Agencia, situación, estructura: estos tres polos definen el espacio de la condición humana. No son esferas separadas, no son externas unas a otras, sino modos de entender constitutivamente la formación de la variedad animal y social que presenta la especie humana. No es de esta forma cómo funcionan las cosas: no es la agencia la potencia activa de un organismo que irrumpe en una situación externa, pasiva, inerte, y produce, genera, transforma las cosas en el espacio limitado por una estructura producto de la historia, de las normas, instituciones y poderes. La capacidad de actuar, la agencia, ocurre dentro de una situación de acción a la que pertenece tanto el cuerpo y la mente como los demás pobladores de esa situación, materiales y personales. La situación de acción no es un territorio externo sino el espacio que habita el sujeto en tanto que cuerpo. Tampoco es un objeto pasivo e inerte, ajeno al ámbito de libertad del agente. Por el contrario, es un dominio activo que da forma a las capacidades y posibilidades de acción. Lo mismo cabe afirmar respecto a las estructuras que constituyen el trasfondo de la acción. Son sistemas de naturaleza heterogénea que abarcan desde las leyes físicas, los entornos técnicos, el lenguaje y la cultura material a las instituciones, normas y relaciones de poder que ordenan una sociedad en un momento y lugar concretos. La actividad de las estructuras en la constitución del sujeto ha sido el tema central de las varias formas de constructivismo que han dominado la filosofía posestructuralista y posmoderna, así que no es ninguna novedad en pensar las estructuras como algo más que límites inertes. El conocido dispositivo de la interpelación del policía de Althusser: metáfora de cómo la llamada del poder hace volver al sujeto sobre sí mismo y pensarse bajo la condición de culpable. Más interesante es el modo en que los sujetos lidian con las estructuras por cuanto están ya corporizadas en las prácticas, imaginarios y esquemas corporales. Las estructuras nunca son máquinas deterministas ordenamientos de conductas llenos de agujeros y zonas grises por donde discurre la acción acomodándose a las rugosidades de la posibilidad.
Simone de Beauvoir avanzó en el contexto de la discusión
sobre la figura de la mujer como producto cultural, en El segundo sexo, una
vía dialéctica que niega que sean espacios separados y establece que el devenir
sujeto ⎼bajo la figura
“mujer” en su caso⎼ es un
largo proceso de mediaciones de tres dominios que no son independientes sino
que se construyen mutuamente:
“Solamente es posible comparar a la hembra y al macho de la
especie humana desde una perspectiva asimismo humana. La definición del hombre
es la de un ser que no viene dado, que obra para ser lo que es. Como ha dicho
acertadamente Merleau-Ponty, el hombre no es una especie natural: es una idea
histórica. La mujer no es una realidad inmutable, sino un devenir; habría que
confrontarla con el hombre en su devenir, es decir, habría que definir sus
posibilidades: lo que falsea tantos debates es que cuando se plantea la
cuestión de su capacidad se la quiere reducir a lo que ha sido, a lo que es en
la actualidad; el hecho es que las capacidades sólo se manifiestan con
evidencia cuando se han hecho realidad, pero es un hecho también que cuando se
trata de un ser que es transcendencia y superación, nunca se pueden dar las
cuentas por cerradas. Se dirá que, desde
la perspectiva que adopto —la de Heidegger, Sartre, Merleau-Ponty—, si el
cuerpo no es una cosa, es una situación: es nuestra forma de aprehender el
mundo y el esbozo de nuestros proyectos. (El segundo sexo 104)
La perspicacia de Beauvoir en esta cita establece, en primer
lugar, que el examen de la condición humana solo puede hacerse desde la
condición humana y ser entendido en el marco de un esfuerzo por ser entre las
olas de un devenir siempre situado y condicionado. Como Ortega, resalta la
condición histórica y no esencial del sujeto, contra Deleuze y los nuevos
materialismos contemporáneos, no permanece en el mero devenir que convierte la
historia del sujeto en una pura secuencia de contingencias, sino que indica la
orientación del ser, en la misma dirección que Heidegger y Sartre, para quienes
la tensión es siempre entre una falta y una plenitud, que se mide precisamente
en la capacidad de formar proyectos o proyecciones que trasciendan la pura
facticidad. En segundo lugar, que la agencia, entendida como un ejercicio de
acción-percepción, siempre es parte de una situación de la que el cuerpo es
juez y parte. La agencia es siempre corporal y siempre un elemento de la
situación. Ni la agencia ni la situación pueden situarse en uno de los extremos
de los subjetivo o lo objetivo, del lado del sentido o del lado de la
causalidad. Las dos dimensiones forman la escala humana que calibra las
diferencias y similitudes. Es por ello por lo que Simone de Beauvoir puede
confrontar lo masculino y lo femenino en tanto que historias diferenciadas de
proyectos, constituciones y, en último extremo, de formas de ser o ser sujeto
en la historia.
La noción de agencia se va incorporando a nuestro
vocabulario filosófico lentamente (la RAE se niega a reconocerla en la acepción
de capacidad de acción). A diferencia de acción, que refiere al acto
intencional realizado por el agente, agencia es un término de
disposición que se manifiesta en la acción. Se diferencia también de praxis
(una palabra que mucha gente consideraría ya obsoleta), pues este término
contiene una dimensión normativa que alude al cómo se inserta la acción en un
proyecto. Praxis es una modalidad
de agencia que se manifiesta en los compromisos que adopta el agente consigo
mismo y con las circunstancias en que vive: el proyecto vital, que
refiere a la significación que las personas dan a las temporalidades largas de
su vida, y plan, que alude a las estructuras de acciones complejas con
un propósito. La capacidad agencial explica por qué las personas definen un
proyecto, se embarcan en planes y ordenan su vida como praxis en un marco
histórico y colectivo más allá de sus horizontes más cotidianos.
En La condición humana, el uso que Hannah Arendt hace
de vita activa resuenan los acordes de la agencia. Ambas dan cuenta de
una capacidad para la acción que expresa y manifiesta motivos, fines y valores
relacionados con la identidad práctica del individuo. Hannah Arendt subraya la
función creativa de la vita activa, que ella concibe como trabajo “libre” y
creativo. Aunque pueda discutirse en grado de agencia en actividades
rutinarias, rituales o en la monótona vida cotidiana, es cierto que la agencia
no es la mera repetición sino la determinación consciente de un estado del
mundo en un espectro muy amplio de determinaciones pues abarca desde la
determinación de una creencia, un valor, un plan, una decisión, a una actividad
física o comunicativa orientada a una transformación en el entorno material o
social. Esta virtualidad de crear lleva en su seno la marca de lo humano tal
como Marx la había dibujado en los Manuscritos de economía y filosofía:
que el ser humano transforma el mundo transformándose.
Transformar, crear y transformarse son los componentes
característicos de la agencia: en primer lugar, la capacidad de acción creativa
y la autorrealización que deriva de tal acción instituyen la agencia como un
concepto que tiene a la vez un componente descriptivo, que alude al modo
particular de conducta que ejercen los humanos como seres télicos que
actúan para lograr algo. En segundo lugar, con un matiz normativo, la agencia
se relaciona con lo que el existencialismo había denominado falta de ser,
que la filosofía del posmodernismo llamó devenir y que, desde una
perspectiva crítica calificaré como autorrealización, es decir, el modo
en que la transformación del entorno es a un tiempo transformación de si, pues
la persona se constituye a través de la agencia en sujeto agente.
En lo que refiere a esta aspecto normativo la agencia apunta
a un modo de existencia que los griegos llamaron eudaimonía, que en el
mundo anglosajón se suele traducir como florecimiento (una traducción
defectuosa del “flourising” inglés) o vida buena. Todos estos términos forman
una constelación alrededor de la dimensión moral y política del ser humano. Una
de las teorías que encaja mejor la idea de agencia con la constitución del
sujeto es el perfeccionismo, un modo de entender al ser humano que
sostiene que la mejor expresión de la vita activa es el ejercicio y
desarrollo de las capacidades que caracterizan a una persona, a un grupo o a
una sociedad. El perfeccionismo tiene muchas variedades, en algunas se
establece una lista de capacidades que pertenecerían universalmente al ser
humano, al modo de una suerte de naturaleza humana (capacidades físicas,
afectivas, sociales, cognitivas). La idea de una naturaleza es discutible en
sus pretensiones de universalismo por encima de la historia, la cultura y la
variedad humana, pero hay algo en lo que tiene razón el perfeccionismo, que es
en la estrecha relación que instaura la agencia entre sentido y poder.
La inmersión agente en el mundo expresa poder y genera
significado. No hay sentido ni significado de la vida sin el poder agente, el
poder determinante. El poder es el ejercicio en que se expresa el sentido y el
significado. Ambos están en la base de la idea de que el ideal de vida es
ejercer las capacidades que permiten un funcionamiento aceptable y digno. Las
capacidades son disposiciones del organismo innatas o adquiridas, su ejercicio,
sin embargo, depende de las circunstancias y la situación, así como de las
restricciones que permite (o facilita) el marco social y tecnológico, es decir,
las instituciones, estructuras e infraestructuras técnicas donde se desarrolla
la acción.
La dimensión moral y política del poder se puede entender
fácilmente cuando lo entendemos en un sentido amplio como la capacidad de las
capacidades, es decir, el complejo de características del agente dentro de una
situación que están en la base del ejercicio de las capacidades. Se manifiesta
de diversas formas. Por ejemplo, en el caso de las capacidades epistémicas,
aquellas cuyo ejercicio logra que el agente forme y comunique creencias
correctas o verdaderas, se expresa como posición epistémica, un complejo que
hace referencia a la situación de conocimiento, pero también a la adquisición
de habilidades sensoriomotoras, intelectuales, creativas que ponen al agente en
disposición de adquirir información correcta sobre el entorno o sobre su propia
memoria. Esta posición de poder epistémico no es intrínseca, sino que depende
de las relaciones que el agente tenga y haya tenido con su entorno social, con
la libre disposición de recursos materiales y conceptuales para formar juicios
sobre la realidad y, por supuesto, de la situación inmediata de conocimiento.
El poder entendido como capacidad para ejercer las capacidades es, al decir de
la teoría de Martha Nussbaum y Amartya Sen, lo que expresa el grado de libertad
de cada agente y grupo y, en su extensión social, la medida de la justicia de
una sociedad, que entraña, entre otras cosas, la posibilidad de que los
ciudadanos lleven a cabo planes de vida con un funcionamiento adecuado de sus
capacidades. Una sociedad en conflicto epistémico por estereotipos, propaganda,
ideologías y cegueras estructurales es, así, una sociedad epistémicamente
injusta, que constriñe la libertad de conocer de sus miembros.
La agencia presupone la motivación, la comprensión de las
relaciones medios-fines, la deliberación sobre lo valioso de los fines y, en
general, sentir el mundo bajo la categoría de relevancia. Si el poder refiere a
la posición y a la calidad de la agencia en las estructuras y marcos en que
habita el sujeto, el sentido y el significado refieren al modo en que las
estructuras y situaciones se convierten en mundo, en realidad
comprensible, comunicable, interpretable. La filosofía contemporánea ha
caracterizado situación humana con este término de “mundo”. Es conocido que
Heidegger, por ejemplo, jerarquiza los seres de acuerdo con la cantidad y
calidad de “mundo” que poseen. Así, los animales tendrían menos mundo que los
humanos. Heidegger toma la noción de mundo del concepto de Umwelt del
biólogo Jacob von Uexküll que alude al entorno perceptivo del organismo, que la
fenomenología y hermenéutica transforman en entorno significativo, interno y
externo. Las diversas maneras en que las cosas y eventos significan nacen en la
interacción del sujeto con las situaciones, con las prácticas y con las
interacciones entre seres humanos. La agencia se constituye como poder y
sentido en los complejos procesos de interacción práctica, comunicativa,
transformadora y, ocasionalmente reflexiva y deliberativa. No hay
“significados” ni capacidades de poder al margen de esa situacionalidad que
caracteriza la existencia humana. Si el poder define la capacidad de las
capacidades, la forma en que el sujeto vive las posibilidades, el sentido es lo
que caracteriza los contenidos de las capacidades y el acceso a las
posibilidades que se constituyen como tales posibilidades en tanto que tienen sentido
para el sujeto.
La interacción dinámica de la agencia, situación y
estructura y su desenvolvimiento en el tiempo nos conduce pronto a considerar
las zonas oscuras de la agencia, lo que Nietzsche consideraba fuerzas que
subvierten los valores de la vida o el poder de la agencia. Pues la agencia y
la praxis siempre se encarnan en conflicto entre el poder y la resistencia,
entre la actividad y la pasividad, un conflicto que se extiende
intersticialmente por todos los rincones de la inmersión en la situación y la
estructura abarcando tanto lo subjetivo como lo objetivo. La tradición de la
filosofía de la sospecha se ha ocupado de estas formas en que se manifiesta la
resistencia a la agencia humana.
Todo lo activo de la agencia entra en conflicto: la
motivación, los fines, las deliberaciones, la imaginación de lo nuevo, todo lo
vivo en la fuerza de voluntad, en la implicación del sujeto en la situación.
Bajo la superficie de las motivaciones explícitas operan además impulsos,
afectos, humores, habilidades y competencias encarnadas en el cuerpo o en el
carácter. Enfrente están las limitaciones y resistencias que recorren el
cuerpo, la situación y el marco estructural: las carencias de recursos, la
falta de reconocimiento, las discriminaciones, opresiones y dominaciones que
degradan la posición y el poder agente. Enfrente está todo lo que Sartre
llamaba lo inerte para contraponerlo a lo activo, aunque las resistencias y
contrapoderes tienen poco de inerte.
Y están, claro, las dificultades intrínsecas de la tarea
emprendida. Dificultades objetivas, como ocurre en las artes, ciencias y
deportes, dificultades en las que a veces se mezcla la insuficiencia de la
competencia del agente para lidiar con ellas. La culminación de la agencia
frente a las resistencias y dificultades es lo que consideramos un logro del
agente. Logro: consecución, éxito, triunfo, resultado, obtención, conquista, realización,
cumplimiento. Disponemos de una constelación de calificativos que describen
tanto lo producido como la realimentación de la potencia agente que supone
haber ofrecido un resultado más o menos acorde con los deseos. Los logros son
tan necesarios en el aprendizaje y la formación del sujeto agente como
ocasionalmente lo son los fracasos. Desencadenan torrentes de neurotransmisores
que fortalecen la autoconfianza del agente y, cuando son reconocidos en su
entorno social, aumentan su prestigio y autoridad en el campo específico en que
son buenos resultados. Los logros, pequeños y grandes son el principal
mecanismo de socialización y de inserción del agente en una comunidad. Son
también y sobre todo los puntos nodales que señalan el relato biográfico y la
identidad narrativa.
Pero son también profundamente ambiguos al convertirse en la
piel social del agente. Son la manzana del árbol del paraíso que una vez
mordida puede conducir a extraños caminos ambiguos de distorsión de la agencia.
2
Muchos son los relatos de la antropología que nos informan
de la historicidad del mérito y el reconocimiento del logro. Entre ellos, Towards
an Anthropological Theory of Value de David Graeber, que recoge muchos de
estos relatos a propósito de las redes de intercambios de regalos, o Kula
entre los habitantes de las islas del archipiélago Trobriand: mientras las
mujeres crían cerdos y niños, los varones recogen ñame y durante largo tiempo
se dedican a construir y ornamentar con coloridos dibujos canoas, con las
cuales viajarán a otras islas para entregar regalos a “grandes hombres” de
otras aldeas, solo con la esperanza de ser un día admitidos entre ellos y
lograr el derecho a hablar en las reuniones. Graeber describe el anillo Kula
como un modo de circulación de cosas gentes y de producción de valores,
reconocimientos y logros, para los varones en particular. En las sociedades
capitalistas, sostiene, se crea la esfera cuasiautónoma del mercado en donde
los logros se miden en valores de cambio monetarios o de otros tipos similares.
Hay en los logros una ambigüedad intrínseca que nace en el camino de ida y
vuelta que recorre la agencia entre la formación del la identidad del sujeto y
su reconocimiento por los ojos de la comunidad organizada en prácticas de toda
índole.
La primera de las distorsiones de la agencia fue la
detectada por Marx en su crítica del trabajo en el capitalismo. En los Manuscritos
de economía y filosofía distingue la forma “genérica” de agencia humana que
transforma el mundo transformándose a sí mismo y el modo en que se realiza en
el capitalismo, en donde el trabajo ya no se realiza para obtener un producto
que cubra una necesidad sino para “ganarse la vida”, donde la agencia es
convertida en “fuerza de trabajo” equivalente a la fuerza productiva de las
máquinas. La maquinización de la
agencia, literal en algunos casos, cuando el trabajo asalariado convierte al
humano en un apéndice de la máquina, se extiende en el capitalismo avanzado,
definido por un universo de indicadores y métricas, en un ser cuyo tiempo de
formación ya no es tiempo de vida sino tiempo de preparación para el mercado de
trabajo, y su praxis ya no es un proyecto de vida sino un programa de
consecución de méritos medibles que sitúan al agente en una escala de acceso a
funciones y salarios acorde esos indicadores. Rahel Jaeggi ha recogido la
tradición marxista de crítica a esta forma de fosilización, reificación o
alienación de la agencia que comenzó con Marx y fue seguida por Lukács, Marcuse
y toda la teoría crítica. La alienación puede entenderse como una invasión de
los elementos “inertes” o contrapoderes de la estructura que terminan
absorbiendo las fuerzas de la agencia convirtiéndolas en mercancías bajo la
condición de “ganarse la vida”, un modo de sumisión voluntaria ya no basado en
la violencia, como en el esclavismo y la subordinación del siervo feudal, sino
en el mucho más poderoso instrumento de la división social del trabajo y el
mercado. La agencia subordinada conduce a una fractura radical en el proyecto
de visa. Tal como explicaba Marx, sólo fuera del trabajo el humano se siente humano,
mientras que en el trabajo se siente fuera de sí, objeto de fuerzas que le
dominan. Esta distorsión puede resumirse en una transferencia del poder de la
agencia al poder de la circunstancia y la estructura.
La otra tradición de la sospecha, la que representan Nietzsche
y Freud nos llevan a otra fractura en la que también irrumpen las fuerzas
externas, ahora de la cultura, no menos poderosas que las fuerzas del mercado,
pero también componentes de la estructura en cada coyuntura histórica. La
fractura se produce entre los procesos reflexivos conscientes y los múltiples
componentes que articula la psique humana. Suele considerarse popularmente el
inconsciente bajo una metáfora espacial, como si fuesen estancias abiertas y
cerradas de la conciencia o pisos y subsuelos de la casa interior. No es así lo
que aportan las consideraciones de estas dos tradiciones. Lo que llamamos
inconsciente no es más que un nombre para la constitución múltiple de la vida
mental de los organismos. La conciencia reflexiva es una parte, una función,
que es central en la responsabilidad que asume el agente, que es
particularmente moldeable por las fuerzas de la cultura y que está continuamente
monitorizando y evaluando y, hasta donde le es posible, controlando el complejo
de fuerzas que componen los procesos psicológicos. En Nietzsche y Freud estos
otros componentes son los impulsos, que dan nombre a complejos afectivos y
mecanismos reguladores y homeostáticos que contienen tanto elementos
evaluativos como patrones cognitivos que se alimentan de las fuerzas de la vida
y su tendencia a la supervivencia. En la psicología cognitiva contemporánea se
habla de modos de procesamiento rápido y lento, uno compuesto por mecanismos de
acción preadaptados y por estereotipos y otro por cálculos y deliberaciones de
pros y contras. Bernard Williams, siguiendo a Nietzsche, hablaba de conjunto
motivacional denso, donde se entrelazan los componentes culturales con los
impulsos y deseos. La filosofía analítica más adusta dividía los factores
agenciales en creencias y deseos, distinguiendo artificialmente entre componentes
cognitivos y emotivos. En las teorías de la cognición se ha distinguido
también, bastante artificialmente entre componentes conceptuales y
no-conceptuales. Mucho antes, el existencialismo de Sartre había señalado en su
examen de la trascendencia del yo la partición entre el ser y el no ser, el
querer ser lo que no se es y no ser lo que se es. Todo este enorme complejo de
divisiones y de tradiciones sobre las que sobrevuela el escepticismo y la
sospecha de la agencia pueden resumirse en una breve consideración sobre el
paralelismo entre la agencia y la salud del organismo. En ambos casos se trata
de frágiles equilibrios entre múltiples fuerzas e interacciones con el medio,
en no menos diversos tempos de actuación de los mecanismos componentes
sin que haya un sistema superior de control de todos los demás. La reflexión
consciente no es en la agencia más que otro de estos mecanismos de autocontrol
y equilibrio. Todos ellos comparten una dimensión biológica y otra cultural.
Cada uno de ellos tiene una temporalidad distinta tanto en sus etapas de
modelación como en sus tiempos de actuación. El espectro de acción de los
afectos varia entre milisegundos y tiempos largos de exaltación y depresión o
nostalgia y resentimiento. El tiempo de deliberación, igualmente, se relaciona
con la dificultad de la tarea, las competencias y memorias del agente y sus
interacciones emocionales y cognitivas. No es diferente la diversidad de
tiempos e interacciones entre los múltiples sistemas de homeostasis del
organismo: el sistema inmune, el hormonal, los sistemas que regulan la
temperatura, la presión, la glucosa, el pH, los procesos metabólicos etc.
La psicología moral desde sus más remotos orígenes ha
tratado las distorsiones de la agencia en forma de males o vicios: anomia,
akrasía, wishful thinking, autoengaño, mauvaise foi, …, todos ellos son
desórdenes de la agencia distinguibles de los desórdenes de conducta que la
psiquiatría considera trastornos mentales. Todos estos desequilibrios y distorsiones
tienen sus orígenes en las potencias diversas que tienen las modelaciones
culturales sobre nuestros dispositivos de acción. Se incluyen aquí los quiebres
epistémicos que son los sesgos y estereotipos, las ignorancias voluntarias y
todas las formas de dislocaciones de la posición epistémica debidas a la
posición social. Nietzsche hablaba de transvaloración y Freud de sublimaciones
y represiones. Sartre de incapacidades para asumir la libertad y, en los
estudios culturales contemporáneos, de adicciones y trastornos del deseo
debidos a la posición de privilegio social. Mientras que la tradición marxista
explica los fracasos de la agencia por el desbordamiento de las fuerzas
externas de poder, en esta tradición el desbordamiento es más bien por vórtices
y vértigos culturales que impiden los equilibrios de control y monitorización
adecuados.
No acaban aquí los problemas de la agencia en el oscuro
tiempo del capitalismo emocional y cognitivo. El capacitismo y la hipocresía de
la meritocracia son sendas fuentes de devaluación de la agencia y, con ello, de
la posibilidad de construir vidas significativas y dignas de ser vividas. Queda
para más adelante.


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