Hobbes, Rousseau, Hegel, Marx, Nietzsche, Max Weber, …, son parte de una gran tradición, en la que los componentes de la sociedad y la cultura, tales como el orden y los sistemas de valores, deben ser explicados mediante una genealogía, un tipo de explicación filosófica que no es ni una explicación histórica, ni un simple mecanismo funcional, ni mucho menos un puro análisis conceptual. Así nacieron los grandes relatos que articulan la cultura moderna: el contrato social como origen de la sociedad y el Estado; el amo y el esclavo como origen de la subjetividad en la alteridad; el fetichismo de la mercancía, como explicación de la presunta agencia del capital; el resentimiento y la moral de los esclavos, como origen de la moralidad; la internalización del destino divino en los puritanos, como origen del capitalismo y otros más cercanos como la veridicción como origen del sujeto en Foucault, o la búsqueda de informantes fiables (Edward Craig, Miranda Fricker) como origen del lugar del conocimiento en la cultura.
Hay otras varias tradiciones que llevan por sendas
diferentes: la reducción de la filosofía a historia conceptual de orientación
historicista; la fenomenológica en su carácter descriptivo de la experiencia;
la hermenéutica basada en la interpretación de los discursos; la analítica en
sus versiones de análisis lingüístico, ingeniería conceptual o especulación
metafísica. En todas ellas, la actividad filosófica considera dado el material
con el que trabaja: hechos o valores, experiencias y conceptos. No le preocupa
explicativamente el origen de esos elementos en ciertas trayectorias culturales
que probablemente no sean un reflejo de la historia real sino de una
arquitectura de dependencias que tienen un orden temporal. Por ejemplo, la idea
de que el sujeto precede a la acción (Agustín de Hipona, Descartes, Kant) (en
inglés se expresa con más gracia: “doer behind doings”) es una estructura de dependencia central de la
metafísica moderna occidental, pero la gran tradición genealógica (que
incluiría a Wittgenstein en un sentido muy lato) invierte los términos: fueron
las prácticas, ciertas prácticas, las que originaron lo que llamamos “sujetos”.
¿Por qué varios autores han considerado que la genealogía es
un método necesario en filosofía? Dos
grandes autores muy influyentes en la filosofía contemporánea que han pensado
de esta forma son Michel Foucault y Bernard Williams. El primero en obras como
“Nietzsche, Genealogía, Historia”, Vigilar y castigar, Historia de la
sexualidad o “Verdad y poder”; el segundo en Verdad y veracidad,
entre otras obras. Ambos autores se sitúan a la sombra de Nietzsche y sus
lecturas divergentes no son tanto disputas filológicas académicas como indicadores
de profundos dilemas de la filosofía contemporánea que son los que centran mi
interés en esta entrada. Tienen que ver con la conciencia de la historicidad de
nuestros conceptos con los que nos manejamos en la realidad, como el de sujeto
o conocimiento y cómo reaccionamos ante la no naturalidad y la construcción
sociocultural de aquellos.
Foucault, en “Nietzsche, Genealogía, Historia”, distingue
tres términos distintos en la Genealogía de Nietzsche para referirse a la
historicidad: Ursprung (origen, del que Nietzsche desconfía) y Herkunft
(descendencia, linaje, a menudo corporal y accidental de un rasgo) y Entstehung
(emergencia, acontecimiento momentáneo y contingente en el que una fuerza hegemoniza
un sistema de normas para sus propios fines). Para Foucault, la genealogía no
es una búsqueda de orígenes en el sentido metafísico, es una historia de
accidentes, reveses y luchas de poder que generan constelaciones conceptuales
tales como la locura, la delincuencia, la sexualidad, el autor, el hombre, el
sujeto o el conocimiento.
El conocimiento que
está detrás de estos conceptos se produce y reproduce en prácticas
disciplinarias, instituciones y técnicas de vigilancia y normalización. No hay
conocimiento sin un campo correlativo de relaciones de poder, ni relación de
poder sin una constitución correlativa de un campo de conocimiento. La verdad
misma se convierte, en el Foucault tardío, en un «régimen»: cada sociedad tiene
su «política general de la verdad», los tipos de discurso que acepta y hace
funcionar como verdaderos. Foucault arguye en su artículo que la genealogía
como método exige ella misma una disciplina de erudición para abordar una
ingente tarea de procesamiento interdisciplinar. Pero Foucault no es un
historiador, como no lo fue tampoco en historia de la ciencia Thomas S. Kuhn,
pese a su enorme influencia sobre la historiografía posterior. Foucault es un
espigador selectivo (“cherry picking”) de documentos con una pasmosa habilidad
para subrayar la importancia de citas, textos o imágenes que habría pasado
desapercibidos de otro modo. Así, sus tesis sobre el nacimiento de la
biopolítica, en tanto que proceso sociocultural de la modernidad, o, en sus
últimos escritos, el nacimiento de la gubernamentalidad (neoliberal), deben ser
considerados como genealogías.
Al otro lado del Canal, en el mundo anglosajón, Bernard
Williams, en una lectura distinta de la Genealogía de la Moral, y en su
trayectoria académica enfrentado a lo que llamaba el “sistema de la moral”,
publicó en 2002, aquejado ya por la enfermedad que se llevaría su vida, el
texto fundamental Verdad y veracidad. Una aproximación genealógica, Es
un documento que, desde mi punto de vista, no solo se une a la corriente
crítica contra la teoría moral de pretensiones ahistóricas, sino que también
diverge de las lecturas puramente constructivistas de los conceptos en tanto
que accidentes históricos y, por ello su libro significa, en algún sentido
simbólico, el final de la hegemonía de la vaga idea de “posmodernismo”. Williams distingue dos funciones que puede
cumplir una genealogía: a) el desenmascaramiento, que muestra que la
función real o la historia causal de un valor o una creencia es diferente de —y
a menudo contraria a— su propia autocomprensión. El efecto es, por ejemplo,
desacreditar un juicio moral supuestamente desinteresado mostrando que está, en
realidad, impulsado por el resentimiento o el interés propio. Es la crítica que
ejerce Nietzsche a la abnegación y el ascetismo promovida por la tradición
judeocristiana, que convierte la propia debilidad de la voluntad en valor
principal del sujeto. b) la reivindicación de un valor o concepto, mostrando
que, por muy contingente que sea su aparición histórica, responde a una
necesidad humana real y estable, de modo que gana en autoridad normativa en
lugar de perderla una vez que vemos de dónde proviene.
Williams interpreta al propio Nietzsche no como quien
propone una genealogía puramente desenmascaradora, sino que la Genealogía de
la moral presenta también una dimensión reivindicativa: para Williams,
Nietzsche no se habría limitado a desacreditar todos los valores como producto
causal del resentimiento subrepticio, sino que estaría intentando abrir el
espacio para aquellos valores que pueden sobrevivir a la «revalorización de los
valores», de modo que la Genealogía termina mira hacia el futuro en
lugar de limitarse a la pura demolición.
Su propio proyecto es una genealogía reivindicativa de las
virtudes de la veracidad (precisión y sinceridad) y, a través de ellas, del
valor mismo de la verdad. Frente al modelo archivístico de Foucault, Williams recurre
a la historia-ficción del estado de naturaleza que había propuesto Edward Craig
en su libro Knowledge and the State of Nature (1999). El objetivo de
Craig es metodológico, más que definitorio como ocurría en las propuestas
ilustradas del estado de naturaleza, o en el nuevo contractualismo: más que
buscar un concepto de conocimiento, propone un método genealógico y o de
explicación práctica, que consiste en preguntarse qué función cumple el
concepto de conocimiento en nuestras prácticas y por qué los seres humanos
necesitarían tener tal concepto. Para ello imagina un "estado de
naturaleza" epistémico en el que los individuos necesitan información
fiable sobre su entorno para actuar, y por tanto necesitan identificar
"buenos informantes": personas cuyas creencias verdaderas puedan
reconocerse como tales desde fuera, mediante indicadores observables de
fiabilidad. El concepto de "sujeto que sabe" (knower)
surgiría, según Craig, precisamente de esta necesidad práctica de señalar a los
buenos informantes, y con el tiempo ese concepto se iría objetivando, hasta
generar rasgos que coinciden en buena medida con los que la epistemología
tradicional atribuye al conocimiento.
El punto central al que quisiera dirigirme en esta entrada
tiene que ver con el lugar que ocupa Nietzsche en la cultura y el pensamiento
contemporáneo, y que, como ocurre con Marx y Freud, desborda la pura historia
de la filosofía, para plantear alguno de los profundos dilemas en los que nos
encontramos en la modernidad tardía. Es esta era somos a la vez profundamente
críticos con la cultura, o al menos sentimos el malestar en la piel del alma, y
al mismo tiempo nos sentimos arrastrados por la vorágine sinsentido de la
modernización acelerada, como si nadásemos en un río turbulento sin lograr
alcanzar nunca la orilla. Por eso, Nietzsche nos sirve de ayuda y referente
cultural, él que tan consciente fue de los cambios que estaba sufriendo la
cultura europea y la de su Alemania en particular.
La tensión entre la lectura de Foucault y la de Williams se
hace explícita también en el lugar de la crítica que ejemplifica la Dialéctica
negativa de Adorno. ¿Basta con el desenmascaramiento en una cultura en la
que somos vívidamente conscientes de las contradicciones? ¿Es la solución
estética, el refugio en una suerte de Kamchatka artística, un remedio para el
malestar de la cultura? Fredric Jameson
en la Estética como ideología, Zizek o Mark Fisher han criticado con
toda la razón esta salida. No basta con denunciar que los conceptos y valores
tienen un origen histórico. Es necesario también entrar en los conflictos
culturales y sociales y explicar por qué hay conceptos y valores con los que
merece la pena comprometerse y orientar la vida por ellos.
Estos dilemas llevan a otra disensión en las
interpretaciones de la Genealogía, en este caso dentro de la tradición
analítica. Me refiero a la discrepancia entre los libros y lecturas de la Genealogía
que representan Brian Leiter, Nietzsche
on Morality (2015) y Paul Katsafanas Agency and the Foundations of
Ethics, A Nietzschean Consitutivism (2013). Leiter y Katsafanas representan
dos visiones contrapuestas sobre qué tipo de filósofo es realmente Nietzsche, y
su controversia se abre al segundo dilema que querría tratar: ¿cuál es el lugar
de la filosofía en la cultura? Leiter interpreta a Nietzsche como un
naturalista al estilo de Hume: alguien que hace filosofía en continuidad con
las ambiciones causales y explicativas de la ciencia. Katsafanas lo entiende como
un teórico cultural que valora la moral desde la propia de la agencia. Se trata
de una controversia tanto sobre metafilosofía como sobre la exégesis de
Nietzsche
En Nietzsche on Morality, la herramienta
interpretativa central de Leiter es la “doctrina de los tipos”: cada persona
tiene una constitución psicofísica relativamente fija —un conjunto de «hechos
de tipo»— que determina qué valores y prácticas le benefician realmente. La
crítica de Nietzsche a la moral en un sentido peyorativo es que representa un
conjunto de fuerzas causales-psicológicas que perjudica el florecimiento
humano, el florecimiento de los “tipos superiores” y que solo actúa como
servidora de la manada. Nietzsche no sostiene que la moral sea falsa, sino que
explica sus orígenes del mismo modo que se explicaría una enfermedad. Esto
lleva a Leiter a una visión marcadamente deflacionaria de la agencia y la
conciencia. Destaca su escepticismo sobre el libre albedrío y resalta el
fatalismo que impregna los textos de Nietzsche. Desde esta perspectiva, “convertirse
en quien eres” no significa crearse a uno mismo partiendo de la nada, sino
descubrir y vivir hechos de tipo que ya estaban ahí.
Katsafanas, por el contrario, en Agency and the Foundations
of Ethics, rechaza este punto deflacionista. El naturalismo de Leiter no
puede dar cuenta de la evidente ambición normativa de Nietzsche, el hecho de
que Nietzsche no se limita a describir tipos superiores, sino que impulsa a los
lectores hacia la fuerza, la superación de uno mismo y la unificación de las
pulsiones. Kastafanas se apoya en una corriente en metaética y teoría de la
acción denominada “constitutivista” (Korsgaard, Velleman), que sostiene que los
estándares normativos pueden derivarse de las características constitutivas de
la acción o de la propia agencia. Nietzsche estaría proponiendo que el objetivo
constitutivo de toda voluntad es una versión formal de la voluntad de poder: la
acción implica esencialmente la búsqueda y la superación de la resistencia, no
meramente la satisfacción de deseos. Los valores no son solo hechos sobre lo
que conviene a un tipo fijo, sino que se basan en como la actividad de un
agente realiza la estructura de la voluntad, es decir, el poder entendido como eficacia
a la hora de superar la resistencia, no como mera dominación social.
Esto dota al Nietzsche de Katsafanas de una teoría mucho más
rica de las pulsiones, los afectos y la fenomenología de la agencia, y le
permite tratar conceptos como la autonomía y la autolegislación como elementos
que desempeñan una función filosófica real para Nietzsche, en lugar de ser
residuos de una tradición de la que Nietzsche está tratando de escapar.
Tento Leiter como Kastafanas reaccionan contra la lectura
puramente esteticista de Nietzsche y abogan por situarle en el corazón de los
dilemas sobre cuál es el estatuto de la filosofía: si la continuidad
naturalista con la ciencia o la autonomía para explicar temas que ni la ciencia
ni la vida cotidiana resuelven por sí mismas. Kastafanas, con toda la razón,
propone que quienes, en la gran tradición aristotélica sostienen que el sentido
de la vida es el “florecimiento” humano ni explican por qué este florecimiento
es algo deseable ni explican tampoco por qué necesitamos genealogía e historia
para responder a las preguntas sobre el sentido de la vida.
La propuesta del Nietzsche de Kastafanas, con la que estoy
muy de acuerdo, es que no basta explicar el origen histórico de las morales y
con ello creer que la crítica está completa. Por el contrario, el largo camino
de la humanidad es hacerse a sí misma como sujeto agente, en los varios sentidos
y escalas en que esta constitución se puede entender, desde lo personal, que
lleva a aceptar los propios límites sin que ello afecte a la capacidad de
superar las resistencias a los planes y proyectos que presentan las situaciones
de acción, hasta los muchos más ambiciosos programas en los que podemos pensarnos
como sujetos de la historia. Después, en el ámbito de lo que hacemos y lo que
las colectividades hacen, es donde nacen realmente los valores y lo que importa.
Arriba: Retrato de Nietzsche de Edvard Munch













