En "Animal Crakers" (El conflicto de los Marx) dice Groucho a Chico, que representa el papel de Enmanuel Ravelli: "Usted me recuerda a Enmanuel Ravelli", "¡pero es que yo soy Enmanuel Ravelli!" -responde Chico- , "bueno, entonces no es extraño que se parezca a él". Gary Grant (Archibald Leach) dijo una vez en una entrevista: "todo el mundo quiere ser Gary Grant, incluso yo querría ser Gary Grant".
Tomo estas anécdotas del divertido libro de Wendy Doniger, The Woman Who Pretended to be Who She was: Myths of the Self-imitation", Oxford University Press, 2005 (La mujer que fingió ser quien era: mitos de la autoimitación). Trata del tópico de "pasar por uno mismo" en la literatura y el cine: la autocita es un chiste divertido en cine y en publicidad, en la literatura fue un tema unido a conflictos de pareja: juegos de adulterio con la propia esposa, etc. Un tema de muy larga tradición en la literatura, y muy socorrido en el teatro moderno (Shakespeare, Un cuento de invierno, donde una estatua finge ser la misma esposa del celoso rey; Las bizarrías de Belisa, de Lope; en fin, el tema da para una interesante lista de referencias: si alguien recuerda alguna, y la comparte, gracias).
Lo que me interesa de este tema no es tanto el ocasional uso como argumento ingenioso sino todo lo contrario: lo central que es en la configuración de nuestra personalidad. En la entrada anterior hablaba de los estados de ignorancia acerca de las propias cualidades y estados, pero ahora querría equilibrar la balanza con lo opuesto: cuántas veces nos esforzamos por parecernos a nosotros mismos.
"Hacerse un personaje" es una de las trayectorias vitales que uno aprende en la adolescencia y que termina siendo uno de los hábitos más o menos conscientes: amoldar la propia conducta al retrato interno que uno se hace de sí, como si el verdadero yo fuese esa figura escondida que uno cree ser y que interpreta con el esfuerzo de un actor entregado.
Ser lo que uno cree que es. Una paradoja de la identidad que constituye uno de los rasgos sorprendentes de la subjetividad.
Ocurre en la vida como en el cine, que a veces se sobreactúa. Es divertido ver a algunas personas esforzándose en imitarse a sí mismas, como si de esta manera diesen más realismo a su papel; cuando lo que consiguen, y ahí está la gracia, es mostrar una caricatura de sí mismos y dejar ver las entretelas de su imaginario.
En ámbitos de la vida en los que la "actuación", en el sentido agonístico y teatral, es la norma, por ejemplo en círculos de actores o académicos, en contextos de seducción, etc, es decir, en situaciones donde la apariencia es lo que cuenta, la imitación de sí es la manera de presentarse en sociedad. Curioso.
Algunos aún creen en la autenticidad de las personas: que tengan buena actuación, "¡mucha mierda!", como se dice en teatro.
Reflexiones en las fronteras de la cultura y la ciencia, la filosofía y la literatura, la melancolía y la esperanza
domingo, 30 de agosto de 2009
miércoles, 26 de agosto de 2009
La virtud de la ignorancia
Al comienzo de El nacimiento de la tragedia se pregunta Nietzsche si acaso los griegos fueron pesimistas cuando eran fuertes y creativos y comenzaron a ser optimistas cuando entraron en una etapa de decadencia civilizatoria. Señala nuestro querido pesimista que hay una forma de pesimismo que denota sobreabundancia vital, y gusto por la represntación del mal, y una forma débil de optimismo que nace de la incapacidad para aceptar la situación presente. Hay una frase en la novela Nieve de Pamuk que me hizo recordar a Nietzsche: "cuando uno es feliz, no sabe que es feliz". Hay ciertos estados que parecen exigir la ignorancia. La felicidad es uno de ellos: no hay síntoma más claro de autoengaño que frases como "¡qué bien lo estamos pasando!, que uno suele oir en situaciones en las que se observa un denodado e impotente esfuerzo por ser feliz. "Me preguntaba qué sería ser feliz, y no me daba cuenta que la felicidad era precisamente lo que me estaba ocurriendo entonces". La memoria nos informa detalladamente mediante la nostalgia de estados de felicidad en los que no reparábamos. La ignorancia protegía nuestra felicidad.
Otros estados que exigen ignorancia:
Cuando uno hace el bien no sabe que hace el bien: el hipócrita es aquél que se esfuerza en presentar sus acciones como virtuosas, cuando no son otra cosa que medios para ser admirado, reconocido, etc. Meras ilusiones de moralidad. No hay sociedades más hipócritas que las puritanas, siempre empeñadas en aparecer como virtuosas.
Cuando uno ama no sabe que está amando: el amor, paradójicamente, sólo existe como inconsciencia. Algo muy parecido a la felicidad: no hay frase más peligrosa que "te amo".
Y sin embargo los daños, dolores, equivocaciones y desengaños son los territorios del conocimiento explícito: el dolor es, a diferencia de la felicidad, la conciencia del dolor, lo mismo ocurre con la mayoría de los estados negativos.
Me pregunto si no consistía en este valor de la ignorancia la sabiduría de los griegos cuando cultivaron la tragedia como forma de religión civil: su voluntad de saber como voluntad de un pueblo feliz que se pregunta por sus zonas erróneas.
Otros estados que exigen ignorancia:
Cuando uno hace el bien no sabe que hace el bien: el hipócrita es aquél que se esfuerza en presentar sus acciones como virtuosas, cuando no son otra cosa que medios para ser admirado, reconocido, etc. Meras ilusiones de moralidad. No hay sociedades más hipócritas que las puritanas, siempre empeñadas en aparecer como virtuosas.
Cuando uno ama no sabe que está amando: el amor, paradójicamente, sólo existe como inconsciencia. Algo muy parecido a la felicidad: no hay frase más peligrosa que "te amo".
Y sin embargo los daños, dolores, equivocaciones y desengaños son los territorios del conocimiento explícito: el dolor es, a diferencia de la felicidad, la conciencia del dolor, lo mismo ocurre con la mayoría de los estados negativos.
Me pregunto si no consistía en este valor de la ignorancia la sabiduría de los griegos cuando cultivaron la tragedia como forma de religión civil: su voluntad de saber como voluntad de un pueblo feliz que se pregunta por sus zonas erróneas.
miércoles, 5 de agosto de 2009
El descanso del pacífico
Este mes de agosto el blog cerrará por vacaciones: a todos l@s lector@s, para mí íntimos amigos, os deseo que disfrutéis del amor y del descanso, si podéis, de la vida si no y que seáis todo lo felices que pueden permitirnos tres semanas.
lunes, 3 de agosto de 2009
El sueño del escorpión
Varones conversando, ¿de qué hablan?, ¿cuáles son sus sueños, sus proyectos de vida, ...? Oficiales de Auschwitz en plática plácida:

Klaus Theweleit se planteó esta pregunta muchas veces. Hijo de un padre fascista que le golpeaba "lo habitual" y acabó alcohólico al compás de la caída de sus dioses, se planteó muchas veces esta pregunta. Dedicó largos años a responderla y comenzó a examinar con un cuidado asombroso los orígenes del fascismo en los momentos en que comenzó a configurarse en Alemania: los Freikorps que constituyeron una especie de escuadrones de la muerte que acabaron con la revolución proletaria alemana en los años veinte.
Klaus Theweleit se hizo la misma pregunta que tantos otros: E. From, Hanna Arendt,..., y nosotros mismos: ¿dónde y cómo se forma el autoritarismo?
Escribió dos libros en alemán en 1977 que fueron traducidos al inglés en 1985: Male fantasies:
Fantasias masculinas: Mujeres, mareas, cuerpos, historia (I); Fantasías masculinas: psicoanálisis del terror blanco (II). Es una increíble recolección de diarios, citas, postales, textos e imágenes de la iconografía y el imaginario de aquellos cientos de miles que formaron poco más tarde la columna vertebral del nazismo: las SA y SS.
Theweleit rechaza las interpretaciones habituales marxistas, (meros instrumentos de la clase dominante), psicoanalíticas (homosexualidad reprimida) etc. Cree que sus textos e imágenes relatan lo que realmente querían ser: diques contra las mareas rojas. Sus misoginias, sus ideales,... Estremece leer estos dos largos y necesarios libros que esperemos que algún día sean traducidos. Antes de que muera su autor.
Quien por suerte sí ha sido traducido es quien más lo ha dado a conocer: Jonathan Littell, un americano que vive en Barcelona y escribe en francés y ha publicado una especie de continuación del libro de Theweleit dedicado a la imaginería del fascista belga que se convirtió en oficial de las SS León Degrelle y vivió plácidamente su vida en Málaga: Lo seco y lo húmedo
Lo seco es lo varonil, lo firme. Lo húmedo es lo femenino, los rojos, los judíos, los cadáveres descompuestos de los soldados en el barro de Rusia. Lo seco es el dique de la civilización contra la marea bárbara.
El libro está en RBA, muy accesible y fascinante. Littell dedicó años a documentarse sobre Degrelle, para escribir una novela: Las benévolas, que ganó el Goncourt del 2006. Es la historia de un nazi en primera persona.

Es la respuesta a la pregunta de tantos y tantas: cómo nace un nazi. El personaje comienza como un colaborador que se doctora en derecho y se convierte en parte del genocidio. El libro no es fácil de ser leído. Quienes conocen la literatura desde las víctimas: Primo Levi, etc. conocen una parte, la que les tocó vivir como víctimas. Littell desarrolla sin compasión un relato de lo que ocurría en Ucrania y Rusia en la retaguardia. El relato es el relato del testigo-actor. Nada fácil de leer ni de soportar. Pero absolutamente necesario.
Cuando se habla de estos temas, siempre hay una respuesta generacional de hartazgo, de respuesta con los casos palestinos, etc. Correcto. No me quejo: pero quizá la mente del escorpión sea igual en todos los casos. Judith Butler, en Frames of War, "marcos de guerra" sostiene cómo la violencia ya se ha introducido en todos nuestros discursos y comportamientos. No es tanto que haya un peligro de vuelta del nazismo, sino una realidad de que aquél imaginario nunca se fue.
¿Cómo un doctor en derecho se convierte en oficial de la seguridad de las SS encargado de la limpieza? No hay ni un segundo de autoengaño en la autobiografía. No hay máscaras de otra cosa que actúe por detrás. Es lo que realmente preocupa y asusta: la permanencia y claridad del autoritarismo.
Imprescindibles.

Klaus Theweleit se planteó esta pregunta muchas veces. Hijo de un padre fascista que le golpeaba "lo habitual" y acabó alcohólico al compás de la caída de sus dioses, se planteó muchas veces esta pregunta. Dedicó largos años a responderla y comenzó a examinar con un cuidado asombroso los orígenes del fascismo en los momentos en que comenzó a configurarse en Alemania: los Freikorps que constituyeron una especie de escuadrones de la muerte que acabaron con la revolución proletaria alemana en los años veinte.
Klaus Theweleit se hizo la misma pregunta que tantos otros: E. From, Hanna Arendt,..., y nosotros mismos: ¿dónde y cómo se forma el autoritarismo?
Escribió dos libros en alemán en 1977 que fueron traducidos al inglés en 1985: Male fantasies:
Fantasias masculinas: Mujeres, mareas, cuerpos, historia (I); Fantasías masculinas: psicoanálisis del terror blanco (II). Es una increíble recolección de diarios, citas, postales, textos e imágenes de la iconografía y el imaginario de aquellos cientos de miles que formaron poco más tarde la columna vertebral del nazismo: las SA y SS.
Theweleit rechaza las interpretaciones habituales marxistas, (meros instrumentos de la clase dominante), psicoanalíticas (homosexualidad reprimida) etc. Cree que sus textos e imágenes relatan lo que realmente querían ser: diques contra las mareas rojas. Sus misoginias, sus ideales,... Estremece leer estos dos largos y necesarios libros que esperemos que algún día sean traducidos. Antes de que muera su autor.
Quien por suerte sí ha sido traducido es quien más lo ha dado a conocer: Jonathan Littell, un americano que vive en Barcelona y escribe en francés y ha publicado una especie de continuación del libro de Theweleit dedicado a la imaginería del fascista belga que se convirtió en oficial de las SS León Degrelle y vivió plácidamente su vida en Málaga: Lo seco y lo húmedo
Lo seco es lo varonil, lo firme. Lo húmedo es lo femenino, los rojos, los judíos, los cadáveres descompuestos de los soldados en el barro de Rusia. Lo seco es el dique de la civilización contra la marea bárbara.
El libro está en RBA, muy accesible y fascinante. Littell dedicó años a documentarse sobre Degrelle, para escribir una novela: Las benévolas, que ganó el Goncourt del 2006. Es la historia de un nazi en primera persona.
Es la respuesta a la pregunta de tantos y tantas: cómo nace un nazi. El personaje comienza como un colaborador que se doctora en derecho y se convierte en parte del genocidio. El libro no es fácil de ser leído. Quienes conocen la literatura desde las víctimas: Primo Levi, etc. conocen una parte, la que les tocó vivir como víctimas. Littell desarrolla sin compasión un relato de lo que ocurría en Ucrania y Rusia en la retaguardia. El relato es el relato del testigo-actor. Nada fácil de leer ni de soportar. Pero absolutamente necesario.
Cuando se habla de estos temas, siempre hay una respuesta generacional de hartazgo, de respuesta con los casos palestinos, etc. Correcto. No me quejo: pero quizá la mente del escorpión sea igual en todos los casos. Judith Butler, en Frames of War, "marcos de guerra" sostiene cómo la violencia ya se ha introducido en todos nuestros discursos y comportamientos. No es tanto que haya un peligro de vuelta del nazismo, sino una realidad de que aquél imaginario nunca se fue.
¿Cómo un doctor en derecho se convierte en oficial de la seguridad de las SS encargado de la limpieza? No hay ni un segundo de autoengaño en la autobiografía. No hay máscaras de otra cosa que actúe por detrás. Es lo que realmente preocupa y asusta: la permanencia y claridad del autoritarismo.
Imprescindibles.
miércoles, 29 de julio de 2009
Lo que nos hace humanos
HAR1, FOXP2, AMY1, ASPM, LCT,HAR2. Estas extrañas siglas parecen ser las responsables de la diferencia genética que tenemos con Pan troglodites, los chimpancés, los seres vivos vivos con mayor proximidad evolutiva a Homo sapiens sapiens. Esto es lo que sostiene la investigadora californiana Kahterine S. Pollard en Investigación y ciencia (julio, en la versión española)

Unas pocas, muy pocas, zonas del genoma que codificarían el desarrollo de la corteza cerebral (HAR1), la formación de sonidos vocálicos y consonánticos (FXP2), la digestión del almidón (AMY1), el tamaño del cerebro (ASPM), la digestión de la lactosa (LCT) y el desarrollo de la muñeca y el pulgar (HAR2). Es fascinante que se esté llegando a estos niveles de precisión en el mapa genético.
¿Es ésto lo que nos hace humanos? He buscado imágenes para ilustrar la entrada y me asombra la falta de creatividad y originalidad cuando se tocan estos temas. Muy interesante. La falta de imágenes hace sospechar que siguen siendo temas sometidos a formas indirectas de discurso: ironía, tensión ideológica, etc. Lo que indica que nos movemos en aguas pantanosas.
No tengo ninguna duda de que esos genes están involucrados de manera determinante en la evolución biológica. Salvo que nuestra especie es una especie cultural (lo mismo que los chimpancés, pero nuestras diferencias biológicas permiten unas formas de cultura particularmente distintas, donde la convención, la norma y el diseño son la regla).
Ahora bien, el artículo me ha llevado a releer Precarious Life, uno de los últimos libros de la feminista Judith Butler, quien ha ido derivando desde temas centrados principalmente en el debate feminista hacia temas de antropología y especialmente hacia una filosofía anti-violencia radical.
Su tesis merece ser pensada con silencio y tranquilidad: lo que nos hace humanos, sostiene, es el duelo. Los humanos nos dolemos de las pérdidas. Podemos pensar, hablar, crear, guerrear, ..., pero al final nos dolemos intensamente de las pérdidas. El duelo, más que el pensamiento, nos hace conocer la vulnerabilidad de nuestros cuerpos y la dependencia de otros que tienen nuestras vidas. Se puede reaccionar ante la vulnerabilidad con violencia (es lo que ella señala respecto al giro violento de la política de su país después del 11S), pero no se puede dejar a un lado el descubrimiento de que todos, incluso las grandes potencias, son/somos vulnerables y perdemos a los nuestros, y dependemos de ellos.
Al representar a los humanos, sostiene Butler, siempre se seleccionan rasgos prototípicos, rasgos "normalizados" por la convención, por el poder, que establecen lo que nos hace humanos, y que hacen que muchos que no los tienen no lleguen a ser reconocidos como humanos (obsérvense en las representaciones de la evolución las no-representaciones. Es un ejercicio necesario de distancia). Por eso no tiene demasiado interés insistir en la parte teórica y representacional de lo que nos hace humanos: sólo sentirlo. No es lo conceptual, sino lo emocional lo que nos hace humanos. Sentir duelo por los perdidos, por quienes ya no formarán parte de nosotros y sentir que esa misma falta nos transformará irreversiblemente en otra persona distinta a la que fuimos.
Lo que nos hace humanos, pues, además de unos cuantos genes, son nuestras pérdidas y cómo nuestras emociones nos hablan de ellas. El estado de duelo es el estado humano. La violencia, la venganza, uno de sus productos. Freud señaló en El trabajo del duelo otras formas más de salida: la sustitución del objeto de la pérdida, la transformación creativa en otra persona con otras dependencias. Aspirar a la independencia y a la autonomía sin restricciones, sostiene Butler, puede esconder una forma de violencia. Sabernos dependientes puede reconciliarnos con lo que nos hace humanos.
Otro día hablaré del deseo.

Unas pocas, muy pocas, zonas del genoma que codificarían el desarrollo de la corteza cerebral (HAR1), la formación de sonidos vocálicos y consonánticos (FXP2), la digestión del almidón (AMY1), el tamaño del cerebro (ASPM), la digestión de la lactosa (LCT) y el desarrollo de la muñeca y el pulgar (HAR2). Es fascinante que se esté llegando a estos niveles de precisión en el mapa genético.
¿Es ésto lo que nos hace humanos? He buscado imágenes para ilustrar la entrada y me asombra la falta de creatividad y originalidad cuando se tocan estos temas. Muy interesante. La falta de imágenes hace sospechar que siguen siendo temas sometidos a formas indirectas de discurso: ironía, tensión ideológica, etc. Lo que indica que nos movemos en aguas pantanosas.
No tengo ninguna duda de que esos genes están involucrados de manera determinante en la evolución biológica. Salvo que nuestra especie es una especie cultural (lo mismo que los chimpancés, pero nuestras diferencias biológicas permiten unas formas de cultura particularmente distintas, donde la convención, la norma y el diseño son la regla).
Ahora bien, el artículo me ha llevado a releer Precarious Life, uno de los últimos libros de la feminista Judith Butler, quien ha ido derivando desde temas centrados principalmente en el debate feminista hacia temas de antropología y especialmente hacia una filosofía anti-violencia radical.
Su tesis merece ser pensada con silencio y tranquilidad: lo que nos hace humanos, sostiene, es el duelo. Los humanos nos dolemos de las pérdidas. Podemos pensar, hablar, crear, guerrear, ..., pero al final nos dolemos intensamente de las pérdidas. El duelo, más que el pensamiento, nos hace conocer la vulnerabilidad de nuestros cuerpos y la dependencia de otros que tienen nuestras vidas. Se puede reaccionar ante la vulnerabilidad con violencia (es lo que ella señala respecto al giro violento de la política de su país después del 11S), pero no se puede dejar a un lado el descubrimiento de que todos, incluso las grandes potencias, son/somos vulnerables y perdemos a los nuestros, y dependemos de ellos.
Al representar a los humanos, sostiene Butler, siempre se seleccionan rasgos prototípicos, rasgos "normalizados" por la convención, por el poder, que establecen lo que nos hace humanos, y que hacen que muchos que no los tienen no lleguen a ser reconocidos como humanos (obsérvense en las representaciones de la evolución las no-representaciones. Es un ejercicio necesario de distancia). Por eso no tiene demasiado interés insistir en la parte teórica y representacional de lo que nos hace humanos: sólo sentirlo. No es lo conceptual, sino lo emocional lo que nos hace humanos. Sentir duelo por los perdidos, por quienes ya no formarán parte de nosotros y sentir que esa misma falta nos transformará irreversiblemente en otra persona distinta a la que fuimos.
Lo que nos hace humanos, pues, además de unos cuantos genes, son nuestras pérdidas y cómo nuestras emociones nos hablan de ellas. El estado de duelo es el estado humano. La violencia, la venganza, uno de sus productos. Freud señaló en El trabajo del duelo otras formas más de salida: la sustitución del objeto de la pérdida, la transformación creativa en otra persona con otras dependencias. Aspirar a la independencia y a la autonomía sin restricciones, sostiene Butler, puede esconder una forma de violencia. Sabernos dependientes puede reconciliarnos con lo que nos hace humanos.
Otro día hablaré del deseo.
sábado, 25 de julio de 2009
Lo visible y lo invisible

"¿ Qué es lo que tenían en común autores que han determinado nuestra visión estética como Platón, Aristóteles, Kant, Schelling, Hegel, Schopenhauer e incluso Heidegger?: que apenas sabían nada de pintura". Te sacude un escalofrío al leer este contundente juicio con el comienza Michel Henry su libro Ver lo invisible. Acerca de Kandinsky. Henry es un fenomenólogo ortodoxo, seguidor de Husserl y Merleau Ponty, reivindicador radical de la subjetividad, con una radicalidad que, por ello, no elimina sino que subraya el dominio de la objetividad. Lo subjetivo es lo interior, el ámbito de la vida que se expresa y cumple.
La pintura -- explica Henry a Kandinsky-- es la epifanía de lo invisible: de un contenido interior que se une indisolublemente con la forma, no la forma visible que proviene de objetos, no la abstracción como "abstracción-de" rasgos objetivos sino como producción de un abstraerse del mundo y el objeto, forma necesaria que nace de un interior de la vida en su devenir. Wassili Kandinsky sostiene que la obra de arte es fruto de una suerte de necesidad interior, de un "no puede ser de otra forma". Su revolución sería precisamente la postulación de esta necesidad estética que no nace de la representación sino de la presentación. Toda pintura es pintura de lo invisible, incluso la pintura "realista".
Cuando se contempla una obra maestra no puede uno sustraerse a este sentimiento de necesidad. Hace unos días se rebelaban mis entrañas ante las chocherías de H. Bloom en su best-seller, El canon occidental contra lo que llama la "escuela del resentimiento", o sea, toda la crítica contemporánea que no sea él mismo. Pero tiene cierta razón en el abandono por parte de tanta crítica del contenido normativo que se impone cuando nos encontramos ante las obras de arte. Demasiado Walter Benjamin, demasiado Foucault sin asimilar, demasiado ardor guerrero, demasiado poco amor por la pintura. O simple desconocimiento.Algunos críticos parecen sexólogos vírgenes. Hay incluso una editorial especializada en lo "post" como estrategia comercial. Me sublevan dos recientes ensayos, uno sobre "afterpop", otro sobre "postpoesía" como horizontes de contemporaneidad, sumisión a un presunto destino de obsolescencia de todo arte, que vendría incluido en el paquete de la era de la reproducción técnica. Vaya. Buena operación comercial.
Mientras escribo esto escucho por RNE2 el Requiem de Britten, la gran obra antiviolencia del siglo más violento de la historia. No puedo evitar un sentimiento de necesidad, de obediencia a la forma. Será que estoy obsoleto.
martes, 21 de julio de 2009
Teoría del túnel
Las lecturas relajadas del verano me regalan la obra crítica de Julio Cortázar, y en particular La teoría del túnel, un conjunto de notas sobre el estilo literario que escribió en 1947, a la vez que redactaba El Bestiario. Me sorprende en medio de una meditación sobre el libro, de la que da constancia la entrada de la semana anterior: ¿es el libro una entidad permanente o, en manos de la evolución de la técnica, será un objeto históricamente pasajero como el arado romano? Cortázar lo plantea en términos estéticos y no tecnológicos. Sostiene que cada generación de escritores se plantea una labor destructiva contra el libro, al que considera un objeto obsoleto y acomodaticio. Sin embargo, sostiene Cortázar, la labor de zapa termina siendo la tarea de un túnel: destruir para construir.
Todos los veranos se me alegra el corazón en el breve contacto con la vanguardia poética. Jóvenes que plantean ya su vocación literaria como una búsqueda de nuevas formas expresivas que destruyan el esteticismo conformista de la generación al mando. Observo con fruición su corrosivo sarcasmo contra los monterosabinasmolinas y demás aristocracias de los salones de la buena conciencia, y las palabras de Cortázar me iluminan sobre la renovación del discurso literario.
El esteticismo es la conformidad a los recursos de estilo que funcionan, la sumisión de una voluntad de ser a una voluntad de ser leído. El esteticismo es una pátina que notamos generacionalmente, cuando los recursos de otro tiempo ya quedan como signos de identidad que no pueden ser sino leídos en su contexto pero no repetidos.
Señala Cortázar varias líneas de tensión que recorren la literatura: la primera, la línea que va desde lo narrativo a lo psicológico. Es el gran descubrimiento de la novela: la conciencia del personaje, el punto de vista. No tiene Don Alonso psicología, sus estados mentales hay que inferirlos de sus bizarras acciones. La novela irá descubriendo la psicología hasta el culmen del XIX y sus asombrosos epígonos, James y Proust. La ruptura contra la psicología al modo decimonónico será la marca de las vanguardias: Joyce, etc. (curioso, Cortázar no cita a Faulkner, que devendría en el gran padre del "boom"). La segunda línea de tensión es la que va desde lo enunciativo a lo poético: el representar las cosas frente a transformarlas, que al fin y al cabo es lo que hace la metáfora poética, cambia nuestro modo de ver. La invasión de lo poético en la novela ha sido progresiva, persistente e irreversible. Por ejemplo: La muerte de Virgilio, de Broch, un hermoso poema en prosa donde ya no importa la acción.
Yo quizá habría añadido la tensión entre el realismo (contar cómo son las cosas) e idealismo (contar cómo tendrían que ser), que aparece a veces como exposición de tesis sobre el mundo, pero que de hecho es una tensión que recorre toda la historia de la novela en un vaivén continuo entre las dos tendencias. Cortázar trata la tensión entre las ideas abstractas y las situaciones concretas, pero no es lo mismo. La novela bizantina es la peripecia de una pareja que obtendrá lo que su pureza de espíritu merece. La novela moderna será la de seres fracasados que acabarán en el basurero de la historia sin importar sus impulsos de ser, en una sociedad que todo lo corrompe.
La tensión esencial es, al final, sostiene Cortázar, entre la pureza del lenguaje literario y el ornamento del estilo. La opción propia, lo que constituyó su voluntad literaria, que se desenvolvería en su inolvidable obra, fue un compromiso con una forma de humanismo mágico y heroico.
En cualquier caso, lo que queda sigue siendo el libro: un fragmento de discurso que ha quedado congelado en la escritura; una parte de la conversación de la humanidad que se preserva en un círculo de memoria que permite la inscripción del discurso en un medio material: en el barro, en pergamino, en papel, en dígitos,..., poco importa el formato.
El libro es el modo en el que podemos asimilar la memoria de lo dicho. Un objeto perfecto: más grande, sería el objeto imaginario imposible que soñó la Ilustración como su contribución a la historia, La Enciclopedia; más pequeño, sería como la hoja del ciego que canta por los pueblos, hoja que lleva el viento de la historia y que no será preservado si no es como memoria oral, copla, cuento, chiste o canto que se transforma de boca en boca.
Jóvenes poetas, viejos topos que construyen las nuevas formas de libro. Los filósofos musulmanes de Andalucía crearon la teoría de los dos libros: el libro divino, en el que está escrito nuestro mundo simbólico, y el libro de la naturaleza, donde está escrito nuestro destino.

Ahí seguimos. Mirando por el agujero del túnel de las palabras, como Julio.
Todos los veranos se me alegra el corazón en el breve contacto con la vanguardia poética. Jóvenes que plantean ya su vocación literaria como una búsqueda de nuevas formas expresivas que destruyan el esteticismo conformista de la generación al mando. Observo con fruición su corrosivo sarcasmo contra los monterosabinasmolinas y demás aristocracias de los salones de la buena conciencia, y las palabras de Cortázar me iluminan sobre la renovación del discurso literario.
El esteticismo es la conformidad a los recursos de estilo que funcionan, la sumisión de una voluntad de ser a una voluntad de ser leído. El esteticismo es una pátina que notamos generacionalmente, cuando los recursos de otro tiempo ya quedan como signos de identidad que no pueden ser sino leídos en su contexto pero no repetidos.
Señala Cortázar varias líneas de tensión que recorren la literatura: la primera, la línea que va desde lo narrativo a lo psicológico. Es el gran descubrimiento de la novela: la conciencia del personaje, el punto de vista. No tiene Don Alonso psicología, sus estados mentales hay que inferirlos de sus bizarras acciones. La novela irá descubriendo la psicología hasta el culmen del XIX y sus asombrosos epígonos, James y Proust. La ruptura contra la psicología al modo decimonónico será la marca de las vanguardias: Joyce, etc. (curioso, Cortázar no cita a Faulkner, que devendría en el gran padre del "boom"). La segunda línea de tensión es la que va desde lo enunciativo a lo poético: el representar las cosas frente a transformarlas, que al fin y al cabo es lo que hace la metáfora poética, cambia nuestro modo de ver. La invasión de lo poético en la novela ha sido progresiva, persistente e irreversible. Por ejemplo: La muerte de Virgilio, de Broch, un hermoso poema en prosa donde ya no importa la acción.
Yo quizá habría añadido la tensión entre el realismo (contar cómo son las cosas) e idealismo (contar cómo tendrían que ser), que aparece a veces como exposición de tesis sobre el mundo, pero que de hecho es una tensión que recorre toda la historia de la novela en un vaivén continuo entre las dos tendencias. Cortázar trata la tensión entre las ideas abstractas y las situaciones concretas, pero no es lo mismo. La novela bizantina es la peripecia de una pareja que obtendrá lo que su pureza de espíritu merece. La novela moderna será la de seres fracasados que acabarán en el basurero de la historia sin importar sus impulsos de ser, en una sociedad que todo lo corrompe.
La tensión esencial es, al final, sostiene Cortázar, entre la pureza del lenguaje literario y el ornamento del estilo. La opción propia, lo que constituyó su voluntad literaria, que se desenvolvería en su inolvidable obra, fue un compromiso con una forma de humanismo mágico y heroico.
En cualquier caso, lo que queda sigue siendo el libro: un fragmento de discurso que ha quedado congelado en la escritura; una parte de la conversación de la humanidad que se preserva en un círculo de memoria que permite la inscripción del discurso en un medio material: en el barro, en pergamino, en papel, en dígitos,..., poco importa el formato.
El libro es el modo en el que podemos asimilar la memoria de lo dicho. Un objeto perfecto: más grande, sería el objeto imaginario imposible que soñó la Ilustración como su contribución a la historia, La Enciclopedia; más pequeño, sería como la hoja del ciego que canta por los pueblos, hoja que lleva el viento de la historia y que no será preservado si no es como memoria oral, copla, cuento, chiste o canto que se transforma de boca en boca.
Jóvenes poetas, viejos topos que construyen las nuevas formas de libro. Los filósofos musulmanes de Andalucía crearon la teoría de los dos libros: el libro divino, en el que está escrito nuestro mundo simbólico, y el libro de la naturaleza, donde está escrito nuestro destino.

Ahí seguimos. Mirando por el agujero del túnel de las palabras, como Julio.
jueves, 16 de julio de 2009
Leer y escribir
Circunstancias desparejas me han llevado a sendas amables y agradables controversias sobre el futuro del libro en la era digital con mi amigo Antonio León y con Nicole Etxevers (entusiasta de las nuevas tecnologías, que se encarga en la editorial Herder del futuro libro digital y es gestora del Observatorio para la Cibersociedad). En ambos casos me observo a mí mismo defendiendo el libro con una pasión que me sorprende, dado que tantas veces me han calificado de tecno-romántico. Pero sí, discuto sobre el e-book, el libro electrónico y, aunque estoy convencido de que tendrá un éxito enorme cuando se den dos condiciones:
1. Que mejoren los aparatos de lectura y se vuelvan más acogedores (no sé cuál será su tamaño y peso, la evolución dirá)
2. Cuando los libros sean fácilmente accesibles: en librerías on-line, o no on-line (sospecho que una sección futura de las librerías será la de los libros electrónicos, que serán descargados desde un mostrador)
tengo la convicción de que el libro es un artefacto insustituible. Mi argumento es que el libro es un objeto casi perfecto, como el botijo: han sido siglos de coevolución entre editores y lectores los que han ido dando a los libros el tamaño, la textura, el peso y el olor que hacen de él un objeto tan deseable.
Como Borges, las bibliotecas son para mí lugares sagrados: cuando entro en una biblioteca dejo al lado las preocupaciones que tuviera a la entrada. La exploro, la curioseo, la disfruto. No me importa lo grande o especializada que sea. Una biblioteca es el lugar donde se crean los universos paralelos, es un jardín de encantos y un desafío a tu tiempo inteligente.
Soy un usuario habitual del libro y del artículo electrónicos; en este mismo ordenador en el que escribo, almaceno varios miles de artículos y varios cientos de libros, y los leo, con menos pasión que los libros-papel, pero con la misma curiosidad. Pero mi lectura es otra cosa, lo mismo que mi explorar en la biblioteca electrónica de mi universidad es distinto a los viajes que realizo a la física, lo mismo que el almacén virtual es distinto a la(s) biblioteca(s) que llenan los lugares donde habito y trabajo.
Mi argumento, mi crítica, es que el libro no está obsoleto, el libro electrónico no produce la obsolescencia del libro de papel, lo mismo que el metal no sustituyó al barro, sino que lo envió a otro ámbito de la cultura, como tampoco el automóvil hizo desaparecer al caballo (si alguien quiere apostar algo sobre cuándo ha sido la época en la que más caballos han existido, puede hacerlo conmigo)
Ya me ha ocurrido con la escritura y no creo que vaya a ser distinto. Cuando escribí mi tesis doctoral no había aún ordenadores de sobremesa fácilmente accesibles ni los que había tenían procesadores de texto tan eficientes como los actuales. Escribí mi tesis a mano, después la pasé a máquina. Más tarde comencé la larga historia de mis ordenadores personales (me acuerdo de todos ellos, debería haberles dado nombre, tanta fue su compañía). Hoy sigo escribiendo a mano todo lo que me importa, y sobre todo aquello que me resulta particularmente difícil de pensar o de expresar.
Colecciono todo tipo de artilugios de escritura manual (uno de mis pecados consumistas que dudo que pueda evitar ya en esta vida), cada día me gusta más la caligrafía y siempre me fijo en la letra de la gente porque en ella escriben su forma muy particular de ser y de relacionarse con el lenguaje. Mi ordenador no ha sustituido a la pluma: se han repartido el espacio de mi escritorio. En paz. Cuando escribo a ordenador y cuando escribo a mano pienso de forma diferente.
Sospecho, ese es mi argumento, que lo mismo ocurrirá con el libro electrónico. El tanto por ciento de la humanidad que leemos y escribimos repartiremos el tiempo y el espacio. Ya sé que la respuesta es que esto es generacional, que somos la última generación que aprendió caligrafía. Lo dudo mucho.
Los amantes del disco de vinilo seguro que me entienden.
1. Que mejoren los aparatos de lectura y se vuelvan más acogedores (no sé cuál será su tamaño y peso, la evolución dirá)
2. Cuando los libros sean fácilmente accesibles: en librerías on-line, o no on-line (sospecho que una sección futura de las librerías será la de los libros electrónicos, que serán descargados desde un mostrador)
tengo la convicción de que el libro es un artefacto insustituible. Mi argumento es que el libro es un objeto casi perfecto, como el botijo: han sido siglos de coevolución entre editores y lectores los que han ido dando a los libros el tamaño, la textura, el peso y el olor que hacen de él un objeto tan deseable.
Como Borges, las bibliotecas son para mí lugares sagrados: cuando entro en una biblioteca dejo al lado las preocupaciones que tuviera a la entrada. La exploro, la curioseo, la disfruto. No me importa lo grande o especializada que sea. Una biblioteca es el lugar donde se crean los universos paralelos, es un jardín de encantos y un desafío a tu tiempo inteligente.Soy un usuario habitual del libro y del artículo electrónicos; en este mismo ordenador en el que escribo, almaceno varios miles de artículos y varios cientos de libros, y los leo, con menos pasión que los libros-papel, pero con la misma curiosidad. Pero mi lectura es otra cosa, lo mismo que mi explorar en la biblioteca electrónica de mi universidad es distinto a los viajes que realizo a la física, lo mismo que el almacén virtual es distinto a la(s) biblioteca(s) que llenan los lugares donde habito y trabajo.
Mi argumento, mi crítica, es que el libro no está obsoleto, el libro electrónico no produce la obsolescencia del libro de papel, lo mismo que el metal no sustituyó al barro, sino que lo envió a otro ámbito de la cultura, como tampoco el automóvil hizo desaparecer al caballo (si alguien quiere apostar algo sobre cuándo ha sido la época en la que más caballos han existido, puede hacerlo conmigo)
Ya me ha ocurrido con la escritura y no creo que vaya a ser distinto. Cuando escribí mi tesis doctoral no había aún ordenadores de sobremesa fácilmente accesibles ni los que había tenían procesadores de texto tan eficientes como los actuales. Escribí mi tesis a mano, después la pasé a máquina. Más tarde comencé la larga historia de mis ordenadores personales (me acuerdo de todos ellos, debería haberles dado nombre, tanta fue su compañía). Hoy sigo escribiendo a mano todo lo que me importa, y sobre todo aquello que me resulta particularmente difícil de pensar o de expresar.
Colecciono todo tipo de artilugios de escritura manual (uno de mis pecados consumistas que dudo que pueda evitar ya en esta vida), cada día me gusta más la caligrafía y siempre me fijo en la letra de la gente porque en ella escriben su forma muy particular de ser y de relacionarse con el lenguaje. Mi ordenador no ha sustituido a la pluma: se han repartido el espacio de mi escritorio. En paz. Cuando escribo a ordenador y cuando escribo a mano pienso de forma diferente.
Sospecho, ese es mi argumento, que lo mismo ocurrirá con el libro electrónico. El tanto por ciento de la humanidad que leemos y escribimos repartiremos el tiempo y el espacio. Ya sé que la respuesta es que esto es generacional, que somos la última generación que aprendió caligrafía. Lo dudo mucho.
Los amantes del disco de vinilo seguro que me entienden.
domingo, 12 de julio de 2009
El conocimiento oblicuo
"La realidad es un lugar muy poco recomendable, pero es lo único que hay abierto a estas horas". Éste es el título de una de las canciones del grupo de música experimental Don Simon y Telefunken, un grupo catalán que animó ayer el encuentro de poesía y artes varias PAN que ya celebra su novena edición en el pueblo de Morille, Salamanca, uniendo lo rural y las propuestas más vanguardistas del pais. Su organizador artístico, Fabio Rodríguez de la Flor ha subrayado este año la dimensión humorística, sardónica y escacharrante. La respuesta de la palabra a la crisis.
Y como todos los años en estas fechas me revuelvo pensando en mi relación con la poesía.
Cuando uno se dedica a la filosofía la tentación de confundir poesía y filosofía es insoportable, pero mucho más dañina e insoportable es la tentación de separarlas. Tenía razón Borges al decir que detrás de todo sistema metafísico hay una buena metáfora (y viceversa). Lo mismo que con la metafísica me ocurre con la epistemología: ¿hay conocimiento en la poesía?: es fácil decir que sí y es fácil decir que no. Es más difícil el matiz.
Es "conocimiento fácil", en un sentido, no hay que pasarse días y noches en el duro trabajo de investigar, es, en otro sentido, un conocimiento extraordinariamente difícil de conseguir: explorar creativamente el alma en los estratos en los que el auto-conocimiento resbala y no se atreve a mirar.
Es creación y al tiempo encuentro: paradojas de un modo de hablar que tuvo que ver en sus orígenes con las artes adivinatorias, oraculares, movimientos ciegos en lo ambiguo para encontrar en los límites del sentido nuevos sentidos. Un ejemplo:
Me gustaría pensar que hay algún indicio de amor cuando puedo decir de veras: El deseo, incluso en sus rabietas más violentas, no puede persuadirme de que es amor ni impedirme desear que lo sea.
(I should like to believe that it is some evidence of love when I can truthfully say: Desire, even in its wildest tantrums, can neither persuade me it is love nor stop me wishing it were.)
Este pequeño poema de W.H. Auden en Los señores del límite produce (me produce) un complejo de reacciones que van desde la sorpresa por la profundidad y economía con la que delimita amor y deseo y al tiempo los vincula, pasando por un largo proceso de meditación hasta una inevitable exploración en mis propias experiencias para comprobar, como si fuera una teoría, la validez de la sentencia.
Todo esto sería parte de una dimensión exploratoria y cognitiva: nos enseña lo que somos. Pero me doy cuenta de que no, que hace algo más que la filosofía y el pensamiento no pueden hacer: te transforma, cambia tu experiencia porque establece una distinción y un vínculo en el deseo y el amor que sólo existe ya porque ha existido antes este poema. Es un cambio irreversible en tu mirada. Ya no volverás a confundir el violento deseo con el amor, pero empezarás a explorarlo para encontrar huellas de un deseo de amor en los oscuros senderos del deseo, para intuir el deseo de segundo orden de que una alquimia transmute deseo en amor, y descubrir que el amor no es otra cosa sino este deseo del deseo. Y al tiempo sobrevivirá en tí una voluntad de lucidez, de que el deseo no te confunda, porque algún día el amor sobrevivirá al deseo. Habrás descubierto que el amor es todo paradoja. Y serás distinto.
Las artes del conocimiento son, claro, más duras en sus trabajos de exploración y encuentro. Pero no son tan efectivas en la elaboración de la experiencia humana. Me gustaría vivir entre: pero la vida en la frontera no es fácil. Desiertos de sentido, pantanos de confusión, bosques de silencio.
La novelista Iris Murdoch, una de mis santas, filósofa profunda, narradora sutil, sabía que filosofía y poesía están tan próximas como dos hermanas y tan lejanas como dos hermanas.
Y como todos los años en estas fechas me revuelvo pensando en mi relación con la poesía.
Cuando uno se dedica a la filosofía la tentación de confundir poesía y filosofía es insoportable, pero mucho más dañina e insoportable es la tentación de separarlas. Tenía razón Borges al decir que detrás de todo sistema metafísico hay una buena metáfora (y viceversa). Lo mismo que con la metafísica me ocurre con la epistemología: ¿hay conocimiento en la poesía?: es fácil decir que sí y es fácil decir que no. Es más difícil el matiz.
Es "conocimiento fácil", en un sentido, no hay que pasarse días y noches en el duro trabajo de investigar, es, en otro sentido, un conocimiento extraordinariamente difícil de conseguir: explorar creativamente el alma en los estratos en los que el auto-conocimiento resbala y no se atreve a mirar.
Es creación y al tiempo encuentro: paradojas de un modo de hablar que tuvo que ver en sus orígenes con las artes adivinatorias, oraculares, movimientos ciegos en lo ambiguo para encontrar en los límites del sentido nuevos sentidos. Un ejemplo:
Me gustaría pensar que hay algún indicio de amor cuando puedo decir de veras: El deseo, incluso en sus rabietas más violentas, no puede persuadirme de que es amor ni impedirme desear que lo sea.
(I should like to believe that it is some evidence of love when I can truthfully say: Desire, even in its wildest tantrums, can neither persuade me it is love nor stop me wishing it were.)
Este pequeño poema de W.H. Auden en Los señores del límite produce (me produce) un complejo de reacciones que van desde la sorpresa por la profundidad y economía con la que delimita amor y deseo y al tiempo los vincula, pasando por un largo proceso de meditación hasta una inevitable exploración en mis propias experiencias para comprobar, como si fuera una teoría, la validez de la sentencia.
Todo esto sería parte de una dimensión exploratoria y cognitiva: nos enseña lo que somos. Pero me doy cuenta de que no, que hace algo más que la filosofía y el pensamiento no pueden hacer: te transforma, cambia tu experiencia porque establece una distinción y un vínculo en el deseo y el amor que sólo existe ya porque ha existido antes este poema. Es un cambio irreversible en tu mirada. Ya no volverás a confundir el violento deseo con el amor, pero empezarás a explorarlo para encontrar huellas de un deseo de amor en los oscuros senderos del deseo, para intuir el deseo de segundo orden de que una alquimia transmute deseo en amor, y descubrir que el amor no es otra cosa sino este deseo del deseo. Y al tiempo sobrevivirá en tí una voluntad de lucidez, de que el deseo no te confunda, porque algún día el amor sobrevivirá al deseo. Habrás descubierto que el amor es todo paradoja. Y serás distinto.
Las artes del conocimiento son, claro, más duras en sus trabajos de exploración y encuentro. Pero no son tan efectivas en la elaboración de la experiencia humana. Me gustaría vivir entre: pero la vida en la frontera no es fácil. Desiertos de sentido, pantanos de confusión, bosques de silencio.
La novelista Iris Murdoch, una de mis santas, filósofa profunda, narradora sutil, sabía que filosofía y poesía están tan próximas como dos hermanas y tan lejanas como dos hermanas.
martes, 7 de julio de 2009
En el jardín de los mitos
La ternura del monstruo:

Más de una semana sin atender al blog, metido en un jardín (aprendí de Sánchez Ferlosio que era una expresión de teatro: "meterse en un jardín", es lo que hacen los actores que se pierden del texto y comienzan a improvisar). Lo mío fue el curso anual del Círculo de Bellas Artes que organizo con David Hernández de laFuente sobre mito, pensamiento y técnica, en la intersección de los tres temas, y que este año hemos titulado: De Prometeo a Frankenstein. Una semana con especialistas de las tres variantes temáticas, todos profundos, entregados, encantadores y en cierta forma míticos en sus trayectorias.
Se me impone irresistiblemente la idea de que el mito es un modo de pensamiento que nunca acabó de ser ocluido por el logos, que, al contrario, ha conservado o incrementado su fuerza en una era aparentemente desmitificadora. El logos, la lógica, es la explotación de los recursos cognitivos conscientes depositados en nuestro acervo. Ser lógicos es básicamente maximizar la información de la que disponemos sin caer en inconsistencias. La metáfora y el mito trabajan de otra forma. Son también modos de explotar la información, pero trabajan con un tipo de información depositada en los estratos más ocultos de nuestro desván. Trabajan (la metáfora, el mito) explotando las sugerencias, asociaciones, los hilos que forman la urdimbre de nuestras imágenes del mundo, que, al modo del pensamiento asociativo, trabaja con pensamiento no explícito, tampoco subconsciente, pero sí apantallado por los conceptos explícitos. El mito, los mitos, narraciones que se anclan en nuestra identidad cultural, trabajan en el modo de la metáfora explotando los vínculos del imaginario, pero trabajan sobre todo en el estrato de los símbolos que nos constituyen. Son mitos porque en ellos se depositan señas de la identidad cultural. No son evitables las inconsistencias, las ambigüedades: la precisión y la coherencia, más allá de un punto, son virtudes del tonto y del simple. En los modos complejos las incoherencias y ambigüedades no son sino condicionantes con los que hay que manejarse, nada de lo que sentirse orgulloso, pero precios que uno tiene que pagar cuando ahonda en los pozos del pensamiento. Si excluyéramos las metáforas y los mitos, incluso de la ciencia, perderíamos lo sabroso de la creatividad. Cada forma de pensamiento tiene su tiempo y su lugar.
Esta semana he estado en el jardín de Prometeo y Frankenstein, dos mitos que estructuran la forma de pensar las relaciones entre la ciudad y la técnica, entre el deseo y el riesgo.
Al final, al principio, nos fuimos desde Prometeo a Pandora, otra de las figuras míticas que siguen actuando con no menos fuerza que otros dioses, ángeles y santos que no por tener cultos activos tienen necesariamente más potencia mitopoiética. Prometeo el planificador ve como su hermano Epimeteo se casa con Pandora, que ha sido "construida", que mira al cielo y a su constructor en el momento de abrir los ojos, y a quien le será dado el traer con ella todos los males. Las lecturas sexistas son/fueron demasiado claras, pero hay formas de lectura que seguimos haciendo y no todas ellas sexistas. Porque Pandora es la primera mujer construida, ya no producto de la naturaleza sino de la práctica y la convención, y trae con ella formas de ver el mundo no sólo técnicas (Prometeo) o naturales (Epimeteo) o políticas (Zeus), sino modos de ver lo negativo de la realidad, formas de imaginar lo diferente.
Atado al Cáucaso Prometeo paga sus atrevimientos: el haber mentido a los dioses. Al igual que al Sísifo de Camus, imagino a Prometeo consolado en su dañada carne por las águilas imperiales por la visión de un valle en el que las dinámicas entre lo natural, lo técnico, lo político, lo negativo comienzan a crear un mundo humano que se atreve a mentir a los dioses.
Fue Prometeo muchas cosas, dependiendo de los tiempos. Ha pasado por ser el mito del progreso, pero no siempre fue así. Mary Shelley, en su Frankenstein o el moderno Prometeo, desenvolvió otra lectura. Aún nos quedan muchas por hacer, son los trabajos del mito, con los que tejemos nuestra identidad.

Más de una semana sin atender al blog, metido en un jardín (aprendí de Sánchez Ferlosio que era una expresión de teatro: "meterse en un jardín", es lo que hacen los actores que se pierden del texto y comienzan a improvisar). Lo mío fue el curso anual del Círculo de Bellas Artes que organizo con David Hernández de laFuente sobre mito, pensamiento y técnica, en la intersección de los tres temas, y que este año hemos titulado: De Prometeo a Frankenstein. Una semana con especialistas de las tres variantes temáticas, todos profundos, entregados, encantadores y en cierta forma míticos en sus trayectorias.
Se me impone irresistiblemente la idea de que el mito es un modo de pensamiento que nunca acabó de ser ocluido por el logos, que, al contrario, ha conservado o incrementado su fuerza en una era aparentemente desmitificadora. El logos, la lógica, es la explotación de los recursos cognitivos conscientes depositados en nuestro acervo. Ser lógicos es básicamente maximizar la información de la que disponemos sin caer en inconsistencias. La metáfora y el mito trabajan de otra forma. Son también modos de explotar la información, pero trabajan con un tipo de información depositada en los estratos más ocultos de nuestro desván. Trabajan (la metáfora, el mito) explotando las sugerencias, asociaciones, los hilos que forman la urdimbre de nuestras imágenes del mundo, que, al modo del pensamiento asociativo, trabaja con pensamiento no explícito, tampoco subconsciente, pero sí apantallado por los conceptos explícitos. El mito, los mitos, narraciones que se anclan en nuestra identidad cultural, trabajan en el modo de la metáfora explotando los vínculos del imaginario, pero trabajan sobre todo en el estrato de los símbolos que nos constituyen. Son mitos porque en ellos se depositan señas de la identidad cultural. No son evitables las inconsistencias, las ambigüedades: la precisión y la coherencia, más allá de un punto, son virtudes del tonto y del simple. En los modos complejos las incoherencias y ambigüedades no son sino condicionantes con los que hay que manejarse, nada de lo que sentirse orgulloso, pero precios que uno tiene que pagar cuando ahonda en los pozos del pensamiento. Si excluyéramos las metáforas y los mitos, incluso de la ciencia, perderíamos lo sabroso de la creatividad. Cada forma de pensamiento tiene su tiempo y su lugar.
Esta semana he estado en el jardín de Prometeo y Frankenstein, dos mitos que estructuran la forma de pensar las relaciones entre la ciudad y la técnica, entre el deseo y el riesgo.
Al final, al principio, nos fuimos desde Prometeo a Pandora, otra de las figuras míticas que siguen actuando con no menos fuerza que otros dioses, ángeles y santos que no por tener cultos activos tienen necesariamente más potencia mitopoiética. Prometeo el planificador ve como su hermano Epimeteo se casa con Pandora, que ha sido "construida", que mira al cielo y a su constructor en el momento de abrir los ojos, y a quien le será dado el traer con ella todos los males. Las lecturas sexistas son/fueron demasiado claras, pero hay formas de lectura que seguimos haciendo y no todas ellas sexistas. Porque Pandora es la primera mujer construida, ya no producto de la naturaleza sino de la práctica y la convención, y trae con ella formas de ver el mundo no sólo técnicas (Prometeo) o naturales (Epimeteo) o políticas (Zeus), sino modos de ver lo negativo de la realidad, formas de imaginar lo diferente.
Atado al Cáucaso Prometeo paga sus atrevimientos: el haber mentido a los dioses. Al igual que al Sísifo de Camus, imagino a Prometeo consolado en su dañada carne por las águilas imperiales por la visión de un valle en el que las dinámicas entre lo natural, lo técnico, lo político, lo negativo comienzan a crear un mundo humano que se atreve a mentir a los dioses.
Fue Prometeo muchas cosas, dependiendo de los tiempos. Ha pasado por ser el mito del progreso, pero no siempre fue así. Mary Shelley, en su Frankenstein o el moderno Prometeo, desenvolvió otra lectura. Aún nos quedan muchas por hacer, son los trabajos del mito, con los que tejemos nuestra identidad.
domingo, 28 de junio de 2009
Los colores de la mirada
Esta es una de las miradas más perspicuas de la fotografía contemporánea. Dorothea Lange se atrevió a mirar y a fotografiar lo que muchos no querían ver:

PhotoEspaña de esta temporada expone en el ICO una revisión de los grandes temas de Dorothea Lange, la gran testigo de las zonas oscuras de unos tiempos en los que Norteamérica sufría la gran crisis económica el primer tercio del siglo XX: las colas de los parados, la ruina de los jornaleros del Medio Oeste, el encierro en campos de concentración de ciento cincuenta mil americanos de origen japonés.



Lo que más impresiona de sus fotografías, en un tiempo en que ya lo hemos visto todo, en los que no hay desastre ni crueldad que no haya sido registrado, en los que nuestros ojos ya se han acorchado, es que sus fotos disparan una alarma de paradoja que no estaba en el archivo mental, de nuestro imaginario contemporáneo: en sus fotografías, los absolutamente pobres y vencidos son seres que unos años después se habrían de convertir en el prototipo de la salud, la riqueza, la seguridad, el mundo desarrollado. Blancos de origen centroeuropeo que emigran por las estepas desérticas de Nuevo Méjico, intentando llegar a California a ver si son contratados para recoger fruta. Autos averiados en la mitad de una carretera infinita. Niños de ojos y cara hermosa que miran más allá de la cámara a un mundo de caramelos. Sólo ha fotografiado algún trabajador mejicano y unos pocos negros, los demás son blancos arruinados, "white trash" que dicen en los estados del sur

En muchas de sus fotografías la realidad se contrasta con los carteles de propaganda, como esta de una cola de parados bajo una representación del sueño americano, familia, coche, esperanza.
Otras veces, ya no hay ironía, sino asombro y furia_


Cuando hizo la foto icónica, esta mujer, cuenta, llevaba una semana comiendo coles heladas que habían sido abandonadas en el campo y pájaros que cazaban sus hijos. Tomó seis fotografías. Una de ellas se convirtió en icono, pero la media docena de imágenes de esta mujer de 31 años expresan cuál es el rostro de la derrota de una clase que describieron también en palabras John Steinbeck y en imágenes John Ford en Las uvas de la ira. Pero Lange registró los rostros reales de la gente. Sus caras y cuerpos presentaban y no representaban el estado de la crisis.
No puedo menos que comparar a Dorothea Lange con Annie Leibovitz, también expuesta en PhotoEspaña (hay que esperar una larga cola para verla). La mirada de Leibovitz expresa el encanto por los encantadores y poderosos, que aparecen en sus fotos transfigurados en una arcadia de belleza y color:

Formas de mirar.
Curiosamente, Dorothea Lange siempre trabajó para el Gobierno, para varias agencias que le encargaron crear un archivo histórico de lo que estaba pasando, de imágenes que eran una prueba de que las cosas no iban bien. Incluidas las imágenes del encierro de japoneses.
Me hace añorar una sociedad que pese a todo conserva mucha capacidad crítica: ¿por qué no tenemos, especialmente ahora, una Dorothea Lange? ¿Quizá faltan fotógrafas que registren la cara oscura? ¿Quizá faltan agencias que quieran registrarla?

PhotoEspaña de esta temporada expone en el ICO una revisión de los grandes temas de Dorothea Lange, la gran testigo de las zonas oscuras de unos tiempos en los que Norteamérica sufría la gran crisis económica el primer tercio del siglo XX: las colas de los parados, la ruina de los jornaleros del Medio Oeste, el encierro en campos de concentración de ciento cincuenta mil americanos de origen japonés.



Lo que más impresiona de sus fotografías, en un tiempo en que ya lo hemos visto todo, en los que no hay desastre ni crueldad que no haya sido registrado, en los que nuestros ojos ya se han acorchado, es que sus fotos disparan una alarma de paradoja que no estaba en el archivo mental, de nuestro imaginario contemporáneo: en sus fotografías, los absolutamente pobres y vencidos son seres que unos años después se habrían de convertir en el prototipo de la salud, la riqueza, la seguridad, el mundo desarrollado. Blancos de origen centroeuropeo que emigran por las estepas desérticas de Nuevo Méjico, intentando llegar a California a ver si son contratados para recoger fruta. Autos averiados en la mitad de una carretera infinita. Niños de ojos y cara hermosa que miran más allá de la cámara a un mundo de caramelos. Sólo ha fotografiado algún trabajador mejicano y unos pocos negros, los demás son blancos arruinados, "white trash" que dicen en los estados del sur

En muchas de sus fotografías la realidad se contrasta con los carteles de propaganda, como esta de una cola de parados bajo una representación del sueño americano, familia, coche, esperanza.Otras veces, ya no hay ironía, sino asombro y furia_


Cuando hizo la foto icónica, esta mujer, cuenta, llevaba una semana comiendo coles heladas que habían sido abandonadas en el campo y pájaros que cazaban sus hijos. Tomó seis fotografías. Una de ellas se convirtió en icono, pero la media docena de imágenes de esta mujer de 31 años expresan cuál es el rostro de la derrota de una clase que describieron también en palabras John Steinbeck y en imágenes John Ford en Las uvas de la ira. Pero Lange registró los rostros reales de la gente. Sus caras y cuerpos presentaban y no representaban el estado de la crisis.
No puedo menos que comparar a Dorothea Lange con Annie Leibovitz, también expuesta en PhotoEspaña (hay que esperar una larga cola para verla). La mirada de Leibovitz expresa el encanto por los encantadores y poderosos, que aparecen en sus fotos transfigurados en una arcadia de belleza y color:

Formas de mirar.
Curiosamente, Dorothea Lange siempre trabajó para el Gobierno, para varias agencias que le encargaron crear un archivo histórico de lo que estaba pasando, de imágenes que eran una prueba de que las cosas no iban bien. Incluidas las imágenes del encierro de japoneses.
Me hace añorar una sociedad que pese a todo conserva mucha capacidad crítica: ¿por qué no tenemos, especialmente ahora, una Dorothea Lange? ¿Quizá faltan fotógrafas que registren la cara oscura? ¿Quizá faltan agencias que quieran registrarla?
jueves, 25 de junio de 2009
¿Dónde estoy?

Decía Descartes que un filósofo debe leer de todo, principalmente ciencia, durante, digamos, diez o doce horas, y luego,unos minutos al día, algo de metafísica. Metafóricamente hablando, siempre he intentado seguir ese consejo y en particular tiendo bastante a leer psicología y sobre todo neuropsicología. La literatura sobre cómo estamos los humanos cuando no estamos bien nos está ayudando más que nada a saber cómo somos cuando somos "normales". Lo patológico y lo normal se interdefinen, como sabemos desde Foucault.
El caso es que estoy estos días con un muy bien escrito trabajo de un psicólogo irlandés sobre el concepto de "yo" en términos socio-culturales. Está ocurriendo una profunda revolución en el mismo concepto de lo mental y de lo humano. Si la primera mitad del siglo pasado estuvo ordenada por el concepto de "conducta" y la segunda por el de "información", psicólogos y neurólogos están girando hacia el concepto de "significado". La psicología como una disciplina humanística, una vuelta a lo que nunca debió dejar de ser.
Pues bien, la hipótesis fascinante de Ciarán Benson, el psicólogo del que hablo, es que el yo como estructura unificadora ha surgido como un sistema de localización del cuerpo, del sistema, de la persona. Las estructuras más profundas son las que permiten localizarnos: AQUÍ/AHORA, y de forma dominante la localización espacial a partir de la distinción aquí/allí.
El cerebro como sistema de localización en una navegación a través de mundos complejos en parte experienciados en parte imaginados. "La forma de la vida -- sostiene el psicólogo de Harvard, J Brunner-- viene de la imaginación antes que de la experiencia": experienciamos el mundo porque la misma percepción ya está entreverada con la imaginación. Nuestro cerebro está continuamente confabulando (confabulación es un término técnico de neuropsiquiatría) y se orienta en esos extraños paisajes en los que lo real es una parte que condiciona pero no determina lo imaginado.
Así que en los momentos más importantes el yo sirve para hacerse la pregunta más difícil de responder: ¿dónde estoy?
Una pregunta que nos hacemos en lugares geográficos, cuando el espacio se nos ha hecho extraño, y que nos hacemos también y sobre todo cuando nuestro espacio vital se nos ha vuelto extraño y no sabemos responder a dónde estamos, a dónde vamos, qué hacer.
Kant lo tenía muy claro, sólo que rodeó esta intuición de un abstruso aparato estructural: localizarnos en el espacio y en el tiempo es lo que hace nuestro cerebro. Pero a veces falla: falla porque está dañado, falla porque a veces la vida está dañada y falla porque a veces es la realidad la que está dañada. Y entonces dejamos de saber dónde estamos: ¿quién estoy?, ¿dónde soy?
domingo, 21 de junio de 2009
La seducción de la serpiente







Ando estos días enjaretando algunas ideas para un curso que organiza en Oviedo F. Javier Gil sobre dilemas éticos y cine y, aunque no logro hilvanar nada consistente me enredo en una pregunta que me da vueltas desde hace meses: ¿por qué me fascina lo que debería de distanciarme y aún repugnarme? El objeto en cuestión son las imágenes de Leni Riefenstahl, en sus documentales Olimpia, El triunfo de la voluntad, y sus fotografías de los guerreros nuba, lo más conocido de su obra. Fue, dicen, musa de Hitler, quien le dió barra libre para montar la imaginería del partido, para crear, de hecho, el imaginario de lo nazi como propuesta estética. Nunca dejó de ser nazi, sostiene con toda razón Susan Sontag, en su durísimo comentario en el New York Review of Books en los años setenta, que contribuyó a una interesantísima polémica de larga duración, que ha dividido a muchos amantes del cine.
Tenía una ambición ilimitada; era y fue siempre amante de una forma de belleza en la que primaba lo atlético, el cuerpo perfecto sano y juvenil; formó parte del aparato visual nazi. Creó documentales de perturbadora perfección y seducción que han contribuido (tanto o más que los de los adversarios) a mostrarnos la esencia de la estética nazi, una forma de romanticismo entre lo kitch y la aspiración a la pureza, de profunda influencia en nuestros regímenes de mirada.
No puedo dejar de mirar fascinado (como hacía pese a ella misma Susan Sontag) y no puedo sino sentir repulsa de una técnica de atraer la atención que sabes que está tocando las fibras más maleables de la voluntad: la inclinación a sentirse en una multitud triunfante; arropado/a por cuerpos y mentes perfectos; lejos del olor a viejo, a pobreza y a soledad; las líneas definidas; los objetivos claros; el orden acabado.
Leni perdió la guerra pero su estética fue ganando cada vez más adeptos y se ha metamorfoseado en el instrumento mediante el que los medios de masa atraen la mirada de las masas. Quienes no conozcan su obra pueden encontrar en YouTube largos trozos de aquellos documentales, y en su página las fotografías de los nuba. Quienes estén interesados en la polémica, google les facilita un montón de entradas en ambos lados.
Ver ahora las imágenes de Riefenstahl es como encontrarse con la esencia de la imagen contemporánea, como si ella hubiese anticipado la estética que habría de formarnos, como, en otro sentido, Orson Welles. La pregunta me arrastra a un tobogán de conclusiones por el que me resisto a resbalar. No tendría tanta significación sino representase algunos de los dilemas entre ética y estética que más nos perturban. Me gustaría que alguien me ayudase a responder por qué fascina una estética que se rechaza. No valen las respuestas fáciles. Me las he dado todas y no me convencen. Como cantaba Javier Krahe, es mejor andar con una buena duda que con un mal axioma.
jueves, 18 de junio de 2009
El cuerpo extraño
"Mi corazón se volvía extraño: extraño precisamente porque estaba dentro. La extrañeza no venía de fuera más que porque primero había surgido desde dentro. Aquel vacío abierto de pronto en el pecho o en el alma --es lo mismo-- cuando me dijeron: "Hay que hacer un transplante". Así habla el filósofo francés Jean-Luc Nancy en L'Intrus (el intruso) (la mala traducción es mía), repensando su vivencia de un transplante de corazón con el que ha vivido años. Me lleva a Jean-Luc Nancy la recomendación de Ana Palmar, quien lee mañana una tesis sobre la vivencia de los transplantados de corazón, en la Facultad de Medicina de la Autónoma, una tesis que me ha fascinado desde su principio y que lo sigue haciendo en su lectura final; una tesis hecha de trozos de experiencia personal de gente, pacientes y familias, que han pasado por zonas de la existencia por las que no deseamos pasar nadie. Los transplantados de corazón son como Orfeo, han ido y han vuelto del mundo de los muertos, son, dicen ellos de sí, "muertos en vida", han tenido que reconciliarse con su cuerpo en el que hay ahora un cuerpo extraño, la parte simbólicamente más importante del cuerpo, el corazón. Su cuerpo mismo se ha vuelto extraño y deben hacerse cargo de este cuerpo extraño para volver a ser o para llegar a ser ellos mismos. La extrañeza del cuerpo no es menos problemática que la extrañeza y extranjería del alma, cuando nos miramos, no en un espejo, porque no es posible mirar en un espejo más que la parte externa del cuerpo y la parte externa del alma que es gesto, sino en el pozo de dolor en que a veces se convierte nuestra vida después de un suceso traumático: enfermedad, accidente, pérdida, ..., y nuestra vida, lo que somos o lo que tenemos se vuelve ajeno y distante, y nos asombramos de estar ahí, en un espacio vacío del que nos ha expulsado la vida misma que se ha vuelto ajena.
Me apasiona este estudio, como otros en los que poco a poco se está comenzando a cavar en la experiencia de lo corporal, un campo nada o muy poco cultivado en la filosofía, tan adicta al cultivo de la experiencia del alma, como si el cuerpo de los filósofos (l@s filósof@s) fuera como el de los ángeles. Poco a poco vamos construyendo la historia del cuerpo como parte de la historia de la persona, construyendo la trayectoria corporal como parte de la narración de nuestra identidad. Nos ayudan los momentos trascendentales: los momentos más graves de la vida, como contaba el poema de Vallejo, los momentos en los que nuestra vida da una curva y comienza a ser un sendero con sentidos cambiantes.
Ojalá sea este escrito signo de que la atención también está cambiando. Hace unos días comentaba la fascinación que ejerce sobre mí el trabajo manual (no compartida por todos, como veo por algún comentario), ahora quiero expresar mi anhelo de que los cuerpos sean objeto de atención de una mirada no sólo lúbrica y deseante, o compasiva y sufriente, sino también reflexiva e inquisidora.
Me apasiona este estudio, como otros en los que poco a poco se está comenzando a cavar en la experiencia de lo corporal, un campo nada o muy poco cultivado en la filosofía, tan adicta al cultivo de la experiencia del alma, como si el cuerpo de los filósofos (l@s filósof@s) fuera como el de los ángeles. Poco a poco vamos construyendo la historia del cuerpo como parte de la historia de la persona, construyendo la trayectoria corporal como parte de la narración de nuestra identidad. Nos ayudan los momentos trascendentales: los momentos más graves de la vida, como contaba el poema de Vallejo, los momentos en los que nuestra vida da una curva y comienza a ser un sendero con sentidos cambiantes.
Ojalá sea este escrito signo de que la atención también está cambiando. Hace unos días comentaba la fascinación que ejerce sobre mí el trabajo manual (no compartida por todos, como veo por algún comentario), ahora quiero expresar mi anhelo de que los cuerpos sean objeto de atención de una mirada no sólo lúbrica y deseante, o compasiva y sufriente, sino también reflexiva e inquisidora.
lunes, 15 de junio de 2009
¿Dónde va el amor cuando el amor se va?
No he podido resistir copiarle la frase del título a José María Pozuelo Yvancos en el texto de una crítica de El Cultural de la semana pasada. Estaba dándole vueltas al tema de la huida de un post anterior y me pregunté por la gente que se encuentra en la situación contraria, quienes se sienten atrapados en un túnel sin salida y esperan la vida entera aquel día en que se irán al sur de un sueño que saben imposible.
El hilo que lleva desde el tema de la huida al fin del amor es enrevesado: la conexión se estableció al comenzar a leer la novela Revolutionary Road publicada en 1961 por Richard Yates, un escritor poco conocido aquí (hasta la película del mismo título que dirigió Sam Mendes, el director de Camino a Perdición, American Beauty y Jarhead, con Kate Winslet y Leonardo di Caprio de protagonistas (en este orden):


La novela y película versan sobre una pareja de jóvenes establecidos en uno de los nuevos extrarradios que se crearon en Estados Unidos en los cincuenta-sesenta -- en España hace dos décadas--, que son listos, encantadores, descontentos con el gris discurrir de su existencia y sueñan con irse a Europa a recomenzar por donde deberían haber comenzado. Las cortas tentaciones del éxito a corto plazo acaban convirtiendo el sueño en un sueño y su vida en una triste pesadilla de la que el amor escapa. Nada nuevo. Lo interesante de estos tristísimos personajes de Yates a los que inmediatamente amamos es la red de autoengaños y trampas que se ponen a sí mismos y en las que han quedado atrapados.
De modo que así llegó el hilo desde el tema de la huida a la huida del amor: son personajes en los que la huida deja de ser un estado mental para convertirse en una coartada para no enfrentarse con su propia condición.
La huida como estado: los conceptos son peligrosos como ácidos: pueden herir o curar dependiendo de cómo se manejen.

El amor se consume en una incapacidad de hacerse cargo de los deseos del otro porque llevaría a cada uno de ellos a tener que hacerse cargo de los propios. La huida aparece entonces como solución y como problema: la huida deja de ser la imaginación de una vida alternativa para convertirse en una adicción a lo otro que uno sabe imposible por las propias condiciones de cómo se piensa. Pura mala fe que diría Sartre. Y el precio es que no saben hacerse cargo de sus vidas. Primero dejan de amarse a sí mismos e inmediatamente y por ello dejan de amar al otro.
¿Dónde va el amor cuando el amor se va?: a la tierra de los sueños que han dejado de ser imaginación para convertirse en fantasía.
El hilo que lleva desde el tema de la huida al fin del amor es enrevesado: la conexión se estableció al comenzar a leer la novela Revolutionary Road publicada en 1961 por Richard Yates, un escritor poco conocido aquí (hasta la película del mismo título que dirigió Sam Mendes, el director de Camino a Perdición, American Beauty y Jarhead, con Kate Winslet y Leonardo di Caprio de protagonistas (en este orden):

La novela y película versan sobre una pareja de jóvenes establecidos en uno de los nuevos extrarradios que se crearon en Estados Unidos en los cincuenta-sesenta -- en España hace dos décadas--, que son listos, encantadores, descontentos con el gris discurrir de su existencia y sueñan con irse a Europa a recomenzar por donde deberían haber comenzado. Las cortas tentaciones del éxito a corto plazo acaban convirtiendo el sueño en un sueño y su vida en una triste pesadilla de la que el amor escapa. Nada nuevo. Lo interesante de estos tristísimos personajes de Yates a los que inmediatamente amamos es la red de autoengaños y trampas que se ponen a sí mismos y en las que han quedado atrapados.
De modo que así llegó el hilo desde el tema de la huida a la huida del amor: son personajes en los que la huida deja de ser un estado mental para convertirse en una coartada para no enfrentarse con su propia condición.
La huida como estado: los conceptos son peligrosos como ácidos: pueden herir o curar dependiendo de cómo se manejen.

El amor se consume en una incapacidad de hacerse cargo de los deseos del otro porque llevaría a cada uno de ellos a tener que hacerse cargo de los propios. La huida aparece entonces como solución y como problema: la huida deja de ser la imaginación de una vida alternativa para convertirse en una adicción a lo otro que uno sabe imposible por las propias condiciones de cómo se piensa. Pura mala fe que diría Sartre. Y el precio es que no saben hacerse cargo de sus vidas. Primero dejan de amarse a sí mismos e inmediatamente y por ello dejan de amar al otro.
¿Dónde va el amor cuando el amor se va?: a la tierra de los sueños que han dejado de ser imaginación para convertirse en fantasía.
viernes, 12 de junio de 2009
Obreros en casa
La fiesta del Corpus me permite ajustar con varios obreros ciertos chaperones para mantener la casa. Por cierto: una interesante fiesta que, comentaba Carlos hace unos días, es una fiesta para y de marranos, la fiesta en que los cristianos nuevos debían mostrar su entusiasmo ante los símbolos de la Contrarreforma para no ser acusados de judíos conversos. Están por escribir muchos capítulos de la historia religiosa. Esperemos.
En fin, a lo que íbamos: la casa con obreros a los que conozco hace años: albañiles, ebanista, pintor, ... Artesanos que restauran tu casa con un cuidado y dedicación que desearía yo en mis ámbitos profesionales. Miro con envidia la capacidad de desenvolver mucho trabajo sin que apenas se note el esfuerzo, la sabiduría creativa para resolver problemas que a mí se me antojan titánicos, la paciencia para soportar el estar en un entorno ajeno y no siempre amable, la constancia en el esfuerzo,... De nuevo recuerdo con cierta ira cómo la filosofía ha tenido sus criterios aristocráticos de distinción: las artes liberales antes que las artes prácticas, el genio por encima del artesano, el intelectual antes que el obrero. Pone el carro antes de los bueyes: como si el lenguaje fuese más excelso que la escayola y el conglomerado. De las tres características que definen a la especie humana, el lenguaje, la socialidad, la creatividad técnica, me quedo con esta última. Me quedo con quien es capaz de entrever una obra terminada y poco a poco conseguir que salga adelante.
Ya se ha olvidado el viejo sueño de la superación de la división entre el trabajo intelectual y manual, quedó como un eslógan de los años salvajes, pero aún queda la división entre las artes del espectáculo y los que montan las tramoyas. Me refugio en la mirada irónica de Amos Oz, que no ha renunciado a vivir en el kibutz, y sostiene la misma tesis que estas líneas: cuando las cosas vienen duras, vale más un buen ebanista que mil filósofos online. Es lo que quiero ser de mayor.
En fin, a lo que íbamos: la casa con obreros a los que conozco hace años: albañiles, ebanista, pintor, ... Artesanos que restauran tu casa con un cuidado y dedicación que desearía yo en mis ámbitos profesionales. Miro con envidia la capacidad de desenvolver mucho trabajo sin que apenas se note el esfuerzo, la sabiduría creativa para resolver problemas que a mí se me antojan titánicos, la paciencia para soportar el estar en un entorno ajeno y no siempre amable, la constancia en el esfuerzo,... De nuevo recuerdo con cierta ira cómo la filosofía ha tenido sus criterios aristocráticos de distinción: las artes liberales antes que las artes prácticas, el genio por encima del artesano, el intelectual antes que el obrero. Pone el carro antes de los bueyes: como si el lenguaje fuese más excelso que la escayola y el conglomerado. De las tres características que definen a la especie humana, el lenguaje, la socialidad, la creatividad técnica, me quedo con esta última. Me quedo con quien es capaz de entrever una obra terminada y poco a poco conseguir que salga adelante.
Ya se ha olvidado el viejo sueño de la superación de la división entre el trabajo intelectual y manual, quedó como un eslógan de los años salvajes, pero aún queda la división entre las artes del espectáculo y los que montan las tramoyas. Me refugio en la mirada irónica de Amos Oz, que no ha renunciado a vivir en el kibutz, y sostiene la misma tesis que estas líneas: cuando las cosas vienen duras, vale más un buen ebanista que mil filósofos online. Es lo que quiero ser de mayor.
martes, 9 de junio de 2009
El día antes de la huida
De entre los géneros a los que soy tan aficionado uno de mis preferidos es el género del escapismo o de la huida de los más diversos sitios: campos de concentración, cárceles, etc. Steve McQueen, no es por ello extraño, es uno de mis actores preferidos. Tenía esa cara de estar en una huida permanente.
Me viene a la cabeza McQueen por una larga serie de asociaciones que comenzaron en una noche con dolores de espalda en la que me preguntaba: "a ver, chico listo, ¿de qué te sirve ahora la filosofía?". No de analgésico, desde luego. La consolación que ocasionalmente presta la filosofía a la vida no tiene que ver nada con la capacidad para soportar sus miserias. Cada uno baja las escaleras como puede.
Sin embargo, sí es cierto que hay actitudes que previenen posibles desesperaciones y desesperanzas. Una de ellas, que encuentro más en la filosofía que en otras actividades de la vida, es el estado de ensimismamiento que llamo "el día antes de la huida". He hablado, he escrito, en otros foros y papeles, acerca de dos actitudes ante la vida que caracterizo con las figuras de Ulises y Moisés: Ulises tiene una meta que ordena su vida. No importa cuántas penas y valles de lágrimas atraviese, su lugar está siempre en una Ítaca imaginaria situada al final del viaje. Todos los iluminados son Ulises, todos los profetas, todos los visionarios, todos los fundamentalistas. Ulises vive para llegar. Moisés vive para huir. Escapa, se va: su mundo y su tiempo ya ha pasado, no mira atrás. Para él no existe la tierra prometida: le está prohibida la entrada; su vida ha tenido el sentido que tienen las huidas.
¿Qué siente Moisés el día antes de la huida? Su mente ya se ha desprendido de los avatares y servidumbres, de las pequeñas suciedades de la vida. No es que no le importen, es que ya no está, se está yendo. Y sin embargo su mirada tiene una suerte de atención intensa a todo lo que ocurre, a cada detalle, palabra, gesto. Sabe que todo se juega en un instante. Pero está por irse. Ya no está.
Como Steve McQueen en La huida o, mejor aún, en La gran escapada. Estar sin estar. Atender a lo necesario, prescindir de lo prescindible.
Me viene a la cabeza McQueen por una larga serie de asociaciones que comenzaron en una noche con dolores de espalda en la que me preguntaba: "a ver, chico listo, ¿de qué te sirve ahora la filosofía?". No de analgésico, desde luego. La consolación que ocasionalmente presta la filosofía a la vida no tiene que ver nada con la capacidad para soportar sus miserias. Cada uno baja las escaleras como puede.Sin embargo, sí es cierto que hay actitudes que previenen posibles desesperaciones y desesperanzas. Una de ellas, que encuentro más en la filosofía que en otras actividades de la vida, es el estado de ensimismamiento que llamo "el día antes de la huida". He hablado, he escrito, en otros foros y papeles, acerca de dos actitudes ante la vida que caracterizo con las figuras de Ulises y Moisés: Ulises tiene una meta que ordena su vida. No importa cuántas penas y valles de lágrimas atraviese, su lugar está siempre en una Ítaca imaginaria situada al final del viaje. Todos los iluminados son Ulises, todos los profetas, todos los visionarios, todos los fundamentalistas. Ulises vive para llegar. Moisés vive para huir. Escapa, se va: su mundo y su tiempo ya ha pasado, no mira atrás. Para él no existe la tierra prometida: le está prohibida la entrada; su vida ha tenido el sentido que tienen las huidas.
¿Qué siente Moisés el día antes de la huida? Su mente ya se ha desprendido de los avatares y servidumbres, de las pequeñas suciedades de la vida. No es que no le importen, es que ya no está, se está yendo. Y sin embargo su mirada tiene una suerte de atención intensa a todo lo que ocurre, a cada detalle, palabra, gesto. Sabe que todo se juega en un instante. Pero está por irse. Ya no está.
Como Steve McQueen en La huida o, mejor aún, en La gran escapada. Estar sin estar. Atender a lo necesario, prescindir de lo prescindible.
viernes, 5 de junio de 2009
Adicción y adición
La adicción tiene mala prensa, ciertamente, pero, ¿por qué es mala? La Real Academia en su siempre curioso diccionario señala estos dos usos del término:
1. f. Hábito de quien se deja dominar por el uso de alguna o algunas drogas tóxicas, o por la afición desmedida a ciertos juegos.
2. f. desus. Asignación, entrega, adhesión.
En el primer uso tenemos una pérdida de libertad, en el segundo, probablemente, el más excelso ejercicio de la libertad, que es, justamente, asignación, entrega, adhesión. Claro que la RAE indica que esta segunda acepción está en desuso. Vaya.
Veamos el problema: la adicción produce adición, es decir, suma de algo, de actos como el juego, el consumo de drogas o lo que sea. Diferencia y repetición: la adicción es la causa de la repetición, de la búsqueda de lo mismo, cuando lo que uno cree es que está buscando lo diferente.
No me interesan ahora las formas socialmente reprochables de adicción: alcoholismo, drogadicción, ludopatía, etc., sino las formas socialmente admisibles, e incluso objetos de admiración al menos en cantidades estadísticamente muy significativas. Son esas otras que no han sido exploradas y que no obstante conforman nuestra experiencia de lo cotidiano más habitualmente que las médicamente poco recomendables.
Una, la más peligrosa en un aspecto, menos peligrosa en otro: la adicción al peligro. Alguna gente necesita dosis de adrenalina crecientes para que su mente funcione normalmente y para ello se pone en situaciones de peligro y juega estratégicamente con los mecanismos internos subpersonales que hacen que el cerebro se cargue de las sustancias adecuadas (hace alguna semana me ocupé de estas desviaciones emocionales). La adición al peligro llena el mundo de héroes y de víctimas.
Otra: la adicción al poder. Me ha sido permitido observar de cerca a alguna gente que ha sufrido durante algún tiempo esta adicción. Necesitan que suene el móvil continuamente, que se negocie con ellos, que otros le pidan cosas que saben imposibles para poder negar con esa sonrisa que parece indicar que las conceden, mirarse en los ojos sumisos y las sonrisas ovejunas de los sometidos. A la semana de quedar excluidos del poder necesitan conspirar para lograrlo.
Otra más: la adicción al reconocimiento. Es el mayor peligro al que están sometidos quienes, como el que suscribe, se encuentran en espacios académicos, artísticos, etc. Necesitan la caricia continua en el ego, el "tú vales mucho" repetido una y otra vez, la palmada en la espalda, el aplauso, ...
Hay algunas comunidades que están formadas por adictos. Son comunidades pasionales en las que el juego y la competencia son manifestaciones de la urgencia que los instintos básicos imprimen en la acción. Está poco desarrollada la sociología de las comunidades emocionales: comencemos a observarlas como comunidades de adictos y entenderemos muchas cosas: la ciencia, la política, el arte, ... el espectáculo como forma de lo social.
¿Hay algo malo en las adicciones?: no necesariamente, salvo para los puritanos adictos a las normas. ¿Por qué la adicción al sexo y al amor tendrían que ser malas salvo para quienes carecen de ellas? Hay algo malo cuando el segundo sentido de la RAE está en peligro por el primero, cuando el entusiasmo de la identificación con los objetivos propios de la vida se ve amenazado por la repetición, por la adición de acciones cuyo único objeto es la mera renovación de lo ya experienciado.
Me sé adicto a muchas cosas, pero esto no es un confesionario sino un espacio de reflexión. No todas malas, no todas buenas.
1. f. Hábito de quien se deja dominar por el uso de alguna o algunas drogas tóxicas, o por la afición desmedida a ciertos juegos.
2. f. desus. Asignación, entrega, adhesión.
En el primer uso tenemos una pérdida de libertad, en el segundo, probablemente, el más excelso ejercicio de la libertad, que es, justamente, asignación, entrega, adhesión. Claro que la RAE indica que esta segunda acepción está en desuso. Vaya.
Veamos el problema: la adicción produce adición, es decir, suma de algo, de actos como el juego, el consumo de drogas o lo que sea. Diferencia y repetición: la adicción es la causa de la repetición, de la búsqueda de lo mismo, cuando lo que uno cree es que está buscando lo diferente.
No me interesan ahora las formas socialmente reprochables de adicción: alcoholismo, drogadicción, ludopatía, etc., sino las formas socialmente admisibles, e incluso objetos de admiración al menos en cantidades estadísticamente muy significativas. Son esas otras que no han sido exploradas y que no obstante conforman nuestra experiencia de lo cotidiano más habitualmente que las médicamente poco recomendables.
Una, la más peligrosa en un aspecto, menos peligrosa en otro: la adicción al peligro. Alguna gente necesita dosis de adrenalina crecientes para que su mente funcione normalmente y para ello se pone en situaciones de peligro y juega estratégicamente con los mecanismos internos subpersonales que hacen que el cerebro se cargue de las sustancias adecuadas (hace alguna semana me ocupé de estas desviaciones emocionales). La adición al peligro llena el mundo de héroes y de víctimas.
Otra: la adicción al poder. Me ha sido permitido observar de cerca a alguna gente que ha sufrido durante algún tiempo esta adicción. Necesitan que suene el móvil continuamente, que se negocie con ellos, que otros le pidan cosas que saben imposibles para poder negar con esa sonrisa que parece indicar que las conceden, mirarse en los ojos sumisos y las sonrisas ovejunas de los sometidos. A la semana de quedar excluidos del poder necesitan conspirar para lograrlo.
Otra más: la adicción al reconocimiento. Es el mayor peligro al que están sometidos quienes, como el que suscribe, se encuentran en espacios académicos, artísticos, etc. Necesitan la caricia continua en el ego, el "tú vales mucho" repetido una y otra vez, la palmada en la espalda, el aplauso, ...
Hay algunas comunidades que están formadas por adictos. Son comunidades pasionales en las que el juego y la competencia son manifestaciones de la urgencia que los instintos básicos imprimen en la acción. Está poco desarrollada la sociología de las comunidades emocionales: comencemos a observarlas como comunidades de adictos y entenderemos muchas cosas: la ciencia, la política, el arte, ... el espectáculo como forma de lo social.
¿Hay algo malo en las adicciones?: no necesariamente, salvo para los puritanos adictos a las normas. ¿Por qué la adicción al sexo y al amor tendrían que ser malas salvo para quienes carecen de ellas? Hay algo malo cuando el segundo sentido de la RAE está en peligro por el primero, cuando el entusiasmo de la identificación con los objetivos propios de la vida se ve amenazado por la repetición, por la adición de acciones cuyo único objeto es la mera renovación de lo ya experienciado.
Me sé adicto a muchas cosas, pero esto no es un confesionario sino un espacio de reflexión. No todas malas, no todas buenas.
miércoles, 3 de junio de 2009
El género en disputa
La obra de Judith Butler Gender Troubles la han traducido en español como El género en disputa: discute las diferencias de género en términos de sexo/sexual, o sea, la construcción de la diferencia como diferencia sexual, que una suerte de feminismo piensa como frontera entre géneros, construidos a su vez socialmente a través de los imaginarios dominantes. Butler cree que las sexualidades son también normas que delimitan normalidades y que tal vez haya que ver las cosas con distancia.
Se me ocurre el ejemplo de Butler, muy profundo para esta noche, pensando en otras disputas de género que por el momento me apasionan más: ¿por qué me gustan tanto las películas del oeste que considero y sé cargadas de estereotipos, de ideología, de...? da igual, me gustan. El género en disputa. Me gusta el cine de género, me gusta la novela de género y me gusta la pintura de género. Qué le voy a hacer: me gusta enfrentarme a una obra sabiendo lo que hay, la norma, el estereotipo, con la ilusión de quien sabe que los buenos son muy buenos, o serán buenos al final y los malos muy malos o resultarán malos al final.
Por ejemplo, la que acabo de ver, evitando los anuncios insoportables de las cadenas mediante el recurso a una no bien provista pero al menos soportable biblio-mediateca de la comunidad de madrid en mi barrio:

Para mucha gente la literatura de género es un subgénero de la literatura (o del cine...) Para mí es la manera en la que me reconcilio con mis héroes, villanos, con mis sueños y mis miedos. Western Union de Fritz Lang, una entre muchas buenas pelis del oeste. ¿Por qué me gustan?: las películas del oeste me hablan de algo difícilmente definible, que en inglés tiene nombre: "male bonds", aunque en español sonaría mal; son las amistades masculinas, indefinibles, secas, tiernas, basadas en la fidelidad en la competencia y en la competencia en la fidelidad. El feminismo se ha perdido algo que Hollywood conocía desde el principio, que no todos los estereotipos de género son estereotipos de dominación. En español sonaría como lazos de machos, algo como muy gay, una connotación que no tiene, y que está mejor captado por términos como la cuadrilla, la farra argentina o la panda castellana, lazos que son profundos en lo superficial y superficiales en lo profundo.
Hablaría del género negro, del género bélico, del género de espías, de la ciencia ficción, de los vampiros (que ya lo he hecho), del terror, en fin..., de la vida misma: pues nuestras historias, aunque las pensemos como diarias, tristes, grises y aburridas, quieren ser, desean ser, son a veces, historias de género. En disputa.
Se me ocurre el ejemplo de Butler, muy profundo para esta noche, pensando en otras disputas de género que por el momento me apasionan más: ¿por qué me gustan tanto las películas del oeste que considero y sé cargadas de estereotipos, de ideología, de...? da igual, me gustan. El género en disputa. Me gusta el cine de género, me gusta la novela de género y me gusta la pintura de género. Qué le voy a hacer: me gusta enfrentarme a una obra sabiendo lo que hay, la norma, el estereotipo, con la ilusión de quien sabe que los buenos son muy buenos, o serán buenos al final y los malos muy malos o resultarán malos al final.
Por ejemplo, la que acabo de ver, evitando los anuncios insoportables de las cadenas mediante el recurso a una no bien provista pero al menos soportable biblio-mediateca de la comunidad de madrid en mi barrio:

Para mucha gente la literatura de género es un subgénero de la literatura (o del cine...) Para mí es la manera en la que me reconcilio con mis héroes, villanos, con mis sueños y mis miedos. Western Union de Fritz Lang, una entre muchas buenas pelis del oeste. ¿Por qué me gustan?: las películas del oeste me hablan de algo difícilmente definible, que en inglés tiene nombre: "male bonds", aunque en español sonaría mal; son las amistades masculinas, indefinibles, secas, tiernas, basadas en la fidelidad en la competencia y en la competencia en la fidelidad. El feminismo se ha perdido algo que Hollywood conocía desde el principio, que no todos los estereotipos de género son estereotipos de dominación. En español sonaría como lazos de machos, algo como muy gay, una connotación que no tiene, y que está mejor captado por términos como la cuadrilla, la farra argentina o la panda castellana, lazos que son profundos en lo superficial y superficiales en lo profundo.
Hablaría del género negro, del género bélico, del género de espías, de la ciencia ficción, de los vampiros (que ya lo he hecho), del terror, en fin..., de la vida misma: pues nuestras historias, aunque las pensemos como diarias, tristes, grises y aburridas, quieren ser, desean ser, son a veces, historias de género. En disputa.
domingo, 31 de mayo de 2009
La precariedad de la vida
Cuando niño, vivía en un pueblo muy pobre de la cara sur de Gredos. Cada año (recuerdo al menos tres años) venía al pueblo un pobre limpiabotas. Un homeless, un sintecho; vivía unas semanas en un bajotechado abierto al viento, con la compañía de un perrito. Venía en invierno y habitaba aquella ruina los días de nieve y viento. Yo vivía en un pueblo en el que los hombres aún usaban abarcas hechas de neumáticos y muchas mujeres iban descalzas y los niños desayunaban vino con sopas de pan antes de ir a la escuela. Recuerdo los desmayos y vómitos de niños de mi edad entonces, cinco o seis años, en el parvulario. Yo era hijo de maestros y estaba fuera de esa esfera pero no puedo olvidarla. Eran los cincuenta en un pais que habría de convertirse en un pais de nuevos ricos. Nos preguntábamos mis hermanos y yo cómo subsistía el limpiabotas en un pueblo sin zapatos. Le pedíamos a mi madre comida para el perrito. Es mi primer recuerdo de sentimiento moral.
El último capítulo del penúltimo libro de Judith Butler, Precarious Life: The Powers of Mourning and Violence (Vida precaria: la fuerza del duelo y la violencia) habla de la precariedad del otro, tal como se manifiesta en su rostro, como origen de la moral. El rostro o, en una cita que Levinas hace de Vida y destino de Vasili Grossman, la parte del rostro que es la espalda doblada de una mujer en una cola, el rostro en todo caso, es el origen de toda demanda: para bien o para mal. Un rostro precario pide ayuda, pero también excita la violencia del poderoso. O del débil: los notaréis por cómo son crueles con los más débiles y sumisos con los poderosos. Algunos detectan la precariedad por la violencia que nace de la excitación que sufre su cuerpo de seres sin sentido.
Es más que sorprendente, trágico e ilustrativo sobre la materia de la que estamos hechos, que la compasión y la violencia tengan el mismo origen. El débil, el precario, suscita a la vez la compasión y el deseo de matar.
Durante muchos años me pregunté qué habría sido de aquél limpiabotas. Estos últimos meses Madrid se ha llenado de sintechos que duermen en los más insólitos lugares del centro. Hacia media mañana levantan sus cartones y oscuras mantas, levantan su malolor y se mueven. Hoy cuenta el periódico que un atracador en paro es lapidado por varios furiosos perseguidores. Venía de ver a su madre, había buscado trabajo por todas partes y sólo se le ocurrió, al final, sacar la navaja y entrar en un salón de juegos.
El rostro precario de la vida, el rostro negro de la muerte.
El último capítulo del penúltimo libro de Judith Butler, Precarious Life: The Powers of Mourning and Violence (Vida precaria: la fuerza del duelo y la violencia) habla de la precariedad del otro, tal como se manifiesta en su rostro, como origen de la moral. El rostro o, en una cita que Levinas hace de Vida y destino de Vasili Grossman, la parte del rostro que es la espalda doblada de una mujer en una cola, el rostro en todo caso, es el origen de toda demanda: para bien o para mal. Un rostro precario pide ayuda, pero también excita la violencia del poderoso. O del débil: los notaréis por cómo son crueles con los más débiles y sumisos con los poderosos. Algunos detectan la precariedad por la violencia que nace de la excitación que sufre su cuerpo de seres sin sentido.
Es más que sorprendente, trágico e ilustrativo sobre la materia de la que estamos hechos, que la compasión y la violencia tengan el mismo origen. El débil, el precario, suscita a la vez la compasión y el deseo de matar.
Durante muchos años me pregunté qué habría sido de aquél limpiabotas. Estos últimos meses Madrid se ha llenado de sintechos que duermen en los más insólitos lugares del centro. Hacia media mañana levantan sus cartones y oscuras mantas, levantan su malolor y se mueven. Hoy cuenta el periódico que un atracador en paro es lapidado por varios furiosos perseguidores. Venía de ver a su madre, había buscado trabajo por todas partes y sólo se le ocurrió, al final, sacar la navaja y entrar en un salón de juegos.
El rostro precario de la vida, el rostro negro de la muerte.
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