sábado, 27 de febrero de 2010

El tiempo suspendido







Estoy acabando de leer estos días una tesis doctoral que presenta Patrícia Fagundes, directora escénica brasileña y actriz, que cursó con nosotros el máster y ha trabajado en una visión de la escena que me sorprende, me cuestiona y me trae de vuelta a mi memoria. Trabaja sobre la festividad, lo dionisíaco, como origen y cimiento del teatro. No lo trágico, ni lo re-presentacional, ni lo didáctico, sino lo celebratorio, la farsa, el carnaval, el desbordamiento de la realidad, el desencadenamiento de la pasión y la caída de las máscaras de lo cotidiano.
Sus autores fueron los autores que conformaron a una generación, la mía: Eros y civilización, etc. Una lectura inversa de Freud para aprovechar las fuerzas de la vida como fuerzas de libertad.
En realidad pienso en otra cosa: en cómo la fiesta, el rito, el carnaval, ..., son tiempos suspendidos, momentos que nos sacan de la historia, del tiempo pautado y medido por la causalidad ordenada por la cultura, y nos llevan y nos traen, nos sitúan en un tiempo de nadie, en una ventana de vida colgada. Tiempos de canto y danza, tiempos de rocanrol, tiempos de ucronía. La fiesta, el juego, suspenden la causalidad, se mueven en un terreno de lo que podría ser: el cuerpo ya no es cuerpo, la historia se subvierte y el poder se dobla. Tiempos vacantes y bacantes, cuando la vida no se esconde: tiempos en los que el teatro deja de ser un espejo oscuro para convertirse en samba o procesión. Son tiempos de metáfora, donde los mismos significados están en suspenso, es el tiempo de las máscaras sobre el que escribe Guille de Eugenio.
No puedo sino situarme en tiempos que son míos: tiempos de la Credence y de Led Zeppeling, tiempos Janis Jopling (recuerdo la canción que Leonard Cohen dedicó al lío que tuvieron ambos "Chelsea Hotel": "me gustan los tíos guapos/pero me arreglaré contigo"; "Janis, la manis,..." escribía Aníbal Nuñez en uno de sus poemas del tiempo luminoso; " la más turbadora..." respondía a carcajadas Paco Castaño,...); el tiempo de las cerezas, cuando Leonard Cohen todavía no había cantado el fin de la fiesta.

Sí: el teatro nace de esa fuerza que nos eleva de la historia, que nos hace humanos porque nos permite por unos momentos dejar de ser historia y convertirnos en leyenda.

Pero no: tampoco. El tiempo suspendido es más que el tiempo del rito celebratorio. El tiempo de la guerra y la muerte es también tiempo suspendido. Los aqueos suspenden sus rencillas, matan a sus hijas y van a morir al lejano reino de los argivos y durante años la historia se suspende. Las formas de hubris, Venus y Marte, Eros y Thanatos, nos llevan de la mano al cielo o al infierno fuera de la historia. El tiempo del amok, de la furia incontrolada, no es menos tiempo bacante: tiempo en que las danzantes desmembran al dios y beben su sangre.
Tiempos de juegos: de amor y guerra.
Tiempos de teatro.

lunes, 22 de febrero de 2010

Otros cuerpos

A veces hay que contar las cosas, cuando las explicaciones son difíciles de dar o de encontrar.

Vengo de dar una de mis tres clases en una asignatura complementaria de Humanidades titulada "Tecnologías apropiadas". La iniciativa es de un grupo de ingenieros sin fronteras, muy militantes, de la escuela de industriales de mi universidad, que se pasan los veranos colaborando en sistemas hidráulicos para países africanos y que están obsesionados por difundir el trabajo que falta por hacer de diseño de nuevas tecnologías sólo en apariencia "débiles". Más del sesenta por ciento de los alumnos eran de Economía, jugaban con los móviles, hacían cuentas, discutían sobre fútbol. En algo me he equivocado: suelo dar bien las clases y enganchar a la gente. Me proponía contarles que lo de "apropiadas" no es para que crean que hay que llevarles el mensaje a los negritos (con perdón), sino que es un problema de cómo pensamos las relaciones entre justicia y tecnología, y de cómo queremos re-diseñar el mundo. Les planteé: empecemos por este aula, por este grado, por esta universidad. Como si lloviera. Salí más o menos derrotado, más que menos. Les pedí que, por favor, se fueran todos los cazadores de créditos, que yo les daba la asistencia por cumplida. Ni por esas, sólo algunos más cínicos lo hicieron. Sé que es culpa mía, que quizá no pensé ni expliqué bien mi problema.

Llego a mi ordenador y me encuentro con el anuncio que viene más abajo de un seminario sobre "El problema conceptual de otras mentes", de la Sociedad Aristotélica.

Demasié. Too much for me.

Me plantea problemas serios sobre mi identidad profesional. Ya soportaba mal que hubiese un problema conceptual de otras mentes, una herencia imbécil de la filosofía cartesiana. Pero no acabo de asimilar que haya un problema conceptual de otros cuerpos.

Después de tomarme una cerveza, contar cien y respirar lentamente propongo varios seminarios posibles:

El problema corporal de otras mentes

El problema mental de otros cuerpos

El problema mental de otros conceptos

El problema corporal de otros conceptos

¿Alguien se apunta?: tomémoslo como un "Call for papers".






THE ARISTOTELIAN SOCIETY

Second term of the 131st Session, 2009-2010

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TODAY - Monday 22 February 2010, 4.15 pm

The Conceptual Problem of Other Bodies

Joel Smith, University of Manchester

The meeting will be held in room G22/26 on the ground floor of the South Block of Senate House, University of London, Malet Street, London WC1E 7HU.

Admission is free and open to the general public.

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The full programme for the 131st Session is here.

Membership and other enquiries should be directed to the Executive Administrator. Alternatively please visit our website where the programme is available and online subscriptions can be made.

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*REMINDER*

2010 Joint Session of the Aristotelian Society and the Mind Association

University College Dublin

9th - 11th July

The Joint Session is the annual conference of the Aristotelian Society and the Mind Association. It is the largest and primary conference for philosophers in the United Kingdom. There is a wide subject base and international speaker profile.

The deadline for submissions for the Graduate Sessions and the Open Sessions for the 2010 Joint Session is now 1 March 2010. Please click here to view the Call for Papers.

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Mark Cortes Favis

Executive Administrator

The Aristotelian Society

Stewart House, Room 281

Russell Square

London WC1B 5DN

www.aristoteliansociety.org.uk

mail@aristoteliansociety.org.uk

+44 (0) 20 7862 8685

jueves, 18 de febrero de 2010

La hierba bajo el zelote






Le escuché el otro día con cercana distancia: las palabras parecían tocarme, los conceptos me empujaban fuera. Fue en un seminario como otros. Hablaba de víctimas y victimarios, de la fenomenología de la conciencia moral y de cómo nace la alteridad como parte de la sensibilidad moral. Oía sus palabras como si hablase de otro mundo: sostenía que el primer movimiento es sentirse en pecado, después viene la misericordia, o la compasión, o algo así. Da igual, mi discrepancia era epidérmica, no intelectual. Sentía que quien comienza a sentirse en pecado o culpable es como el personaje de Kafka en El proceso: perderá su vida ante una puerta sin saber que le estaba destinada. Nunca sabrá de qué se le acusa. Mientras le oía me decía a mí mismo que el sentido de justicia nace de la ira, del resentimiento y la rebelión, no de la autoinculpación ni la derrota. Da igual, por lo demás me caía bien. Había dedicado su vida a predicar una forma de pensar, hacer, vivir. Había sacrificado mucho, se había sacrificado mucho. Me enteré que ahora su orden, o su iglesia, o lo que fuera, ya no le consideraba ortodoxo, no confiaba en él y le había declarado más enemigo o adversario que los adversarios de siempre; que sólo esperaba ya la sentencia final.
Recordé una historia que cuenta Bordieu en La miseria del mundo: una entrevista entre las muchas con las que levanta en ese libro un mapa de la desolación contemporánea. Un vago guión muchas veces oído: ella había militado por años como lesbiana en los movimientos feministas radicales, había dedicado su vida, su carrera, todo, a la causa. Ahora su grupúsculo la rechazaba, decía que se estaba aburguesando, que ya no era de fiar. Quedaba sola en el mundo, quedaba en una soledad fría que sólo siente el disidente al día siguiente de la "autocrítica". Recordé muchas historias parecidas, más o menos lejanas, algunas demasiado cercanas como para pensarlas aún con distancia. Historias de zelote abandonado por los suyos.
He estado discutiendo últimamente con varios amigos sobre La cinta blanca y sobre los orígenes del autoritarismo. Recordé la historia mientras le oía hablar, más cuando supe de la espada de ortodoxia que cuelga sobre su cabeza. De la guadaña que siega la hierba bajo los pies del zelote y le abandona en un desierto de sinsentido. Y no supe si sentir ira o compasión.

domingo, 14 de febrero de 2010

Goethe y las cotiledóneas

Goethe es un extraño para mí: lo he leído con fruición en sus novelas y poesía y, por ciertos atavismos del sur, me parece lejano en lo cultural y lo personal. Y sin embargo le entiendo en muchas formas de ser/estar. No en las aristocráticos ademanes ni en los comportamientos elitistas que le caracterizaron, pero sí en la planificación tranquila de la vida, en su manera de estar en el tiempo considerando la poca trayectoria que tenemos como una carrera de resistencia, no de velocidad. Escribe ya tardíamente, cuando era conocido por muchas, demasiadas, cosas:

"El público desorientado, en tanto que desea ser servido bien y uniformemente, demanda de toda persona que persevere en su propio ámbito. Es una demanda bien cimentada pues quien desee lograr la excelencia, que es infinita en alcance, no debería aventurarse en toda senda que Dios o la Naturaleza le ofrezcan. Por esta razón se espera que una persona que se ha distinguido en un campo y cuya manera y estilo son reconocidos y estimados, no deje ese campo y mucho menos se aventure en uno completamente ajeno. Quien lo intente no encontrará gratitud, e incluso si lo hace bien no será elogiado. Pero una persona de intelecto vivo siente que no existe para el público sino para sí misma. No quiere agotarse ni desperdiciarse haciendo siempre lo mismo, una y otra vez. Es más, una persona con energía y talento lleva algo universal en sí que la obliga a olfatear por aquí y por allá y a seleccionar su campo de actividad de acuerdo a sus propios deseos."

Goethe investigó los colores y publicó escritos sobre Botánica defendiendo la unidad de lo orgánico como despliegue de una forma desde lo simple a lo complejo. En él se encuentran las bases que han configurado el formalismo contemporáneo de Hegel al estructuralismo francés. Su romanticismo y su actitud ilustrada y científica ante el mundo no se enfrentan sino que se entremezclan de una forma a veces compleja y difícil de entender, a veces clara: su larguísima obra sobre el aprendizaje de un chaval que quiso ser actor y acabó siendo artesano explica bien su trayectoria: llega a ser lo que eres, no te importen las clasificaciones de mérito social.
Quienes tnemos que vivir con el curriculum vitae colgado del cuello como collar (bozal) sabemos más que bien de lo trágico del ideal goethiano. Se supone que fue el ideal renacentista, pero es falso, es un ideal completamente moderno, en una modernidad configurada por las profesiones: "profesar" como acto de subordinación y sumisión a una "disciplina" social.
Todos los años me encuentro ante el dilema de quien tiene que aconsejar, y a veces dirigir, los primeros pasos de la vida de quienes te siguen. Me gustaría decirles, como en la carta paulina: "prueba de todo, quédate con lo mejor". Me gustaría decirles: "disciplínate", sigue una senda recta e identificable. Y sé que mis deseos son contradictorios como lo es mi vida.
Mis colegas me miran a veces con esa simpatía distante de quien se siente seguro en su camino y alaban (con compasión) el que me interesen cosas contradictorias. A veces, creo que miran así al mundo. Y me acuerdo de Goethe, sólo alabado en su ciencia por Etienne Geoffroy de Saint-Hilaire, un marginal en la ciencia y en la política de la ciencia francesa napoleónica frente a los triunfantes cuviers, que siempre lo tuvieron claro. Pero recuerdo a la vez un texto de Charles Lyell, quien visitó el sancta-sanctorum de Cuvier y describe con ese destructivo sarcasmo que sólo los anglosajones poseen: un salón grande, con once escritorios todos limpios y ordenados por sus colaboradores y unas mesas bajas donde a veces descansaba. El gran científico que dominó la ciencia europea. Creo haber conocido ya unos cuantos cuviers: su mesa limpia y ordenada, su despacho limpio y ordenado, su cabeza limpia y ordenada, su cerebro limpio y ordenado.
Prefiero las cotiledóneas de Goethe.

miércoles, 10 de febrero de 2010

El salvaje ante el barco

Uno de los más bellos párrafos de Darwin en El origen de las especies es el que sigue:

"Cuando no veamos ya un organismo como un salvaje contempla un barco, completamente fuera de su comprensión; cuando miremos todas las producciones de la naturaleza como seres que han tenido una larga historia; cuando contemplemos todas las complicadas estructuras e instintos como el resumen de muchas disposiciones útiles todas a su posesor, del mismo modo que una gran invención mecánica es el resumen de trabajo, la experiencia, la razón y hasta de los errores de numerosos obreros; cuando contemplemos así cada organismo, ¡cuánto más interesante --hablo por experiencia-- se hará el estudio de la historia natural!"

Darwin nos recomienda mirar a la historia para comprender y sabe que el interés nace de la comprensión histórica de un organismo, pero podría haber dicho lo mismo de una persona (un ser orgánico muy particular) o de sus acciones. La comprensión y la historia están ligadas, pero también lo están la confianza y la historia: confiamos porque la historia y la confianza se refuerzan. Entendemos porque la historia y la comprensión se refuerzan.
Lo malo es que la mala historia y la comprensión y la confianza no se debilitan, simplemente, se rompen. Mientras que los lazos de confianza y la ventana de la comprensión se refuerzan con el tiempo se rompen con el instante. Y después viene el infierno.
Una vez que la confianza se ha roto ya sólo queda el trabajo y la fuerza de la evidencia: cuando los lazos de confianza se rompen, restaurarlos exige un largo trabajo en el que sólo la evidencia admisible, en un largo proceso de acumulación, va haciendo recrecer lo que antes fue un vínculo estable. Confianza y evidencia se sostienen pero también se contradicen. Si pedimos evidencia es que no tenemos confianza, si damos confianza es que rechazamos la evidencia. Por eso es tan peligroso decir, y mucho más difícil aceptar, "confío en ti". Si uno acepta esa frase acepta sus consecuencias. Es un performativo radical, una transformación en la historia como "te perdono". No puede decirse ni aceptarse impunemente.
Así la comprensión: se refuerza con el tiempo, se rompe con el instante. Hay ciertas situaciones que al cambiar nos dejan como el salvaje que ve aparecer un barco en el horizonte y ya no sabe si es parte del paisaje o un monstruo inexplicable.
Podría referir la figura a muchas cosas, pero estos días los telediarios me dejan como un salvaje ante un barco.

sábado, 6 de febrero de 2010

Los ojos del morlock


La historia es bien conocida por las varias películas más que por la lectura de la novela La máquina del tiempo de H.G. Wells: en el futuro, las clases pudientes y los proletarios habrían evolucionado por separado dando lugar a los bellos eloi, tan ociosos como amables y encantadores, y los morlocks, oscuros cavernícolas hábiles constructores de maquinaria que de vez en cuando usan a los eloi para complementar su escasa dieta. Una discusión con Toni Gomila y Camilo Cela-Conde acerca de la evolución de la mente humana me llevó a quedarme pensativo sobre lo extraño de la evolución de nuestra especie: una especie extremadamente sensible a los nichos que ella misma creó, de forma que sus funciones son híbridos de la naturaleza y la cultura, cambiando así el escenario evolutivo. Nichos cambiantes que producen una diversidad de conductas y habilidades sin parangón con las otras especies de simios: una variedad que hace dudar de la misma noción de "naturaleza humana". Y aquí comenzaron mis cavilaciones: en general, el marxismo sospechó siempre del darwinismo, intentando evitar toda alusión a constantes humanas no determinadas por la lucha de clases. El marxismo oficial siempre se sintió más cómodo en una versión lamarckiana de la evolución, en donde la misma idea de especie no es sino un flatus vocis y todo consiste en la adaptación al medio a través de la fuerza de las necesidades y la ulterior transmisión cultural. La añoranza antidarwiniana entre los marxistas no es menor que entre los católicos, aunque por diferentes necesidades. Hasta aquí, seguían mis pensamientos una senda más o menos orientada por las viejas y nuevas controversias.
Pero irrumpían en mi cabeza sin cesar las noticias del día: cuatro millones y algo de parados, a los que habría que sumar los que esconden las estadísticas bajo esas cosas de cursillos para parados, es decir, cuatro millones y medio reales; un millón en donde todos en la familia están parados; los bancos siguen aumentando sus beneficios y ocultando sus cuentas; los dos partidos principales haciendo el idiota pensando en qué dirá la prensa mañana, etc... Fue cuando recordé la historia de los eloi y los morlocks.
Quienes vivimos en el jardín del paraíso de los eloi no escuchamos las maldiciones de los morlocks: a estos barrios no llegan los morlocks más que por la noche, para mirar los cubos de la basura (ya no son "sintecho", son gente con la que uno se encuentra en la esquina y que solamente se distingue por la mirada desvaída y descreída). La "naturaleza humana" parece dividirse en dos: la de los eloi y la de los morlocks.
No hay miedo, los eloi no tienen miedo de los morlocks: no saben de su existencia más que por los telediarios.
Pensamientos no deseados que irrumpían en mis consideraciones acerca de si es posible aún un programa de investigación sobre ciertas constancias humanas, sobre la naturaleza humana. Y de nuevo recordé cuando Marx aún no era marxista y decía cosas como que sólo cuando no hubiese clases comenzaría la historia humana. Y pensé que sí, que tal vez no somos/no tenemos naturaleza ni cultura, sino esperanza y desesperanza, futuro o pasado.
Ya que la televisión nos ha ilustrado sobre la vida y la muerte en Haití, tal vez deberíamos en pensar en nuevas formas de turismo multiaventura para observar a los morlocks en su hábitat natural. De día, claro, de lejos, claro. Una forma de resolver la crisis: propongo.

lunes, 1 de febrero de 2010

El año que vivimos peligrosamente

En El jardín de los senderos que se bifurcan, Borges metaforizó la vida sartrianamente como una ilimitada serie de decisiones que optan por un camino y dejan otros. Demasiado optimista y demasiado pesimista. La vida está más dada y menos dada de lo que Borges creía en los tiempos luminosos en los que le cupo escribir. Pienso, me pienso, ahora, la vida como una historia terminable en la que hay tiempos sagrados en los que se decide tu destino por un tejido de acontecimientos en los que te ves envuelto y sólo a medias logras darle sentido, aunque sabes que están ocurriendo acontecimientos que te desbordan, como esa mañana del 11-s en la que supimos que el mundo había cambiado pero no cómo ni hacia dónde.
Estos días evalúo una asignatura fin de carrera (para algunos) y, como siempre me ocurre, me cuelgo en una red de preocupaciones por las vidas que vendrán de aquéllos que infinitesimalmente dependen de mí. Y recuerdo, Amacord, el tiempo, los tiempos, que transformaron mi vida.
Cada cual tienes sus modos y sus tiempos. Pero, ésta es mi reflexión por esta tarde, hay tiempos especiales, tiempos que nos especian y nos transforman, tiempos peligrosos en los que vivimos en el filo. Tendría que pensar con más cuidado, pero para mí fue fundamental la transición de los dieciséis a los diecisiete, cuando descubrí a la vez a Camus, a Leonard Cohen, a Led Zeppelin, a Tapies, a los Manuscritos de Marx ( y todo lo demás, la relacionalidad, lo acogedor que tiene el otro). Vivir peligrosamente: sabía y no sabía que todo se estaba decidiendo, que dependía y no dependía de mí, que estaba en la cuerda floja, que dependía el futuro de mí sin saber cómo. Por eso era peligroso. Los peligros reales e imaginarios que me acecharon después sólo fueron anécdota. Cuando, más tarde, quise haber sido Lou Reed y haber vuelto del wild side, fue porque parte de mi generación no lo logró y se quedó colgada en muchas ramas de la historia.
Soy, sorry, fruto de los empujones que me dieron en aquellos momentos, como si mi vida hubiese discurrido por callejones estrechos, llenos de una procesión hacia ningún lado, y tus decisiones hubiesen nacido de la acción-reacción de los codazos de la historia.
Vivir para contarla. No hay otra.
Pero aún así, cuando te sientes en esos momentos en los que tu brazo puede dejar a alguien fuera del sendero del jardín, te abruma la nostalgia y la esperanza

sábado, 30 de enero de 2010

La vida en la burbuja

Desde el barroco, el miedo metafísico es el del sueño y el sueño del sueño: pensarse a sí mismo navegando en aguas fantasmales sin contacto con la realidad.
Llegó al examen: listo, sensible, profundo y distante. "¿Qué te pareció el programa'", le pregunté, "bueno, todos nos habláis del pasado, como si no existiese el mundo contemporáneo, como si todo hubiera que situarse en el pasado, y ¿qué pasa de lo que está ocurriendo, de lo que va a ocurrir?". "Tienes toda la razón", concedí. Pero yo no sé explicar lo que está ocurriendo, apenas puedo entenderlo y no creo estar en condiciones de explicarlo. Salí del paso como pude. Hablamos de internet, de postpoesía, de escritura sin las mediaciones de los poderes-filtros, de..., intentaba salir del jardín en el que estaba pero me sabía contemplado como el ajolote de Cortázar, como un pez en una burbuja.
Desde siempre me ha perseguido ese reproche. En la secundaria me llamaban el filósofo, leía a Camus y no sabía explicar por qué era interesante; en los años salvajes, me llamaban intelectual que no tenía ni idea de cómo era de verdad el pueblo; más tarde me dicen lo mismo acerca del mundo "real" de la empresa y la vida económica. Me dolió mucho que me dijeran algo parecido respecto a mundo semimaginario de lo virtual.
Con la distancia de las horas, veo que tenía razón. Que se te escapa la realidad entre las mallas de tus ensoñaciones y divagaciones. Y el mundo siempre corre más que tú. Tocas la pata del elefante y te crees en el mundo.
Me hubiera gustado responderle que vivía en una burbuja, que no se daba cuenta de lo que era el mundo real, la vida dura, etc. Por suerte, antes de que ese mismo pensamiento siquiera llegase a armarse, ya me había puesto colorado ante mí mismo. Le dije simplemente: "bienvenido..."

domingo, 24 de enero de 2010

El filo del instante






Te paras a pensar (¿se para uno cuando piensa? (digo "parar" en castellano, no en español, donde significa generalmente estar de pie: en castellano significa cesar en el movimiento)) y el instante se congela. El pasado y el futuro están aún ahí, presionando cada uno por su lado, pero han dejado de existir. Son pura interrogación, luces apagadas bajo las que se acogen las figuras del presente. Ha ocurrido algo, pero no sabes qué ha sido. Algo va a suceder, pero ignoras un acontecimiento que ya das por seguro. Estás en un vacío de sentido donde, sin embargo, todo cuenta y todo cuenta su historia. Pero la historia que cuenta se te escapa.
Cada vez que veo fotografías de Gregory Crewdson (soy adicto; y acabo de ver unas cuantas en la exposición que acaba de montar La Fábrica, justo al lado de CaixaForum, en el Paseo de El Prado) me quedo enganchado de un instante que no es mío y al que interrogo sabiendo que su respuesta será otra pregunta.




Las fotografías de Crewdson son como signos de interrogación. Relatos de Nueva Inglaterra que han perdido el hilo. Como las historias de Raymond Carver, como una película de misterio a la que llegas tarde, como un mapa de la desolación.
Lo terrible está tan presente como los oscuros arces que dan sombra a las escenas que iluminan los focos, como si el presente fuese un mero lugar iluminado por la atención.
Ocurren cosas extrañas y te asustas. Ocurren cosas sorprendentes y te asustas


Como si lo numinoso estuviese acechando en cada sombra y cada charco, como si las solitarias avenidas de las barriadas de Connetticut o las calles de Arganzuela en un domingo por la tarde fuesen un relato por escribir.
Doy vueltas a la vida y a la identidad como una historia escrita y, sin embargo, me asusta el instante como zona abierta.

jueves, 21 de enero de 2010

El nieto enfermo del mono

Eso considera Unamuno en El sentimiento trágico de la vida que es el hombre. Un ser que sólo piensa en la muerte y que cuando parece no hacerlo o no lo hace, dice, es por pura desesperación, como ese judío portugués de Amsterdam contra quien escribe este libro, porque afirmaba que no pensaba y en la muerte, y que todo ser vivo se esfuerza naturalmente en perseverar. Ambas cosas, dice Unamuno, no pueden ser. La persona cabal sólo piensa en la muerte. Cito al fantasma que recorre aún las noches de niebla de Salamanca con esta oscura salmodia:

"Frente a ese riesgo, y para suprimirlo, me dan raciocinios en prueba de lo absurda que es la creencia en la inmortalidad del alma; pero esos raciocinios no me hacen mella, pues son razones y nada más que razones, y no es de ellas de lo que se apacienta el corazón. No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, y vivir este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por esto me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia.
Yo soy el centro de mi universo, el centro del universo, y en mis angustias supremas grito con Michelet "¡Mi yo, que me arrebatan mi yo!"

Buscando por ahí, juro que no podría encontrar una filosofía de la vida más alejada de la mía. Karel Capel se planteó un experimento mental sobre la eternidad en El expediente Makropoulos: Elina, la hija de Rodolfo II habría logrado la eternidad y vivido numerosas identidades a lo largo de varios siglos: Eugenia Montes, Ekaterina Myshkin, Elain McGregor. Emilia, la actual identidad de Elina, ya incapaz de amar para no tener que soportar la muerte de los seres queridos, vaga por Praga buscando el expediente Markopoulos que le conceda de nuevo la mortalidad.
El experimento es contundente: no habría habido mayor castigo para Unamuno que concederle el enfermizo deseo que le acongojaba. Es humano desear una vida digna y cumplida, es humano esforzarse en persistir en ello. Es inhumano desear sobrevivir a los tuyos, a tu generación, a tu mundo. Ni por curiosidad. Es la pesadilla de un ser agobiado por un yo excesivo.
No puedo sino estar del lado de Karel Capek, coetáneo de Unamuno, que, como él, murió con la llegada del fascismo: murió el año que Hitler invadió Bohemia. Que visitó España y escribió unas Cartas desde España que no me resigno a no citar en una apresurada y mala traducción del inglés que acabo de hacer. Habla de Castilla la Vieja:


"Esas montañas no brotan del suelo; parece como si hubieran llovido sobre él. Esas montañas se llaman Sierra de Guadarrama. Dios que las creó debe ser un bendito, si no, ¿cómo podría haber hecho tantas piedras? Entre las rocas crecen oscuros robles y más allá apenas hay otra cosa que espino y tomillo. Grande y desnudo, reseco como un desierto, tan misterioso como el Sinaí. No sé como expresar lo que quiero decir, pero éste es otro continente, no es Europa. Es más severo y feroz que Europa, más antiguo que Europa. No es un páramo dolorido, es solemne y extraño, rudo y majestuoso. La gente viste de negro, cabras negras y cerdos negros contra el trasfondo de tórridos tejados. Una áspera existencia abrasada hasta carbonizarse entre rocas ardientes"


Puedo, del lado de Capek, entender la majestuosa angustia de Unamuno y la profunda desolación de su Castilla y su Salamanca. Pero mi corazón está con el judío Spinoza, que escapó a Amsterdam para no estar pensando en la muerte, con Elina, que deseaba morir antes que dejar de amar, con todos los que desean que su identidad sea un relato que alguna vez pueda ser contado por otros, como deseaba Samsagaz en la Montaña del Destino.

domingo, 17 de enero de 2010

El valor de una vocal

Manet, Monet.
Estrena la Fundación Mapfre una ambiciosa revisión del impresionismo desde sus orígenes a sus finales. Casi todo obras maestras que le exigen a uno viajar por medio mundo para verlas. Algunas pertenecen al canon de la técnica impresionista.
Y eso me lleva de nuevo a mis últimas preocupaciones con la creatividad. Un comentario de Graciela García al último post muestra su preocupación por no exaltar la figura del genio: "perspiration is inspiration" suelen decir en inglés: sudor es inspiración. Cierto: menos genio y más trabajo. Aún así: ¿por qué algunas obras te conmueven, te turban y te cambian? Ya me interesa menos la creatividad desde el punto de vista del productor y mucho más desde el punto de vista del intérprete, lector o espectador. ¿Por qué consideramos cumbres de la creatividad a ciertas obras?
Hay una tensión inherente a la creatividad que no puedo resolver: la tensión entre la novedad y la inteligibilidad de una obra. Si es muy nueva difícilmente será inteligible. Si es inteligible difícilmente será considerada un acto de creación.
Si comparamos el Folies Bergere

de Manet con esta Impresión de salida de sol de Monet


dos obras centrales en el desenvolvimiento del impresionismo, apreciamos las diferencias, vemos dos técnicas, dos maneras de elegir temas, colores, etc. Vale. Pero además nos conmueven de dos formas diferentes: las sentimos envolvernos como dos aromas de mar y de montaña. Inconmensurables, pero no incomparables.
Las consideramos creativas porque inmediatamente acceden a estratos muy profundos de nuestra mirada, y tal vez tardemos tiempo en comprenderlas. Pero sabemos que nuestra comprensión del mundo tiene ya que contar con ellas para formar un mapa de la realidad.
Manet rompe los espejos: rompe el contenido simbólico de la pintura desde van Eyck. Los ojos no miran, los espejos no reflejan; los ojos no atienden, los espejos absorben. El cuadro se disloca: lo que representa el espejo parece refutar lo que muestra delante de él.
Monet ya no necesita ni espejos ni ventanas para re-presentar el mundo: el espacio del lienzo crea ya un mundo de manchas puras que hacen de la pintura una presentación sin ser re-presentación.
¿Sabían Manet y Monet que estaban cambiando el mundo?, ¿que estaban cambiando nuestra mirada? Es el abismo de la creación. Ambos fueron admirados. Hoy sabemos que nos transformaron al transformar la pintura.

miércoles, 13 de enero de 2010

Enigmas de la creatividad

Leo y escribo algunos esbozos sobre algo que me preocupa desde hace años: ¿cómo es posible la creatividad? ¿cómo es posible que reconozcamos algo como nuevo y, por ejemplo, maravilloso, relevante, etc.? Kant se planteó este problema en la Critica del Juicio y no sé si lo resolvió adecuadamente, pero creó una tradición que no ha terminado sino en un pantano. El problema lo llamó Gracián el problema del gusto: no basta con reaccionar diciendo "me gusta"/"no me gusta", como hace Carlos Boyero después de cada película. Es necesario que el juicio tenga alguna validez, conecte de alguna forma o con lo que somos, o con lo que queremos ser, y que a la vez que abra los ojos, que nos reconozcamos en él. Por eso no basta que guste algo, hay que tener gusto.
Kant supuso que acudiendo a la imaginación y al sentido común podríamos "ponernos en el lugar del otro" y expresar un juicio estético (en general creativo). Pero ¿cómo juzgar aquéllas obras que rompen con los esquemas sobre los que se sostiene el sentido común? Kant acudió al término "genio" para calificar estas obras y estos autores, lo que ocurre es que el término repite lo que preguntábamos: un genio sería el que produce una obra nueva que nos abre a todos el espíritu.
En fin, no sé, muchos filósofos, y sobre todo psicólogos, devalúan el problema convirtiéndolo en un problema de producción, confunden creatividad con productividad, y nos venden un montón de libros (en eso sí son creativos) titulados "Sea usted Mozart", o cosas parecidas. Pero ¿cómo imaginar? ¿cómo desear lo que aún no es?
Alberto Murcia me envía un link a un proyecto de Microsoft (no valen insultos, yo también pienso lo mismo de Bill Gates) llamado Natal Project para una videoconsola completamente interactiva. Las reacciones ante una obra de este tipo son muy variadas, desde el ¡otro cacharro!, a las más ardientes adhesiones, pero si le echáis un vistazo, uno se queda perplejo (ahora, dentro de un par de años ya no tiene sentido la pregunta): ¿va a cambiar nuestra relación con la imagen la generalización de la interactividad completa?. Algunos ejemplos: te acercas a la pantalla, hay un lago con peces, tocas la superficie y se extienden las olas, aparece tu reflejo en la pantalla distorsionado por ellas; estás hablando con un personaje: te sigue con los ojos, te pide un mensaje, lo escribes, se lo pones ante la pantalla y sus manos lo toman, lo lee y te responde, ...
El giro visual que comenzó en el siglo XIX se está transformando de ser un giro en un medio representacional a ser otra cosa. ¿O no?: el problema del juicio bajo condiciones creativas es que la mente debe trascender su propio horizonte.

domingo, 10 de enero de 2010

Donde los monstruos

He esperado a ver la película Where the Wild Things Are (Donde habitan los monstruos) para responder a la inteligente objeción de JL a mi anterior post, siguiendo la pequeña discusión sobre Avatar.
Sostiene JL que, mientras que WWTA nos invita a escapar con la imaginación "hacia adentro", Avatar nos invitaría a hacerlo "hacia afuera". Después de ver la película, del magnífico Spike Jonze (Being Malkovich, Adaptation), antiguo marido de Sofía Coppola, presuntamente retratado en el fotógrafo de Lost in Translation), realizada sobre el libro de cuentos para niños de Maurice Sendak con el mismo título (1963), no tengo inconveniente en mostrar mi acuerdo con JL en la admiración que suscita. Jonze nos sumerge en un cuento infantil desplegando un catálogo de las emociones humanas, del miedo, del amor y del resentimiento. Los monstruos siempre están dentro: son las caras de nuestras emociones. Es cierto. WWTA nos lleva a un territorio de sueños que se sitúa en algún lugar imposible entre Freud y Barrio Sésamo.
Es más, cabría objetar que hay dos formas de imaginación: una sana, en la que nuestros sueños construyen nuestra agencia, son grúas de la autonomía, y una enfermiza, que escapa a la realidad para ocultar la debilidad de la voluntad. Tal vez, quizá.
Pero sostengo la fascinación de Avatar. Incluso si fuera así, aún queda una dicotomía que es ortogonal a la anterior, cargada de moral y de norma: se trata de la dicotomía entre la imaginación que fascina y la que no. Incluso si Avatar fuese un ejercicio de narrativa insulsa, sus imágenes no lo son.
En el reciente libro de Fernando Rodríguez de la Flor Giro visual, editado por Fabio en Delirio, sostiene FRF que antes del giro visual las imágenes eran ilustraciones de los textos, y que estaríamos entrando ahora en una etapa en la que los textos son meros comentarios a pie de foto de las imágenes.
Y sí: mientras que WWTA es un cuento ilustrado, un buen cuento con buenas ilustraciones, Avatar es un conjunto de imágenes fascinantes ilustrado con una narración que no le hace justicia.
En Avatar está presente la disociación de las imágenes del cuerpo: el cuerpo desde fuera, el cuerpo desde dentro, el cuerpo sentido y el cuerpo soñado. Está presente también la ensoñación del espacio, de la naturaleza y del movimiento. Está presente la materia de la que está hecha la sensoriomotricidad imaginaria. Es lo que me admira de la película. Las imágenes invitan a volar junto a aquellos maravillosos pájaros del paraíso: todo son contrastes entre árboles, pájaros, rocas y monstruos tecnológicos, naves y armas.
Es fantasía que lleva, es cierto, hacia un espacio exterior que no puede ser el de la exploración de la mente. Pero, modestamente, seguiría insinuando: es un espacio exterior que permite la exploración del cuerpo.

domingo, 3 de enero de 2010

El cuerpo del avatar

Un comentario a mi anterior post sobre Avatar señala muy agudamente que la película decae cuando el marine discapacitado comienza a controlar el cuerpo del avatar. Es cierto. Se opera en ese momento una identificación de una personalidad desdoblada que habría dado mucho de sí, como ocurre en Persona de Bergman. La idea de un avatar semicontrolado es la mejor metáfora de la existencia humana entre la persona y el personaje que somos, entre la máscara y el rostro. Lo interesante que tienen experiencias como Second Life (Mª Elena Mexía hizo hace dos años una hermosísima tesina sobre ello) es que crean un espacio inestable en el que los sueños se realizan en parte, pero los avatares van cobrando su propia inercia, justo como ocurre con nuestras propias máscaras. Nos pasamos los días diciendo de nosotros mismos "yo no soy ese que tú te imaginas,...", la máscara en los salones públicos que uno ama y odia.
El control del avatar es siempre parcial, como corresponde a una personalidad escindida como la que nos cabe ocupar en una sociedad en donde el espectáculo y la realidad se funden y donde la opacidad de nuestro ser nace de la incapacidad que tenemos para comprender las razones de nuestro avatar.
El avatar mío que escribe estas líneas no siempre me obedece, se le van los dedos y escribe cosas que no diría yo ni en los más íntimos lugares pero que el desvergonzado confiesa. No me ocurre sólo a mí, le ocurre a todos, le ocurre a nuestro cuerpo cada vez que sale a la calle y deja traslucir emociones, deseos y malestares que querríamos guardar en un baúl y no lo logramos.
Porque el cuerpo es siempre, casi siempre, un cuerpo avatar.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Los avatares de la vida


Me quedo perplejo como el avatar de James Cameron cuando leo la crítica que le dedicó uno de los exquisitos críticos de El País a Avatar: a) no hay historia; b) es una película militarista; c) todo son efectos visuales. And so what?, supongo que respondería el antiguo camionero que fue Cameron. Simone Weil dijo lo mismo de La Iliada y eso no la impidió traducirla con pasión. Que haya historia o no es algo quizá interesante en una película, pero no necesariamente definitivo: me pregunto si el exquisito crítico diría lo mismo del cine de Jaime Rosales o de Stalker, por citar dos casos en los que la historia resbala por la película, es solamente anécdota. Respecto al militarismo todo es muy opinable. Supongo que es militarista respecto a ciertos iconos y estereotipos. La sombra del guerrero es militarista (el viejo Kurosawa era militarista, además de ecologista). Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima son militaristas (el viejo Eastwood es militarista).
James Cameron no es sutil, es cierto: hace películas como un camionero. Y sin embargo ama las imágenes como quien ama los espacios abiertos. Le importa más que la pantalla se llene de sueños que de ideas. Abyss fue uno de los ejemplos, Alien II, otro. Por cierto: On film, una introducción a la filosofía magnífica del filósofo cavelliano Stephen Mullah, está basada en las cuatro películas serias de la serie Alien. Animo a quien pueda a que use (yo lo hice en tiempos) este libro, y esta serie, para pensar los principales problemas filosóficos: la identidad, la tensión naturaleza-cultura, los dilemas morales, el fracaso de los fuertes, etc.
Avatar vuelve sobre viejos fantasmas que estaban ya en la serie Alien: la imagen tecnológicamente preparada como formato para soñar sobre nuestros propios estereotipos. Se acerca, entra de hecho, en la estética ciberpunk: Dan Simmons (Hyperion), por ejemplo.
En fin, supongo que no es distribuida, ni producida, por empresas afines, ni pertenece a los cuadros/cuadras de directores, etc. exquisitos de ciertos medios. Al fin y al cabo es la película de un camionero.
Vaya. Un blog es como un graffiti: no se le pueden pedir muchos argumentos, ni sutilezas, ni poco más que brochazos. Me quejo ante mí mismo por no alcanzar a ser más que impresionista/expresionista, por no emplear las palabras para matizar las ideas. Pero me digo que hay otros medios para hacerlo.
Me ha hecho levantar de la cama para escribir sobre Avatar la preocupación por ser malentendido respecto a mis últimas preocupaciones sobre los avatares de la vida, sobre la vida como resultado de avatares. Mi avatar me dice que no matizo bien. En su mundo todos los matices importan. En esta pared electrónica solo puedo pintar un par de frases.
Pero os invito a sumergiros en los azules de Avatar:








sábado, 26 de diciembre de 2009

Loterías y teologías

Enfrascado en la lógica e ilógica de los argumentos y contra-argumentos del diseño inteligente como explicación de la evolución, me quedo ensimismado por el espectáculo de la lotería. Nunca he jugado y siempre me ha asombrado la unión de la liturgia navideña y la lotería. Sospecho que no es casual esta unión. Hay algo similar en los ritos y sobre todo en las instituciones: un exordio al azar, una búsqueda de esperanzas en la improbabilidad de la existencia.
Es sorprendente el fenómeno de la lotería. Uno puede comenzar con el fenómeno del juego de apuestas: dos o más personas acuerdan poner en riesgo su dinero para que una de ellas se lo lleve todo. Es preferible perder cuando se espera una ganancia mucho mayor. Este fenómeno habla mucho de la lógica con la que funcionamos los humanos en la vida. La lotería establece la distancia de la escala: todo un país conspira para que una inmensa mayoría pierda dinero y que lo gane una pequeñísima minoría (por otro lado el estado que se beneficia sustanciosamente de este sesgo que tenemos los humanos en el cálculo de las probabilidades). Preferimos la esperanza a cualquier razonamiento probabilístico.
El argumento del diseño inteligente afirma que cualquier sistema de la complejidad de una célula es inverosímil que haya ocurrido por azar. Es mucho más verosímil que haya sido producido por un proceso guiado inteligentemente. Es un argumento cuya fuerza es implacable. Todas las encuestas que hay al respecto ofrecen resultados muy homogéneos en los países avanzados: entre un tercio y el cuarenta por ciento de la población considera que la evolución no puede ser explicada si no es por diseño inteligente (hay que decir también que la autoridad teológica de la Iglesia Católica no lo considera aceptable. Ya ha aprendido que la búsqueda de agujeros cognitivos en la ciencia no es rentable a medio plazo. Otra cosa es que sus obispos y predicadores lo usen de vez en cuando, ellos no siempre siguen las propias reglas que se han dado).
En el corazón humano hay un profundo aborrecimiento del azar. Se exige un mecanismo que lo domine. Es sorprendente, sin embargo, que quien acepta este argumento acepte también que el diseñador inteligente ha hecho el mundo permitiendo, por ejemplo, que la avispa inserte sus larvas en el gusano en vida para que se alimenten de su metabolismo (la observación es de Darwin). El creyente acepta que en el mundo hay mal, y mucho mal, pero que de alguna forma está ordenado a un bien mayor. A uno le puede tocar la lotería de estar oprimido, etc., pero cabe la esperanza de la salvación. No es sorprendente: es el mismo mecanismo de la lotería. No importa que la mayoría pierda si cabe la esperanza de que alguien gane. "Voy a ser yo" afirmaba un lucidísimo anuncio de la OINCE de hace unos años: éste es el mecanismo cognitivo/emocional.
Es un mecanismo que nos protege. Sin él seríamos incapaces de aceptar la vida ni sostenerla.
El no creyente no está libre del sesgo de la esperanza, simplemente considera que providencia y azar/con regularidades son mecanismos igualmente simétricos e impredecibles.
El buen creyente y el buen no creyente renuncian por igual uno a conocer los designios (diseños) divinos y otro a conocer el futuro del azar. Ambos creen que ante la ignorancia lo mejor es comportarse decentemente. Ninguno de los dos renuncia a la esperanza.
Al creyente le molesta que le digan que la religión es un resultado adaptativo para soportar la incertidumbre y al no creyente le molesta que le digan que es incapaz de esperanza.
Es sorprendente que aunque ya no suscite tanta animadversión el declararse no creyente, todavía lo siga suscitando el afirmar que no se juega a la lotería. Quizá iría mejor el mundo si se pensase por qué.

domingo, 20 de diciembre de 2009

El canto de la ascidia

Las ascidias, "chorros de mar"o "tulipas de mar", son organismos que recuerdan mucho a la estructura de los renacuajos. A finales del siglo XIX algunos biólogos pensaron que en ellas estaba la clave del origen de los vertebrados, chordata, dotados de médula espinal (ver como el renacuajo se convierte en rana sería recomponer algo de la historia de los vertebrados hasta llegar a los anfibios). El biólogo inglés E. Ray Lenkester publicó en 1880 un libro sobre las ascidias titulado Degeneración: un ensayo sobre darwinismo. Sostenía Lenkester que las ascidias eran vertebrados degenerados, lo mismo que los percebes respecto a las langostas. Los debates sobre el origen de los vertebrados fueron durísimos y estuvieron de moda en las dos últimas décadas del siglo XIX, ahora ya no suscitan tanta pasión como, por ejemplo, los debates sobre el origen del homo sapiens. Pero el libro de Lenkester tenía su aquél: sostenía Lenkester que los organismos desarrollados pueden degenerar si no se adaptan activamente al medio; sostenía Lenkester que lo mismo puede aplicarse a los humanos y que lo prueba la degeneración de nuestra cultura desde los griegos. Aquí fue donde la historia de la biología evolucionista que estaba leyendo me hizo dar un bote en el asiento.
El mito de la perfección griega lleva su historia ya. No fue completamente dominante en el Renacimiento (admiraban más la república romana), pero fue determinante en el origen del romanticismo alemán. Los idealistas alemanes sintieron que eran los últimos templarios guardianes del fuego griego, que su cultura alemana provenía directamente de los arios griegos sin haber sido degenerada en las desviaciones mediterráneas.
Mitos de la edad de oro: consuelos de la ascidia.
No podemos sino asombrarnos del esplendor de la Biología pero, como el disolvente universal, ha de manejarse con cuidado para que no disuelva al frasco que lo contiene. En la Biología se encuentran figuras para todo: para el conservadurismo de la edad de oro en el pasado y para el progresismo de la edad de oro en el futuro o en el presente. Todo tiene su ejemplo. Pero el espectáculo de la vida es mucho más rico: ¿por qué un percebe es una langosta degenerada?, ¿quién es quién para decidir la línea de la vida?
La vida, la historia de la vida, es una historia dramática de muerte y supervivencia, pero sobre todo del don de haber existido, de estar aquí para contarlo y para poderlo contar a otros. El resto es idealismo.
Preparo un curso para mayores sobre evolucionismo y creacionismo y me encuentro con las pobres ascidias como ejemplos de presunta degeneración. Leo a la vez con pasión y cuidado el Gorgias, repasando los argumentos de Calicles y las respuestas de Sócrates, las demagogias de las mafias atenienses y los buenismos de Sócrates, y no encuentro ni progreso ni degeneración, sino una familiar canción que me suena mucho, sobre si podemos aprender o enseñar el sentido de la justicia. Veo a los griegos no más distantes que a los serbios o a los guatemaltecos. Iguales, diferentes, parte de un mismo espectáculo: la vida. Parte de una misma sociedad: la del espectáculo. Parte de lo que somos. Ni más ni menos.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

La araña y la red

Hablo con Guille a veces de la metáfora de la araña: ¿es la red parte de su cuerpo?, ¿es una excrecencia desprendida?, ¿es un mero instrumento?¿Son las manos un instrumento? Así lo creen algunas visiones religiosas: si tu mano no sirve para tu salvación, córtala; si tu ojo pone en peligro tu gracia, sácalo... Pero si somos el cuerpo que somos, estas concepciones de estar en, de tener, un cuerpo y no de ser un cuerpo son concepciones insidiosas. La red es parte del cuerpo de la araña, no su herramienta.
Viene a cuento del curso que organiza Remedios Zafra estos días en la Autónoma: "Ser/estar en internet", al que he podido asistir menos de lo que hubiese querido, por el que han pasado algun@s de l@s más interesantes activistas de la red. Me intriga cada vez más este nuevo fenómeno del activismo en la red y en red, un modo de compromiso nuevo con un mundo que se crea y recrea en parte gracias a que la gente más creativa convierte lo que podría ser un puro instrumento de control de la atención en un nuevo instrumento de identidad: tejer las redes en las que existirá el tiempo de nuestras vidas.
Los activistas de la red, como http://x0y1.net/, el portal creado por Remedios para acoger proyectos activistas, rehacen la experiencia estética atada a los medios materiales tradicionales: el óleo, el mármol, el teatro. Hacen visibles las tramoyas de la red.
¿Como estar y ser en un espacio, el ciberespacio, en el que la atención y la imaginación se vuelven el material con el que se trabaja? La trama que teje nuestros sueños es la materia de la red. Una materia fácilmente mercantilizable: la nueva mercancía en la sociedad del espectáculo, pero también el nuevo horizonte donde gente con imaginación da volatines para retejer el mundo.
Para una parte del mundo, la red es aún una herramienta, o apenas un lugar extraño, como la ciudad para el aldeano, para otra, para las arañitas que somos enredándonos con en nuevos jardines de senderos que bifurcan nuestros tiempos, la red comienza a ser ya parte de nuestro cuerpo, el lugar de la memoria y la imaginación, el salón de estancia.
Mi propia experiencia me dice que no hablo con la pantalla del mismo modo que hablo con la gente a través de otros medios: el teléfono o la mesa camilla. La red configura también tu voz. MyLifeBits fue la experiencia de un loco que quiso registrar todas sus huellas digitales. Su locura es quizá ya la forma de la locura del caballero que quiso ser escrito y salió al campo para convertirse en libro. Quizá muchos crean que no, que no son todavía los bits que les rodean: bueno, que vayan contando lo que han hecho a lo largo del día.

domingo, 6 de diciembre de 2009

El tiempo del desprecio

Todas las emociones son señales de alerta. Alerta ante uno mismo, las menos, alerta a los otros, las más. El rostro, el gesto, las palabras, los silencios,... expresan las emociones que están ocurriendo en esa persona. Todas las emociones son en cierta forma sociales: están conformadas socialmente. Incluso las más básicas que pertenecen a nuestra herencia cerebral de mamíferos, al entrar en la sociedad se transforman: el miedo, la alegría, la tristeza, el alivio, el asco,..., adoptan formas que son trabajadas por la experiencia personal y la forma cultural de la sociedad. Son sociales en un segundo sentido: forman la trama social básica. La sociedad está hecha de muchas cosas, pero básicamente está hecha de emociones. Algunas negativas como el afecto, el cariño, el amor, el respeto, la confianza, etc. , y otras negativas como el miedo, el resentimiento,... Todas son parte de lo que entendemos como lazos sociales: lazos de autoridad o lazos de poder.
No se suele prestar tanta atención a las emociones negativas, pero son extremadamente interesantes para aprender algo de nosotros mismos.
Me interesan las asimetrías que crean entre quienes las siente y quien es espectador o paciente de ellas: el odio implica alguien que odia y alguien que es odiado; la envidia, alguien que envidia y alguien que es envidiado, y así.
De todas estas emociones hay una particularmente sinuosa: el desprecio.
Se puede vivir con el odio, el resentimiento o la envidia. Producen daño o molestias dependiendo las consecuencias que traigan. Pero el desprecio significa algo más dañino. Mientras las emociones anteriores van dirigidas a características contingentes del otro: lo que hace, lo que tiene, ..., el desprecio va dirigido a lo que es. Es la negación radical del otro.
El desprecio es siempre la emoción del poderoso: no quien tiene autoridad, ni siquiera quien tiene poder, sino el poderoso, el que se ve a sí mismo como poderoso. El poderoso es el despreciador por hábito, el que niega al otro por sistema.
Hay tiempos, espacios y culturas del desprecio. Uno sabe rápidamente que ha entrado en ellos cuando observa que es el lazo que articula la trama del grupo, la trama de lo social. Culturas de pavos reales, culturas pijas, culturas de insolencia y hubris, culturas de la negación.
La paradoja del desprecio es que quien desprecia como actitud primera suele ser también un ser despreciable.
De todas las emociones, la que más miedo me produce es el desprecio. No sé si es necesario, tal vez lo sea, pero la pendiente por las que las sociedades se constituyen a sí mismas en sociedades de desprecio es la pendiente de los infiernos. Todos los infiernos los creamos nosotros.

domingo, 29 de noviembre de 2009

La hormiga extraviada

"Suerte": de todos las palabras, de todos los conceptos, zona oscura donde no nos atrevemos a mirar de frente. Se cuenta con la suerte, se teme la suerte, se desea la suerte. La suerte condena o la suerte salva, la suerte es la dueña de la justicia e incluso de la justicia irónica. Como con la casi homófona "muerte", se cuenta. Está ahí; es un giro inesperado en un camino que prevemos recto.
Se reacciona a la suerte mediante conjuros: destino, religión, loterías, ... Nos sirve de poco la razón para hacernos con la idea de la suerte. "Aceptar la suerte", "resignarse al destino"... La historia de la cultura es la historia de las vías de escape al pensamiento de la suerte. El Libro de Job cuenta bien cómo se reacciona ante la suerte en un juego de rebeldía y sumisión. Toda la filosofía antigua, de Aristóteles al estoicismo, es una larga meditación sobre la aceptación de la suerte. Que la suerte no te toque: que tu alma esté más allá de la suerte. Toda la filosofía del Barroco es un memento mori, un recuerdo de la suerte (como estrategia retórica para soñar el reino de lo necesario, el lugar donde ya no habrá más suerte y a donde nos deberían encaminar nuestros auténticos deseos)
Parece que la suerte amenaza lo que pensamos como el núcleo de nuestra existencia: nuestro plan de vida, el paisaje de futuro donde imaginamos existir, aún sin muchos detalles, aún sin creernos todo, pero que construye nuestra vida como un gepeese que ordenase cada acto en la dirección asignada. "Plan de vida" y suerte parecen oponerse. Como el GPS equivocado que ya no reconociese ni la calle ni el camino. Como si la suerte fuese la poderosa fuerza que amenazase nuestro plan de vida. Y de ahí la sorpresa, indignación, rebeldía que suscita la ruptura de los planes.
Nuestra psicología parece ser incapaz de mirar a la suerte de otro modo que no sea confrontación o sumisión. Como si no pudiésemos vernos como lo que somos: puro producto de la suerte; suerte congelada por un tiempo; suerte cambiante que se sueña a sí misma bajo la máscara de la necesidad.
Se me ocurre que hay, que debe haber, formas diferentes de estar en la contingencia, de saberse contingencia, que no sea confrontación o sumisión: el héroe o el esclavo. Se me ocurre que algunos filósofos como Spinoza y Nietzsche entrevieron esas formas: el impulso de persistencia, la voluntad de ser. No son algo ajeno a la suerte: son formas de suerte, maneras de estar en la suerte.
Como la hormiga que ha perdido el rastro de la fila en la era, todo es obstáculo, todo contingencia, todo pura exploración. Sólo le queda lo que la suerte le dio: voluntad de subsistencia más allá de la circunstancia, impulso de vida, incapacidad de rendición.
Corredores de fondo que olvidaron el lugar de partida y el lugar de llegada, que olvidaron cuál era el premio de la carrera y si acaso aquello era una carrera pero que siguen diciéndose: "otro paso más", "levántate y corre". Ese es el sentido de una vida sin sentido. Eso es lo que somos.