2011

De dioses y hombres

He discutido últimamente varias veces con gente de alrededor algunas de las últimas rozaduras que se han dado por aquí (por Madrid) a causa de dos notorias acciones simbólicas que han producido una catarata de reacciones también simbólicas: una, en la capilla (católica) de la Universidad Complutense, donde un grupo de alumnas leyeron unos textos antifeministas de miembros de la Iglesia y dejaron ver parte de su cuerpo en un acto reivindicativo. Otra, la propuesta (prohibida) de una procesión atea por el barrio de Lavapiés, el barrio más multicultural de todas las españas y probablemente de todas las europas.
Las reacciones han sido las esperables. Me guardo el comentario sobre ambas, que sería distinto, matizado, complejo y largo.
Estos días un párroco explicaba a los que visitábamos el pequeño pero hermoso museo de la parroquia que los musulmanes nunca habían dejado restos de otras religiones allí donde habían llegado y habían destruido las anteriores. Invocaba Sevilla y Granada como ejemplos. Me mordí la lengua  y pensé que tenemos pendiente hablar todos de religión, política y cultura. El filósofo americano John Rawls ya puso esta cuestión como un punto central de una sociedad bien ordenada, donde los ciudadanos no se limiten a soportar al otro por imperativo legal y puedan llegar a vivir bajo un consenso básico sobre cuestiones esenciales.
Las grandes religiones siempre han basculado a lo largo de la historia entre una opción política y una opción espiritual. Entre los funcionarios y los profetas. Todas. Algunas más que otras: en el judaísmo, el islam y el catolicismo las opciones espirituales han sido tan poderosas como minoritarias y sospechosas, calificadas como misticismo. La opción política, el "dios está con nosotros", ha sido la más favorecida y los miembros de la jerarquía han actuado a lo largo de la historia como actores políticos. En ciertos momentos, como actores determinantes de la historia. En las varias versiones del protestantismo y algunas religiones orientales la dimensión política ha tenido menor fuerza que la espiritual. En los movimientos milenaristas, utópicos, revolucionarios, sociales, etc., también se han dado las dos dimensiones política y espiritual. Generalmente también ha predominado lo político sobre lo espiritual, el lenguaje de vanguardias, militantes, masas, sobre los mitos de la alteridad del mundo.
Es una tontería pensar que las cosas van a cambiar en el próximo futuro, pero quizá en algún momento pudiéramos reivindicar que los patrimonios culturales se convirtiesen en patrimonios comunes. Así como la Biblia recopiló mitos y narraciones de todos los pueblos y religiones con las que se encontró; así como el cristianismo acomodó a su lenguaje y liturgia todos los mitos y rituales de las religiones ancestrales o de la antigüedad clásica; así como los revolucionarios acomodaron a sus discursos los lenguajes religiosos, deberíamos revisar nuestra historia cultural para reparar en que es una. Llena de ruido y furia, llena de violencia y dolor. Pero una, tensa, plural. Una cultura que desenterrase los relatos perdidos, las voces olvidadas, los daños sufridos.
Mil y una historias comunes que podríamos contarnos unos a otros sin sentirnos portadores de la voz elegida.  No serán  comunes las creencias (o increencias) ni  los ritos ni las jerarquías, pero sí podrían serlo los relatos. Nadie debería convertirse en dueño de los relatos de los que venimos todos. Lessing escribió Nathan el Sabio como un relato más, pero en estos días se me ocurre que es también un relato de relatos sobre cómo leer las historias del otro.

miércoles, 13 de abril de 2011

La soledad de Robespierre

Me avergüenzan mucho mis oceánicas lagunas culturales. No porque se muestre mi incultura como el parvenu que es desenmascarado en una reunión de clase alta, no porque se descubran las entretelas de mi débil "capital cultural", no. Me avergüenza porque, para quienes nos dedicamos a esto, es una obligación conocer las grandes obras que nos han constituido porque los clásicos son la obra viva de la fábrica de lo humano, junto con las gestas de quienes cambiaron la historia con su sacrificio. Y este último término me lleva a una de mis lagunas, que por suerte me la ha señalado una invitación amable de gente inteligente a una tertulia sobre La muerte de Danton de Georg Büchner, un autor alemán del primer tercio del siglo XIX, que falleció en la más temprana juventud y que nos dejó dos maravillas. Una, a la que me refiero, y otra ,Woyzeck, a la que tendré que dedicar en algún momento un post y que recomiendo leer o ver en cualquiera de sus representaciones. La muerte de Danton es una obra sobre los últimos días de Danton, el revolucionario vividor y moderado sacrificado por Robespierre, el puro de la revolución. Danton representa la moderación, la negación al terror, y también el amor a la vida amable, al placer y a la lejanía del sufrimiento. La obra es compleja pero al final se reduce al debate entre dos modelos de sujetos en la historia. Como toda mi vida me he sentido (a lo mejor autoengañado) como una suerte de danton, demasiado moderado para los revolucionarios, demasiado revolucionario para los moderados, demasiado lleno de contradicciones, y por ello difícilmente comprendido (sobre todo por mí mismo), no me plantea problemas ponerme ahora en el lugar de Robespierre tal como lo representa Büchner.
Robespierre habla con el expeditivo y funcionarial Saint-Just a quien no le plantea problema diez o diez mil cabezas en el cesto de la guillotina. Pero Robespierre tiene que firmar la muerte de sus compañeros de revolución, quienes han ido con él hasta el momento en que las sendas se han separado:

"ROBESPIERRE (solo): Efectivamente, el Mesías sanguinario que sacrifica sin que lo sacrifiquen. Él los redimió con su sangre, yo los redimo con la suya propia. Él los hizo pecar y yo cargo con el pecado. A él le cupo el placer del sufrimiento; a mí me queda el tormento del verdugo.
¿Quién habrá sido más abnegado, él o yo... Aunque hay algo de locura con esta idea... ¿A qué estar siempre pendientes solo de lo mismo? Verdaderamente, al Hijo del Hombre lo crucifican en cada uno de nosotros; todos nos debatimos sudando sangre en el Huerto de los Olivos, pero nadie redime a nadie con sus heridas....(...) Todos me abandonan...Todo está desierto y vacío...Estoy solo"

En el lenguaje políticamente correcto de ahora nadie quiere ser Robespierre, pero todo aquél que goza (es un sarcasmo) del poder es un Robespierre. Y siempre termina en un debate como este breve soliloquio que no le impide firmar la sentencia de su antiguo camarada. Intento acercarme a Robespierre en mi infinita lejanía. Hay una religión (quizá) que tiene que ver con la víctima que se queja de que no hay justicia en este mundo, pero hay otra religión que no es sino el lamento de la soledad del Robespierre de turno que se queja de por qué no le quieren. Y sospecho que esta religión es practicada por muchos que no se reconocerían bajo advocaciones tradicionales. Me gustaría decir con la cabeza alta que todos somos Danton. Temo pensar que todos somos Robespierre.

miércoles, 6 de abril de 2011

Apocalipsis moderno



Hay grafitos y carteles que valen por un tratado de filosofía. Este cartel que convoca a una manifestación mañana en Antón Martín, lugar cargado de significados en Madrid, por su centralidad en los momentos de la transición, pues era donde estaba el despacho de abogados laboralistas que ametrallaron las brigadas negras en un enero terrible de los tiempos más vulnerables de nuestra historia, un cruce donde ahora se erige una enorme escultura abrazo de Genovés, que representó en su tiempo el abrazo de los familiares y amigos a los que salían un día amnistiados de la cárcel, una puerta al barrio más pluricultural de Madrid, una ciudad todavía, todavía, abierta, este cartel digo, cuenta una historia que vale por la Historia de una generación. No sé si atreverme a ir a la manifestación: ni soy joven, ni estoy falto de casa, ni de curro, ni de pensión, ni de futuro pero estoy sintiendo el peso de la culpa de haber criado a una generación a la que prometimos todo y ahora la entregamos a la desesperanza para calmar a los mercados. Como en la Edad Media, en Castilla, los pueblos aterrorizados entregaban a sus doncellas para calmar a las hordas amenazantes del sur. La letanía del cartel nos debería hacer pensar: empieza sin futuro y termina sin miedo. Es un grito que ahora no se oye todavía en el parlamento, a pocas cuadras de Antón Martín, pero puede que no tarde en taladrar los oídos de los leones de bronce.
Esa es la forma en la que vivimos el apocalipsis ahora. En la Edad Media esperaban el fin del mundo. Ahora lo llamamos "crisis". Frank Kermode, en un maravilloso libro que apenas se lee ya: El sentido del fin, cuenta cómo la modernidad vive el apocalipsis permanente bajo la categoría de crisis. La crisis en un imaginario bajo el que ordenamos el tiempo: un tiempo pasado, presente y futuro que se articula desde un pasado equivocado hacia un futuro que se ignora y teme. La crisis es el imaginario que permite todos los desmanes. Del mismo modo que en los tiempos del milenarismo la cercanía del fin del mundo permitió todo tipo de decisiones bajo la categoría de la desesperanza, el miedo a los mercados está sirviendo para destruir el poco tejido social que nos sostenía.
Sólo nos sostiene ya una frase que pronuncia una generación que no nos merecemos: "sin miedo"

domingo, 3 de abril de 2011

Caminos de la experiencia

De repente, la primavera. Unos breves días de sol permiten escaparse a la sierra (la Sierra de Béjar, en este caso) a recorrer caminos de bosque (la nieve no invita a subir más).  El agua que baja de los neveros convierte el paseo en puro rumor: gargantas, chorreras, arroyos, regatos, manantiales, escurrideras. Todo es agua. Y las flores primeras: narcisos, prímulas, violetas, espinos. Sólo hay que hacer el esfuerzo de caminar para sentir el placer de hacerlo. Te alejas un par de kilómetros de lo urbano y desaparece la multitud que inunda las calles del pueblo (Candelario, en este caso). Muy pocos se atreven a dejarse llevar por los caminos de herradura y por las sendas forestales que ascienden entre corrales de amiales ya perdidos y  majadas en ruinas hasta los pinares. Como si el sucedáneo de vida rural en el que se han convertido los pueblos turísticos fuese suficiente para sentir lo diferente de la ciudad, como si esos pueblos no fuesen ya otra cosa que imaginarios de la ciudad.
Somos los humanos animales de experiencia. Tenemos experiencias, a diferencia de otros mamíferos que tienen sensaciones. Nuestras experiencias son inmersiones en el entorno guiadas por, y productoras de, significados. Transformamos el alimento en cocina, el movimiento en viaje, la reproducción en sexualidad, los afectos en emociones, el territorio en paisaje. La experiencia es a la vez un comienzo y un resultado. Se tiene experiencia porque se busca tener experiencia. Se enriquecen las experiencias con el esfuerzo de la acción significativa, como cuando hacemos que nuestra hambre espere a la experiencia de cocinar con cuidado, con tiempo, con amor a lo bien hecho. La experiencia de la experiencia comienza pronto, apenas avanzada la niñez que se comienza a convertir en pubertad: el preadolescente se convierte en adicto a las experiencias. Experiencias rápidas, intensas al comienzo y faltas de matices, pero experiencias. Si tiene paciencia, si su mundo se ilumina con la riqueza que la realidad ofrece, aprenderá a tener experiencias mucho más densas y llenas de dimensiones, abiertas a estratos de lo real que no sospechaba que existieran, como esas sendas que al comienzo parecen ser impracticables y al cabo de unos minutos nos llevan a una milagrosa cascada que se abre entre las lanchas. Si no tiene paciencia, como el turista ocasional, su vida quedará encerrada en la comida rápida, el sexo mecánico, la lectura de bestsellers, el viaje en todoterreno y su mundo se confundirá con la consola. Si no tiene paciencia seguirá siendo adolescente hasta que se jubile, o quizás entonces lo seguirá siendo aún más.
De repente, la primavera: un don de la experiencia que sólo pide un poco de esfuerzo y paciencia.

domingo, 27 de marzo de 2011

Misterios del relato


A veces lo más popular resulta ser lo más exquisito, lo más bajo lo más alto, lo más tradicional lo más vanguardista, lo más emocional lo más intelectual. Así Misterios de Lisboa, de Raúl Ruiz, el chileno que se convirtió en mito de la nouvelle vague francesa, un relato que quiere recuperar el folletín, el culebrón, la serie popular de la televisión y lo hace con un lirismo de imágenes, tiempos, sonidos y atmósferas, en los que uno parece oler los húmedos parques nebulosos portugueses, como si hubiésemos sido transportados a otro tiempo.
Tiempo de cine. Un tiempo abstraído en el que estamos en el lugar de la imagen que discurre por la vida en lugar nuestro. Misterios de Lisboa es un relato largo accesible sólo a quienes creen que hay que hacer un esfuerzo  para lograr ciertas experiencias, a quienes son capaces de caminar para ver un paisaje: dura cuatro horas y media y hay que soportar los asientos de los cines, pero cuando acaba uno desea que continúe, sale a la calle pensando que la vida es sólo un descanso para continuar en la película, y sigue por horas preguntándose por el destino de aquellos personajes. Raúl Ruiz ha elegido el culebrón como forma de cine vanguardista y acierta porque cala hasta los estratos más profundos de nuestra mente narrativa, donde los tiempos han sido configurados como tiempos de historias que se encadenan unas a otras en una conversación infinita que nos habla de personajes que enseguida se han convertido en familiares, como si fuesen ya nuestros vecinos. Ha rodado Raúl Ruiz en portugués y en francés y se agradece infinitamente la musicalidad de esos idiomas, como se agradece el tiempo lento y la cámara que capta la ternura de la luz que llena los parques portugueses. Cuenta RR un mal chiste sobre Portugal: "los ordenadores tienen memoria, pero en Portugal tienen vagos recuerdos". Y eso es lo que hay en Misterios de Lisboa, basado en un novelón de Camilo Castelo Branco: un tiempo y un espacio al que uno es transportado para observar desde allí el paisaje del amor, de la traición, de la sensibilidad y la justicia, de las grandes palabras por las que vivimos como a través de la niebla del tiempo. Necesitamos volver al siglo XIX para entrever los misterios del XXI.
Que no esté en los cines mayoritarios, que no esté en los cines, habla más de nuestro mundo de la imagen que todos los discursos críticos sobre la imagen. Es el espejo oscuro de la industria espectacular de los tiempos que discurren. Cuando los dueños de las distribuidoras y cadenas de salas hayan desaparecido llevándose con ellos sus riquezas s Misterios de Lisboa en sus vagas nieblas seguirá ahí enriqueciéndonos.

lunes, 21 de marzo de 2011

Cartas desde la cárcel

De todas las metáforas barrocas, la que me llega más hondo es la del cuerpo-mundo como prisión del alma. Estar encarcelados en el cuerpo/mundo fue en los tiempos negros una promesa de libertad para cuando acabasen los cuerpos y los mundos. Sin embargo, para mí, la experiencia es la contraria: nunca fui tan libre sino en la prisión. No estuve en la prisión literal, claro, sólo en un internado oscuro de oscuros hábitos, sólo en una eterna mili en un ejército. Nada que cualquiera no haya pasado en mi generación. Y sin embargo nunca fui tan libre. En esos lugares y momentos cualquier acto se cargaba de significado. Cuanto menor fuera la libertad mayor fue la carga de significado. Frank Kermode, en su clásico libro sobre la teoría de la ficción, El sentido del fin, alude al relato de Christopher Burney, Solitary Confinement. Burney, un agente inglés en la Segunda Guerra Mundial, cuenta que en la prisión sostuvo su identidad imaginando con mucha disciplina otra tierra y otro tiempo. La disciplina de la imaginación le hizo libre en la situación de máxima pobreza. En los tiempos de privación cada acto tiene una importancia suprema. Todo cuenta. Para ello hemos sido dotados de la imaginación: no para escapar, sino para ser libres en la prisión. Que el mundo sea nuestra cárcel sólo puede darnos la medida de la necesidad de la imaginación para dar sentido a cada acto. En eso, y sólo en eso, consiste  el sentido de la realidad que nos concede la atención al mundo.

martes, 15 de marzo de 2011

La hipótesis del día tonto

Hay días tontos: uno se deja las llaves en casa, se equivoca de cita, se olvida de una reunión importante y llama, precisamente a esa persona, por el nombre equivocado, después pierde el tiempo que no tiene leyendo un libro que ya había leído y no le había aportado nada y termina, a causa de tanta ansiedad, cenando demasiado y durmiendo mal. Es como si todas tus zona erróneas se hubiesen hecho cargo de tu existencia y te llevasen de la oreja como al niño castigado. No sé si todo el mundo tiene días tontos, yo los tengo con más abundancia de la que quisiera. Desde pequeño siempre tuve una bien ganada fama de distraído, despistado, de estar en Babia y pensar en las musarañas. Podría refugiarme en que es un rasgo temperamental, algo que heredamos y que nos puede por más esfuerzos que hagamos, pero no, más bien creo que es un rasgo de carácter, de lo que uno se gana en su experiencia vital y por ello digno de pensar con algún cuidado
Hay gente que es poco distraída, que está a lo que está y no piensa sino en lo que está haciendo. Hay gente avisada y memoriosa que nunca olvida una cita ni el dato necesario. Hay gente admirable, la verdad. Pero la hipótesis del día tonto es que le ocurre a cualquiera, independientemente de su proclividad a ello. Me parece que su interés está en que en esos días se muestran las entretelas y las costuras del sujeto: se muestra frágil y hecho de una fábrica poco estable, como si la armonía entre las facultades se hubiese roto y cada una discurriese por su lado.
Nada ocurre en los alrededores, y sin embargo algo está ocurriendo en los adentros para que uno sea incapaz de hacerse cargo de las cosas. La primera hipótesis que se me ocurre es que uno se desordena: los miedos y las preocupaciones se esconden bajo la cama y sin saberlo tiran de las patas de nuestros pensamientos para que no se muevan adecuadamente. La segunda hipótesis, más interesante, es que el déficit de atención tiene menos que ver con las irrupciones de las preocupaciones pasadas o futuras que con una incapacidad para estar en lo real. Como si la realidad perdiese coloratura y uno estuviese allí de paso, sin enredarse con ella, como cuando esa persona que nos mira aparentemente con intensidad no puede ocultar que está pensando en otra cosa y no escucha lo que le estamos diciendo.
La hipótesis del día tonto es que nos falla la disponibilidad a lo real. Nos hemos vuelto ciegos a la riqueza del mundo y éste se nos escapa por las costuras y entretelas de nuestra alma.

jueves, 10 de marzo de 2011

La senda bajo los jacarandás

Los humanos son animales que pasean, sostiene Tim Ingold en su monografía Walking. Se reconocen las culturas por las aceras por las que pasean: paraísos sin aceras, cuando los automóviles eran la excepción; sendas de bosque, paseos de parque, ... Estos días habito el campus de la Universidad de Costa Rica en San José. Pequeños edificios funcionales bajo un bosque de altísimos árboles, entre los que no faltan los jacarandás, los árboles que identifican para mí todas las plazas y calles de Latinoamérica. Están en flor, ahora avanzada la época seca. Bajo los jacarandás, las aceras apenas si son sendas, muchas de cemento o ladrillos sembrados de fallas, bordeados de hierba. Álvaro me dice: esto es lo que pasa en los países subdesarrollados, no tenemos infraestructuras. Y miro alrededor a los miles de estudiantes, que comienzan las clases a las 7.30 (muchos continúan hasta las 10 de la noche), y veo los edificios humildes en su arquitectura pero en los que no faltan ni uno de los servicios de una universidad avanzada: bibliotecas por todas partes, llenas de alumnos aunque es el segundo día de curso, laboratorios, centros de arte. Por  las viejas aceras corren jóvenes y viejos; bajo los jacarandás, los alumnos de música ensayan sus instrumentos; un grupo atiende a una clase sentandos en el suelo; otros danzan y cantan capoeiras; un grupo lee poesías en español e inglés a un entusiasmado auditorio; las librerías y papelerías están llenas y hay colas para comprar los libros ahora que empieza el curso. No tienen infraestructuras. Tampoco tiene  ejército este país. Al llegar al aeropuerto no ves la ferretería que adorna a los policías de los países desarrollados,  de hecho no alcanzo a ver siquiera un policía. No hay infraestructuras. No como los lugares que conozco, donde cualquier poderoso quiere dejar constancia de su existencia erigiendo infraestructuras, contratando al mejor arquitecto para elevar edificios escultura, horadando los suelos en infinitos túneles, asolando las calles con infinitos caros pulidos granitos. No como los campus que conozco, llenos de bellos edificios y vacíos de árboles y de alumnos con entusiasmo. Y empiezo a creer que lo que nos faltan son superestructuras bajo las que cobijarnos, pasear, hablar, correr, estudiar, crear, soñar.
Sorprende en Siena la primera vez que uno mira el panel de Ambrogio Lorenzetti, El Buen Gobierno, lo que no se ve: no hay gobierno, solo gente feliz y trabajando. Hoy he recordado este panel paseando bajo los jacarandás y no viendo sino dignidad y sabio aprovechamiento de los limitados recursos. "Debajo de los adoquines está la playa" rezaba uno de los grafitis  del París sesentayocho. Debajo de las aceras de limpios granitos está la tierra en la que plantar jacarandás para sacar a pasear nuestros sueños.

jueves, 3 de marzo de 2011

Matar al hijo

A veces la memoria cura y a veces enferma. He trabajado este curso con los alumnos la Carta al Padre de Kafka, como un ejercicio de auto-hetero-conocimiento bajo condiciones de desolación. Estaba leyéndolo en clave freudiana, cuando hace unos días comencé a leer un libro que (me pasa demasiado a menudo) debería haber leído antes. Se trata de Versión corregida, de Péter Esterházy, el escritor húngaro, quien en los momentos finales de su novela Armonía Celestial, sobre su familia, perteneciente a la aristocracia del imperio austrohúngaro, acudió en el otoño de 1999 a los archivos de lo que fue el régimen comunista para documentarse sobre el final de la familia, incluido su padre, que había vivido, según su punto de vista, una especie de exilio interior resistente. El funcionario le entregó el expediente con cara de lástima, que no supo interpretar hasta que  lo abrió y descubrió que su padre no sólo había sido largos años informante de la policía política sino que había elaborado informes detallados sobre su hijo. Esterházy se derrumbó, no pensó en el padre sino en sí mismo, en si merecía la pena algo de lo que le rodeaba, incluyendo su propio trabajo.
Llevo aún leídas pocas páginas de la obra pero no puedo dejar de pensar en Kafka  ( por cierto, la persona que ayuda a Esterházy a obtener el expediente es nombrado como K. Nada es casual): ¿qué nos ocurre cuando descubrimos que quien debería protegernos nos dejó en medio del desierto? En nada consuela pensar que eso les ocurre a otra gente, que pertenece a tiempos y lugares de desapacibles dictaduras, que los demás estamos resguardados por nuestros padres. Tal vez. Pero hoy, que conocemos las cifras de paro, que sabemos ya cómo la crisis española tiene sus propias peculiaridades que nacen de una generación de nuevos ricos (todos somos nuevos ricos) que especuló con créditos, ladrillos, posiciones de privilegio contra otra generación que sabíamos que estaba quedando al pairo, que no tendría para sostenerse, y que no nos importaba porque era más importante el asegurarse el propio futuro a costa del futuro de todos los demás incluido el de nuestros hijos, he recordado a Esterházy, y he pensado en la generación de mis hijos el día que vayan a estudiar las causas de su desamparo y descubran que fuimos nosotros  esa causa. Los mismos hijos que hoy no quieren o no pueden irse de casa un día descubrirán por qué. Quizá deban leer a Esterházy.