viernes, 29 de octubre de 2010

Lados del lenguaje


Ciencia, filosofía, poesía: como si el lenguaje fuese un poliedro en el que se te permitiese estar en una de las caras pero ver la otra de lejos. Como si las transiciones fuesen siempre inevitables.

Mientras preparo comentarios de Wittgenstein y Proust para el curso sobre la identidad, me encuentro con la reciente traducción de los poemas de Verónica Forrest-Thomson, breve poeta inglesa que se suicidó en 1975; que estuvo casada y divorciada del crítico Jonathan Culler; que, a pesar de moverse en lo más sofisticado de la posmodernidad, admiró la ciencia y la filosofía exacta y escribió un poema que me cae como una losa en este instante porque une en un mismo texto, en un mismo lenguaje que entiendo y que necesitaría una vida para decir por qué, a Proust, a Wittgenstein y al sentimiento que tenemos todos los que alguna vez escribimos con más lucidez que pericia que hay un pozo profundo entre la escritura y el ser capaces de iluminar las profundidades. He retirado del poema las notas que lo completan. Forman parte del poema pero no añaden nada al sentido de lo que me urge expresar: Proust y el dolor como el único lugar en el que la escritura puede hablar sobre algo que represente la subjetividad sin mediaciones; Wittgenstein y la conciencia del lenguaje como algo más/menos que una jaula: como un lugar en el que vivir; la nostalgia de la poeta de un libro que nunca escribirá: el libro que todos leemos y que nos hace seguir habitando en la casa del lenguaje a pesar de que hace tiempo que tendríamos que habernos ido a vivir la vida:

El Libro Marrón

Pero en un cuento de hadas la marmita también puede oír y ver

y ayudar al héroe en su tarea
de alentar algo hasta convertirlo en sus propios pensamientos,
Noms de Personnes, Noms de Pays

como Proust enseñó le tout Paris
su pequeña frase
intentando conseguirlo entre el dolor y su expresión.
La vida yace entre Combray y Illiers.

No es imposible que las reflexiones en torno a una magdalena
iluminen una mente,
pero un hombre que quiere detalles concretos
grita de dolor

con la superficie afásica de los objetos y sucesos
de un día,
sólo puede elegir la boca con la que dice:
debería haberme gustado escribir un buen libro.

Eso no ha ocurrido
pero ya pasó el tiempo en que podía mejorarlo.

Verónica Forrest-Thomson. Traducción de Raúl Díaz Rosales. Poesía. f. figura de pensamiento. Antología


sábado, 23 de octubre de 2010

Lazos débiles

La reciente película de David Fincher, Redes Sociales, me trae a escribir sobre este homónimo tópico (en los dos sentidos del anglicismo y del español: temática y tema trillado) sobre el que inevitablemente varios alumnos me proponen cada curso hacer un trabajo y a los que aconsejo pensárselo dos veces para no escribir las simplezas que probablemente coincidirían con las que voy yo a perpetrar ahora.
Antes de seguir: la película es recomendable. El director de Alien 3, Seven, El club de la lucha, Zodiac, es un experto en el desasosiego, en los espacios oscuros donde se entretejen pulsiones de violencia y angustia inacabable. Podría haber sido la película de un triunfo a la americana y tiene los tintes negros de un drama macbethiano que esboza las entretelas de la sociedad de la competencia, que aprenden los chicos en Harvard Square entre las pintas de las cervecerías donde se reúnen los autoconfiados estudiantes de la élite del mundo, y después desarrollan en sus carreras por la meta del primer millón de dólares. El caso es que la película relata el nacimiento de FaceBook y ésa es una de las razones de estas líneas.
Tendría que hablar del narcisismo, de la búsqueda de la hipervisibilidad que padecemos, del fetichismo de la pantalla que sustituye las redes sociales por redes sociales-en-la-imagen , de la instantaneidad de las reacciones Me gusta/No me gusta que traen las redes sociales, de ... (sí: a pesar de/a fuer de ser bloguero me queda aún la lucidez autocrítica suficiente para saber lo que nos pasa). Se me ocurren muchas razones para las críticas. La sociedad red no es una sociedad de nueva libertad, sólo es un espejo de lo que ocurre antes y después de la web.
Y sin embargo. Y sin embargo. Hay algo, un fantasma, un nuevo deseo, un ángel que alguna vez nos ha tocado con su ala en algún instante apenas percibido. Es el impulso de la nostalgia de la asociación, de un sueño de vivir en un mundo donde la soledad de las cuatro paredes, los cuatro amigos, las cuatro relaciones del trabajo, los cuatro familiares, se levante como niebla en un paisaje de tramas y densos lazos de sociedad.
Ocurre a veces. Es un viento de esperanza que recorre el espacio y crea vínculos donde había átomos; saca a las gentes a la ventana y a las calles y los conduce a zonas de convergencia, a cruces y entrecruces de caminos.
Remedios Zafra escribió en Netianas cómo surgía oculta bajo la pantalla una forma nueva de activismos feministas que no tienen apenas reflejo en los grandes medios pero que ha creado una nueva trama de sentido y comunidad. Antesdeayer, una ex-alumna, Almudena Carrillo, me contaba el proyecto en el que trabaja, un diario en español creado a partir de una red de blogs que aspira a ser una ventana libre. Sostenía, con toda la razón, que la vieja prensa sólo sobrevive porque las grandes fuerzas pagan por tener creadores de opinión, que la información ya podría discurrir, crearse y distribuirse de otras formas.
A veces ocurre. En los años de la dictadura, cuando más arreciaba el granizo de la desesperanza, la televisión, que traía los toros y el furbo, también trajo un fenómeno curioso: España se llenó de teleclubs que en muy pocos años, entre el 65 y el 75, crearon un tejido espeso de relaciones sin el que no se explicaría el leve antifranquismo que nos hizo soportar algo aquello. Los teleclubs fueron las escuelas de la resistencia, pero sobre todo y antes que cualquier otra cosa fueron escuelas de esperanza (aún esperan que su historia sea escrita por historiadores que atiendan no sólo a la aburrida historia oficial de los partidos). La transición barrió todas las redes sociales en una movida de movidas que destejió aquellos tejidos. Varias décadas de cadaunoalosuyoensucasa.
Pero tal vez corran nuevos vientos que por debajo o por encima del ensimismamiento en la imagen traigan la fuerza de los lazos débiles. De los lazos de los débiles.


lunes, 18 de octubre de 2010

Negación del tiempo


No seré el primero ni seré el último en decir y creer que la memoria y la imaginación son la negación del tiempo. Que la memoria y la imaginación crean los relatos y que los relatos vencen al tiempo. Que las imágenes permanecen más allá de la vida y que las imágenes vencen al tiempo. Que fuimos, somos y seremos personajes de una historia que fue y será contada en momentos y lugares en los que nuestro cuerpo no esté ya presente. Que en cada uno de nosotros están todos los héroes y todas las víctimas; todos los que vivieron para que la historia continuase. Que la amistad está hecha, y sólo hecha, de memoria e imaginación. Que los amigos se encargan de vencer al tiempo por nosotros. Que la amistad es la eternidad que nos cabe esperar: suficiente para vencer al tiempo.

Mientras espero, pues dentro de unos momentos, en la inauguración del máster de Teoría y Crítica de la Cultura, leeremos un texto magistral de José Luis Brea (publicado en Estudios visuales, en el 2004, http://www.estudiosvisuales.net/revista/pdf/num2/universidad.pdf sobre la universidad performativa como universidad de la excelencia en el disentimiento, del disentimiento excelente), se me ocurre que podemos vencer al tiempo. Que ya lo hemos vencido.

lunes, 11 de octubre de 2010

Alguien tendrá que hacerlo


Encuentro a Carmen Castrillo, ahora empeñada en maravillosos monólogos por los escenarios, paseando ensimismada aprendiéndose este maravilloso poema de Wilawa Szymborska:

Fin y principio

Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.

Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.

Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.

Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes.

Eso de fotogénico tiene poco
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.

A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.

Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.

Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre,
y los lleve al montón de la basura.

Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente nada.

En la hierba que cubra
causas y consecuencias
seguro que habrá alguien tumbado,
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.

De "Fin y principio" 1993
Versión de Abel A. Murcia



El poema es un canto a los inexpertos, una suerte de llamada contra la necesidad, contra las cadenas de causas y consecuencias, a favor de los lazos débiles. Cuando todo es griterío, alguien tiene que recordarnos las cosas más simples de la vida: que acabarán los poderosos poniéndolo todo perdido y alguien tendrá que limpiar sus desperdicios. Desde hace más de un siglo hemos configurado la metafísica de la existencia contemporánea a imagen y semejanza de las guerras, o de los juegos: es lo mismo. Competencia, ganar,mercado, juego. Alguien tendrá que limpiar todo eso, digo yo.


sábado, 9 de octubre de 2010

Tlatelolco, Cascorro



Llego exhausto de México DF. Algunos estudiantes conmemoran por La Alameda el aniversario de la noche de Tlatelolco (matanza de estudiantes que se manifestaban en la Plaza de las tres culturas en 1968); el país conmemora el centenario de la República y el centenario de la Revolución. Anda la gente renovando las señas de identidad: en el Museo de Antropología, miles y miles de mexicanos recorren las salas mexica, maya, tolteca,... en ritos de identificación. Por todas partes se oyen conversaciones sobre lo que son-somos-seremos.DF parece una ciudad ensimismada.
DF es una macrópolis que siempre me parece una ciudad del futuro: milagrosa, mágica, orgullosa y suave, construida sobre impredecibles equilibrios. Todas las formas de vida se distribuyen en una insólita capacidad de simbiosis. Tomo la línea 3 del metro: Indios Verdes- Universidad que recorre DF de norte a sur: más grande que el universo es la sucesión de gentes que hablan de tiempos incongruentes entre el tiempo presente y el pasado. Entran continuamente a los vagones vendedores de todos los tipos de pequeñas mercancías, predicadores de todas las ideas, cantantes de todas las músicas. Los simbiontes del metro cartografían las culturas de la macrópolis: prefiero el metro a cualquier transporte para conocer el alma de las ciudades y en cuanto puedo me introduzco allí para sentir los pulsos de la polis. Allí están los que sobreviven, los que no miran más que al interior de su cansancio.
Rosaura Ruiz, rutilante nueva directora de la facultad de ciencias de la UNAM, facultad que fue siempre el centro de todas las luchas estudiantiles, de Tlatelolco a los zapatistas, se queja de la poca atención de México a la ciencia. Puede ser: pertenecemos a la misma cultura barroca. Objeto, sin embargo, que México es un universo de creatividad, más cerca del futuro que las viejas ciudades europeas. Un espectáculo de vida abriéndose paso.
En Madrid ya se huelen las nubes oscuras del otoño: españas que afilan los cuchillos; españas que tienen nostalgia de la política de machos-machos frente a estas políticas de señoritas. Se huele el temor de un país de nuevos ricos. Echo de menos el sentido de destino, la dignidad de la pobreza y al tiempo la invencible creatividad de los simbiontes de la línea 3. Espacios de esperanza allí donde están las rendijas de los espacios de capital: quienes se han situado en lo peor, con la tranquila mirada de sísifos, no pierden el tiempo en el territorio del miedo. Tienen que sobrevivir.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Espejos rotos




Augusto Pérez, el personaje de Niebla de Unamuno, es abandonado por su prometida y despierta a la existencia. Se da cuenta, dice, de que hasta ahora ha vivido en un sueño y que el dolor le hace real. En el siguiente capítulo se dirige a casa de su autor, Miguel de Unamuno, para pedirle que prolongue su existencia, algo que subleva a Unamuno y le cuesta que Augusto le devuelva el enfado haciéndole sospechar de su propia existencia.
Juego de espejos cartesiano que Cervantes y Shakespeare comenzaron (Don Quijote y Cide Hamete, Hamlet, La tempestad) y hoy continúan en el imaginario de Hollywood: Roy, el melancólico Nexus 6 llega a la Tyrrell Corp. a pedirle a su diseñador que le prolongue la vida. Quiere ser. Los personajes de Matrix quieren ser. Los personajes de Inception (Origen) dudan de su autenticidad. Seguimos cercados por una realidad de espejos. La posmodernidad fue una ilusión de los mercados editoriales. Toda su propuesta fue romper los espejos, multiplicar las imágenes.




sábado, 25 de septiembre de 2010

El tiempo de los reyes


¿Para qué sirve la Historia como escritura del pasado? Hay varias respuestas que nos llevan a diversos niveles de importancia de sus funciones. Pero sobre todas ellas, me parece que la elaboración de la memoria colectiva es la que cala más profundo. La mayoría de las sociedades del pasado no tenían esto que llamamos Historia: tenían, en el mejor de los casos, anales, es decir, registros de los hechos memorables para los propósitos del poder instituido. Traficaban también con relatos de un pasado imaginario donde se depositaba el saber político y moral de la comunidad. Pero no es Historia. La historia siempre es presente reflexivo: es el trabajo sobre los registros del pasado para convertirlos en experiencia presente. Por ello la tensión entre las diversas voces y reclamos del pasado. Cada quien quiere su puesto en los escritos de la Historia, pues todo grupo quiere ser reconocido y formar parte de la experiencia de la Humanidad.
Pero no es la defensa del presentismo (por lo demás tan fácil de hacer por obvia como difíciles de sostener las posiciones neo-románticas neo-historicistas que creen que la Historia puede y debe recuperar el pasado: el pasado sin presente está ciego, el presente sin pasado está vacío) sobre lo que quiero atraer la atención. Ha sido un texto de Gaston Bachelard, el gran historiador de la ciencia y filósofo francés, el que me lleva hacia una función de la historiografía más importante de lo que parece. Es un texto del bello libro La intuición del instante, escrito contra la filosofía de Bergson en 1932, cuando todavía Bergson tenía un peso importante en la filosofía del tiempo:

"En el fondo, nos es preciso aprender una y otra vez nuestra propia cronología y, para este estudio, recurrimos a los cuadros sinópticos, verdaderos resúmenes de las coincidencias más accidentales. Y así es como en los corazones más humildes viene a inscribirse la historia de los reyes. Mal sabríamos nuestra propia historia o cuando menos nuestra propia historia estaría llena de anacronismos, si estuviéramos menos atentos a la historia contemporánea. Mediante la elección tan insignificante de un presidente de la República localizamos con rapidez y precisión tal o cual recuerdo íntimo"

La tarea de la Historia, sostiene Bachelard, es ayudar a localizarnos. En el tiempo, desde luego, pero también y sobre todo, en la biografía de la colectividad. A encontrar nuestro instante. A situarnos en el tiempo público y colectivo. Y por eso mismo a construir nuestra biografía que no es sino la forma en que los humanos construimos nuestra identidad.

Al fin y al cabo el tiempo de los reyes sí sirve para algo.

PD: A pesar de lo dicho, toda mi admiración, envidia y todo mi reconocimiento a los que dejan su tiempo y su paciencia reconstruyendo, traduciendo, interpretando, compartiendo, ...., los registros del pasado. Sin embargo, no hacen Historia: la hacen posible. Nada más, nada menos.

martes, 21 de septiembre de 2010

Más Basura(ma) por favor




Según todos los expertos la crisis económica española tiene su particular infierno en la burbuja de la construcción. Me niego a aceptarlo. En España faltan construcciones y constructores. Es verdad que sobran acumuladores de ladrillos, multitudes de especuladores que, en un horrísono ejercicio de vulgaridad y uniformidad, han llenado el paisaje de estridencias, farolas, granitos, a(c)osados, torres de apartamentos playeros, casas rurales,..., imaginarios de un país que se creyó rico cuando sólo era hortera.
Nos faltan construcciones y constructores.
Ojalá construyamos los paisajes y las ciudades: es nuestro proyecto pendiente. El barroco español fue la gran resemantización religiosa del paisaje: un pueblo hundido por la guerra y la miseria usó sus últimas fuerzas en llenar la estepa de los catafalcos de su fe. Desde entonces casi todo ha sido miseria pequeño-burguesa.
Pero todo podría ser de otra manera: algunos resemantizadores posibles podrían ser nuestros nuevos constructores que hicieran, como cantaba Labordeta, de esta tierra dura y salvaje un lugar y un paisaje. Me refiero entre otros a Basurama, http://www.basurama.org/, un grupo de arquitectos radicales que proponen re-construir el paisaje urbano con las mismas basuras que tiramos y, me atrevo a proponer, reutilizando la misma basura de paisaje que han hecho los alcaldes y enladrilladores de nuestra contemporaneidad.
En Latina, en la ruina de una instalación deportiva que nos ayudaba y que don Gallardón destruyó hace unos meses para levantar algún día otro enladrillado endeudándonos más a los ciudadanos, han propuesto una instalación colectiva que es como un canto de los paisajes simbiontes que tendríamos si tuviésemos constructores.
Más Basurama por favor: ¡construyamos la ciudad sobre las ruinas de los enladrilladores!
Debajo de los adoquines está la playa. Dejémosla salir.
Nuestro futuro será el alzado de la ruina.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Espejos del sentido


El primero de los Tres sueños de Georg Trakl rodea el relato del monje que soñaba ser una mariposa sin saber si era una mariposa que soñaba ser un monje. Lo bordea por los límites del aburrido tema de lo real que tanto ha dado que escribir a la filosofía de las recientes (felizmente acabadas) décadas y lo lleva al abismo inquietante de la duda sobre el sentido:


Creo haber soñado con un caer de hojas,
con bosques inmensos y lagos tenebrosos,
con el eco de palabras tristes -
pero sin comprender del todo su sentido.

Creo haber soñado con un caer de estrellas,
con súplicas llorosas de unos pálidos ojos,
con el eco de una sonrisa -
pero sin comprender del todo su sentido.

Como un caer de hojas, como un caer de estrellas,
así yo me veía, siempre yendo y viniendo,
eco inmortal de un sueño -
pero sin comprender del todo su sentido.


Lo que inquieta de la duda no es el no saber/no saberse en un sueño o en un mundo, ni siquiera el no saberse como se es. Lo que inquieta del poema de Trakl es que se sabe una metáfora, un relato de sí: un caer de hojas, un caer de estrellas. Y no comprende su sentido.

Trakl da en el centro de la angustia de la identidad. No es el no saber qué se es o qué se va a ser, como le ocurre a los personajes que nadan en la mala fe de Sartre. Trakl lo sabe. Lo sabe con exactitud. Pero no lo entiende.

En Trakl el paisaje es el espejo del sentido: las tardes invernales, los bosques, los ciervos, como los caballos azules de Franz Marc, tan próximo, son reflejos de sí mismo, o él es reflejo de aquéllos. Pero saberlo no es consuelo.

Hemos vivido en una cultura obsesionada por la pregunta por la identidad (fundamentalismos &Cia.) mas ocurre que la identidad es una pregunta.


sábado, 11 de septiembre de 2010

Blues de la frontera



Escucho a Raimundo Amador, en la plaza de mi pueblo en ferias, tocar con su grupo el Blues de la Frontera de Pata Negra. Una plaza entre el barroco y la ilustración, una ciudad de la Raya, entre la niebla y la luz, entre vetones y vacceos, entre la dehesa y la pampa, entre el sueño y la desesperación. Una multitud entre el hastío y la curiosidad. Un blues desde el flamenco, entre Triana y San Luis. Y siento la perfección del momento: la existencia en la frontera como un permanente deseo de atravesar y un oculto conocimiento de la imposibilidad de hacerlo. La tragedia de la conciencia, sostiene Sartre, es que su ser es lo que ella no es y no es lo que ella es. Un ser escapando de sí en el proyecto de sí hacia las posibilidades que ella es. Un juego de palabras que suena como la guitarra de RA, intentando escapar de Triana sin llegar nunca a San Luis, tensando la nota que para dejar de ser lo que no es. Por un momento el público siente que la frontera puede ser atravesada y sabe también que jamás la atravesará. Ser es ser posibilidades. Ser es saber que esas posibilidades se escapan cada vez que se quieren alcanzar.

La frontera es infinita: va con nosotros y con nosotros se traslada hasta que el horizonte se pierde en la niebla.

La frontera se extiende en dos direcciones: un lugar del que queremos escapar y va con nosotros, un lugar posible al que no llegamos y va con nosotros.

El anillo del destino en macht point girando sobre sí a punto de (no) caer hacia ninguno de los dos lados.

Calla la guitarra y se disuelve la multitud: la frontera se ha cerrado.


miércoles, 8 de septiembre de 2010

Contigo/conmigo en la distancia



  • Sujeto/Objeto
  • Voluntad / Representación
  • Mente/Cuerpo
  • Sustancia/Accidente
  • Interno/ Externo
  • Persona/Sociedad
  • Naturaleza/Cultura
  • Lenguaje/Mundo
  • Autor / Texto
  • Texto/Contexto
  • Estado/Evento
  • Evento/Narración
  • Subjetividad / Objetividad
  • Normatividad / Facticidad
  • Inmanencia/Trascendencia
  • Presencia/Ausencia
  • Diferencia/Repetición

La ilusión de la posmodernidad ha sido creer que al abandonar las dicotomías metafísicas que crean la violencia manifiesta en nuestra cultura como en ninguna otra a lo largo de la historia se abandona la violencia. Pero su disolución es ideológica. La posmodernidad supera en la cabeza lo que no es capaz de superar en la realidad. ¿Cómo abandonar una metafísica violenta sin eliminar al mismo tiempo lo interesante de las dicotomías? Quizá haya una senda de negociación o reequilibración de las dicotomías que nos permita convivir con ellas y al tiempo sobrevivirlas. Es la de concebirlas como
ejercicios de distancia. Las dicotomías pueden no tener significado metafísico y sin embargo operar como dispositivos de tensión constitutiva de la identidad. La distancia es una condición humana: la separación entre yo y otro puede ser dicotómica o puede ser un ejercicio de distancia, como la reflexión sobre sí, o la separación entre lo imaginario y lo real. La idea que preside la indagación en la identidad en la cultura contemporánea es que la condición humana es la del desacoplamiento y la distancia de sí como forma de existencia. La separación entre lo real y lo imaginario, entre el principio de deseo y el principio de realidad no es tanto una caída desde una unidad originaria como un desarrollo del cuerpo y del cerebro que tiene que ver con una condición de exilio que hace siempre presentes y actuantes los dos polos entre los que se mueve el pensamiento y la acción. El niño adquiere su condición de sujeto desacoplándose de sí mismo y de lo real, comenzando a distinguir entre realidad y apariencia. Comienza a desear al tiempo que comienza a distinguir lo real y lo imaginario. Comienza a tensar sus relaciones con el otro cuando empieza a entenderlo como subjetivamente distinto, y comienza a tener problemas de identidad cuando sus yoes se desacoplan entre las miradas propias y las ajenas. El ejercicio de la distancia como condición puede ser capturado por nuevas metáforas, quizá la más cercana sea la del exilio: expulsados de nosotros mismos, odiando y deseando a la vez la casa del padre, en la frontera entre lo conocido y lo imaginado, entre un pasado del que huimos y un futuro que tememos. El ser humano ingresa en la segunda naturaleza como el pionero en la frontera o el exiliado en su nueva dirección: sin abandonar nunca lo otro, sabiéndose extranjero de sí mismo. La distancia no abandona las dicotomías. Las gestiona como se gestiona la economía de sí: razones y emociones, mente y cuerpo, yo y otros, nosotros y ellos, realidad y representación, imaginario y real. La segunda naturaleza que constituye lo humano, y que a veces se confunde con el lenguaje y otras con la cultura o con cualquiera de sus realizaciones, es la naturaleza del desacoplamiento del en-sí y el para-sí, del sí mismo y del otro, del lenguaje y lo real, etc. Este desacoplamiento es una forma de existir. Quizá es el mensaje más importante de la filosofía de Sartre en El ser y la nada, el que vivir humanamente es vivir en la distancia, que el ser es existir en distancia, jugando siempre en el borde del autoengaño, del saberse de una naturaleza que no se acepta, del quererse en una imagen que se sabe imposible, del desear un deseo que se sabe impotente. Es el secreto que Hölderlin nos desvela

Así el hombre; cuando la dicha está a su alcance
y un dios en persona se la trae, no la reconoce.
Pero desde que sufre,
entonces sabe expresar lo que quiere,
y entonces las palabras justas
se abren como flores.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Cada vez que decimos adiós


Abro el correo:

De: COMUNICACION INSTITUCIONAL UC3M <comunicacion.institucional@uc3m.es>
Fecha: 3 de septiembre de 2010 14:56
Asunto: [todos] Fallecimiento del profesor José Luis Brea Cobo
Para: todos@listserv.uc3m.es



Lamentamos comunicar el fallecimiento de nuestro compañero, el profesor del Departamento Humanidades: Historia, Geografía y Arte, José Luis Brea Cobo.

--
COMUNICACION INSTITUCIONAL UC3M
Por favor, no responda a este mensaje

Así llegan a veces las noticias, con esta frialdad de los comunicados.
Aún en SalonKritik (http://salonkritik.net/10-11/2010/08/los_ultimos_dias_jose_luis_bre.php#more) una entrada profética del 31 de agosto dejaba sus palabras.
Durante los últimos años estuvo olvidándose de su destino y olvidando lo que podía ocurrir. Planificamos mucho, él quizá sabiendo que era un brindis a la vida, yo sabiendo que también.
Si la filosofía es aprender a morir, decía Montaigne, ningún maestro como José Luis: esperó su final de pie como los guerreros de entonces.

Que la tierra te sea leve.

De sus últimas palabras, ya heridas, os dejo este diagnóstico de nuestro tiempo:

Mudas piedras derrumbadas, ciegas calles sin salida, dónde está la memoria de aquel fragor de banderas, la efervescencia de aquellos entusiasmos callejeros, la electricidad que cada grito de libertad exhalado por millares de gargantas ha hecho correr, como la sangre, a raudales, hacia ninguna parte.

Sueños desvanecidos, memorias vanas, qué queda ahora de aquellos entusiasmos sino la más tibia conmiseración, el arrepentimiento más lúgubre, la más penosa expiación quizás. Un torpe silencio enmudecido que pareciera pretender hacerse perdonar el haber apostado a límite, el haberlo intentado todo. Y la cínica entronización de la indiferencia, de la medianía, de esta feroz nueva barbarie del “nuevo orden”, de la tremenda pobreza que, además, soporta silenciada toda la sublevación que en los corazones salvajes despertara otrora su contemplación.

Y ahora, esa tenue pátina equilibrada que borra todo horizonte de riesgo, que liquida toda tentación transformadora en nombre de una razonabilidad mermada, como si la oferta de lo que hay, del mundo escindido, colmara toda expectativa legítima, como si de pronto lo ilegítimo fuera reclamar algo más, un más allá, un final -y, en él, un comienzo.

Y es entonces entre terrores entre lo que tenemos que elegir: el de soñar contra el de aceptar la villanía de lo real en su insuficiencia, el de experimentar en los límites contra el que nos produce el recuerdo terrible de las formas totalitarias de consolidación edificante en que la puesta en escena de tal soñar, tantas veces, ha desembocado.

Pero en esto se nota que amamos nuestro siglo, su profunda histeria: antes nos entregamos al vértigo de la inagotabilidad de sus sueños imposibles -explorándolos precisamente allí donde no se pretenden resolutivos, salvíficos- que cederíamos a la tentación de contentarnos con el tibio bienestar que de su renuncia y apartamiento se suceden.

Pues en ello, en estos últimos días, el silencioso fragor del sufrimiento sigue golpeando nuestros oídos por debajo de la conspiración de silencio que pretende cerrar el mundo en la modulación de un orden aparente. Pues a ese orden le sabemos cruel, aún más sanguinario y terrible en su implacable realidad que podría serlo cualquier experimento en el legítimo ejercicio del intento de revocarlo. De tal lado estamos. Y sí: mísero aquél proyecto que olvide que está aún muy lejos el horizonte que le legitima. Aquél remoto horizonte en que conoceríamos “la dicha que, semejante al sol de la tarde, hará don incesante de su riqueza inagotable para verterla en el mar, y que, como él, no se sentirá plenamente rico sino cuando el más pobre pescador reme con remos de oro. Esa dicha divina se llamaría entonces: humanidad

viernes, 27 de agosto de 2010

Manuel va a su bola


Marjorie Murray ha realizado su tesis doctoral en antropología, en estudios de cultura material, haciendo su trabajo de campo en Madrid (Murray, M. (2009) “How Madrid Creates Individuality”, en Miller, D. (ed) Anthropology and the Individual Londres: Berg). Su informante ha sido Manuel Sierra, un conductor del metro de treinta y cinco años que está a punto de dejar su casa, donde convive con su familia en un piso de Vallecas de dos habitaciones. Su padre es fontanero y su madre asistenta y ama de casa. Manuel está a punto de trasladarse a un piso de protección oficial que le “ha tocado” a un precio inferior al del mercado. Recientemente “se ha echado” novia, y quizá se traslade al piso con ella, pero aún no habla con ella sobre cómo lo va a amueblar y decorar, aunque piensa mucho en ello. En su nuevo piso de dos habitaciones tendrá poco espacio y al menos quiere llevarse su historia del arte en varios tomos. Tiene claro, y su novia también, que no van a tener hijos, pero sí quizá adoptar una niña china: Hay demasiada superpoblación en el mundo, sostiene (Murray subraya que España es con Noruega el país con un índice más alto de adopciones, por encima de Suecia y a distancia del resto). Manuel es muy sociable: conoce los bares del centro y es conocido por muchos camareros. Malasaña, Huertas, Latina, Lavapiés son su territorio familiar. Ahora sale menos y sus conocidos en esos bares dicen que “desde que se ha echao novia pasa de ellos”. Está pensando comprarse un coche para sacar el perro al campo. Cuida su aspecto: no quiere ponerse lo que todos, elige con circunspección pero no se gasta demasiado. Valora más la calidad que la cantidad. Espera a las rebajas de los outlets del sur donde conoce un par de tiendas que se adaptan a sus gustos. En general va siempre arreglado fuera de casa, no dentro. Pasaría por tener una apariencia no lejana a la estética gay de Chueca, aunque nunca se reconocería de esa forma. Sabe qué ponerse y no sufre la angustia del “qué me pongo”, que el antropólogo Daniel Miller detecta en los londinenses, siempre obligados a parecer originales, pero al mismo tiempo fuertemente restringidos por reglas nunca explícitas que establecen lo que no sería conveniente llevar en según qué lugares y momentos. Los madrileños, nota Murray, son, pese a este imaginario individualista, gente notablemente uniforme en su vestimenta, fácilmente distinguibles en sus formatos de diferentes tribus. Manuel es simpático, sociable, pasa de políticos y puretas y en general quiere ir a su bola. Tiene una autoimagen fuertemente individualista. Su individualismo se ejerce en una voluntad de distinguirse de la masa: necesita lo sociable para su ejercicio. Tiene gustos y hobbies muy definidos: se ha comprado una cámara digital y fotografía las rosaledas, después pasa horas arreglando las fotos en el ordenador con programas que se ha bajado, y luego las cuelga en un blog que acaba de iniciar. Está orgulloso de sus fotos y las enseña a poco que se le pida. Le gustan los cómics, que se pasa con los amigos, y las películas, que también se baja de la red. En su casa, cena con sus padres y avisa si no va a ir. La ritualidad de la comida es muy importante: la cena, el cocido del sábado, las fiestas y sobre todo Navidad y los cumpleaños. No hablan apenas en la mesa, o comentan algo de las noticias que están viendo en la tele. Apenas emplean expresiones de cariño, y si lo hacen son sólo con el gato. Los Sierra aceptan el destino y no se plantean ansias por el futuro. Su madre no se queja de las tareas domésticas, pero sí de lo aburrido que es su marido. Consigue llevarle una vez por año al pueblo donde visita a su hermana. Manuel tiene una relación de dependencia/devoción con su madre que termina siendo la única cosa en la que declara creer. Aunque Murray no lo expresa, es fácil suponerle del Atleti. Madrid, como cosmos en donde se realiza una forma específica de individualidad diferente y similar en ciertos aspectos a las de Londres y París, dice Murray: una voluntad de sí que se ejercita, sin embargo, en una fuerte socialidad que, al mismo tiempo, impulsa un deseo de independencia y originalidad. Manuel realiza su individualidad a través de prácticas estéticas de vestido, de ejercicios artísticos, técnicas de autoconstrucción que le dan un fuerte sentido de independencia, a pesar de que a sus treinta y cuatro años sigue viviendo en casa y “queda” todas las semanas para salir con los amigos.
El individualismo que han teorizado filósofos y sociólogos en sus versiones más o menos conservadoras, más o menos “constructivistas”, no puede explicar la trayectoria de vida de Manuel, sus contradicciones y su imaginario, sus fuertes lazos y al mismo tiempo su voluntad de independencia. El yo de Manuel es un yo-en-Madrid que no puede ser descarnado de las vueltas y revueltas; del saber cuándo y cómo tomar cañas y cómo estar en la barra de un bar sin pasarse ni quedarse; del cómo diferenciarse sin ser “original”; del cómo mostrar sensibilidad y espíritu artístico sin que empiecen a mirarle como rarito. Modernidad tardía de un cosmos en el que los manueles y manuelas se autorrealizan en prácticas que construyen también un cosmos particular-universal. Hace poco en un periódico un crítico extranjero explicaba por qué el cine español no acabe de cuajar: los actores hacen de sí mismos, de español medio. Creen ser muy particulares, pero coinciden con un estereotipo único que los españoles reconocemos como familiar y el resto como extraño. El poder de la identidad.

jueves, 26 de agosto de 2010

Máscaras que nos hacen

En los años de tensión política antes de la democracia, uno de los rituales obligatorios de iniciación para un estudiante “comprometido” era “trabajar” política y en ocasiones materialmente en un medio obrero: una fábrica, un barrio. El trabajo implicaba necesariamente mezclarse en estilos de vida que, dependiendo de los orígenes, podían resultar completamente desconocidos si el estudiante pertenecía a la burguesía o, por el contrario, familiares, literalmente familiares por origen, pero en todo caso ya abandonados. Pues ser estudiante comprometido consistía principalmente en un ejercicio de ascetismo: humildad y pobreza en los vestidos, casi siempre vaqueros y guerreras de apariencia militar, boinas, barbas descuidadas. Varones y mujeres cultivaban por igual una apariencia ascética. Las mujeres abandonaban todo maquillaje, sólo se permitían pantalones cuando más gastados mejor, ropas holgadas que disimulasen sus formas, los varones se esforzaban en lo serio, adusto, militante. El estudiante comprometido ocultaba con pudor la sensualidad, junto con sus deseos, lo contrario que los varones y mujeres proletarios, quienes exhibían orgullosamente sus músculos y curvas, que en sus gestos y palabras tendían siempre a lo picante, lo insinuante, y que, desgraciadamente, veían a aquellos tontos como un sucedáneo de los curas que habían tenido que aguantar antes de la comunión. Sus ideales de vida chocaban como trenes: los realmente proletarios cuidaban mucho su aspecto, se arreglaban con cuidado para salir de fiesta, eran sobreabundantes en el consumo de comida y bebida, gastaban lo que podían, hablaban sin recato de sus deseos de consumo, ofrecían sus cuerpos y sus vidas con entusiasmo. El estudiante se encontraba distanciado precisamente por su imaginario de lo que era la vida proletaria. Muchos años más tarde, los años del grunge, los estudiantes repetían las mismas estrategias de distinción: zapatillas desatadas, camisetas y jerséis holgados y llevados abigarradamente unos encima de otros para manifestar descuido (un cuidado descuido).

Cuando se pasan varios años en la enseñanza universitaria no es difícil observar cómo va mutando la apariencia de los estudiantes desde la exuberancia que traen de la secundaria (no los de clase burguesa, que ya han aprendido en el bachillerato las formas de distinción) hacia una apariencia de seriedad y profundidad, pasando por una etapa de cuidado descuido desafiante. Es un efecto del cultivo material que tiene la cultura universitaria. En realidad sus hábitos pertenecen a lo que Nietzsche ya había calificado como ideal ascético:

“El sacerdote ascético tiene en aquel ideal no sólo su fe, sino también su voluntad, su poder, su interés. Su derecho a existir depende en todo de aquel ideal […] El asceta trata la vida como un camino errado que se acaba por tener que desandar hasta el punto en que comienza; o como un error, al que se refuta –se le debe refutar--- mediante la acción: pues ese error exige que se le siga, e impone, donde puede, su valoración de la existencia. ¿Qué significa esto? Tal espantosa manera de valorar no está inscrita en la historia del hombre como un caso de excepción y una rareza: es uno de los hechos más extendidos y más duraderos que existen.”

Tiene razón Nietzsche: los ideales ascéticos son uno de los hechos más extendidos y más duraderos. Porque también son una de los más eficientes estrategias de identidad. Nada da mejor la apariencia de profunda aristocracia que la humildad, la pobreza, la castidad en los arreglos de la existencia. Nada más alto que lo bajo, nada más profundo que la superficie. El desprendimiento como una cuidadosa estrategia de ordenamiento de sí. El estudiante que quería “integrarse” con los obreros descubría que no podía, pero no era capaz de admitir en sí mismo que era precisamente la distancia que establecía su ascetismo la causa sui, la razón de aquél. Deseos contradictorios: poder y ser amado.

domingo, 22 de agosto de 2010

Coprolalia y transparencia

Estoy leyendo entre carcajadas y distancia ®O$ de Eloy Fernández Porta, con la misma ambigua actitud que leí Afterpop y Homo sampler. Eloy Fernández Porta pertenece a la nueva generación de críticos culturales para quienes la cultura no tiene corralitos. Todo sirve (no todo vale). Todo es relevante: la distinción entre cultura popular y cultura elevada es un signo más de voluntad de distinción, no menos peligrosa que la distinción entre cultura científica y cultura humanística. El libro es, más que recomendable, obligatorio como ejemplo de un estilo que ya se está anunciando como la aportación propia del país al pensamiento contemporáneo. Con Beatriz Preciado, con Agustín Fernández Mallo, con... una nueva generación de autores que reivindican el sarcasmo en lugar de la ironía, la coprolalia en lugar de la jerga filosófica. Vale. De acuerdo. Estoy con ellos como estuve con el cine de Almodóvar. Son una conquista del lenguaje.
La tesis es simple: el capitalismo contemporáneo se ha convertido en un capitalismo de producción industrial de identidades emocionales a través de estrategias imaginístico-comerciales. El desarrollo es divertido: comics, anuncios, textos, caricaturas del lenguaje filosófico, etc. La industria cultural como constructora de identidades.
Sorprendentemente: el perro de los Baskerville no ladra. Exemplum docet, exempla confundit: faltan ejemplos cercanos precisamente sobre las industrias culturales que están conformando las identidades emocionales de los españoles medios: las culturas de los babelia, las culturas de los culturales, ... etc., las industrias editoriales como estrategias de identidad.
La coprolalia como sustituto de la jerga de la autenticidad: no hablar con términos elevados sino lo más bajo posible. La nueva autenticidad de la espontaneidad cultural sin reparos, un sobrino de Rameau que no tiene pelos en la lengua, un auténtico de nuevo cuño. La transparencia de quien ya no cree en la transparencia.
Es la tragedia contemporánea de la cultura española. Imitarnos a nosotros mismos, tan naturales siempre, tan auténticos que terminamos siendo ininteligibles. Como el cine español. Como la cultura española: todos coleguillas.

jueves, 19 de agosto de 2010

La pasión de Sorel


"
¿Dónde estamos cuando pensamos?" --se pregunta Hanna Arendt. En realidad deberíamos preguntarnos: ¿quiénes somos cuando pensamos?". Reflexionar es tomar distancia de sí, ponerse en lugar de otro: un otro generalizado que somos o deberíamos ser. Este ideal de reflexión es desde el Romanticismo objeto de una controversia con la que en algún momento tenemos que encontrarnos si, como Sócrates, pensamos que una vida no examinada no es una vida digna de ser vivida.
Stendhal construyó sus personajes sobre la tensión entre vida y reflexión. Sus personajes intentan ser naturales, seguir su verdadero yo en vez de seguir las convenciones (Julian Sorel en El Rojo y el Negro, se abandona a sí mismo cuando deja de pretender el triunfo social y se apasiona amorosamente). Más tarde, Nietzsche, en su Ecce Homo proclamó también como ideal "llega a ser lo que eres", ama tu propio destino. Paul Valery acabó cruelmente con este ideal romántico: en primer lugar, la división entre ser natural o seguir las convenciones es en sí misma ya una convención; en segundo lugar, pretender ser natural implica que tomamos a un yo ideal como referencia y nos ponemos en su lugar para comprobar que estamos avanzando hacia ese ideal. Sartre encontró en Valery la inspiración para su análisis de la mala fe, que no es otra cosa que el síndrome de Stendhal. No es difícil encontrar abundantes ejemplos de mala fe: cada vez que alguien nos dice que quiere buscar su propio yo, que pretende ser el/ella mismo/a, se aparece el fantasma de Sorel. Como si esa búsqueda no fuese una forma incoherente de dejar de ser lo que uno es y buscar un yo inexistente.
Pero examinar la vida tendría que incorporar el salir de sí, el mirarse con distancia, el querer no engañarse.
¿Es posible hacer compatible estos dos ideales? Vivir o narrarse, confronta el personaje de La náusea, que ha decidido llevar un diario y decide que es una tarea imposible.
Tragedia del sujeto contemporáneo.

jueves, 12 de agosto de 2010

Los mitos de la caída


Relatos de origen que como casi todos los mitos ejercen una fuerza oculta en las constelaciones del discurso. La caída es uno de los más viejos relatos de las religiones que han ido constituyendo nuestra trayectoria: la caída del ángel (
non serviam); la caída del hombre que comió del árbol de la ciencia del bien y del mal. Toda la historia de la cultura occidental tiene una tema dominante: el ser humano está en pecado por orgullo y debe ser redimido. Este relato de caída y redención ha operado en todas fuerzas filosóficas e ideológicas.
Relatos de salvación: necesitamos un salvador, un héroe, un mesías, etc. Necesitamos levantarnos ...
Relatos nihilistas: Nietzsche: el ser humano ha caído en la trampa moral de la debilidad; convencer a otros para que le levanten a uno. Heidegger: el ser humano ha olvidado el ser y ha caído aherrojado en el ente, un ser-ahí. Wittgenstein: el ser humano ha caído en el embrujo del lenguaje y en la metafísica.
Relatos de resistencia: estéticas de la resistencia a las que Brea dedica el último número de Estudios Visuales. Estéticas de la derrota que convierte la vida en un mientras tanto, un lugar de nadie en la espera del mesías y la salvación.
Relatos de identidad de los que no nos desprendemos sino haciendo versiones con nuevos personajes y tramas que apenas cambian lo que no es sino una forma de vivir el tiempo como tiempo de espera. No hay filósofo que no oculte un pequeño redentor en su baúl.
Orfeo, Cristo, Prometeo, Fausto,..., relatos de caídas, ángeles y redentores.
Freud tuvo razón en casi todos los mitos constitutivos, leídos como interpretaciones metafóricas de nuestros troncos emocionales, personales y colectivos, psicológicos y culturales. Sorprendentemente se olvidó de los relatos de la caída, mucho más sorprendentemente puesto que pertenece a una cultura donde Fausto es la forma en la que todo intelectual se sueña.
Tenía razón Borges: toda metafísica tiene un mito detrás. Y viceversa.

viernes, 6 de agosto de 2010

Miedo a las palabras


E
l día 3 de marzo de 1982 Michel Foucault habla ante un abarrotado auditorio que asiste a su curso en el Collége de Francia. El curso está muy avanzado, ha sido dedicado a los textos moralistas de la antiguedad, desde Sócrates a Séneca y Marco Aurelio. Foucault opone a la ascesis cristiana como renuncia a sí la ascesis filosófica antigua como subjetivación del discurso de verdad:

" Se trata de reunirse consigo mismo con un momento esencial que no es el de la objetivación de sí en un discurso de verdad sino el de la subjetivación de un discurso de verdad en una práctica y un ejercicio de sí sobre sí mismo. Ése es el tipo de diferencia fundamental que, en el fondo, intento poner de manifiesto desde el inicio del curso. Procedimiento de subjetivación del discurso de verdad: esto es lo que encontraremos expresado sin cesar en los textos de Séneca cuando dice, acerca del saber, acerca del lenguaje del filósofo, acerca de la lectura, acerca de la escritura, de las notas que se toman, etcétera, que se trata de hacer propias (facere suum) las cosas que sabemos, hacer propios los discursos que escuchamos, hacer propios los discursos que reconocemos como verdaderos o que la tradición filosófica transmite como tales. Hacer propia la verdad; convertirse en sujeto de enunciación del discurso de verdad; ése es a mi juicio, el corazón mismo de esta ascesis filosófica"

Las palabras de Foucault hablan por sí mismas mejor que yo, pero querría hacerlas propias para explicar y explicarme mi relación con el lenguaje y la cultura. A estas alturas ya voy entendiendo que el autoengaño es la forma de mentira más común. Nace más del miedo a las palabras que del miedo a la realidad. Apropiarse del discurso como sujeto que enuncia no como objeto al que se refiere un discurso. Entender como apropiarse del discurso.
Si, como Salomón, a uno le gustaría pedir en la vida entendimiento antes que cualquier otra cosa es porque lo que está pidiendo es que el miedo a las palabras acabe. Que la voz sea la voz propia. No como quien repite ilimitadamente lo que escucha, sino como quien al dar voz a un discurso es como si fuera enunciado por primera vez. En eso consiste ser autor, en ser original porque el discurso se origina en uno, no necesariamente porque sea nuevo.

viernes, 30 de julio de 2010

Teoría de la mariposa

He tardado más de un año en leer Deseo de ser punk de Belén Gopegui. Es una de las escritoras que más aprecio y respeto y me he dado tiempo para distanciarme de las usuales críticas que recibe su obra. Llevan mal los críticos sus discursos de izquierda radical. Se considera ya antiliterario sus abundantes alusiones y discursos anticapistalistas. Vaya, si tuviésemos que eliminar el didactismo de la literatura, no sé por qué no se meten en el saco también los rollos bienpensantes y políticamente correctos que nos sueltan escritores mejor tratados en los suplementos o los discursos pseudofilosóficos que adornan los más vanguardistas en sus novelas vanguardistas y, por qué no, también tanto texto prejuicioso de comentarista que te suelta un discurso político o antipolítico en vez de hablarte de la obra en cuestión. Lo que piense de los panfletos de Belén Gopegui es cosa mía, pero me irrita que a ella se la señale por un vicio general, en el que caen sobre todo los que creen haberse refugiado en la literatura pura.
En Deseo de ser punk experimenta un juego de ficción difícil, el de situar el punto de vista en la primera persona de una adolescente que pasa por un periodo de desorientación, expresado en la complicada relación que sostiene con el rock radical, metáfora de la complicada relación que sostiene con el resto del mundo, su familia en particular.
Belén Gopegui sigue realizando una cartografía de la psicología de la gente en nuestro marco económico y social capitalista, un cinturón que, según su punto de vista, estructura y condiciona las emociones y la afectividad en todas las relaciones humanas. Su tour de force es situarse en un punto de vista que para un adulto es posiblemente lo definitivamente otro: la etapa adolescente. Los adolescentes fueron tratados tantas veces en la tradición de la novela de aprendizaje, muchas veces con propósitos catecumenales, que cabría hacer un género del asunto. Pero Belén Gopegui intenta ser ella adolescente. Lo deja muy explícito su esfuerzo por encontrar un acuerdo aceptable entre un lenguaje adolescente disminuido, un mundo cerrado en las letras de las canciones, los paseos con amigas y los escarceos sentimentales y un impulso de visión general de las cosas. Se desdobla en tres personajes: el padre, el padre de la amiga, y la adolescente misma, como tres puntos de vista sobre el mundo, algo que se suele encontrar en sus novelas. El padre incapaz de entender a su hija e incapaz de entender la vida en el momento que ha quedado en paro. El padre de la amiga, muerto joven como corresponde a un buen rockero, que traza un hilo intergeneracional de rebeldía. La adolescente, que se descubre en contra, sin saber aún de qué. Así hila una novela que me interesa sobre todo por el esfuerzo de mirar desde donde no se puede mirar: el tiempo ido.
Es posible mirar, escribir, desde personajes otros en donde la distancia puede ser el género, la clase, la historia, la cultura, etc. Pero, ¿cómo escribir sobre el otro que fuimos sabiendo lo que sabemos? Es intentar ver el mundo borrando lo que hemos sido. Porque hemos sido adolescentes y hemos dejado de serlo. Porque el haber sido adolescentes nos ha marcado, pero el haber dejado de serlo nos ha marcado mucho más: es retirar las capas de identidad para hacer arqueología de un sujeto en ciernes. Hay una referencia en la novela a El extranjero de Camus (para mí también fue la lectura de mi adolescencia), pero Belén Gopegui debe estar pensando más bien en El hombre rebelde, en la arqueología camusiana de la rebelión contra lo real. Lo que ocurre es que debe buscar las claves en lo que se ha perdido por metamorfosis, como si la mariposa quisiera novelar su etapa de pupa en el capullo. Como quien traza un paisaje desde el fondo del mar, donde no se ve más allá de unos metros, pero sabe que el mundo es muy grande, y lo sabe porque ya ha recorrido muchas sendas.

Me ha enternecido la reivindicación del personaje contra la sociedad. Curiosamente, años atrás, cuando las cosas eran de otra forma, fue esa misma la reivindicación de muchos movimientos "jóvenes": dejadnos espacio.

"—Es una sola: locales para los adolescentes. No
bares ni cines. Sitios donde no haya que pagar. Locales
nuestros, como se supone que tienen los pijos que viven
en casas con garajes de sobra. O como los que se
okupan pero sin que nadie te eche después de un año.
Locales donde podamos juntarnos cuando nos parece
que todo es peor que lo peor y que lo único que esperan
de nosotros los adultos es que llegue un día en que
empecemos a vender y comprar todo. Como si no
importara que alguien se rompa, porque se supone que
habrá más. Cuando alguien se rompe, hay que
arreglarlo, ¿vale? Hay que dejar todo y ponerse a
arreglarlo. Pero, para eso, necesitamos sitios.
—¿A quién le haces esa demanda?
—A los adultos con poder. A vuestros jefes, a los
banqueros, a todos los cabrones que ni siquiera saben
que existimos, y también a todo el que pueda dar un
local para uso de adolescentes. Desde los quince a los
veinte, luego nos vamos y que vengan otros. "

lunes, 19 de julio de 2010

Palabras de otros


En http://salonkritik.net/09-10/2010/07/la_burbuja_cultural_y_la_econo.php#more

Pensemos con las palabras de José Luis Brea, ahora que estamos de vacaciones.

La burbuja cultural -y la economía improductiva -- José Luis Brea

Cuando Zapatero todavía era una esperanza creíble, anunció con discreción y casi timidez -en el programa electoral de la que resultaría su primera legislatura: tal vez valorando que no iba a ganarla los nefastos clientes de su acomodaticio clientelismo no habían hecho aún presencia- un giro para la economía de nuestro país cargado de audacia y promesa. Donde el peso de los flujos dinerarios inflaba imparable -apestosillo a corruptela popular: y de aquellos polvos estos lodos, nunca se olvide- la malhada burbuja inmobiliaria, nuestro socialista todavía visionario -antes de que los progres de su gabinete le abarataran la proclama en tontunas de corrección política- declaró un giro que pondría en cambio la carga de su proyecto-programa en la esp eranzadora economía del conocimiento.

Claro está que a muchos semejante promesa -aunque fuese electoral, y por lo tanto flagrantemente fraudulentoide desde su declaración- nos dejó encandilados, y aún votantes -qué cuernos el 14M, algunos sabíamos qué votábamos. Cuando además se vio que aquello no sólo se traducía en un querer invertir en serio en la i+d+i famosa a nivel (post)industrial, de genuina economía inmaterial -lo que viniendo de habermasianos atenazados por el sindicalismo obrerista del que eran rehenes ya era un puntazo-, nuestra simpatía se convirtió en -casi- pasión y hasta militante proselitismo.

Pero esa promesa quedó bien pronto en nada, pura agua de borrajas. Ni en primera ni en segunda legislatura el país ha invertido sensatamente -que se sepa y pueda demostrarse- un solo euro ni eneconomía de conocimiento ni en i+d+i, y el resultado es que ningún sector productivo -que se sepa y pueda demostrarse- ha aflorado o crecido de modo significativo en este tiempo. Toda nuestra economía -de especulación: tampoco y ni siquiera ella productiva- siguió anclada en el ladrillo: que lo que para la escena internacional se dice crisis tenga que para nosotros llamarse catástrofe nombra ahora -y de esto la culpa no puede hacerse infinitamente retrospectiva- justamente ese fracaso absoluto. El de haber sido -los socialistas del siglo 21- incapaces de sacarnos de ese enfangamiento fatídico -en el que ahora nuestro país ya boquea como pez varado, sin ser capaz de imaginar de dónde le llegará el oxígeno- y conducirn os, como se anunciara en proclama de inteligencia nunca cumplida, hacia ese recentramiento de la economía en una efectiva del conocimiento.

Queda en todo caso por hacerse la pregunta de qué fue del único “sector” en el que un cierto intento serio de “reconversión” -surgida de un esfuerzo de introducir en ella la potencia de la investigación como motorizadora de innovación- fue sondeado: a saber, el campo de las producciones simbólicas y culturales. Si hubo un espacio en el que cuando menos las declaraciones iniciales parecían apuntar a la transformación de una economía improductiva y puramente simbolizadora -del entretenimiento y el consumo de bajo nivel de productos basura- en otra de innovación incrustada en los potenciales del avanzado capitalismo cognitivo -ese espacio y territorio quiso ser el cultural. Pongamos que la justificación de inflación de la segunda burbuja a cuyo pinchazo asistimos ahora inermes -el de la cultural- tuvo como coartada y justificación de inversión pública el programa implícito que señalizaba como posible pol ítica de estado de gran alcance -pues insisto en que sobre su eje se quería hacer pivotar todo el proceso de cambio de nuestra segunda gran reconversión, la del conocimiento- nuestra entrada en el “capitalismo cognitivo” por la vía, acaso bajo la máscara, del “capitalismo cultural”, invirtiendo a manos llenas -y es mucho el dinero de las arcas públicas derrochado, para nada- en eso de las “industrias creativas” que a los ingleses parecía estar saliéndoles tan bien.

Claro que hacer las cuentas de cómo esa inversión ha sido un tal fracaso y ello puede leerse como segunda burbuja pinchada -y no menos grave, si nos atenemos a la enorme cantidad de población trabajadora a la que ahora mete en el desempleo más o menos encubierto- requeriría análisis más detallado -que lo que esta extensión columnista permite. A salvo de compromiso de retomar el tema con mayor exhaustividad más adelante, sí que quiero comprometer aquí la consideración de dos tiempos -pues la burbuja se ha hinchado y pinchado en efecto a lo largo de dos ministerios bien diferenciados en su proyecto y malgestionamiento- y dos escenarios también bien distintos: el del “arte” y el del “cine”, pues ciertamente ni en el del libro ni en el de la música se han tomado iniciativas particularmente significativas que hagan pensar que fueran tomadas en consideración como posibles escenarios para nuestra original manera de plagiar el recentramiento de l a economía en una cognitiva por la vía de transformación de las políticas culturales en inversión favorable al desarrollo de las industrias creativas.

Primera toma, en el escenario del arte y el ministerio del poeta-gestor César Antonio Molina. Digamos que su gran apuesta innovadora fue el mundo del arte-entretenimiento-espectáculo, con el Reina Sofía como buque insignia y la optimización del proceso de selección de director como herramienta principal de “innovación”, convencido de que con ello sería suficiente para hacer ingresar nuestro precario y empobrecido mundillo del arte en los niveles de primer rango internacional. Por supuesto, eso nunca ocurrió: para que el sector del arte pudiera transformarse en profundidad en una escena de economía productiva, su “industria” -por llamarla con un nombre por completo inapropiado- necesitaría verse transformado en un amplio espectro de subsistemas, desde la formación del artista hasta la generación de aparato crítico, desde la educación misma del ciudadano-receptor y las propias condiciones de establecimiento de un mercado real (y no una pura <>burbuja asistencial artificialmente alimentada por las compras y las subvenciones públicas) en su espacio. De todo ello, lo único que reformó el celebérrimo documento de buenas prácticas fue lo más espurio y superficial, el procedimiento de selección de los directores de los museos, esos vetustos almacenes de antiguallas por más que contemporáneas, a los que no se consintió en ningún caso variar de veras ni siquiera las políticas de adquisición.

Y claro está que sin haber podido tocar en lo profundo la colección y su consistencia interna, por ejemplo, y sin poder intervenir -salvo al estilo apabullante del elefante en cacharrería que quiere hacerse con la jefatura de todo, todo- ni la educación de artistas ni de críticos (si eso existiera), ni de reorganizar las mismas condiciones de producción, apenas el buen talantismo -de escuchar a la “sociedad civil” del sector presuntamente autoorganizada- podía aquí servir para otra cosa que un barnizado legitimante de último minuto, de cara a la galería -de esa misma escuálida “sociedad civil”. El resultado: toda la producción de arte contemporáneo en nuestro país sigue donde estaba -o sea, en ninguna parte, salvo casos contados de autogestión esforzada-, seguimos teniendo una educación de artista decimonónico-romántica (eso sí, ratificada a la boloñesa), nuestra capacidad de recepción inteligente o crítica de las producciones simból icas sigue sin mejorar un ápice … pero, eso sí, hemos mejorado enormemente nuestros grados de autocomplacencia -merced, claro está, al potenciamiento de los momentos dialécticos de la falsa conciencia que trajo el buenpractiquismo.

Y ello por obra de una inversión tendenciosa que pone el signo y la singularidad del proceso entre nosotros: lo que se predicaba acceso al capitalismo cognitivo por la vía de la producción simbólica es rápidamente reconducido y secuestrado por la ideología de la resistencia. En vez de un capitalismo cognitivo-cultural,nuestro buque insignia -y con él toda la política cultural- invierte en negar y dificultar que tal cosa emerja y pueda llegar a consolidarse entre nosotros. En vez de fuerza de innovación y creatividad basada en la investigación -lo que en efecto necesitaría de la consolidación de un campo intelectual para las artes entre nosotros, resultante de una correlación de fuerzas muy densa entre universidad, institución cultural yeconomía de innovación en el sector- toda la producción artística se consagra a beneficio de lacantamañanería antagonista (tardofrankfurtiana-situacionista ), ocupando (insistiendo en okupar: haciendo de precariedad virtud) el terreno figurado de la antitética, de la resistencia al demonio Capital, y a que -lo prometido era deuda- el capitalismo se transforme y despliegue en nuevos escenarios desde los que potenciar tanto la emergencia de un sector verdaderamente productivo y generador de riqueza colectiva, el del conocimiento, como la capacidad de reconfigurar toda su fuerza simbólica en receptividad crítica y no en la reiterada e improductiva proclamación tediosa de la resobada cantinela resistente.

Lo que de ello se sigue: el mantenimiento del quehacer productor de obras en el espacio de la economía artesanalista, el del trasnochado comercio de objeto singular y fundamentalmente -salvo la pequeñez de su libre mercado no destinado a la captura derrochadora de dinero público- improductiva. Y su consagración subrepticia a un valer como consuelo para esas grandes capas de la ciudadanía deficientemente integrada en el tejido económico-productivo -esa otra gigantesca bolsa de paro larvario-, al proporcionarles la narrativa fiduciaria de heroicidad por la que se autorepresentan su situación de desocupación como una de ejercicio práctico de eticidad y trabajo político. El de pertenecer a un sector creativo -pese a que su creatividad efectiva es nula, mera repetición cansina de lugares comunes- y a la vez a uno de la ciudadanía políticamente activo -aun cuando, de nuevo, la eficaci a política de este sujeto solazado en su autoimaginación de antagonista forajido-pirata siga también siendo exquisita e igualmente nula.

Pero, y como el sector de población afectado de esta psicopatía colectiva de conciencia falseada es tan amplio, lo que podría parecer que redunda en una economía puramente improductiva -y desde el punto de vista de la generación de riqueza lo es- tiene para bien o para mal un registro en el que rinde, en cambio, mucha eficiencia: a saber, el de la economía afectiva. Todo lo que no resulta en generación competitiva de innovación en la producción de imaginario -inmaterial ahora: resultado de aplicar creatividad a las producciones simbólicas en el escenario de las tecnologías electrónicas de producción y difusión de imagen- beneficia únicamente a la producción de esa afectividad consoladora de la que se sigue un deplorable bálsamo para sujetos autosatisfechos -que se embadurnan con la palmadita en el hombro del colega que les hace el guiño cómplice como “uno de los nuestros”, miembro compañero de la m ismacomunidad de “elegidos” para salvar el mundo.

Nuestro país sigue entretanto sin generar un sólo producto artístico de interés medio internacional -ni despliega creatividad alguna en el espacio de las producciones simbólico-cognitivas avanzadas- pero todos nos sentimos maravillosamente recompensados -esquema de la zorra y las uvas- decidiendo que el no-acceso a ese ahora redefinido como “objetivo lúgubre” -el de un capitalismo cultural- es por todos repudiado: nosotros no pertenecemos a esa caterva ferial-museal-bienalista de otros tantos establecimientos culturales vendidos a las lógicas del entretenimiento y el turismo cultural, sino que somos y seguimos siendo un pueblo de artistas todos y anarquistas más.

Y, voilá, lo que se prometía en papel mojado de programa electoral fue así en un birlibirloque truculento escamoteado ya para siempre, entregando a cambio la falsa moneda de, justamente, lo que ya antes había y en nada se había visto transformado.

Vamos ahora a imaginar que cuando Moncloa puso de patitas en la calle al ministro gestor-poeta no lo hizo por el quítame allá esas pajas de su conflicto con Exteriores -ni con las autonomías- sino por algo que lo mereciera de verdad: el haber fallado de una manera tan flagrante al anunciado compromiso electoral, tanto como para dar una larga cambiada que terminara en, precisamente, el extremo opuesto de lo prometido, de vuelta al hoyo mismo del que se nos tenía que haber sacado. Y vamos a imaginar también que el nombramiento en sustitución de la ministra-gestora-guionista quisiera reeditar el intento -de reconducir el sector de las industrias culturales al prometido escenario de la economía del conocimiento- en un campo en principio menos recalcitrante y cantamañanas, y más dispuesto a resolver la transformación de sueconomía propia en un modos de productividad no puramente afectivo-simbólico-ideológica, el del cine.

El desparpajo altoparlante de la ministra puso muy en claro y a toda velocidad -en esta segunda toma de la promesa electoral escamoteada, aunque ahora ya ésta se había revisado en captura clientelar, para complacer a los artistas y sus industrillas- que tampoco aquí podía esperarse mucho. Sus declaraciones contra la red y los internautas dejaron bien claro rápidamente y desde el comienzo que el compromiso que traía con el cine -y las entidades de gestión de derechos- la mantendría cautiva en la salvaguarda cortoplacista de los intereses de una industria que antes que saber de innovar -e innovar significa apostar por el progresivo desplazamiento de escenarios y modos de economía cultural, en la dirección de las tecnologías electrónicas- quería ver certificado el modelo subvencionista y de economía de regulación del acceso bajo la forma del consumo, y resueltas las diversas guerras “culturales” -la del cine, la del fútbol, la de las televisiones (en realidad una y la misma)- a favor de los socios mediatico-políticos del gobierno, sin ambages y de una vez. Y punto. Si todo ello requería de una gestión rápida y decidida, se eligió a la persona adecuada.

Muy pronto cualquier promesa de indagar las posibilidades de desarrollar nuevas economías productivas en el entorno de las industrias creativo-culturales se vieron entonces definitivamente descartadas, aquí a favor de los intereses creados -de unas industrias que organizaban su producción de riqueza bajo las condiciones de las economías de distribución, haciendo de la regulación exhaustiva de los derechos de autor y reproducción el caballo de batalla por excelencia, en el que tomar partido a favor de los intereses del grupo mediático que desde siempre mandonea -y Molina pagó bien cara la tentativa de distancia- y mangonea “su” ministerio, el de cultura, cuando gobiernan los socialistas.

De tal modo que también aquí la promesa de recentrar los núcleos de la economía productiva en el espacio cultural, por la vía de la investigación, la innovación y la creatividad, quedaron nuevamente aparcadas -vade retro, Internet- a favor del tradicional cautiverio de la producción cultural-basural en manos de los grupos de presión editorial-mediáticos y su modo tradicional de secuestro de lo político. Visto el ensanchamiento de la crisis y la rapidez con que la segunda burbuja, la inversora de gasto público en el espacio de la innovación cultural, ha debido someterse a recortes exhaustivos, todo lo que resta se redirige a donde siempre se dirigió: a la cooptación clientelar de los agentes mediáticos capaces de garantizarle al gobierno, ante la proximidad de unas elecciones ya casi dadas por perdidas, un desastre electoral lo más suavizado posible.

Claro está que para ello de nuevo era necesario -es necesario- mantener en la improductividad el sector -aquí de nuevo una inversión seria requeriría actuaciones simultáneas en formación, industria cultural y modelos de creatividad técnica innovadora, que por supuesto ni se ha planteado hacer-. Y en este caso ni siquiera a beneficio de una economía de afectividad socialmente compensadora, sino de la rentabilización instrumental -e instrumentalizadora en términos de ingeniería social, como capacidad de gestionamiento táctico de los estados de la opinión pública- de los pactos clientelares implícitos entre las industrias culturales asentadas -falsamente “culturales”, en realidad sólo mediáticas- en el antiguo modelo de siempre, de las economías de distribución, y el artero cálculo de rentabilización política que, en pago por los favores prestados, reciben de manera más o menos encubierta las formaciones políticas.

Por supuesto que éste -instrumental, donde la improductividad del sector como generador de riqueza competitiva se sacrifica a la satisfacción de los industriales afines y dispuestos a reciprocidad- no es un modelo particularmente exclusivo del hacer de los socialistas -no otra cosa hace el PP donde gobierna-, pero lo que aquí estamos lamentando es ver cómo una promesa -de concebir las políticas culturales bajo otra óptica: la de la innovación en el terreno de las economías de conocimiento- que sí hicieron ellos, los socialistas pretendidamente del siglo 21, se ha visto por dos veces traicionada, desde dentro, por ellos mismos, y en cada ocasión a favor de una improductividad cada vez más lamentable.

La primera, en el campo del arte, sacrificando toda investigación innovadora al altar de la producción ideológica de falsa y complaciente conciencia resistente (alimentada del voluntarismo ciudadano autosufragadas de la mera economía ideológico-afectiva). Y la segunda en la renovación del secuestro de la producción cultural por lo mediático-político, sacrificando aquí cualquier tentativa de innovación a la urgencia de negociar a la baja el control del desastre electoral que para el partido en el poder parece acercase cada vez más ominoso, fruto de su efectiva radical inoperancia no digo ya en el afrontar la crisis, sino en haber efectivamente reconducido la economía de nuestro país a algún territorio en el que hablar de economía del conocimiento fuera otra cosa que pura retórica y flatus vocis.

Cierto que esto nos hace perder ya casi toda esperanza -cuando menos a medio plazo- y desdibuja nuestra capacidad de respondernos a la sempiterna pregunta, del ¿qué hacer? -si ya ni siquiera sabemos a quien votar, en quién creer

Dando por perdido el tren de la economía del conocimiento en el campo cultural, acaso -permítanme que cierre un poquito en broma- puede que sólo nos quede apostar por incorporarnos al aparentemente más resultón campo de un capitalismo esportivo.

No sabría yo -que de esto no entiendo nada- si podría aquí hacerse verdadera investigación, innovación y desarrollo -y abrir con ello un espacio de genuina economía productiva. Pero al menos estoy seguro de que sí tenemos un buen nucleillo de cabezas pensantes capaces de innovar modelos -cuando menos del estilo de juego: grandeza de Guardiola, Xavi e Iniesta- y que, bien mirado, hasta su rentabilidad en términos de generación de economía simbólica (y patriotera) es, seguramente, mucho mayor que la de gastar dinero en pagarle a Barceló toneladas de embadurne pintoyó para chorrear obscenamente la cúpula decorada de lagran narrativa zapaterista solucionaelmundo: la de la alianza benettoniana de civilizaciones.

Que Lissavetsky -o tal vez Iker Casillas-, nuestro con mucha suerte próximo Vicepresidente Primero de Economía y Deporte, en grado de sustituto del cabreadísimo Solbes, nos pille confesados (a los del sector cultural, digo) …